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jueves, 13 de septiembre de 2018

Castoriadis; pensar la imaginación.
Óscar Sánchez Vega


Cornelius Castoriadis (1922-1997) nace en Estambul y se forma en Atenas; siendo muy joven milita en en las juventudes comunistas griegas y participa en la resistencia contra los nazis. En 1944 emigra a Francia donde continua sus estudios de filosofía y funda, junto con Claude Lefort, la revista Socialismo o Barbarie, una revista fundamental de pensamiento crítico dentro de la tradición de la izquierda europea. En la década de los 40 y 50 Castoriadis se interesa especialmente por el funcionamiento de los sistemas de opresión: el capitalismo y el totalitarismo. Lo hace, en esta época, desde un marxismo heterodoxo, siempre marcado por un fuerte componente libertario, del que progresivamente se va alejando. A partir de los años 60 abandona definitivamente el marxismo, se acerca al psicoanálisis y va vertebrando un pensamiento propio, articulado en torno a los conceptos de creación, imaginación y autonomía, que cristalizará en su obra más importante: La institución imaginaria de la sociedad (1975).

Recientemente, en mayo de 2018, se ha reeditado el tomo V de Encrucijadas del laberinto, Hecho y por Hacer. Pensar la imaginación (1998), el último libro que Castoriadis tuvo ocasión de revisar en vida. Aprovecho esta ocasión  no tanto para hacer una reseña de este libro, porque una cosa me ha llevado a otra, sino de la propuesta filosófica de Castoriadis. Pero acaso estas palabras son excesivamente pretenciosas porque es muy difícil resumir en unas pocas líneas un pensamiento complejo que abarca multitud de temas que, en apariencia, tienen poco que ver entre sí: filosofía, sociología, economía, ética, biología, política, psicoanálisis, etc. En cualquier caso... vamos a intentarlo.

I Homo imaginans.

El punto clave en la ruptura de Castoriadis con el marxismo es la negación no solo del determinismo histórico sino de cualquier tipo de determinismo integral. Los intentos de “explicar” los cambios sociales apelando a leyes históricas, biológicas o económicas han fracasado estrepitosamente. Existen en la experiencia de la humanidad millares de sociedades, de instituciones, que son irreductibles, no pueden “explicarse” desde ningún tipo de determinismo. Colectivos humanos que se enfrentan a los mismos problemas, en espacios cercanos y con semejante capacidad técnica, sin embargo, han dado respuestas, instituciones, muy diferentes. Ante los mismos retos el “imaginario social” (dioses, normas, valores, modos de vivir, de educar a los niños, etc) de, por ejemplo, dos sociedades primitivas próximas es radicalmente diferente. ¿Cómo es posible?

Los antropólogos e historiadores suelen buscar las razones de las instituciones sociales en los ámbitos económico y tecnológico porque entienden que lo que es fundamental en la sociedad contemporánea también debe serlo en cualquier otra, pero esta es una extrapolación ilegítima. Por ejemplo, no entenderemos nada si nos empeñáramos en comprender las diferencias entre la Florencia del siglo XIV y la Roma del siglo I apelando a la técnica o la economía. El “imaginario social” de estas sociedades no es un efecto de estas causas, u otras que estén por determinar, sino más bien el a priori que da sentido a la vida de las personas que vivieron en aquellas sociedades.

Al examinar la historia Castoriadis encuentra que hay dos elementos que siempre aparecen entretejidos. Por un lado están las “consecuciones causales”, es decir, conductas humanas racionales que son comprensibles en términos de fines y medios: ¿qué medios debo emplear para alcanzar el fin X? Pero este es solo un aspecto de la vida humana que debe completarse con la “dimensión imaginaria”, que es la que plantea los fines u objetivos de la vida humana, porque la razón no puede fijar estos fines. ¿Qué es más racional perseguir el bienestar material o la salvación del alma? ¿Por qué este fin y no otro? ¿Por qué los egipcios invirtieron ingentes esfuerzos en la construcción de pirámides o los europeos del siglo XIII en la construcción de catedrales en lugar de mejorar la vida de las personas? Respuesta: porque es lo que daba sentido a su vida. No hay una respuesta objetiva exterior al imaginario social. La cuestión del sentido está siempre dada desde determinadas coordenadas imaginarias. Existe una creatividad en el imaginario colectivo que es lo que Castoriadis llama “imaginario instituyente” que crea instituciones y genera los significados y el sentido.

