Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo
Mostrando entradas con la etiqueta Foucault. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Foucault. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de abril de 2021

Sexo y género (I)
Óscar Sánchez Vega

1. Introducción. 

El origen de estas líneas está en la perplejidad que me produce el proyecto de “ley trans” del Ministerio de la Igualdad y la consiguiente polémica y contundente reacción de algunas reputadas feministas, como Amelia Valcarcel, Alicia Miyares y Juana Serna entre otras, que en una carta abierta al presidente del gobierno manifiestan su preocupación por los derechos de la infancia y los peligros de la medicalización temprana y se muestran contrarias a reconocer jurídicamente la identidad de género porque ello supone, según ellas, vaciar de contenido la categoría de sexo.

La identidad de género, explican, se define en el borrador como "la vivencia interna e individual del género tal y como cada persona la siente y autodefine, pudiendo o no corresponder con el sexo asignado al nacer", pero "una vivencia interna e individual no puede generar efectos legales". "Si el sexo es irrelevante a nivel jurídico, todas las políticas para combatir la desigualdad estructural que las mujeres padecemos se tornan irrelevantes", alertan. El grupo considera el texto "claramente inconstitucional" porque su falta de claridad lingüística atenta a la seguridad jurídica, confundiendo sexo con género.

Pero no es esta una polémica local. Recientemente organizaciones feministas, como la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres, han denunciado ante la alta Comisionada de Naciones unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, la propuesta incluida en los Principios de Yogyakarta para sustituir el sexo como categoría jurídica por la identidad de género como concepto clave en la lucha contra la discriminación. Aducen que el sexo es una categoría jurídica “verificable y reconocida” mientras que la identidad de género es “imprecisa y acientífica”. Niegan la premisa, a su juicio infundada, de considerar el género y no el sexo como la base de la identidad humana. El sexo se presenta como “lo real” y lo “fáctico”, la base material o corporal en la que interviene el género como un acto de inscripción cultural.

La referencia filosófica más evidente de estas críticas feministas a la teoría queer que, denuncian, está detrás del borrador de la “ley trans” y el proyecto Yogyakarta es, pienso, Simone de Beauvoir, la cual afirma que el género es una construcción social que se levanta sobre una base biológica relativamente estable, el sexo. Recordemos que en El segundo sexo Beauvoir afirmó: “no se nace mujer: llega una a serlo”. La frase es extraña, parece incluso no tener sentido, porque ¿cómo puede una llegar a ser mujer si no lo era desde antes? ¿Y quién es esta “una” que llega serlo? ¿Es razonable afirmar que un ser humano no era de su género antes de llegar a ser de su género? ¿Un cuerpo humano no está marcado por un género desde el momento mismo del nacimiento? ¿Cómo llega uno a ser de un género?

Obviamente, Beauvoir únicamente quería decir que la categoría de las mujeres es un logro cultural variable, una sucesión de significados que se adoptan o se usan dentro de un contexto social, y que nadie nace con un género: el género siempre es adquirido. Por otra parte, Beauvoir estaba dispuesta a declarar que se nace con un sexo, como un cuerpo sexuado, y que ser sexuado y ser humano son términos paralelos y simultáneos. Pero el sexo no crea el género, y no se puede afirmar que el género refleje o exprese el sexo; en realidad, para Beauvoir, el sexo es inmutablemente fáctico, pero el género se adquiere y, aunque el sexo no puede cambiarse -o eso opinaba ella-, el género es una construcción social en cierto modo arbitraria por lo que puede variar.

Pero el planteamiento de Beauvoir tiene consecuencias radicales que ella no contempló: si el sexo y el género son radicalmente diferentes, entonces no se desprende que ser de un sexo concreto equivalga a llegar a ser de un género concreto, por eso “se llega a ser mujer”; en su estudio no hay nada que asegure que la “persona” que se convierte en mujer sea obligatoriamente del sexo femenino. Además el género en sí no se limita necesariamente a los dos géneros habituales por lo que la división entre sexo/género revela que los cuerpos sexuados pueden ser muchos géneros diferentes.

Ante este panorama es necesario pensar de nuevo las categorías de sexo, género e identidad. ¿Cómo se crea el género? ¿Existe una relación causal entre sexo y género? ¿La identidad personal se levanta sobre el género o sobre el sexo? ¿Existe una identidad gay o lésbica? ¿Y el deseo homosexual o heterosexual surge del género o es a la inversa? Un travesti, por ejemplo, puede ser homosexual, heterosexual o bisexual. Pero el travestismo, según algunos, no es un hombre vestido de mujer o viceversa. Tal planteamiento ya es una petición de principio: se toma el primer término por verdadero y el segundo por apariencia. Pero eso es justo lo que deberíamos poner en cuestión. Lo mismo, más claro aún, en el caso del transexual. Hay quien dice (por ejemplo Kate Bornstein) que una persona transexual no es ni un hombre ni una mujer y que para referirse a ella es preciso utilizar un nuevo lenguaje.

Ya hemos esbozado una primera respuesta a estos interrogantes: la identidad objetiva de una persona descansa en el sexo, mientras que el género es, por un lado, una “vivencia subjetiva” y, por otra parte, una “construcción social” que carece de la solidez e inteligibilidad que precisan las categorías jurídicas. Ahora bien, esta conclusión quizá sea precipitada porque puede ponerse en cuestión desde dos enfoques muy diferentes. Por un lado: ¿es la identidad de género tan gratuita y arbitraria como hasta ahora hemos sostenido? Según el Psicoanálisis no. Este es el camino de Freud. Por otra parte: ¿es la categoría de sexo tan clara y objetiva como hasta ahora hemos presupuesto? ¿y si el sexo es también una construcción social y por tanto una categoría tan frágil y fantasmática como la de género? Este es el camino de los postestructuralistas.

2. La identidad de género en el psicoanálisis.

En el ensayo de 1917 Duelo y Melancolía Freud muestra como el mecanismo de la melancolía es una parte fundamental de la formación del yo. En el trance de perder a un ser amado, afirma Freud, el yo reacciona introduciendo dentro de sí los atributos de la persona amada, es decir, el otro se convierte en parte del yo. De esta forma las personas que amamos nunca nos abandonan completamente porque viven dentro de nosotros, forman parte de nuestro yo.

En 1923 Freud publica El yo y el ello y explica mediante este mecanismo de la melancolía la identidad de género. Este proceso de incorporación de amores perdidos es importante para la formación del género cuando nos percatamos de que el tabú del incesto da inicio a la pérdida de un objeto amado para el niño y que éste se restablece de esa pérdida mediante la incorporación del objeto del deseo que es tabú. La solución al dilema edípico, dice Freud, puede ser “positiva” o “negativa”: la prohibición del progenitor del sexo opuesto puede conducir a una identificación con el sexo del progenitor perdido, o bien a una negación de esa identificación y, por tanto, a una desviación del deseo heterosexual. Al perder a la madre como objeto de deseo, el niño asimila la pérdida identificándose con ella, o bien desplazando su vínculo heterosexual, en cuyo caso refuerza su vínculo con el padre y así “consolida” su masculinidad. Para la niña el complejo de Edipo también puede ser “positivo” (identificación con el mismo sexo) o “negativo” (identificación con el sexo opuesto); la pérdida del padre, que se ha iniciado con el tabú del incesto, puede dar lugar a una identificación con el objeto perdido (consolidación de la masculinidad) o un alejamiento del objetivo respecto del objeto; en este caso, la heterosexualidad gana a la homosexualidad y se halla un objeto sustituto.

En cualquiera de los dos casos la identificación de género es una suerte de melancolía en la que el objeto amado se interioriza como una prohibición que pasa a ser parte de la de la identidad personal. En el caso de una relación heterosexual prohibida, lo que se niega es el objeto, no la modalidad del deseo; de forma que el deseo se aleja de ese objeto y se acerca a otros objetos del sexo opuesto. Pero en el caso de una relación homosexual prohibida, es evidente que tanto el deseo como el objeto exigen una renuncia, y así son sujetos de las estrategias interiorizadoras de la melancolía.

De esta forma, según Freud, nace la identidad de género, ligada a la resolución del complejo de Edipo y, puesto que las fases del desarrollo sexual son universales, es decir, son las mismas en todas las culturas, el género dista de ser una construcción social que pueda ser afirmada o negada desde el yo. El yo se constituye, después de la fase de Edipo, con un género del que no puede desprenderse a voluntad. La identidad personal está condicionada en gran medida por la resolución del complejo de Edipo por lo que el género es una marca identitaria sólida que, entre otras cosas, orienta e induce el deseo sexual.

¿Qué dice Freud del deseo sexual antes de la fase de Edipo? Poca cosa. Freud habla de “disposiciones primarias” que suelen ser bisexuales, aunque Freud no da muchas explicaciones. Entiende las disposiciones libidinales primarias como impulsos prediscursivos, de carácter biológico que solo adquieren sentido y significado después de la fase de Edipo cuando pasan a ser articulados a través del lenguaje y la cultura. Otras escuelas psicoanalíticas, como la de Lacan, explican el origen del género y la diferencia sexual de distinta manera, pero todos los psicoanalistas están de acuerdo en que las marcas de género no son gratuitas, no son etiquetas que podamos poner o quitar a voluntad sino que constituyen nuestro yo más profundo, forman parte de quienes somos, de nuestra identidad personal.

3. El postestructuralismo.

El término de postestructalismo es utilizado para referirse a una serie de autores que en su mayoría rechazan esta etiqueta, aunque es innegable cierto “aire de familia” en sus reflexiones. En lo que sigue me centraré en tres autores, Michael Foucault, Monique Wittig y Judith Butler que, como tendremos ocasión de comprobar, desarrollan una crítica similar a la separación entre sexo y género.

