Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo
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martes, 8 de julio de 2025

""El ruido del tiempo" de Julian Barnes.
Por Diego Margallo


En 1930, tras la buena acogida de la primera, titulada “La nariz” y basada en el cuento homónimo de Nikolái Gógol, Dimitri Shostakóvich, que entonces tenía 24 años, comenzó a componer su segunda ópera, “Lady Macbeth de Mtsensk”, sobre el relato del escritor ruso Nokolái Leskov. Tras estrenarse en 1934, la obra tuvo un éxito inmediato, que la llevó a ser representada no sólo a lo largo de la Unión Soviética, sino también en múltiples teatros de todo el mundo: Buenos Aires, Nueva York, Estocolmo, Zúrich, Praga, Londres, Copenhague, Cleveland… 

Todo cambió, sin embargo, la noche del 26 de enero de 1936. Esa noche, en el Bolshói de Moscú, asistió a la representación de “Lady Macbeth” la cúpula del PCUS, el Partido Comunista de la Unión Soviética. Allí estaban Viacheslav Mólotov, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo; Andrei Zhdánov, custodio de la pureza ideológica del arte soviético; y Anastás Mikoyán, miembro del Politburó. Todos ellos liderados por Iósif Stalin, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el cual, oculto tras una cortina del resto del público asistente, seguía el desarrollo de la ópera. 

Para quien dirigiera su mirada hacia ese palco oficial, resultaba evidente la disconformidad de sus integrantes con lo que escuchaban y veían: risas, aspavientos, gestos de incomodidad y de desagrado… Hasta que, antes del final de la obra, el palco quedó vacío, y el compositor, que también se encontraba presente, no recibió, como era habitual, la invitación de presentarse ante Stalin para recibir su felicitación. Este mal presagio se confirmó dos días después, cuando el diario “Pravda”, publicación oficial del PCUS, difundió un artículo sin firma que se refería explícitamente a “Lady Macbeth de Mtsensk”. Titulado “Caos en lugar de música”, calificaba la ópera de Shostakóvich como “discordante”, “cacofónica”, “epiléptica”, “vulgar”, “espasmódica” y “neurasténica”, ajena a los gustos saludables del público soviético y solo atenta a las enfermizas aspiraciones pequeñoburguesas, terminando con un amenazante “es un juego que puede terminar muy mal”. 

Dicha amenaza inoculó en Dimitri Shostakóvich un germen del que jamás pudo inocularse: el del miedo. Y eso es precisamente lo que nos muestra este libro, “El ruido del tiempo”, cómo el Poder, con mayúscula inicial, trata de someter al Arte, también con mayúscula inicial, hacia sus designios haciendo uso de ese miedo, pero también de otros mecanismos como el chantaje, la humillación, el halago, el privilegio… hasta finalmente destruir el alma de quien intenta contraponer a este Poder casi absoluto la integridad de su Arte.

lunes, 2 de enero de 2023

Manifiesto contra la escuela digitalizada.
Borja Lucena

                                        Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti.

                                                                                                                              Friedrich Nietzsche.


Una revolución está en marcha. Es una revolución impulsada desde arriba, y, dada su naturaleza, no permite augurar nada bueno. Cuando las elites inician una revolución, el objeto no consiste, generalmente, en favorecer al común, sino, al contrario, en perfeccionar el dominio que ejercen sobre el conjunto de la sociedad. Si nos limitamos a la situación presente de la educación, todo parece indicar que el Estado y las grandes empresas que hoy gobiernan han decidido que es hora de aprovechar realmente la escuela para sus propios fines y jubilar las trasnochadas ideas ilustradas de una difusión universal del saber y la cultura. Una dimensión crucial de esta revolución se denomina “digitalización”, y se cierne sobre los sistemas educativos a una velocidad amenazadora.

En los últimos meses se ha aprobado, en buena parte de las comunidades autónomas, una serie de proyectos que apuntan a una “transformación digital” de la educación. Tal y como se publicitan estas medidas, todos los problemas que asolan a la enseñanza en cada una de las regiones serán solucionados a través de la conversión de cada centro educativo en “una organización educativa digitalmente competente” (Plan de Competencia Digital Docente de Castilla y León1). Lo que este último plan denomina “la digitalización del sistema educativo” se propone, por ende, conseguir que la mayor parte de la enseñanzas se viertan en medios digitales o transiten a través de ellos. Expresiones semejantes pueden encontrarse en el resto de planes autonómicos. Así, por escoger una comunidad de signo político distinto, en el Plan Digital Educativo de la Comunidad Valenciana se afirma que no nos encontramos ante una elección, sino ante una “necesidad”: “El progreso tecnológico y el cambio de paradigma en las relaciones interpersonales producido tras la pandemia han provocado que la transformación digital en el ámbito educativo sea una necesidad apremiante para conducir a la sociedad hacia una nueva realidad más global, inclusiva y conectada”2. Bajo el pretexto general de la necesidad de modernización, estos planes apuntan a “integrar de forma apropiada y efectiva el uso de las tecnologías digitales en el desempeño docente” (Marco de Referencia de la Competencia Digital Docente, Asturias3). El carácter de estas declaraciones pudiera hacer pensar en una intensa preocupación por la educación, sobre todo si atendemos a la notable inspiración lírica que algunas demuestran; no obstante, hay un pequeño detalle que indica que no se trata de eso: los planes de digitalización de la escuela no están pensados desde la escuela, porque ni profesores ni maestros han sido consultados de ninguna manera acerca de los rendimientos pedagógicos de las nuevas tecnologías. La digitalización de la educación no ha sido debatida y asumida libremente por los miembros de la comunidad educativa, sino impuesta sin derecho a réplica y bajo la amenaza de penalizaciones, y parece que los fines que se propone exigen que los profesores y las familias mantengan un silencio cómplice. Se ha asumido que esas tecnologías son sumamente beneficiosas sin proceder a un estudio cuidadoso y aceptando sin más la publicidad entusiasta que propagan los vendedores de este tipo de productos. En consecuencia, no se ha abierto debate alguno acerca de sus reales efectos o de las consecuencias de su entrada masiva en las aulas. La planificación, el diseño y, finalmente, la imposición autoritaria han partido de autoridades y “expertos” caracterizados generalmente por su virginidad en lo que a pizarra y tiza se refiere. Lo cierto es que lo último que se ha tenido en cuenta al adoptar los panegíricos entusiásticos del mercado digital ha sido la educación, y es seguramente por esta razón por la que se ha obviado la opinión de los auténticos expertos: los docentes.

La digitalización forzosa de la educación, lejos de obedecer a un propósito de calado pedagógico, amenaza la existencia de una pedagogía realmente formadora. Supone un completo despropósito pretender que todas las materias, por igual, pueden ser transmitidas o impartidas a través de dispositivos digitales, pues en muchas de ellas una pantalla sólo puede significar una fuente de distracción que dificulta el acceso a los contenidos realmente relevantes. Que en materias de naturaleza tecnológica o informática se trate el funcionamiento y la utilización de los dispositivos digitales es de lo más natural, pero no lo es en otras. Sustituir un violín por una pantalla no parece una buena idea a la hora de aprender a tocar el violín, así como leer un texto de Platón o de Américo Castro a través de una aplicación puntera, o trasladarlo a imágenes y movimientos digitales, no aporta casi nada a la tarea de comprenderlo. Al igual que cualquier otro recurso, los medios tecnológicos han de ser utilizados de acuerdo con criterios pedagógicos claros. No sirven para todo y en todo momento, sino que requieren ser supeditados al interés de la formación y el aprendizaje efectivos. En realidad, esto ocurre y ha ocurrido siempre con cualquier recurso; por ejemplo, no cualquier libro es apto en cualquier momento, y, de acuerdo con esto, las lecturas deben ser siempre seleccionadas atendiendo a las exigencias que presenta el momento educativo. Las novelas del marqués de Sade son sumamente interesantes, en muchos aspectos, pero quizás no sea conveniente proponerlas como lectura para alumnos de 1º de la ESO. Las tecnologías también tienen que someterse, en este sentido, a la conveniencia pedagógica, y su introducción debe ser modulada en función de la edad, de la madurez o de otras variables determinantes para el proceso educativo.

