espacio de e-pensamiento

martes, 14 de enero de 2014

Hannah Arendt: la filosofía política como problema
Borja Lucena

De los primeros meses del régimen nacionalsocialista, aquellos en los que se vio arrojada a la actividad política, Arendt conservó una intensa percepción del abismo abierto entre la política y la filosofía, o, por decirlo con otras palabras, de cómo más de dos mil años de filosofía política no habían evitado, sino más bien facilitado, que los filósofos más capaces de penetrar los misterios del ser o la estructura fundamental de la existencia humana se vieran, sin embargo, privados de la capacidad de comprensión ante las realidades políticas más inmediatas y urgentes. En vez de constituirse en remedio o alternativa a lo que aparecía en el ascenso del nazismo o el estalinismo, muchos filósofos parecieron entonces predispuestos a abrazar cualquier forma de despotismo o tiranía. En el caso concreto de la revolución nacional alemana,

“pude comprobar que entre los intelectuales la adaptación al pensamiento único (Gleichschaltung) fue, por así decir, la regla. En cambio, entre otros no.
Lo que Hannah Arendt advirtió en estas circunstancias dramáticas fue que un gran número de pensadores profesionales se habían acomodado con extremada facilidad a las condiciones impuestas por el régimen de Hitler, mientras que gente menos preparada intelectualmente había, no obstante, abrazado una actitud hostil o, al menos, distante con respecto a ellas. Fue la primera vez, y decisiva, en que la filósofa judía se enfrentó a lo que acabaría por tematizar como el malentendido filosófico de la política, esto es, la incapacidad casi estructural de las disciplinas filosóficas para acoger las especificidades de la acción, cosa que introdujo una tensión insoportable entre las exigencias de la acción y las coordenadas de referencia en las que la filosofía ha incluido tradicionalmente su mirada a lo circundante. Hasta los finales años de su vida, Arendt sería testigo de cómo el siglo XX iba a estar atravesado por la cercanía de grandes intelectuales o filósofos a una u otra ideología totalitaria o tiránica, lo que atrajo su atención hacia la relación entre la desarticulación del campo de lo político efectuada por la filosofía política y el auge del nuevo tipo de pensamiento político que inundó el siglo y provocó las grandes catástrofes contemporáneas: las ideologías políticas; ella sería testigo de la tragedia de un saber del ser que, en su manifestación práctica, parecía hacer corresponder la valía y profundidad del pensar con la ceguera o la inadvertencia en torno a los asuntos humanos, los asuntos referentes al espacio del aparecer.
Martin Heidegger fue profesor de Arendt en la Universidad de Marburgo, y también su amante durante los años en los que recibió sus enseñanzas. Su comunicación mutua, rota en 1933 tras el advenimiento del nacionalsocialismo y el compromiso de aquél como rector de la Universidad de Friburgo, fue reestablecida tras la guerra y se mantuvo hasta la muerte de Arendt en 1975. Para ella, Heidegger fue el filósofo más sobresaliente del siglo y, sin embargo, fue también el que puso con más viveza ante sus ojos la dificultad de acomodar los conceptos filosóficos al campo turbulento de la concreta realidad política. El hecho es que, de una manera u otra, el pensador alemán fue seducido por la ideología nacionalsocialista y convencido a participar activamente en la revolución preconizada por el movimiento. Desde el rectorado en Friburgo dirigió durante unos meses la nazificación de la universidad. A los ojos de su antigua alumna y amante, tal y cómo ésta lo pudo comprender retrospectivamente, esta participativa disposición a entregarse en cuerpo y alma a la causa del nacionalsocialismo no nació en relación a una coyuntura meramente personal o a casualidad alguna referida a motivaciones privadas, sino que alude, más bien, a un rasgo constitutivo del vínculo que, desde el momento mismo de su nacimiento, la filosofía había establecido con las inciertas realidades de la acción y la palabra. 
Una poderosa corriente de pensamiento que animó la reflexión arendtiana hasta el final de sus días fue la de aclarar las conflictivas relaciones entre filosofía y política, es decir, arrojar luz sobre el rechazo de lo político en que se constituyó la filosofía occidental desde los tiempos de Platón y sobre el modo en que este rechazo determinó casi siempre la intervención del filósofo en el campo de lo político-empezando por el mismo Platón-  en la dirección de buscar en la actividad práctica nada más que una “solución” a los problemas generados en el seno de los asuntos humanos, una solución a menudo afín a la de los despotismos, las tiranías o, en su intensificación más inclemente, incluso la de las ideologías totalitarias del siglo XX. La experiencia directa de los sucesos de 1933 – cuando “el problema, el problema personal, no era lo que hacían nuestros enemigos, sino lo que hacían nuestros amigos4- alentó a la filósofa judía a buscar durante el resto de su vida la comprensión de algo determinante, difícil de asimilar y profundamente decepcionante: ¿qué hacía de la filosofía una potencia hostil a lo político y la inclinó históricamente a aceptar remedios no-políticos para cancelar la problematicidad de los asuntos humanos? ¿Qué tenían en común las ideologías políticas asesinas e insensatas que asolaron Europa con la visión filosófica acerca de la realidad humana? Hasta la última de sus obras Arendt estuvo ocupada en esclarecer, en la medida de lo posible, la insospechada atracción que arrastró tan a menudo a los filósofos a acercase a la política no con la intención de convertir al pensamiento en potencia políticamente activa, sino, más bien, con la voluntad de reducir la política a la previsión y necesidad que imperan en la contemplación de los objetos del pensamiento.