3.1 Foucault.

Foucault en el último capítulo del primer tomo de La Historia de la sexualidad y en la Introducción a Herculine Barbin, llamada Alexina B. dice que la categoría de sexo se establece en el seno de un discurso, el de la sexualidad, que tiene un origen histórico bien preciso: la pastoral cristiana del siglo XVII. Se supone que el sexo es la causa de la experiencia, la conducta y el deseo sexual pero el cuestionamiento genealógico de Foucault muestra que esta supuesta “causa” es más bien “un efecto”. Según Foucault, el cuerpo no es “sexuado” en algún sentido significativo previo a su designación como tal dentro de un discurso a través del cual queda investido con una “Idea” de sexo natural o esencial. Por ejemplo, no hay nada natural en que ciertas partes del cuerpo (senos, nalgas, pene…) sean partes “sexuales” frente a otras partes que, supuestamente, carecen de potencial erógeno. Foucault piensa que la sexualidad genera el “sexo” como un concepto artificial que de hecho amplía y disimula las relaciones de poder que son responsables de su génesis.

En el primer tomo de Historia de la sexualidad, La voluntad de saber, Foucault afirma lo siguiente sobre la construcción unívoca de “sexo” (una persona es su sexo y, por lo tanto, no el otro):

a) Se genera en interés de la reglamentación y el control social. Estar sexuado significa estar expuesto a un conjunto de reglas sociales y, para Foucault, es la la ley que impone esas reglas el principio formativo del sexo, el género, los placeres, los deseos y la identidad personal. Es el propio “sujeto” quien se crea en el seno de estas prohibiciones y mediante ellas, por lo que no es posible acceder a una sexualidad que esté “fuera”, “antes” o “después” del poder. Así pues, la categoría de sexo es inevitablemente reglamentadora, y cualquier análisis que presuponga esa categoría afianza y legitima todavía más esa táctica reglamentadora como un sistema de poder/saber. Por ello Foucault insiste en que la sexualidad y el poder son coextensos y que es un error suponer que diciendo sí al sexo se dice no al poder.

b) Esconde y unifica de forma artificial varias funciones sexuales diferentes y no relacionadas, para posteriormente presentarse dentro del discurso como una causa, una esencia interior que crea y a la vez hace inteligible todo tipo de placer y deseo sexual:
“La noción de «sexo» permitió incluir en una unidad artificial partes anatómicas, funciones biológicas, comportamientos, sensaciones y placeres, y permitió el funcionamiento como principio causal de esa misma unidad ficticia; como principio causal, pero también como sentido omnipresente, secreto a descubrir en todas partes: el sexo pudo funcionar como significante único y como significado universal.” (Foucault, 1982, pág 187)
En lugar del “sexo” como la causa original y la significación de los placeres corporales, Foucault presenta la “sexualidad” como un sistema histórico abierto y complejo de discurso y poder que genera el término equivocado de “sexo” como parte de una táctica para esconder y, por lo tanto, mantener las relaciones de poder. Este carácter represivo de la sexualidad es manifiesto en el caso de Herculine Barbin, un/a hermafrodita francés/esa del siglo XIX, cuyos diarios son publicados y comentados por el propio Foucault.

Al nacer, a Herculine se le asignó el sexo femenino y la llamaron Alexina. A la edad de 11 años es internada en un colegio de monjas y luego pasa a la Escuela Normal donde conoce a Sara que, con el tiempo, se convertirá en su amante. Empujada por la culpa Alexina le cuenta su secreto a un médico primero y después a un sacerdote, confesiones que efectivamente la obligan a alejarse de Sara. Las autoridades consultan entre sí y la convierten legalmente en un hombre, asignándole de este modo el que supuestamente es su “verdadero” sexo. Alexina pasa a ser Herculine. A partir de ese momento tiene la obligación legal de llevar ropa de hombre y hacer uso de los distintos derechos de los hombres en la sociedad. Deprimida y repudiada por todos Herculine acaba suicidándose a los 29 años de edad.

La triste historia de Herculine le sirve a Foucault para denunciar todo un sistema de poder/saber, desde la Iglesia hasta la medicina, que empujan a Herculine a identificarse con un sexo y un género definido que pueda articularse con las normas que rigen la conducta y el deseo sexual. Pero Herculine no puede categorizarse dentro de la relación binaria del género tal como es. Ella/él no es ni un hombre ni una mujer y su crisis personal se agrava irremediablemente cuando se ve obligada a elegir su “verdadero” sexo.  Foucault destaca que la siempre difícil vida de Herculine se convierte en un infierno cuando se ve obligada a reconocerse y ser reconocida como “hombre”. Al menos antes de convertirse legalmente en hombre, Alexina podía gozar de los placeres que no estaban sujetos a las presiones jurídicas y reglamentadoras de la categoría de “sexo”. En realidad, Foucault afirma que los diarios de Herculine permiten entender esos placeres no reglamentados anteriores a la imposición de la ley de sexo unívoco como el “feliz limbo de una no identidad” (pág. 13), un mundo que va más allá de las categorías del sexo y de la identidad. En el colegio de monjas donde estudiaba Alexina, los placeres corporales no implican inmediatamente el “sexo” como su causa primaria y significado último; era un mundo, afirma Foucault en la Introducción, en el que “flotaban, en el aire, sonrisas sin dueño” (pág. 17).

La excepción, lo raro, es lo que nos revela cómo está formado el mundo, que se da por sentado, de los significados sexuales. Sólo desde una posición desnaturalizada como la de Herculine se ve cómo se crea la apariencia de naturalidad. Las presuposiciones sobre los cuerpos sexuados, si son de uno u otro sexo, se ven significativamente debilitados por los ejemplos que no cumplen con las categorías establecidas. Por consiguiente, lo insólito, lo incoherente, lo que queda “fuera”, nos ayuda a entender que el mundo de categorización sexual que presuponemos es natural, de hecho, es construido y podría construirse de otra forma.

Para terminar con Foucault podemos dejar constancia de cierta contradicción entre las conclusiones a las que llega en La voluntad de saber y la Introducción a Herculine. Por un lado, Foucault, en La voluntad de saber, quiere aclarar que no hay “sexo” en sí que no esté provocado por complejas interacciones de discurso y poder; concibe la sexualidad como colmada de poder y propone un punto de vista crítico de las teorías que proclaman una sexualidad anterior o posterior a la ley. Pero en los diarios de Herculine sugiere que sí que hay una “multiplicidad de placeres” que no son el efecto generado por y desde el sistema de poder/saber. Esos placeres de los que habla Foucault parecen ser una realidad prediscursiva que se escapa al imperio de una ley que, en La voluntad de saber, no parece dejar nada fuera de ella.

3.2 Monique Wittig.

Las categorías discursivas como “sexo”, sostiene Wittig en El pensamiento heterosexual, son abstracciones que el ámbito social impone por la fuerza, y que generan una “realidad” de segundo orden o reificada. Porque el “sexo” no es ni invariable ni natural, es una ficción lingüística producida y extendida por el sistema de heterosexualidad obligatoria en un intento por ceñir la producción de identidades sobre el eje del deseo heterosexual y garantizar de este modo el éxito de una política sexual reproductiva.

Para Wittig no hay ninguna diferencia entre sexo y género; la categoría de “sexo” es en sí una categoría con género, conferida políticamente, naturalizada pero no natural. Además, como había señalado Beauvoir, el sexo no es un atributo que corresponda por igual a los dos géneros: ser masculino es no estar “sexuado”; estar “sexuado” siempre es una forma de hacerse particular y relativo, y los hombres incluidos dentro de este sistema intervienen con la forma de persona universal mientras que las mujeres quedan impregnadas ontológicamente de sexo; son su sexo y, a la inversa, el sexo es obligatoriamente femenino. Por consiguiente, la labor política que plantea Wittig para el feminismo es destruir todo el discurso sobre el sexo y derribar la gramática misma que instaura el “género” como un atributo fundamental de los seres humanos y de los objetos. Wittig, a través de su teoría y su literatura hace un llamamiento para reorganizar radicalmente la descripción de cuerpos y sexualidades sin apelar al sexo y, por tanto, sin apelar a las diferenciaciones pronominales que regulan y organizan los derechos del habla dentro de la matriz de género.
“El sexo se considera un «dato inmediato», «un dato razonable», «rasgos físicos» que son propios de un orden natural. Pero lo que pensamos que es una percepción física y directa es sólo una construcción mítica y compleja, una «formación imaginaria», que reinterpreta los rasgos físicos (en sí tan neutrales como otros pero marcados por un sistema social) a través del conjunto de relaciones en los que se advierten.”    (Wittig, 1992, pag 9)
Igual que Foucault, Wittig denuncia que el “sexo” exige una unidad artificial a una serie de atributos que de otra forma sería discontinua. El hecho de que el pene, la vagina, los senos y otros elementos del cuerpo sean llamados partes sexuales es tanto una restricción del cuerpo erógeno a esas partes como una división artificial del cuerpo como totalidad. El lenguaje adquiere el poder de producir “lo socialmente real” a través de los actos locutorios de sujetos hablantes de tal modo que “hombres” y “mujeres” se nos presentan como hechos naturales antes que como lo que realmente son: categorías políticas.

Para Wittig, deduzco, hay dos niveles de realidad, dos órdenes de ontología: por un lado lo socialmente real que se configura a través del lenguaje, por otra parte una realidad más esencial que parece ser presocial y prediscursiva constituida por la unidad de los seres hablantes en un Ser que es anterior al ser sexuado. El género, afirma, “intenta dividir al Ser”, pero “el Ser como ser no se divide”. Cuando una persona toma la palabra no como hombre o como mujer sino como “yo”, un “yo” que es igual a cualquier otro “yo”, asume la totalidad del lenguaje se convierte en un universal concreto y desafía así el sistema de dominación patriarcal. La estrategia principal de esta guerra es que mujeres, lesbianas y gais se adueñen de la posición de sujeto hablante y adopten un punto de vista universal.

Wittig otorga un gran poder al lenguaje. El lenguaje actúa sobre lo real mediante actos de habla que, al repetirse se transforman en prácticas afianzadas y, con el tiempo, en instituciones. Pero esas mismas instituciones pueden ser combatidas con la herramienta que las forjó. Transformar el discurso es trasformar la realidad, este es el poder de la literatura. Por ello “es bastante posible que una obra literaria funcione como una máquina de guerra” e incluso “una máquina de guerra perfecta”.