Bajo la ruidosa tormenta de la digitalización forzosa sigue latiendo el débil murmullo de algunas verdades elementales: la calidad de la educación sigue dependiendo, más que de la profusión de medios instrumentales, del número y calidad de los profesores, así como del número de alumnos a los que éstos tienen que atender. Cuando un alumno pretende solucionar una duda, no le vale con preguntar a Siri. Millones de euros se están gastando en artefactos de todo tipo, y, mientras, las escuelas e institutos siguen careciendo de profesorado suficiente. Todo el dinero que se dilapida en un equipamiento digital que, a menudo, carece de uso pedagógico, se desvía de la inversión en profesores y en la formación necesaria para que éstos posean el dominio más amplio posible sobre sus especialidades; asimismo, impide que el número de alumnos por aula se vea reducido hasta alcanzar un óptimo. Sin embargo, y a día de hoy, la formación científica del profesorado se ha visto desplazada, de forma creciente, por una apabullante y tediosa oferta de cursos que tratan sobre tecnologías y aplicaciones digitales que estarán obsoletas en un plazo muy breve, y la única ratio que parece importar a la Administración es la de dispositivos, no la de alumnos.

La digitalización forzosa de la educación parece señalar a una re-definición de los saberes transmitidos por el sistema educativo. Frente a un horizonte de saberes perdurables y dotados de solidez, profundidad o verdad, se propone un superficial y siempre cambiante flujo de información reciclable cuyo modelo cabe ser localizado en las fluctuaciones del mercado y en su incansable lanzamiento de productos efímeros. Los efectos de los dispositivos digitales sobre la capacidad humana de atención han sido ya examinados por multitud de estudios científicos, y muchos de ellos concluyen en que pueden estar siendo especialmente aciagos. Estamos sometiendo a las generaciones más nuevas a un experimento del que no podemos prever las consecuencias en lo concerniente a la formación de la personalidad, al desarrollo de las capacidades cognitivas y afectivas, al desenvolvimiento de la socialización, etc. El consabido pseudo-argumento de que el mundo es hoy en día digital y que, por lo tanto, hay que educar de manera digital es, en realidad, bastante inane. Si es así, si el mundo es o está preparándose para ser digital -lo que, por otro lado, es, antes que nada, un desideratum- más razón hay para que la educación opere sobre las capacidades que son ampliamente desatendidas o maltratadas en el entorno digital y que, además, permitirán ofrecer resistencia a la completa asimilación del individuo por parte del modelo virtual de consumo compulsivo de novedades. Educar es, sobre todo, educar para evitar que el sujeto se convierta en una función de las distracciones y reclamos que lo apartan de una consideración profunda de las cosas. Introducir pantallas en todas las actividades supone cultivar poderosamente la desatención y la incapacidad de fijar el interés en algo que exija un esfuerzo para ser comprendido y asimilado. Si un alumno se dispone a estudiar o a hacer una tarea, supone un importante obstáculo el hacerlo en un medio que pone a su disposición, con sólo un movimiento de su dedo, una evasión instantánea. Formar la atención es forjar un carácter que no se deje desviar de lo sustancial y se haga con la capacidad de prescindir por largos tiempos de reclamos ajenos a la naturaleza de la tarea que tiene entre manos. A esto lo denominamos “autonomía” y, supuestamente, es uno de los objetivos principales de todo nuestro sistema educativo. En el caso de que la escuela no suministre estos aprendizajes esenciales está, pues, traicionando su naturaleza misma. Sólo cuando la atención está ya formada puede un individuo resistir a los cantos de sirena de memes y wassap y, por esta razón, la utilización de medios digitales debería ser escalonada y nunca iniciada antes del desarrollo de una mínima madurez. Así como consideramos que conducir es una tarea que exige una personalidad adulta y no dejamos conducir a nuestros hijos hasta que alcanzan los dieciocho años, no deberíamos abandonarlos con ocho al torbellino de señuelos, propaganda o publicidad - por no hablar de ultraviolencia y pornografía- que se dispara al conectarse a la red.

La educación exige el trato cara a cara, la presencia física y material; exige también la adquisición de habilidades elementales que, aunque menos sofisticadas que una aplicación nacida en Silicon Valley, conforman el sustrato básico para adquirir cualquier conocimiento significativo y cualesquiera habilidades posteriores. Estas disposiciones básicas son, en primer lugar, la lectura profunda y la escritura a mano, que son la llave para acceder a cualquier conocimiento o aptitud de mayor sofisticación y no pueden desarrollarse más que en los primeros años de vida. Sustituir cuadernos, libros y agendas por pantallas sustrae de los colegios y los institutos las herramientas para salvar ese abismo decisivo que separa de la ignorancia y de la minoría de edad intelectual, afectiva y política. La digitalización forzosa de los centros educativos, por ende, no significa un beneficio para nuestros alumnos, pero sí para las empresas y plataformas del ramo, que llegan a disponer de terminales de negocio en cada aula, en cada pupitre y cada actividad escolar. La transformación digital de las aulas viene a ser lo mismo que su conversión en viveros de datos, dado que los vendedores, aparte de recibir grandes cantidades de dinero por los dispositivos, obtienen sus ganancias más gruesas al apropiarse de la información que se genera cada vez que un alumno inicia una búsqueda en internet, rellena un formulario o realiza actividades de cualquier tipo en esos medios.

El culto a la novedad puede salir muy caro, y no sólo en lo relativo a los recursos económicos públicos, sino también a las consecuencias. Es preciso denunciar y desechar la fe en que la última tecnología es, por ser la última, la mejor. Si nos entregamos ciegamente a este dogma se puede dar el caso de que se dé la espalda a tecnologías y métodos más antiguos, pero más potentes y efectivos. A día de hoy, y a pesar de las protestas de los tecnófilos más recalcitrantes, no hay aplicación digital que pueda suplir el milagroso ajuste de un martillo a su función. El mismo caso es el del libro: no hay dispositivo que se adecúe de manera más perfecta a las exigencias de la comprensión compleja y el conocimiento que esa tecnología tan vieja y poderosa. Que la aptitud pedagógica de un profesor dependa de poseer una “acreditación digital”, tal y como dictaminan los planes de digitalización de numerosas consejerías de educación, no puede más que mover a risa o a espanto. La boba fascinación por lo nuevo no suele esconder más que la incapacidad o la falta de interés en dar con lo bueno. Ya Antonio Machado, por boca de su Juan de Mairena, escribió: “En política, como en arte, los novedosos apedrean a los originales”. También en pedagogía.

