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domingo, 24 de julio de 2022

Cinco visiones de El Buscavidas de Robert Rossen.
Óscar Sánchez, Diego Margallo, Nacho Gascón, Santiago Redondo, Eduardo Abril

La forja del héroe

Óscar Sánchez

El buscavidas es una película de Robert Rossen estrenada el año 1961. Ya que he sido yo quien ha escogido esta película supongo que debo comenzar justificando la elección. En primer lugar, como espero mostrar a continuación, porque es una gran película, una obra maestra me atrevería a decir; pero también porque tiene un significado especial para mí. La primera vez que la vi fue en el programa de Garci, ¡Qué grande es el cine!, en una de sus primeras emisiones. Aquel programa fue muy importante para mí y para muchos de mi generación; antes, como todos, supongo, disfrutaba del cine, pero Garci y sus invitados me enseñaron a amar el cine. En resumen, con El buscavidas empecé a amar el cine, por eso la elegí.

Es difícil hacer una reseña de esta obra porque lo que habitualmente merece un comentario es la trama, lo que se cuenta, y algo diré más adelante sobre el argumento, pero, a mi modo de ver, lo que hace de esta película una obra maestra no es lo que cuenta sino cómo lo cuenta. La película tuvo nueve nominaciones a los Óscar y ganó dos muy merecidos: mejor fotografía y mejor dirección artística. La fotografía en blanco y negro y la puesta en escena son magníficas, muchas escenas parecen cuadros, su composición es perfecta. El Óscar a la dirección artística es por como se recrea el ambiente de las salas de billar, los decorados parecen reales. El sonido es otro detalle: el ruido que hacen las bolas al chocar. Los diálogos son estupendos, no en vano Rossen es ante todo un escritor y empezó su breve y truncada carrera en Hollywood como guionista. Y para hablar de las interpretaciones ya se me acaban las palabras; creo que es la mejor interpretación de Paul Newman (esa manera de sonreír... ) lo cual, dada la carrera de Newman, son palabras mayores. Como consuelo le quedará haber ganado finalmente el Óscar con el personaje de Eddie Felson, pero en otra película: El color del dinero. El resto del reparto, especialmente Jackie Gleason interpretando al Gordo de Minnesota, también está impecable. Estamos hablando pues de Cine con mayúsculas, no se puede rodar mejor esta historia, este es su mayor mérito.

Pero vamos con el argumento. La verdad es que es poco original, pero es que todas las buenas historias son variantes de cuatro o cinco mitos universales. Aquí estamos ante el el mito del aprendizaje del joven héroe que, lo sabemos desde el principio, está destinado a derrotar al maestro, pero antes ha de madurar y pasar una serie de pruebas. El buscavidas, como todo el mundo sabe, trata del billar... pero el billar es lo de menos. Rossen ya había tocado este mito en Cuerpo y alma, una estupenda película de boxeo y en El buscavidas el director aprovecha para ajustar cuentas  con la industria de Hollywood a través del personaje de Bert Gordon, interpretado por George Scott. Se trata de mostrar dos aproximaciones a un mismo arte, el billar, desde dos perspectivas muy diferentes: la del artista y la del mercader.

Desde el punto de vista de la narración la escena más importante es, según mi parecer, la del minuto 1:24´ cuando, en un picnic campestre, Eddie le explica a Sarah lo que busca y lo que siente cuando juega al billar: no se trata solo de la satisfacción de ganar en un juego; Eddie dice que lo que él siente cuando juega al billar también lo puede sentir un albañil al colocar los ladrillos para hacer un muro, no se trata solo de ganar sino de hacerlo bien, de buscar la perfección, de desarrollar todo el potencial que lleva dentro. Eddie, creo yo, comparte la filosofía de la vida de Spinoza: su deseo no le viene de fuera, no es, como dirían los lacanianos, el deseo de Otro; su deseo le viene de dentro, desea desplegar su poder, mostrar todo lo que es capaz de hacer, por eso es incapaz de retirase cuando va ganando hasta que no acabe la partida, hasta que el Gordo reconozca su derrota.  Eddie tiene que ganar y jugar bien para sentir alegría, que no es solo un sentimiento sino un semáforo moral: la alegría es el sentimiento que acompaña a la acción buena, aquella que nos permite desplegar poder; y la tristeza es el sentimiento que acompaña a la castración, apunta a lo malo, lo que no debemos hacer porque nos hace cada vez más pequeños y mezquinos.

