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miércoles, 19 de diciembre de 2018

Marx y la seducción por el capitalismo
Borja Lucena

Ponencia del Congreso Internacional "Marx contemporáneo", celebrado en la Universidad de Zaragoza del 12 al 14 de diciembre de 2018.

Presentación

Es casi ocioso afirmar que Marx supone para el pensamiento filosófico occidental la más importante apertura de un nuevo movimiento, orientado a la crítica de la realidad social, económica y política. Sin duda, cualquier crítica al capitalismo posee en el pensador alemán una de sus más relevantes condiciones de posibilidad, un eje fundamental sin el cual corre el riesgo de perderse en la abstracción o la vaguedad.  Esto, empero, no es óbice para que la obra de Marx esté también necesitada de constantes revisiones y, tal y como él mismo no se cansó de hacer a lo largo de su vida, rectificaciones, variaciones y re-escrituras. La sustancialidad y radicalidad de la crítica exige, a su vez, una crítica de la crítica, por utilizar la expresión ya usada por el círculo de los jóvenes hegelianos al que Marx, en su día, perteneció.

Tal y como podemos concebirla actualmente, la crítica de la crítica de la economía política ha de rastrear aquellos lugares donde Marx fue ganado y absorbido por los presupuestos mismos de aquello que pretendió desenmascarar. De ahí la noción de una seducción por el capitalismo, a la que el pensador alemán, en partes importantes de su recorrido, no logró resistirse. El aparato socio-político e ideológico del capitalismo demuestra, en la impronta con la que marca incluso a sus disidentes, su gran poder, su hechizo, su efectividad. Detectar en la obra de Marx los préstamos, las transferencias, la adopción explícita o implícita de los mismos fundamentos lógicos del capitalismo que sometió a crítica; pararse en los pasajes donde esa misma crítica, en vez de debilitar, reactivó y renovó el poder del capitalismo; abogar por un Marx dispuesto a renunciar a sí mismo, por una lectura capaz de renunciar a Marx tal y como él mismo repudió el “ser marxista”… En estas direcciones, el acercamiento a El capital, por ejemplo, debe contar como clave de lectura, además de con su solvencia crítica con respecto al capitalismo, con el modo en que pueda esconderse o insinuarse entre sus líneas una coincidentia oppositorum -una identidad de los opuestos- con respecto a la lógica de ese mismo sistema productivo.

El objeto de esta comunicación no tiene el interés que encontramos en mucho de lo oído aquí anteriormente. De hecho, creo que refiere a la parte menos interesante de la filosofía de Marx. Es decir: a la menos apreciable. No obstante, dado su enorme peso efectual, su interés filosófico no puede ser negado, porque nos enfrenta a uno de los problemas fundamentales presentes en el pensamiento del filósofo renano y del que, de alguna manera, depende la posibilidad general de un combate efectivo dirigido a cuestionar el capitalismo reinante. En lo que sigue, me propongo, no realizar una síntesis del conjunto de la obra de Marx, sino entresacar de ella aquellas ideas que dan cuenta de la seducción que el capitalismo ejerció sobre la mente del, seguramente, más potente e influyente crítico del sistema capitalista del siglo XIX en adelante. El objeto de este trabajo, en suma, no consiste en hacer justicia al conjunto del pensamiento de Marx, sino escoger y separar aquellos núcleos de significado que irradian sobre toda su obra la fascinación y la imposibilidad de escapar con respecto al mismo capitalismo que somete a critica. El método ejercido aquí, por lo tanto, se funda en la abstracción, la separación y aislamiento de ciertas partes del todo que tienen como fin el alumbrar –casi, como diría Marx, en condiciones de laboratorio- supuestos a menudo desatendidos. Sin querer negar o desmentir aquellos momentos en los que opera contra estos supuestos, me propongo mostrar cómo ciertos componentes nucleares del pensamiento marxiano no llegaron a desligarse de la lógica del capitalismo que atacaba, contribuyendo, a través de múltiples interpretaciones y giros, antes a su consolidación y refuerzo que a su debilitamiento. (Ejemplo paradigmático: el comunismo soviético y el fortalecimiento de la opresión y explotación de los trabajadores). La clave hermenéutica que guía esta reflexión es la necesidad de aligerar de una vez el peso de la aceptación de principios primordiales del capitalismo de los que, en la actualidad, es aún más urgente desembarazarse. 

1. Trabajo y productividad.

A pesar de su interés en redimir al trabajador de la miseria y la explotación a la que es sometido en el seno del modo de producción capitalista, Marx no pudo salvarlo de la sumisión al concepto de trabajo que lo rige. Este concepto, angular para todo el sistema, había sido formulado y gradualmente perfeccionado desde el nacimiento de la modernidad, y llegó a ser aceptado por Marx en sus contornos esenciales sin alteraciones relevantes. Sin tiempo para un análisis más detallado, podemos señalar que, en su versión marxiana, el concepto de trabajo está marcado por el énfasis en la productividad que marca la noción liberal-capitalista moderna. La marca de esta vinculación la podemos encontrar, antes que nada, en la completa inserción marxiana del trabajo en el campo de los procesos naturales. En rigor, la adscripción del trabajo al continuo de las fuerzas naturales ascendió como idea dominante a medida que se desarrollaron las nuevas técnicas de producción modernas, de manera que la imagen del ser humano como animal laborans no se puede aislar de la ilimitada demanda de pura fuerza de trabajo desatada en la Revolución Industrial nacida a finales del XVIII, que llevó a interpretar la actividad laboral como cualidad más importante del hombre. Sin llegar a considerar la existencia del corte epistemológico postulado por Althusser, la naturalización del trabajo es una constante que recorre la obra entera de Marx, desde los Manuscritos a El capital. La metáfora que Marx utiliza al respecto es efectiva y poderosa: el trabajo es el metabolismo del hombre con la naturaleza:

La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre.
Manuscritos, 110.
En cuanto actividad útil para apropiarse de lo natural (…) el trabajo es condición natural de la existencia humana, una condición (…) del proceso metabólico entre el hombre y la naturaleza.
Contribución, 19.
El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza.
El capital, I, 215.