Este manifiesto no pretende apostar en favor de una ingenua tecnofobia, sino abogar por una elemental prudencia ante consecuencias, en unos casos, desconocidas y, en otros, demasiado evidentes. Sería absurdo eliminar todo uso de las nuevas tecnologías, pero es urgente aclarar y comprender qué usos conllevan un beneficio pedagógico y cuáles, al contrario, demuestran unas consecuencias perniciosas. Las directrices provenientes de autoridades educativas y neopedagogos gubernamentales, serviles ante los intereses de los grupos de presión industriales, ocultan, bajo el discurso bienintencionado de dotar a los centros educativos de suficientes medios materiales, la aceptación inconfesada de una transformación de las aulas en feria de muestras para las inagotables y fugaces novedades que, a cambio de beneficios cuantiosos, los fabricantes generan. En este sentido, la posición de los responsables políticos de las distintas áreas de educación es seriamente preocupante, pues, lejos de escuchar a los docentes, secundan con entusiasmo la propaganda comercial de las plataformas neotecnológicas. Valga a modo de ilustración: El pasado mes de junio, la Junta de Personal Docente de Soria, donde están representados los profesores de enseñanzas no universitarias de la provincia, logró unir en una rara unanimidad a todos los sindicatos del sector en contra del “Plan de Competencia Digital Docente” de Castilla y León. La Junta de Personal redactó una carta, dirigida a la consejera de Educación, esgrimiendo unas razones bien fundadas, pero ésta, exhibiendo una vez más su respeto a los trabajadores de la enseñanza, no se ha dignado siquiera en contestar. Ante la indiferencia olímpica de las autoridades, a los profesores no nos queda más remedio que pronunciarnos. Están en juego, no sólo las condiciones en las que ejercemos nuestra labor, sino el sentido de la labor misma: la enseñanza.





sábado, 26 de julio de 2014

Paralelismos; Tolstoi y Grossman.
Óscar Sánchez Vega

Me propongo comentar brevemente en estas líneas algunos paralelismos que he encontrado en las últimas obras de dos figuras muy relevantes de la literatura universal y dos de mis autores preferidos: León Tolstoi y Vasili Grossman. Se trata de Resurrección de Tolstoi y Todo fluye de Grossman. Ambos autores nos transmiten en estas novelas sus últimas palabras y lo que podemos considerar su legado: el imperativo de someter la política al hombre y no a la inversa. Estamos ante dos testimonios de un profundo humanismo, dos gritos en contra de la deshumanizada maquinaria estatal, dos advertencias contra la burocratización de la vida social y la cosificación de la vida humana. También tienen en común que los dos, cada uno a su modo, encuentran razones para la esperanza: el amor fraternal en el caso de Tolstoi y el ansia de libertad en Grossman son las armas contra la deshumanización, son la promesa de un mundo mejor.

Por otra parte, además de la afinidad del planteamiento y de que los valores que promueven son similares, hay un tema muy concreto que se repite en las dos obras: el sistema penitenciario ruso y la vida de los prisioneros. Las obras de Tolstoi y Grossman constituyen una denuncia contra el sistema penal imperante en su época y el degradante trato infligido a los prisioneros. Pero la crítica va más allá de lo que pudiera parecer a primera vista. El sistema penal no es un mero subapartado del enorme entramado estatal, es algo más profundo y sintomático. Toda la sociedad queda retratada en el sistema penal: el trato y la consideración hacia los prisioneros no son más que casos extremos de la consideración global del ser humano. Se puede medir integridad moral de una sociedad tomando en cuenta, primero, las razones que el Estado aduce para privar de la libertad a un ciudadano y, segundo, el trato infligido a los prisioneros. Aplicando este baremo Tolstoi y Grossman recusan al Estado zarista y soviético respectivamente.

I

Resurrección, publicada en 1899 es el testamento ideológico de Tolstoi. La novela tiene como tema principal el arrepentimiento y la redención del príncipe Nejliúdov, alter ego del autor. Tolstoi es, en esta etapa de su vida, un desclasado, un extraño entre los suyos, pertenece muy a pesar suyo a la nobleza rusa, una clase fatua y parasitaria a la que desprecia. De joven había llevado una vida fácil y regalada, el tipo de vida propio de alguien de su estirpe, pero, por aquel entonces, vivía como un ermitaño: comía solamente los vegetales que él mismo cultivaba en la tierra y dedicaba el resto del día a confeccionar y reparar zapatos. La evolución moral y política de el príncipe Nejliúdov es paralela a la del autor: igual que el personaje protagonista también Tolstoi intenta repartir su tierra entre los siervos pero el proyecto no cuenta con el beneplácito de su esposa y, al final, fracasa.

Su última obra es un ajuste de cuentas con la aristocracia, el Estado, la familia, la Iglesia... con toda la sociedad rusa en definitiva. Sus reflexiones recuerdan al joven Marx: todo privilegio se fundamenta en la explotación; el lujo y el refinamiento se yerguen sobre el sufrimiento y la miseria de los más desfavorecidos; una vida ociosa es una vida alienada; solo el trabajo dignifica... Tolstoi promueve lo que después se denominaría naturismo libertario: una vida libre y frugal levantada sobre el trabajo manual y el amor fraternal.

II

Por su parte Vasili Grossman fue el primer periodista en entrar en Stalingrado e informar de la existencia de los campos de exterminio. Poco antes de morir, en Moscú en 1964 acababa de escribir Todo fluye sin la esperanza de ver su obra publicada pues el régimen comunista ya había prohibido y confiscado su obra cumbre, Vida y destino, que solo por un rocambolesco azar verá la luz.

El autor se manifiesta principalmente por boca del personaje principal, Ivan Grigórievich – pero también en los silencios y la mala conciencia de su primo, Nikolái Andréyevich-. Ivan Grigórievich, una vez liberado del campo de trabajo tras la muerte de Stalin, reflexiona sobre el sentido de su vida y la reciente historia de Rusia. El estalinismo había llegado a su fin pero el régimen continúa. A pesar de todo el daño y sufrimiento causado, los nuevos dirigentes mantienen las estructuras e instituciones de la época de Stalin. El estado soviético sigue en pie; pero frente al conocido lema hegeliano “todo lo real es racional”, Ivan proclama un nuevo y particular lema: “todo lo inhumano es absurdo e inútil”. Todo el cruel y poderoso entramado estatal levantado en contra de la dignidad humana está condenado a perecer, a ser barrido por el viento y desaparecer de la faz de la tierra como si nunca hubiera existido. La fuerza de la vida, el ansia de libertad de los hombres vencerá finalmente a cualquier obstáculo que se le oponga. Stalin, a su modo, lo sabía, por eso diseñó una maquinaria liberticida en nombre de la libertad. La retórica de la emancipación nunca fue abandonada en el Estado soviético, ni siquiera en sus peores momentos, cuando la sola mención de la libertad podía ser considerada como una broma cruel y macabra. Esto es, a juicio de Grossman, porque Stalin sentía un miedo patológico a la libertad y sabía que el anhelo de libertad que anida en el corazón del humano es imbatible.

Pero el estado soviético no fue construido por Stalin, este heredó un Estado que había sido gestado y diseñado por el revolucionario más destacado del siglo XX: Vladimir Ilych Lenin. Grossman, en un capítulo de la novela, somete a una minuciosa disección psicológica al revolucionario ruso. Por un lado, Lenin es un dictador, un líder político duro e implacable con sus enemigos políticos que construye una rígida y cruel maquinaria: el Estado soviético. Por otra parte, según numerosos testimonios, en su vida privada era una persona dulce y tímida, leal con sus amigos y extremadamente frugal; un intelectual que disfrutaba especialmente con la lectura de Tolstoi, con la Appassionata de Beethoven y el teatro de Chéjov.