3.3 Judith Butler.

Butler, como Wittig, niega la distinción entre sexo y genero. No ocurre que una categoría sea “real” y otra “social”. Ambas son construcciones sociales que se implican mutuamente. Afirmar que el sexo es la base real donde se construye el género es recaer de nuevo en la metafísica de la sustancia. A menudo suponemos que el sexo es aquello que somos, lo que no cambia y permanece siempre idéntico a sí mimo, es decir, en términos metafísicos, la sustancia. Antes de adentrarnos en el tema específico de estas líneas es pertinente recordar primero la crítica a la metafísica de la sustancia de Nietzsche, que afecta a la categoría de identidad: es la gramática la que está en el origen de ficciones (el yo, la conciencia, la persona) habitualmente admitidas.
"El reto que supone reformular las categorías de género fuera de la metafísica de la sustancia deberá considerar la adecuación de la afirmación que hace Nietzsche en La genealogía de la moral en cuanto a que «no hay ningún "ser" detrás del hacer, del actuar, del devenir; "el agente" ha sido ficticiamente añadido al hacer, el hacer es todo». En una aplicación que el mismo Nietzsche no habría previsto ni perdonado, podemos añadir como corolario: no existe una identidad de género detrás de las expresiones de género; esa identidad se construye performativamente por las mismas «expresiones» que, al parecer, son resultado de ésta." (Judith Butler, 1999, pag 85)
La distinción que impone la Gramática entre sujeto y predicado lleva a Descartes a afirmar que “yo” es el sujeto del “pensar”, pero no existe un “yo” previo al lenguaje y a las reglas sociales sino que el mismo sujeto se construye a partir del lenguaje y la ley. Cuando afirmamos que un cuerpo sexuado es investido con un género estamos pensando bajo los parámetros cartesianos, pero este camino -ya desde Hume- es intransitable para el pensamiento contemporáneo porque lleva a hipostasiar sustancias donde solo hay un devenir. Lo “real” y lo “sexualmente fáctico” son, afirma Butler, construcciones fantasmáticas -ilusiones de sustancia- a las que los cuerpos están obligados a acercarse, aunque nunca puedan identificarse totalmente con ellas.

Butler asume la crítica de Foucault y Wittig a la categoría de “sexo” y, en El género en disputa, aboga por un feminismo sin sujeto porque el sujeto “mujer”, como cualquier otro sujeto, no es más que una “construcción fantasmática” al servicio de la política de la identidad. Como nos recuerda Nietzsche, no es es preciso que haya un agente detrás de la acción sino que el agente se construye en la acción y a través de ella. El objetivo de Butler es abrir posibilidades para el género. Se trata de denunciar un discurso de verdad que pretende deslegitimar prácticas de género y sexuales minoritarias. Para ello no es preciso ni conveniente diseñar un más allá utópico donde las estas prácticas estén liberadas de la ley porque, como nos enseñó Foucault, tal cosa es imposible (la sexualidad y la ley son coextensas) y su mera ensoñación es una válvula de escape que refuerza la ley y la consolida. La propuesta de Butler consiste en promover y multiplicar las categorías de género con el fin de subvertir la naturalidad con la que asumimos la ilusión de la identidad. En este sentido, las prácticas de la parodia, el travestismo por ejemplo, pueden servir para poner en cuestión la existencia de una configuración de genero natural y privilegiada. El travesti o el gay no es una persona que no asume el genero que le corresponde en base a su sexo porque todas las prácticas de genero son igualmente convencionales y en, cierto modo, nadie encaja en el género que supuestamente le corresponde.

El género, para Butler, no es una una esencia, no es un rasgo “interno” de nosotros mismos, sino que es una construcción performativa, es decir, algo construido socialmente desde el lenguaje a partir de actos de habla y por medio de lo que Butler denomina la estilización del cuerpo: adquirimos un género en la medida en que vamos interiorizando ciertos gestos, actos corporales, como por ejemplo la manera de andar, que, progresivamente, pasan a constituir nuestra identidad. Pero no hay un “yo” previo al lenguaje y a la socialización que tenga de manera natural un género u otro. Tampoco es natural y necesario “elegir” entre dos géneros. Los géneros no son ni verdaderos ni falsos, ni reales ni aparentes, ni originales ni derivados. Todo género es una ficción construida mediante mediante actuaciones sociales. No hay por tanto un sexo esencial y una masculinidad o feminidad verdadera sino que estas construcciones son solo algunas de las posibles.
"El género no debe considerarse una identidad estable o un sitio donde se funde la capacidad de acción y de donde surjan distintos actos, sino más bien como una identidad débilmente formada en el tiempo, instaurada en un espacio exterior mediante una reiteración estilizada de actos. El efecto del género se crea por medio de la estilización del cuerpo y, por consiguiente, debe entenderse como la manera mundana en que los diferentes tipos de gestos, movimientos y estilos corporales crean la ilusión de un yo con género constante. Este planteamiento aleja la concepción de género de un modelo sustancial de identidad y la sitúa en un ámbito que exige una concepción del género como temporalidad social constituida. Resulta revelador que si el género se instaura mediante actos que son internamente discontinuos, entonces la apariencia de sustancia es exactamente eso, una identidad construida, una realización performativa en la que el público social mundano, incluidos los mismos actores, llega a creer y a actuar en la modalidad de la creencia. El género también es una regla que nunca puede interiorizarse del todo; «lo interno» es una significación de superficie, y las normas de género son, en definitiva, fantasmáticas, imposibles de personificar.”  (Judith Butler, 1999, pag 273)

 

4. El dictamen de la ciencia.

Muchos pensaran que todas estas elucubraciones que venimos desarrollando valen bien poco porque la ciencia establece de forma clara y taxativa la categoría de sexo y esto es lo que en verdad cuenta. Pero ocurre que la tampoco la ciencia responde de manera concluyente a la pregunta de cómo se determina el sexo. Ya vimos en el caso de Herculine que la presencia de genitales masculinos o femeninos u otras partes sexuales no es del todo determinante para establecer el sexo de una persona. Podríamos pensar que la biología molecular nos ofrece finalmente una respuesta concluyente: los hombres tienen cromosomas XY en el llamado par 23 y en cambio las mujeres tienen cromosomas XX. Pues tampoco ocurre siempre.

Butler recoge en El genero en disputa una controversia científica sobre un supuesto gen que es el determinante del sexo. Según el artículo de David Page “The Sex-Determining Región of the Human Y Chromosome Encodes a Finger Protein” publicado en la revista científica Cell (nº 51) se tomaron muestras de ADN de un grupo poco común de personas, algunas de las cuales tenían cromosomas XX, pero que habían sido designadas médicamente como masculinas, y otras que tenían una constitución cromosómica de XY, pero a quienes se consideró médicamente femeninas. Gracias a la utilización de medios tecnológicos sumamente sofisticados, el doctor Page y sus colegas descubrieron el gen maestro, que forma una secuencia específica de ADN en el cromosoma Y, y lo denominaron TDF (testis determining factor); aquí el doctor Page afirma haber descubierto “el interruptor binario al que están subordinadas todas las características sexualmente dimórficas”. Suponían que de algún modo en los hombres que tenían cromosomas XX el gen TDF se había desplazado del cromosoma Y, su lugar habitual, a otro cromosoma. Page y su equipo calcularon que aproximadamente un diez por ciento de la población presenta variaciones cromosómicas que no se adaptan fácilmente a las categorías de mujeres XX y hombres XY. El descubrimiento del “gen maestro”, suponían, era la forma más segura para establecer la diferencia sexual. Desafortunadamente para Page surgió un problema persistente que amenazaba las afirmaciones efectuadas a favor del descubrimiento de la secuencia del ADN. Exactamente la misma parte del ADN que, al parecer, determina la masculinidad estaba, de hecho, presente en los cromosomas X de las mujeres, es decir, el “gen maestro” estaba presente tanto en hombres como en mujeres solo que en los hombres estaba “activo” y en las mujeres “pasivo”.

Analicemos, así pues, lo que afirma este descubrimiento y comprobemos por qué siguen formulándose las preguntas preocupantes sobre cómo se determina el sexo. Por un lado los resultados de la investigación distan de ser concluyentes y la interpretación de Page es del todo hipotética; además no parece muy normal que el “gen maestro” que supuestamente es el responsable de la presencia de testículos en el cuerpo humano esté presente tanto en hombres como en mujeres. Pero sobretodo no queda claro por qué tendríamos que estar de acuerdo desde el principio en que los sujetos de la investigación son hombres XX y mujeres XY, justamente cuando lo que se cuestiona es la designación de hombre y mujer, lo cual ya está determinado de manera implícita al apelar a los genitales externos. En realidad, si los genitales externos fueran un criterio suficiente para distinguir o asignar el sexo, entonces la investigación experimental del gen maestro no sería necesaria. Y finalmente, la tarea se complica todavía más cuando nos percatamos de que el lenguaje de la biología no es un lenguaje “puro” sino que, por el contrario, está necesariamente “contaminado” por otros discursos y relaciones de poder que influyen en la manera en la ciencia da cuenta de su objeto de estudio. ¿O acaso no aluden Page y otros a una norma puramente cultural cuando afirman que un individuo XX anatómicamente ambiguo es hombre, norma según la cual los genitales son el “signo” definitivo del sexo?

5. Conclusiones.

Recopilemos brevemente lo dicho hasta ahora. Ante el proyecto de “ley trans” algunas feministas insisten en la pertinencia y necesidad de distinguir entre sexo y género. La primera, dicen, es una categoría científica y “real” y en cambio el género es una noción ambigua y arbitraria. A continuación hemos visto que al menos para el psicoanálisis la identidad de genero no es arbitraria y tiene su origen en ciertos mecanismos psicológicos bien precisos. Por otra parte, según los postestructuralistas, tanto el sexo como el género son meras construcciones sociales. Finalmente hemos visto como la ciencia encuentra dificultades para precisar y definir la diferencia sexual entre hombres y mujeres.

Ante este panorama… ¿qué pensar en relación a este asunto? En primer lugar que el tema es más complejo de lo que pudiéramos suponer si atendemos solamente a los argumentos que esgrimen las representantes del llamado feminismo de la igualdad y ello sin necesidad de asentir ante las tesis más radicales de los postestructuralistas. En realidad creo, en contra de ellos, que hay buenas razones para distinguir entre sexo y género y hasta estoy de acuerdo con las primeras en que la noción de sexo es más clara e inteligible que la de género. Pero esa no es la cuestión.

