Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 5 de febrero de 2021

"Quien enseña sin emancipar embrutece".
Óscar Sánchez Vega

a) El caso Jacotot.

Jacques Rancière publica El maestro ignorante en 1987 y nos presenta un personaje hasta entonces completamente olvidado: Joseph Jacotot (1770-1840) participó en la revolución francesa y fue funcionario de distintas instituciones de la Primera República (artillero, secretario del ministro de la Guerra, diputado, profesor, etc). A comienzos del XIX durante la Restauración monárquica se ve obligado a exiliarse y recala en Países Bajos donde da o pretende dar clases de literatura francesa en la Universidad de Lovaina. El problema con el que se encontró es él no sabía holandés ni flamenco y los alumnos no sabían francés así que mal podía hacer su trabajo.
“Hasta ese momento, había creído lo que creían todos los profesores concienzudos: que la gran tarea del maestro es transmitir sus conocimientos a sus discípulos para elevarlos gradualmente hacia su propia ciencia... en definitiva, sabía que el acto esencial del maestro era explicar...”
Para solventar el problema de comunicación Jacotot acude a una edición bilingüe del libro Las aventuras deTelémaco de François Fénelon con el fin de que sus alumnos aprendan francés y el resultado será sorprendente e inesperado. Rancière lo cuenta de este modo:
“Él no les había dado a sus alumnos ninguna explicación sobre los primeros elementos de la lengua. No les había explicado la ortografía ni las conjugaciones. Habían buscado por su cuenta las palabras francesas que correspondían a las palabras conocidas. Habían aprendido solos a combinarlas para luego construir oraciones francesas: oraciones cuya ortografía y gramática se volvían cada vez más exactas a medida que avanzaba el libro, pero sobre todo oraciones de escritores y en absoluto escolares.”
Jacotot queda sorprendido por el éxito puesto que él no les había enseñado nada a los alumnos, aunque en este caso no es porque el maestro no supiera la materia. Él era especialista en literatura francesa, lo que no sabía era holandés, es decir, no tenía el medio para explicar, para hacer que sus explicaciones llegaran a sus alumnos. Al ver que la experiencia era exitosa Jacotot se aventuró en nuevas experiencias que tenían por objetivo lograr que sus alumnos aprendieran materias que él desconocía por completo porque lo que Jacotot empezaba a sospechar era que es posible aprender sin las explicaciones del maestro. Se dispuso a enseñar pintura y piano, materias en las cuales “su incompetencia era probada” y los resultados fueron alentadores.

b) Crítica al orden explicador.

Ahora ya podemos hablar del “maestro ignorante” porque Jacotot empezó intencionalmente a enseñar cosas que desconocía por completo. Y sus alumnos aprendían... ¿cómo es posible? La extrañeza de Jacotot, que es la nuestra, surge porque estas experiencias separan dos elementos que la modernidad ha considerado indisociables: por un lado el ideal emancipatorio de la la Ilustración, y por el otro el nacimiento de los sistemas nacionales de enseñanza. Se pensaba y se piensa que el modo de emancipar a la humanidad pasa por el acceso a la Cultura en los centros de enseñanza: escuela, instituto, universidad, etc. Pero la “explicación”, que es el recurso pedagógico fundamental que utilizan los maestros en las escuelas, no emancipa sino que atonta o embrutece. Este es el descubrimiento de Jacotot.

Veamos esto con más detalle. El orden explicador es un modelo que establece una relación entre los siguientes elementos:

a) Un individuo que sabe: el profesor.
b) Un contenido o conocimiento que es poseído por el profesor.
c) Unos alumnos que no saben y que solo pueden acceder a parte del conocimiento del profesor a través de la explicación.

Pero la brecha entre profesor y alumnos no puede cerrarse nunca en el seno de este modelo: cuando el alumno comprende algo siempre le falta algo más por saber para llegar a la ciencia del maestro y si algún día llegara a saber tanto como el maestro siempre habrá otros profesores más sabios dispuestos a reproducir el modelo. Sobre la desigualdad fundante entre profesor y alumnos se levanta todo el sistema educativo. Se supone que hay un conocimiento que los alumnos no poseen y que el profesor sí; como este atesora el conocimiento, puede transmitirlo a sus alumnos que de otro modo serían incapaces de apropiarse de él. El orden explicador es ampliamente aceptado porque por un lado satisface la vanidad del presunto superior y por otro exime del esfuerzo que el presunto inferior debería hacer para alcanzar el conocimiento.

