[contiene spoiler]
Pluribus,
la nueva producción de Vince Gilligan (Breaking Bad), se ha erigido
indiscutiblemente como la serie del momento. La historia nos sitúa en
Albuquerque —escenario que ya empieza a constituir un sello de identidad en la
obra de Gilligan—, en un presente donde la humanidad se enfrenta a un evento
transformador denominado «La Unión». El detonante es una misteriosa señal de
radio proveniente del espacio que contiene una secuencia de ARN viral. Por
supuesto, el código es descifrado y el virus es sintetizado en un laboratorio.
Como es de esperar, este hecho desata un contagio global provocando un colapso
de la civilización. Hasta este punto, no hay nada nuevo bajo el sol, salvo
quizás la originalidad de un ARN que resuena con la tecnología de las recientes
vacunas contra el coronavirus. Lo verdaderamente interesante es que este virus
no desencadena un apocalipsis zombi, con hordas de monstruos sembrando el caos
y la muerte; ocurre más bien lo contrario. El patógeno conecta a todos los
humanos de la Tierra a través de una especie de mente colmena pacífica,
eficiente y perpetuamente feliz. De este acontecimiento emerge una nueva
sociedad donde no existen guerras, hambre ni dolor, pero donde también se ha
evaporado la individualidad.
Por
supuesto, la trama no termina ahí; si así fuera, el «fueron felices y comieron
perdices» habría clausurado la serie en el episodio piloto. El conflicto nace
porque el virus no ha afectado a la totalidad de la especie: se han salvado
aproximadamente una docena de personas dispersas por el mundo. Entre ellas se
encuentra Carol Sturka (Rhea Seehorn), una escritora de novelas románticas
cínica, solitaria y de una catadura moral cuestionable. La trama se articula,
entonces, como una «lucha» entre la mente-colmena de hombres dichosos y los
«individuales» por la asimilación de estos últimos. Sin embargo, la dinámica
rompe con lo habitual: el intento de asimilación no es hostil, sino
extraordinariamente amable. Resulta llamativo que los asimilados mantengan una
cordialidad insistente frente a unos individuales —especialmente Carol— que
responden con ira, dolor, cinismo y una constante actitud límite.
Edgar Cabanas ha señalado acertadamente en su artículo El "mundo feliz" de Gilligan: sobre Pluribus y la felicidad, las coincidencias entre la serie y la obra de Huxley, sugiriendo que, en el fondo, la producción podría estar articulando una defensa del american way of life frente a la «amenaza roja». Esta idea sobrevuela la historia de principio a fin, pues los conectados lo comparten todo mediante una conciencia colectiva que disuelve al individuo en una suerte de sociedad comunista perfecta. Es una imagen potente, por ejemplo, cuando Carol pregunta a Zosia, su «contacto» con la colmena, dónde duermen los miembros de la nueva sociedad. Ella la guía hasta uno de los polideportivos de Albuquerque, donde miles de personas se reúnen para pasar la noche. La sensación que transmite es la de una comunidad que se acompaña en la catástrofe, evocando esos momentos en los que emerge la solidaridad colectiva (en la línea de lo que expone Rebecca Solnit en Un paraíso en el infierno). Pero la realidad es que no es una sociedad del todo feliz: puede que vivan en una conexión permanentemente satisfactoria, pero lo cierto es que se mueren —literalmente— de hambre. Su estricto sistema de valores y el respeto absoluto a todas las formas de vida les complica tanto la obtención de alimentos que no son capaces de abastecerse y saben que en poco tiempo irán muriendo millones de personas. Quizá esta sea la forma que tiene Gilligan de reiterar un argumento clásico contra el comunismo: son muy idealistas, sí, pero las ideas no se comen.
No
obstante, existen detalles en la trama que sugieren que la serie va más allá de
una defensa de la individualidad capitalista frente al colectivismo soviético.
La historia pone demasiado énfasis en demostrar que, dentro de la colmena,
existe una felicidad auténtica; que renunciar a la individualidad no es
necesariamente monstruoso. Zosia repite insistentemente a Carol que, si
experimentara por un instante la dicha de estar «conectada» con toda la
humanidad, sus dudas se disiparían y se uniría a ellos. En todo momento
contrasta la felicidad y serenidad de Zosia, con la agitación histérica de
Carol, haciendo que la unión no parezca tan monstruosa. De hecho, cuando alguno
de los individuales cede, sucede exactamente como Zosia predice: cesa su
sufrimiento y agradecen poder compartir tanta dicha. Esto marca una diferencia
fundamental con la Unión Soviética o cualquier otra dictadura histórica. En
aquellos regímenes, eran contados los casos de individuos deseando «conectarse»
con el sistema, mientras miles arriesgaban su vida para «desconectarse». En
esos casos, el colectivo no era una comunidad cohesionada por la felicidad,
sino que la «unidad» del pueblo solía sustentarse sobre una base de alambradas
y policía secreta.
