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sábado, 12 de julio de 2025

Una breve teoría de la educación.
Óscar Sánchez Vega

“Solo me queda rogarle que pida a los maestros de esa II Convención que se anden con mucho tiento con eso de la experimentación pedagógica, que el niño no es rana, ni cuino, no se hizo para la Pedagogía, como el enfermo no es para la Patología, y que no importa tanto cómo se ha de enseñar como qué es lo que ha de enseñar, que del qué ya saldrá el cómo. Adviértales los peligros de ese experimentalismo pedagógico norteamericano, que quita toda el alma a la Enseñanza, que es ante todo arte, y arte poética”.

Párrafo de un mensaje enviado por Unamuno a la Segunda Convención del Magisterio American celebrada en Uruguay en febrero de 1930.


Recientemente he tenido el dudoso honor de formar parte de un Tribunal de oposiciones para profesores de secundaria, con lo cual me he visto obligado a enfrentarme a lo que, durante estos últimos años, he intentado esquivar en la medida de lo posible: la jerigonza pedagógica que envuelve y atraviesa todo el trabajo docente. Antes de esta experiencia compartía con muchos de mis compañeros de profesión cierta aversión instintiva a este extraño entramado conceptual que podría ser analizado como un mecanismo de defensa frente a lo desconocido que, en el fondo, no haría más que esconder un complejo de inferioridad, como aquel torpe alumno de filosofía que desprecia a Hegel porque no entiende nada de La Ciencia de la Lógica. Ahora lo veo de otra manera; interpreto tal aversión en términos nietzscheanos como síntoma de salud frente a la enfermedad del formalismo pedagógico.

Quisiera exponer en este texto una breve teoría materialista de la educación. Ahora bien, “teoría” no en el sentido estricto del término, sino en su modesto significado originario: la visión propia del espectador. En otras palabras, pretendo exponer humildemente la manera que tengo yo de ver o concebir la educación. Pero es necesario acotar más el asunto para poder ser abordado en unas pocas líneas. Lo que pretendo pensar es en qué medida las programaciones didácticas, elaboradas bajo las directrices de la actual ley educativa, la LOMLOE, inciden en el trabajo docente y el aprendizaje de niños y jóvenes.

A mi modo de ver el problema fundamental de la LOMLOE es el formalismo. Los pedagogos entienden que hacer programaciones consiste en aplicar un molde conceptual (el que ellos proponen) a un material amorfo, de igual manera que el molde la de figura de Apolo puede servir para realizar multitud de estatuas en distintos materiales: barro, mármol, bronce, etc. (matemáticas, química, plástica, etc.). Pero las competencias, criterios, indicadores, descriptores, etc. desconectados de los “saberes básicos” (los contenidos de toda la vida) son abstracciones formales carentes de realidad. Esta es la tesis que sostengo. El triunfo de los mandarines pedagógicos ha sido posible a costa de relegar los saberes básicos a una posición marginal en las Programaciones didácticas. Después de la reciente experiencia, puedo asegurar que un pedagogo que maneje la jerga propia del gremio tiene muchas más posibilidades de defender con éxito una programación de Filosofía, Matemáticas o Plástica que un especialista en estas materias ajeno a este léxico; lo cual, a mi modo de ver, es manifiestamente absurdo.

Para que el no versado en estos asuntos se haga una ligera idea de lo que es una Programación didáctica hago un breve resumen de uno de sus apartados. Los docentes tenemos que explicitar cómo vamos a evaluar y calificar a nuestros alumnos y esta evaluación ha de seguir unas pautas: la evaluación de los estudiantes ha de tomar en consideración unos “indicadores de logro” que dan la medida en la que ciertos “criterios de evaluación” han sido alcanzados; estos criterios nos permiten valorar si ciertas “competencias específicas” propias de cada asignatura han sido adquiridas por el alumnado; competencias que, a su vez, por medio de ciertos “descriptores operativos”, se vinculan con ciertas “competencias clave” comunes a todas las materias que todos los docentes deben trabajar y que apuntan a ciertos “objetivos generales” que se espera que el alumnado alcance al final de cada etapa educativa. Está claro… ¿verdad? Al menos tan claro como aquello de: “la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte”

El error de fondo, creo yo, consiste en considerar a los contenidos como amorfos y perfectamente intercambiables, como si fueran la materia primera de Aristóteles. De este modo, quien maneja los criterios puede aplicarlos a cualquier contenido. Pero todo este supuesto está equivocado de raíz. Los saberes tienen su propia morfología que conocen aquellos que han dedicado años de su vida a su estudio; cada saber, incluso cada unidad didáctica, tiene su propia idiosincrasia que permite organizarla y enseñarla de determinada forma, en base a ciertos criterios que conocen los especialistas en la materia (no es lo mismo, por ejemplo, enseñar un tema de lógica que otro de ética). No se trata entonces de ejecutar una misma competencia en ámbitos diferentes, sino que son esos mismos ámbitos o saberes los que piden ser abordados de manera muy diferente. En cualquier disciplina no se pueden fijar objetivos ni estrategias de aprendizaje al margen de los contenidos mismos que se pretenden enseñar. De este modo, lo razonable y sensato sería que una programación de Educación física, por ejemplo, poco o nada tuviera que ver con otra de matemáticas o filosofía. Pero lo que ocurre, sin embargo, es exactamente lo contrario: las programaciones de las distintas materias son básicamente idénticas.

En conclusión, la LOMLOE, a mi modo de ver, es una mala ley, la peor que yo he conocido en mis años de docente, pues es la más intervencionista, la que menos libertad deja a los profesionales para que puedan hacer su tarea del mejor modo que sepan. Pero las anteriores padecían el mismo mal, si bien más atenuado. Lo mejor sería, creo yo, acabar con el exceso de formalismo y burocracia y devolver la educación a los docentes. Una mínima estructura formal que dé coherencia a las distintas etapas educativas es sin duda necesaria, pero nada parecido al corsé ideológico al que nos vemos sometidos todos los docentes. Tal y como yo lo veo, la función de los pedagogos o expertos en educación debería limitarse a fijar los objetivos generales de cada etapa educativa y dar libertad a los docentes, los especialistas de cada materia, para diseñar y aplicar las mejores estrategias para alcanzarlos. 

Todo lo expuesto anteriormente sería un mero asunto gremial si no fuera porque afecta gravemente a la educación de nuestros niños y jóvenes. La solución tampoco es una vuelta atrás: sin duda la educación tradicional y memorística tiene graves dificultades y carencias de las que los profesionales somos plenamente conscientes. A menudo se ha querido caricaturizar a los críticos de la LOMLOE, presentándonos como viejas momias casposas añorantes de tiempos pasados, pero esta acusación es manifiestamente injusta: lo que reclamamos es, precisamente, una educación no autoritaria, es decir, no sometida a los mandamases pedagógicos.

martes, 3 de septiembre de 2024

Metafísica inevitable.
Borja Lucena

La ciencia, a diferencia de la filosofía u otros saberes inútiles, establece un conocimiento que deja aparte consideraciones metafísicas. En este bello cuento, la metafísica es como el lobo de los de antaño, una figura oscura y aterradora, un poder maligno que enturbia el tranquilo devenir de las cosas y echa a perder las expectativas de una vida disfrutada en paz y progreso. Escojamos saberes útiles, porque están anclados en la solidez de objetos incontestables; rechacemos todo aquello que no nos ofrece un rédito calculable, porque no son más que fantasías o mitos; reduzcamos el saber al "saber hacer" porque éste nos ofrece resultados tangibles en vez de las quimeras proporcionadas por la religión o por esa forma bastarda de religión que es el filosofar. ¿Para qué comprender si podemos sencillamente ser felices? ¿Para qué leer y estudiar si las tecnologías inteligentes pueden hacerlo por nosotros?

Hace ya mucho tiempo que el discurso dominante suena de tal guisa. Desde que los pensadores positivistas e ilustrados se propusieron acabar con el monstruo de la metafísica, no se nos ha dejado de repetir que necesitamos un conocimiento que permanezca en los límites de lo demostrable y medible, porque más allá se abre el territorio de la superstición y la servidumbre. El producto más perfecto de la moderna empresa de fabricar conocimientos ha sido la exclusión de todo lo que no puede insertarse en la malla de cálculos y algoritmos que cartografían al milímetro lo real y producen dispositivos capaces de dominar todos sus pliegues. Las escuelas e institutos, pese a la resistencia de algunos profesores, abanderan esta cruzada, proponiendo un saber manipulativo, un saber centrado en el alumno y en las expectativas de felicidad que podrían ser malogradas en el caso de procurar comprender las cosas más allá de la voluntad de "ser uno mismo".

