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domingo, 26 de noviembre de 2023

Fascismo y democracia.
Slavoj Žižek


 «Si la democracia apuesta a integrar la lucha antagónica dentro del espacio institucional diferenciado, convirtiéndola en un combate regulado, el fascismo procede en sentido opuesto. En su manera de actuar, el fascismo lleva al extremo la lógica del antagonismo (planteando una “lucha a muerte” con sus enemigos y alegando siempre —si no implementándola— una cuota de amenaza extrainstitucional de violencia, de presión popular directa que se salta los complejos canales institucionales y legales), mientras que, respecto de su objetivo político, postula justamente lo contrario, un cuerpo social jerárquico sumamente ordenado (por lo que no nos sorprende que el fascismo suela recurrir a metáforas orgánicas y corporativas). [...] La democracia asume la lucha antagónica como su objetivo, mientras que en su manera de proceder es regulada y sistemática; el fascismo, por el contrario, pretende imponer por meta una armonía jerárquicamente estructurada a la que se llega tras un enfrentamiento sin riendas».

Slavoj Žižek, Contra la tentación populista


jueves, 25 de febrero de 2021

La política según Jacques Rancière.
Óscar Sánchez Vega

a) Introducción.

Jacques Rancière publica El desacuerdo en 1996 y esta será la referencia fundamental de las siguientes líneas. El objetivo de Rancière, que hago mío, es reflexionar sobre la naturaleza de la política. La tesis básica del autor es la anunciada en el título del libro: la política es desacuerdo, litigio. En los siguientes apartados intentaré trazar el hilo argumental sigue el autor, pero antes, como siempre, es muy conveniente responder a la pregunta: ¿contra quién piensa Rancière? ¿qué concepción de la política combate?

En primer lugar, Rancière piensa contra cierta concepción socialista de la política según la cual la política tiene que ver ante todo con la asignación de recursos a unos u otros. A menudo se ha supuesto que la política es un medio para que los recursos producidos por la sociedad se distribuyan de la forma más justa posible. Por consiguiente, la política sería una especie de acuerdo entre los distintos grupos sociales para producir y repartir bienes. De este modo la política se confunde con la Administración.

En segundo lugar, Rancière piensa contra el liberalismo político que sostiene que la política no tiene que ver con la administración de los recursos sino con el ejercicio de los derechos y libertades. Los recursos se distribuyen de manera natural, dicen los liberales, una vez asegurados ciertos derechos, el de la propiedad fundamentalmente, a través del trabajo y el libre intercambio de mercancías. El problema de la política, desde esta perspectiva, consiste en decidir cuáles son los derechos o libertades que todos debieran respetar y hasta dónde puede ir el poder estatal en contra o a favor de esos derechos y de esas libertades.

Distanciándose de los primeros y los segundos, Rancière afirma que la política no tiene que ver con la administración de los recursos ni con los derechos y libertades, sino que tiene que ver con las partes de una sociedad. Cuando hay una parte en la sociedad que no es reconocida como parte y actúa y habla para demandar reconocimiento, entonces, surge la política. Esta, por tanto, aparece siempre como una especie de fractura en el orden social establecido. Dada una división de las partes que ya está instaurada, reconocida e incluso consensuada, la política siempre viene a romper con esta estructura dada, a poner de manifiesto una fractura y a plantear una reestructuración. Veámoslo con más detalle.

b) El comienzo de la política.

Tomemos como punto de punto de partida de nuestra reflexión un conocido fragmento de la Política de Aristóteles:
“Sólo el hombre, entre todos los animales, posee la palabra. La voz es, sin duda, el medio de indicar el dolor y el placer. Por ello es dada a los otros animales. Su naturaleza llega únicamente hasta allí: poseen el sentimiento del dolor y del placer y pueden señalárselo unos a otros. Pero la palabra está presente para manifestar lo útil y lo nocivo y, en consecuencia, lo justo y lo injusto. Esto es lo propio de los hombres con respecto a los otros animales: el hombre es el único que posee el sentimiento del bien y del mal, de lo justo y lo injusto. Ahora bien, es la comunidad de estas cosas la que hace la familia y la ciudad.” (Aristóteles, Política, 1, 1253 a 9-18.)
Los sofistas fueron los primeros en afirmar la íntima conexión entre el lenguaje y la política, pero ellos, como les reprocha Platón en el libro VI de la La República, se limitan a utilizar la voz -no la palabra- para calmar o excitar, según convenga, al “gran animal” que es el pueblo. Por el contrario, Aristóteles destaca en este texto la importancia del logos: la voz sirve para mostrar lo que agrada y lo que no, pero la palabra es algo más, algo que sobrepasa el ámbito del placer y apunta a la Justicia, por eso “el hombre es el único que posee el sentimiento del bien y del mal, de lo justo y lo injusto.” Sin embargo, no está nada claro qué tipo de “sentimiento” es este del que habla Aristóteles y qué cosa es la Justicia.

El mismo Aristóteles había definido la justicia como una virtud que consiste dar a cada uno lo suyo; también se ha propuesto entender la justicia como reparación de los perjuicios que unos hacen a otros o como el equilibrio entre los intereses de los individuos que forman la sociedad. Pero, según Rancière, estas concepciones de la justicia son del todo insuficientes y hasta inadecuadas porque todas ellas presuponen la existencia de una comunidad política en cuyo seno cabe decidir lo que corresponde a cada ciudadano y lo que pudiera ocasionarle un perjuicio o agravio comparativo, pero es justo esto lo que está en juego. ¿Cómo se instituye una comunidad política? Porque, como bien vio Hobbes, solo cabe hablar de justicia o injusticia en el marco de una comunidad política y esta solo se constituye como tal si impera cierta igualdad entre sus miembros. ¿Qué tipo de igualdad debiera imperar entre los ciudadanos de una polis? Este es el problema de la filosofía política en su origen. Platón reprocha a la democracia ateniense fundarse sobre la igualdad aritmética, la de los mercaderes, según la cual cada parte vale lo mismo. Pero, según Platón, la auténtica Justicia no se levanta sobre la igualdad aritmética sino sobre una igualdad geométrica, la de los aristócratas, según la cual cada parte recibe conforme a su valor. Sin embargo Platón, a juicio de Rancière, no ha terminado de comprender que la política rompe con ambos órdenes porque ni la igualdad aritmética ni la geométrica están en el origen de la democracia:
“La política comienza por una distorsión capital: el suspenso que la libertad vacía del pueblo instituye entre el orden aritmético y el orden geométrico. No es la utilidad común la que puede fundar la comunidad política, como así tampoco el enfrentamiento y la armonización de los intereses. La distorsión por la cual hay política no es ninguna culpa que exija reparación. Es la introducción de una inconmensurabilidad en el corazón de la distribución de los cuerpos parlantes. Esta inconmensurabilidad no rompe solamente la igualdad de las ganancias y las pérdidas. También arruina por anticipado el proyecto de la ciudad ordenada según la proporción del cosmos, fundada sobre la arkhé de la comunidad.” (Rancière, 1996: 34).
La democracia no consiste en dar lo mismo a cada parte de la sociedad y tampoco en dar a cada parte según su valor sino más bien en poner en cuestión qué partes son contables y cuál es el principio de contabilidad. Pero no se trata solo de democracia sino de la política misma. La justicia política es, para Rancière, el orden que determina la distribución de lo común, es la elección de la medida misma según la cual cada parte solo toma lo que le corresponde antes que el mero equilibrio de los intereses particulares o la reparación de los perjuicios que unos individuos causan a otros.
“Para que la comunidad política sea más que un contrato entre personas que intercambian bienes o servicios, es preciso que la igualdad que reina en ella sea radicalmente diferente a aquella según la cual se intercambian las mercancías y se reparan los perjuicios” (Rancière, 1996: 18).
El litigio que funda la política introduce una inconmensurabilidad en el orden aceptado de la distribución social. Dicha inconmensurabilidad se deriva de que un sector de la comunidad no tiene parte propia. Ni el demos ateniense, ni los plebeyos romanos, ni los burgueses de la Revolución Francesa, ni los proletarios o las mujeres de las luchas sociales del siglo XIX eran sujetos reconocidos e identificados como "parte" de la comunidad de su tiempo. Esto se manifiesta en la ausencia de canales de participación, que están en manos de los sectores reconocidos. La política existe cuando el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no tienen parte. Tal institución toma la forma de un partido político:
“Hay política cuando hay una parte de los que no tienen parte, una parte o un partido de los pobres. No hay política simplemente porque los pobres se opongan a los ricos.” (Rancière, 19996: 25)
Esta es la “ecuación imposible” de la democracia. Una parte de la sociedad, el demos, reclama ser el todo (la patria), pero tal anhelo es imposible porque la totalidad siempre acaba por fracasar, siempre habrá un sobrante, una parte que falta que pasa a representar lo universal concreto. Sieyès y Laclau con distintos términos vienen a decir lo mismo. Sieyès, en ¿Qué es el Tercer Estado?, cuando reclama para el pueblo llano la representación de toda la nación y Laclau, en La razón populista, cuando sostiene que el pueblo se constituye como tal cuando una parte, la plebe, reclama ser el todo, el populus.
“Lo que no tiene parte -los pobres antiguos, el tercer estado o el proletariado moderno- no puede, en efecto, tener otra parte que la nada o el todo. Pero también es a través de la existencia de esta parte de los sin parte, de esa nada que es todo, que la comunidad existe como comunidad política, es decir dividida por un litigio fundamental, por un litigio que se refiere a la cuenta de sus partes antes incluso de referirse a sus "derechos". El pueblo no es una clase entre otras. Es la clase de la distorsión que perjudica a la comunidad y la instituye como "comunidad" de lo justo y de lo injusto.” (Rancière, 1996: 23)
c) Política y policía.