En cambio,
en Pluribus se insiste tanto en la autenticidad de esa dicha que creo
que la historia tiene un interés genuino en ofrecer una visión positiva de la
colmena. Por momentos resultan entrañables y es fácil empatizar con ellos,
sobre todo cuando son maltratados por Carol en su afán de tratarles como a
peligrosos enemigos. De hecho, lo vulnerables que son ante cualquier desprecio
y violencia por parte de los individuales, resulta, a la vez, inquietante y
entrañable.
Por todo
esto, mi sospecha es que la serie no trata de criticar el colectivismo para
ensalzar el individualismo capitalista (habrá que ver el desarrollo de la
segunda temporada), sino que nos habla de otro tipo de conexión: una más propia
del capitalismo que de la «amenaza roja». Se trata de esa conexión que promete
felicidad y que no es un cuento: conectar con el otro. Conexiones reales que no
necesitan ser mantenidas por la fuerza y que todos buscamos porque generan
bienestar. Este tipo de conexiones, son más propias del capitalismo que del
comunismo, y son las sociedades democráticas liberales quienes han desarrollado
tecnologías que las hacen posible. Al fin y al cabo, ¿no es esto el mercado? una
forma de conectar personas para que unas cubran las necesidades de otras y
todos ganen. ¿Y no se están moviendo tecnológicamente las sociedades
capitalistas en dirección a una hiperconectividad? Criticamos el colectivismo
comunista, pero son sociedades capitalistas quienes han implementado
tecnologías que permiten generar colectivos cada vez más homogéneos e
individuos cada vez más conectados con otros individuos en redes cada vez más
amplias.
El problema
es que tal vez estos nuevos modos de «conectar» no resultan tan satisfactorios
como parece apuntar la serie. Pero esto ya ocurría con el mercado, como apuntó Marx:
hacía falta una poderosa «interfaz» para hacer operativa tanta conectividad: la
mercancía. Para que la conexión fuese total y las sociedades capitalistas
deviniesen una utopía de felicidad, todas las cosas y personas deberían ser
subsumidas bajo la forma de mercancía, logrando que el mercado funcionase sin
fricciones. Lo que el capitalismo no decía es que, para que esto ocurriera,
también habría que renunciar a la individualidad; esa renuncia se localizaba
como endémica de los sistemas comunistas. Pero lo cierto es que para que el
mercado siguiera funcionando, éste no era un mero intercambio de necesidades,
sino que los individuos debían ser —todos— convertidos en «existencias» (de
esas que se apilan en los almacenes), o como dicen otros, en puro «capital
humano».
Para ir
terminando, planteo la siguiente hipótesis: ¿y si la serie, más que del clásico
debate individualismo-colectivismo, está hablando de una mutación en los
vínculos sociales que sustentan el capitalismo? La dicotomía entre
individualismo y colectivismo siempre ha sido, en parte, una impostura. Ni el
capitalismo ha defendido la individualidad tanto como presume, ni los modelos
colectivistas han tenido siempre como horizonte único su eliminación.
Tal vez lo
que verdaderamente ocurre, y lo que apunta la serie, es que el capitalismo de
mercancías y experiencias se está agotando, y comienza a ser demasiado evidente
que es solo un simulacro. De hecho, en la serie, esta sigue siendo la forma «arcaica»
de relación entre la colmena y los individuales: el intercambio de mercancías.
Y no es baladí que uno de los personajes, Mr. Diabaté, se empeñe en mantener
los «viejos usos», aferrándose a un estilo de vida basado en un intercambio
donde el «otro» son «todos los otros», lo cual resulta completamente falso en
el nuevo contexto.
Es posible que, en última instancia, Pluribus funcione como un espejo deformante de nuestra situación. La serie no nos advierte de la llegada de un comunismo alienígena, sino que reflexiona sobre la fase terminal de nuestro propio sistema. Si la «Unión» representa un mercado perfecto donde la fricción ha desaparecido y la conexión es absoluta, entonces la pérdida de la individualidad no es un accidente, sino el precio final de la eficiencia total. Tal vez, y solo tal vez, la serie sea una melancólica reflexión sobre cómo salvar el capitalismo de su propio éxito, antes de que su inercia nos devore en una felicidad obligatoria y estéril.
Qué bueno. ¡Gracias!
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