Por el contrario, Bert, como pronto vio Sarah, es un vampiro, un impotente que no puede vivir si no es a través de personas como Eddie. El billar, para Bert, es solo un medio para conseguir dinero y dominar a otras personas. Pero, como decía Eugenio Trías, no es lo mismo poder que dominio: el poder consiste en realizar la esencia y el dominar consiste en imponer tu voluntad a otras personas impidiéndoles, de este modo, desplegar su poder (por eso Sarah le pide a Eddie que no suplique a Bert, que no se humille ante él, que no acepte su condición de esclavo). Sin embargo el Amo (Bert), como bien vio Hegel, es el tipo de hombre más  dependiente pues está desconectado del mundo y solo puede vivir a través del reconocimiento y la sumisión de otros.

Pero para vencer, como advierte Bert a Eddie, no hace falta solo el talento, se necesita carácter, por eso Eddie pierde la primera partida con el Gordo; pero el carácter no se compra en una tienda, solo la vida, las dolorosas  experiencias de la vida (la muerte de Sarah), aportan el carácter del ganador. Por eso dice Eddie en la partida final:

"Dime, Bert, ¿cómo puedo perder? Tenías razón no basta tener talento hace falta carácter también. Estoy seguro de que ahora tengo carácter. Lo encontré en un hotel de Louisville."

En esto consiste el mito del que hablaba antes: el joven héroe tiene talento, pero le falta carácter, ha de recorrer un largo camino de aprendizaje hasta convertirse en otra persona y alcanzar su objetivo. Pero, como en la vida misma, al final del camino no está lo que Eddie esperaba encontrar y siempre hay que volver a empezar.

'El buscavidas': arte y tiempo, tragedia, derrota y victoria

Diego Margallo


1. El tiempo

El arte - sea lo que fuere y desde el más humilde al más solemne - puede surgir por ambición, talento, notoriedad, delirio, devoción, renombre, codicia, perseverancia, pureza… No obstante, oculta tras todo ello se halla una génesis de carácter mucho más primigenio y esencial: el tiempo. Todo arte nace del tiempo. Todo arte nace, en realidad, contra el tiempo. Porque su secreta voluntad es la de trascender las fronteras del mismo. Anhela abolirlo, desafiarlo, conjurarlo. El arte se convierte así en una de las herramientas más poderosas forjadas por el ser humano para luchar contra su condición finita. Cuando logra tal objetivo, las criaturas que imagina dejan de estar sometidas a su transcurso para adquirir una sustancia casi eternal. Son todo para todos y no pueden morir, pues - a veces para nuestro espanto - nos reflejan, nos explican y nos revelan. Se transforman en símbolos. No otra cosa sucede con Eddie Felson el Rápido y el Gordo de Minnesota. Su estatus es ya el del mito. 

2. La tragedia

En el pronaos del templo délfico de Apolo se encontraba inscrito el precepto γνωθι σεαυτόν, “conócete a ti mismo”. Algunas de las tragedias clásicas - así sucede en “Edipo rey” - se fundamentan en la transgresión de tal mandato. Dicha ignorancia encerraba en sí la semilla de la fatalidad, pues conducía inevitablemente al héroe trágico a violar - en su ὕβρις, en su desmesura, en su falta de dominio sobre las propias pulsiones - los designios impuestos por la divinidad. Eddie Felson, no importa que en un escenario envilecido por el hedor a tabaco, sudor y suciedad, es también un héroe trágico. Su orgullo desmedido le ciega y es causa de su castigo, que experimenta en carne propia, pero, sobre todo y más dolorosamente, ajena, a través de la muerte de la persona amada. Al final le es dado reconocerse, y es gracias a ello que logra vencer al Gordo de Minnesota. No obstante, ha vislumbrado cómo el conocimiento está ligado de forma inextricable a la aflicción. Ese es el sino de la vida humana: en ella ninguna victoria será completa, ya que, para alcanzarla, hemos tenido que renunciar a parte de nosotros mismos o de quienes nos rodean y, en última instancia, siempre será efímera, condenados como estamos a la aniquilación postrera. Mas también es signo de nuestra grandeza, pues nos sabemos derrotados, pero nos rebelamos, indómitos, ante tal imposición, a pesar de que comprendemos que no está en nuestras manos alterarla. 

Eddie Felson aprende que para ganar no basta con el talento: siempre será necesario sacrificar algo a cambio.

