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miércoles, 2 de abril de 2025

El neoliberalismo de Hayek y la erradicación de la política (V).
Borja Lucena


1-
La libertad, de acuerdo con el ideario de Hayek, no es un fenómeno debido al artificio político, sino un producto espontáneo que la naturaleza reserva a la iniciativa humana siempre que el hombre sea capaz de reincorporarse al imperio de sus leyes; sólo en esta restitución “no estamos sujetos a la voluntad de otro hombre [como en el caso de las normas de origen político] y, por lo tanto, somos libres” (Camino de servidumbre, p. 204). En efecto, el modelo de ley propugnado por Hayek procura replicar al de la ley natural, una norma que carece de voluntad consciente y se resuelve en el automatismo, de manera tal que cada cosa llega a satisfacer su propio orden sin una asignación deliberada de sus elementos de acuerdo con propósitos o intenciones explícitas. Una sociedad humana, de acuerdo con Hayek, no ha de concebirse desde categorías políticas, dado que éstas la dirigen indefectiblemente a la ruina; más bien, al contrario, cualquier agrupación debe ser concebida de modo semejante al de los cuerpos que encuentran una ordenación natural óptima sin la intervención de decisiones o acciones deliberadas de agente alguno: “No podríamos producir jamás un cristal o un complejo orgánico compuesto si tuviéramos que colocar cada molécula individual o átomo en su lugar apropiado (…). Se ordenan ellos mismo en una estructura que poseerá ciertas características” (Ibídem, p. 213). El ideal neoliberal de una sociedad reintegrada al curso natural de las cosas apuesta, en suma, por erradicar todo aquello que interfiera en el libre despliegue de las potencias naturales- únicamente las naturales- que integran la sociedad y, específicamente, anular aquello que obstaculiza y distorsiona el inconsciente y espontáneo flujo de las mercancías, que no es otra cosa que la acción humana.

2- La naturalización de la sociedad es piedra angular del proyecto neoliberal de Hayek. Por esta razón, a pesar de lo que pueda indicar una primera impresión, no existe una correspondencia estricta entre esta figura del neoliberalismo y la distinción tradicional de derecha e izquierda, pues proyecto común a las más diversas tendencias políticas modernas es el de encontrar el modo de restituir lo político y sus instituciones al reino de lo natural. Dando cuenta de su específica potencia, el dominio del neoliberalismo es transversal y opera como sustrato elemental incluso de opciones y tendencias políticas que poseen la certeza subjetiva de estar luchando en su contra. Esto se advierte muy bien en el recorte de la política propugnado por Hayek, que, con diferentes intensidades, comparten hoy en día tanto la derecha como la izquierda hegemónicas.

La burguesía decimonónica ya había descubierto, en ejercicio, que el imperativo de naturalización de las sociedades humanas había de resolverse en la transformación radical de su consistencia, o, por decirlo utilizando el lenguaje de Hannah Arendt: en el violento desplazamiento que conduce de lo político a lo social; Hayek, por su parte, completa el itinerario al descubrir cómo la instauración de lo natural en centro y sentido de las sociedades humanas ha de venir a parar en una estructura de funcionamiento y sentido netamente mercantil, esto es, organizada en torno a las leyes del movimiento incesante de las mercancías. La naturalización de la vida en común sólo puede significar, de acuerdo con esto, la re-ordenación y re-incardinación de toda potencia individual y colectiva en torno a exigencias que emanan del mercado y de su funcionamiento espontáneo. En menoscabo de las utopías bienintencionadas de la izquierda, es preciso confesar que, en este respecto, es Hayek quien lleva la razón: la naturalización plena de la vida humana en común sólo es perfectamente realizable, en condiciones modernas, bajo la forma del mercado, verdadera potencia natural cuya instalación en el seno del mundo compartido disgrega, rompe, disuelve el artificio residente en instituciones y prácticas realmente políticas. Todo lo sólido se desvanece en el aire.