Rancière denuncia que usamos el término “política” para designar dos cosas muy diferentes: por un lado una técnica de gobierno y por otro una forma de constitución de un cuerpo político. Esta ambigüedad está ya presente en el origen de la Filosofía política en Aristóteles cuando dice en Política (1279a 25 y ss) que tiene intención de contar las distintas formas de constitución (politeiai): “Ya que constitución (politeia) y gobierno (politeuma) significan lo mismo y que el gobierno es la autoridad suprema del Estado…” Tal parece que Aristóteles es consciente de una dificultad y quiere suturar una escisión entre lo que, posteriormente, Negri denominará el poder constituyente (politeia) y el poder constituido (politeuma), pero la síntesis resultante es frágil y la brecha se abrirá una y otra vez a lo largo de la historia de la Filosofía política, por ejemplo cuando Rousseau distingue entre el poder ejecutivo del gobierno y la soberanía del pueblo o cuando Schmitt separa la legalidad de la legitimidad. No resulta exagerado decir que el problema de la posible articulación o no de estos momentos es el problema fundamental de la política democrática.

Por un lado, la sociedad está formada por personas se organizan en grupos y que cumplen funciones muy distintas. Las relaciones que mantienen entre ellas también son muy diferentes. Para que este entramado funcione es preciso que las distintas partes de la sociedad cumplan la función que tienen encomendada y que la relación entre ellas sea todo lo armoniosa que fuera posible: que los jueces sentencien con rigor, que la policía sea diligente, que los mercaderes sean honrados, laboriosos los trabajadores, etc. La lógica que rige todo este sistema de relaciones es lo que Rancière llama “policía” o lógica policial, que naturalmente va bastante más allá del significado habitual del término. Por ejemplo, todo lo que atañe a las instituciones, las dinámicas que rigen la convivencia, las cuestiones de la ciudadanía, su representación, participación, etc, son cuestiones policiales. La finalidad de la “policía” consiste en constituir un sistema ordenado de diferencias, donde cada parte tenga su lugar y donde el antagonismo y el conflicto se superen o disuelvan.
“La policía es primeramente un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea; es un orden de lo visible y lo decible que hace que tal actividad sea visible y que tal otra no lo sea, que tal palabra sea entendida como perteneciente al discurso y tal otra al ruido” (Rancière 1996: 44).
Es importante destacar que para Rancière “policía” no es un término valorativo o despectivo, sino que tiene un sentido neutro. Como bien vio Foucault, sería ingenuo caracterizar a la policía como un mero aparato coactivo; la policía era ya en los siglos XVII y XVIII una “técnica de gobierno” cuya principal función no es reprimir. La policía no es tanto un "disciplinamiento" de los cuerpos como una regla de su aparecer, una organización de las ocupaciones y los espacios en los que estos se distribuyen.

La política propiamente dicha, ya lo sabemos, es otra cosa. La política es romper la baraja, es la suspensión de la armonía propia de la policía, es impugnar el espacio donde las partes están definidas, es cambiar el lugar de asignación de los cuerpos. Surge cuando los que no tienen parte exigen ser tomados en consideración y tratados como iguales, como ciudadanos con plenos derechos. Mientras que la lógica policial es “la distribución desigualitaria de los cuerpos sociales”, la lógica política proclama “la capacidad igual de los seres parlantes”.
“Si la política es algo, es por una capacidad completamente singular que, antes de la existencia del demos, es simplemente inimaginable: la igual capacidad de mandar y ser mandado.” (Rancière, 1996: 95)
La política es por tanto el proceso de la igualdad entre seres parlantes. Este acto requiere dos movimientos complementarios: hacer visible y dar nombre. La instauración de la política supone siempre un acto de ruptura, un acto en el que lo invisible se manifiesta y se hace visible y en el que los sin nombre se dan un nombre y hablan. No se trata de incorporar nuevos interlocutores a una conversación interrumpida en un escenario previamente delimitado, sino de la irrupción de nuevos sujetos con un nuevo lenguaje en un escenario inédito, ya que el sujeto, el lenguaje y el escenario se instauran al mismo tiempo y por el mismo acto.

Política y Policía son, dos formas de ser-juntos, dos lógicas sociales: una lógica que cuenta las partes como meras partes y otra lógica que suspende la armonía entre las partes por la mera constatación de la igualdad entre los seres parlantes. El buen funcionamiento de una sociedad exige división y desigualdad, pero la política es ciega ante esto: exige igualdad. Por eso la política choca con la policía, porque la política es siempre “puesta en litigio”: lógica policial vs lógica igualitaria, esta es la esencia del conflicto político.
“La actividad política es siempre un modo de manifestación que deshace las divisiones sensibles del orden policial mediante la puesta en acto de un supuesto que por principio es heterogéneo, el de una parte de los que no tienen parte, la que, en última instancia, manifiesta en sí misma la pura contingencia del orden, la igualdad de cualquier ser parlante con cualquier otro ser parlante. Hay política cuando hay un lugar y unas formas para el encuentro entre dos procesos heterogéneos.” (Rancière, 1996: 45).
d) La filosofía política como negación de la política: de la arquipolítica a la metapolítica.

Platón supo ver en el desacuerdo la esencia de la política y por eso la identificó con el mal, el desorden y la injusticia. Platón, como sabemos, rechaza la democracia y en el Estado Ideal instituye la Justicia como no-distorsión, como armonía, es decir, el filósofo ateniense trata de alcanzar la esencia de la política contra la política, contra el litigio y la distorsión inherente a la política. En Platón la politeia es el “régimen de lo Mismo”, es decir, la identidad entre política y policía.

La filosofía política nace porque la identidad se perdió con la democracia, de tal modo que, como ha subrayado Arendt, toda la filosofía política se levanta contra la política. Podemos, siguiendo a Rancière, distinguir tres variantes en la historia de la filosofía política: la arquipolítica, la parapolítica y la metapolítica.

La arquipolítica empieza con Platón y consiste en crear una comunidad cerrada, en un espacio homogéneo, sin ningún vacío, donde sea imposible un acto político propiamente dicho. Se trata, en primer lugar de suprimir la distorsión, de encontrar un modo en que la armonía y el orden geométrico puedan plasmarse en un régimen político: “La arquipolítica es la realización integral de la physis en nomos.” Por ello la ciudad platónica no es política. La ciudad platónica suprime la familia porque ella es la familia, no es una comunidad política porque no hay política al margen de la pasión por la igualdad.

Con Aristóteles surge una nueva filosofía política: la parapolítica. La parapolítica consiste en la transformación de la distorsión propia de la política en un problema de distribución de bienes y funciones que puede ser abordado desde el dispositivo policial. La parapolítica aspira a ser la “política” propia de un régimen “normal”, honrado, que ha superado veleidades revolucionarias. El telos de la parapolítica es encauzar el conflicto e instaurar reglas de juego aceptadas por todas las partes. Se trata de hacer compatible el mandato platónico del gobierno de los mejores con el ideal democrático según el cual “todos son iguales por naturaleza”. En la ciudad aristotélica una “parte” se impone, pero la unidad se mantiene por medio de una ficción: la Constitución o el Bien común. Pero las partes de la sociedad todavía se mantienen en Aristóteles, partes que serán abolidas por la filosofía política moderna con el objetivo de facilitar la instauración de un Bien común que sea aceptado por todos. En cualquier caso, la filosofía política moderna que va de Hobbes a Tocqueville, pasando por Rousseau, se mantiene fiel a los parámetros fijados por Aristóteles, es decir, sigue siendo parapolítica.

La metapolítica (la tercera figura de la “política de los filósofos”) es lo contrario a la arquipolítica. Afirma la distorsión absoluta, el exceso de distorsión: el antagonismo lo domina todo. Es sin duda Marx quien, muy en particular en La cuestión judía, da la formulación canónica de la interpretación metapolítica: lo real es la lucha de clases mientras que la política es mentira y apariencia. Todo lo que habitualmente se denomina “política” es una farsa que tiene como objetivo ocultar la realidad social del antagonismo entre las clases.
“La verdad de la política es la manifestación de su falsedad. Es la separación de toda nominación y toda inscripción políticas con respecto a las realidades que las sostienen.” (Rancière, 1996: 107).
La metapolítica es la ciencia que revela la falsedad de la política y reduce su campo a lo social. Curiosamente la metapolítica, que nace como revitalización del impulso democrático coincide aquí, en la reducción de lo político a lo social, con la lógica policial. Por ello el concepto clave de la metapolítica es el de ideología. Este es el concepto que anula toda la política. Todo lo que antaño había correspondido a la política se toma por “ideológico”, esto es por engaño, mentira o ilusión.

Pero la metapolítica tampoco tampoco entraña una correcta comprensión de la política porque esta es una esfera que no puede reducirse a lo social. El objetivo de la política democrática es hacer posible el “aparecer” del pueblo. No se trata entonces de denunciar como fantasías los derechos, sino de apropiárselos. La estrategia política, por parte de los obreros o las feministas en el s XIX no fue denunciar como ficciones los derechos humanos o la condición de ciudadano, sino denunciar que no se cumplen, que no se aplican, que de hecho no somos todos iguales como proclama la ley.

e) Democracia y posdemocracia.

