Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 21 de enero de 2011

Sobre la ideología en Marx (II).
Borja Lucena

Para llegar a entender qué quiso decir Marx es preciso conciliar dos instantes de su filosofía que se presentan repentina y bruscamente como distanciados y contrapuestos, como dos polos excluyentes y acérrimamente enfrentados. Lo crucial, si queremos ingresar en el pensamiento de Marx y apresar su sentido, es que esta brutal contradicción ha de ser pensada como una contradicción válida, una contradicción de la cosa misma y no como un error o una falla del pensamiento; es decir, ha de ser pensada de forma dialéctica, sin pretender desechar ninguno de los extremos en que se da el conflicto, sino confiando en su plena validez mutua. La dificultad es aquí profunda y tenaz, sobre todo si vamos más allá de fórmulas como “pensamiento dialéctico”, ya que exige entender de veras qué quiere decir exactamente que lo contradictorio sea real, o que la realidad se desenvuelve en la contradicción. Los dos instantes de los que hablaba arriba –indispensables en la economía del pensamiento marxiano- tienen, por ello, que ser localizados en una confrontación dialéctica, o, dicho de otra manera, han de ser pensados a la vez:

1- La realidad es materia. Esta materia se transforma y desarrolla de acuerdo con estructuras y formas independientes con respecto a la voluntad humana, sólo obedeciendo leyes propias que se cumplen de modo determinista. El hombre no puede dominar el desenvolvimiento de las fuerzas materiales, sino sólo obedecer, se dé cuenta o no, a la necesidad de su desarrollo.

Mi investigación desembocaba en el resultado de que, tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario en las condiciones materiales de vida (…) y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política.
(…) en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.

Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política


No obstante, y aquí estamos en la perplejidad de la contradicción, también encontramos que, viviendo en una realidad material como la descrita en 1-),

2- El hombre es productor de la realidad y está dotado de la capacidad de someter el devenir material a planificación y ordenación racionales.

La libertad, en este terreno, sólo puede consistir en que el hombre socializado regule racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, situándola al alcance de todos, en vez de siendo gobernados por ella como una fuerza ciega; y también consiste en hacer esto con el menor gasto de energía y bajo las condiciones más favorables y dignas de su naturaleza humana.
El Capital, III


En un caso, el hombre es necesariamente doblegado por el transcurrir necesario de la materia y cumple sin remisión los designios dictados por sus leyes; en otro, domeña el entorno para darle la forma de la organización racional adecuada a la libertad, y obtiene de la realidad que cumpla las aspiraciones íntimas de la razón, convirtiéndose, de realidad natural, en realidad plenamente humana. En palabras de Raymond Aron, se plantea la cuestión de saber por qué se produce esa conjunción entre un cierto determinismo y una realización de la razón (…) es decir, cómo es posible que el proletariado realice a la vez lo obligado por el determinismo material y lo necesario desde el sentido de la razón[i] ¿Cómo es posible comprender ambas proposiciones a la vez? ¿No se excluyen necesariamente la una a la otra? ¿Qué es lo que tiene que pasar para que podamos aceptar la verdad de ambas? Marx ofrece, en una formulación vaga, la unidad de los contrarios que es menester alcanzar: por tanto, las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias (La Ideología Alemana, “Sobre la producción de la conciencia”). Esta afirmación, sin embargo, en su misma simplicidad muestra su complicación profunda; como fórmula es biensonante y plausible, pero no nos dice nada sobre su sola posibilidad ni sobre cómo entender de modo no confuso su contenido. La dificultad sigue siendo, me parece, enorme. ¿Qué tiene que pasar para hacer inteligible la unidad de ambos momentos? Tienen que pasar, al menos, dos cosas: que seamos capaces de reformular completamente el concepto comúnmente aceptado de verdad, por un lado, y, por otro, que ingresemos en la concepción dialéctica de la realidad como proceso, como despliegue en el tiempo, de tal manera que el tiempo ya no sea sólo un transcurso, sino una explicatio de la realidad, una dimensión dotada de plenitud y significado en relación al sentido del proceso en que la realidad se hace. Una nueva verdad, entonces, que se hace en el tiempo y en él se efectúa.