Sin embargo Jacotot había descubierto que a medida que el maestro retiraba su inteligencia del escenario pedagógico los alumnos acudían a las fuentes originales alcanzando un aprendizaje superior. ¿Por qué? Cuando el alumno se encuentra directamente con Fénelon o Cervantes se produce un contacto entre dos inteligencias: “Basta con las frases de Fénelon para comprender las frases de Fénelon”, dice Rancière. Cuando un joven lee directamente a un clásico es interpelado por el texto, pero no en calidad de alumno. Se produce un encuentro entre dos seres humanos, dos inteligencias. De este modo los alumnos de Jacotot aprendieron solos y sin maestro explicador.
“Explicar una cosa a alguien, es primero demostrarle que no puede comprenderla por sí mismo. Antes de ser el acto del pedagogo, la explicación es el mito de la pedagogía, la parábola de un mundo dividido en espíritus sabios y espíritus ignorantes, espíritus maduros e inmaduros, capaces e incapaces, inteligentes y estúpidos. La trampa del explicador consiste en este doble gesto inaugural.”
c) La enseñanza universal.

Lo contrario al orden explicador es la “enseñanza universal” o “emancipación intelectual”. En realidad no se trata de dos métodos de aprendizaje, sino de dos usos de la inteligencia. La enseñanza universal existe desde siempre, todos la hemos experimentado miles de veces cada vez que aprendemos algo por nuestra cuenta, sin necesidad de explicaciones. El primer principio de la enseñanza universal es que en necesario aprender alguna cosa y relacionar con ella todo el resto. “se trata en todos los casos de observar, de comparar, de combinar, de hacer y de atender a cómo se ha hecho”. Y siempre evitar la trampa de la incapacidad: “Yo no puedo”, “no entiendo”... No hay nada que comprender, responde el maestro emancipador, todo está en el libro, presta atención. No hay inteligencias superiores o inferiores sino voluntad para prestar atención y paciencia para no precipitarse. El gran impedimento para el aprendizaje es la distracción y la pereza que es el deseo de sustraerse al esfuerzo.

El modelo de la enseñanza universal es el aprendizaje de la lengua materna. El niño aprende por su propia cuenta, sin falta de explicaciones: “observando y reteniendo, repitiendo y comprobando”. Pero cuando ingresa en el sistema educativo parece que ya no puede aprender nada por cuenta propia. Ya no aprende a leer del mismo modo: no puede leer si no entiende las palabras, no entiende las palabras si no conoce las letras, etc. Ingresa en un bucle: nunca más podrá comprender sin las explicaciones oportunas, el niño empieza en suma a embrutecerse.

La tesis de la igualdad de las inteligencias no es un hecho, es una opinión, reconoce Rancière. Pero tampoco las hipótesis científicas lo son y del mismo modo la tesis de la igualdad de las inteligencias busca apoyo en los hechos: “lo que desarrolla (Jacotot) no es una verdad innegable, es una suposición, una aventura de su espíritu que él explica a partir de los hechos que ha observado.”

Los defensores de la desigualdad sostienen que esta es un hecho obvio, que podemos observar por doquier en la Naturaleza. Pero la inteligencia no es un hecho que pueda ser observado. Observamos que unas personas hacen ciertas tareas y otras no ¿Por qué? Porque son más inteligentes, replican ellos. Pero eso no es un hecho, es una suposición. Quizá el incapaz lo es porque no ha prestado la debida atención, responde Rancière. Los niños pequeños hacen todos más o menos las mismas cosas. Por ejemplo, todos aprender a a hablar de manera similar hacia los dos años de edad. Pero seguramente ha debido ser un trabajo agotador. Quizá algunos se vuelvan perezosos: es más fácil que te lo den todo hecho. Algunos se acostumbran a aprender con los ojos de otro.
“El hombre es una voluntad servida por una inteligencia. Quizá basta que las voluntades sean imperiosas de un modo desigual para explicar las diferencias de atención que tal vez bastarían para explicar la diferencia de los resultados intelectuales.”
Una persona emancipada es aquella que cree en la igualdad de las inteligencias y obra en consecuencia. Mientras que el maestro embrutecedor busca reducir una desigualdad, la que separa al sabio y al ignorante, el maestro emancipador busca verificar una igualdad. Se trata de verificar lo que puede una inteligencia cuando se reconoce igual a cualquier otra.

d) Crítica al progresismo.

Cabe adelantarse a un posible malentendido, un error habitual. El orden explicador no es el nombre que Jacotot da a la enseñanza tradicional. La oposición entre explicación y enseñanza universal no es la misma, ni recorre los mismos parámetros que la de enseñanza tradicional vs progresista.