Todo esto viene al caso porque el principio de sustituir un conocimiento metafísico por otro exento de implicaciones de tal naturaleza es él mismo un mito que ya Hegel (al igual que muchos otros) señaló como el mayor de los embustes. Todo conocimiento, hasta el más elemental, está anegado de implicaciones metafísicas. Comprender cualquier cosa es ser capaz de reconocer el marco de presupuestos de sentido en el que se integra, y estos presupuestos poseen una naturaleza metafísica. Cuando los positivistas científicos nos proponen un saber exento de metafísica nos están sugiriendo que no vale la pena comprender nada. No existe una batalla en la que se enfrentan las fuerzas de la luz y la razón contra el demonio metafísico, sino la contraposición de distintas posiciones ancladas en metafísicas opuestas. No se pretende, en definitiva, eliminar la metafísica, sino, al contrario, imponer la metafísica inconsciente que soporta aquellos conocimientos "positivos" y útiles.

Un pasaje de las "Lecciones sobre la filosofía de la historia" lo expresa con gran claridad:

"Todo su saber [el perteneciente a las ciencias ´positivas´], todas sus nociones se hallan informadas y gobernadas por esta metafísica, que es como la red en la que aparece envuelta toda la materia concreta en que se ocupan los actos y la vida de los hombres (...) aquellos hilos generales no se destacan ni se convierten por sí mismos en objetos de nuestra reflexión".
"Lecciones sobre la historia de la filosofía", I, 58.

lunes, 2 de enero de 2023

Manifiesto contra la escuela digitalizada.
Borja Lucena

                                        Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti.

                                                                                                                              Friedrich Nietzsche.


Una revolución está en marcha. Es una revolución impulsada desde arriba, y, dada su naturaleza, no permite augurar nada bueno. Cuando las elites inician una revolución, el objeto no consiste, generalmente, en favorecer al común, sino, al contrario, en perfeccionar el dominio que ejercen sobre el conjunto de la sociedad. Si nos limitamos a la situación presente de la educación, todo parece indicar que el Estado y las grandes empresas que hoy gobiernan han decidido que es hora de aprovechar realmente la escuela para sus propios fines y jubilar las trasnochadas ideas ilustradas de una difusión universal del saber y la cultura. Una dimensión crucial de esta revolución se denomina “digitalización”, y se cierne sobre los sistemas educativos a una velocidad amenazadora.

En los últimos meses se ha aprobado, en buena parte de las comunidades autónomas, una serie de proyectos que apuntan a una “transformación digital” de la educación. Tal y como se publicitan estas medidas, todos los problemas que asolan a la enseñanza en cada una de las regiones serán solucionados a través de la conversión de cada centro educativo en “una organización educativa digitalmente competente” (Plan de Competencia Digital Docente de Castilla y León1). Lo que este último plan denomina “la digitalización del sistema educativo” se propone, por ende, conseguir que la mayor parte de la enseñanzas se viertan en medios digitales o transiten a través de ellos. Expresiones semejantes pueden encontrarse en el resto de planes autonómicos. Así, por escoger una comunidad de signo político distinto, en el Plan Digital Educativo de la Comunidad Valenciana se afirma que no nos encontramos ante una elección, sino ante una “necesidad”: “El progreso tecnológico y el cambio de paradigma en las relaciones interpersonales producido tras la pandemia han provocado que la transformación digital en el ámbito educativo sea una necesidad apremiante para conducir a la sociedad hacia una nueva realidad más global, inclusiva y conectada”2. Bajo el pretexto general de la necesidad de modernización, estos planes apuntan a “integrar de forma apropiada y efectiva el uso de las tecnologías digitales en el desempeño docente” (Marco de Referencia de la Competencia Digital Docente, Asturias3). El carácter de estas declaraciones pudiera hacer pensar en una intensa preocupación por la educación, sobre todo si atendemos a la notable inspiración lírica que algunas demuestran; no obstante, hay un pequeño detalle que indica que no se trata de eso: los planes de digitalización de la escuela no están pensados desde la escuela, porque ni profesores ni maestros han sido consultados de ninguna manera acerca de los rendimientos pedagógicos de las nuevas tecnologías. La digitalización de la educación no ha sido debatida y asumida libremente por los miembros de la comunidad educativa, sino impuesta sin derecho a réplica y bajo la amenaza de penalizaciones, y parece que los fines que se propone exigen que los profesores y las familias mantengan un silencio cómplice. Se ha asumido que esas tecnologías son sumamente beneficiosas sin proceder a un estudio cuidadoso y aceptando sin más la publicidad entusiasta que propagan los vendedores de este tipo de productos. En consecuencia, no se ha abierto debate alguno acerca de sus reales efectos o de las consecuencias de su entrada masiva en las aulas. La planificación, el diseño y, finalmente, la imposición autoritaria han partido de autoridades y “expertos” caracterizados generalmente por su virginidad en lo que a pizarra y tiza se refiere. Lo cierto es que lo último que se ha tenido en cuenta al adoptar los panegíricos entusiásticos del mercado digital ha sido la educación, y es seguramente por esta razón por la que se ha obviado la opinión de los auténticos expertos: los docentes.

La digitalización forzosa de la educación, lejos de obedecer a un propósito de calado pedagógico, amenaza la existencia de una pedagogía realmente formadora. Supone un completo despropósito pretender que todas las materias, por igual, pueden ser transmitidas o impartidas a través de dispositivos digitales, pues en muchas de ellas una pantalla sólo puede significar una fuente de distracción que dificulta el acceso a los contenidos realmente relevantes. Que en materias de naturaleza tecnológica o informática se trate el funcionamiento y la utilización de los dispositivos digitales es de lo más natural, pero no lo es en otras. Sustituir un violín por una pantalla no parece una buena idea a la hora de aprender a tocar el violín, así como leer un texto de Platón o de Américo Castro a través de una aplicación puntera, o trasladarlo a imágenes y movimientos digitales, no aporta casi nada a la tarea de comprenderlo. Al igual que cualquier otro recurso, los medios tecnológicos han de ser utilizados de acuerdo con criterios pedagógicos claros. No sirven para todo y en todo momento, sino que requieren ser supeditados al interés de la formación y el aprendizaje efectivos. En realidad, esto ocurre y ha ocurrido siempre con cualquier recurso; por ejemplo, no cualquier libro es apto en cualquier momento, y, de acuerdo con esto, las lecturas deben ser siempre seleccionadas atendiendo a las exigencias que presenta el momento educativo. Las novelas del marqués de Sade son sumamente interesantes, en muchos aspectos, pero quizás no sea conveniente proponerlas como lectura para alumnos de 1º de la ESO. Las tecnologías también tienen que someterse, en este sentido, a la conveniencia pedagógica, y su introducción debe ser modulada en función de la edad, de la madurez o de otras variables determinantes para el proceso educativo.

Bajo la ruidosa tormenta de la digitalización forzosa sigue latiendo el débil murmullo de algunas verdades elementales: la calidad de la educación sigue dependiendo, más que de la profusión de medios instrumentales, del número y calidad de los profesores, así como del número de alumnos a los que éstos tienen que atender. Cuando un alumno pretende solucionar una duda, no le vale con preguntar a Siri. Millones de euros se están gastando en artefactos de todo tipo, y, mientras, las escuelas e institutos siguen careciendo de profesorado suficiente. Todo el dinero que se dilapida en un equipamiento digital que, a menudo, carece de uso pedagógico, se desvía de la inversión en profesores y en la formación necesaria para que éstos posean el dominio más amplio posible sobre sus especialidades; asimismo, impide que el número de alumnos por aula se vea reducido hasta alcanzar un óptimo. Sin embargo, y a día de hoy, la formación científica del profesorado se ha visto desplazada, de forma creciente, por una apabullante y tediosa oferta de cursos que tratan sobre tecnologías y aplicaciones digitales que estarán obsoletas en un plazo muy breve, y la única ratio que parece importar a la Administración es la de dispositivos, no la de alumnos.