Si, desalentados por el fracaso de la filosofía política, pasamos del plano de la teoría a la práctica el panorama tampoco es más esperanzador porque tampoco aquí encontramos el objeto de nuestra reflexión: la política. Y no la encontramos porque, en sentido estricto, no vivimos en una democracia y como hemos visto la única política merecedora de tal nombre es la política democrática.

La victoria final de las democracias formales frente a los regímenes totalitarios paradójicamente trae consigo una manifiesta desafección de buena parte de la población hacia las instituciones y las formas de representación democráticas. Tal parece que la democracia muere de éxito cuando alcanza una victoria definitiva frente a otras formas de organización política (o formas de organización policial, en los términos de Rancière) y es casi unánimemente aclamada como la mejor forma de gobierno. La democracia consensual que impera en nuestros días no es democracia, sostiene Rancière, porque democracia y consenso son conceptos antagónicos. Estamos en la época de la posdemocracia.

La posdemocracia es la política del consenso que borra o anula el litigio democrático y lo sustituye por el juego de dispositivos estatales y la armonización de los intereses sociales. El consenso presupone que las partes ya están dadas y la comunidad constituida. Para el sistema consensual el todo es el todo y las partes las partes. No puede tolerar que una parte, la de los que no tienen parte, se autoproclame todo, o sea, pueblo.
“(la posdemocracia) es la desaparición del dispositivo de la apariencia, de la cuenta errónea y del litigio abiertos por el nombre de pueblo y el vacío de su libertad. Es, en suma, la desaparición de la política.” (Rancière, 1996: 130).
La posdemocracia es el liberalismo más el Estado derecho que garantiza los derechos fundamentales y el progreso económico. A cambio de cierto bienestar el pueblo renuncia al kratos (poder) En la posdemocracia ya no hay litigio sino problemas que tienen solución si son bien planteados. No hay aparecer del pueblo y no hay cuenta errónea.

El neoliberalismo imperante toma del caduco marxismo el desprecio a la política y la fe en la necesidad objetiva. Aquí no se trata ya de la necesidad histórica, claro está, sino de una necesidad objetiva que se identifica con las coacciones y los caprichos del mercado mundial. La política pasa a ser la gestión del “casi nada” del capital (0,5 del PIB aquí o allá), por lo que el acontecimiento político más importante de la legislatura es la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado.

Por otra parte, el alejamiento de la política es visto desde el poder consensual como rechazo del totalitarismo y la utopía. Pero la utopía de la posdemocracia es un mundo purgado de sus “identidades excedentes”: proletarios, judíos, negros o mujeres. Es necesario atender a un doble movimiento del sistema consensual: por un lado reducen al individuo a una parte más de la comunidad: profesores, pensionistas, autónomos, etc; por otro lo universalizan: todos somos personas y merecemos igual consideración. Son dos caras de la misma moneda. Todo ello es la muerte de la política: el hombre desnudo no es un animal político.

A pesar de todo, para que el sistema se tenga en pie, para que la farsa pueda seguir representándose, es preciso encontrar un sustituto para el pueblo, es preciso encontrar un sujeto al que representar, pero ya no estamos ante un auténtico sujeto político, se trata de una realidad simulada, un pueblo virtual: la opinión pública. Este nuevo sujeto soberano es idéntico a la suma de sus partes:
“La suma de sus opiniones es igual a la suma de las partes que lo constituyen. Su cuenta es siempre pareja y sin resto. Y este pueblo absolutamente igual a sí mismo también puede descomponerse siempre en su real: sus categorías socioprofesionales y sus clases de edad. Desde ese momento, nada puede suceder con el nombre de pueblo, como no sea el balance de las opiniones y los intereses de sus partes exactamente enumerables.” (Rancière, 1996: 133).
Pero la democracia, como llevamos repitiendo, es otra cosa: la democracia es ante todo el nombre de un “dispositivo de subjetivación” que se activa contra el orden policial. Este “dispositivo de subjetivación”, como vimos en anteriores apartados, ha de cumplir tres condiciones:

Primera. La apariencia de un pueblo. Pero apariencia no como lo contrario a real; se trata de un irrumpir: el pueblo irrumpe en el discurso político.

Segunda: El pueblo son la parte de los sin parte, son los incontados, es un colectivo que rompe con las identificaciones en términos de partes del Estado.

Tercera: El pueblo surge como litigio. La democracia siempre es polémica, nace y vive en oposición a la lógica policial que niega el trato igualitario entre seres parlantes.

Las formas de la democracia no son otra cosa que las formas de manifestación de ese dispositivo ternario. Las instituciones democráticas son cauces para el litigio, no son superfluas (contra lo que afirman los filósofos de la metapolítica), pero no se identifican sin más con la democracia (contra lo que afirman los políticos de la posdemocracia). Despojadas del contenido polémico, las instituciones democráticas no son nada, cáscaras vacías. Y la comunidad política existe en la medida que irrumpe una lógica igualitaria en el seno de una comunidad policial, cosa que no ocurre a menudo. Por ello la política, en su especificidad, es rara. Siempre es local y ocasional.
“La política existe cuando el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no tienen parte. Esta institución es el todo de la política como forma específica de vínculo. La misma define lo común de la comunidad como comunidad política, es decir, dividida, fundada sobre una distorsión que escapa a la aritmética de los intercambios y las reparaciones. Al margen de esta institución no hay política. No hay más que el orden de la dominación o el desorden de la revuelta” (Rancière, 1996: 25)

jueves, 13 de septiembre de 2018

Castoriadis; pensar la imaginación.
Óscar Sánchez Vega


Cornelius Castoriadis (1922-1997) nace en Estambul y se forma en Atenas; siendo muy joven milita en en las juventudes comunistas griegas y participa en la resistencia contra los nazis. En 1944 emigra a Francia donde continua sus estudios de filosofía y funda, junto con Claude Lefort, la revista Socialismo o Barbarie, una revista fundamental de pensamiento crítico dentro de la tradición de la izquierda europea. En la década de los 40 y 50 Castoriadis se interesa especialmente por el funcionamiento de los sistemas de opresión: el capitalismo y el totalitarismo. Lo hace, en esta época, desde un marxismo heterodoxo, siempre marcado por un fuerte componente libertario, del que progresivamente se va alejando. A partir de los años 60 abandona definitivamente el marxismo, se acerca al psicoanálisis y va vertebrando un pensamiento propio, articulado en torno a los conceptos de creación, imaginación y autonomía, que cristalizará en su obra más importante: La institución imaginaria de la sociedad (1975).

Recientemente, en mayo de 2018, se ha reeditado el tomo V de Encrucijadas del laberinto, Hecho y por Hacer. Pensar la imaginación (1998), el último libro que Castoriadis tuvo ocasión de revisar en vida. Aprovecho esta ocasión  no tanto para hacer una reseña de este libro, porque una cosa me ha llevado a otra, sino de la propuesta filosófica de Castoriadis. Pero acaso estas palabras son excesivamente pretenciosas porque es muy difícil resumir en unas pocas líneas un pensamiento complejo que abarca multitud de temas que, en apariencia, tienen poco que ver entre sí: filosofía, sociología, economía, ética, biología, política, psicoanálisis, etc. En cualquier caso... vamos a intentarlo.

I Homo imaginans.

El punto clave en la ruptura de Castoriadis con el marxismo es la negación no solo del determinismo histórico sino de cualquier tipo de determinismo integral. Los intentos de “explicar” los cambios sociales apelando a leyes históricas, biológicas o económicas han fracasado estrepitosamente. Existen en la experiencia de la humanidad millares de sociedades, de instituciones, que son irreductibles, no pueden “explicarse” desde ningún tipo de determinismo. Colectivos humanos que se enfrentan a los mismos problemas, en espacios cercanos y con semejante capacidad técnica, sin embargo, han dado respuestas, instituciones, muy diferentes. Ante los mismos retos el “imaginario social” (dioses, normas, valores, modos de vivir, de educar a los niños, etc) de, por ejemplo, dos sociedades primitivas próximas es radicalmente diferente. ¿Cómo es posible?

Los antropólogos e historiadores suelen buscar las razones de las instituciones sociales en los ámbitos económico y tecnológico porque entienden que lo que es fundamental en la sociedad contemporánea también debe serlo en cualquier otra, pero esta es una extrapolación ilegítima. Por ejemplo, no entenderemos nada si nos empeñáramos en comprender las diferencias entre la Florencia del siglo XIV y la Roma del siglo I apelando a la técnica o la economía. El “imaginario social” de estas sociedades no es un efecto de estas causas, u otras que estén por determinar, sino más bien el a priori que da sentido a la vida de las personas que vivieron en aquellas sociedades.

Al examinar la historia Castoriadis encuentra que hay dos elementos que siempre aparecen entretejidos. Por un lado están las “consecuciones causales”, es decir, conductas humanas racionales que son comprensibles en términos de fines y medios: ¿qué medios debo emplear para alcanzar el fin X? Pero este es solo un aspecto de la vida humana que debe completarse con la “dimensión imaginaria”, que es la que plantea los fines u objetivos de la vida humana, porque la razón no puede fijar estos fines. ¿Qué es más racional perseguir el bienestar material o la salvación del alma? ¿Por qué este fin y no otro? ¿Por qué los egipcios invirtieron ingentes esfuerzos en la construcción de pirámides o los europeos del siglo XIII en la construcción de catedrales en lugar de mejorar la vida de las personas? Respuesta: porque es lo que daba sentido a su vida. No hay una respuesta objetiva exterior al imaginario social. La cuestión del sentido está siempre dada desde determinadas coordenadas imaginarias. Existe una creatividad en el imaginario colectivo que es lo que Castoriadis llama “imaginario instituyente” que crea instituciones y genera los significados y el sentido.