Este imaginario instituyente es algo diferente a la suma de invenciones o representaciones de los individuos que componen la sociedad por la sencilla razón que el individuo ya es, él mismo, una construcción social. Eso que llamamos “persona” es el resultado de una base psicológica subyacente -psique- que es sometida a un proceso de socialización. La psique es, básicamente, el inconsciente freudiano, pero un inconsciente que no se reduce a un manojo de pulsiones, pues estas, aunque nos condicionan, no son específicamente humanas, son la parte animal del hombre. Además las pulsiones, o sea, los instintos animales, tienen un marcado carácter funcional (adaptativo), en cambio “en el humano, el flujo espontáneo de la imaginación, en lo que tiene de específicamente humano, se separa de la finalidad biológica”1 El ser humano es radicalmente inepto para la vida. Tampoco el inconsciente es, como dice Lacan, lenguaje, porque el lenguaje no está dado de antemano, ni es una donación del ser (Heidegger). Castoriadis dice que “el lenguaje es la creación espontánea de un colectivo humano. Lo mismo vale para todas las instituciones primordiales sin las cuales no hay vida social y por tanto tampoco seres humanos”2

La psique humana es básicamente “imaginación radical”, es un flujo constante de representaciones, deseos y afectos, como se muestra, por ejemplo, en los sueños. Este flujo es indeterminado, no está sometido a la causalidad, puede estar motivado por esto u aquello, pero no causado en sentido estricto. Esto vale tanto para un sueño vulgar como para una invención extraordinaria. La psique empieza en el recién nacido bajo la modalidad de “mónada psíquica”, es decir, como un mundo encerrado en sí mismo regido por el principio del placer. Esta psique aún no es racional, antes de ser homo sapiens somos homo imaginans: la psique produce representaciones, busca el placer y en él encuentra el sentido. Una psique tal no podría sobrevivir porque no es funcional. Es la sociedad la que impone a la psique la socialización y le impone lo que Freud llamó el principio de realidad, el reconocimiento de que existe una realidad exterior que no se somete a nuestros deseos, que el placer no siempre puede ser inmediato y que el otro existe y debe ser tomado en consideración. Pero la primera dimensión de la psique nunca se pierde del todo, hay una parte de nosotros que se resiste a la socialización.

El individuo, repito, no es la psique, es una creación de la sociedad que moldea o trabaja sobre una psique, es decir, un individuo no es simplemente un flujo de representaciones, afecto y deseos (psique) sino alguien que encarna las instituciones de la sociedad. La institución social, empezando por el lenguaje, existe en cada uno de nosotros. Por eso la vida humana tiene una dimensión, la social, que es irreductible porque no puede derivarse de la biología, la química o la física.
“Sociedad y psique son a la vez irreductibles entre sí y realmente inseparables. La sociedad como tal no puede producir almas, esa idea no tiene sentido; pero una asamblea de almas tampoco produciría una sociedad. En cambio una asamblea de individuos sí puede producir una sociedad (los peregrinos del Myflowwer, por ejemplo) porque esos individuos ya están socializados.”3

En resumen: por un lado una imaginación singular que procede de una psique creadora y por otro un imaginario instituyente de carácter social. La creación es el nexo común de la totalidad del mundo humano.

II Ser y Creación.