Lo que está en juego, más allá de precisar el significado de ciertas categorías, es, por un lado, si las personas tienen derecho a construir su identidad al margen de su sexo y, por otra parte, entender cuál es o debiera ser la función de la ley en una sociedad democrática. A mi modo de ver el afán contemporáneo por profundizar en la identidad propia es del todo contraproducente y hasta dañino, pero es un hecho innegable que cada vez más personas construyen su identidad en base al género que han elegido y no al sexo que les corresponde.  Por otro lado, y creo que este es el núcleo de la cuestión, la función de la ley en una democracia no es refrendar el sistema categorial hegemónico (lo que Mannheim denomina ideología) cuando es puesto en cuestión por la emergencia de nuevas categorías, en este caso nuevas identidades de género, sino que su función es otra: encauzar los conflictos, proteger a los más vulnerables y atenuar el sufrimiento en la medida de lo posible.   (Sigue)

martes, 19 de junio de 2018

Los cínicos: de la verdadera vida a la vida otra.
Óscar Sánchez Vega


Las vidas, personales y académicas, de Pierre Hadot y de Michael Foucault transcurren por caminos muy diferentes hasta que en 1980 Hadot ingresa como profesor en el Collège de France a instancias de Foucault. Por aquel entonces el interés de Foucault se había dirigido hacia el que era desde siempre el campo de estudio de Hadot: la filosofía antigua. A pesar de sus profundas divergencias, Foucault y Hadot comparten un mismo enfoque que es el que voy a seguir en las siguientes líneas. La filosofía antigua, dicen, es una forma de vida, tiene una dimensión práctica y una función terapéutica. La filosofía nace de un impulso erótico que nos lleva hacia la verdad, pero el filósofo no se conforma con Saber sino que cambia su vida (Ethos), y hace de su modo de vida un ejemplo para los otros.

Si atendiéramos a esta dimensión práctica podríamos elaborar una nueva Historia de la Filosofía. Por ejemplo, si adoptamos una perspectiva teórica (metafísica) no encontramos un corte profundo entre la Antigüedad y el cristianismo, pero si fijamos nuestra atención en lo que Foucault denomina “la estética de la vida” prestaremos atención a discontinuidades que de otro modo nos pasarían desapercibidas: no es lo mimo la verdadera vida en la Antigüedad (de la que nos ocuparemos a continuación) que la vida del asceta, la vida del monje, la vida del santo, etc. Estamos ante una metafísica que se mantiene relativamente constante y una estilística de la existencia que varía significativamente.

La preocupación por el modo de vida está presente en la cultura griega desde el inicio. Homero y Píndaro, por ejemplo, afirman que el objetivo de la vida humana es dejar huella, perdurar en el recuerdo, hacer de la propia vida una obra de arte. Aquiles es quizá el mejor modelo de esta verdadera vida que trataremos de rastrear. En el siglo III aC, con las Escuelas helenísticas, este tema deja de ser el trasfondo de cualquier elaboración teórica para convertirse en el centro mismo de la reflexión filosófica. Los historiadores de la filosofía y los filósofos en general, cuando han prestado atención a esta época, se han centrado en los estoicos y los epicúreos; incluso los escépticos han sido más estudiados que los cínicos. El desprecio hacia los cínicos viene dado porque sus discursos filosóficos son ciertamente escasos y poco originales, pero si adoptamos una perspectiva práctica, si entendemos la filosofía como una forma de vida, entonces los cínicos cobran una dimensión nueva y fundamental: ellos son los que llevan hasta sus últimas consecuencias el tema de la verdadera vida y al radicalizar sus planteamientos originales la transforman por completo.

Foucault dedica una parte considerable de su último curso en el Collège a exponer cómo la verdadera vida se transforma en los cínicos en “la vida otra”, otra vida distinta a la de los no filósofos y también a la de los otros filósofos, una vida irreductible a la del resto, que es percibida por la sociedad como una vida escandalosa. Por lo tanto, para comprender la propuesta vital de los cínicos debemos partir de la concepción tradicional de la verdadera vida, radicalizar y, en cierto modo, invertir sus planteamientos originales.

El significado de verdadera vida, alethés bíos, depende, naturalmente, del significado de alétheia (alethés, verdadero). Foucault distingue cuatro formas según las cuales puede decirse que algo es verdadero y por tanto cuatro maneras o modulaciones de entender la verdadera vida en la tradición griega:
  1. Alethés es lo que no está oculto o disimulado. Este es su significado más literal, lo que se muestra abiertamente, no está cubierto ni disimulado. Alethés bíos es una vida no disimulada, que no oculta una parte oscura, que no se esconde a la mirada del amigo (Séneca) o del dios (Epicteto) y no da motivos para la vergüenza. La verdadera vida es, por ejemplo, la de Aquiles, que es completamente transparente; pero no la de Ulises que se esconde y maquina engaños. En Aquiles no encontramos diferencia alguna entre lo que hace y lo que dice y este es el rasgo esencial de la alethes bíos.
  2. Alethés es lo que no tiene mezcla de bien y mal, vicio y virtud, etc; puesto que la verdad es pura y está en perfecta identidad consigo misma. Esto nos lleva por un lado (Platón) al cuidado y purificación del alma y por el otro (epicúreos y estoicos) al ideal de autarquía e independencia. Alethés bíos es una vida no variopinta, una vida que no se deja arrastrar por deseos. Lo contrario a una vida íntegra, a una vida sin mezcla, es la vida del hombre democrático que se deja llevar llevar por sus apetitos y pasiones: ahora quiere esto, luego lo otro y más tarde algo diferente.
  3. Alethés es lo recto. Alethés bíos es una vida recta. El camino de la verdad, en el sentido tradicional griego, es una vida de conformidad con el logos que se ajusta a la naturaleza. Pero, al menos en la época arcaica y clásica, no encontramos en el mundo griego disociación entre los dictados de la Naturaleza y las leyes de la polis: el hombre recto cumple con las leyes de la ciudad y de esta forma se mantiene en armonía con la Physis.
  4. Alethés es lo que no cambia, lo que es imperturbable e incorrupto. Alethés bíos es una vida inmutable, una vida que goza de sí porque es dueña de sí misma. La verdadera vida es la propia de un alma magnánima, una vida soberana, dueña de sí misma, una vida de ejemplaridad y generosidad hacia el otro.

La práctica del cinismo se apoya en estos cuatro sentidos de la verdadera vida y los lleva hasta el extremo, hasta invertirlos y convertir la vida en un escándalo, pero se trata de una inversión dramatizada, representada, no teórica. Veamos cómo funciona esta transmutación, de qué manera el cínico, y particularmente Diógenes, recoge cada uno de los rasgos de la verdadera vida, los radicaliza e invierte:
  1. Primera característica: vida no disimulada. La verdadera vida es, habíamos dicho, una vida que no esconde nada y no da motivos para la vergüenza. Los cínicos toman este tema de la tradición y lo alteran, cambian completamente su sentido haciendo de ello un escándalo. Llevan el ideal de no disimulación a su plasmación material. La vida otra es una vida desvergonzada, se trata de vivir literalmente ante la mirada del otro, de no esconder nada. Las anécdotas relativas a la vida de Diógenes son bien conocidas: carece de casa donde cobijarse, vive en las calles y los templos, apenas lleva ropa, come y se masturba en público, etc. No hay nada malo en lo que la Naturaleza quiere, dice Diógenes.
  2. Segunda característica: vida pura, sin vicios ni maldad. Los cínicos llevan el ideal de pureza hasta el extremo. Puesto que el dinero y los bienes materiales de este mundo corrompen la naturaleza humana... seamos pobres de solemnidad, dice el cínico. La vida otra, la vida del cínico, es claramente una vida de pobreza, pero quizá no está claro en qué sentido este rasgo supone una inversión respecto a la verdadera vida. ¿No hay ya en Sócrates, por ejemplo, un desprecio y repudio de la riqueza? Hay en esta cuestión cierta ambigüedad que debemos tomar en consideración. Por una parte sí, la verdadera vida no es la vida del opulento acaparador, pero tampoco es la del pobre o el mendigo. Lo que debemos tener siempre presente es que la verdadera vida no es un ideal para todo el mundo; la verdadera vida está reservada a los mejores, aquellos pocos que logran distinguirse por encima de la multitud porque la excelencia moral no es democrática. Lo importante, en el ideal tradicional, era, más que tener o no dinero, cierta actitud de indiferencia y desapego haca la riqueza. Pero el desapego no puede ser tal que nos lleve a la miseria, la verdadera vida es una vida soberana e independiente, no puede ser una vida menesterosa. Sin embargo, la pobreza del cínico es real, material, nada ambigua. Se concreta en la vestimenta, el hogar y la ausencia de todo tipo de bienes. Es una pobreza fea, hirsuta y militante que reprocha al resto de los ciudadanos su apego a los bienes materiales.
  3. Tercera característica: vida recta. La vida otra del cínico es una vida desnuda, se apoya solo en el orden natural, no se ajusta a ninguna convención. Los cínicos llevan al ámbito de la vida real la controversia teórica de los sofistas: physis vs nomos. Pero ya no se trata de discutir o argumentar sino de mostrar abiertamente cómo vivir de manera natural alejado de convenciones artificiales. Sin necesidad de elaborar ningún discurso el cínico muestra la superioridad de la vida conforme a la Physis con su mera presencia pública. Las únicas necesidades admisibles para el cínico son las de carácter animal: comer, dormir, defecar, etc. El resto: matrimonio, familia o tabús alimentarios, por ejemplo, son artificios contra natura, ornamentos superficiales de los que nos habríamos de liberar con el fin de llevar una vida virtuosa.
  4. Cuarta característica: vida sin corrupción ni decadencia, vida inmutable. Los cínicos, de nuevo, retoman el tema de la vida soberana y lo llevan al extremo. El tema del rey filósofo aparece, naturalmente, en Platón, pero los cínicos le dan un nuevo giro y cambian su sentido. El verdadero rey es el sabio cínico, los otros, los reyes coronados, dependen de múltiples circunstancias: ejércitos, guardias, aliados, etc. El filósofo cínico no necesita nada (tiene autarkeia, completa independencia), reina sobre todos los hombres y sobre su interior, no tiene vicios ni defectos.  Es en este contexto en el que cabe insertar la célebre anécdota del encuentro entre Diógenes y Alejandro. Por eso dice Alejandro: “de no haber sido Alejandro, habría querido ser Diógenes”. El cínico es el verdadero rey, pero un rey ignorado, un rey en la miseria. Pero como rey cumple una función: ocuparse de los otros... aunque ellos no parecen aceptar de buen grado los cuidados del rey desnudo porque no son conscientes de su enfermedad y son reacios a tomar la agria medicina que el cínico prescribe. El cínico ataca a a la raza humana por su propio bien, para que pueda vencer en la lucha contra los vicios, apetitos y pasiones. La vida del cínico anticipa de este modo la vida militante. Se trata, eso sí, de una militancia abierta, no proselitista, que no busca (al contrario que otras escuelas helenísticas) hacerse con un grupo de partidarios, sino que se dirige a la humanidad entera; su lucha es contra todos y contra todo. El cínico no admite componendas en su afán por cambiar el mundo.