La enseñanza tradicional se caracteriza, entre otras cosas, en que es rígida, memorística y autoritaria. Por el contrario la enseñanza progresista es flexible, dinámica, no autoritaria, etc. Pero el método progresista no es la enseñanza universal:
“Entendámoslo bien, y, para eso deshagámonos de imágenes conocidas. El embrutecedor no es el viejo maestro obtuso que atiborra el cráneo de sus alumnos con conocimientos indigestos... Por el contrario, es mucho más eficaz en la medida que es sabio, iluminado y actúa de buena fe... el niño que balbucea bajo amenazas de golpes obedece a la férula y punto; aplicará su inteligencia a otra cosa. Pero el pequeño explicado, en cambio, invertirá su inteligencia en este trabajo de duelo: comprender, es decir, comprender que no comprende si no le explican. Ya no se somete a la férula, sino a la jerarquía del mundo de las inteligencias.”
Por ello los nuevos métodos pedagógicos progresistas no emancipan:
“Todo perfeccionamiento en la manera de hacer comprender, la gran preocupación de metodistas y progresistas, es un progreso en el embrutecimiento.”
El niño pronto aprende que si no encuentra la solución de un problema es porque no lo comprende, porque no se lo han explicado bien o porque su inteligencia no está preparada: “un explicador progresista es, en primer lugar, un explicador, es decir, un defensor de la desigualdad.” El paciente maestro habrá de ponerse a la altura del alumno, elaborar una nueva explicación que el niño pueda comprender sin esfuerzo. Así, poco a poco, los niños se van atontando, van asumiendo su condición de inferioridad porque en el fondo... ¡es tan cómodo sentirse inferior!

Por tanto, los nuevos método de enseñanza progresistas potencian el embrutecimiento y son más difíciles de combatir precisamente porque nacen de la buena voluntad. El nuevo atontamiento es aun más peligroso que el anterior porque nos sume más profundamente en el círculo de la desigualdad que anteriormente, en la etapa de la educación tradicional, era vista con cierta distancia e ironía.

Los progresistas afirman que la educación es un medio para la igualdad. Sin embrago Rancière sostiene que la enseñanza reglada esta sometida a la lógica de la desigualdad, que el hiato entre el que sabe y el que no sabe es insalvable desde la lógica del orden explicador. El enfoque de la enseñanza universal es el contrario: la igualdad de las inteligencias es el punto de partida, el proceso de aprendizaje consistirá básicamente en verificar el trabajo de la inteligencia.
“El Progreso es la ficción pedagógica erigida en ficción de toda la sociedad. El corazón de la ficción pedagógica es la representación de la desigualdad como retraso, la inferioridad no es más que un retraso que se constata para ponerse enseguida a colmarlo. (…) Jamás el alumno alcanzará al maestro ni el pueblo a la élite ilustrada, pero la esperanza de alcanzarlos les hará avanzar por buen camino, el de las explicaciones perfeccionadas.”
e) El maestro emancipador.

Otro posible malentendido atañe a la función del maestro. La recusación, por parte de Jacotot-Rancière, de la figura del maestro explicador no debe ser generalizada; no todo acto del maestro es un acto embrutecedor. Es posible salir de la lógica de la explicación, de ese particular sistema de relaciones que hemos comentado.

El maestro emancipador dirige y verifica el trabajo de los alumnos, ellos aprenden solos si hacen el esfuerzo necesario, pero tal esfuerzo debe ser cotejado. El maestro ignorante comprueba que el trabajo de la inteligencia se lleva a cabo con rigor y atención, es un compañero de viaje intelectual que marca la pauta a través de un proceso de interrogación permanente. El alumno debe dar cuenta de lo que hace. ¿Cómo? La materialidad del libro, por ejemplo, puede ser el puente entre dos inteligencias iguales, la instancia que permite la verificación del aprendizaje.

Se trata de separar las dos facultades que se ponen en juego en el acto de aprender: la inteligencia y la voluntad. El maestro ignorante retira su inteligencia de la escena, pero no su voluntad.
“Existe embrutecimiento allí donde una inteligencia está subordinada a otra inteligencia. El hombre -y el niño en particular- puede necesitar un maestro cuando su voluntad no es lo bastante fuerte para ponerlo y mantenerlo en su trayecto. Pero esta sujeción es puramente de voluntad a voluntad. Y se vuelve embrutecedora cuando vincula una inteligencia con otra inteligencia.”
En la experiencia de Jacotot el alumno está vinculado a una voluntad, la del maestro, y a una inteligencia, la del libro, completamente distintas. El maestro emancipador no duda en imponer su voluntad a la del alumno cuando es necesario, lo que hace es retirar su inteligencia para que el alumno pueda enfrentarse de igual a igual a otras inteligencias. Se rompe de este modo la lógica pedagógica que separa al sabio y al ignorante.