La digitalización forzosa de la educación parece señalar a una re-definición de los saberes transmitidos por el sistema educativo. Frente a un horizonte de saberes perdurables y dotados de solidez, profundidad o verdad, se propone un superficial y siempre cambiante flujo de información reciclable cuyo modelo cabe ser localizado en las fluctuaciones del mercado y en su incansable lanzamiento de productos efímeros. Los efectos de los dispositivos digitales sobre la capacidad humana de atención han sido ya examinados por multitud de estudios científicos, y muchos de ellos concluyen en que pueden estar siendo especialmente aciagos. Estamos sometiendo a las generaciones más nuevas a un experimento del que no podemos prever las consecuencias en lo concerniente a la formación de la personalidad, al desarrollo de las capacidades cognitivas y afectivas, al desenvolvimiento de la socialización, etc. El consabido pseudo-argumento de que el mundo es hoy en día digital y que, por lo tanto, hay que educar de manera digital es, en realidad, bastante inane. Si es así, si el mundo es o está preparándose para ser digital -lo que, por otro lado, es, antes que nada, un desideratum- más razón hay para que la educación opere sobre las capacidades que son ampliamente desatendidas o maltratadas en el entorno digital y que, además, permitirán ofrecer resistencia a la completa asimilación del individuo por parte del modelo virtual de consumo compulsivo de novedades. Educar es, sobre todo, educar para evitar que el sujeto se convierta en una función de las distracciones y reclamos que lo apartan de una consideración profunda de las cosas. Introducir pantallas en todas las actividades supone cultivar poderosamente la desatención y la incapacidad de fijar el interés en algo que exija un esfuerzo para ser comprendido y asimilado. Si un alumno se dispone a estudiar o a hacer una tarea, supone un importante obstáculo el hacerlo en un medio que pone a su disposición, con sólo un movimiento de su dedo, una evasión instantánea. Formar la atención es forjar un carácter que no se deje desviar de lo sustancial y se haga con la capacidad de prescindir por largos tiempos de reclamos ajenos a la naturaleza de la tarea que tiene entre manos. A esto lo denominamos “autonomía” y, supuestamente, es uno de los objetivos principales de todo nuestro sistema educativo. En el caso de que la escuela no suministre estos aprendizajes esenciales está, pues, traicionando su naturaleza misma. Sólo cuando la atención está ya formada puede un individuo resistir a los cantos de sirena de memes y wassap y, por esta razón, la utilización de medios digitales debería ser escalonada y nunca iniciada antes del desarrollo de una mínima madurez. Así como consideramos que conducir es una tarea que exige una personalidad adulta y no dejamos conducir a nuestros hijos hasta que alcanzan los dieciocho años, no deberíamos abandonarlos con ocho al torbellino de señuelos, propaganda o publicidad - por no hablar de ultraviolencia y pornografía- que se dispara al conectarse a la red.

La educación exige el trato cara a cara, la presencia física y material; exige también la adquisición de habilidades elementales que, aunque menos sofisticadas que una aplicación nacida en Silicon Valley, conforman el sustrato básico para adquirir cualquier conocimiento significativo y cualesquiera habilidades posteriores. Estas disposiciones básicas son, en primer lugar, la lectura profunda y la escritura a mano, que son la llave para acceder a cualquier conocimiento o aptitud de mayor sofisticación y no pueden desarrollarse más que en los primeros años de vida. Sustituir cuadernos, libros y agendas por pantallas sustrae de los colegios y los institutos las herramientas para salvar ese abismo decisivo que separa de la ignorancia y de la minoría de edad intelectual, afectiva y política. La digitalización forzosa de los centros educativos, por ende, no significa un beneficio para nuestros alumnos, pero sí para las empresas y plataformas del ramo, que llegan a disponer de terminales de negocio en cada aula, en cada pupitre y cada actividad escolar. La transformación digital de las aulas viene a ser lo mismo que su conversión en viveros de datos, dado que los vendedores, aparte de recibir grandes cantidades de dinero por los dispositivos, obtienen sus ganancias más gruesas al apropiarse de la información que se genera cada vez que un alumno inicia una búsqueda en internet, rellena un formulario o realiza actividades de cualquier tipo en esos medios.

El culto a la novedad puede salir muy caro, y no sólo en lo relativo a los recursos económicos públicos, sino también a las consecuencias. Es preciso denunciar y desechar la fe en que la última tecnología es, por ser la última, la mejor. Si nos entregamos ciegamente a este dogma se puede dar el caso de que se dé la espalda a tecnologías y métodos más antiguos, pero más potentes y efectivos. A día de hoy, y a pesar de las protestas de los tecnófilos más recalcitrantes, no hay aplicación digital que pueda suplir el milagroso ajuste de un martillo a su función. El mismo caso es el del libro: no hay dispositivo que se adecúe de manera más perfecta a las exigencias de la comprensión compleja y el conocimiento que esa tecnología tan vieja y poderosa. Que la aptitud pedagógica de un profesor dependa de poseer una “acreditación digital”, tal y como dictaminan los planes de digitalización de numerosas consejerías de educación, no puede más que mover a risa o a espanto. La boba fascinación por lo nuevo no suele esconder más que la incapacidad o la falta de interés en dar con lo bueno. Ya Antonio Machado, por boca de su Juan de Mairena, escribió: “En política, como en arte, los novedosos apedrean a los originales”. También en pedagogía.

Este manifiesto no pretende apostar en favor de una ingenua tecnofobia, sino abogar por una elemental prudencia ante consecuencias, en unos casos, desconocidas y, en otros, demasiado evidentes. Sería absurdo eliminar todo uso de las nuevas tecnologías, pero es urgente aclarar y comprender qué usos conllevan un beneficio pedagógico y cuáles, al contrario, demuestran unas consecuencias perniciosas. Las directrices provenientes de autoridades educativas y neopedagogos gubernamentales, serviles ante los intereses de los grupos de presión industriales, ocultan, bajo el discurso bienintencionado de dotar a los centros educativos de suficientes medios materiales, la aceptación inconfesada de una transformación de las aulas en feria de muestras para las inagotables y fugaces novedades que, a cambio de beneficios cuantiosos, los fabricantes generan. En este sentido, la posición de los responsables políticos de las distintas áreas de educación es seriamente preocupante, pues, lejos de escuchar a los docentes, secundan con entusiasmo la propaganda comercial de las plataformas neotecnológicas. Valga a modo de ilustración: El pasado mes de junio, la Junta de Personal Docente de Soria, donde están representados los profesores de enseñanzas no universitarias de la provincia, logró unir en una rara unanimidad a todos los sindicatos del sector en contra del “Plan de Competencia Digital Docente” de Castilla y León. La Junta de Personal redactó una carta, dirigida a la consejera de Educación, esgrimiendo unas razones bien fundadas, pero ésta, exhibiendo una vez más su respeto a los trabajadores de la enseñanza, no se ha dignado siquiera en contestar. Ante la indiferencia olímpica de las autoridades, a los profesores no nos queda más remedio que pronunciarnos. Están en juego, no sólo las condiciones en las que ejercemos nuestra labor, sino el sentido de la labor misma: la enseñanza.





jueves, 18 de noviembre de 2021

De púlpitos y pupitres.
Ariane Aviñó

 Una tiene la sensación, después de casi 20 años dando clase a adolescentes, de que, si la sociedad fuese un inmenso teatro romano, la enseñanza secundaria ocuparía el lugar del hiposcaenium, la cámara oculta para los mecanismos y decorados. Y esto ocurre incluso cuando la obra que se representa tiene que ver justamente con la enseñanza. El pulpitum siempre está ocupado por otros. Estas semanas se viene representando la muerte de la filosofía en la ESO, y desde aquí abajo, desde el interior de la cámara oculta desde la que algunas escuchamos la representación, muchas de las líneas del guión resultan sobreactuadas, cuando no profundamente cínicas. Se habla de crimen contra la humanidad, de convertirnos a todos en siervos, en incapaces de resistir al fanatismo y a la demagogia, o de afrontar con madurez los dilemas y decisiones vitales, de la desaparición del pensamiento crítico, de que volvemos a condenar a Sócrates, etc. Quienes llevamos más de media vida estudiando filosofía estamos bastante acostumbradas al sacerdocio que la impregna como disciplina, siempre dispuesta a hablar desde el púlpito. Afortunadamente, las que llevamos también casi media vida enseñándola a adolescentes somos testigos de otro mundo que se mueve y se enuncia por debajo del escenario. 