Esta concepción es hoy tan propia del sentido común que no imaginamos en ninguna medida la ruptura que supuso con respecto a concepciones filosóficas tradicionales. Los contenidos más banales y triviales, aquellos que compartimos sin darnos cuenta, son, como ya percibió Marx, las formas ideológicas más agudas que modelan y conminan la marcha de nuestro pensamiento. El caso de esta concepción del trabajo es paradigmático de cómo el productivismo y el industrialismo modernos conformaron las mentes con una efectividad inusitada. El caso es que Marx, al constituirse en el primer pensador filosóficamente consistente que define al ser humano como animal laborans, estaba correspondiendo y acompañando el desarrollo de la sociedad capitalista antes que resistiéndose a ella.

Marx concibe al hombre como animal laborans, como fuerza natural de trabajo, como “materia natural transformada en organismo humano”. En esta coyuntura, la diferencia entre animal y ser humano no obedece a una cualidad específica del trabajo humano; no obedece a diferencia ontológica alguna introducida por la actividad humana en el mundo, sino a su inmensa y no comparable productividad. Es la productividad lo que hace diferir al trabajo humano de las actividades animales de intervención en el medio natural. Plenamente animal, el hombre sólo difiere del resto de organismos en la inmensa potencia que manifiesta al transformar el medio en el que habita, al convertir el mundo circundante en material de construcción de formas y estructuras que convierten la realidad natural en un espacio humanizado. El materialismo de Marx, como afirma Arendt, refiere a la conversión de la realidad natural en materia consumida o consumible en el trabajo. El pensamiento de raigambre marxista, en consecuencia, ha mostrado constantemente el embrujo de la transformación efectiva de la realidad mundana en variable dependiente de la “actividad sensorial-humana práctica” [Tesis sobre Feuerbach, 5]; ha mostrado, en consonancia con esto, una tendencia irrefrenable a identificar la práxis -acción humana que, en su acepción griega originaria, nada tenía que ver con el trabajo o la elaboración material- exclusivamente con la actividad laborante o, en palabras de Althusser: “Por `práctica´ en general entenderemos todo proceso de transformación de una materia prima determinada en un producto determinado, transformación efectuada por un trabajo humano determinado, utilizando medios (de producción) determinados” [Sobre la dialéctica materialista, 136].

Pero, precisamente eso, la productividad, es aquello que el capitalismo realmente descubre en la actividad humana y es la clave para la organización total del trabajo acometida en la sociedad moderna. El capitalismo, si podemos expresarlo de manera esquemática, es la ordenación de una vida humana en común en la que la actividad es adelgazada de cualquier otro contenido que no sea la producción de riqueza; su imaginario está gobernado por esa inmensa potencia humana capaz de satisfacer a manos llenas todas las necesidades y deseos, capaz de transformar toda realidad de acuerdo con las aspiraciones y las metas de consumo ilimitado que los hombres se proponen, capaz de producir riqueza donde antes sólo había cosas mudas. Y el que la producción capitalista se vea cada vez más dominada por la máquina proviene de la capacidad de ésta para multiplicar la capacidad de producción y su ritmo, y para colmar, por lo tanto, la esperanza en una producción carente de límites. 

Por mucho que Marx pretenda separarse de las consecuencias sembradas por el modo capitalista de producción, su punto de partida está tan íntimamente unido al concepto capitalista de trabajo que, en algunos asuntos cruciales, no puede más que gravitar en torno a su eje, sin poder escapar a una atracción demasiado poderosa. Si el trabajo es metabolismo del hombre con la naturaleza, el capitalismo es el primer sistema socio-económico que encuentra plenamente su verdad, ya que es el primero que, sin límites, incorpora como materia de elaboración y consumo a la realidad entera. El desencantamiento moderno del mundo que Marx no dudó en considerar como rédito irrechazable del desarrollo moderno – patente en notas como el desmantelamiento de las prohibiciones y obstáculos religiosos, morales o políticos - consistió, sobre todo, en el levantamiento de los límites que, anteriormente, excluían del sistema productivo a amplias secciones de la realidad, y completó y plenificó en la práctica la condición laborante del ser humano. El mismo Marx se muestra convencido de que las ilusiones religiosas se disipan a través del dominio material del mundo, y de que todo velo místico desaparece a través de la organización racional del trabajo. Quizás debería haber recordado las páginas que, en su Fenomenología del espíritu, Hegel dedicó a la lucha de la Ilustración contra la fe: una vez completada esta lucha se descubre que, en su lugar, los ilustrados sólo podían oponer a la religión, como principio de religación o vinculación entre los hombres, las reglas de la utilidad ubicua de los objetos y los sujetos. La verdad de la Ilustración, afirma Hegel, es el reino de la utilidad, o, lo que es lo mismo: del capitalismo.

2. La industria como plataforma lógica

Como resultado de lo anterior, podemos realizar una breve cartografía de las afinidades existentes entre Marx y el capitalismo que atacó. Si la productividad es considerada por Marx la clave del trabajo humano, no podemos pensar que fuera fácil para él deshacerse de un buen número de presupuestos que jalonan el recorrido de la sociedad moderna. El capitalismo, en la historia de la producción económica de la humanidad, ha significado un despegue desconocido en la capacidad productiva y transformadora del trabajo. Para el mismo Marx, el capitalismo descubrió la verdad del trabajo y la producción humanas en varias dimensiones, que, sin pretender exhaustividad, podemos cifrar en dos interrelacionadas: el hallazgo y uso de la máquina como medio de producción y la conversión del trabajo en una actividad social, y no meramente individual. A través de la máquina, los hombres multiplican su capacidad productiva y, a la vez, se ven forzados a organizar los procesos del trabajo de forma cooperativa. La gran industria introducida en la historia por el capitalismo, en este sentido, constituye la piedra angular de toda producción que realmente pretenda una transformación radical de la sociedad humana:
La mayor extensión del establecimiento industrial constituye en todas partes el punto de arranque para una organización más comprehensiva del trabajo colectivo, para un desarrollo más amplio de sus fuerzas motrices materiales, esto es, para la transformación progresiva de procesos de producción practicados de manera aislada y consuetudinaria, en procesos de producción combinados socialmente y científicamente concertados. 
El capital, I, 780.
            
