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domingo, 5 de abril de 2026

La revolución Grunge
En el 32 aniversario de la muerte de Cobain
Eduardo Abril

 La imagen que la cultura popular ha canonizado de Kurt Cobain es la de un anti-héroe de la apatía. Un postadolescente de pantalones vaqueros rotos, camisas de franela desgastadas y un enmarañado pelo largo teñido con Kool-Aid de fresa que, por un capricho del destino, terminó desplazando a Michael Jackson del trono de Billboard. Sin embargo, detrás de esa fachada de desidia y desinterés existía una arquitectura revisionista meticulosamente construida.

Existe la creencia de que Kurt despreciaba la fama, pero sus diarios (traducidos por Ángeles Leiva y publicados en español en «Reservoir Books») hablan más bien del típico adolescente de los noventa, obsesionado con la mecánica del éxito años antes de alcanzarlo, soñando con grupies, drogas y excesos en hoteles de lujo. En sus diarios sus preocupaciones hablan casi siempre de lo mismo: el grupo de música con el que quería convertirse en una estrella de rock, con todos los tópicos que eso conllevaba. Cobain no llegó a la cima por accidente; ensayó su llegada. Escribía entrevistas imaginarias en sus cuadernos y perfeccionaba su lenguaje corporal —ese encogimiento de hombros tan característico— como una respuesta prefabricada a la validación externa. Mientras proclamaba su desdén
por el sistema, llamaba frenéticamente a sus managers para quejarse si MTV no emitía sus videos con suficiente frecuencia.

La desidia y el auto-odio de Kurt que dio forma a la generación X, sin embargo, no era fingida. Pero la verdadera historia no es la de una rabia revolucionaria, una queja contra un mundo descafeinado que imponía una vida falsa de consumo y convencionalismos conservadores a una generación de jóvenes que únicamente querían disfrutar de los amigos, la música y las drogas (así retrató la novela de Ángel Mañas a la generación X de los primeros noventa). La leyenda cuenta que Kurt vendió las armas de su padrastro para comprar su primera guitarra, un acto de rebelión que simbolizaba el nacimiento del grunge norteamericano sobre las cenizas del conservadurismo reaganiano de los ochenta. Wendy, la madre de Kurt, tras una violenta pelea con su pareja, Pat O’Connor, había arrojado el saco de sus armas al río Wishkah. Kurt y sus amigos las rescataron del lodo y las vendieron para comprar sus instrumentos musicales. Seguramente esto fuera verdad, pero lo cierto es que Kurt ya poseía una guitarra desde los 14 años y puede que sus intenciones no fueran más allá de conseguir un buen equipo en un momento en que vio que su futuro profesional estaba en el mundo de la «música underground», precisamente cuando empezaba a no ser tan underground. Con el dinero, compró sobre todo un potente amplificador Fender Deluxe, pensado para desarrollar un sonido contundente en directo, lo que mejoraría sin duda el volumen de su rabia. La generación X había crecido viendo las películas de Tom Cruise en los ochenta y por supuesto que querían triunfar, consumir y despilfarrar. El problema —que no es un problema de los noventa exclusivamente— es que para muchos de ellos eso no era más que una fantasía. Tal vez el relato del héroe desidioso de la generación X sólo intentaba maquillar un poco el hecho de que los jóvenes de los noventa no eran tan diferentes de los ochenta, aunque no soñaran con el éxito profesional en los pasillos de Wall Street, sino en los escenarios de Seattle y Nueva York