Curiosamente, es el mismo término pulpitum el que dio lugar tanto al cultismo púlpito como a la palabra francesa pupitre, así que nos parece justo reivindicar cierta elevación del lugar desde el que cada día, invisibles, los adolescentes de este país asisten aparentemente impasibles al asesinato de la filosofía, a su conversión en siervos, a la desaparición del pensamiento crítico, a la condena, de nuevo, de Sócrates. Lo primero que llama la atención al introducir en las cuestiones filosóficas al alumnado adolescente es comprobar que el pensamiento es previo a la filosofía, que los adolescentes piensan. Lo segundo, es que el alumnado, y no solo las grandes voces de la filosofía institucional y mediática,  también es víctima de la adicción a los titulares, a las frases huecas, a las sentencias que no aguantan un cara a cara con la propia filosofía, no ya como disciplina, sino como estilo. Y es que lo que “toca” verdaderamente de la filosofía es justamente su estilo, esa delineación de las ideas y las palabras con que intentamos recorrer la demente ruta enmarañada de la historia del pensamiento, haciendo malabarismos para conjugar lo actual y lo no inmediato. Es ese estilo la puerta de entrada a la filosofía, y para abrirla hay que moverse en el plano del desacato, dibujar un espacio no patrimonializado, donde los autores-institución pierdan su nombre y respiren de nuevo sin el peso de su propio peso. Y no estoy hablando de convertirse en una especie de gurú, de pasearse entre las mesas repartiendo condescendientemente frases-píldora, sino justamente de desembarazarnos del “honor” de ser los profesores que enseñamos a pensar, y empezar a ser los profesores que enseñamos qué y cómo se ha venido pensando hasta el momento. 

Enseñar filosofía no es más, ni es menos, que hacer visible, justo en un momento crítico de la vida en que se comienza a adivinar lo que será la soledad constituyente, un espacio de pertenencia, una  cierta comunidad. Quizá sea seductor para los que de una u otra forma “trabajamos” en la filosofía entender esta comunidad como un grupúsculo organizado en torno a rituales y prácticas iniciáticas, una de las cuales sería permitir al alumnado “escuchar los nombres de Platón, Kant, Nietzsche, o términos como ética o metafísica” en la etapa de enseñanza obligatoria. Pero, desafortunadamente para algunos, y citando a José Luis Pardo hablando de Michel Serres, “la filosofía siempre es joven”, aunque nosotros cada vez seamos más viejos, y estemos más cansados. Tan viejos y cansados que no somos capaces de defender la enseñanza de la filosofía más que subiéndonos al púlpito con nuestras máscaras, máscaras que ocultan, por otra parte, los legítimos y verdaderos motivos por los que la mayoría de los que vivimos de esto entendemos que la filosofía debería estar más presente en la enseñanza obligatoria y en Bachillerato, y que evitamos manifestar por considerarlos demasiado prosaicos. Seamos honestos, la eliminación de los valores éticos como asignatura espejo de religión en tres de los cuatro cursos de la ESO puede reducir un tercio la plantilla de profesorado de filosofía en los institutos. Y puede que, si esto ocurre, empiece a atisbarse ya desde las facultades de filosofía lo que hace más de una década estamos viviendo con angustia en los institutos de secundaria: la avería estructural del ascensor social. Porque, ¿quién puede permitirse dedicar décadas de su vida a hacerse un hueco en el competitivo mundo de la academia? Creo que nos haríamos un gran favor como colectivo si empezáramos a llamar a las cosas por su nombre, y empezáramos también a reconocer en qué se ha convertido la filosofía bajo los dictámenes del neoliberalismo. Si la filosofía es, en última instancia, la actividad de los filósofos, y la actividad de los filósofos en la actualidad es, en gran medida, la angustiosa, frenética y precarizada carrera hacia un puesto digno, no nos queda más que reconocer que hoy es también la propia filosofía la que está acabando con la filosofía. 

Decía Foucault que la “tarea de un practicante de la filosofía que viva en Occidente debe ser prestar oídos a las voces de una cantidad incalculable, a una experiencia innumerable, (...) puesto que nosotros estamos afuera, en tanto que ellos hacen efectivamente frente al aspecto sombrío y solitario de las luchas”. Podemos entrever en estas palabras de Foucault hasta qué punto el sufrimiento y el dolor se encuentran en el núcleo de la práctica filosófica, y hasta qué punto corremos el peligro de olvidar ese núcleo al dedicarnos, precisamente, a la filosofía. La filosofía, siguiendo a Foucault, parece dirigirnos irremediablemente hacia el exterior, por lo que, alejados del dolor constituyente del pensar, no podemos más que recurrir al ruido de la comunidad si queremos seguir en nuestra práctica filosófica. Advertimos, entonces, que no es la sociedad cansada, envejecida, mezquina, la que necesita de la filosofía y de los filósofos para curarse. Es en realidad la filosofía, los filósofos, los que deben renunciar a aborrecer el cansancio, la vejez, la supuesta mezquindad, prestar oídos a las voces “que hacen frente al aspecto sombrío y solitario de las luchas”. 

Lo que me gustaría este día mundial de la filosofía es reivindicar la existencia de una filosofía otra, que emerge de los púlpitos invisibles que son todas esas mesas verdosas, viejas, cojas, con sus sillas terriblemente incómodas, desde las que cada una de esas personas, ajena al afuera de la filosofía, libra su solitaria lucha, una lucha que tiene lugar también en el terreno del pensamiento. Ojalá las únicas pistas que se reciben en la adolescencia de que no se está solo en ese terreno entristecedor del pensamiento no se limitaran al ámbito de la enseñanza formal, porque ese es un fardo pesado que los profesores de valores éticos y filosofía no queremos llevar a nuestras espaldas y que, de momento, no hemos dejado de llevar. Hoy hemos intentado aligerar ese peso para celebrar así el día mundial de la filosofía en el IES Pere Maria Orts de Benidorm. Hoy el profesorado de filosofía de este instituto de Benidorm hemos guardado silencio, y hemos planteado un reto nada sencillo, sabiendo, como sabemos, que nuestro alumnado ha tenido un contacto limitado con la filosofía, a través de los valores éticos la mayoría, y de la asignatura de 1o de Bachillerato algunos. A una parte del alumnado de los grupos de 3o PMAR, 4º de la ESO y 1º y 2º de bachillerato les pedimos que reconocieran en su propio pensamiento y articularan en forma de pregunta algo que ellos creyeran que podía ser considerado una cuestión filosófica. Una vez recogidas las preguntas, que eran anónimas, se les dieron a otra parte del alumnado, y en esta ocasión se les pidió que respondieran con otra pregunta, con una reflexión, un comentario, etc. Me gustaría mencionar algunas de las cuestiones planteadas y respondidas con las que el alumnado de IES Pere Maria nos ha soprendido, y celebrar así el día de la Filosofía con la seguridad de que la filosofía saldrá de esta, en palabras de José Luis Pardo, como ha salido de tantas otras. Ayudemos a que esto ocurra prestando oídos y reconociendo otros púlpitos.


- ¿Merece la pena pensar?
- Si no pensáramos, ¿qué somos aparte de cuerpos vacíos?


- ¿Qué hay después de la muerte?
- Hay oscuridad


- ¿Existe la perfección?
- La perfección es cosa de percepción (no existe, solo en las mates)


- ¿Realmente somos libres de elegir?
- Solo lo somos dentro de las opciones que nos conceden


- ¿Somos todos iguales?
- ¿Realmente nos consideran a todos iguales?


- ¿Vivimos en una simulación?
- Mete tus manos es una olla con agua hirviendo y reflexiona cómo de real es el dolor


- ¿Si el universo se expande, sobre qué se expande?
- Se expande sobre otros universos infinitos. ¿Si no se expande, qué hay detrás de eso?


- ¿Estamos solos en el universo?
- ¿Realmente importa? Es decir, ¿cambiaría algo?


- ¿Estamos destinados a ser como nuestros padres, si eso es lo que evitamos?
- No, cada uno es libre de elegir su destino y aprender de sus propios errores.


- ¿Cuándo se denomina que algo es arte?
- Cuando algo es bello.


- ¿Qué significa una derrota y qué una victoria?
- Una derrota es perder o fracasar en algo, pero toda derrota tiene un logro, aprender y mejorar. Una victoria es lograr o conseguir algo, pero toda victoria trae una derrota, no garantiza ganar siempre.

viernes, 5 de febrero de 2021

"Quien enseña sin emancipar embrutece".
Óscar Sánchez Vega

a) El caso Jacotot.