Este imaginario instituyente es algo diferente a la suma de invenciones o representaciones de los individuos que componen la sociedad por la sencilla razón que el individuo ya es, él mismo, una construcción social. Eso que llamamos “persona” es el resultado de una base psicológica subyacente -psique- que es sometida a un proceso de socialización. La psique es, básicamente, el inconsciente freudiano, pero un inconsciente que no se reduce a un manojo de pulsiones, pues estas, aunque nos condicionan, no son específicamente humanas, son la parte animal del hombre. Además las pulsiones, o sea, los instintos animales, tienen un marcado carácter funcional (adaptativo), en cambio “en el humano, el flujo espontáneo de la imaginación, en lo que tiene de específicamente humano, se separa de la finalidad biológica”1 El ser humano es radicalmente inepto para la vida. Tampoco el inconsciente es, como dice Lacan, lenguaje, porque el lenguaje no está dado de antemano, ni es una donación del ser (Heidegger). Castoriadis dice que “el lenguaje es la creación espontánea de un colectivo humano. Lo mismo vale para todas las instituciones primordiales sin las cuales no hay vida social y por tanto tampoco seres humanos”2

La psique humana es básicamente “imaginación radical”, es un flujo constante de representaciones, deseos y afectos, como se muestra, por ejemplo, en los sueños. Este flujo es indeterminado, no está sometido a la causalidad, puede estar motivado por esto u aquello, pero no causado en sentido estricto. Esto vale tanto para un sueño vulgar como para una invención extraordinaria. La psique empieza en el recién nacido bajo la modalidad de “mónada psíquica”, es decir, como un mundo encerrado en sí mismo regido por el principio del placer. Esta psique aún no es racional, antes de ser homo sapiens somos homo imaginans: la psique produce representaciones, busca el placer y en él encuentra el sentido. Una psique tal no podría sobrevivir porque no es funcional. Es la sociedad la que impone a la psique la socialización y le impone lo que Freud llamó el principio de realidad, el reconocimiento de que existe una realidad exterior que no se somete a nuestros deseos, que el placer no siempre puede ser inmediato y que el otro existe y debe ser tomado en consideración. Pero la primera dimensión de la psique nunca se pierde del todo, hay una parte de nosotros que se resiste a la socialización.

El individuo, repito, no es la psique, es una creación de la sociedad que moldea o trabaja sobre una psique, es decir, un individuo no es simplemente un flujo de representaciones, afecto y deseos (psique) sino alguien que encarna las instituciones de la sociedad. La institución social, empezando por el lenguaje, existe en cada uno de nosotros. Por eso la vida humana tiene una dimensión, la social, que es irreductible porque no puede derivarse de la biología, la química o la física.
“Sociedad y psique son a la vez irreductibles entre sí y realmente inseparables. La sociedad como tal no puede producir almas, esa idea no tiene sentido; pero una asamblea de almas tampoco produciría una sociedad. En cambio una asamblea de individuos sí puede producir una sociedad (los peregrinos del Myflowwer, por ejemplo) porque esos individuos ya están socializados.”3

En resumen: por un lado una imaginación singular que procede de una psique creadora y por otro un imaginario instituyente de carácter social. La creación es el nexo común de la totalidad del mundo humano.

II Ser y Creación.

Castoriadis nos invita a pensar el ser de un modo diferente a la “filosofía heredada”. Acostumbramos a pensar el ser como un conjunto de objetos con ciertas propiedades que sometidos a determinación, vinculados unos con otros según ciertas relaciones. Pero esta es una desafortunada imagen. El ser, dice Castoriadis, es creación, un “flujo incesante” de todo tipo de estructuras o determinaciones. “El ser en general es creación. El imaginario y la imaginación son el modo de ser que esa vis formandi del ser en general toma de ese retoño del ser/ente global que es la humanidad”4

La creación no es un fenómeno u acontecimiento derivado que pueda ser reducido a ciertas causas que la determinan; en sentido estricto la creación es ex nihilo. Entonces, ¿Castoriadis afirma que el mundo es un Caos y no hay determinación? No, porque el ser es irreductible a una serie de determinaciones sistemáticas, pero, a la vez, presenta cierta organización y es en cierto modo previsible. El ser no está determinado, pero no es caótico. De él surgen nuevas determinaciones, estructuras que no pueden derivarse de lo que allí había antes.
“La idea de creación se opone al postulado de un determinismo integral y exhaustivo. No significa de ninguna manera -todo lo contrario- que no hay determinaciones locales o sectoriales. En un sentido más general el determinismo local está implicado por la idea de creación; ya que esta creación no es creación de no importa qué, sino cada vez, creación de una forma, un eidos determinado, que debe persistir en la existencia como tal.”5

En todos los dominios del ser hay una dimensión determinada y otra indeterminada. La parte del determinismo responde a lo que Castoriadis denomina “lógica conjuntista-identitaria” que no es otra cosa que la lógica que se rige por los principios de identidad, contradicción y tercero excluido. Esta dimensión lógica está presente en todas partes, tanto en la psique como en la sociedad, en lo viviente o en el ser físico: ciertas causas generan ciertos efectos, dos más dos igual a cuatro, una cabra no es un oveja, etc. Esto es así de manera necesaria, no es invención, ni creación, sino que responde a una dimensión de lo real. Pero también existe una dimensión imaginaria: la dimensión “magmática”. En el ser hay un exceso que no puede reducirse a lo que Castoriadis denomina lógica conjuntivista-identitaria. Por ejemplo, la lógica no puede dar cuenta del significado y origen de un sueño o de una fuga de Bach; lo cual no significa que tanto en el sueño como en la melodía haya elementos, lógicos, racionales, calculables, pero la dimensión que impera en ellos es la imaginaria. El magma de Castoriadis recuerda a lo Real lacaniano, en ambos casos la lógica cumple un papel fundamental en su delimitación: el magma es justo aquello que la lógica no puede señalar, lo que no puede ser representado.

En resumen, el ser es a la vez caos y cosmos, tiene una dimensión identitaria que nos permite vivir y pensar, anticiparnos a lo que va a ocurrir y otra magmática que, por así decir, plantea continuamente los axiomas a partir de los cuales la deducción lógica es posible.

III Capitalismo y autonomía.

El mundo contemporáneo, como todos, se levanta sobre ciertos imaginarios que, a menudo, no son reconocidos como tales. Por ejemplo, la idea de progreso asociada a la racionalización, es decir, la idea que el mundo es calculable, predecible, mensurable, etc. ¿Cómo nace esta idea? Es un proceso complejo en el que intervienen diversos factores, pero podemos señalar la importante contribución de dos fuentes filosóficas: Descartes y Leibniz ponen las bases de este proyecto imaginario que es el capitalismo. En Descartes encontramos la idea del hombre como señor de la Naturaleza y que el objetivo del conocimiento es dominar la naturaleza. Leibniz aporta el cálculo. Según el filósofo alemán, Dios creo el mundo calculando por lo que todo cuanto hay puede ser formulado en el lenguaje lógico-matemático. El mundo moderno supone el triunfo de esta lógica conjuntivista-identitaria. Pero Castoriadis destaca lo que de irreal e imaginario hay en este proyecto: en realidad no podemos controlar y dominar la naturaleza, ni siquiera podemos conocernos a nosotros mismos como revela el psicoanálisis. Así pues, los presupuestos imaginarios o fines del mundo capitalista son arbitrarios, no podemos justificarlos de manera racional: ¿Por qué el fin de la vida humana va a ser aumentar indefinidamente la producción y el consumo o el dominio racional sobre el mundo? No es una buena respuesta decir que el objetivo es satisfacer las necesidades humanas porque esas necesidades son en gran medida producidas, creadas por la sociedad capitalista. Es preciso que el sistema siga girando, que no se pare nunca.

Pero el mundo moderno no es solo capitalismo. El capitalismo por sí solo no hubiera producido la “dimensión liberal”. Esta dimensión liberal no se infiere del capitalismo como podemos comprobar en el “capitalismo con valores asiáticos”. El espíritu capitalista es más bien el propio de una fábrica o una plantación de esclavos. Allí no hay libertad. La libertad en el mundo moderno, afirma Castoriadis, es el residuo de procesos históricos que tuvieron lugar mucho antes. En Grecia nace un “proyecto de autonomía” que resurge en los tiempos modernos: en el Renacimiento con las polis del norte de Italia, en el siglo XVII con la filosofía y ciencia modernas cuando luchan contra los criterios de autoridad, etc. En definitiva este proyecto de autonomía ejerce una resistencia al espíritu capitalista y es la razón por la que la sociedad contemporánea no es totalmente una fabrica, no está completamente alienada.