3. Fracasar o vencer

“Los seres humanos anhelamos secretamente perder, buscamos pretextos para perder. No importa perder con una buena excusa. Pero ganar… Ganar resulta a veces una carga. Pesa mucho. Es un fardo del que puedes deshacerte con una excusa. Lo único que has de hacer es compadecerte a ti mismo. Es uno de los mejores deportes: sentir compasión de uno mismo”. Quien así habla es el personaje encarnado por George C. Scott, Bert Gordon. Igual de obsequioso que Mefistófeles, igual de taimado, le ofrece a Eddie Felson aquello que más anhela - la victoria, en este caso - a cambio de la entrega de su alma, del don del que es poseedor. Frente a Bert se yergue, frágil, el personaje de Sarah Packard - la actriz Piper Laurie -. Comparte con Eddie una misma soledad, una misma desolación, una misma devastación. “Sarah, ¿tú crees que soy un fracasado?”, le pregunta Eddie, para, a continuación, describir las emociones que siente jugando al billar. “No eres un fracasado”, le responde. “Eres un ganador. Hay quien no llega a experimentar esa sensación nunca”. Eddie Felson - el tahúr, el timador, el buscavidas, el fullero de poca monta - experimenta el Arte con un taco de billar entre las manos. Y el Arte, no importa con qué instrumento, ya sea exiguo o sublime, contiene - lo sabemos - la inmortalidad. No, Eddie Felson no es un perdedor. Ha sido derrotado, es cierto, pero no es un perdedor. No puede serlo quien ha trascendido el tiempo.  


Kurt Cobain

Nacho Gascón

1. El grunge

Es típico de los adolescentes admirar, y pensar que la vida del admirado es perfecta y deseable. Seguramente es hasta necesario. 

En mi ingenua juventud de los 90,  fui rockero de la rama del grunge y admiré a esos cantantes de voces granulosas y afinadas o desafinadas a voluntad que le daban elegancia a la desesperación (que es muy poco elegante). Esos cantantes eran: Kurt Cobain (Nirvana), Scott Weiland (Stone Temple Pilots), Chris Cornell (Soundgarden), Layne Staley (Alice in Chains). 

Todos ellos, a parte de su reconocido y productivo talento para la música, tienen en común que se suicidaron.   

2. Eddie Felson

La historia contada de Eddie Felson me recordó a aquellas vidas talentosas que decidieron aniquilarse, pero Eddie no lo hace. Corregidme si me equivoco: es una película, en este sentido, clásica en su concepción del héroe, pues cuando todo parece perdido, cuando otros héroes (románticos) tomarían la decisión de terminar con todo, él se sobrepone y se vuelve más fuerte.

3. Mis hijos.

No puedo evitar pensar en la explicación que le daría a mis hijos si tuviéramos que afrontar esta realidad de éxito y fracaso en la misma receta. Si eres talentoso ¡es una suerte!, pero ojo:  la propia interpretación de tu talento puede hacer que tu vida sea un infierno. Aquí va mi análisis fenomenológico: 

·  Podrías autocomplacerte por tu propio talento, darte por satisfecho sabiendo que lo tienes, sentirte por ello pagado por pensarte diferente al resto de los mediocres. 

·  Podrías despreciar las exigencias de los necesarios quehaceres de la vida en los que no eres tan talentoso, y en los que serías “uno más”.

·  Podrías temer incluso la fiabilidad de tu propio talento, porque aunque experimentes su poder, sabes que puede fallar, y esto te aleja de su gestión responsable.  

Estaríamos, en este caso,  pidiendo una confortable habitación en el mismo hotel donde algunos de esos cantantes decidieron terminar. 

¿Culpa del romanticismo, esa mezcla de soberbia y cobardía?. ¿Mejor fracasar porque yo lo digo, que por imposición externa? 

En la resolución de los problemas por tener talento, me quedo con Eddie antes que con Kurt. 


El peso de la Chaqueta

Santiago Redondo

El Buscavidas es una película en la que una compleja amalgama temática se conjuga con una precisión formal que acrecienta su potencia.