Pues bien, esta tesis que acabo de exponer es la que defiende Foucault: la forma de vida cínica (la vida otra) es una transmutación del ideal de vida tradicional en la Grecia Antigua (la verdadera vida). Pero, además de lo dicho, ¿podemos presentar alguna prueba en favor de esta interpretación de Foucault? Pienso que sí. Hay un conocido episodio de la vida de Diógenes, narrado, entre otros, por Diogenes Laercio, que resulta cuanto menos enigmático y que cobra una nueva inteligibilidad a la luz de lo anteriormente expuesto. Según parece el padre de Diógenes debe huir de Sínope, junto con toda su familia, porque es acusado de malversación o falsificación de moneda (dependiendo de la versión). Diógenes acude al oráculo de Delfos y le pide al dios consejo y el oráculo responde: parakharattein to nómisma, “cambia el valor de la moneda”. ¿Qué quiere decir? En primer lugar haremos bien en fijarnos en la similitud y cercanía entre nómisma (moneda) y nomos (ley, convención). Recordemos que la situación de penuria de la familia de Diógenes es precisamente por cambiar moneda y lo que le dice el oráculo a Diógenes es que no se conforme con esa situación, le pide que dé una nueva vuelta de tuerca, que vuelva a cambiar la moneda. Pero la moneda, si no nos equivocamos, es una imagen o representación del nomos, de las instituciones sociales y políticas firmemente asentadas en la comunidad. Cambiar el valor de la moneda sería entonces poner de releve que la verdadera vida solo puede ser una vida otra, una vida diferente a la socialmente admitida, una vida incluso diferente a la de los filósofos. Se completa así la inversión, pero desde la perspectiva del cínico la verdadera vida es la suya y la vida equivocada, la vida otra, la del resto de la sociedad. El cínico, como hemos señalado, es un militante, un misionero de la verdad que no puede instalarse en la verdad despreocupándose del resto de la comunidad. Él debe interpretar el papel socrático de tábano, debe mostrar cuál es la verdadera vida para que aquellos en disposición de abrir los ojos puedan actuar en consecuencia.

“¡Cambia tu modo de vida!”, este es el imperativo ético implícito en la filosofía antigua, llevado hasta el extremo por los cínicos, que haríamos bien en retomar desde la filosofía contemporánea.

domingo, 13 de mayo de 2018

El coraje de la verdad; el legado de Sócrates y Foucault.
Óscar Sánchez Vega


Michael Foucault muere el 25 de Junio de 1984. Los primeros meses de ese mismo año, débil y afectado por la enfermedad que pondrá fin a su vida, el sida, imparte sus últimas lecciones en el Collège de France. El curso de 1984 (El coraje de la Verdad. El gobierno de sí y de los otros II. Edit Akal) es la referencia que en esta entrada voy a tener siempre presente. Este curso, sin embargo, no puede considerarse de manera aislada, pues es una continuación de las lecciones los dos años anteriores: el curso de 1981/2 (La hermeneútica del Sujeto. Edit Akal.) y el curso 1982/3 (El gobierno de sí y de los otros I. Edit Akal).

Esta última etapa del pensamiento foucaultiano es, en cierto modo, sorprendente o, al menos, imprevista. El filósofo francés estaba, por aquel entonces, inmerso en el proyecto de elaborar una Historia de la sexualidad y sus indagaciones y descubrimientos le llevaron a modificar el plan inicial. Lo que podríamos llamar una saludable y apropiada vida sexual en Grecia era una parte, pero solo una parte, junto con, por ejemplo, una buena alimentación, de lo que Foucault denomina “técnicas del cuidado de uno mismo” a las que dedica el curso de 1981/2. Por razones que más adelante comentaremos, este objetivo del cuidado de sí va estar directamente vinculado con el tema de la parrhesía, que es el tema del curso 1982/3. La parrhesía, conviene aclararlo cuanto antes, pues es un término que en este texto aparecerá a menudo, es el nombre que los griegos utilizaron para designar el hablar veraz, decir la verdad, tomar la palabra con la firme decisión de decir la verdad sin temor a las consecuencias que ello pudiera acarrear. La parrhesía es, en primer lugar, una virtud política, es el coraje de decir la verdad en la asamblea política, pero en el siglo V aC surge, de la mano de Sócrates, una nueva parrhesía ligada al objetivo del cuidado de sí. Este es el tema del curso de 1984.

Como señalé al principio de esta entrada, estas lecciones son las últimas que imparte, ya enfermo, Foucault y, entiendo que de manera no casual, estas versan, en gran medida, sobre las últimas palabras de Sócrates. En el libro sobre Raymond Roussel, el propio Foucault sostenía que que la relación de un autor con su muerte no es una cuestión anecdótica y esta es la intuición que da pie a estas líneas: al final de su vida, consciente de su enfermedad, cuando Foucault habla de Sócrates, en realidad está hablando de sí mismo, cuando comenta el legado socrático está formulando su propio legado, su testamento filosófico.

Al menos desde 1981 el tema del cuidado de sí es central en el proyecto foucaultiano y este es precisamente el problema que Sócrates plantea en los últimos momentos de su vida, según se nos muestra en la Apología, el Critón y el Fedón. Llama la atención el minucioso análisis que hace Foucault de los últimos momentos de la vida de Sócrates y del mensaje que pretendía dejar a sus amigos. Las últimas palabras de Sócrates fueron: me ameleséte, no descuidéis, no olvidéis. También Foucault nos conmina a no olvidar el cuidado de nosotros mismos, a no descuidarnos ni olvidar.

Indagaremos a continuación qué es lo que debemos cuidar y de qué manera, siguiendo el camino que Foucault sugiere: la vida de Sócrates, el cual, como sabemos, consagra su vida a la filosofía, vagando por las plazas de Atenas y conversando con todo aquel que estuviera dispuesto a intercambiar una palabras con él, pero evitando siempre la asamblea política. ¿Por qué Sócrates no toma la palabra en el ágora? ¿por qué no se dedica a la política? Porque si lo hubiera hecho estaría muerto, responde (Apología de Sócrates 31d-e). Para entender esta desafección, el alejamiento de Sócrates de la vida política, debemos decir algo de las complejas y paradójicas relaciones que se dan entre la parrhesía y democracia.

Se precisa de la libertad política para que los ciudadanos puedan tomar la palabra y proclamar la verdad en la asamblea, pero, por otro lado, aquellos que tienen el coraje necesario para decir la verdad son unos pocos, los mejores. La ciudad necesita que aquellos que son capaces de dar lo mejor de sí puedan manifestarse abiertamente en beneficio de todos, del mismo modo que el enfermo que quiere sanar necesita que el médico le diga con franqueza qué debe hacer para recuperar la salud. En términos de Foucault: la parrhesía exige la “diferenciación ética” para que aquellos en los que predomina la mejor parte del alma puedan educar al resto de la ciudad. Pero Sócrates y Foucault desconfían que el pueblo pueda educarse de este modo.

Como hemos señalado la relación entre democracia y parrhesía es paradójica. Por un lado, la democracia hace posible que cualquier ciudadano, sea cual sea su preparación y su conocimiento, pueda tomar la palabra en la asamblea y decir lo que le plazca, pero esta es, como insistirá Platón, una mala parrhesía, la ciudad no mejora, más bien al contrario, por el mero hecho de que muchos puedan alzar su voz y dejarse oír. Si así fuera en el siglo XXI, en pleno auge de las redes sociales, la calidad de nuestra democracia estaría fuera de toda duda, lo cual, como sabemos, dista de suceder. Lo que debiera ocurrir, claro está, es que los mejores tomen la palabra y eduquen a la ciudad entera, pero esta buena parrhesía es peligrosa para quien la ejerce pues pone en cuestión ciertos prejuicios y estereotipos que están en la base de la polis democrática. Por definición la buena parrhesía es elitista: pocos se atreven a contradecir a la masa, pocos tienen el coraje para proclamar la verdad. Si la parrhesía es para todo el mundo ya no es el coraje para decir la verdad:
 “la parrhesía aparece como peligrosa en cuanto exige de quien quiera utilizarla cierto coraje, que, en una democracia, corre el riesgo de que no se le haga honor” (El coraje de la Verdad. El gobierno de sí y de los otros II. Edit Akal, pag 45)
Se cruzan aquí dos distinciones muy arraigadas en la cultura griega: unos pocos/la masa y los mejores/los malos.
“Para que la ciudad pueda existir, para que pueda salvarse, le hace falta la verdad. Pero la verdad no puede decirse en un campo político definido por la indiferencia de los hablantes. Solo puede decirse en un campo político marcado y organizado alrededor de una escansión que es la que separa los más numerosos de los menos numerosos, y también de la escansión ética entre quienes son los buenos y quienes los malos, entre los mejores y los peores. Por eso el decir veraz no puede tener lugar en el juego democrático, habida cuenta que la democracia es incapaz de reconocer y hacer lugar a la división ética sobre cuya base, y solo sobre cuya base, el decir veraz es posible.”(Ibíd, Pag 52)
¿Por qué la democracia no escucha al que tiene el coraje de decir la verdad? El problema está en la estructura misma de la democracia que hace imposible la “diferenciación ética”. En una democracia no toman las decisiones los mejores sino los más numerosos que buscan lo mejor para ellos mismos, pero este fin no coincide con el bien de la ciudad. Así pues es peligroso decir la verdad también en una democracia. Por eso la estrategia de Platón será otra: si la estructura de la polis democrática es sorda a la verdad, la alternativa es cambiar el alma, la psiké, del gobernante, el alma de Dionisio. La empresa es enormemente difícil pero no es del todo imposible, no hay, en este caso, una imposibilidad estructural.