Que Lenin admire a Tolstoi no deja de sorprender. Me pregunto que reflexiones le suscitarían párrafos como este, extraído de Resurrección:
“Si se plantease el problema psicológico de hacer que los hombres de nuestro tiempo, cristianos y humanos, simplemente buenos, llegasen a cometer las mayores atrocidades sin sentirse culpables, es posible que no hubiera más que una solución: que estos hombres fuesen gobernadores, directores de prisión, oficiales, policías, es decir, que, en primer término, estuviesen seguros de que existe algo, a lo que se llama servicio al Estado dentro del cual se puede tratar a la gente como si fueran cosas, prescindiendo de toda relación humana y fraternal; y en segundo lugar, que los hombres afectos a este servicio del Estado se viesen vinculados de tal modo que la responsabilidad por la consecuencia de sus actos no cayera separadamente sobre ninguno de ellos.”

martes, 14 de enero de 2014

Hannah Arendt: la filosofía política como problema
Borja Lucena

De los primeros meses del régimen nacionalsocialista, aquellos en los que se vio arrojada a la actividad política, Arendt conservó una intensa percepción del abismo abierto entre la política y la filosofía, o, por decirlo con otras palabras, de cómo más de dos mil años de filosofía política no habían evitado, sino más bien facilitado, que los filósofos más capaces de penetrar los misterios del ser o la estructura fundamental de la existencia humana se vieran, sin embargo, privados de la capacidad de comprensión ante las realidades políticas más inmediatas y urgentes. En vez de constituirse en remedio o alternativa a lo que aparecía en el ascenso del nazismo o el estalinismo, muchos filósofos parecieron entonces predispuestos a abrazar cualquier forma de despotismo o tiranía. En el caso concreto de la revolución nacional alemana, “pude comprobar que entre los intelectuales la adaptación al pensamiento único (Gleichschaltung) fue, por así decir, la regla. En cambio, entre otros no”.
Lo que Hannah Arendt advirtió en estas circunstancias dramáticas fue que un gran número de pensadores profesionales se habían acomodado con extremada facilidad a las condiciones impuestas por el régimen de Hitler, mientras que gente menos preparada intelectualmente había, no obstante, abrazado una actitud hostil o, al menos, distante con respecto a ellas. Fue la primera vez, y decisiva, en que la filósofa judía se enfrentó a lo que acabaría por tematizar como el malentendido filosófico de la política, esto es, la incapacidad casi estructural de las disciplinas filosóficas para acoger las especificidades de la acción, cosa que introdujo una tensión insoportable entre las exigencias de la acción y las coordenadas de referencia en las que la filosofía ha incluido tradicionalmente su mirada a lo circundante. Hasta los finales años de su vida, Arendt sería testigo de cómo el siglo XX iba a estar atravesado por la cercanía de grandes intelectuales o filósofos a una u otra ideología totalitaria o tiránica, lo que atrajo su atención hacia la relación entre la desarticulación del campo de lo político efectuada por la filosofía política y el auge del nuevo tipo de pensamiento político que inundó el siglo y provocó las grandes catástrofes contemporáneas: las ideologías políticas; ella sería testigo de la tragedia de un saber del ser que, en su manifestación práctica, parecía hacer corresponder la valía y profundidad del pensar con la ceguera o la inadvertencia en torno a los asuntos humanos, los asuntos referentes al espacio del aparecer.
Martin Heidegger fue profesor de Arendt en la Universidad de Marburgo, y también su amante durante los años en los que recibió sus enseñanzas. Su comunicación mutua, rota en 1933 tras el advenimiento del nacionalsocialismo y el compromiso de aquél como rector de la Universidad de Friburgo, fue reestablecida tras la guerra y se mantuvo hasta la muerte de Arendt en 1975. Para ella, Heidegger fue el filósofo más sobresaliente del siglo y, sin embargo, fue también el que puso con más viveza ante sus ojos la dificultad de acomodar los conceptos filosóficos al campo turbulento de la concreta realidad política. El hecho es que, de una manera u otra, el pensador alemán fue seducido por la ideología nacionalsocialista y convencido a participar activamente en la revolución preconizada por el movimiento. Desde el rectorado en Friburgo dirigió durante unos meses la nazificación de la universidad. A los ojos de su antigua alumna y amante, tal y cómo ésta lo pudo comprender retrospectivamente, esta participativa disposición a entregarse en cuerpo y alma a la causa del nacionalsocialismo no nació en relación a una coyuntura meramente personal o a casualidad alguna referida a motivaciones privadas, sino que alude, más bien, a un rasgo constitutivo del vínculo que, desde el momento mismo de su nacimiento, la filosofía había establecido con las inciertas realidades de la acción y la palabra. 
Una poderosa corriente de pensamiento que animó la reflexión arendtiana hasta el final de sus días fue la de aclarar las conflictivas relaciones entre filosofía y política, es decir, arrojar luz sobre el rechazo de lo político en que se constituyó la filosofía occidental desde los tiempos de Platón y sobre el modo en que este rechazo determinó casi siempre la intervención del filósofo en el campo de lo político-empezando por el mismo Platón-  en la dirección de buscar en la actividad práctica nada más que una “solución” a los problemas generados en el seno de los asuntos humanos, una solución a menudo afín a la de los despotismos, las tiranías o, en su intensificación más inclemente, incluso la de las ideologías totalitarias del siglo XX. La experiencia directa de los sucesos de 1933 – cuando “el problema, el problema personal, no era lo que hacían nuestros enemigos, sino lo que hacían nuestros amigos”4- alentó a la filósofa judía a buscar durante el resto de su vida la comprensión de algo determinante, difícil de asimilar y profundamente decepcionante: ¿qué hacía de la filosofía una potencia hostil a lo político y la inclinó históricamente a aceptar remedios no-políticos para cancelar la problematicidad de los asuntos humanos? ¿Qué tenían en común las ideologías políticas asesinas e insensatas que asolaron Europa con la visión filosófica acerca de la realidad humana? Hasta la última de sus obras Arendt estuvo ocupada en esclarecer, en la medida de lo posible, la insospechada atracción que arrastró tan a menudo a los filósofos a acercase a la política no con la intención de convertir al pensamiento en potencia políticamente activa, sino, más bien, con la voluntad de reducir la política a la previsión y necesidad que imperan en la contemplación de los objetos del pensamiento.

miércoles, 7 de enero de 2009

Contra la fraternidad (y la solidaridad)
Óscar Sánchez Vega


¿Tiene un significado político el término “fraternidad”? ¿Cuál? La fraternidad parece ser el “patito feo” del conocido tríptico de la Revolución de 1789: libertad, igualdad y fraternidad. Mientras que las nociones de “libertad” e “igualdad” son claves en las más importantes teorías políticas del siglo XIX (liberalismo y marxismo), la fraternidad apenas puede ser considerada una categoría política y efectivamente está ausente en la mayoría de los diccionarios y manuales de teoría política.

Es ya muy significativo que fuera precisamente Robespierre el que por primera vez, en Diciembre de 1790, utiliza la, en principio, categoría religiosa de “fraternidad” en un contexto específicamente político, en un discurso sobre la organización de las milicias nacionales, al proponer inscribir las palabras "El Pueblo Francés" y "Libertad, Igualdad, Fraternidad" en los uniformes y las banderas. Su propuesta es rechazada pero la semilla estaba ya lanzada. A partir de 1793, muchos parisinos, imitados al poco tiempo por los habitantes de las demás ciudades, pintan en la fachada de sus casas el tríptico republicano acompañado por un más que inquietante ”(…) o muerte”, pero pronto se les invita a borrar la última parte de la fórmula, demasiado asociada al Terror.

Como muchos de los símbolos revolucionarios, la divisa cae en desuso bajo el Imperio. Reaparece durante la Revolución de 1848, teñida de una dimensión religiosa: los sacerdotes celebran al Cristo-Fraternidad y bendicen los árboles de la libertad plantados en aquel momento. Al redactarse la Constitución de 1848, la divisa "Libertad, Igualdad, Fraternidad" se define como un "principio" de la República francesa y, por extensión de todos los regimenes burgueses herederos de la revolución.

I

Habitualmente se ha interpretado la idea de “fraternidad” como una idea “puente” entre la igualdad y la libertad. Así por ejemplo Edgar Morin, - en Tierra-patria - interpreta la libertad, la igualdad y la fraternidad como principios de tipo programático para la realización de una plena democracia planetaria, subrayando el rol de la fraternidad como criterio dirimente:
"El llamado de la fraternidad no debe solamente superar la viscosidad y la impermeabilidad de la indiferencia. Debe vencer la enemistad. [...] y el problema clave del cumplimiento de la humanidad es el de ampliar el nosotros, de abrazar, en la relación matri-patriótica terrestre, cada ego alter y de reconocer en él un alter ego, es decir, un hermano humano".
Morin interpreta la fraternidad en clave de humanismo feuerbachiano: es decir, se trata de sacar al amor de la petrificación en la cual -en su opinión- lo han puesto las religiones. Justamente, la no-religión de Morin, la convicción de la ausencia de salvación abre el camino de la verdadera tarea de la “fraternidad universal”:
“Tenemos que cultivar nuestro jardín terrestre; lo que quiere decir civilizar la Tierra. El evangelio de los hombres perdidos y de la Tierra-Patria nos dice: tenemos que ser hermanos, no porque nos salvaremos, sino porque estamos perdidos".