Jacques Rancière publica El maestro ignorante en 1987 y nos presenta un personaje hasta entonces completamente olvidado: Joseph Jacotot (1770-1840) participó en la revolución francesa y fue funcionario de distintas instituciones de la Primera República (artillero, secretario del ministro de la Guerra, diputado, profesor, etc). A comienzos del XIX durante la Restauración monárquica se ve obligado a exiliarse y recala en Países Bajos donde da o pretende dar clases de literatura francesa en la Universidad de Lovaina. El problema con el que se encontró es él no sabía holandés ni flamenco y los alumnos no sabían francés así que mal podía hacer su trabajo.
“Hasta ese momento, había creído lo que creían todos los profesores concienzudos: que la gran tarea del maestro es transmitir sus conocimientos a sus discípulos para elevarlos gradualmente hacia su propia ciencia... en definitiva, sabía que el acto esencial del maestro era explicar...”
Para solventar el problema de comunicación Jacotot acude a una edición bilingüe del libro Las aventuras deTelémaco de François Fénelon con el fin de que sus alumnos aprendan francés y el resultado será sorprendente e inesperado. Rancière lo cuenta de este modo:
“Él no les había dado a sus alumnos ninguna explicación sobre los primeros elementos de la lengua. No les había explicado la ortografía ni las conjugaciones. Habían buscado por su cuenta las palabras francesas que correspondían a las palabras conocidas. Habían aprendido solos a combinarlas para luego construir oraciones francesas: oraciones cuya ortografía y gramática se volvían cada vez más exactas a medida que avanzaba el libro, pero sobre todo oraciones de escritores y en absoluto escolares.”
Jacotot queda sorprendido por el éxito puesto que él no les había enseñado nada a los alumnos, aunque en este caso no es porque el maestro no supiera la materia. Él era especialista en literatura francesa, lo que no sabía era holandés, es decir, no tenía el medio para explicar, para hacer que sus explicaciones llegaran a sus alumnos. Al ver que la experiencia era exitosa Jacotot se aventuró en nuevas experiencias que tenían por objetivo lograr que sus alumnos aprendieran materias que él desconocía por completo porque lo que Jacotot empezaba a sospechar era que es posible aprender sin las explicaciones del maestro. Se dispuso a enseñar pintura y piano, materias en las cuales “su incompetencia era probada” y los resultados fueron alentadores.

b) Crítica al orden explicador.

Ahora ya podemos hablar del “maestro ignorante” porque Jacotot empezó intencionalmente a enseñar cosas que desconocía por completo. Y sus alumnos aprendían... ¿cómo es posible? La extrañeza de Jacotot, que es la nuestra, surge porque estas experiencias separan dos elementos que la modernidad ha considerado indisociables: por un lado el ideal emancipatorio de la la Ilustración, y por el otro el nacimiento de los sistemas nacionales de enseñanza. Se pensaba y se piensa que el modo de emancipar a la humanidad pasa por el acceso a la Cultura en los centros de enseñanza: escuela, instituto, universidad, etc. Pero la “explicación”, que es el recurso pedagógico fundamental que utilizan los maestros en las escuelas, no emancipa sino que atonta o embrutece. Este es el descubrimiento de Jacotot.

Veamos esto con más detalle. El orden explicador es un modelo que establece una relación entre los siguientes elementos:

a) Un individuo que sabe: el profesor.
b) Un contenido o conocimiento que es poseído por el profesor.
c) Unos alumnos que no saben y que solo pueden acceder a parte del conocimiento del profesor a través de la explicación.

Pero la brecha entre profesor y alumnos no puede cerrarse nunca en el seno de este modelo: cuando el alumno comprende algo siempre le falta algo más por saber para llegar a la ciencia del maestro y si algún día llegara a saber tanto como el maestro siempre habrá otros profesores más sabios dispuestos a reproducir el modelo. Sobre la desigualdad fundante entre profesor y alumnos se levanta todo el sistema educativo. Se supone que hay un conocimiento que los alumnos no poseen y que el profesor sí; como este atesora el conocimiento, puede transmitirlo a sus alumnos que de otro modo serían incapaces de apropiarse de él. El orden explicador es ampliamente aceptado porque por un lado satisface la vanidad del presunto superior y por otro exime del esfuerzo que el presunto inferior debería hacer para alcanzar el conocimiento.

Sin embargo Jacotot había descubierto que a medida que el maestro retiraba su inteligencia del escenario pedagógico los alumnos acudían a las fuentes originales alcanzando un aprendizaje superior. ¿Por qué? Cuando el alumno se encuentra directamente con Fénelon o Cervantes se produce un contacto entre dos inteligencias: “Basta con las frases de Fénelon para comprender las frases de Fénelon”, dice Rancière. Cuando un joven lee directamente a un clásico es interpelado por el texto, pero no en calidad de alumno. Se produce un encuentro entre dos seres humanos, dos inteligencias. De este modo los alumnos de Jacotot aprendieron solos y sin maestro explicador.
“Explicar una cosa a alguien, es primero demostrarle que no puede comprenderla por sí mismo. Antes de ser el acto del pedagogo, la explicación es el mito de la pedagogía, la parábola de un mundo dividido en espíritus sabios y espíritus ignorantes, espíritus maduros e inmaduros, capaces e incapaces, inteligentes y estúpidos. La trampa del explicador consiste en este doble gesto inaugural.”
c) La enseñanza universal.

Lo contrario al orden explicador es la “enseñanza universal” o “emancipación intelectual”. En realidad no se trata de dos métodos de aprendizaje, sino de dos usos de la inteligencia. La enseñanza universal existe desde siempre, todos la hemos experimentado miles de veces cada vez que aprendemos algo por nuestra cuenta, sin necesidad de explicaciones. El primer principio de la enseñanza universal es que es necesario aprender alguna cosa y relacionar con ella todo el resto. “se trata en todos los casos de observar, de comparar, de combinar, de hacer y de atender a cómo se ha hecho”. Y siempre evitar la trampa de la incapacidad: “Yo no puedo”, “no entiendo”... No hay nada que comprender, responde el maestro emancipador, todo está en el libro, presta atención. No hay inteligencias superiores o inferiores sino voluntad para prestar atención y paciencia para no precipitarse. El gran impedimento para el aprendizaje es la distracción y la pereza que es el deseo de sustraerse al esfuerzo.

El modelo de la enseñanza universal es el aprendizaje de la lengua materna. El niño aprende por su propia cuenta, sin falta de explicaciones: “observando y reteniendo, repitiendo y comprobando”. Pero cuando ingresa en el sistema educativo parece que ya no puede aprender nada por cuenta propia. Ya no aprende a leer del mismo modo: no puede leer si no entiende las palabras, no entiende las palabras si no conoce las letras, etc. Ingresa en un bucle: nunca más podrá comprender sin las explicaciones oportunas, el niño empieza en suma a embrutecerse.

La tesis de la igualdad de las inteligencias no es un hecho, es una opinión, reconoce Rancière. Pero tampoco las hipótesis científicas lo son y del mismo modo la tesis de la igualdad de las inteligencias busca apoyo en los hechos: “lo que desarrolla (Jacotot) no es una verdad innegable, es una suposición, una aventura de su espíritu que él explica a partir de los hechos que ha observado.”

Los defensores de la desigualdad sostienen que esta es un hecho obvio, que podemos observar por doquier en la Naturaleza. Pero la inteligencia no es un hecho que pueda ser observado. Observamos que unas personas hacen ciertas tareas y otras no ¿Por qué? Porque son más inteligentes, replican ellos. Pero eso no es un hecho, es una suposición. Quizá el incapaz lo es porque no ha prestado la debida atención, responde Rancière. Los niños pequeños hacen todos más o menos las mismas cosas. Por ejemplo, todos aprender a a hablar de manera similar hacia los dos años de edad. Pero seguramente ha debido ser un trabajo agotador. Quizá algunos se vuelvan perezosos: es más fácil que te lo den todo hecho. Algunos se acostumbran a aprender con los ojos de otro.
“El hombre es una voluntad servida por una inteligencia. Quizá basta que las voluntades sean imperiosas de un modo desigual para explicar las diferencias de atención que tal vez bastarían para explicar la diferencia de los resultados intelectuales.”
Una persona emancipada es aquella que cree en la igualdad de las inteligencias y obra en consecuencia. Mientras que el maestro embrutecedor busca reducir una desigualdad, la que separa al sabio y al ignorante, el maestro emancipador busca verificar una igualdad. Se trata de verificar lo que puede una inteligencia cuando se reconoce igual a cualquier otra.

d) Crítica al progresismo.