Así pues, según Foucault, Sócrates no habla desde la tribuna política por pesimismo, porque está convencido de que la ciudad permanecerá sorda a sus requerimientos y su vida correría peligro. ¿Entonces Sócrates no toma la palabra en la asamblea porque tiene miedo a que lo maten? No puede ser. Sócrates no tiene miedo a la muerte. Al menos, a lo largo de su vida en dos ocasiones ha aceptado el reto, ha puesto en peligro su vida por no callar, por decir la verdad. En el 406 aC Sócrates ejercía un cargo público, era prítane (magistrado) en el proceso de contra los generales de Arginusas que eran acusados de impiedad por no haber recogido los cadáveres después de la batalla. Él fue el único que se opuso a la pena de muerte. Dice Sócrates “solo yo voté contra vuestro deseo” (Apología 32b), exponiéndose así a la ira de la multitud. La otra ocasión fue durante el gobierno oligárquico de los Treinta tiranos. Quisieron hacerle cómplice de la detención de León de Salamina que era objeto de una acusación injusta, pero él se negó a participar en la detención. O sea que Sócrates acepta el riesgo de la parrhesía, de decir la verdad.

Si Sócrates protege su vida es en interés de la ciudad. La ciudad le necesita, pero no como político. Estamos ante un desplazamiento en la práctica de la veridicción. El nuevo eje de la parrhesía socrática es el ethos, la ética. Sócrates está constantemente interpelando a sus conciudadanos pero es reacio a subir a la tribuna y hablar ante la asamblea, es decir, convertirse en lo que hoy diríamos un político profesional. Podemos extrapolar esta cuestión y pensar si el filósofo debe hacer política o, mejor aun, comprender la posición del propio Foucault. A lo largo de tres décadas Foucault tomó parte en muchas luchas políticas, primero, en la década de los 50, en la órbita del Partido Comunista, y después en apoyo de distintos grupos izquierdistas, pero, y esto es lo que quiero destacar, nunca fue militante. ¿Por qué? Fue una elección personal, naturalmente, pero me pregunto si esta decisión tiene una lectura filosófica o es simplemente una cuestión de carácter. Creo que en las últimas lecciones del filósofo francés podemos encontrar razones que avalan el alcance filosófico de la opción política de no militar que toma Foucault. Este alejamiento de la vida política es especialmente acusado los últimos años de su vida, aunque, a mi modo de ver, no deberíamos exagerar las novedades de los últimos cursos del Collège. Foucault no cambia tanto como para despreciar la lucha política. Pienso más bien que, en parte gracias a esta lectura de Sócrates, Foucault es que cada vez más consciente de que hay un espacio para otra forma de veridicción que nace precisamente en los límites de la parrhesía política. Estamos ante dos corajes de decir la verdad diferentes.

Pero volvamos a Sócrates, ¿por qué Sócrates se aparta de la vida política y dedica su vida a deambular por los calles sosteniendo conversaciones privadas con sus conciudadanos? La respuesta es bien conocida: Sócrates ha escuchado una voz interior, una voz demónica. Sócrates no tiene miedo pero no quiere poner en peligro su vida porque tiene una misión que cumplir y, en la medida en que estamos tomando a Sócrates como paradigma de la vida filosófica, podemos generalizar y decir: el filósofo no se debe convertir en un político profesional porque su papel es otro.
“Dicha tarea consiste en determinado ejercicio, determinada práctica del decir veraz, la puesta en acción de cierto modo de veridicción muy diferente de los que suelen tener lugar en la escena política” (Ibíd, pag 81). 
Es a este “ejercicio” al que dedican su vida tanto Sócrates como Foucault. ¿En qué consiste la veridicción propia de la filosofía? ¿En qué consiste la parrhesía propia del filósofo? Foucault delimita las características propias del discurso filosófico; el discurso de Sócrates difiere de otras formas de veridicción propias de la Antigüedad. Veamos esto de manera muy breve y esquemática. La profecía, en su versión tradicional, consiste en descifrar o interpretar lo que el dios dice, pero Sócrates somete a prueba el oráculo de Delfos. Cuando le llega la noticia que el oráculo, o sea, el dios, le ha designado como el más sabio de todos los hombres empieza una investigación, se trata de una indagación que tiene por objeto determinar si lo que dice el oráculo es verdad o no. Por lo tanto, la práctica socrática, es decir, la filosofía, al contrario que la profecía no admite criterios de autoridad, no se somete a la palabra de un dios. Tampoco la actitud de Sócrates es la propia del sabio. El sabio, Heráclito por ejemplo, se mantiene apartado de la masa acompañado solo por la Verdad, medita en silencio y solo interviene en la vida de la polis si la situación es desesperada, como cuando Solón toma la palabra en la asamblea para frenar los excesos autoritarios de Pisístrato. Sócrates sin embargo “trabaja” todos los días y su tarea no requiere retiro ni soledad sino todo lo contrario. Por último Sócrates tampoco es un profesor, no es un técnico que tenga respuestas precisas a problemas concretos. Sócrates es ignorante, no sabe, incita a quien le escucha a ocuparse de sí. Así pues estamos ante la emergencia de un nuevo discurso de verdad diferente a los tradicionales: profecía, sabiduría y enseñanza.

En la parrhesía socrática podemos distinguir tres momentos: indagación, prueba y cuidado de sí. En cada uno de estos momentos podemos marcar una distancia, una diferencia entre la práctica socrática y la parrhesía política. Indagación: frente a la afirmación y prepotencia del político que se posiciona ante la asamblea, reconocimiento de la propia ignorancia. Prueba: someter a prueba, no dar nada por sentado, confrontar las almas para ver de qué pasta está hechas. Y por último, frente al discurso unidireccional de la vida política, Sócrates proclama que el objetivo de su tarea es la epiméleia, el cuidado de sí, es decir, incitar a la gente que cuide de sí misma antes de prescribirles cómo han de vivir y de qué manera deben organizar la polis.

El objetivo final que plantea Sócrates -la epiméleia o cuidado de sí- abre todo un proyecto que Platón y Aristóteles por un lado y las escuelas helenísticas por el otro se encargaran de completar. Un camino consiste en centrarse en el “sí” que debemos cuidar, ¿qué debemos cuidar? El alma, naturalmente. Platón y elabora toda una “metafísica del alma” que pretende dar respuesta a esta cuestión. Pero también el proyecto socrático puede ser desarrollado en otra dirección: ¿en qué consiste el “cuidado”? ¿Cómo hemos de vivir en beneficio de nuestra alma? Las escuelas helenísticas proponen una “estética de la vida” que será llevada al extremo por los cínicos; los cuales, a juicio de Foucault, no han recibido la necesaria atención por parte de los filósofos posteriores que, al tomar en consideración solamente la “metafísica del alma”, recogen de manera solo parcial el legado socrático.

Sócrates, como hemos dicho, intenta preservar su vida todo lo posible para cumplir una misión sagrada: enseñar a sus conciudadanos la epiméleia, el cuidado de sí. Los atenienses se equivocan cuando entienden que el cuidado de sí es el cuidado de su fortuna, honra o reputación. Esta es la principal enseñanza de Sócrates: lo que debemos cuidar es la razón, la verdad y el alma: phrónesis, alethéia y psyké.
“El uno mismo en esa relación de vela sobre sí mismo se define, en primer lugar, por la prhónesis, esto es la razón práctica, por decirlo de algún modo, la razón en ejercicio, una razón que permite tomar las buenas decisiones y desechar las opiniones falsas. En segundo lugar, el uno mismo se define por la alethéia, toda vez que esta es, en efecto, el índice, el elemento al cual se asocia la phrónesis, lo que ella busca y obtiene; pero la alethéia también es el Ser en cuanto estamos emparentados con él, bajo la forma, precisamente, de la psyké (del alma). (Ibíd, Pag 86)
Y naturalmente en la medida en que el cuidado de uno mismo nos conduce al cuidado de los otros entramos entramos en el territorio de la política, de la politeia. A mi modo de ver, la lección más importante que Foucault extrae de Sócrates es la imposibilidad de parcelar el discurso filosófico y, por tanto, la necesidad de denunciar la impostura que supone hacer filosofía de... del lenguaje, la ciencia, la mente, etc. Sócrates nos enseña a pensar filosóficamente, esto es, a transitar continuamente de de un territorio al otro, a no respetar las fronteras. Filosofar es dar vueltas obsesivamente en torno a estos tres temas: politeia, ethos y alétheia.
Alétheia, politeia, ethos: creo que la irreductibilidad esencial de los tres polos, y su relación necesaria y recíproca, la estructura de la atracción de uno hacia otro y viceversa, sostuvo la existencia misma del discurso filosófico desde Grecia hasta nuestros días” (Ibíd, Pag 70)
Foucault es un consciente continuador de esta empresa: Poder, Sujeto y Saber son los “polos” de su pensamiento, pero no se trata de estudiar estos temas por separado, no se trata de hacer una epistemología, una ética y una filosofía política. Se trata más bien de estudiar los discursos de verdad insertándolos en una estructura de poder y analizando las formas de subjetividad que generan. El discurso filosófico debiera establecer vínculos entre estos polos. No hay una sola forma de hacerlo, se pueden emprender distintos enfoques. Cuando la filosofía se plantea el tema del Poder se debe  plantear también la cuestión del las condiciones de verdad y la diferenciación ética que las estructuras de poder pueden llegar a generar. Y si empezamos por el polo del Sujeto debemos decir que la filosofía, si en verdad lo es, no es meramente ética, debe interrogarse por la verdad y las estructuras políticas dentro de las cuales el ethos puede afirmar su singularidad y diferencia. Necesitamos pensar y reconocer las correlaciones necesarias entre estos tres polos.