De este modo, el capitalismo no puede ser rechazado sin más, desde la óptica marxiana, y su juicio se convierte en algo más complejo. En rigor, las condiciones de explotación del proletariado no pueden provenir de una terminación absoluta de las condiciones a las que le somete el capitalismo, sino, más bien, de su intensificación y desarrollo plenos. Marx descubre muchas cosas en el capitalismo, cosas antes nunca vistas, pero podemos fijarnos en una que, a los efectos que aquí nos ocupan, es de fundamental importancia: su estructura es incapaz de completar aquello sobre lo que ella misma se dispara, es decir, el desarrollo último de las actividades práctico-laborantes de la humanidad. Su insuficiencia, por lo tanto – si nos volvemos hacia el principio de productividad del trabajo- consiste en erigir límites y obstáculos que imposibilitan el desarrollo completo de la producción que el capitalismo había, por vez primera en la historia, dispuesto como meta superior del ser humano. En suma, Marx no pretende erradicar el carácter laborante-productivo del capitalismo, sino despejar las trabas que, en él, impiden realizar en su plenitud las posibilidades ofrecidas por la actividad trabajadora y transformadora propias del ser humano:
El monopolio ejercido por el capital se convierte en traba del modo de producción. La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en el que son incompatibles con su corteza capitalista. Se la hace saltar. Suena la hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.
El capital, I, 953.

El capitalismo supone el descubrimiento del principio del trabajo, pero, a su vez, preso de estructuras que lo convierten en incapaz, sienta obstáculos insalvables desde el propio sistema para efectuar su desarrollo lógico consecuente. 

Marx comparte tres grandes supersticiones de su época, que ejercieron sobre su pensamiento –así como en el de muchos otros- un magnetismo indudable: el culto a la producción, a la gran industria y al progreso; además, y lo que es más importante, asienta estas convicciones en una elaborada concepción del trabajo y la actividad humana. Esta concepción, creemos, es la que revela una perdurable seducción ejercida sobre él por parte de la imagen del ser humano levantada por la modernidad capitalista. Por esta razón, existe en el pensamiento marxiano una aguda imposibilidad de escapar a ciertas categorías clave de la sociedad capitalista, de manera que el pensamiento de una superación del capitalismo sólo encuentra expresión apoyándose en la plataforma de posibilidades que éste dispone:
El comunismo sólo es posible en el mundo industrializado, en otras condiciones es meramente teórico.
La ideología alemana, 43.
Las fuerzas de producción que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo.
Contribución, 8.
El capitalista constriñe a la humanidad a producir por producir, y, por consiguiente, a desarrollar las fuerzas productivas sociales y a crear condiciones materiales (…) que son las únicas capaces de constituir la base real de una formación social superior.
El capital, I, 73.

Además, no sólo encontramos en este lugar una imposibilidad de escapar a la plataforma de posibilidades dispuestas por el capitalismo, sino que la representación misma de una escapatoria posible queda hechizada por la atracción irresistible que éste ejerce por obra de su principio fundador. El capitalismo, de acuerdo con todo lo anterior, crea las bases de la sociedad nueva, por lo que la salida con respecto a su dominio es frecuentemente delineada por el filósofo renano como un desarrollo lógico: para una sociedad nueva posible es inexcusable asentarse sobre el principio de productividad del trabajo descubierto en el capitalismo y máximamente expandido en el núcleo productivo del sistema, el gran establecimiento industrial. Una importante salvedad, sin embargo, se ordena, precisamente, en el terreno de la consecuencia lógica: la nueva sociedad ha de fundarse sobre la desaparición de los límites que, aun en el capitalismo, frenan o dificultan la productividad del trabajo que opera como principio. Los pasajes en los que la sociedad comunista se propugna como consecuente lógico de la moderna sociedad industrialista la expresan, incluso en el nivel elemental de la formulación, como realización de la promesa adelantada por el capitalismo; así, la nueva sociedad comunista supone el cumplimiento integral de lo señalado por el gesto de apertura de la sociedad capitalista: “(…) crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva (...)” [Crítica al programa de Gotha, 31]. Ante expresiones como ésta, Kolakowski llegó a la conclusión de que un rasgo común de las utopías modernas, compartido por la propuesta marxiana, sería el promover la satisfacción de los deseos propios de la sociedad burguesa, pero en un marco despojado de incertidumbre, límites e ignorancia. En esta coyuntura, la sociedad comunista, antes que auténtica forma alternativa de vida en común, parece antojarse como la versión más radical de nuestra propia sociedad: realización de una completa eficiencia en la producción material, por un lado, y realización del carácter social del trabajo establecido por la gran industria moderna, por otro.

Me interesa ahora, para proseguir, subrayar esta segunda dimensión, en la que se manifiesta cómo la realización del carácter social del ser humano ha de fundarse en el descubrimiento capitalista de la naturaleza intrínsecamente social del trabajo, dado que, como afirma Marx, el capitalismo opera sobre “la explotación colectiva de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo que sólo son utilizables colectivamente” [El capital, I, 953] , de manera que “la cooperación sigue siendo la forma básica del modo de producción capitalista” [ibídem, 408].