domingo, 19 de enero de 2025

El neoliberalismo de Hayek y la erradicación de la política (IV)
Borja Lucena

1- El mercado, tal y como ya entrevimos en entregas anteriores, se muestra en la filosofía de Hayek como poseedor de un quimérico poder redentor, una potencia salvífica capaz de erradicar los males inoculados a las sociedades por las corruptoras prácticas de naturaleza política. El mercado, en esta entusiasta versión, no sólo limita o atenúa los males pertenecientes a las inconvenientes contingencias de la política, sino que, más allá de esto, devuelve a la pólis al seno de la naturaleza y le restituye una necesidad natural e incontestable. En esta coyuntura teórica, el mercado es el elemento decisivo que rectifica la deriva anti-natural -política- de la vida humana, aquello que reintegra lo artificialmente separado, aquello que revalida la vigencia de las leyes eternas del cosmos en menoscabo del artificio, de la contingencia, de la arbitrariedad de las acciones políticas. El mercado, en definitiva, es el quicio en el que puede acaecer la ruptura decisiva con el pecado de artificiosidad que el pensador neoliberal detecta en toda práctica política; es, en suma, la única potencia capaz de corregir el sino de la historia humana y, específicamente, de la aciaga apertura griega de un espacio propiamente político en el que la eterna validez de la legalidad natural fuera otrora sustituida por decisiones, por fines, acciones y propósitos desligados de la necesidad de las fuerzas y los cuerpos naturales. "Los efectos que esas leyes [del mercado] (…) tienen en sus acciones [de los hombres] -afirma Hayek- son precisamente de la misma clase que los de las leyes de la naturaleza” (Los fundamentos de la libertad, p. 204).

2- El mercado, efectivamente, desborda ampliamente el espacio de las actividades estrictamente económicas y se constituye como re-incardinación ontológica del ser humano en la realidad natural del cosmos. De esta manera, en el seno del pensamiento neoliberal, el mercado está destinado a asumir las esferas del poder político, de cualquier poder posible, y a proyectarse sobre la integridad del espacio humanamente habitado; en este sentido, tal y como explicó Foucault, el mercado se afirma como instancia de veridicción, como poder decisorio acerca de lo verdadero y lo falso, y, a partir de ello, de lo real y lo irreal. Ante la verdad de lo real revelada en el mecanismo impersonal del mercado, la suerte del individuo ha de verse empujada a la adecuación y la conformidad, tal y como sucede ante la inclemente masa apodíctica de los tornados o las erupciones volcánicas. Nadie puede tildar de injusta a la naturaleza ante la desoladora irrupción de las catástrofes naturales; nadie puede tildar de injusta, igualmente, a la irrupción de los efectos del mercado, no deseados ni dirigidos por nadie: “La desigualdad se soporta, sin duda, mejor y afecta mucho menos a la dignidad de la persona si está determinada por fuerzas impersonales que cuando se debe al designio de alguien” (“Camino de servidumbre”, p. 141). El neoliberalismo, de esta guisa, ha hallado el modo de articular una convivencia en la que pueda desaparecer el pesado fardo de la responsabilidad de las más amplias y relevantes esferas de la existencia: “(…) no hay menosprecio para una persona, ni ofensa para su dignidad, por ser despedida de una empresa particular que ya no necesita sus servicios (…) el paro o la pérdida de renta (…) es, sin duda, menos degradante si resulta de la mala suerte y no ha sido impuesto deliberadamente por la autoridad” (ibídem, pp. 141-142).