Kurt deseaba más que nada ser una estrella del rock, pero en realidad se sentía un paleto, un «hick» de Aberdeen, un pequeño pueblo maderero, olvidado en la costa del Estado de Washington. Algunos datos de su biografía lo confirman: cuando Kurt buscaba cierta sofisticación tocando en los locales de Olympia, una de las auténticas escenas «modernas» donde nació el grunge norteamericano, le costaba quitarse de encima el aura paleto que tenían todos los Bobcats, los estudiantes del Aberdeen High School, del que no había salido nada interesante en sus casi cien años de existencia. Este complejo de clase estalló en una fiesta en el Caddyshack, la única escena donde podían tocar los pocos grupos de Rock que intentaban salir a flote desde la mugre de Aberdeen. El baterista que tocaba en su banda de entonces, Dave Foster, fue increpado por su apariencia de «redneck», una forma despectiva describir a los hombres blancos de campo, sin cultura, sin vida interior, sin interés; al parecer Foster llevaba una estética demasiado ligada a su origen campesino. Kurt, herido en su orgullo, después del concierto exigió a Foster que debía cambiar su aspecto para pertenecer a una banda de rock. Esta «vergüenza» de clase no le abandonó en ningún momento de su carrera. Siempre se sintió atrapado entre dos mundos: era demasiado raro, demasiado moderno para los «loggers» —los trabajadores madereros de su pueblo—, pero demasiado rústico para la élite intelectual de Seattle a la que deseaba pertenecer con toda su alma. La forma en la que Kurt afrontaba este auto-odio de clase, fue precisamente la proyección fantasiosa de sus aspiraciones: imaginaba todo el tiempo que se convertía en una estrella de rock desenfadada, despreocupado de los convencionalismos de clase; quería escapar de ese mundo asfixiante de los grises bosques de «Gray Harbor», para vivir la vida excesiva y despreocupada de una celebridad, pero fundamentalmente quería escapar de sí mismo y del sentimiento de mediocridad que le asediaba y le llevaba todo el tiempo a una actitud de desprecio con todo lo convencional. Podría decirse que, despreciaba lo establecido porque era la única forma que imaginaba que podía alcanzar el éxito convencional.

Su auto-odio se volvía una farsa cuando hablaba con frecuencia de que poseía «genes del suicidio». En este caso no era una pose dramática, y si lo era, tenía una base real. La muerte autoinfligida era una constante en los Cobain: su tío abuelo Burle se disparó con una 38; su tío Kenneth murió de la misma forma; y su tío Ernest murió suicidándose lentamente a través de un alcoholismo implacable. A los 14 años, Kurt ya le decía a sus compañeros de clase que sería una estrella de rock y se suicidaría como Jimi Hendrix. Marx decía que la revolución se da primero como tragedia y después como farsa; si hablásemos de una «revolución grunge», deberíamos decir que la farsa finalmente fue también una tragedia: si el suicidio de Cobain fue un paso más en la construcción de la megaestrella que quería ser, el mismo tiempo que el cumplimiento con una herencia familiar ineludible, desde luego aquello fue una gran farsa, pero por eso mismo, de manera dialéctica, la impostura se convirtió en una enorme tragedia.

El caso es que el mito de Kurt Cobain fue una construcción deliberada, no solo de una industria que ansiaba rentabilizar a un mártir, sino del mártir mismo, que necesitó una poderosa fantasía para transformar su propio autodesprecio en una virtud. Quizás la mayor verdad sobre el joven de Aberdeen es que el mito era la única forma que tenía el hombre para poder soportar su propia realidad. Pero que, en cierta forma, todo fuera una mascarada, no significa que sea una performance carente de valor. Todos llevamos una máscara así que lo más importante es qué máscara elegimos. Cobain puso al descubierto cual fue en buena medida el disfraz de la generación X: una generación tan deseosa de triunfo como cualquier otra, tan ávida de ascenso social como la de sus padres, pero que ocultó su falta de ánimo revolucionario detrás de la máscara de una renuncia. Por eso los jóvenes «hippies» de los noventa, conducían un golf blanco y llamaban a la casa de verano de sus padres, «keli okupa» cuando, en vacaciones, la ocupaban con todos sus amigos. Kurt Cobain nos enseñó que también podemos sentirnos excepcionales siendo mediocres y «revolucionarios» sin hacer absolutamente nada.

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