3. La comunidad-fábrica.

El hechizo de la maquinaria industrial, de la organización fabril y su descomunal multiplicación de la riqueza ejercieron en Marx tal influencia que, antes que en su bestial transformación de la vida humana, el rechazo del sistema capitalista se fundó a menudo en la insuficiencia y limitación de su aplicación, propugnando la rotura de los diques que obstaculizaban su libre desarrollo y que, de acuerdo con él, la burguesía era incapaz de romper. Tan potente es la fascinación productivista que, en algunos lugares, Marx llegó a insinuar que el modelo de organización de la sociedad entera ha de ser el gran establecimiento industrial y que el capitalismo, al limitar ese orden únicamente a la fábrica, es sólo una aplicación insuficiente de un principio cuya finalidad es desbordar las paredes de la empresa privada, romper toda limitación a su soberanía y extenderse hasta los confines de la vida social. De esta manera, Marx juguetea con el contraste entre la organización eficiente del trabajo, reinante dentro de la industria, y el afuera arbitrario de la desorganización y el campo de batalla de los intereses individuales, estableciendo un falso y fatídico dilema ampliamente esgrimido por importantes sectores del pensamiento y la práctica política marxistas: o caos capitalista y guerra de todos contra todos de la competencia generalizada, o planificación total.
Mientras que el modo capitalista de producción impone la economización dentro de cada empresa individual, su anárquico sistema de competencia genera el despilfarro más desenfrenado de los medios de producción sociales y de las fuerzas de trabajo.
El capital, I, 643
La norma que se cumplía planificadamente y a priori en el caso de la división del trabajo dentro del taller, opera, cuando se trata de la división del trabajo dentro de la sociedad, sólo a posteriori, como necesidad natural intrínseca, muda, que sólo es perceptible en el cambio barométrico de los precios del mercado y que se impone violentamente a la desordenada arbitrariedad de los productores de mercancías.
El capital, I, 433
Todo trabajo directamente social o colectivo, efectuado en gran escala, requiere en mayor o menor medida una dirección que medie la armonía de las actividades individuales y ejecute aquellas funciones generales derivadas del movimiento del cuerpo productivo total, por oposición al movimiento de sus órganos separados.
El capital, I, 402
El planteamiento de este dilema como alternativa exclusiva es, además, asegurado por el juicio sumario con el que Marx despacha otras formas de producción históricas condenadas a muerte por el capitalismo. De acuerdo con él, no obstante la belleza y libertad que emanaban, las pequeñas formas productivas basadas en la autogestión y la propiedad directa de los trabajadores sobre los medios de producción fueron justamente eliminadas por el ascenso de la industria y el capital:
La propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción es el fundamento de la pequeña industria, y ésta es una condición necesaria para el desarrollo de la producción social y de la libre individualidad del trabajador mismo (…) [sin embargo] sólo es compatible con límites estrechos, espontáneos, naturales, de la producción y de la sociedad.
El capital, I, 952
De la fascinación de Marx por ciertos elementos del productivismo capitalista y el ideal de una sociedad de laborantes socializados proviene, seguramente, una fuerte tendencia del marxismo posterior, y especialmente del marxismo soviético, a absolutizar la dimensión económica, subordinando la vida entera de la nueva sociedad a la maximización del aparato productivo y perfeccionando hasta el virtuosismo la condición de engranaje y función del trabajador en la máquina productiva, de manera que, como reivindica el Trotski de Terrorismo y comunismo, “los sindicatos (…) [el régimen bolchevique] los necesita, no para luchar por el mejoramiento de las condiciones de trabajo (…) sino con el fin de organizar la clase obrera para la producción, con el fin de educarla, disciplinarla, de distribuirla, de agruparla” [Terrorismo y comunismo, 259].

Se nos plantea, pues, un grave interrogante, y es el de si no existe una imposibilidad interna al pensamiento marxiano, una contraposición brutal entre el deseo de devolver su humanidad y libertad al sujeto encadenado a las estructuras de producción y poder capitalistas y la convicción teórica de que sólo en la entrega sin resto a su principio de producción pueden hallarse los medios de tal devolución. Afirma Marx que la burguesía francesa, que luchaba por la tríada Libertad, Igualdad y Fraternidad, lo que realmente obtuvo fue Infantería, Caballería y Artillería, y, a la luz de los posteriores derroteros del marxismo ortodoxo, es posible afirmar que una ironía similar se cierne sobre un núcleo relevante de su obra ; en este sentido, Simone Weil apuntó que “Marx analiza y desmonta con claridad admirable el mecanismo de la opresión capitalista, pero da cuenta de ello tan bien, que no se puede imaginar cómo, con los mismos engranajes, el mecanismo podría un buen día transformarse (…) ¿Cómo los obreros, dados la gran industria, las máquinas y el envilecimiento del trabajo manual, podían ser otra cosa que simples engranajes en las fábricas?”.

Addenda: el prestigio de lo revolucionario.

Si, por una parte, en Marx se encuentra a menudo un gran entusiasmo y admiración por las bases del sistema capitalista, existe otro respecto en el que lo que exhibe es una minusvaloración hacia sus resortes internos de eficacia. Por un lado, de acuerdo con sus apreciaciones, acompaña al capitalismo el valor de lo progresivo y transformador, de lo revolucionario, pero, por otro, la convicción de que es posible desbordarlo en esa misma dimensión revolucionaria, lo que conduce a concebir la práctica socialista o comunista como superadora de los límites y trabas que aún en él perviven; Marx propugna, por consiguiente, una superación revolucionaria del capitalismo que categoriza en éste la imposibilidad conservadora de saltar más allá de ciertos límites. La problemática que aquí se plantea reside en la ingenuidad de pensar que es posible superar el carácter revolucionario del capitalismo, su naturaleza líquida, ilimitadamente dinámica y transformadora de toda realidad que aspire a la fijación o la inmovilidad.

Partiendo de la propia concepción marxiana, parece difícil pensar que pueda haber una práctica más revolucionaria que la presente en la expansión y constante renovación del aparato productivo capitalista. De la lectura de numerosos pasajes alegremente encomiásticos, podemos concluir que el principio de lo revolucionario, en el seno de las sociedades humanas, es introducido, de acuerdo con Marx, por el capital: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales” [El manifiesto comunista, 36]. De igual manera, por lo tanto, el proletariado, al revolucionar lo revolucionario, al ir más allá de los límites que el capitalismo no puede sobrepasar, no estaría haciendo otra cosa que empujar el principio revolucionario del capital hasta su cumplimiento total, pero no hacia la práctica de su negación. La continuidad entre ambas revoluciones, la capitalista y la proletaria, es subrayada  en el desencantamiento práctico de la realidad que ambas completan, de manera que la formulación que el filósofo renano encuentra para, por separado, representar a ambas esparce la sospecha de una contraposición meramente aparente, de una coincidentia oppositorum: En primer lugar, la gran industria capitalista, de acuerdo con el filósofo renano, “destruyó donde le fue posible la ideología, la religión, la moral, etc., y donde no pudo hacerlo, las convirtió en una mentira palpable” [La ideología alemana, 69]; el proletariado revolucionario, por su lado, no hace otra cosa que completar este movimiento desmixtificador del capital, dado que “las leyes, la moral, la religión son para él meros prejuicios burgueses” [El manifiesto comunista, 47].