Las tribulaciones de Felson el Rápido se nos aparecen como la más acabada plasmación del Bello Perdedor, pero sin tópicos estridentes y desde una perspectiva naturalista que nos atrapa y nos golpea. Los diálogos y las interpretaciones son afilados, ambiguos y precisos (salvo alguna parrafada explícita de Piper Laurie). Y formalmente, la película se articula en planos medios y generales con perspectiva baja y con lente de gran angular. Esto contribuye enormemente a la textura naturalista del film, pues apreciamos los objetos, las atmósferas, los individuos en segundo plano… y al mismo tiempo, recorta y aplasta a los personajes que están encerrados en su laberinto asfixiante. Por eso la escena del picnic donde Eddy habla de su don y como le mira Sara resulta tan luminosa como un amanecer en la borrasca, un oasis  premonitorio del desierto oscuro que vendrá después…

Eddy Felson posee un don extraordinario pero bucea cada día en la Mezquindad: Debe engañar a los incautos, disfrazar su habilidad, y desarrollar otra, la de la simulación para intentar redimirse en un duelo glorioso con el Gordo de Minnesota donde su talento será por fin reconocido. Este punto me parece un aspecto crucial de la película: Eddy, salvo en su habilidad con el taco, es un desecho humano: No tiene a nadie ni sabe hacer nada aunque tampoco quiere atarse a ningún vínculo. La Mezquindad ahoga la Gracia, aunque solo sea un medio para alcanzar el fin: liberación de su talento.

La película se articula en torno a largas secuencias detalladas y elipsis brutales, como el movimiento de un corazón: en las secuencias se describen las motivaciones, mientras que fuera de campo quedan las terribles consecuencias.

En la extraordinaria secuencia de la partida con Minnesota's Fat, Felson muestra todo lo que es y lo que anhela: Admiración, burla, petulancia, orgullo y miedo…porque en ese instante glorioso de su vida, a dónde todo le ha encaminado, cuando deja todo su talento desparramarse y puede por fin elevarse sobre la Mezquindad, se difumina cuando El Gordo se niega a rendirse y Eddy se da cuenta que no es nada ni nadie sin ese Reconocimiento que el Gordo ( o Bert) no otorga…

Obsérvese la contraposición entre la gesticulación de Eddy y el carisma del Gordo…Está de vuelta de todo, incluso, como luego se ve, de que le derroten. No tiene miedo y no tiene alma, pues Bert se la ha robado. La partida comienza con ambos jugando en chaqueta, pero cuando las cosas se ponen serías se las quitan… Más cuando todo parece perdido para el Gordo se vuelve a poner la chaqueta como símbolo de su entereza, su carácter y su carisma… y arrasa  a Eddy…

Entre dos iguales en talento, una competición tiene una dimensión existencial, el acto definitivo, una pulsión de muerte de doble dirección, agresiva -pasiva, dónde el que gana está condenado a seguir ganando sin descanso y el que pierde no deja de ganar contra fantasmas…

Perdida la partida Felson abandona a su manager… ya no quiere la vida mezquina y necesita volver a jugar Su Partida Definitiva… y en este paréntesis se agarra a un clavo ardiendo, a un alma afín en vacíos y alcoholes como Sara. Sara que significa Risa, pero una risa de amargura y autodestrucción, que a ratos se ilumina por una tenue esperanza por salir del pozo… y que siempre es aplastada por la realidad. Eddy es demasiado egoísta e inmaduro, no se quiere atar a nada ni quiere responsabilidad… Reconoce a Sara, oscuramente, como una igual, pero al mismo tiempo desprecia su debilidad, su necesidad de ser querida y su deseo implícito de control… Esa rabia egoísta es la que le hace ganar la partida en Louisville, pero será la que precipite su descenso a los Infiernos. Obsérvese cómo están rodados los intensísimos besos y abrazos de la pareja. Parecen desesperadamente unidos en un mismo cuerpo, como si realmente no tuvieran nada que abrazar salvo su propia soledad…

Bert, personaje mefistofelico que ofrece y manipula, pero como el Diablo, disfruta sobre todo con cómo se encadenan los Hombres a sus Pasiones, parece el director de escena, el Artista que teje su telar con la materia de los Sueños, cual Demiurgo Malvado. También podría ser un Espectador Especulativo, como nosotros los críticos. Podría ser un Robert Rossen que odiaba y amaba su trabajo, un manipulador de emociones sin nada propio que decir. Aunque Rossen podría ser también Felson, entre su Don y el Amo Hollywood…

Así, cuando Sara se suicida después de vencerse al Diablo vemos en plano bajo a los amantes destruidos y solo vemos los pies de Bert, Señor del Destino Implacable…y entonces el plano sube cuando Eddy se rebela y golpea al Enemigo, El Destino, la Muerte, la Soledad… la Mezquindad.