II

Antes de criticar el sentido y la interpretación que Morin, y otros muchos, dan a la idea de “fraternidad” conviene remontarse más allá del significado político del término (Revolución francesa) para encontrar un “terreno firme” que nos permita una indagación más fundamentada.

La noción de “fraternidad universal” es de origen eminentemente religioso. En la tradición cristiana pretende encontrar su fundamento en el mensaje de Jesucristo. Él nos mando que nos amáramos “como hermanos”. Desde la perspectiva del Dios- Padre, todos somos hermanos y todos debemos tratarnos de manera fraternal. Según la interpretación que podríamos llamar “ortodoxa”, lo ocurrido durante el siglo XVIII con la noción de fraternidad ha de inscribirse en el curso general de la secularización de conceptos religiosos que continúan vigentes en la sociedad burguesa pero ya sin una fundamentación trascendental. Sería ahora la Razón, y no la Revelación, la que fundamentara la conducta moral apelando, eso sí, a los mismos valores: la necesidad del amor fraternal como garantía de una moralidad universal.

Pero el relato anterior no se corresponde con los hechos, ni describe como se conducen los hombres ni siquiera dentro del ámbito religioso. La verdad es que en el mismo seno de la Iglesia Católica la experiencia de esa fraternidad universal solamente es posible dentro la misma Iglesia, que se presenta a la vez como un pueblo y como una familia: el "Pueblo de Dios", la "Familia de Dios".

La misma Iglesia Católica, por lo menos hasta el siglo XX, ha puesto mucho énfasis en el "dentro" y el "fuera", que era condición de fraternidad, de manera que estar dentro de la Iglesia Católica a través del bautismo, a través de los vínculos de la comunión eclesial, era constituir una especial fraternidad. No es que la Iglesia se negara a la apertura universal hacia todo el resto que estaba afuera de la Iglesia. Por el contrario, había una misión que cumplir, a saber, atraer a los demás y hacerlos entrar en el interior de esa estructura universal, la Iglesia Católica, pero hasta que este objetivo no fuera alcanzado en modo alguno cabe afirmar que los infieles son “hermanos” y debemos tratarlos como a tales.

Es muy posible que por su evidente pasado religioso la idea de fraternidad nunca haya sido completamente secularizada y esta haya sido una de las razones de su progresivo abandono en las sociedades occidentales. En el siglo XX la idea de fraternidad ha sido paulatinamente sustituida por la idea de solidaridad. Para los objetivos del presente escrito tanto da una como otra: la solidaridad nos impele a compartir con nuestros semejantes, aquellos que pueden ser considerados “nuestros hermanos”, de tal forma que el ejercicio de la solidaridad “universal” presupone la “fraternidad” entre todos los humanos. La idea es muy simple: como todos somos hermanos debemos ayudarnos solidariamente. Hasta aquí la teoría (falsa conciencia). La práctica (realidad) es muy otra. La verdad es que cuando la solidaridad adquiere una dimensión política es en un contexto de fractura social y que precisamente exige la ruptura de la totalidad (humanidad) para ser inteligible. La solidaridad pasa a ser una categoría política en el siglo XIX, al ser determinada en el sentido de “solidaridad obrera”, cuando los sindicatos idean las huchas de resistencia para ayudar a las familias de los huelguistas y, de esta manera, impedir la claudicación de la clase obrera en su lucha sin cuartel ante los capitalistas. El objetivo final de la solidaridad es vencer a los enemigos de la clase obrera. Nada de este proceso puede ser cabalmente comprendido sino es en términos de dentro y fuera, los nuestros y los otros etc.

III

Así pues, tanto en su versión religiosa como en su variante secular, la noción de “fraternidad (o solidaridad) universal”, esta es la primera tesis que voy a defender, constituye un oxímoron. En efecto, hermanos son quienes pertenecen a una misma familia, y las familias son grupos que se distinguen unos de otros. Con otras palabras, la "fraternidad universal" tiende a poner en entredicho la realidad social básica -la familia- que posibilita la fraternidad real, la que nos permite tratar a otro como hermano, es decir, precisamente, no como a cualquier hombre.

Pero sin duda, entre la fraternidad real, la que se da entre hermanos, y la fantasmagórica fraternidad universal hay todo un trecho que es posible recorrer.

Cuando las comunidades políticas son pequeñas y están bien diferenciadas también se pueden encontrar lazos “fraternos”entre las personas que los constituyen. Es más, la presencia de tales lazos que posibilitan la cooperación, el intercambio y la ayuda mutua es esencial para la pervivencia del grupo. La presencia de la fraternidad es más evidente cuanto mayor es la situación de indefensión de un grupo o comunidad. El ejemplo más claro es el de la comunidad judía que mantiene fuertes vínculos fraternos que les han permitido sobrevivir en las situaciones más duras. Pero, como señala Hannah Arendt, se trata de un mecanismo inhumano, porque lo propiamente humano no es recogerse del mundo y refugiarse en el pequeño grupo (este es más bien un mecanismo etológico). Lo característico del ser humano es la palabra y la acción: la palabra para denunciar, demandar, exigir… y la acción para participar en la vida pública y así cambiar las relaciones políticas y de poder. La fraternidad, en este sentido, es un mal sucedáneo de la acción política.

En cualquier caso, ya sea en el seno de un reducido grupo, la familia, o en un grupo más amplio, la tribu, el pueblo, la comunidad etc, la fraternidad puede ser una categoría de convivencia en el seno del grupo, pero siempre, al mismo tiempo, con la condición de que se no se dirija a los Otros: los extraños o extranjeros. Yo soy hermano de mis hermanos y tengo con ellos una relación especial porque hay algo, la pertenencia a una familia incluyente y excluyente, que me iguala al resto de la familia y, a la vez, me diferencia y separa de otros que no pertenecen a la familia. De manera semejante, la "fraternidad" con quienes no son mis hermanos, pero son mis prójimos como vecinos o conciudadanos o compatriotas, requiere de una causa de inclusión y de separación y/o de distinción políticamente y hasta espacialmente estructurada: mi barrio, mi ciudad, mi patria…

Pero incluso en ese contexto limitado, fraternidad entre compatriotas, es muy posible que estemos utilizando una mala metáfora. Es muy reveladora la historia de Antígona, que justamente por amor hacia su hermano, que era el enemigo del Estado, rompe con cualquier concepción de fraternidad política. Lo que nos indica a las claras que los lazos de cohesión que mantienen unida una comunidad política son de naturaleza muy diferente al amor fraterno, pues de lo contrario no sería totalmente incompatible el deber de Antígona hacia su hermano con su deber como ciudadana.

IV

Parte de la oscuridad que envuelve la noción de fraternidad se debe, a mi juicio, a la confusión con otras nociones como el respeto y la igualdad. Que los hombres se comporten de manera fraterna pudiera interpretarse como que se relacionen en un plano de igualdad o que se respeten. Pero son cosas distintas.

La noción de igualdad, al contrario que la fraternidad, tiene un claro fundamento político. O mejor dos: el principio clásico de isonomía y la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano de 1789.

