espacio de e-pensamiento

jueves, 6 de septiembre de 2007

Cuius regio, eius religio.
Borja Lucena


Casi atolondrado por el intercambio incesante de argumentos y el derroche de retórica que acompaña a la introducción en el sistema educativo de la asignatura de "Educación para la ciudadanía", creo que es prioritario intentar adivinar qué se esconde bajo la angélica verborrea que trata de promocionar una asignatura de contenido evanescente y líquido -vamos, lo que siempre se ha llamado "una maría"- como la cura de todos los males educativos. Bajo los pesados adornos ideológicos parece descansar una consecuencia inevitable: los alumnos saldrán del instituto sin idea alguna de matemáticas, sin dominio del lenguaje que se extienda más allá del balbuceo, sin conocimientos de arte y filosofía, pero "sintiéndose"-porque se trata de una asignatura planteada en el marco inclasificable y equívoco de los "sentimientos"- "ciudadanos". Muchos han apuntado al carácter doctrinario de la asignatura, pero es importante también subrayar el menoscabo educativo que supone eliminar todo tipo de contenidos y conocimientos en favor del aprendizaje de fórmulas y consejas morales estereotipadas. Me temo que es ya irreversible la transformación de la figura del profesor de filosofía en "párroco de ciudadanía"

Últimamente he llegado a dudar de la auténtica motivación de esta "Educación contra la ciudadanía". La verdad es que me ha llegado a parecer impulsada antes por la simple estupidez que por una voluntad de control y uniformización política que exige derroches intelectuales notables. No obstante, las declaraciones de la mimistra del ramo me han obligado a desdecirme y admitir que esta nueva asignatura se encamina -como tantas cosas en España- a la creación de parroquias y feudos ideológicos. La noticia reveladora ha sido que el Ministerio de Educación ha declarado que los colegios concertados y privados tendrán libertad para "adaptar" el currículum a sus propios supuestos ideológicos; es decir, el ministerio ha reconocido a los colegios católicos el derecho a adoctrinar según su gusto, así como se reserva la potestad de catequizar según la ideología "progresista" en el seno de la escuela pública. La transacción ha sido modélica, ya que a cambio de colaboración y silencio cómplice se otorga a ese sector de católicos acomodaticios y subvencionados -¡ay!, ¡su reino sí es de este mundo!- la facultad de hacer de su capa un sayo en materia educativa Queda dicho que el objeto de la educación no es la transmisión de conocimientos que convierte al súbdito en ciudadano, sino la condena a ser tiranizado por el dogma que el educador, sea éste el estado o un particular, se avenga a imponer.

Como la historia parece cumplir tan a menudo el papel de "maestra de la vida" que muchos clásicos le asignaban, no he podido evitar acordarme del Tratado de paz firmado por las principales potencias europes en 1648. En ese año, al finalizar la gran guerra religiosa que asoló a Europa en el siglo XVII, las potencias firmantes reflejaron la fórmula "Cuius regio, eius religio" como solución al enfrentamiento religioso entre los católicos y las distintas confesiones reformadas. En vez de consagrar el derecho individual a la práctica de cualesquiera creencias o religiones, se establecía que los individuoa serían adscritos forzosamente a la religión practicada mayoritariamente en la región en la que les había tocado en suerte nacer. De hecho, esto significaba que el rey o señor de cada uno dictaminaba cuál era la religión que debía mantener y cuáles las verdades que debía aceptar. En consonancia con ello, y dando muestras de una "memoria histórica" bien loable, el propio gobierno que promociona la reforma educativa se ha retratado -a pesar de los reiterados esfuerzos por transmitir la convicción de que la nueva asignatura "no tiene propósito adoctrinador"- al desempolvar la vieja fórmula que, publicitada por algunos como modo de salvaguardar la libertad religiosa, sirvió para enterrar a los europeos bajo la voluntad omnímoda de sus señores: cuius regio, eius religio.

Desde la modesta posición de profesor condenado a educar contra la ciudadanía sólo me queda escribir estas palabras desesperanzadas: estoy harto de dogmas, de recetillas, de cuentos morales que enseñan el Bien que al poder convenga. Me da igual que la escuela adoctrine en el dogma católico tridentino, el calvinista o la beatería "progresista", porque en todo caso, en vez de promocionar la libertad propia del ciudadano, sólo servirá al propósito de extender la peste de la servidumbre.