Cabe adelantarse a un posible malentendido, un error habitual. El orden explicador no es el nombre que Jacotot da a la enseñanza tradicional. La oposición entre explicación y enseñanza universal no es la misma, ni recorre los mismos parámetros que la de enseñanza tradicional vs progresista.

La enseñanza tradicional se caracteriza, entre otras cosas, en que es rígida, memorística y autoritaria. Por el contrario la enseñanza progresista es flexible, dinámica, no autoritaria, etc. Pero el método progresista no es la enseñanza universal:
“Entendámoslo bien, y, para eso deshagámonos de imágenes conocidas. El embrutecedor no es el viejo maestro obtuso que atiborra el cráneo de sus alumnos con conocimientos indigestos... Por el contrario, es mucho más eficaz en la medida que es sabio, iluminado y actúa de buena fe... el niño que balbucea bajo amenazas de golpes obedece a la férula y punto; aplicará su inteligencia a otra cosa. Pero el pequeño explicado, en cambio, invertirá su inteligencia en este trabajo de duelo: comprender, es decir, comprender que no comprende si no le explican. Ya no se somete a la férula, sino a la jerarquía del mundo de las inteligencias.”
Por ello los nuevos métodos pedagógicos progresistas no emancipan:
“Todo perfeccionamiento en la manera de hacer comprender, la gran preocupación de metodistas y progresistas, es un progreso en el embrutecimiento.”
El niño pronto aprende que si no encuentra la solución de un problema es porque no lo comprende, porque no se lo han explicado bien o porque su inteligencia no está preparada: “un explicador progresista es, en primer lugar, un explicador, es decir, un defensor de la desigualdad.” El paciente maestro habrá de ponerse a la altura del alumno, elaborar una nueva explicación que el niño pueda comprender sin esfuerzo. Así, poco a poco, los niños se van atontando, van asumiendo su condición de inferioridad porque en el fondo... ¡es tan cómodo sentirse inferior!

Por tanto, los nuevos método de enseñanza progresistas potencian el embrutecimiento y son más difíciles de combatir precisamente porque nacen de la buena voluntad. El nuevo atontamiento es aun más peligroso que el anterior porque nos sume más profundamente en el círculo de la desigualdad que anteriormente, en la etapa de la educación tradicional, era vista con cierta distancia e ironía.

Los progresistas afirman que la educación es un medio para la igualdad. Sin embrago Rancière sostiene que la enseñanza reglada esta sometida a la lógica de la desigualdad, que el hiato entre el que sabe y el que no sabe es insalvable desde la lógica del orden explicador. El enfoque de la enseñanza universal es el contrario: la igualdad de las inteligencias es el punto de partida, el proceso de aprendizaje consistirá básicamente en verificar el trabajo de la inteligencia.
“El Progreso es la ficción pedagógica erigida en ficción de toda la sociedad. El corazón de la ficción pedagógica es la representación de la desigualdad como retraso, la inferioridad no es más que un retraso que se constata para ponerse enseguida a colmarlo. (…) Jamás el alumno alcanzará al maestro ni el pueblo a la élite ilustrada, pero la esperanza de alcanzarlos les hará avanzar por buen camino, el de las explicaciones perfeccionadas.”
e) El maestro emancipador.

Otro posible malentendido atañe a la función del maestro. La recusación, por parte de Jacotot-Rancière, de la figura del maestro explicador no debe ser generalizada; no todo acto del maestro es un acto embrutecedor. Es posible salir de la lógica de la explicación, de ese particular sistema de relaciones que hemos comentado.

El maestro emancipador dirige y verifica el trabajo de los alumnos, ellos aprenden solos si hacen el esfuerzo necesario, pero tal esfuerzo debe ser cotejado. El maestro ignorante comprueba que el trabajo de la inteligencia se lleva a cabo con rigor y atención, es un compañero de viaje intelectual que marca la pauta a través de un proceso de interrogación permanente. El alumno debe dar cuenta de lo que hace. ¿Cómo? La materialidad del libro, por ejemplo, puede ser el puente entre dos inteligencias iguales, la instancia que permite la verificación del aprendizaje.

Se trata de separar las dos facultades que se ponen en juego en el acto de aprender: la inteligencia y la voluntad. El maestro ignorante retira su inteligencia de la escena, pero no su voluntad.
“Existe embrutecimiento allí donde una inteligencia está subordinada a otra inteligencia. El hombre -y el niño en particular- puede necesitar un maestro cuando su voluntad no es lo bastante fuerte para ponerlo y mantenerlo en su trayecto. Pero esta sujeción es puramente de voluntad a voluntad. Y se vuelve embrutecedora cuando vincula una inteligencia con otra inteligencia.”
En la experiencia de Jacotot el alumno está vinculado a una voluntad, la del maestro, y a una inteligencia, la del libro, completamente distintas. El maestro emancipador no duda en imponer su voluntad a la del alumno cuando es necesario, lo que hace es retirar su inteligencia para que el alumno pueda enfrentarse de igual a igual a otras inteligencias. Se rompe de este modo la lógica pedagógica que separa al sabio y al ignorante.

Sorprendentemente, o quizá no tanto, la figura del maestro emancipador se parece más a la del maestro tradicional que a la del maestro progresista. Su tarea no consiste en allanar las dificultades para que el alumno pueda comprender. Su interés más bien es azuzar la voluntad del alumno para que asuma la tarea de medirse de igual a igual con otra inteligencia. Su tarea final es verificar que el encuentro ha tenido lugar, que el alumno sabe, por ejemplo, lo que el escritor ha publicado y es capaz de relacionar ese saber con otros conocimientos.

f) Instrucción vs emancipación

Decíamos más arriba que es preciso disociar dos factores que habitualmente aparecen ligados para entender la propuesta de Jacotot-Rancière: la emancipación intelectual y el sistema de enseñanza pública. Cualquier método pedagógico que predomine en la escuela, tradicional o progresista, asume, de un modo u otro la premisa de la “jerarquía de capacidades” que es opuesta a la “enseñanza universal”; porque, recordemos, solo hay emancipación cuando aprendemos por nosotros mismos, cuando nos medimos con otra inteligencia de igual a igual. Por ello:
“El perfeccionamiento de la instrucción es así, en primer lugar, el perfeccionamiento de las bridas.”
Así pues, la emancipación, generalmente, no acontece en la escuela. Puede ocurrir ocasionalmente si un alumno topa con un maestro no explicador, pero no es lo habitual. En cualquier caso la escuela es un escenario perfectamente prescindible y hasta contraproducente porque toda enseñanza reglada e instituida embrutece.
“Solamente existe una manera de emancipar. Y nunca ningún partido ni ningún Gobierno, ninguna escuela, ni ninguna institución emancipará a persona alguna”
Aún así Rancière no es un soñador utópico: la vida en sociedad entraña la división del trabajo y el reparto de roles y para el perfecto engranaje de esta maquinaria social es necesario un sistema de enseñanza que se encargue de la instrucción de los niños y jóvenes. Pero emancipar es otra cosa...
“Su problema (el de Jacotot) era la emancipación: que cada hombre del pueblo pueda conseguir su dignidad de hombre, medir su capacidad intelectual y decidir sobre su uso. Los amigos de la Instrucción aseguraban que ésta era la condición para una verdadera libertad. Jacotot no veía qué libertad podía resultar para el pueblo de los deberes que imponían sus instructores. Por el contrario, percibía en todo el asunto una nueva forma de embrutecimiento. Quien enseña sin emancipar embrutece.”
En realidad son pocos los maestros que emancipan porque la función de la escuela no es emancipar sino instruir. Jacotot lo sabía y consiguientemente su llamada no era preferentemente para los maestros sino para los padres de las familias trabajadoras. Ellos son los que están en mejor disposición para emancipar. Pueden pedirle a su hijo, que lea un libro, que busque información, interrogarle sobre lo que ha hecho y comprobar en el libro si el niño se ha hecho su trabajo. El libro, desde esta perspectiva, deja de ser una instancia disciplinante y pasa a ser el lugar donde se verifica el principio de la igualdad de las inteligencias. Es la base material que permite articular la reciprocidad que es principio de la emancipación.

g) El círculo de la desigualdad.