De lo anterior podemos extraer la conclusión de que, lejos de suponer una ruptura con las bases lógicas y prácticas del capitalismo, el principio revolucionario, en su lectura progresista y productivista, es su consumación. El prestigio de lo revolucionario es el producto último de una instauración acabada del capitalismo, aquella mediante la cual devora y asimila una gran parte de la energía procedente de aquello que pretende resistirse a su dominio. Marx no supo adivinar que al adoptar la posición revolucionaria como principio regulador de la actividad anti-capitalista no estaba, en realidad, amenazando sus bases, sino sometiéndose a su juego. El embaucamiento se muestra así completo. Una posición que se dirija seriamente a romper con la sintaxis del proceso de desarrollo capitalista no puede fundarse en un principio revolucionario así entendido, sino, más bien, en su abandono. En el caso contrario, como es el caso de los movimientos que durante los últimos cien años han escogido el camino de la demolición de todo límite y prohibición tradicionales, el riesgo patente es el de convertirse en aplanadores y aseguradores, no de una nueva sociedad, sino de la expansión irrestricta de la gran producción capitalista. Si la clase revolucionaria se define como aquella interesada en eliminar las trabas que se oponen al desarrollo pleno de las fuerzas productivas, aquella que se levanta contra los límites y prohibiciones tradicionales sólo por su condición de límites, está siempre a punto de convertirse, antes que en enterradora, en guardia roja del capital, por utilizar la fórmula del pensador conservador Jean-Claude Micheá. Como ilustración simbólica de esto último, y para terminar, vale la pena recordar aquella carta en la que Marx testimonia un gran entusiasmo ante cierta manifestación que congregó a gran número de participantes en Londres exigiendo el fin de una prohibición religiosa. Esta prohibición era la de abrir los comercios en domingo.    

miércoles, 4 de julio de 2018

Lo que no sabía el señor Peel.
Óscar Sánchez Vega


Althusser dirige en 1965 el seminario “Lire Le Capital” donde propone una nueva forma de leer a Marx distinta y hasta opuesta a la que había sido habitual en la tradición marxista. Marx escribió mucho, pero lo hizo de forma un tanto caótica: muchos textos son inconclusos por lo que no son publicados, incluso alguno casi terminado, como los Grundisse tampoco es publicado; en cambio Marx dedica las dos últimas décadas de su vida a escribir su obra definitiva, El Capital, pero solo logra publicar el libro primero. En resumen: lo que publica no lo termina y lo que casi termina no lo publica. Ante este panorama... ¿qué hacer? ¿cómo abordar la obra de Marx? La tradición marxista había prestado especial atención a la obra de juventud de Marx, donde se abordan las cuestiones de carácter más filosófico y no había discriminado entre los textos publicados y no publicados. La propuesta de Althusser es la opuesta: interpretar a Marx partiendo de sus últimos textos, pero especialmente aquellos que él mismo consideró dignos de ser publicados, es decir, básicamente del libro primero de El Capital. ¿Qué encontramos en esta obra? Lo que llama la atención, a juicio de Althusser, es más bien lo que no encontramos: no encontramos una teoría general de la historia y el método dialéctico aparece relegado en favor de una metodología más bien analítica.

Fdez Liria, en la línea de Althusser, nos propone leer a Marx como un platónico antes que como un hegeliano. Recordemos que en los diálogos platónicos Sócrates propone a sus interlocutores la definición de una idea: ¿qué es la virtud? ¿qué es la justicia? ¿la belleza?, etc. El diálogo siempre se desarrolla de similar manera: el interlocutor pone ejemplos o se limita a enumerar las partes de lo que se busca y Sócrates le hace ver que no es eso lo que él ha preguntado. La pregunta socrático-platónica es siempre por un eidos, una forma o estructura que está oculta, pero es la esencia de aquello que estamos investigando y si no lo aprehendemos de algún modo no entenderemos nada. Pues bien el camino que sigue Marx es el mismo: ¿Qué es el capitalismo? ¿qué es el capital?

Veamos si podemos ilustrar este procedimiento mediante una pequeña historia, casi una anécdota pero, a mi juicio, muy reveladora. En el último capítulo del Libro I de El capital Marx hace referencia a una curiosa historia: un emprendedor capitalista, el señor Peel, había decido montar una empresa en tierras coloniales, en Nueva Holanda concretamente, la actual Australia, y, con este fin, había transportado en varios barcos todo lo necesario: el capital, los medios de producción y la fuerza de trabajo. Tenía el dinero necesario para empezar el proyecto (£ 50.000), transportaba las máquinas necesarias, hasta el último tornillo e incluso, como no se fiaba de la población indígena, llevaba consigo a 3000 personas, hombres, mujeres y niños en calidad de asalariados. Todos ellos habían firmado un contrato en la metrópoli en virtud del cual se comprometían a trabajar para el Sr Peel. En resumen, el Sr Peel trasladó a Nueva Holanda todas las partes de una sociedad capitalista que quería reproducir en la colonia. Sin embargo la expedición fue un fracaso. En palabras de Marx:
«Los obreros del señor Peel dejaron de serlo en cuanto desembarcaron en un continente con suficientes tierras vírgenes para transformarse en campesinos independientes. Colonizaron pedazos de tierra, se dedicaron a criar ganado y se hicieron artesanos, y algunos que tuvieron suerte en estos menesteres «se convirtieron incluso en competidores de sus ex patrones en el mercado mismo de trabajo asalariado». «¡Imagínese usted qué atrocidad! -comenta Marx-, el honesto capitalista ha importado él mismo de Europa, con su propio dinero contante y sonante, a sus propios competidores, ¡y en persona!» (MEGA. II. 6:688).
El Sr Peel había transportado a la colonia todas las partes de un sistema capitalista, pero como decía Levi-Strauss “un sistema o configuración es siempre algo más que la suma de sus partes”. Lo que no pudo exportar el Sr Peel es aquello que hace que las partes se comporten como un todo, lo que no pudo implantar en la colonia fueron las relaciones de producción capitalista. Los obreros del Sr Peel no se comportaban como obreros porque tenían a su alcance medios de producción (tierras, herramientas, semillas, ganado, etc) que les permitían vivir de una manera más digna, o dicho de otra manera: las condiciones que hacían de una persona un obrero no existían todavía en la colonia, por eso los obreros dejaron de serlo en cuanto desembarcaron; porque las personas, naturalmente, prefieren una vida libre aunque frugal a una vida de miseria y explotación.