3- En definitiva, la sugestiva carga utópica de la noción hayekiana de “mercado” espontáneo se constata en su idea de que no nos hallamos ante un mero concepto económico, sino de orden social y (neo)político, un marco que, precisamente, guarda la promesa de resolver las imposibilidades de todo orden social organizado en torno a lo político.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

El neoliberalismo de Hayek y la erradicación de la política (III)
Borja Lucena

1- Una poderosa nostalgia agita íntegra e internamente el pensamiento de Hayek. Es la nostalgia de la naturaleza. Todo el edificio neoliberal, esforzadamente revestido de convincentes argumentaciones y notables esfuerzos teóricos, se descubre a veces como el inconsolable deseo de una vida en común que no requiera de decisiones políticas y no pague el alto precio de éstas; una vida en común que, antes de desenvolverse en torno a deliberaciones y decisiones problemáticas o contingentes, obedezca a la estructura profunda de un devenir gobernado por la necesidad natural.

Hayek es dolorosamente consciente de que “decidir” significa “partir”, de que toda elección política quiebra la unidad inconsciente y amable del cuerpo social e inaugura el espacio de alguna confrontación. La política exhibe el signo de la discordia y, por esa razón, el pensador neoliberal añora el funcionamiento automático de las leyes cósmicas, la distribución impersonal de fuerzas y equilibrios que tejen la continuidad y la indiferencia del universo. Esta fijación histérica en la evitación del conflicto marca, quizás, el verdadero punto de fuga de toda la composición teórica de Hayek, para quien la política se halla dolorosamente unida a la fractura y el enfrentamiento. La política, en consecuencia, no señala el lugar de una libertad que tenga cabida esencial en la conceptualización hayekiana de la "libertad individual", sino, más bien, un obstáculo evitable; la "libertad individual" obedece, de este modo, a una operación de recorte, de abstracción y apartamiento con respecto a las libertades concretas y operativas que sólo una comunidad política, dotada de instituciones y leyes convenientes, puede habilitar. La posición de hayek es inequívoca: "(...) nadie necesita participar de dicha libertad colectiva para ser libre como individuo" ("Los fundamentos de la libertad", p. 35)

El pensador austríaco no supo liberarse de la personal y parcialmente comprensible percepción del aparente exacerbamiento de la política que, a su parecer, había desembocado finalmente en los grandes totalitarismos del siglo XX; por ello, inscribió su proyecto en el núcleo trágico de la filosofía política, que no es otro, a los ojos de Hannah Arendt, que la búsqueda de un sustitutivo para la política. Su pensamiento, en efecto, se dirige a la localización de una forma de convivencia que se libre de estar amenazada por los riesgos de la política. En esta dirección se puede comprender que la voluntad de sustituir las decisiones y acciones políticas por simples preferencias en el seno de un mercado abierto atrajera irresistiblemente el imaginario neo-utópico del neoliberalismo de Hayek, que pudo fantasear con una organización en la que la elección no significara quiebra del cuerpo social. También Milton Friedman cobijó entusiasmado la idea utópica de una sociedad sin política; la política, afirma, es siempre una amenaza para la “cohesión social”, dado que, por su propia naturaleza, implica una última conformidad, imposible, de todas las partes, lo que conduce a la coerción y el sometimiento final de unos a otros; al contrario, al hacer “que la conformidad sea innecesaria con respecto a cualquier actividad que abarca, el uso generalizado del mercado reduce la presión sobre el tejido social”, pues “el mercado permite a cada uno satisfacer sus propios deseos -representación proporcional efectiva-, mientras que el proceso político impone conformidad” (Friedman, M., “Capitalismo y libertad”, pp. 65 y 145). Desde entonces, las contemporáneas sociedades neoliberales se han gobernado por una voluntad incansable, callada o explícita, de sustituir a la política por los “anónimos e impersonales” mecanismos del mercado.