La filosofía, por tanto, no es un discurso científico, político o moral. No se pregunta solamente por el decir veraz o las estructuras del poder político o la mejor manera de vivir. Es todo ello a la vez. Una de las críticas más repetidas contra el último Foucault es que había abandonado el campo de la filosofía política, pero conforme a lo que aquí estamos exponiendo, Foucault sostiene que no se puede hacer filosófica política o al menos no solo filosofía política: la reflexión sobre el poder nos lleva al análisis de los discursos verdaderos y a las formas de subjetividad.

Para finalizar, ateniéndonos a estos temas podemos distinguir cuatro formas de hacer filosofía. La actitud profética, que consiste en prometer la armonía final entre los tres polos; es el discurso de la reconciliación. La actitud profesional, que se caracteriza por separar los polos y estudiarlos de manera aislada, es la propia de los que practican la filosofía de... (lenguaje, ciencia, política, etc). La sabiduría filosófica, por su parte, pretende establecer un único discurso que exprese la unidad fundacional de la verdad, la politeia y el ethos. Y, por último, el legado de Sócrates que es, al mismo tiempo, el legado de Foucault:
“Hay, creo, una cuarta actitud en filosofía. Es la actitud parresiástica, justamente aquella que intenta, con obstinación y volviendo siempre a empezar, reintroducir, acerca de la cuestión de la verdad, la de sus condiciones políticas y la de la diferenciación ética que abre el acceso a ella; aquella que, de manera perpetua y siempre, reintroduce, acerca de la cuestión del poder, la de su relación con la verdad y el saber, por una parte, y con la diferenciación ética, por otra; para terminar, aquella que, acerca del sujeto moral, reintroduce sin cesar la cuestión del discurso veraz en el que ese sujeto moral se constituye y la de las relaciones de poder en que se forma. En eso consiste el discurso y la acción parresiásticos en filosofía: el discurso de la irreductibilidad de la verdad, el poder y el ethos y, al mismo tiempo, el discurso de su necesaria relación, de la imposibilidad en que nos encontramos de poder pensar la verdad (la alétheia), el poder (la politeia) y el ethos sin relación esencial, fundamental entre ellos.” (Ibíd, Pag 72)

viernes, 30 de junio de 2017

La danza como metáfora de subjetivación:
el laberinto de Homero a Foucault.
Ariane Aviñó

Ponencia pronunciada el 29 de Junio en el I Congreso Internacional de Filosofía de la danza, en la UCM
 
La cuestión que voy a abordar en esta comunicación es la compleja y polémica concepción foucaultiana del sujeto. En primer lugar contextualizaré este problema brevemente en la vida y en el pensamiento de Michel Foucault, luego mencionaré algunas de las líneas fundamentales a partir de las cuales el autor aborda esta cuestión. Y por último propondré una interpretación a partir de un posible relato sobre la danza-laberinto en el contexto de figura mítica de Ariadna, porque, citando a Antonella de Laurentiis "Las figuras del mito, a diferencia de los personajes de la novela, vinculados cada vez a un solo gesto, viven muchas vidas y muchas muertes".

Foucault, en 1969, en su invitación a la obra de Deleuze Diferencia y repetición, nos anunciaba un anhelo, una búsqueda, cuando nos alentaba a:

Pensar intensidades en lugar de (y antes que) cualidades y cantidades; profundidades en lugar de longitudes: latitudes, movimientos de individuación en lugar de especies y géneros; y mil pequeños sujetos larvarios, mil pequeños yos (moi) disueltos, mil pasividades y hormigueos allí donde ayer reinaba el sujeto soberano.

Lo que iba finalmente a resultar en su ontología histórica de la subjetividad, no puede dejar de situarse en el contexto de una liberación personal. Esta liberación fue la que le proporcionó a Foucault la lectura de Nietzsche, Blanchot y Bataille, en contraposición con la filosofía dominada por Hegel y las filosofías del sujeto que representaban la fenomenología y el existencialismo, y que había aprendido en la Universidad. En realidad, lo que Foucault encuentra en Nietzsche, en su metáfora del Eterno Retorno, o en Bataille y su experiencia de los límites, es la posibilidad de otras formas de existencia distintas a la forma-sujeto, la posibilidad de la experiencia sin sujeto, o la disolución del sujeto en la experiencia. Cito:

He aquí, entonces, el encuentro con Bataille, Blanchot, y por intermedio de ellos, la lectura de Nietzsche. ¿Qué representaron para mí? Ante todo, una invitación a discutir la categoría del "sujeto", su primacía, su función fundadora. Y, además, la convicción de que una operación de esa índole no tendría ningún sentido si se limitara al ámbito especulativo: cuestionar al sujeto debía significar tener la experiencia de una práctica que constituyera su destrucción real o su disociación, su explosión o inversión en algo radicalmente "otro".

Foucault imagina que el sujeto puede tener otras maneras de ser veraz, y este presentimiento es lo que va a hacer que se ocupe del mundo grecorromano. En esta línea, podemos decir que lo que extraemos fundamentalmente del llamado trip grecolatino de Foucault es el convencimiento de que no existe una relación necesaria y única entre metafísica del alma y estilística de la existencia. De lo que se trataría, en palabras del propio Foucault es "no de descubrir la verdad de nosotros mismos, sino saber de qué principios verdaderos estamos provistos, hasta qué punto estamos en condiciones de disponer de ellos cuando sea necesario"

Para Foucault, si podemos hablar de un "sujeto verdadero", este debe surgir del análisis de la dimensión de la relación con uno mismo. Así, el sujeto tiene el sentido "ya no de una sujeción, sino de una subjetivación", ya no constituido, sino en constitución. Y como sabemos, Foucault extrae esa comprensión de la subjetivación en relación con la verdad a partir de su particular genealogía de las "técnicas de sí" en la Antigüedad. No voy a extenderme en una descripción de estas técnicas, que excede el objetivo de esta comunicación. Simplemente sintetizaré algunos de los conceptos más relevantes de este análisis.

La labor que pretendía llevar a cabo Foucault era, en última instancia, la de "definir las condiciones en las que el ser humano problematiza lo que es". Con este anhelo, el filósofo reorganizará todo el estudio de la sexualidad "alrededor de la lenta formación, en la Antigüedad, de una hermenéutica de sí". Foucault adivina el nacimiento de la "inquietud de sí" en tanto que actividad autónoma justo en el momento en que el alma se toma como sujeto (como sí mismo), y no como sustancia, y este momento lo identifica nuestro autor en el Alcibíades de Platón. Foucault encuentra en la célebre epimeleia heautou un lugar privilegiado en que se articulan logos y bíos, discurso y vida, en el contexto fundamental de la relación entre sujeto y verdad. Este es el llamado tercer desplazamiento de Foucault, quien al plantear esta problematización respecto a la cultura griega y grecolatina, la encuentra ligada a un conjunto de prácticas que se enmarcan dentro de una estética de la existencia.

Debemos decir que Foucault considera relevante contar esta historia desde este "primer capítulo" de la historia general de las técnicas de sí, porque cree que en los principios de nuestra ética parece haberse vuelto imperceptible cualquier rastro de una estética de la existencia. Para Foucault es necesario tantear esa historia si queremos poder llegar de algún modo a reconocer nuestra ética como una "estructura vigorosa de la existencia". Si bien esto ha sido en cierto modo interpretado como una apuesta por la ética griega, el propio Foucault nos aclara esta cuestión cuando dice que no se trata en ningún modo de volver a los griegos, no se trata, nos dirá Foucault, de "hacer la elección entre nuestro mundo y el mundo de los griegos". De lo que se trata es de acometer un ejercicio filosófico, y ese ejercicio consiste en "encarar el problema de saber en qué medida el trabajo de pensar su propia historia puede liberar al pensamiento de lo que piensa en silencio y permitirle pensar de otro modo"

En resumen, podríamos decir que lo que Foucault descubrió en los griegos, lo que en realidad fue y sólo pudo ser una cosa de griegos es la derivación del sujeto en tanto que relación con uno mismo. Para Foucault, "la producción de una subjetividad bajo reglas facultativas" es un invento griego, y en este invento encontraremos toda una serie de cuestiones que se entrelazarán en la articulación profundamente original de Foucault de las relaciones entre sujeto y verdad.

Hay en Foucault una paulatina puesta en juego de la "reevaluación de la verdad filosófica", que culmina en una resituación de ésta "del lado de la praxis, la prueba de vida, la transformación del mundo", de la mano de su presentación del cinismo antiguo como momento puro de esta "reevaluación". Cito a Foucault:

Así como los platónicos procuraban discernir, a través de la densa niebla de las opiniones vigentes, el conocimiento esencial, los cínicos rastrean, en la maleza de las convenciones y los artificios mundanos, lo elemental, aquello que, en el carácter concreto de la existencia, resiste absolutamente. Al demandar a cada deseo, cada necesidad, lo que es verdadero en ellos, la parresía cínica produce una depuración de la existencia desde la cual nuestra vida aparece atestada de contingencias y vanidades fútiles.

Creemos, como señala F. Gross en su edición del último curso de Foucault, que en 1984 el filósofo, que había descrito desde los años 70 el pensamiento moderno sobre la base de la derivación binaria kantiana trascendental-crítica, sienta las bases para una estructura de derivación platónica. Lo que hizo posible esta modificación de su perspectiva de la historia de la filosofía, fue la capacidad para enriquecer su estudio del poder con una dimensión ética. La pregunta, como nos dice Gross, pasados los 70, se formula en torno al sí mismo y adquiere la siguiente forma: "¿Qué modos de subjetivación vienen a articularse para resistirse a las relaciones de poder o habitarlas con las formas de gobierno de los hombres?".

Esto nos lleva a la tesis de Foucault de que las prácticas de sí hacen del mundo el lugar de emergencia de una subjetividad. Para comprender esta relación entre mundo y subjetividad, que va a ser en última instancia lo que voy a intentar clarificar con el mito de la danza-laberinto de Ariadna , me gustaría empezar  con una cita de La casa de Asterión, de Borges. Dice Borges:

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre, son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.