[i] Aron, R, El marxismo de Marx

miércoles, 12 de enero de 2011

Tabaco, razón y sinrazón.
Borja Lucena

Podría aducir razones por las que no tengo intención de dejar de fumar. Podría decir, por ejemplo, que la otra noche estuve horas paseando por Madrid, recorriendo calles de adoquines empapados, calles solitarias que guardaban en su oscuridad miles de sentidos, y también calles aplanadas por el pisoteo de la multitud y la anónima deriva del tiempo. Podría entonces recordar que mis paseos por la ciudad siempre tuvieron pequeños bares o cafeterías, cambiantes a lo largo de tantos años, en los que paraba, casi ceremonialmente, a leer, a descansar, a pensar, a tomar una cerveza como sólo se tiran en Madrid, o un café caliente, y me liaba un cigarrillo que me sabía a gloria bendita. Esas caminatas por Madrid siempre ha sido uno de mis rituales ineludibles. Podría seguir pensando que, como ocurre en cualquier ritual, la falta de cualquiera de sus elementos hace perder el sentido a todos los demás, como si quedaran desvinculados de un centro invisible, y que cuando, la otra noche, inicié mi paseo en la calle de Alcalá, sabía que algo que no podría sustituir de ningún modo me iba a estar faltando desde el primer paso. Me han quitado ése cigarrillo, y con ello han acabado con el embrujo estético que refulgía en aquéllos cafés del atardecer. Si este pueblo estuviera despierto no tardarían en empezar a aparecer fumaderos clandestinos, pero todavía no sé de ninguno, así que tuve que fumar en el hueco de los portales, como un yonqui o un violador.

Pero no quiero ofrecer ninguna razón. Estamos saciados de razones, que se presentan sólo como un modo de justificar que no podamos gozar de la libertad del mayor de edad. Me repugna verdaderamente el mito de la transparencia racional, el mito fundamental subvencionado y promocionado por el Estado Salvador que quiere protegernos de los riesgos de lo libre y espontáneo. Como si la vida humana fuera un catálogo de reglas de obligatoria observancia, como si la vida hubiera de constituirse en el modo de lo transparente y sin pliegues, de lo claramente legible e identificable, de lo ligado siempre a una explicación, a una fórmula o una argumentación de impecable desarrollo lógico. ¿Ése es vuestro sujeto racional? En los ministerios, las oficinas y ventanillas miles de covachuelistas trabajan para que cualquier biografía tenga cabida en un informe estadístico y un protocolo burocrático. Para que cualquier historia se llene de razones y de plenitud oficinesca. Y para extirpar todo lo irracional, todo lo no justificable por normas, lo no construido ateniéndose a un modelo estrictamente homologado por la Razón de Estado. Quizás sea el momento de reivindicar lo que no se atiene a la Razón, pero cuya naturaleza no excluye lo razonable, de apreciar que no somos un constructo racional sino "esta alma, esta carne, estos huesos" opacos al cálculo y abiertos, sin embargo, al sentido de tantas cosas irreductibles y no manipulables; tantas cosas que, incomprensibles y contingentes, escapan a la necesidad de la deducción. A fuerza de ajustar todo al deber ser de la Razón, nos despojan de lo que auténticamente somos -porque también somos tradición, también novedad, también juego- con el fin de conducirnos al estado beatífico de una masa compacta, indiferenciada y enormemente aburrida.

Queríamos Progreso, y seguimos observando que la Historia, si es una progresión infinita -siempre más, siempre más- exige que el poder del Estado también ha de extenderse cada vez más; que el Estado tiene que controlar cualquier esfera vital para que se avenga a concordancia con la Razón, y que, como ya estableció Hegel, en último término, la Razón es el Estado. El más y más exige más producción, exige más técnica y más planificación, exige más salud y más vigilancia ante lo insano, y exige también más producción de leyes, una producción casi frenética de normas que ocupan todos los intersticios de la vida cotidiana, que se anexionan los actos más privados así como el espacio de lo público, que reglamentan cualquier paso o cualquier tarea, cualquier soledad o cualquier compañía.
Desconfiad de quien, por vuestro bien, os quita vuestros pequeños bienes cotidianos.