Entonces, debemos preguntarnos, ¿por qué no ocurría lo mismo en la metrópoli? ¿por qué esos mismos obreros cuando estaban en Europa aceptaban trabajar en pésimas condiciones, interminables jornadas, por un sueldo miserable? La respuesta es obvia: porque en Europa no les quedaba más remedio, no tenían otra opción. Para instaurar relaciones de producción capitalistas, por tanto, previamente hay que aniquilar las condiciones generales de trabajo de una población, hay que expropiar violentamente a una población de sus medios de producción. Esto es justo lo que ocurrió en Gran Bretaña. El proletariado británico está compuesto, a mediados del siglo XIX, por hijos y nietos de campesinos ingleses, escoceses e irlandeses expropiados y expulsados de su tierra natal. Cientos de miles de campesinos fueron violentamente expropiados a punta de bayoneta a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Se crea así, de manera artificial, hambre en la población para que los proletarios, “de manera voluntaria” puedan elegir acudir al mercado de trabajo. Sin embargo este brutal acontecimiento ya se había olvidado en los países avanzados de Europa a mediados del siglo XIX, y este olvido, naturalmente, es aún más profundo en el siglo XXI. Pero esta es la verdad del capitalismo, el crimen original sin el cual no hubiera sido posible la instauración de las relaciones capitalistas de producción.

Esta es la principal lección que Althusser extrae de la obra de Marx: aquello que hace posible el capitalismo es invisible, una estructura que no aparece, permanece oculta, olvidada. Como el eidos platónico la estructura del sistema capitalista es invisible pero sus efectos son bien tangibles. La verdad del capitalismo, como el Sr Peel, tuvo ocasión de comprobar, no está en la revolución industrial, ni en el derecho de propiedad burgués, ni en la progresiva acumulación del capital. La verdad del capitalismo es, en palabras de Marx:
«El modo capitalista de producción y de acumulación y, por ende, también la propiedad privada capitalista, presuponen el aniquilamiento de la propiedad privada que se funda en el trabajo propio, esto es, la expropiación del trabajador» (MEGA, II, 6:692).
Esto es justo lo que no sabía el Sr Peel.

martes, 30 de octubre de 2012

La política entre la sabiduría y la prudencia.
Borja Lucena Góngora

La política de Platón, según la entiendo, está profundamente lastrada por el peso de una filosofía que, desbordante, excesiva y siempre incomparable, se extiende hasta convertirlo todo en una prolongación más del pensar filosófico. Por ello, en su fundación de la filosofía política, el espacio de la acción queda sofocado, silenciado por las exigencias innegociables del pensamiento. La sofía, la búsqueda admirativa de lo verdadero, anula y destierra a la phrónesis, la incierta ponderación de los márgenes de la acción contingente. La poderosa huella impresa por el pensar platónico se fijó como un sello, y  esta preeminencia de la sofía se alarga como una sombra recorriendo la práctica totalidad de la reflexión filosófico-política occidental, permaneciendo incluso en los filósofos que, a partir del XIX, se proponen la tarea de transformar la filosofía o transformar el mundo. Por poner tres ejemplos quizás más parecidos de lo que a ninguno le agradaría reconocer: Heidegger, Marx, Althusser. En Heidegger, el pensamiento como acción auténtica que ha de guiar al Dasein para lograr el apartamiento de la esfera inauténtica de la vida; en Marx, el conocimiento de las leyes de la historia y del desenvolvimiento de la sociedad capitalista como sustituto a la ceguera de los que actúan sin saber; en Althusser, y en Lenin, el convencimiento de que la política no ha de ser otra cosa que la realización de la filosofía. En todos ellos, siguiendo esa magna estela platónica, está la convicción de que la fragilidad e incertidumbres de la vida en común han de ser redimidas por un saber inequívoco como la sabiduría o la técnica, y lejano a las luces y las sombras de la opinión cotidiana, de la malhadada doxa.

Frente a la hegemonía de la filosofía en la esfera práctica, que ofrece la verdad como principio de organización de lo común, es decir, que deposita en la organización racional de los asuntos humanos el cometido de eliminar todos los riesgos y males que éstos comportan, me gustaría mirar hacia una visión alternativa. El siglo XX es muestra elocuente de la potencia asesina de la política al ser tomada por  las exigencias de la organización; también la administración tecnificada de las cosas en la que hoy nos vemos atrapados nos habla del lugar hacia el que nos despeña el conocimiento de los expertos. No está de más, pues, rescatar algunas intuiciones aristotélicas que nos dibujan un cuadro de tonalidades bien distintas.