2- La concepción hayekiana de una sociedad libre se ajusta al modelo de un universo natural en el que todo es subsumido en un “mecanismo anónimo e impersonal” - el mercado - situado más allá de la eventualidad de las frágiles acciones y elecciones humanas. El pensador austríaco subraya constantemente cómo un orden de mercado nunca obedece a una voluntad consciente, sino al despliegue de un mecanismo sin dueño en el que resulta vano procurar la localización de una dirección deliberada. Del mismo modo que la ciencia descubre en la naturaleza leyes que nadie ha diseñado o impuesto, “el liberalismo deriva del descubrimiento de un orden que se autogenera, un orden espontáneo de la realidad social” (Principios de un orden social liberal, p. 28). El mercado supone la integración natural de los objetivos individuales diversos, al igual que la naturaleza integra la diversidad de trayectorias de distintos cuerpos sin implicar la intervención de voluntad alguna: “(…) en la catalaxis, el orden espontáneo de mercado, nadie puede prever lo que obtendrá cada miembro y los resultados que cada uno consigue no están determinados por la intención de nadie” (ibídem, p. 41).

El lenguaje que Hayek utiliza a la hora de describir el orden de mercado se adhiere a las metáforas y a las claves semánticas de la explicación científica de la naturaleza, recorriendo un arco que incluye la “adaptación” de los individuos a las variables ambientales cambiantes, la neutralidad moral de los procesos desatados en el medio natural o la inexistencia de propósitos inmanentes en cualquier cambio o movimiento. Por ende, el mercado exhibe el rostro de un universo impersonal y no comprometido con resultados, de manera que “hablar, con referencia [al mercado] de una distribución justa o injusta carece (…) totalmente de sentido” (ibídem, p. 42). Al igual que ante el mudo reinado de las leyes cósmicas, el individuo, ante los efectos del mercado, no puede más que buscar la adaptación y desechar la posibilidad de búsqueda de cursos alternativos de acción, dado que esto no sería más que una reacción ciega e impotente ante lo inevitable: “El hombre ha llegado a odiar las fuerzas impersonales (…) y a rebelarse contra ellas porque a menudo han frustrado sus esfuerzos individuales (…). Una civilización tan compleja como la nuestra se basa necesariamente sobre la acomodación del individuo mismo a cambios cuya causa y naturaleza no puede comprender. Por qué poseerá más o menos, por qué tendrá que cambiar de ocupación (…) ninguna mente aislada será capaz de comprenderlo” ( “Camino de servidumbre”, p. 245).

La única providencia con la que el individuo puede contar para asegurar el éxito de sus acciones se encuentra en el orden de los signos, y no en el de la comprensión de lo real y la iniciación de acciones fundados en ella. Los precios, de acuerdo con Hayek, se erigen en el signo capital de expresión de la verdad presente en los cambiantes fenómenos sociales, de manera que pueden guiar la adaptación de los individuos a circunstancias sobre las que no tienen ningún poder de intervención. Sólo los precios pueden ofrecer, en el seno de la sociedad neoliberal, “una guía eficaz para la acción del individuo”, dado que el sistema de precios coordina las innumerables decisiones de los sujetos individuales de acuerdo con el fundamento inconcuso de lo social y sus leyes inmanentes. A través de la variación de los precios, los “esfuerzos separados se coordinan por este mecanismo impersonal de transmisión de las informaciones importantes (…) una técnica que no requiere de un control explícito” (Ibídem, pp. 79-80). El precio, que “no está determinado por la voluntad consciente de nadie” (ibídem, p. 125), convierte en superfluo, por lo tanto, el recurso a cualquier decisión o acción de naturaleza política.