Para entender la propuesta política de Castoriadis (próximo apartado) conviene precisar esta idea. La noción de autonomía que maneja Castoriadis tiene nexos en común con la noción kantiana y también importantes diferencias. Al igual que Kant, Castoriadis concibe la autonomía como ejercicio de la libertad crítica y autorreflexiva: ser o devenir autónomo no es dar satisfacción a todos los deseos, ni comportarse de manera espontánea, sino más bien al contrario: darse a uno mismo la ley, es decir, ejercer la autolimitación, tomar en consideración los derechos del otro, en contra incluso de las propias inclinaciones. “Entendemos por autonomía la capacidad -de una sociedad o un individuo- de actuar deliberada y explícitamente para modificar su Ley, es decir su forma”6. Pero al contrario que el filósofo de Königsberg, Castoriadis inserta la autonomía en el proceso de socialización. El proyecto de autonomía es una tarea colectiva que nace en Grecia contra la monopolización del poder político, trata de transformar las instituciones de la sociedad y exige constantemente dar cuenta a los demás de los propios actos. “Tenemos aquí un ser -la sociedad de la polis griega y algunas sociedades europeas- que cuestiona en forma explícita y pone en tela de juicio las leyes de su propia existencia”7

Tal y como yo lo veo, lo que Castoriadis denomina “autonomía” es lo que los politólogos contemporáneos llaman “empoderamiento”. Somos autónomos en la medida en que no recibimos pasivamente la Ley del Otro, cuando participamos activamente en la vida política y promovemos procesos que permitan a las personas empoderarse, esto es, acceder a los recursos, materiales y simbólicos, necesarios para emanciparse y hacerse dueños de la propia vida.

En resumen, la autonomía individual y social, al contrario de lo que afirman los liberales, se exigen recíprocamente. Una sociedad autónoma es aquella que sabe que sus leyes son su propia creación (no vienen de los dioses ni son exigencias del mercado) y que pueden ser modificadas; una sociedad tal requiere individuos autónomos que piensen por sí mismos, con capacidad para reflexionar y deliberar.

IV La filosofía como política.

La filosofía no es un saber meramente especulativo, la filosofía es un hacer que actúa sobre la sociedad cambiando significados o representaciones colectivas. Esta labor creativa es posible porque la filosofía, como tantas veces se ha señalado, no da nada por sentado; porque la filosofía no acepta lo que está establecido por el mero hecho de ser lo que hay. La filosofía es la libertad de pensar, de crear nuevos sentidos y significados, por ello la verdadera filosofía no puede patrocinar una sociedad tiránica o totalitaria porque la libertad no ha de ser solo libertad de pensar. Desde la filosofía solo se puede apostar por aquellas las instituciones que generan autonomía, o sea, las instituciones democráticas. “El movimiento democrático y la búsqueda de interrogación filosóficas son cuestionamiento de las instituciones sociales existentes (se trate de leyes en sentido estricto o la constitución de representaciones humanas)”.8 Es por tanto la filosofía una parte del proyecto de autonomía. Una sociedad autónoma precisa, como hemos señalado, de individuos autónomos. Una democracia exige, como afirmaba Aristóteles, ciudadanos capaces de gobernar y ser gobernados. Una persona puede gobernar si es capaz de reflexionar y decidir con otros y puede ser gobernada si se autolimita y acepta los derechos del otro. Por ello...
"Política es aquello que crea instituciones que tras ser interiorizadas por los individuos, les facilitan el mejor acceso a la autonomía individual y la posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad. (...) La autonomía es, ipso facto, autolimitación... Esta autolimitación puede ser más y otra cosa que simple exhortación si se encarna en la creación de individuos libres y responsables."9

El hombre contemporáneo, naturalmente, no es el ciudadano demócrata del que habla Castoriadis y los regímenes actuales en realidad no son democracias sino “oligarquías liberales”. Las instituciones del capitalismo generan heteronomía porque no alientan la participación real de los ciudadanos en la vida pública; en buena medida porque apenas hay nada que decidir, las decisiones más importantes las toman los expertos o son impuestas por los mercados. Tampoco desde el Estado se promociona una educación pública de calidad para que la democracia sea posible, o sea, para que el demos pueda ejercer de manera responsable el cratos. Pues sin reflexión, responsabilidad y participación en la vida pública somos esclavos antes que ciudadanos.
“El capitalismo parece haber logrado fabricar al fin el tipo de individuo que le corresponde: uno perpetuamente distraído y haciendo zapping de un goce a otro, sin memoria ni proyecto, listo para responder a todos los requerimientos de una maquinaria económica que destruye cada vez más la biosfera planetaria para producir ilusiones denominadas mercancías.”10

La democracia es el objetivo político que propone la verdadera filosofía porque la democracia no es un régimen político más, es el régimen humano por excelencia, aquel que corresponde a un colectivo que aspira a desarrollar plenamente sus capacidades políticas. Lo cual, naturalmente, no quiere decir que la democracia solucione todos los problemas; más bien al contrario, la democracia es trágica porque trágica es nuestra condición. No hay una salvación asegurada, no hay reglas fijas y sí una constante incertidumbre en relación a las cuestiones más esenciales.
“La democracia exige que los seres humanos acepten en su comportamiento real algo que en realidad casi nunca quisieron aceptar (y que en el fondo de nosotros mismos nunca terminaremos de aceptar), esto es, que son mortales. A partir del insuperable -y casi imposible- convencimiento de nuestra propia mortalidad y la de todo lo que hacemos, podemos vivir como seres autónomos, ver a los demás como seres autónomos y hacer posible una sociedad autónoma”11

Pero, a pesar de todo, la democracia, o sea la sociedad autónoma, es la única que da respuesta al anhelo de libertad (no dominación, en el sentido republicano) presente en toda la humanidad. El fin de una sociedad autónoma es la liberación de las instancias creadoras del ser humano, pero ni los regímenes totalitarios del siglo XX ni las oligarquías liberales han alcanzado este objetivo porque, sencillamente, no son sociedades autónomas en el sentido que plantea Castoriadis: “una sociedad autónoma es aquella que se autoinstituye explícita y lúcidamente”12, es decir, una sociedad que imagina lo que es y lo que quiere ser siendo consciente de lo que está haciendo. Todo lo contrario a someterse dócilmente a los dictados de los mercados y los poderes económicos internacionales. Es necesario desarrollar un imaginario de la autonomía asentado en nuevas subjetividades reflexivas y deliberantes, frente a las subjetividades impuestas por el neoliberalismo.
“Llegamos así al nudo gordiano de la cuestión política hoy. Una sociedad autónoma solo puede instaurarse mediante la actividad autónoma de la colectividad. Una actividad semejante presupone hombres que invistan con fuerza algo más que la posibilidad de comprar un nuevo televisor en color. Y de manera más profunda todavía presupone que la pasión por la democracia, la libertad y los asuntos comunes a todos, ocupe el lugar de de la distracción, el cinismo, el conformismo y la loca carrera por el consumo. (...)  Es cierto que nada de esto parece corresponderse con las aspiraciones del hombre contemporáneo. Incluso hay que decir algo más: los pueblos son cómplices activos de la evolución en curso. ¿Quién puede decir que seguirán siéndolo indefinidamente?  Pero algo es seguro: no va a ser corriendo detrás de lo que que "se usa" y "se dice", ni emasculando lo que pensamos y queremos, como vamos a aumentar nuestras posibilidades de libertad. No es lo que existe sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros"13


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1 Hecho y por Hacer. Pensar la imaginación (2018), pag 189
2 Ibíd pag 322
3 Ibíd Pag 324
4 Ibíd, pag 125
5 Ibíd, pag 261
6 Ibíd, pag 254.
7 Ibíd, pag 253
8 Ibíd, pag 253
9 Ibíd, pag 89
10 Ibíd, pag 105
11 Ibíd, pag 255
12 Ibíd pag 98
13 Ibíd, pag 107

jueves, 19 de febrero de 2015

La democracia agonística.
Óscar Sánchez Vega

El modelo liberal concibe la política como una competición entre élites -en términos de Schumpeter- que defienden determinados intereses pero están de acuerdo en lo fundamental; de tal manera que lo que se dirime en unas elecciones es bien poca cosa (puedes elegir entre Coca-cola o Pepsi-cola), pues incluso los intereses corporativos que defienden unos y otros deben armonizarse e integrarse, a largo plazo, dentro de un marco institucional incuestionable. Actualmente, con la crisis de los Estados-nación, lo que se decide es aún menos, pues la política económica depende de instituciones supranacionales que no están sometidas al control democrático. Frente a este modelo podemos oponer la fórmula schmittiana que concibe la política como un enfrentamiento entre amigo y enemigo. No hay aquí espacio para consenso alguno. Más allá de los medios empleados -la guerra o el debate parlamentario- el objetivo es el mismo: aniquilar al enemigo. La política surge cuando, en virtud de los antagonismos que atraviesan la sociedad, nos reconocemos como un “nosotros” que se constituye, naturalmente, frente a un “ellos”. Estos son los dos extremos que operan hoy en día en la vida política: o enemigos o competidores. Si adoptamos una perspectiva liberal entendemos la confrontación política casi como una pantomima en la que no se dirime nada fundamental; si adoptamos una perspectiva schmittiana como un campo de batalla eterno e inclemente.