En primer lugar, Aristóteles nos habla de que el sophós, el sabio, no tiene por qué ser phrónimos;  prudente; es más: generalmente no lo es. El saber propio de la prudencia, el saber dirigido a las cosas de la vida cotidiana y común, no es el mismo que el saber de las formas o conceptos filosóficos universales, o que el conocimiento de la necesidad matemática. Para desenvolverse en los claroscuros de la vida, para ser capaz de orientarse en los asuntos imprevisibles e inauditos del vivir junto a otros, el saber sobre lo necesario -aquello que mienta la verdad filosófica- es irrelevante. Ninguna aletheia, ninguna verdad, puede reemplazar en el campo dudoso de la acción efectiva a la doxa, a la opinión. La reivindicación de la prudencia, siempre provisional, frente al conocimiento duradero del filósofo es enfatizada por Aristóteles, para quien los asuntos políticos sólo pueden ser objeto de la primera. Además, para mayor afrenta a Platón,  se encarga de despejar cualquier duda sobre la forma de saber que caracteriza a la phrónesis: areté doxastiké, es decir, la prudencia es una virtud o excelencia de la opinión. Con sólo estas palabras, Aristóteles está haciendo tambalear todo el egregio edificio de la república platónica, del estado organizado en torno a la sophía o sabiduría inmarcesible del filósofo, porque está aseverando que, en cuanto toca  a la comunidad política, el saber apropiado es siempre una opinión.

En segundo lugar, Aristóteles derriba la confianza en que es la justicia el principio articulador de la vida en común; la justicia, desde la mirada impregnada de tiempo propia de la prudencia, no es más que un criterio de adecuación de los asuntos temporales a la esfera de lo que no cambia, es decir, una medida que hubiera de asimilar lo contingente de la vida humana a lo imperturbable de los objetos del pensamiento. El fracaso de toda justicia que intenta imponerse sobre lo azaroso e ingobernable de la realidad empírica, fracaso del que ya hay numerosos casos sólo en el último siglo, proviene, entonces, de que la medida que se procura imponer con ella al reino de los asuntos humanos es, en lo más íntimo, una medida radicalmente ajena. La justicia no es más que el sueño del filósofo -contagiado a gran parte del imaginario político occidental- de organizar lo caduco, lo eventual y dudoso, en torno a las líneas precisas y exactas de lo imperecedero. El sueño del filósofo, en este sentido, es el de plasmar en la polis un orden que haga innecesario incluso el hablar o discutir sobre las cosas comunes, dado que se habría dado con lo definitivamente verdadero,  fijándolo en la organización regulada de todo lo que afecta a la convivencia. Frente a la justicia como principio de organización, Aristóteles esgrime su alternativa visión de lo político: los asuntos comunes son aquellos de los que, casi por definición, hablamos y discutimos, y dejar de hacerlo es, sin ambages, abandonar su condición misma, su condición de comunes. Por esta razón, el principio de la política en Aristóteles no puede ser un principio organizador, una medida, sino que es lo que se hace presente en el hablar y discutir sobre aquello en lo que tenemos un interés compartido: algo más parecido a la amistad o philía. El desarbolamiento de la justicia platónica en nombre de la amistad, la sustitución de la organización racional por la philía como articulación de la vida política, es una de las mayores cargas contra la política platónica, y quizás es por eso tan difícil de entender. No está exenta de aristas problemáticas. Sin embargo, todos sabemos que en los asuntos entre amigos la solución no es nunca la justicia, sino algo indeterminado que surge tras la discusión y las palabras y para lo que no hay medida unívoca, ni criterio universal válido para cualquier situación análoga. Esto no quiere decir, a mi entender, que todos los miembros de una comunidad política hayan de ser amigos tal y como afectivamente nos unimos a otros, sino más bien en el  sentido en el que los problemas que son tales y las exigencias coyunturales de la acción sólo pueden ser enmarcados en la discusión, la palabra y las narraciones si no han de perder su consistencia específica.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Sobre la ideología en Marx (XII).

Borja Lucena

La anterior alusión a Althusser (Ser y pensar, 4) tenía como finalidad mostrar, en su forma más conceptualmente depurada, la conversión industrial del pensamiento, su doblegamiento a las categorías de la producción fabril operado a partir de la redefinición marxiana de la actividad de pensar. No obstante, no es necesario alejarse tanto para encontrar en Marx esta audaz reformulación. Él mismo ofrece cruciales acercamientos a esta realidad nueva, y, cuando leemos las Tesis sobre Feuerbach, podemos advertir cómo al aludir al pensar está ya aludiendo a algo que tiene poco que ver con la concepción tradicional que encontró su crisis y su ocaso en el siglo XIX:
La falla fundamental de todo el materialismo precedente (incluyendo el de Feuerbach) reside en que sólo capta la cosa (Gegenstand), la realidad, lo sensible, bajo la forma del objeto (Objekt) o de la contemplación (Anschauung), no como actividad humana sensorial, como práctica (...)Tesis sobre Feuerbach, 1
En primer lugar, una reforma sin resto del concepto del pensamiento está precedida necesariamente de una aguda revolución en el concepto mismo de la realidad. Lo real ya no es pensado como objeto al que pueda contraponerse un sujeto cognoscente, como si el conocimiento se diera desde afuera. La realidad en sí misma es un proceso unitario en el que se sumergen lo objetivo y lo subjetivo, es actividad y producción de realidad. El pensamiento no se encuentra con un objeto ya dado, sino con la producción continua de la realidad que tratara de conocer; conocer, de acuerdo con esto, no es acercarse a un objeto, sino participar en su producción.
El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento (...).
Tesis sobre Feuerbach
, 2
En segundo lugar, es fácil advertir en la caracterización marxiana del pensamiento una inflexión marcadamente epocal –peculiar a buena parte de la filosofía del siglo XIX fascinada por la promesa de dominio técnico de la naturaleza- que procura liberar la dimensión productora del pensamiento para encontrar en ella su significado íntimo. En tanto es así, el pensamiento se manifiesta como actividad, pero la actividad –como hemos ya visto anteriormente-sólo se concibe como actividad productiva, como fabricación. De este modo, el pensamiento sólo puede alcanzar verdad en tanto sea capaz de hacer algo, de producir algo que –como diría Hannah Arendt- esté dotado de los atributos lógicos de la realidad y sea capaz de funcionar en ella como real. Por lo mismo, la noción de verdad es en Marx profundamente modificada, ya que no puede tener que ver con la capacidad del pensamiento y los órganos humanos de percepción para acercar y comprender una realidad independiente o los hechos que la nutren. Sólo hay verdad –como he repetido a lo largo de tantos pasajes anteriores- en la producción; sólo si existe un producto resultante podemos hablar de verdad, porque únicamente entonces el pensamiento se hace presente no sólo como sujeto, sino también como objeto o como mundo. Lo verdadero se alumbra en la participación en el llegar a ser de las cosas, en la supresión de la aparente independencia del mundo con respecto al hombre. Retirado a la contemplación o a la teoría, afirma Marx, el pensamiento está alejado de su verdad, porque para nada interviene en el desenvolvimiento efectivo del mundo; para el pensar, verdad sólo hay en la efectividad de la presencia en lo real, y esta presencia es sin más verdadera al hacer algo que llegue a formar parte suya. Por lo tanto, asimilado el pensamiento al modelo de la elaboración industrial –y teniendo como sentido la producción de cosas que funcionen como reales- no hay ya lugar para la afirmación del pensamiento como actividad de comprensión, sino sólo para la localización de su actividad específica en el campo de la construcción técnica, de la elaboración constante de nuevas realidades; a su vez, la verdad no puede descansar en la actividad desocultadora del pensamiento –en su capacidad para comprender lo que escapa siempre a dominio- sino que adopta la forma de una verdad profética, lo que es lo mismo que decir que no tiene que ver con lo que existe, sino con lo que –a través de la laboriosidad humana- puede llegar a existir. Verdadero es aquello que –como manifiesta el incesante trabajo de las industrias, la labor interminable de los operarios que reforman continuamente el rostro del mundo, el ingenio de los constructores de nuevos artefactos y aparatos que son recibidos en el mundo como objetos más reales que lo que antes era real- puede ser hecho.