viernes, 11 de octubre de 2024

Del darwinismo a la erradicación de la política (II)
Borja Lucena

1- El político solicitado en la obra de Hayek es ya legión. Se define por el desarrollo de prácticas dirigidas, no a abrir la novedad de la acción concertada o la deliberación en el seno de la vida social, sino, más bien, a erradicar todo conato de propuesta política ante las tareas que aquélla constantemente plantea. Adquiere, de este modo, la paradójica figura del que, desde el poder político, se esfuerza por anular lo político mismo, reducirlo a su expresión mínima, subordinarlo a las exigencias de la gestión, la eficacia, el bienestar, la creación de riqueza y los requerimientos que ésta prescribe. Lo que de la iniciativa de un político se pide es que despeje el espacio en el que el mercado está en condiciones de organizar el campo totalizado de la vida en común, supliendo, de este modo, a los problemáticos procedimientos políticos. “Lo que hace el mercado es reducir en gran medida la gama de problemas que deben decidirse mediante medios políticos” (Friedman, M., Capitalismo y libertad, p. 53). El político -lo político mismo- ha de abandonar la totalidad, lo común, en tanto que destino de su acción, pero eso no quiere decir que su iniciativa desaparezca; se reduce en su campo de aplicación, pero gana en fuerza e intensidad. La política, de este modo, se redefine, desplazándose desde el ámbito de la acción humana y sus posibilidades al de la instauración de las condiciones de posibilidad de un mercado de funcionamiento auto-regulado.

2- Frente al mito del anarquismo neoliberal, lo cierto es que el Estado propugnado por Hayek se contrae sólo para reunir una potencia mayor sobre el punto crucial desde el que ha de estructurarse la integridad de la vida en común: el marco jurídico, institucional y práctico que dispone a la competencia como ley universal del comportamiento humano: “(…) la economía de mercado presupone la adopción de ciertas medidas por el poder público” (Hayek, F.A., los fundamentos de la libertad, p. 307). Hayek rompe el dualismo fetichista de los liberales clásicos, que sólo concebían un dilema esencial: o economía dirigida o total eliminación de la intervención del Estado. El gran poder de su reflexión radica en la ingeniosa habilidad con la que rompe esa antítesis engañosa. El Estado no debe abandonar los instrumentos de la intervención, sino dirigirlos – agresivamente, sin contemplaciones para con lo existente- hacia la racionalización del espacio social. Para que no existan obstáculos al movimiento de individuos, bienes, servicios o prestaciones mutuas el espacio de la vida en común ha de ser alisado, despojado de las rugosidades sedimentadas por obra de la costumbre y los modos arcaicos de vida, despejado de impedimentos, fluidificado hasta la disolución de todo grumo que trabe la libre e indeterminada circulación. En palabras de Hayek, “hay una diferencia completa entre crear deliberadamente un sistema dentro del cual la competencia opere de la manera más beneficiosa posible y aceptar pasivamente las instituciones tal como son. Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire” (Hayek, F. A., Camino de servidumbre, p. 47). Como efecto de la contundencia ejecutiva en el aseguramiento y fijación del marco de posibilidad de la sola actuación de las fuerzas de la competencia, la intervención decidida del Estado levanta una esfera donde no pueda existir ya posibilidad de intervención (política), pero que exige una constante intervención del poder administrativo, regulativo, policial y burocrático que mantenga esa esfera libre de intervención (política). La refutación de la planificación “socialista” de la economía no implica la renuncia al poder e intervención del Estado, sólo señala y acota la dirección de esta intervención con la intención de suministrarle completa eficacia. “(…) no hay Estado que no tenga que actuar” (ibídem, p. 113), dado que “estas funciones coactivas del gobierno (...) son las que están encaminadas a la preservación de un orden de mercado que funcione (…) asegurar el nivel de competencia que exige un eficaz funcionamiento del mercado” (Hayek, F.A., Principios de un orden social liberal, 53, p. 50).

3- Es sorprendente, no obstante, cómo Hayek deja en suspenso su propio principio evolucionista al exigir del poder del Estado la erradicación de los obstáculos y barreras que, tradicionalmente, todas las sociedades humanas, y, específicamente las europeas, habían levantado contra la expansión ilimitada de los mercados. Si bien asegura que las instituciones humanas obedecen a la lógica de la selección natural, no se pregunta por qué las sociedades históricas habían introducido esos impedimentos al libre desenvolvimiento de las fuerzas propiamente mercantiles, ni tampoco por qué esos frenos obtuvieron un refrendo exitoso durante milenios. De esta tarea se hará cargo Karl Polanyi, quien, en "La gran transformación" ya advirtió cómo fue precisamente el desarrollo espontáneo de la vida comunitaria lo que condujo secularmente a regular y encerrar en límites la natural potencia expansiva de la riqueza y las fuerzas productivas.

