1- La libertad, de acuerdo con el ideario de Hayek, no es un fenómeno debido al artificio político, sino un producto espontáneo que la naturaleza reserva a la iniciativa humana siempre que el hombre sea capaz de reincorporarse al imperio de sus leyes; sólo en esta restitución “no estamos sujetos a la voluntad de otro hombre [como en el caso de las normas de origen político] y, por lo tanto, somos libres” (Camino de servidumbre, p. 204). En efecto, el modelo de ley propugnado por Hayek procura replicar al de la ley natural, una norma que carece de voluntad consciente y se resuelve en el automatismo, de manera tal que cada cosa llega a satisfacer su propio orden sin una asignación deliberada de sus elementos de acuerdo con propósitos o intenciones explícitas. Una sociedad humana, de acuerdo con Hayek, no ha de concebirse desde categorías políticas, dado que éstas la dirigen indefectiblemente a la ruina; más bien, al contrario, cualquier agrupación debe ser concebida de modo semejante al de los cuerpos que encuentran una ordenación natural óptima sin la intervención de decisiones o acciones deliberadas de agente alguno: “No podríamos producir jamás un cristal o un complejo orgánico compuesto si tuviéramos que colocar cada molécula individual o átomo en su lugar apropiado (…). Se ordenan ellos mismo en una estructura que poseerá ciertas características” (Ibídem, p. 213). El ideal neoliberal de una sociedad reintegrada al curso natural de las cosas apuesta, en suma, por erradicar todo aquello que interfiera en el libre despliegue de las potencias naturales- únicamente las naturales- que integran la sociedad y, específicamente, anular aquello que obstaculiza y distorsiona el inconsciente y espontáneo flujo de las mercancías, que no es otra cosa que la acción humana.
2- La naturalización de la sociedad es piedra angular del proyecto neoliberal de Hayek. Por esta razón, a pesar de lo que pueda indicar una primera impresión, no existe una correspondencia estricta entre esta figura del neoliberalismo y la distinción tradicional de derecha e izquierda, pues proyecto común a las más diversas tendencias políticas modernas es el de encontrar el modo de restituir lo político y sus instituciones al reino de lo natural. Dando cuenta de su específica potencia, el dominio del neoliberalismo es transversal y opera como sustrato elemental incluso de opciones y tendencias políticas que poseen la certeza subjetiva de estar luchando en su contra. Esto se advierte muy bien en el recorte de la política propugnado por Hayek, que, con diferentes intensidades, comparten hoy en día tanto la derecha como la izquierda hegemónicas.
La burguesía decimonónica ya había descubierto, en ejercicio, que el imperativo de naturalización de las sociedades humanas había de resolverse en la transformación radical de su consistencia, o, por decirlo utilizando el lenguaje de Hannah Arendt: en el violento desplazamiento que conduce de lo político a lo social; Hayek, por su parte, completa el itinerario al descubrir cómo la instauración de lo natural en centro y sentido de las sociedades humanas ha de venir a parar en una estructura de funcionamiento y sentido netamente mercantil, esto es, organizada en torno a las leyes del movimiento incesante de las mercancías. La naturalización de la vida en común sólo puede significar, de acuerdo con esto, la re-ordenación y re-incardinación de toda potencia individual y colectiva en torno a exigencias que emanan del mercado y de su funcionamiento espontáneo. En menoscabo de las utopías bienintencionadas de la izquierda, es preciso confesar que, en este respecto, es Hayek quien lleva la razón: la naturalización plena de la vida humana en común sólo es perfectamente realizable, en condiciones modernas, bajo la forma del mercado, verdadera potencia natural cuya instalación en el seno del mundo compartido disgrega, rompe, disuelve el artificio residente en instituciones y prácticas realmente políticas. Todo lo sólido se desvanece en el aire.