La casa de la que habla Borges es el Laberinto, la prisión abierta del hijo de la reina. La metáfora de la danza-laberinto va a ser útil fundamentalmente porque a través de ella vamos a poder mostrar el enriquecimiento que constituye en Foucault la introducción de la dimensión ética en el estudio del poder que he mencionado. Porque lo que ocurre al comprender la prácticas de sí como aquello que hace del mundo el lugar de emergencia de una subjetividad, es que los modos de subjetivación aparecen entonces como modos de resistir o de habitar. Siguiendo la interpretación deleuziana del tercer eje de Foucault podemos decir que la subjetivación es un movimiento que recorre el "se muere" nietzscheano. Es un movimiento de transmutación, de torsión, de construcción, de invención, de plegamiento. Y es que cuando en el contexto de la pregunta Nietzscheana ¿quién? (¿Quién, excepto yo, sabe qué es Ariadna?", dice Nietzsche), Deleuze nos dice que esta pregunta "no exige personas, sino fuerzas y voluntades", en realidad no estamos muy lejos de la apuesta foucaultiana en relación a la cuestión del sujeto. Vayamos a la propuesta del mito para explicar esta cuestión.

Todos conocemos la historia, con sus matices y sus variaciones, del Laberinto y el minotauro, de Ariadna, Teseo, Dionisos... Pero es necesario recalcar para nuestro propósito que la figura mítica de Ariadna no se limita a este episodio. La historiadora Pilar Diez del Corral, en su tesis doctoral titulada Ariadna, esposa y amante de Dioniso Estudio iconográfico de la cerámica ática, traza lo que denomina el complejo proceso por el cual Ariadna pasa al mundo continental. Organiza este proceso en tres partes:

La primera es el origen remoto de Ariadna como diosa, barajándose un posible pasado semítico o bien una diosa autóctona de Creta relacionada con la fertilidad. En un segundo momento tenemos a la Señora del Laberinto convertida en una gran diosa vinculada a la muerte y a la danza y en pleno apogeo de su culto (...) Finalmente el último estadio sería el momento de la confrontación con las divinidades aqueas (...) En esta época debió de producirse la oposición de Ariadna y Dioniso, como dioses que compartían atribuciones, enfrentamiento que, dependiendo de la versión, termina con la muerte de la cnosia o con el matrimonio de ambos.

Si nos fijamos en el mito, tanto en los rastros de su lejano pasado prehelénico, como en su desarrollo helénico, pese a las variantes e incongruencias del mismo, la realidad subyacente es que en torno a Ariadna está indiscutiblemente la muerte, es que es una característica permanente de la historia y que se reitera en prácticamente todas las versiones del mito.  

En realidad Ariadna muere de tantas maneras, que en la mitología no existe ninguna otra figura a la que la muerte la acompañe de una manera tan variada y evidente. Ahorcada o muerta antes de dar a luz en Amatunte, según Plutarco, muerta en Naxos y enterrada en Argos, o como cuenta Homero, asesinada por Artemisa a instancias de Dionisos en Día

Por otra parte, es curioso comprobar que Ariadna es una figura bastante difícil de reconocer desde el punto de vista iconográfico, porque no posee atributos específicos, a excepción del ovillo que le entrega a Teseo para guiarlo en el laberinto, y de la corona, que en muchos casos aparece también como guía luminosa (en algunos casos sustituyendo la función del hilo) para salir del laberinto. El único rasgo, por tanto, que nos permite identificar a Ariadna apunta a dos aspectos fundamentales de su figura: su tangencialidad con respecto al héroe, Teseo, y, como dicen Amigot y Pujal i Llombart, en su artículo Ariadna danza, su sujeción a ese tejido identitario que la constituía de manera específica.

Lo que propongo en este contexto es pensar en esta figura mítica del siguiente modo:

Pensemos en que hubo un tiempo en que Ariadna plegaba y habitaba el aire, en el sentido que aparece expresado en los versos de Rilke cuando dice: A través de todos los seres pasa el espacio único;/Espacio interior del mundo. En silencio los pájaros/Vuelan a través de nosotros.   

Esto es, pensemos en una Ariadna sin laberinto, pensemos en una Ariadna que danza, una Ariadna sin ovillo puede inventar cualquier posibilidad de vida. Pensemos en una Ariadna-danza, constituyéndose en zona de subjetivación, en espacio topológico. Construyendo, en términos deleuzianos, un adentro coextensivo con el afuera.  El adentro que resulta de los pasos-pliegues en la danza no es un interior, es el interior del exterior. La Señora del Laberinto en realidad no es difícil de imaginar sin laberinto. De hecho, como dice Kerenyi, el reino de la diosa, dueña del laberinto, no era una edificación. "La obra de Dédalo, según Homero, era un lugar para la danza y para Ariadna en Cnosos". Es en época posthomérica cuando los dominios de la Señora del Laberinto (es como este autor considera que debe entenderse este lugar antes de aparecer como el inframundano edificio de la leyenda posthomérica y tardía, como una imagen del verdadero imperio de la Señora del Laberinto) aparecen como la edificación de intrincados pasillos que oculta la vergüenza de la familia de Minos, el monstruo, el minotauro.

Pero como dice Kerenyi, según las concepciones antiguas el laberinto se podía bailar, no es que el laberinto fuese un lugar donde se podía bailar, sino que el laberinto era bailable, lo que se bailaba era el propio laberinto. Dédalo habría inventado la danza y construido el lugar para el baile. En Cnosos no se mostraba la concepción del palacio minoico, sino el palacio de la danza de Dédalo, "sobre blancas piedras", como señala Pausanias.

Dice Foucault que "La práctica de sí tiene el objetivo de liberar el yo y hacerlo coincidir con una naturaleza que jamás tuvo la ocasión de manifestarse en él", este es el sentido que queremos dar a la danza en esta visión del mito.

Ahora bien, si algo es imposible de no considerar es la cantinela que nos repite que el laberinto arquitectónico, la prisión abierta del minotauro, siempre estuvo ahí, y que nunca hubo una pista de baile. Podemos entonces imaginar que la danza de Ariadna, sus trayectos erráticos, los pasos dibujados por su pies danzantes, los límites imaginados en el aire por sus brazos en movimiento, fueron adquiriendo la forma de caminos y paredes, de pasadizos. Que hubo un momento en que los giros, los saltos, los gestos, se volvieron arquitectura. Y al tiempo que la tierra y el viento se hicieron geométricos, también su danza se llenó de compromisos. Comprometida con la salvación de los hombres y con la fabricación de los héroes, la Señora del Laberinto se vio atrapada en el juego repetitivo que consistía en guiar con la luz de su corona a los jóvenes extraviados, hacia la salida del laberinto, sin importunar al toro.

Podríamos decir entonces que, así como el olvido de sí misma fue logrado para Ariadna a través de la construcción silenciosa de trazados arquitectónicos en los márgenes de sus trayectos danzantes, así las opiniones comunes, los discursos, fijan identidades. El laberinto siempre estuvo ahí, escuchamos, nunca hubo una pista de baile.

Lo que ocurrió quizá es que un día, entre los jóvenes, Ariadna reconoció a un héroe. Era sin duda un príncipe, bien educado. Teseo no buscaba la salvación, sino la supremacía, no seguiría a Ariadna en su danza cuidadosa hacia la huída, Teseo quería llegar al corazón del laberinto, acabar con el monstruo, y salir por su propio pie. Teseo sólo necesitaba un hilo, y Ariadna deshizo su corona y se la entregó en un ovillo.

En este momento pienso en Los Reyes de Julio Cortázar. Cortázar al narrar del modo que lo hace la historia del minotauro, da al mito otra vida y otra muerte. En esta narración es posible escuchar al héroe nietzscheano, y la advertencia foucaultiana por la que nos dice que "la mayoría piensa que si hacen lo que hacen, si viven como vive, es porque conocen la verdad sobre el deseo, la vida, la naturaleza, el cuerpo", es decir, porque disponen del saber. El laberinto, por obra de Teseo, se convierte en un puro "sendero por el que se introduce, sujetando un hilo, aquel que va a matar al toro". Pero Cortázar es capaz de ver el laberinto como un movimiento del alma, como un juego de espejos infinitos y deformados donde está el miedo de mirarse. En el cuento de Cortázar todo parece indicar que Ariadna recuerda la pista. La pista en realidad es aquello que solo puede ser recordado, en tanto que constituye lo olvidado fundamental. Es un caso de memoria trascendental. Ariadna es la Señora del Laberinto, sobre lo que fue antes, sólo cabe pensar, únicamente cabe la absoluta memoria. De este modo recordar se convierte en un tipo de lucha, la lucha que se articula en torno a la cuestión de "cómo evitar que las reglas facultativas sean retomadas en reglas coactivas que van a deformarlas, reglas de poder y códigos de saber". Cuando las relaciones de poder del diagrama griego "dejaron derivar el arte de sí", cuando el laberinto era una pista de baile, el poder no dejó de intentar reconquistarlo, y el saber de reinvestirlo. Ariadna lo sabe bien, que vio sus recorridos transformados en una trampa de trazados geométricos y calculados, y aprendió a bailar también ella usando los cálculos necesarios para no lastimarse contra los límites de los pasadizos.

Pero en la obra de Cortázar Ariadna aparece como expresión de ese vitalismo que Deleuze, acertadamente o no, ve en Foucault cuando dice "Spinoza decía: no se sabe lo que puede un cuerpo humano cuando se libera de las disciplinas del hombre. Y Foucault: no se sabe lo que puede el hombre “en tanto que está vivo”, como conjunto de “fuerzas que resisten.

Ariadna recuerda, y al recordar resiste. En el relato de Cortázar, Ariadna entrega el ovillo a Teseo, al ver el hilo el minotauro comprende que quien mate al otro podrá salir de allí. Ariadna espera al otro lado del hilo, confiada en que el minotauro comprenderá bien esta cuestión, porque Teseo le lleva un mensaje de su parte al minotauro "Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariadna".  Ariadna espera con un anhelo: "Surge de la profundidad que nunca osé salvar, asoma desde la hondura que mi amor ha derribado! ¡Brota asido al hilo que te lleva el insensato!". Pero Teseo tergiversa el mensaje: "Ariadna me dio este hilo para recobrarme cuando te haya matado". Y por obra de estas palabras el diagrama se satura, el laberinto completa su construcción en tanto que formación estratificada. Así lo expresa el lamento del minotauro al creerse olvidado y negado por Ariadna: "Ahora veo solamente el laberinto, otra vez solamente el laberinto."

Ilustración:  http://www.jamesjean.com/