La noción de igualdad política nace cuando Clístenes funda la democracia ateniense y establece el principio de isonomía, es decir, de igualdad de lo ciudadanos ante la ley. La igualdad política es el principio político que sustituye a la estirpe o el linaje como fundamento de la isegoría (potestad para hablar). Recordemos cuando Odiseo golpea con el cetro la cabeza de Tersites por tomar la palabra en la asamblea de reyes aqueos. Él no pertenece a la estirpe de los reyes y no tiene derecho a hablar. El ejemplo es interesante porque muestra los dos niveles distintos en que trabajan la igualdad y la fraternidad: en una democracia la palabra de Tersites, en tanto que ciudadano, tiene tanto valor como la de Ulises, pero nunca Tersites (envidioso, contrahecho, mezquino…) puede ser considerado “hermano” de Ulises, ni siquiera en sentido figurado.

Es preciso esperar a la Declaración de 1789 para ampliar la restringida noción de ciudadanía a toda la humanidad. La Declaración establece que nadie está legitimado para “apropiarse” de otras personas pues todas somos iguales, esto es, tenemos los mismos derechos (humanos). A pesar de la evidente –y necesaria- ampliación de la noción de igualdad, esta no rebasa el ámbito o espacio político. Los revolucionarios no proclamaron, a pesar de que así ha sido interpretado, que todos los humanos somos realmente iguales, tampoco prescribieron que las personas deberíamos establecer lazos afectivos que rebasen el espacio público, tan solo exigieron que se garantizara la igualdad política de todas las personas.

La clave está en que la igualdad tiene un claro espacio político para desarrollarse. Es evidente que quien reclama una mayor igualdad no pide que todas las personas sean tratadas del mismo modo sea cual sea su valía intelectual, sus capacidades físicas o su laboriosidad, lo se pide es que el estado trate a todos los ciudadanos con equidad y ponga los medios para que los más desfavorecidos no queden apartados del progreso social.

En cambio, aquel que demanda fraternidad no se restringe a un ámbito de la vida humana. El imperativo de tratar al prójimo como a un hermano desborda el ámbito estrictamente político y afecta a todas las esferas de la vida. Uno no puede ser fraterno a veces o depende donde. La fraternidad no reconoce frontera alguna entre el terreno privado y público, el sentimentalismo que acompaña al uso metafórico del término lo anega todo.

Otra confusión habitual consiste en sustituir respeto por fraternidad. Pero, de nuevo son conceptos diferentes: el respeto consiste en el reconocimiento de que las personas, todas las personas, tienen valor por sí mismas y por tanto no pueden ser instrumentalizadas o cosificadas. El filósofo del respeto es, claro está, Kant. Toda la ética kantiana puede resumirse en la prescripción de tratar al prójimo con respeto. La categoría del respeto que tiene su cuna en la ética, desborda el marco ético y adquiere una dimensión política en el Nuevo Régimen, de tal forma que la exigencia de respeto no queda circunscrita al ámbito de la moral sino que encuentra una plasmación objetiva en el entramado jurídico, (si bien es verdad que durante todo el siglo XIX los valores de igualdad y respeto son letra muerta en las Constituciones de los nuevos estado liberales).

La diferencia fundamental entre la fraternidad y el respeto es que este último no implica la presencia de lazos afectivos. Es más, el verdadero respeto se da en ausencia de tales lazos: no tiene mérito respetar a nuestros padres, hermanos o amigos, el verdadero respeto se demuestra ante el extraño que nos es completamente ajeno e indiferente y, a pesar de lo cual, nos comprometemos a respetarlo, esto es, a reconocer la humanidad que está presente en él y, siguiendo la máxima kantiana, considerarlo siempre como un fin y nunca como un medio.

V

Cuando se ha tratado de hacer una lectura política de la fraternidad los resultados han sido catastróficos. La segunda tesis de estás líneas es que el totalitarismo se caracteriza, entre otras cosas, por hacer de la fraternidad un categoría política central. Consecuentemente con lo ya apuntado podemos adelantar dos características del totalitarismo: la necesaria fractura social que exige la idea de fraternidad (puesto que no existe algo así como la “fraternidad universal”) y el desbordamiento del espacio político (puesto que la puesta en práctica de la fraternidad afecta a la todas las facetas de la vida)

VI

El totalitarismo fascista predica sin descanso y con vehemencia la fraternidad… entre los compatriotas claro está. No creo que sea preciso explayarse mucho en este punto. La crisis económica de los años 30 favorece al auge del fascismo, en Italia y Alemania, porque la difícil situación de la clase obrera potencia el desbordamiento de los lazos solidarios a otras clases sociales, especialmente hacia la pequeña burguesía, que también atraviesa una situación difícil. En este contexto la tradicional explicación marxista que achacaba todos los males de los proletarios a la clase antagónica, la burguesía, es puesta en entredicho. Los burgueses no son ya los explotadores sino compañeros de infortunio. La situación económica y social era la idónea para que entrara en escena la peor cara de la democracia: la demagogia. La pregunta y la respuesta estaban servidas en bandeja de plata: ¿Quién es entonces el culpable? El Otro, el extranjero, el judío…

La fraternidad precisa para jugar un papel político un espacio público fracturado. Es, como la solidaridad, solo es posible contra alguien. Los afectos que constituyen la relación fraterna pueden desbordar su marco natural, la familia, bajo el supuesto de una amenaza exterior que posibilite y hasta exija ampliar el círculo de los semejantes para hacer frente a la hostilidad exterior. Ayer y hoy la crisis económica es un factor que juega a favor de los fascistas pues genera dos movimientos complementarios y de signo opuesto: unión entre los nuestros y rechazo a los otros. Ambos sentimientos actúan al modo de vasos comunicantes, su intensidad es directamente proporcional. El sentimiento afectivo o de empatía entre los compatriotas se alimenta necesariamente de la xenofobia. Haremos bien en recordarlo cuando escuchemos inocentes declaraciones de amor a la Nación, la Patria, la Lengua o la Cultura.

VII

A primera vista podría parecer que el comunismo tiene como meta final la “fraternidad universal” y que la mera existencia de países y partidos socialistas demuestra que, al menos como valor, como ideal a perseguir, no hay nada contradictorio, como aquí se ha sostenido, en la noción de “fraternidad universal”. Pero de nuevo el examen de la acción política de los partidos comunistas nos da una visión más ajustada y fidedigna del asunto que nos ocupa. La verdad es que la fraternidad que alientan los comunistas sólo se da entre los “hermanos proletarios” que pueden y deben unirse para vencer y derrocar (aquí ya no hay hermanos) a los enemigos de la clase obrera. Es verdad que en el límite la aspiración de los comunistas es incluir a toda la humanidad en la clase universal, pero la cuestión es que en tanto y cuanto esta clase no es universal de facto, todos aquellos que están fuera de la misma son considerados enemigos de clase y con ellos no hay fraternidad que valga.

Los comunistas, como Nietzsche apuntaba, son los herederos de la Iglesia católica en la edad Moderna. Si los católicos aspiraban a unificar a toda la humanidad en el seno del “Pueblo de Dios”, los comunistas aspiran a la conversión de todos los hombres en proletarios. Si la Iglesia católica promete a sus fieles la salvación eterna, el Partido promete a los proletarios el paraíso comunista. Tanto en un caso como en otro es esencial, para alcanzar el objetivo final, la cohesión interna del grupo, la cual requiere algo más que la mera presencia de intereses compartidos, exige el establecimiento de lazos afectivos entre los camaradas o los hermanos. La cuestión es que tanto en un caso como en otro la noción de “fraternidad universal” no solo es equívoca sino que falsea abiertamente la realidad y funciona a modo de cobertura ideológica o falsa conciencia para ocultar la hostilidad de ambas ideologías con todos aquellos que se salen del redil y no aceptan ser absorbidos por la Familia (el Pueblo de Dios o el Partido Comunista).