lunes, 12 de agosto de 2024

Totalitarismo sin Estado.
Borja Lucena

Es sabido que el neoliberalismo de Hayek esgrimió, desde su primeras formulaciones, una autojustificación que no carece de plausibilidad: se trataría de describir, comprender y defender los modos en que la sociedad contemporánea, desde sus dinámicas intrínsecas de auto-organización, puede habilitar defensas efectivas contra el abuso de poder ejercido por los Estados y, en última instancia, contra el perfeccionamiento definitivo de este dominio tal y como cristalizó en los totalitarismos estalinista o nacionalsocialista.

De acuerdo con la propuesta hayekiana, sólo el mecanismo de la competencia, tal y como se plasma en la mecánica del libre mercado, es capaz de poner coto a la expansión totalitaria del poder y, por esta razón, la vida íntegra de una sociedad libre debería adoptar la forma de un mercado, sin importar de qué subsistema social se trate en cada caso: ya se trate del ámbito estricto de las decisiones económicas, ya de los sistemas de previsión social (como los seguros sociales, el subsidio de desempleo o la asistencia sanitaria), ya de aquellos asuntos comunes que exigen la toma de decisiones políticas, sólo la existencia de un marco de competencia libre como el existente en el mercado puede garantizar que el poder estatal no se expanda hasta colmar sus ambiciones inevitables de ocuparlo y controlarlo todo.

Lo llamativo del desarrollo de esta propuesta es que, procurando escapar a la dialéctica de la expansión estatal totalitaria, Hayek se ve empujado a aceptar, si no los medios, si los objetivos últimos que agitaron con frecuencia a los movimientos totalitarios. Por decirlo con otras palabras: si bien Hayek aborrece de la ampliación ilimitada del poder estatal, parece bendecir los fines a los que esta ampliación servía. Detesta, por ejemplo, que el Estado pueda decidir acerca de la vida y la muerte, pero sólo para asumir que sean los mecanismos "ciegos" del mercado los que lo hagan. En este sentido, la firme oposición hayekiana al totalitarismo nazi no le exime de defender, en última instancia, una concepción de la sociedad gobernada por valores irresistiblemente similares. ¿No se resuelven en lo mismo los ideales de eficacia y provecho económico que los de pureza biológica y selección de la raza? ¿No suponen ambas propuestas la misma obsesión por devolver las comunidades humanas al gobierno exclusivo de las fuerzas y "leyes", incontestables, de la naturaleza? Cuando Hayek dice "mercado", efectivamente, debemos entender que está diciendo "naturaleza", y aquí radica la clave de un posible hermanamiento con aquello que pretende aborrecer.

Estas líneas viene a cuento por la lectura de la propuesta que realiza Hayek en torno a la asistencia sanitaria "gratuita" en la utopía neoliberal que él propugna, y que, en muchos rasgos identificables, viene a ser algo así como un totalitarismo sin Estado, un totalitarismo sin política, un totalitarismo de la naturaleza-mercado al que sólo le falta apelar a la "muerte compasiva" a la que apelaron los nazis:
"Es posible que la medida parezca incluso cruel, pero beneficiaría al conjunto del género humano si, dentro del sistema de gratuidad [sanitaria], los seres de mayor capacidad productiva fueran atendidos con preferencia, dejándose de lado a los ancianos incurables. Bajo el aludido sistema (de sanidad) estatificado suele suceder que quienes pronto podrían reintegrarse a sus actividades se vean a ello imposibilitados por tener que esperar largo tiempo a causa de hallarse abarrotadas las instalaciones médicas por gentes que ya nunca podrán trabajar" Hayek, F., Los fundamentos de la libertad, p. 404