Lo le interesa a Rancière es que las consecuencias de un método u otro tienen consecuencias políticas. La emancipación intelectual se basa en una opinión, no un hecho: la igualdad de las inteligencias. El método de la explicación se basa en otra opinión: la desigualdad de las inteligencias. ¿Qué opinión es la verdadera? Lo único que podemos verificar con certeza son los hechos, no las opiniones, pero lo que Jacotot sugiere es que si adoptamos la opinión de la igualdad de las inteligencias se generan prácticas educativas exitosas.
“Nuestro problema no consiste en probar que todas inteligencias son iguales. Nuestro problema consiste en ver qué ser puede hacer bajo esta suposición.”
Pero esta no es una oposición meramente pedagógica. Rancière plantea dos ideas de igualdad antagónicas que atraviesan la educación y otros ámbitos de la vida social y política. Por un lado el orden explicador-embrutecedor y por el otro el emancipador. El objetivo del orden explicador es reducir la distancia entre profesor y alumnos, sabios e ignorantes, capaces e incapaces, etc. Como este orden trasciende el sistema educativo Rancière habla de nuestro mundo como una “sociedad pedagogizada”, es decir, una sociedad donde rigen las relaciones de desigualdad entre superiores e inferiores. Esta es la perversa lógica del orden explicador: su objetivo declarado es reducir la desigualdad, pero la reproduce constantemente. Se genera lo que Rancière llama “el círculo de la desigualdad”: todo individuo que se cree superior va a encontrar siempre otro que lo considere menos y todo inferior va a encontrar un otro más inferior al que menospreciar. Así el intelectual se cree superior al obrero, este se cree superior al campesino, este a su mujer, la mujer a la vecina, etc.

Este sentimiento de superioridad no tiene porqué traducirse en una actitud despótica hacia los inferiores. Muchas veces ocurre lo contrario: “el señorito instruido quizá se sentirá conmovido por la ignorancia del pueblo y querrá bajar a su instrucción.” Si da las explicaciones oportunas habrá mitigado su ignorancia, habrá reducido la brecha y de paso habrá lavado su propia conciencia... pero ya hemos visto que ese camino conduce a un callejón sin salida.

Lo que le interesa a Rancière, y no desarrolla en esta obra, es que si rompemos con el orden explicador y hacemos nuestra la tesis de la igualdad de las inteligencias se generan prácticas políticas emancipatorias: “lo que atonta al pueblo no es la falta de instrucción sino la creencia en la inferioridad de su inteligencia.” El mismo Jacotot era consciente de que su descubrimiento no era un nuevo método pedagógico era otra cosa: una buena nueva.
“Las cosas estaban claras: éste no era un método para instruir al pueblo, era una buena nueva que debía anunciarse a los pobres: ellos podían todo lo que puede un hombre.”
Ocurre que no es fácil romper con el círculo de la desigualdad. Ni siquiera para el hombre emancipado. Rancière dice que la sociedad es una convención que instituye necesariamente distinciones, esto es, desigualdades. La tesis de la igualdad de las inteligencias hace referencia a la naturaleza humana, pero vivimos en sociedad... necesariamente.
“El hombre razonable conoce la razón de la sinrazón ciudadana. Pero, al mismo tiempo, la conoce como insuperable. Él es el único que conoce el círculo de la desigualdad. Pero él mismo está como ciudadano encerrado en ese círculo.”
Hay cierto fatalismo en esta conclusión: el círculo de la desigualdad es una trampa social insalvable; todo orden social trae consigo la desigualdad y en tanto que ciudadanos no podemos romper esta lógica. Pero en tanto que hombres sí es posible: un hombre siempre puede emancipar a otro hombre. Esta es la buena nueva.

jueves, 5 de noviembre de 2020

La crisis en la educación.
Óscar Sánchez Vega


Hannah Arendt publica en 1958 un breve ensayo con este título y esta entrada pretende ser un resumen y comentario de lo que allí se expone porque, lamentablemente, los problemas que Arendt detecta en la educación estadounidense de su época continúan presentes. Pudiera parecer que, dada la fecha de la publicación -hace más de 70 años- el problema de la educación en aquel tiempo fuera la obsolescencia de un sistema educativo tradicional y trasnochado y la necesidad de avanzar hacia otras metodologías más acordes con los nuevos tiempos. Pero no es así... más bien al contrario. La “educación progresista” propuesta por Dewey es la que dominaba en las facultades de Magisterio desde mediados de la década de los veinte y la fuente inspiradora de todas las reformas educativas que se realizaron en EEUU durante la primera mitad del siglo XX. Es este modelo educativo el que Arendt somete a juicio. Los principios pedagógicos de este modelo no nos son del todo desconocidos: afirman que el niño debe aprender por sí mismo sólo aquello que va despertando su interés, que los contenidos no pueden ser impuestos desde fuera, que la memoria no es importante para aprender, que los exámenes no cumplen su función y solo sirven para traumatizar a los alumnos, etc.

A mediados de la década de los cincuenta, los cada vez peores resultados de los alumnos en el examen de ingreso en la Universidad hicieron saltar todas las alarmas. Desde diferentes sectores de la sociedad comenzaron a levantarse voces cada vez más críticas con el sistema escolar. En los centros de enseñanza secundaria cada día eran mayores los problemas de disciplina, y los profesores reclamaban medidas para que el Gobierno reforzase su autoridad. Es en este ambiente en el que debemos ubicar la reflexión de Arendt, pero ya entonces la autora pronostica que no se trata de un problema local sino de una tendencia que tiende a expandirse a toda la educación occidental.

Para comprender la crisis en la educación debemos ubicar este asunto en un contexto más amplio. Arendt señala tres aspectos del mundo moderno que afectan a la vida escolar y debemos tomar en consideración para pensar la crisis educativa en toda su magnitud.

Primero: crisis de autoridad. Autoridad quiere decir reconocimiento. Los niños y adolescentes ya no reconocen a los adultos como una autoridad, como alguien que está por encima de ellos en experiencia y conocimiento. Como no reconocen la autoridad de los adultos el grupo de iguales se constituye como grupo soberano, con sus propias dinámicas, valores, líderes, etc. Se ha entendido que este es un paso lógico y necesario en la lucha por la emancipación y completa un ciclo que empieza con la emancipación de los trabajadores y las mujeres. La emancipación de los niños y adolescentes significa romper con la tiranía de los adultos y erigir como esfera autónoma y acreedora de respeto “el mundo infantil”. Pero esto, a juicio de Arendt, es una falacia porque solo hay un mundo, el que compartimos adultos y niños, y levantar barreras entre ambos es malo para todos. Además, desde la perspectiva de las luchas por la emancipación, estamos hablando de cosas muy diferentes: las dos primeras -la de los trabajadores y las mujeres- son emancipaciones reales, pero la tercera es una ilusión dañina. El niño, especialmente el más vulnerable, no es más libre en el grupo de iguales sino al contrario, porque en el seno del grupo no hay criterios, ni argumentación posible (al haberse abolido el criterio de autoridad) y la tiranía de la mayoría resulta mucho más insoportable, especialmente para el que se sale de los cánones establecidos, que la autoridad del adulto.

Segundo: las teorías pedagógicas modernas que convierten la enseñanza en una tecnología. Ha hecho mucho daño, a juicio de Arendt, el supuesto de que la capacidad para enseñar es independiente de la materia concreta que se va a trasmitir. Un maestro, dicen los pedagogos, es un educador con independencia de la materia que trasmite. Con lo que, enlazando con el punto anterior, se le arrebata la autoridad al profesor pues no hay otra fuente legítima de autoridad para un docente que el conocimiento: el profesor lo es porque sabe más que el alumno. Para Arendt “el objetivo de la escuela ha de ser enseñar a los niños cómo es el mundo y no instruirlos en el arte de vivir.”1 

Tercero: el éxito de la filosofía pragmatista que parte de Dewey (aunque Arendt no lo nombra en su artículo). Esta filosofía, aplicada al ámbito educativo, propone sustituir el aprender por el hacer. El principio de la educación progresista era y es que el profesor debe “enseñar habilidad” antes que conocimiento. Precisamente por esta preponderancia del “hacer” es necesaria la formación continua del profesorado, porque hay que evitar a toda costa trasmitir “conocimiento muerto”. Y la manera de ejercitar las capacidades es borrando la distinción entre juego y trabajo. De este modo se pretendía solventar el problema de la falta de motivación de los niños y jóvenes. Así el alumno aprende jugando, de manera casi inconsciente. El resultado es un alumnado y una sociedad cada vez más infantilizada que confunde placer y deseo. La educación tiene que ver con el deseo, no con el placer; y el deseo es el anhelo de aquello que nos falta y necesitamos para hacernos mejores. Pero alcanzar lo que deseamos no suele ser fácil, exige trabajo y esfuerzo. Si, por el contrario, vinculamos la educación con el placer el resultado es una juventud pasiva e inerme, incapaz de hacer frente a las adversidades e intolerante con la frustración, lo que está en el origen de muchos trastornos psicológicos.