VIII

Concluyo pues que la noción política de fraternidad es, contra lo que pudiera parecer, un instrumento del totalitarismo que habría de ser evitada en una sociedad abierta, plural y democrática. Defiendo pues una política fría, alejada de las tantas veces malogradas buenas intenciones, que a modo de boomerang nos golpean, nos hieren y, en último extremo, nos matan. Alabemos el amor fraterno cuando se da en su espacio natural, - la familia, los amigos…- y luchemos por un espacio político digno, esto es aquel que está regido por verdaderas categorías políticas: justicia, igualdad, libertad, pluralismo, tolerancia etc.

No es cuestión de negar lugar alguno para los afectos en la vida política sino de otorgarles la contingencia que merecen. Por ejemplo: si la mayoría de los ciudadanos españoles sienten simpatía por la causa palestina o saharaui, por ejemplo, es lógico que la política exterior del país favorezca a estos pueblos cuando tenga la ocasión. Pero no por eso es una buena política. Si en el futuro las simpatías de los españoles se desplazan hacia los israelitas o los marroquíes igual de razonable sería que la política exterior (en el supuesto de que la hubiera o tuviera alguna trascendencia) fuera favorable a las naciones rivales.

Haciendo uso del lenguaje económico en boga, podríamos decir que los afectos son aspectos coyunturales de la política, mientras que las categorías políticas son, o deberían ser, características estructurales de la misma, es decir, los afectos cambian y de ahí que cambien los objetivos políticos, pero una buena política, al menos desde mi punto de vista, ha de apuntar a la realización incondicionada de los valores ilustrados: justicia, pluralismo, libertad, igualdad…. (pero no fraternidad, ni siquiera solidaridad)

Por último, en relación a la ayuda al tercer mundo, la lucha contra el hambre, las ayudas para el desarrollo o, en general todo aquello que pudiera entrar dentro del rótulo de una “política solidaria”, creo necesario, para discernir algo y resistir el exceso de sentimentalismo, distinguir entre Estado, Organizaciones Internacionales (ONU, UNICEF…) y sociedad civil, por un lado, e interés nacional, bien común y utopías varias por otro. Defiendo que el Estado debe orientarse a la consecución del interés nacional (el cual no tiene porque ser necesariamente “insolidario”: por ejemplo, a España le interesa que el Magreb y también la costa de África occidental tengan estabilidad, trabajo y, en la medida de lo posible, perspectivas de progreso); las organizaciones internacionales, debidamente financiadas por los estados, habrían de apuntar al bien común (ayuda a la infancia, campañas de alfabetización y vacunación, acceso al agua potable, ayuda a los refugiados etc); y la sociedad civil podría apuntar a otros objetivos que no precisan de amplios consensos (por ejemplo, los defensores de los animales podrían financiar políticas encaminadas a la abolición del salvaje exterminio de focas árticas a manos de los esquimales etc).

En cualquier caso es posible y necesario establecer principios fríos que regulen las instituciones nacionales e internacionales y dejar la fraternidad, la solidaridad y, en general, las fobias y filias en manos de la sociedad civil, esto es, en manos de ciudadanos (particulares), que, organizados en distintas asociaciones no gubernamentales (que para ser tales y preservar su independencia habrían, claro está, de renunciar a la financiación pública) puedan promover la ayuda y la solidaridad hacia quien consideren oportuno.

martes, 8 de enero de 2008

Cruces, hoces y martillos
Óscar Sánchez Vega

La Unión europea tiene expresamente prohibida la exhibición de símbolos que propicien el odio, la xenofobia y el racismo a partir del acuerdo del 19-04-2007. Los países de la UE tienen dos años para adecuar sus códigos penales. En ellos deberán incluir penas de "un máximo de al menos entre uno y tres años" de cárcel para quien incite en público a la violencia o al odio contra grupos definidos por su raza, color, religión, descendencia, nacionalidad u origen étnico. También para los que públicamente "condonen, nieguen o trivialicen genocidios, crímenes contra la humanidad y de guerra definidos por la justicia internacional, así como los del régimen nazi”

Hasta nueve países castigan en Europa la negación del Holocausto, entre ellos Francia, Alemania y Austria, y en el caso francés se incluye como hecho delictivo la negación del genocidio armenio por parte de los turcos. El precedente francés puede abrir la caja de Pandora: de la misma forma el gobierno de Argel podría considerar delito negar que Francia utilizó la tortura contra los rebeldes en Argelia o los polacos podrían aprobar una ley en la que se considere delito negar la existencia del Gulag soviético o el Parlamento irlandés castigar la negación de los horrores de la Inquisición española o el Parlamento español establecer una condena mínima de 10 años de cárcel para cualquiera que afirme que los serbios no intentaron llevar a cabo el genocidio de los albaneses en Kosovo etc.

Sin embargo es preciso reconocer que si bien los imaginarios (y reales) corolarios son esperpénticos, la premisa mayor es perfectamente asumible: no se deben permitir los símbolos que propicien el odio, la xenofobia y el racismo. El problema de la sociedad en su conjunto y del legislador en particular es que debe hilar muy fino para que la norma que limita la exhibición de símbolos y opiniones sea respetuosa con la libertad de expresión Este problema ya estaba de algún modo planteado en la Ética a Nicómaco cuando Aristóteles señala que la ética (o el derecho) no es una disciplina teórica que pueda fijar valores y normas de actuación a partir de principios estrictamente racionales, por lo que el criterio del hombre prudente que sabe valorar las circunstancias concretas es imprescindible. Lo que quiero decir es que no puede fijarse de manera enteramente a priori lo que puede o no puede permitirse al margen de las circunstancias que rodean el presunto hecho delictivo, por lo que la legislación debe mantenerse en términos a veces insatisfactoriamente generales. El principio puede y debe ser sostenido, pero la legislación no debiera recoger la serie, potencialmente infinita o al menos indeterminada, de casos particulares que vulneran el principio con la siempre discutible excepción de la negación del Holocausto por lo que este caso tiene de paradigmático.

La legislación que prohíbe negar el Holocausto ya ha sido aplicada al menos una vez, que yo sepa. En Austria han condenado a pena de tres años al “historiador” británico David Irving por dos intervenciones públicas en 1989 en las que negó la existencia de cámaras de gas en Auschwitz, y adujo que la "Noche de los Cristales Rotos", la primera gran persecución violenta contra los judíos de Alemania en 1938, no fue perpetrada por los nazis.

Pero no se trata solo del Holocausto, es bien sabido que en nuestro país justificar lo que ellos llaman “lucha armada” es apología del terrorismo y está penado por al ley. Otra cosa es si la aplicación de la ley obedece a criterios jurídicos o depende más bien de por donde soplen los vientos políticos.

He aquí un reto para el pensamiento: ¿dónde están los límites? ¿dónde trazar la precaria línea que separa la libertad de expresión del derecho a la dignidad personal y colectiva de las víctimas de la barbarie? La exhibición de simbología y propaganda nazi o la del logo de ETA no está amparada por la libertad de expresión y por tanto son considerados hechos delictivos por la legislación vigente. La pregunta que me planteo, el problema que quiero plantear es si la negación del Gulag es una cuestión equiparable a la negación del Holocausto. O, concretando más, ¿si está prohibida la exhibición de esvásticas nazis no deberían estar igualmente penalizado el símbolo comunista de la hoz y el martillo?

Voy a poner las cartas boca arriba: yo considero que no, porque son casos diferentes.