En la siguiente elipsis llega el duelo final, casi una anti catarsis. Felson el Rápido ya no será nunca impaciente. Está templado por el dolor y la pérdida. Debe hacer un último combate, por sí mismo y sobre todo, como homenaje a Sara, un homenaje, como toda elegía, que está lleno de tristeza y amargura porque no redime ni restituye nada. Es un deber que se debe a los muertos, pues los vivos solo obtienen el sabor de su propia futilidad, que se queda en la garganta. Felson juega toda la partida con chaqueta, pues ahora ya es un hombre con carácter, maldito carácter…Tal vez haya aprendido algo, pero ha perdido más…

Al fin El Gordo le reconoce como un superior, incluso Bert, turbado al principio cuando le ve, luego escupiendo  rabia, reconoce a otro hombre, lleno de dignidad derrotada y refulgente .Es una Victoria ambigua,que libera al Gordo, que impresiona a Bert y que ilumina a Eddy en un único rayo de luz antes de caer en las sombras del vacío y la soledad.

Termina todo y la sala de billar, Templo y Tumba como se dice al principio, queda vacía mientras los figurantes salen de escena, un escenario en espera de otra función mientras los operarios limpian, una función dónde quién sabe si será el Manipulador o el Artista el que diga la última palabra…


Sarah y la sociedad de los hombres

Eduardo Abril

En Totem y tabú Freud, como sabemos, plantea un mito sobre el origen de la sociedad: una horda primitiva regida por la fuerza bruta, la de un padre monstruoso que reserva para sí todo el goce (el acceso a las mujeres) y deja apenas unas migajas para los hijos. En un momento dado los hermanos se revelan y matan al padre para liberarse de su yugo, pero la imagen fantasmal del padre muerto vuelve para instaurar una ley aún más exigente. Esta ley paterna, interiorizada, establece el marco en el que los miembros de la naciente sociedad conviven y luchan entre ellos por ocupar el lugar ausente del padre. Freud construyó así un mito acerca de cómo se constituye una sociedad en la que la ley se establece sobre un principio de dominación. Por eso olvidó hacerse una pregunta: ¿qué pasó con las mujeres? Cuando añadimos una verdadera dimensión femenina al relato vemos que, en realidad, la rebelión de los hermanos no cambia mucho, únicamente se sustituye una autoridad real (la del brutal padre) por una simbólica (la de la ley interiorizada), pero las relaciones sociales siguen conservando la forma de una estructura de dominio. Freud no era ajeno a esta cuestión pues sabía que en la base de toda sociedad hay un crimen fundacional. Además, él mismo también se dio cuenta de que lo que no encajaba por ningún lado en ninguna sociedad, mucho menos en la civilizada Viena decimonónica, era la cuestión de la mujer. Las sociedades, queramos o no, eran estructuras masculinas y las mujeres el verso suelto que no rimaba con nada.

La película de Rosen, El buscavidas, puede leerse como una revisión de este problema, evitado sutilmente por Freud: ¿cómo encajan las mujeres en el mundo de los hombres? Y la respuesta sigue siendo la misma: no encajan. Pero se añade algo más, algo que no vio de ninguna manera Freud: este desencaje es precisamente lo que permite a los individuos salirse del mundo de los hombres.

¿Cuál es el mundo de los hombres? La respuesta ya nos la dio Freud al hablar de la horda primitiva: es el mundo de la dominación, de la competición, de la lucha. Sobra decir que no hay competición o lucha sin dominio, y no hay dominio sin dominados. Pero hay muchas formas de ser dominado. En la estructura de la horda, y en la sociedad surgida del crimen originario, el dominio es en cierta forma aceptado y querido: se acepta al amo para formar parte de la estructura social, para gozar de las relaciones de poder y servicio, para disfrutar, al fin y al cabo, de los beneficios de la sociedad. Sin embargo, hay otro tipo de dominados que no forman parte de la sociedad, que son el resto, una «cosa» reducida a ser mero objeto de deseo y disfrute (Para Freud las mujeres).