Por tanto, es preciso pensar de nuevo la educación porque hemos perdido de vista algo importante.

Arendt llama “mundo” al entramado de relaciones, valores e instituciones que constituyen la vida humana; no la vida humana en general sino el particular modo de vida de cada comunidad. Pues bien, el niño ha de ser protegido frente al mundo pues todavía no está preparado para participar en la sociedad como miembro de pleno derecho y no pueden exigírsele las mismas responsabilidades que a un adulto. Esto es obvio. Pero lo que a menudo olvidamos es que el mundo también debe ser protegido y preservado de la voluntad arbitraria y caprichosa de los recién llegados y no somos conscientes de que se trata de dos responsabilidades no coincidentes y en ocasiones contradictorias que recaen sobre los hombros del profesorado.

Tradicionalmente ha sido la familia la encargada de proteger al niño y la escuela la encargada de introducir al niño en el mundo, cuidando y preservando este último. Esto es lo que ha cambiado. La escuela moderna -“la educación progresista”- también asume como tarea propia el cuidado y la protección del niño. No hay nada malo en ello... siempre y cuando no se deje de lado la otra responsabilidad: preservar el mundo, es decir, como dice Finkielkraut, entregar el testigo, conservar el conglomerado cultural (literatura, arte, ciencia, filosofía, etc) que constituye nuestro espacio vital.
“Enseñar equivale a tejer una relación entre los vivos y los desaparecidos. Se trata de entregar el testigo. Y nada está decidido de antemano: la relación puede no establecerse o romperse; el testigo puede caerse. Ningún determinismo biológico o sociológico hace a los alumnos herederos de la cultura. Esa transmisión simbólica no depende de la herencia, sino de la responsabilidad de los maestros. De ahí la inquietud fundamental de esos transmisores de cosas invisibles. Si no tuvieran miedo estarían locos”2
Es la escuela quien media entre el hogar y el mundo, entre la vida privada y pública. Pero esa labor de mediación no se percibe desde la perspectiva de los niños; a los ojos de los niños los profesores son el mundo puro y duro, aunque, como bien sabemos los docentes, la severidad y violencia del mundo está considerablemente atenuada dentro del perímetro del recinto escolar. Pero la autoridad del profesor descansa en que es él quien conoce el mundo y en cierto modo lo cuida y lo preserva de la barbarie. Buena parte de la pérdida de autoridad de los profesores, afirma Arendt, proviene de que estos han dimitido de su responsabilidad de representar al mundo ante los ojos del infante. Cierto es que esta labor era más fácil en el otras épocas. La crisis de la educación es una parte de una crisis política más profunda. Las civilizaciones romana y cristiana veneraban el pasado. El pasado era el modelo que el maestro presentaba a sus alumnos. Pero en el mundo moderno esto ha cambiado irremediablemente. Como decía Tocqueville: "El pasado ya no ilumina el porvenir, el espíritu humano camina entre tinieblas".

Y, sin embargo, ese mundo que los profesores preservamos está firmemente anclado al pasado, porque, como decía William Faulkner: “El pasado nunca está muerto. No es ni siquiera pasado.” Solo podemos habitar de manera humana el mundo presente haciéndonos cargo del pasado y en esta tarea los maestros y profesores tenemos una gran responsabilidad. Los profesores debemos ser los portavoces y guardianes del mundo, debemos preservar el legado de las generaciones pasadas, pero no porque la educación tenga como objetivo la repetición de lo idéntico. Precisamente porque estamos abiertos a lo nuevo no debemos imponerlo a los niños o les estaremos hurtando su trabajo generacional. El mundo cambiará como ellos quieran, no según nuestra noción de bien o justicia. Nuestro deber como adultos y profesores es introducir a los niños en el mundo, mediar entre lo viejo y lo nuevo.
“Precisamente por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educación ha de ser conservadora, tiene que preservar ese elemento nuevo e introducirlo como novedad en un mundo viejo que, por muy revolucionarias que sean sus acciones, siempre es anticuado y está cerca de la ruina desde el punto de vista de la última generación.”3
Esta es, a mi modo de ver, la aportación más interesante de la reflexión de Arendt: la congruencia entre una posición conservadora en educación y progresista en política. Es más, el progresismo en educación siempre esconde un paternalismo sospechoso, un deseo de imponer determinados valores morales y políticos a los niños y privarlos así de su tarea generacional: crear algo nuevo y propio. La esencia de la educación es el conservadurismo: proteger al niño del mundo y proteger al mundo del niño. Y esto es perfectamente compatible con un progresismo político que se abre a lo nuevo.

La propuesta de Arendt pasa por separar educación y política. Nada se gana confundiendo estas esferas. Por ejemplo, una confusión muy extendida y perniciosa atañe a la idea de igualdad. La igualdad debe regir las relaciones políticas entre adultos, esta es la esencia de la democracia; pero de ello no se sigue que la igualdad rija la relación niño/adulto o alumno/profesor. No puede ser así. Es necesario que el profesor tenga la autoridad suficiente para que la escuela cumpla su función: incorporar con provecho a los jóvenes a la vida adulta.

El artículo de Arendt acaba con estas palabras:
“La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común.”4


1Arendt, Entre el pasado y el futuro, pag 207.
2 Alain Finkielkraut, La ingratitud, pag 108
3Arendt, Entre el pasado y el futuro, pag 204.
4Arendt, Entre el pasado y el futuro, pag 208.

domingo, 7 de enero de 2018

Las ventajas de ser un marginado.
Eduardo Abril Acero


«The Perks of Being a Wallflower» es una película de Stephen Chbosky que en España se tradujo como «Las ventajas de ser un marginado» y en América Latina «Las ventajas de ser invisible». En ambos casos la traducción no está mal dirigida aunque no termina de captar el significado de «wallflower» en inglés. Un «wallflower» es alguien que va a un baile y como nadie le pide bailar se queda por las esquinas del salón, cerca de la pared, como una solitaria flor que crece en las grietas de un muro. La película ciertamente va un poco de eso, de cómo esos chicos «invisibles» o «marginados» son flores raras que, a pesar de todo, florecen. Lo interesante de la historia es que Chbosky es capaz de relatar con cuidado, sinceridad y mucha delicadeza, esas grietas de la adolescencia, esos espacios oscuros y solitarios donde, otra vez «a pesar de todo», la vida es capaz de crecer, fortalecerse y salir adelante.

Es a estos espacios raros a los que los sistemas educativos le tienen verdadero terror. Ecosistemas efímeros que aparecen y desaparecen ofreciendo durante un momento una coartada a sus habitantes para poder seguir. Los colegios e institutos  y las modas pedagógicas hablan con obsesiva insistencia de «inclusión» o «integración», como si fuera una ley divina la obligatoriedad de sentirse y verse incluido en el grupo de los Otros, en la banda de los demás. Incluso cuando los Otros son a menudo unos imbéciles y los Demás poco tienen que ver conmigo, con esta flor rara que últimamente vengo siendo. Los profesores, adalides de la inclusión, del trabajo por proyectos, de la gamificación, de las dinámicas de grupo, se proponen con sistemática insistencia dinamitar estos ecosistemas y cegar estas grietas, obsesionados por «destimidificar» al tímido, «desrarificar» al raro, «incluir» al excluido. Olvidan, llevados en volandas por modas pedagógicas, que la educación es, ante todo, una relación entre personas y que sustituir «relaciones» por «dinámicas» a menudo colabora con la ruptura de los lazos sociales que mantienen viva una sociedad; cosas tales como la amistad, la admiración o el respeto. Todos esos «wallflowers», seguramente, ya tienen sus espacios de inclusión desde donde, con suerte, voluntad y en compañía, se abrirán al mundo de los Demás, un mundo en el que estar perfectamente adaptado, integrado, incluido, no dice nada bueno de uno mismo. Pensaba  Sartre que «el infierno son los otros» y visto así, la adolescencia es para algunos, una última resistencia en ese mandato ineludible de formar parte de una comunidad de demonios. Con un poco de suerte, tanta «inclusión» no agotará esa resistencia.

PD. Propongo ver esta película desde la siguiente sinopsis: «Un grupo de activistas se resiste con uñas y dientes a la ruptura de los lazos sociales en un mundo distópico en el que las relaciones entre personas tienen cada vez menos valor y son sustituidas por dinámicas perversas y roles administrados»