Chantal Mouffe propone un modelo intermedio: el modelo agonístico (de agon: contienda, disputa). Sostiene, con Schmitt, que los antagonismos sobre los que se levanta la vida política son irreconciliables, pero ello no nos debería llevar a tratar al otro como un enemigo al que es lícito privar de su vida o dignidad humana. Plantea Mouffe lo que denomina un “consenso conflictivo” que asegura, al menos, que el otro sea reconocido como adversario legítimo y no como enemigo. De este modo nos comprometemos a garantizar sus derechos fundamentales aunque, por otra parte, renunciamos a alcanzar un consenso con él, pues sabemos de antemano que nuestras posiciones son irreconciliables. La diferencia con el planteamiento de Schmitt es la siguiente: el “adversario” de Mouffe comparte con “nosotros” los principios ético-políticos sobre los que descansa la democracia -libertad, igualdad, derechos humanos…- pero los interpreta y aplica de forma muy diferente; en cambio el “enemigo” -el yihadista, el neonazi…- se sitúa fuera del espacio agonístico y no acepta los principios ético-políticos comunes; él es nuestro antagonista, por lo que no reconocemos su derecho a defender su posición dentro del marco democrático. El objetivo de la democracia es que el conflicto adopte una forma agonística, no antagónica. Ni enemigos ni competidores: adversarios. Esta es la fórmula de un modelo agonístico de la política.  

jueves, 26 de junio de 2014

Podemos; bases teóricas y filosóficas.
Óscar Sánchez Vega

Los brillantes resultados obtenidos por Podemos en las últimas elecciones al Parlamento Europeo son, pienso, el acontecimiento político más relevante acontecido en España después del 15M. El nuevo partido, como todos, debe valorarse, fundamentalmente, por su programa político. Podemos ha formulado una serie de propuestas que, como es natural, no ha tenido oportunidad de llevar a cabo. Como todos, tengo mi opinión sobre ellas: algunas me parecen muy atinadas y soy más escéptico sobre la posibilidad y efectividad de otras. Pero no es este el tema de estas líneas. Me propongo comentar, de manera un tanto desordenada y superficial me temo, algunas referencias filosóficas que en unos casos intuyo y, otras veces, son abiertamente reconocidas como trasfondo teórico de las propuestas y el programa político de Podemos.

La nueva formación, entre otras cosas, tiene el mérito de cambiar la base teórica del discurso de la izquierda política. Hace tiempo que las categorías de “comunista” e incluso “socialista” han dejado de movilizar las conciencias y, especialmente, las pasiones de los electores. Sin embargo es preciso una bandera, un icono bajo el cual presentarse al conjunto de los ciudadanos. Además si, como sostiene Pablo Iglesias, la política es lucha y confrontación, lo menos que podemos saber es cómo se denominan los bandos combatientes. Durante muchos años la noción de “izquierda” fue la clave de esta lucha: nosotros somos “la izquierda” y ellos, aunque no lo digan, aunque no lo reconozcan, son la “derecha” o, mejor aún, la “derechona”. Ahora llega Pablo Iglesias y tiene la osadía de decir que, aunque él se considera de izquierda, ser de izquierda o no es irrelevante porque la confrontación política significativa no es la izquierda contra la derecha. La clave es la defensa de la democracia ante el acoso de la oligarquía antidemócrata. Para el votante tradicional de izquierda la nueva dicotomía es confusa y precisa de una explicación, pues durante años todos eran demócratas: los populares se dicen demócratas y hasta muchos partidos neonazis llevan la “D” de “demócrata” en sus siglas. Así pues: ¿qué significa “ser demócrata”? Iglesias sostiene que ser demócrata no es, como dicen muchos,  respetar las pautas de la democracia procedimental o ejercer la virtud cívica de la tolerancia, tampoco es defender la vigencia y la aplicación de la Constitución o la Declaración Universal de los Derechos Humanos u oponerse a toda forma de totalitarismo. No. Ser demócrata es otra cosa. Ser demócrata es ser defensor del demos, estar al lado de los oprimidos en la lucha que desde tiempos inmemoriales se libra entre “los de abajo” y “los de arriba”. Iglesias cambia los términos pero permanece fiel al clásico esquema marxista: la lucha de clases como motor de la historia. Por eso la Guerra Civil o la Revolución del 34 son mostradas como  acontecimientos democráticos, en la medida en que las clases populares se hacen con el poder: “los avances del siglo XX están directamente vinculados con el cambio del bando del miedo” i afirma Iglesias, en la misma línea que Lenin  -en El Estado y la Revolución- cuando caracteriza la dictadura del proletariado como "la organización de la vanguardia de los oprimidos en clase dominante para aplastar a los opresores", o cuando dice: "la democracia es una forma de Estado, una de las variedades del Estado. Y, consiguientemente representa, como todo Estado, la aplicación sistemática y organizada de la violencia entre los hombres". No hay lugar en este discurso para el consenso socialdemócrata.

En la línea de Maquiavelo, Lenin o Carl Schmitt, Iglesias defiende un decisionismo contrario al formalismo democrático, es decir, afirma que por encima de las estructuras jurídicas está el poder del soberano (el Príncipe, el Fühler o el Partido Comunista). El derecho -y la Constitución- no es más que la racionalización de la voluntad de los vencedores, la ficción que precisan los poderosos para hacer legítima su autoridad sobre el pueblo. Cambiar el Estado, por tanto, no es posible mediante una mera reforma legislativa; el cambio real exige un cambio de la élite hegemónica, exige, en definitiva, vencer al enemigo. Según Carl Schmitt la esencia de lo político consiste precisamente en la posibilidad de distinguir entre amigo y enemigo. La hostilidad entre ambos no se manifiesta en la esfera privada sino en la pública: es posible mantener relaciones educadas y hasta afectuosas con el enemigo y, sin embargo, desarrollar en antagonismo político más intenso hasta el extremo de la guerra. La posibilidad de la guerra no debe no puede ser cancelada, según el jurista nacionalsocialista alemán, pues en ella reside la esencia de lo político que, como hemos dicho, consiste en la diferenciación entre amigo y enemigo. La guerra no es como sostenía Clausewitz la extensión de la política por otros medios sino mas bien el presupuesto presente siempre en toda acción política. El fenómeno político, por tanto, solo se dará en la medida en que se agrupen amigos frente a enemigos. Los dirigentes de Podemos asumen este análisis y se proclaman amigos del demos y enemigos de la casta.

Un demos que no es concebido como pueblo, masa o muchedumbre; es concebido más bien, siguiendo a Negri, como multitud. Spinoza es quien por primera vez da al concepto de multitud un uso filosófico para distinguirlo de la noción de pueblo o muchedumbre promovida por Hobbes. La diferencia fundamental es que el pueblo, tanto en Hobbes como en Rousseau, hace referencia al conjunto de súbditos o ciudadanos unificados por una voluntad común. La multitud, en cambio, -en palabras de Hardt y Negri, en el Prefacio de Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio (2005)- está compuesta por innumerables diferencias internas que nunca podrán ser reducidas a una unidad o una única identidad. La multitud es una multiplicidad: diferentes culturas, razas, etnias, géneros y orientaciones sexuales; diferentes formas de trabajo; diferentes modos de vivir; diferentes visiones del mundo; y diferentes deseos.” El demos, pues, es multitud, no es identidad (como el pueblo) o uniforme (como las masas de las que hablaba Ortega). "De modo que el desafío que impone el concepto de multitud es el de una multiplicidad social que tiende a comunicarse y actuar en común, conservando las diferencias internas".

Entre esa multitud que es el demos destaca la penosa situación de los marginados, especialmente la de los inmigrantes “ilegales”, en la sociedades capitalistas avanzadas. Para ilustrar la crueldad y el abandono del que son objeto, por ejemplo, los inmigrantes subsaharianos en los confines de la civilizada Europa, el filósofo italiano Giorgio Agamben -en Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida (1998)- recupera una noción clásica: el homo sacer. El homo sacer es una figura del derecho romano que designa a los seres humanos que no tienen relevancia jurídica alguna, aquellos que,  a pesar de no poder ser sacrificados en una ceremonia religiosa, pueden, sin embargo, ser asesinados con impunidad ya que su vida no tiene valor alguno. Esta figura la rescata Agamben -e Iglesias- para hablar de los parias del siglo XXI: individuos que no son considerados como sujetos políticos sino como mera vida -nuda vida- física. Están vivos, pero para el Estado no existen, es como si ya estuvieran muertos.

La situación de los parados, estudiantes, trabajadores eventuales, pensionistas etc, no es tan desesperada como la de los inmigrantes “ilegales", pero se deteriora día a día. No es esta una mera sensación subjetiva. Recientemente el economista francés Thomas Piketti ha demostrado -en El capital en el siglo XXI, (2014)- que la desigualdad es una tendencia a largo plazo y no ha hecho más que crecer en los últimos 200 años, con el único paréntesis de la revolución keynesiana de las políticas del New Deal contra la Gran Depresión durante los años 30 y el nacimiento del Estado del Bienestar, en la década de los 50 y los 60. La desigualdad es hoy tan enorme que para combatirla, según el economista francés, habría que establecer impuestos confiscatorios (de hasta un 80%) a los más ricos y hacer las pertinentes políticas redistributivas. La alternativa es permitir concentraciones extremas de la riqueza que amenazan la estabilidad de los sistemas democráticos. La sintonía entre el enfoque de Piketti y la propuesta de reforma del sistema fiscal redistributiva del programa de Podemos es palmaria.

La nueva formación no pretende ser un partido político convencional sino una herramienta en manos del demos, de los expulsados por el sistema, ser la voz de los que no la tienen y, por ello, concurre a las elecciones europeas. Pero conviene no confundir el fin con los medios: el fin es irrenunciable, los medios dependen de las circunstancias. El objetivo del demócrata es la emancipación del demos; los medios para alcanzar el fin propuesto pasan, hoy por hoy, por la defensa de las “instituciones democráticas”. Pero la defensa de la democracia procedimental no es una cuestión de principios sino un asunto táctico: dadas las actuales circunstancias que otorgan a la clase dirigente una descomunal superioridad militar y económica, la única arma que les queda a “los de abajo” es utilizar las leyes de Estado en contra del Estado. No cabe otra opción. En relación a este asunto, es interesante destacar que Iglesias no comulga con el antiamericanismo característico de la izquierda española y europea. Reconoce que la tradición norteamericana es más democrática que la europea porque la libre disposición de las armas, tal y como Jefferson la justifica, hace que el poder esté más disperso. Igual ocurre con la elección del scheriff por parte de la gente y no del ejecutivo. La armas han sido en el pasado la garantía material del derecho a la resistencia, pero hoy, en las sociedades capitalistas avanzadas, la lucha armada no es una buena estrategia para “los de abajo”, para los desposeídos de la tierra. La desobediencia civil es una estrategia mejor para combatir en “marcos jurídicos flexibles”.