En la película, los primeros forman la sociedad de los hombres de los billares en la que compiten por ver quién es el mejor. Ninguno de ellos representa el dominador puro, la figura del padre de la horda primitiva, puesto que todos actúan dominados por la pasión del juego y la competición. Son los «hermanos» sometidos a la ley paterna, enfrascados en la lucha por ocupar el lugar del padre ausente: Eddie Felson, El Gordo de Minnesota, Bert Gordon, Hamilton, Big John, todos ellos aceptan las normas y compiten por un lugar imposible. Digo imposible porque de ningún modo son capaces de ocupar el lugar puro del poder, la propia estructura normativa que impone a todos el mismo deseo. Resulta aquí interesante cómo Felson se relaciona con sus dos «padrinos»: puede parecer que el primero, Charlie, es una especie de padre protector, mientras que Bert es un buitre que únicamente quiere aprovecharse de él. Pero no debemos dejarnos distraer por los paternales discursos de Charlie, pues él mismo declara sus verdaderos intereses: «tener un billar propio y una cuenta corriente en el banco». Podríamos decir que la diferencia entre ambos está en el tipo de vínculo social: Charlie encarna el vínculo tradicional, basado en el parentesco (él mismo se define como un padre protector), mientras que Gordon encarna el vínculo moderno por antonomasia: el contrato. Por eso podemos ver en él con claridad cómo el juego que se está jugando ni siquiera es el billar, sino la lucha por el capital-dinero (verdadero sucedáneo del poder) y él es el mejor jugador de todos, aún sin tocar un taco.

La segunda clase de dominados, en cambio, vienen representados por dos tipos de personajes: las mujeres (Sarah) y los negros (personajes anónimos que están sin estar). Por eso, más que «dominados», deberíamos hablar de «excluidos». Resulta curioso que la única vez que se le dirige la palabra a un negro, es durante la partida entre Felson y El gordo. El Gordo le habla despectivamente, mientras mira la partida como los demás, ordenándole cerrar una persiana. Más tarde, cuando Felson pierde la partida y cae desplomado, todos los hombres abandonan lentamente el billar, salvo Charlie y este mismo negro, evidenciando que él no pertenece a esa «sociedad de hombres». También resulta llamativo que cuando Felson abandona a Charlie y decide vivir por su cuenta, se refugia en la estación de autobuses, donde hay fundamentalmente negros y mujeres: en la escena en la que entra en la estación, a parte de él, puede verse un negro limpiando y una mujer negra atendiendo a sus hijos en uno de los bancos. Minutos más tarde, encuentra a Sarah, sentada en el bar de la estación. Recordemos que Marc Augè calificaba a las estaciones, igual que los aeropuertos o los supermercados, de «no-lugares», espacios en los que los individuos dejan de ser «personas» para representar únicamente un semblante, una pura posición simbólica.

La figura clave es Sarah, una mujer solitaria que Rosen no duda en presentar como excluida de la sociedad. Sarah habita los pliegues de una ciudad que apenas repara en ella, moviéndose entre las estaciones de autobús y los bares de madrugada. Incluso la insinuación a su verdadero trabajo, el de prostituta, la presenta como un mero objeto de disfrute que no alcanza a ser un miembro de la comunidad. Pero, a diferencia de las histéricas freudianas, Sarah es un personaje calmado y melancólico. Mientras que la histeria representa la posición subjetiva del que no confía en los otros y trabaja secretamente por destituirlos, pues todo en ellos es decepcionante, el melancólico ya sabe que el otro es un monstruo y ha desistido de destruirlo. Vive sus días esperando que algo ocurra. Y lo que ocurre es que aparece Eddie Felson, un hombre expulsado de la sociedad de los hombres que le da pie a imaginar que es posible construir algo diferente: dejar de ser un objeto de disfrute y deshecho y construir una sociedad (o una relación) que no esté marcada por la ley paterna de la dominación y la servidumbre.

El problema es que la ley, introyectada en el corazón de los hombres, los convierte en autómatas, en grotescas figuras que gesticulan y alardean de ser el instrumento del titiritero, reclamando ocupar el lugar puro del poder. Por eso, al descubrir su impotencia para cambiar esto y a la vez su condena, Sarah, como Antígona, se suicida. Pero, trágicamente, su muerte es lo que opera el desplazamiento de Felson, lo que le abre la puerta a esa otra vida por fuera de la sociedad de los hombres, liberándole de la ley que le obliga a una mortificante voluntad de poder. Es la muerte de Sara la que le permite verse a sí mismo, comprobar que la sentencia de Gordon es radicalmente cierta pero por los motivos incorrectos: «nacido para perder». Por eso, en un último acto, un acto de liberación, Felson juega su última partida y gana precisamente porque no quiere ganar, porque se ha liberado de la ley paterna que le obliga a querer más, a dominar, a imponerse. Felson ha descubierto, con la muerte de Sara, que hay un modo distinto de vínculo social, uno que no consiste en dominar o ser dominado y eso le hace tan libre como peligroso. Tras un alegato que pone al descubierto la verdadera posición de Gordon, la pura voluntad de poder, éste hace oficial su expulsión de la sociedad de los hombres, una expulsión que sabe a liberación: «no pongas más los pies en una sala de billar».

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