Sorprendentemente, o quizá no tanto, la figura del maestro emancipador se parece más a la del maestro tradicional que a la del maestro progresista. Su tarea no consiste en allanar las dificultades para que el alumno pueda comprender. Su interés más bien es azuzar la voluntad del alumno para que asuma la tarea de medirse de igual a igual con otra inteligencia. Su tarea final es verificar que el encuentro ha tenido lugar, que el alumno sabe, por ejemplo, lo que el escritor ha publicado y es capaz de relacionar ese saber con otros conocimientos.

f) Instrucción vs emancipación

Decíamos más arriba que es preciso disociar dos factores que habitualmente aparecen ligados para entender la propuesta de Jacotot-Rancière: la emancipación intelectual y el sistema de enseñanza pública. Cualquier método pedagógico que predomine en la escuela, tradicional o progresista, asume, de un modo u otro la premisa de la “jerarquía de capacidades” que es opuesta a la “enseñanza universal”; porque, recordemos, solo hay emancipación cuando aprendemos por nosotros mismos, cuando nos medimos con otra inteligencia de igual a igual. Por ello:
“El perfeccionamiento de la instrucción es así, en primer lugar, el perfeccionamiento de las bridas.”
Así pues, la emancipación, generalmente, no acontece en la escuela. Puede ocurrir ocasionalmente si un alumno topa con un maestro no explicador, pero no es lo habitual. En cualquier caso la escuela es un escenario perfectamente prescindible y hasta contraproducente porque toda enseñanza reglada e instituida embrutece.
“Solamente existe una manera de emancipar. Y nunca ningún partido ni ningún Gobierno, ninguna escuela, ni ninguna institución emancipará a persona alguna”
Aún así Rancière no es un soñador utópico: la vida en sociedad entraña la división del trabajo y el reparto de roles y para el perfecto engranaje de esta maquinaria social es necesario un sistema de enseñanza que se encargue de la instrucción de los niños y jóvenes. Pero emancipar es otra cosa...
“Su problema (el de Jacotot) era la emancipación: que cada hombre del pueblo pueda conseguir su dignidad de hombre, medir su capacidad intelectual y decidir sobre su uso. Los amigos de la Instrucción aseguraban que ésta era la condición para una verdadera libertad. Jacotot no veía qué libertad podía resultar para el pueblo de los deberes que imponían sus instructores. Por el contrario, percibía en todo el asunto una nueva forma de embrutecimiento. Quien enseña sin emancipar embrutece.”
En realidad son pocos los maestros que emancipan porque la función de la escuela no es emancipar sino instruir. Jacotot lo sabía y consiguientemente su llamada no era preferentemente para los maestros sino para los padres de las familias trabajadoras. Ellos son los que están en mejor disposición para emancipar. Pueden pedirle a su hijo, que lea un libro, que busque información, interrogarle sobre lo que ha hecho y comprobar en el libro si el niño se ha hecho su trabajo. El libro, desde esta perspectiva, deja de ser una instancia disciplinante y pasa a ser el lugar donde se verifica el principio de la igualdad de las inteligencias. Es la base material que permite articular la reciprocidad que es principio de la emancipación.

g) El círculo de la desigualdad.

Lo le interesa a Rancière es que las consecuencias de un método u otro tienen consecuencias políticas. La emancipación intelectual se basa en una opinión, no un hecho: la igualdad de las inteligencias. El método de la explicación se basa en otra opinión: la desigualdad de las inteligencias. ¿Qué opinión es la verdadera? Lo único que podemos verificar con certeza son los hechos, no las opiniones, pero lo que Jacotot sugiere es que si adoptamos la opinión de la igualdad de las inteligencias se generan prácticas educativas exitosas.
“Nuestro problema no consiste en probar que todas inteligencias son iguales. Nuestro problema consiste en ver qué ser puede hacer bajo esta suposición.”
Pero esta no es una oposición meramente pedagógica. Rancière plantea dos ideas de igualdad antagónicas que atraviesan la educación y otros ámbitos de la vida social y política. Por un lado el orden explicador-embrutecedor y por el otro el emancipador. El objetivo del orden explicador es reducir la distancia entre profesor y alumnos, sabios e ignorantes, capaces e incapaces, etc. Como este orden trasciende el sistema educativo Rancière habla de nuestro mundo como una “sociedad pedagogizada”, es decir, una sociedad donde rigen las relaciones de desigualdad entre superiores e inferiores. Esta es la perversa lógica del orden explicador: su objetivo declarado es reducir la desigualdad, pero la reproduce constantemente. Se genera lo que Rancière llama “el círculo de la desigualdad”: todo individuo que se cree superior va a encontrar siempre otro que lo considere menos y todo inferior va a encontrar un otro más inferior al que menospreciar. Así el intelectual se cree superior al obrero, este se cree superior al campesino, este a su mujer, la mujer a la vecina, etc.