Lo que llama la atención, como reconoce Iglesias, es que los conceptos clave del nuevo léxico político que la nueva formación promueve: “los de abajo”, “pueblo”, “gente” “democracia” ... son meras herramientas retóricas, son significantes vacíos, no sirven como categorías para analizar nada. La noción de “los de abajo”, por ejemplo, no es una categoría sociológica objetiva, sino una herramienta de comunicación con una fuerte carga emocional que, con la crisis y los casos de corrupción, es bien aceptada porque permite generar identidad: los políticos y banqueros son los de arriba y la gente corriente los de abajo. También es recurrente entre los portavoces de Podemos la constante apelación a “la gente”: hay que consultar con la gente, preguntar a la gente … etc.  (cómo si la clase dirigente no fuera “gente”, cómo si “la gente” fuera un conjunto de personas homogéneo, con intereses comunes y fácilmente identificable). El objetivo de la utilización de estas nociones tan vagas e imprecisas es claramente aglutinar mayorías sociales en torno a demandas conjuntas y proyectos políticos de futuro. Los dirigentes de Podemos se han percatado que las categorías de marxismo ortodoxo (proletariado, lucha de clases, alienación...) han perdido el contenido emocional que permite construir mayorías. Hay en Podemos una voluntad de superar la base sociológica de los tradicionales partidos de izquierda integrando, por ejemplo, a los autónomos, a los jóvenes estudiantes, a los parados (que no se sienten representados por los sindicatos), a los ecologistas, pacifistas, feministas etc. Pero este proyecto ambicioso e integrador genera necesariamente tensiones que la nueva formación deberá afrontar y solventar de alguna manera. Quiero destacar tres.

Podemos defiende el derecho de autodeterminación de los pueblos, entendiendo por tal el (presunto) derecho de Cataluña, el País Vasco o cualquier otra comunidad a separarse de España y constituirse en Estado independiente. Pero, por otro lado, Iglesias reivindica la vieja noción de patriotismo entendida, eso sí, de forma peculiar. El patriotismo de Podemos no tiene nada que ver con el patriotismo constitucional de Habermas y menos aún con un patriotismo etnicista del tipo que promueven los partidos nacionalistas. El patriotismo de Podemos es un arma de defensa frente a la globalización económica, frente al poder de los mercados: el patriotismo consiste en defender a la Nación, que pertenece al demos, de los intereses de los mercados y de la oligarquía financiera internacional. Es el patriotismo del líder del sindicalismo agrícola francés José Bové, por ejemplo. Pero esta concepción del término “patriotismo”, entre los líderes de Podemos, está modulada principalmente por la experiencia revolucionaria en Hispanoamérica. Es la izquierda latinoamericana quien hace bandera de “la Patria” frente al imperialismo yanqui y es esta tradición la que pretenden recuperar para la izquierda española. Aún así, dada la peculiar historia de este país, parece difícil articular políticamente un patriotismo español de izquierdas y más aún hacer compatible este discurso con el apoyo a los movimientos secesionistas.

La segunda tensión consiste en, por un lado, promover el asamblearismo característico de la tradición libertaria y cristalizado en España en el movimiento 15M y, por otra parte, apostar por una política leninista que prime la eficacia y la conquista del poder frente a las estériles disputas dialécticas. A mayor democracia y deliberación, menor eficacia y poder transformador. Iglesias lo dice expresamente: un ejército no puede organizarse democráticamente; sería del todo inoperante. La toma de decisiones políticas, audaces y oportunas, está reñida con el asamblearismo democrático que se deriva de una concepción del demos como multitud. Los líderes de Podemos parecen manejar una calculada ambigüedad ante este dilema: por un lado defienden lo que Gustavo Bueno denomina fundamentalismo democrático, que, básicamente, consiste en la convicción de que los problemas de la democracia se solucionan con más democracia y, consecuentemente, se proclaman herederos del 15M; pero, por otro lado, aplauden y respaldan las políticas de los Estados democráticos hispanoamericanos (Cuba, Venezuela, Bolivia...) cuando toman decisiones autoritarias y contundentes contra sus enemigos ideológicos. Como decía Engels, en 1873, en contra de los anarquistas: “nada hay más autoritario que una revolución (…) el partido triunfante se ve obligado a mantener su dominación por medio del temor que las armas infunden a los reaccionarios”. Así Podemos se debate entre el antiautoritarismo asambleario y el autoritarismo revolucionario.

La tercera tensión deriva de la anterior y es la que se establece entre la vocación revolucionaria y la voluntad de participar en las “instituciones democráticas”. Iglesias, aquí también, parece nadar entre dos aguas y seguir a Lenin en su crítica al anarquismo por un lado y a la socialdemocracia por el otro. Lenin acusa a los anarquistas por su incapacidad para aprovecharse del “establo” del parlamentarismo burgués en situaciones no revolucionarias y a los socialdemócratas por no hacer una crítica revolucionaria al parlamentarismo, el cual no es más que la posibilidad de elegir cada cierto tiempo qué miembros de la clase dominante han de tener el privilegio de oprimir y aplastar al pueblo. Lenin reprocha a los socialdemócratas que hayan renunciado a la revolución y se hayan dejado seducir por el parlamentarismo y propone sustituir el Parlamento burgués por “corporaciones de trabajo” (semejantes a los Círculos de Podemos). Los comunistas, al contrario que los anarquistas, admiten la necesidad de “instituciones representativas” que sustituyan al Parlamento y a los partidos políticos, instituciones parecidas, dice Lenin, a las de la Comuna de Paris de 1871.

Cabría considerar una cuarta tensión pero, a mi modo de ver, esta es una contradicción solo aparente. El nombre del partido -Podemos- hace referencia a la utopía, a la posibilidad de forjar un mundo nuevo, más allá de los límites marcados por los representantes de la realpolitik. Pero el utopismo de Podemos es más una estrategia comercial que una convicción política. Iglesias lo reconoce: de poco sirven las especulaciones cuando se trata de diseñar una sociedad democrática. Lo que cuenta es la experiencia histórica y esta siempre es terrible: “para construir Estados hacen falta dictaduras (...) Es muy difícil que hagas una serie de cambios duraderos si estás sometido a elecciones cada cuatro años. El debate sobre lo que habría que hacer, cómo gobernar todo el rato siguiendo un horizonte emancipatorio, con todos los respetos: no estoy dispuesto a tenerlo porque estos debates solo podemos tenerlos a la luz de la experiencia histórica.” Las criticas de Marx y Lenin al pensamiento utópico son plenamente asumidas por los politólogos de la nueva formación: la mejor política, la política posible, está determinada por las condiciones materiales de la existencia. En el fondo, pienso, los dirigentes de Podemos siempre han sido ortodoxos marxista-leninistas. El éxito del nuevo partido se explica, en parte, por el acierto de cambiar el léxico político y adecuarlo a las nuevas demandas y necesidades del siglo XXI.

i  Todas las citas y opiniones atribuidas a Pablo iglesias están extraídas de esta entrevista: http://castracastro.blogspot.com.es/2013/11/el-hombre-murcielago-tiene-coleta-y.html

sábado, 23 de mayo de 2009

¿Es América segura para la democracia?
Racismo y democracia.
Eduardo Abril Acero

En 1921 el psicólogo americano William McDougal publicó un libro titulado ¿Es América segura para la democracia? (Is America Safe for Democracy). McDougal, mezclando ideas de la antropología, la biología y la psicología de la época y adoptando una explicación racista del origen y declive de las grandes civilizaciones, se preguntaba por las características psicológicas de los americanos a fin de determinar si estaban o no preparados para un modelo democrático de sociedad. McDougal consideraba que una sociedad democrática no podía admitir cualquier tipo psicológico y solamente si estaba constituida por individuos inteligentes y civilizados, que participasen de forma razonable en el Estado, el modelo tenía viabilidad. McDougal no hacía más que añadir a a la vieja idea ilustrada de “república de intelectuales” dos ideas: la primera de carácter racista afirmaba que no todas las razas están igualmente preparadas para la democracia; la segunda, una consideración determinista de la inteligencia humana como una capacidad innata no mejorable mediante la educación.