3- Si la verdad está en el hacer fabricador, encontramos entonces que los enigmas que siempre ha tenido ante sí el pensamiento –enigmas que el pensamiento intentó comprender, aclarar, incluso explicar, pero creyéndose obligado ante lo incuestionable de su existencia- no son otra cosa que falsos problemas creados por la distancia que se abrió entre unos hombres meramente pensantes y el mundo que creían contemplar. Cayendo en que pensar es introducirse en la realidad para reformarla, los hombres advertirán cómo todos los misterios –la materia inagotable de la filosofía, de las religiones, de la imaginación artística- se desvanecen en el aire y ceden ante un pensamiento que se ha vuelto efectivo. El activismo productivo del pensamiento demuestra en la práctica que, en rigor, todo misterio era una forma de ignorancia manufacturera, una zona de sombra proyectada por la propia impotencia industrial de los hombres; lo que era considerado misterioso se desvela como no verdadero, porque es posible –a través del trabajo humano- hacer llegar un mundo que haya anulado todo misterio, es decir, un mundo en el que se haga manifiesta la función organizadora y dominadora de lo real que define al pensamiento una vez reintegrado a la praxis.
Toda vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen a la teoría el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.
Tesis sobre Feuerbach
, 8
En Marx, a diferencia de la posición ilustrada, no es el pensamiento el encargado de desvanecer las mixtificaciones de las que son presos los hombres al tratar con la realidad, sino la práctica productiva, que demuestra su poder en relación a la confección de un mundo en que esas deformaciones se vean desposeídas de todo sentido. En tanto los hombres son capaces de fabricar una realidad en la que la religión no tenga lugar, o no lo tenga la política, se verifica que éstas son ilusiones provenientes de un estado de cosas en el que la productividad humana radical aún no ha sido liberada, un estado en el que el mundo aún no ha adquirido su carácter pleno de hechura humana.

Encontrar el lugar del pensamiento en la “praxis” productiva es en la doctrina marxiana hallar por fin la clave de su autenticidad, topar con la función que lo convierte en pensamiento efectivo, en pensamiento terrenal porque se hace presente como mundo construido. Cuando el pensar se descubre como organizador, como programador de los procesos de fabricación que alteran humanamente el rostro de la tierra hasta estar en disposición de forjar una sociedad humana radicalmente nueva, como supervisor técnico del desarrollo de dichos procesos, hace por fin manifiesto el poder dominador que desde un principio albergaba. Para Marx, ya desde sus albores mitológicos el pensamiento se mostraba como función de dominación de la realidad, pero no es hasta la localización del principio industrial –sólo posible a partir de la emergencia de la sociedad capitalista y la toma consiguiente de las sociedades por el avatar maquinista de las fuerzas productivas- cuando es posible su manifestación plena. Hasta el momento en que el pensamiento no es integrado en la labor productiva en su expresión más acerada –la industria- no llega a corresponder su forma con su contenido, su presencia con lo que en sí de siempre era. Toda la historia del pensamiento demuestra –según el esquema temporal delineado por Marx- que su asimilación práctica como facultad organizadora responde a una vuelta sobre sí mismo que rescata su propio ser de sus expresiones impropias o alienadas como son el mito, el pensar religioso o el meramente político; estas últimas formas, no obstante su forma inadecuada, exhibían para Marx, ya desde un principio, que el fin del pensamiento es la organización de la producción y, por lo tanto, de la realidad a través de ella constituida.
Toda mitología somete, domina, moldea las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y mediante la imaginación; desaparece por lo tanto con el dominio real sobre ellas. (…) Los cantos y las leyendas, las musas, ¿no desaparecen necesariamente ante la regleta del tipógrafo y no se desvanecen de igual modo las condiciones necesarias para la poesía épica?
Contribución a la crítica de la economía política
, introducción.
Por ello, cabe entender la posición de Marx ante la filosofía en su doble variante: la exigencia de realizar la filosofía –de llevar el pensamiento a su localización realmente significativa en el seno de la experiencia humana- equivale a la necesidad de superarla –en tanto la filosofía históricamente sólo llevó a cabo una apropiación de la realidad en el pensamiento, una ilusión de dominio del mundo no realizada en la práctica.
Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo.
Tesis sobre Feuerbach, 11