Este sentimiento de superioridad no tiene porqué traducirse en una actitud despótica hacia los inferiores. Muchas veces ocurre lo contrario: “el señorito instruido quizá se sentirá conmovido por la ignorancia del pueblo y querrá bajar a su instrucción.” Si da las explicaciones oportunas habrá mitigado su ignorancia, habrá reducido la brecha y de paso habrá lavado su propia conciencia... pero ya hemos visto que ese camino conduce a un callejón sin salida.

Lo que le interesa a Rancière, y no desarrolla en esta obra, es que si rompemos con el orden explicador y hacemos nuestra la tesis de la igualdad de las inteligencias se generan prácticas políticas emancipatorias: “lo que atonta al pueblo no es la falta de instrucción sino la creencia en la inferioridad de su inteligencia.” El mismo Jacotot era consciente de que su descubrimiento no era un nuevo método pedagógico era otra cosa: una buena nueva.
“Las cosas estaban claras: éste no era un método para instruir al pueblo, era una buena nueva que debía anunciarse a los pobres: ellos podían todo lo que puede un hombre.”
Ocurre que no es fácil romper con el círculo de la desigualdad. Ni siquiera para el hombre emancipado. Rancière dice que la sociedad es una convención que instituye necesariamente distinciones, esto es, desigualdades. La tesis de la igualdad de las inteligencias hace referencia a la naturaleza humana, pero vivimos en sociedad... necesariamente.
“El hombre razonable conoce la razón de la sinrazón ciudadana. Pero, al mismo tiempo, la conoce como insuperable. Él es el único que conoce el círculo de la desigualdad. Pero él mismo está como ciudadano encerrado en ese círculo.”
Hay cierto fatalismo en esta conclusión: el círculo de la desigualdad es una trampa social insalvable; todo orden social trae consigo la desigualdad y en tanto que ciudadanos no podemos romper esta lógica. Pero en tanto que hombres sí es posible: un hombre siempre puede emancipar a otro hombre. Esta es la buena nueva.

3 comentarios:

  1. Anónimo9/2/21 11:31

    Fantástica entrada, Óscar. Antes de nada, por cumplir con el propósito primero que anima a comentar un libro y que no es otro que empujar a la lectura misma. Este libro me viene rondando hace tiempo, pero sólo ahora he decidido que lo leeré cuanto antes. Me animo yo a recomendarte a un filósofo de la educación en el que encontré una constante referencia a Ranciere, Jorge Larrosa, que propone una pedagogía basada en la consideración del aula como espacio público amenazado hoy por la marea de "privatización" que se cierne sobre la escuela, y no en el sentido de la titularidad de los centros, que no es realmente eso, sino en el de la apropiación del mundo por parte de intereses de toda laya que extirpan su carácter público y sustraen el objeto de la educación, el interés por el mundo. Por ejemplo, la digitalización, que es una forma de privatización del asunto puesto en juego en la escuela. Un libro muy recomendable de este autor es "Elogio de la escuela".

    Un abrazo.
    Borja

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  2. Gracias. Tomo nota Borja. Si tuviera que hacer una crítica literaria de "El Maestro ignorante" diría dos cosas: Rancière escribe muy bien, muy apasionado, en ocasiones me recuerda a Nietzsche así que se lee con agrado. Pero no sigue una línea argumentativa clara, escribe "a lo Zizek", ya me entiendes, en círculos, dando vueltas a lo mismo una y otra vez. En ese sentido a mí me desespera un poco... pero ya me voy acostumbrando. Echo en falta libros de filosofía de temática "continental" pero escritos con un estilo más "analítico".
    Un abrazo.

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    1. Para mí un modelo de lo que digo es un libro que reseñaste hace un tiempo: Tras la virtud, de MacIntyre. Un libro muy bien escrito y con una clara línea argumentativa.

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