Aunque pueda parecer que el libro de McDougal no va más allá de lo anecdótico, pues, en los mismos años, otros psicólogos americanos, además de científicos, políticos y filósofos, utilizaban un léxico parecido. Léxico que, pese a que pueda parecer importado del viejo continente, donde también calaría el discurso racista y biologicista, era una evolución propia del pensamiento americano, especialmente de la psicología, y solo después calaría en los discursos de los partidos nacionalistas europeos. Es más, me atrevería a decir que el lenguaje empleado y las motivaciones de los científicos al usarlo, componen un producto típicamente democrático, aunque el juicio de la historia haya relegado su uso al extremismo de ultraderecha. No se trata de algo sorprendente pues las democracias, tanto la americana como la inglesa, habían sido el producto político de unos pocos intelectuales privilegiados que, desde palabras grandilocuentes de libertad y dignidad universal del hombre, establecieron sistemas políticos administrados claramente por élites y con la pretensión de que eso no cambiase. Sin embargo, con el nuevo siglo, la creciente industrialización, la evolución demográfica y la necesidad de una burocracia cada vez más preparada, esto tendía a cambiar: las clases bajas de Inglaterra y Estados Unidos, estaban lejos de asemejarse al ideal ilustrado de ciudadano y constituían una seria amenaza para el statu quo

Parecía imposible que la educación fuese a cambiar esta situación de una forma tan radical. Es en este contexto en el que se ensayó un nuevo discurso, el del “racismo científico”. Se trataba de un discurso que habilitaba a las sociedades democráticas para hacer distinciones y limitar derechos con el fin de controlar grandes grupos de población que no encajaban con el ideal ilustrado de ciudadano. La biología darwinista-mendeliana y la floreciente psicología aplicada, que en tan solo unos pocos años se convertiría en la “niña bonita” de las universidades norteamericanas, aportaron los conceptos necesarios y también los métodos (eugenesia e higiene mental) para que este discurso se volviera terriblemente eficaz. Las ideas de Galton, por ejemplo, calaron profundamente tanto en Estados unidos como en Inglaterra, dando lugar, especialmente en Norteamérica, a ordas de enfervorecidos galtonianos dispuestos a defender la democracia de su extinción a manos de las "razas inferiores". Estaban convencidos del origen genético tanto de la excelencia como de la bajeza moral e intelectual, y por tanto desconfiaban de la educación, proponiendo métodos más radicales. Los test de inteligencia, que unos años antes había diseñado otro psicólogo, Yerkes, para reclutar científicamente a los soldados y poder distinguir, de forma rápida y barata, los sujetos aptos para el ejército, suministraron las herramientas necesarias para distinguir a los buenos de los malos ciudadanos. Según los galtonianos, los resultados de los test del ejército demostraban la irremediable estupidez creciente del pueblo americano y la necesidad de una urgente intervención. Concluían que, si no se quería cometer un suicidio racial de insospechadas consecuencias para los Estados Unidos, era necesario dictar leyes que favorecieran la reproducción de los individuos más capacitados y limitara el de los individuos deficientes, así como la entrada de razas inferiores en Norteamérica.

Otro psicólogo influyente, Henry Goddard, utilizabe el término «morón» para designar a los sujetos con una edad mental menor a 13 y, basándose en las pruebas del ejército, concluía que prácticamente la totalidad de afroamericanos, italianos y sudamericanos podían admitir esta designación. No tomaba en cuenta, eso sí, variables como el nivel de educación o el conocimiento de la lengua, el inglés, que podían alterar el resultado de las pruebas. Goddard concluía en su obra The Kallikak que «el idiota no es nuestro principal problema. Es repugnante, pero no es probable que se reproduzca por sí mismo, así que es el tipo morón el que nos plantea los mayores problemas».Otra palabra acuñada para estos nuevos parias, fue “cacogénico”, palabra que resaltaba el hecho de que estas clases eran portadores de genes malignos y peligrosos para el desarrollo social.  Yerkes hablaba de la poca inteligencia de la raza negra y reclamaba al congreso leyes que garantizasen que la inmigración sólo fuera del tipo “nórdico”.En poco tiempo, el congreso dictó leyes “selectivas” de inmigración, leyes que siguen vigentes hoy en día, y uno por uno, los diferentes Estados desarrollaron de manera activa distintos programas eugenésicos. En 1924, el Congreso aprobó un decreto, que no eliminado hasta 1991, que limitaba el número de inmigrantes basándose en una fórmula establecida en función de la proporción de inmigrantes de cada país llegados a EE.UU. 

Este fue el comienzo de lo que más tarde marcaría el camino tanto de la democracia americana como de las europeas. El país en el que un siglo y medio antes sus fundadores habían empeñado su palabra en la defensa axiomática de que todos los hombres son iguales, asistía ahora a la constatación de que unos lo eran más que otros. Pero, como no podía ser de otra forma, el fundamento para este nuevo discurso ya no eran las ideas tradicionalistas, sino un lenguaje científico incontestable.

El biólogo Charles Davenport, uno de los difusores de Mendel en estados Unidos, fundó en 1910 en Nueva York un laboratorio destinado principalmente al estudio de la herencia humana y la eugenesia. Este laboratorio sería decisivo en el desarrollo de los proyectos eugenéticos en Estados Unidos y su libro Heredity in Relation to Eugenics, fue texto universitario durante muchos años en toda Norteamérica. El proyecto principal de Davenport era limpiar Estados Unidos de los tipos humanos que degradarían la especie en unas pocas generaciones. Partía de la base de que la degradación cultural, moral e intelectual, tenía un fundamento biológico; así lo puso de manifiesto en un estudio en 1929 sobre el cruce de razas en Jamaica.Si antes de la primera guerra mundial ya se hacían vasectomías a deficientes mentales, tras el conflicto, los programas eugenésicos llegaron a su mayor auge. Hacia 1932 se había esterilizado a lo largo de treinta Estados, especialmente en California, a más de doce mil personas. La razón más común para justificar la esterilización era la debilidad mental, pero el rango abarcaba otros problemas como el alcoholismo, la prostitución, las condenas por violación o la degradación moral. Hasta tal punto se había asumido este estado de cosas que Oliver Wendell Holmes, un magistrado progresista afirmaba que «en lugar de esperar a tener que ejecutar a los descendientes de los degenerados por sus crímenes o  dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, sería mejor para todo el mundo que la sociedad evitara que los incapaces perpetuaran su linaje... Tres generaciones de imbéciles son suficientes».

No se puede negar, por tanto, que entre 1910 y 1940 el discurso racista que luego se achacará en exclusiva a los movimientos ultranacionalistas y totalitarios europeos, era común en Estados Unidos, la tierra de la democracia. Fue allí donde se desarrolló el léxico y los argumentos necesarios para dotarlo de potencia dialéctica, convirtiéndolo en una poderosa visión científica del mundo y fue allí donde primeramente se trató de planificar la sociedad atendiendo a criterios biológicos. Aunque este hecho no puede borrar que fue en Alemania donde tomó unas dimensiones monstruosas, pues hacia 1936 las leyes eugenésicas de Hitler, inspiradas en las americanas, habían llevado a la completa esterilización a más de un cuarto de millón de personas. 

Cabe preguntarse por qué fue en Alemania donde el discurso social racista tuvo unas consecuencias tan nefastas. El antisemitismo y muchos otros "anti", no eran una novedad en el viejo continente. Europa llevaba siglos arrastrando discursos de odio. Sin embargo, estos discursos se justificaban generalmente apelando a la religión más que al racismo biologicista. La creciente secularización de la población europea hacía inoperantes los relatos antisemitas de origen religioso, por lo que el discurso científico ocupó con facilidad estas posiciones. Las nuevas palabras permitían hacer lo que ya se hacía, pero más eficazmente. 

No obstante, este rápido crecimiento del discurso científico-racista no explica sus brutales consecuencias. Éstas hay que ir a buscarlas en lo político. No es que los alemanes fueran "genéticamente" más racistas o más cientificistas que los americanos o los ingleses. Ocurrió, más bien, que fue en Alemania donde ese discurso no encontró resistencia alguna para expresarse de la peor manera, debido a la propia estructura política del Reig alemán. En Alemania, gracias al modelo de estado, la aplicación de tales leyes tuvo menos trabas y pudo hacerse de un modo más sistemático, más eficaz. Las autoridades nazis encontraron pocas resistencias a actuar de acuerdo a unas leyes racistas brutales. Y no porque los alemanes aceptasen de mejor grado el racismo biológico, sino más bien porque aceptaron mejor que la ley la dicta el poder y la acata el pueblo. En Estados Unidos la existencia de una burocracia más heterogénea, de distintas administraciones competentes a la hora de dictar leyes,  de distintos tribunales de justicia que unas veces corroboraban las leyes y otras las rechazaban, y en general la atomización del poder entre estados, municipios y administraciones, frenó la aplicación sistemática de la eugenesia y de otras leyes racistas. No ocurrió  lo mismo, por ejemplo, con las leyes de inmigración que, por ser competencia de una única administración, fueron muy efectivas impidiendo la entrada en América de “morones” y “cacogénicos”.

La eugenesia fue abandonada en Estados Unidos tras la guerra, cuando se descubrieron los horrores de los programas nazis en los campos de concentración, y se identificó el discurso racista biologicista con el nacionalismo alemán y en general europeo, el discurso de los perdedores. Pero cabe suponer que si Estados Unidos no hubiera entrado en guerra con Alemania, tales prácticas no hubieran sido satanizadas y rechazadas. El juicio de la historia ha querido que el racismo científico y la eugenesia sea el patrimonio intelectual de los totalitarismos europeos olvidando que fue gestado y aplicado en una sociedad democrática, considerándose como un discurso perfectamente racional y justificable. Es más, estamos tentados a decir que, por ser la democracia un sistema político altamente sensible al discurso científico-racional, es el sistema más expuesto a que los avatares científicos influyan de manera más notable en sus políticas, lo que no ocurre con sistemas políticos más vertidos hacia lo tradicional. Por eso, siguiendo las palabras de Rorty, no hay ninguna razón para que un nazi, por ejemplo, pudiera considerarse a sí mismo un demócrata convencido.