Pero la cuestión es mucho menos evidente de lo que parece a primera vista. Aquellos que pretenden equiparar uno y otro caso, como los gobiernos de los países bálticos que sufrieron de primera mano los crímenes de Stalin, tienen buenas razones para ello. La mayoría de los “intelectuales” europeos fueron muy reacios a condenar, o siquiera admitir, los crímenes del estalinismo con alguna excepción digna de mencionar como el filósofo francés Jean Francoise Revel, primero en su obra Ni Marx, ni Jesús y especialmente un su último trabajo, La gran mascarada. El objetivo de Revel es mostrar el desastre que supuso para los países que lo padecieron el “socialismo real” y denunciar la impostura de sus colegas de izquierda que optaron por mirar para otro lado. Los aproximadamente 100 millones de muertos victimas del totalitarismo de izquierdas en todo el mundo son bastante más que un buen argumento en contra del comunismo. Aun así muchos todavía achacan el horror a la corrupción de las clases dirigentes, a la perversión del ideal, a la presión del capitalismo etc. La verdad, sin embargo, es otra: cuando se desprecia la vida humana, la libertad y la individualidad el resultado no puede ser diferente. Un estado todopoderoso que carece de controles democráticos tiende, por su propia naturaleza al despotismo y a la corrupción…ayer, hoy y siempre. Pero no solo es culpable el estado y sus gobernantes de los crímenes cometidos sino también el ideal en nombre del cual se instaura el estado totalitario como nos hace ver Borja en su comentario a la película La vida de los otros. Así pues no me engaño: el comunismo es culpable, los símbolos comunistas esconden la tortura y muerte de millones de inocentes, y a pesar de todo…no es lo mismo.

Ahora se supone que debiera seguir un estricto análisis de los símbolos, términos, ideas y teorías a las que remiten las dos ideologías de resulta del cual pudiéramos establecer objetivamente la inconmensurabilidad de las mismas. Pero no es ese el camino. Al menos el mío. Es más: sospecho que el de nadie, aunque no todos estén dispuestos a admitirlo. Decía William James que cada uno escoge la filosofía más afín a su temperamento, de tal manera que los racionalistas más acérrimos simplemente escogen el camino que les marca su carácter…mal que les pese. Pues bien, en el caso que nos ocupa ocurre que siento que no es lo mismo y, al modo de los viejos hegelianos, aspiro a reconciliar sentimiento y razón, es decir, a encontrar razones que fundamenten el sentimiento; pero no me engaño: el sentimiento es quien marca la “hoja de ruta” si una razón es contraria al objetivo trazado la descarto y busco otra.

Reconocer el origen sentimental de esta indagación me permite alejarme del discurso racional- filosófico- y encontrar las “pruebas” que busco en otros géneros literarios. Para comprender la esencial perversión del nacionalsocialismo mejor que leer sesudos ensayos de filosofía política es preferible acercarse a las obras de los supervivientes del Holocausto. Por ejemplo Primo Levi o Jean Amery. Nada de lo que yo aquí pueda exponer puede dar una idea de lo que estos dos hombres, y tantos otros, padecieron en los campos de exterminio, ni siquiera de lo que logran transmitir en sus obras. Amery, en Mas allá de la culpa y la expiación, comenta explícitamente la cuestión que nos ocupa; reconoce que el estalinismo fue espantoso y que en el gulag murieron tantos inocentes como en los campos de exterminio y sin embargo es diferente porque el genocidio era consustancial al nacionalsocialismo pero no al comunismo. Ambas ideologías propician estados totalitarios deleznables, pero a lo largo de la historia hay múltiples ejemplos de déspotas y dictadores que no se lanzaron al exterminio de sus semejantes. El problema es que los nazis no percibían a los judíos como sus semejantes. Este es el quid de la cuestión. Comunismo y nacionalsocialismo son ideologías totalitarias indeseables, pero el nazismo es peor porque nace del odio y el resentimiento hacia el otro que, en virtud de su alteridad, es despojado de su naturaleza humana lo que permite tratarlo peor que a una bestia. El nazismo, más que una opción política, es una coartada moral para dar rienda suelta a los peores instintos humanos en nombre de la patria, la raza o cualquier otro colectivo sobre el que puedan recaer sentimientos de pertenencia. La compasión por los que sufren, suponiendo que sea un sentimiento natural y universal, como señalaba Hume, sólo se desencadena entre los semejantes, los nuestros, es decir, la tribu o la horda. Ampliar el círculo de los que deben ser considerados “nuestros semejantes” es el objetivo de la civilización occidental desde el momento mismo de su constitución en la antigua Grecia. El nazismo supone un ataque frontal a todo este trabajo cultural, representa sencillamente la vuelta a la barbarie.

Por lo que respecta a la otra parte ya hemos señalado que el comunismo como ideología es culpable de la masacre de millones de personas. Pero sería más apropiado hablar de “culpabilidad” cuando la referimos a personas y no a ideas. Desde esta perspectiva debo admitir que los comunistas soviéticos son tan culpables de los crímenes del gulag como los nazis alemanes lo que no quiere decir que todos los comunistas y todos los nazis fueran personas despreciables. Podemos imaginar a un tendero alemán en la década de los 30, como el padre de Oscar, el protagonista de El Tambor de Hojalata, que se deja seducir por la retórica fascista y continua siendo una buena persona que no hace girar su vida sobre los goznes del odio. Del otro lado podría estar un veterano comunista que nunca ha hecho mal a nadie y ha dedicado su vida entera a “la causa” y en tiempos de Stalin, viejo y vencido, calla ante el terror y la iniquidad. La diferencia es que el tendero puede ser buena persona a pesar de ser nazi, o, lo que es lo mismo, en la medida en que no es un buen nazi; mientras que el viejo ruso puede ser una buena persona y un buen comunista; en su fuero interno pensará, con razón, que los traidores al ideal son los dirigentes y no él. Estas analogías son terriblemente subjetivas, lo sé, pero en mi descargo debo recordar que el subjetivismo había sido confesado líneas atrás. La cuestión es que me es imposible imaginar una buena persona que sea a la vez un buen nazi, lo que para mí da buena prueba de la intrínseca maldad de esta ideología.

Sin embargo no puedo menos que admirar a los jóvenes antifascistas que en la década de los 30 y los 40 hicieron frente y finalmente derrotaron – salvo en España- al totalitarismo fascista, aunque no se me oculta que su ideal era igual de peligroso desde el punto de vista de la libertad y los derechos del Hombre. La diferencia con el fascismo es que el ideal de la justicia y la igualdad universal que perseguían los comunistas es, en principio, loable. El problema es que cuando se percataron que su ideal era tan puro que no resistía la comparación con la realidad humana declararon la guerra a la imperfecta y corrupta humanidad. Al fin y al cabo algo similar ocurrió con los ascetas y místicos cristianos: su reino no era de este mundo. Pero no deja de ser una meta que, interpretada al modo kantiano, - como una idea regulativa que orienta y guía la praxis política, aunque se sabe de antemano inalcanzable - fue un positivo motor de cambio de la sociedad y puede ser una opción política respetable, siempre y cuado sea desconectada del fanatismo y la intransigencia de la que hicieron gala sus partidarios.

Por el contrario no hay nada respetable en el nazismo; esta ideología es como una enfermedad infecciosa que conviene atajar sin miramientos: aquel que está contaminado se convierte en un peligro para la sociedad en un doble sentido: por su actitud contra los otros (que pueden ser los inmigrantes, los moros, los gitanos, los españoles o maquetos etc) y por la posibilidad de contagiar a los que él considera sus semejantes inoculándoles el virus del odio al otro, al diferente.

El comunismo, en cambio, es un camino equivocado que lleva a un callejón sin salida, pero siempre es posible deshacer el camino andado y tomar una nueva dirección – la prueba más evidente es la cantidad de excomunistas que hoy militan en partidos socialdemócratas o liberales en toda Europa- .

La conclusión a la me llevan estas líneas es que el estado debería abstenerse de reprimir los símbolos comunistas o anarquistas. Quien ostenta tales símbolos hace uso de su libertad de expresión y todo lo más que el estado debiera hacer con él es pedagogía democrática para hacerle ver que su opción política es equivocada. Pero la impúdica exhibición de simbología nazi es un insulto a las víctimas y una intolerable proclama al odio y a la discriminación que no puede ni debe ser permitida. Así pues entiendo que la situación legal actual es razonable, lo cual no deja de ser un final sorprendente cuando uno empieza a reflexionar sobre los diferentes problemas políticos que nos afectan como país y como estado.