Castoriadis nos invita a pensar el ser de un modo diferente a la “filosofía heredada”. Acostumbramos a pensar el ser como un conjunto de objetos con ciertas propiedades que sometidos a determinación, vinculados unos con otros según ciertas relaciones. Pero esta es una desafortunada imagen. El ser, dice Castoriadis, es creación, un “flujo incesante” de todo tipo de estructuras o determinaciones. “El ser en general es creación. El imaginario y la imaginación son el modo de ser que esa vis formandi del ser en general toma de ese retoño del ser/ente global que es la humanidad”4

La creación no es un fenómeno u acontecimiento derivado que pueda ser reducido a ciertas causas que la determinan; en sentido estricto la creación es ex nihilo. Entonces, ¿Castoriadis afirma que el mundo es un Caos y no hay determinación? No, porque el ser es irreductible a una serie de determinaciones sistemáticas, pero, a la vez, presenta cierta organización y es en cierto modo previsible. El ser no está determinado, pero no es caótico. De él surgen nuevas determinaciones, estructuras que no pueden derivarse de lo que allí había antes.
“La idea de creación se opone al postulado de un determinismo integral y exhaustivo. No significa de ninguna manera -todo lo contrario- que no hay determinaciones locales o sectoriales. En un sentido más general el determinismo local está implicado por la idea de creación; ya que esta creación no es creación de no importa qué, sino cada vez, creación de una forma, un eidos determinado, que debe persistir en la existencia como tal.”5

En todos los dominios del ser hay una dimensión determinada y otra indeterminada. La parte del determinismo responde a lo que Castoriadis denomina “lógica conjuntista-identitaria” que no es otra cosa que la lógica que se rige por los principios de identidad, contradicción y tercero excluido. Esta dimensión lógica está presente en todas partes, tanto en la psique como en la sociedad, en lo viviente o en el ser físico: ciertas causas generan ciertos efectos, dos más dos igual a cuatro, una cabra no es un oveja, etc. Esto es así de manera necesaria, no es invención, ni creación, sino que responde a una dimensión de lo real. Pero también existe una dimensión imaginaria: la dimensión “magmática”. En el ser hay un exceso que no puede reducirse a lo que Castoriadis denomina lógica conjuntivista-identitaria. Por ejemplo, la lógica no puede dar cuenta del significado y origen de un sueño o de una fuga de Bach; lo cual no significa que tanto en el sueño como en la melodía haya elementos, lógicos, racionales, calculables, pero la dimensión que impera en ellos es la imaginaria. El magma de Castoriadis recuerda a lo Real lacaniano, en ambos casos la lógica cumple un papel fundamental en su delimitación: el magma es justo aquello que la lógica no puede señalar, lo que no puede ser representado.

En resumen, el ser es a la vez caos y cosmos, tiene una dimensión identitaria que nos permite vivir y pensar, anticiparnos a lo que va a ocurrir y otra magmática que, por así decir, plantea continuamente los axiomas a partir de los cuales la deducción lógica es posible.

III Capitalismo y autonomía.

El mundo contemporáneo, como todos, se levanta sobre ciertos imaginarios que, a menudo, no son reconocidos como tales. Por ejemplo, la idea de progreso asociada a la racionalización, es decir, la idea que el mundo es calculable, predecible, mensurable, etc. ¿Cómo nace esta idea? Es un proceso complejo en el que intervienen diversos factores, pero podemos señalar la importante contribución de dos fuentes filosóficas: Descartes y Leibniz ponen las bases de este proyecto imaginario que es el capitalismo. En Descartes encontramos la idea del hombre como señor de la Naturaleza y que el objetivo del conocimiento es dominar la naturaleza. Leibniz aporta el cálculo. Según el filósofo alemán, Dios creo el mundo calculando por lo que todo cuanto hay puede ser formulado en el lenguaje lógico-matemático. El mundo moderno supone el triunfo de esta lógica conjuntivista-identitaria. Pero Castoriadis destaca lo que de irreal e imaginario hay en este proyecto: en realidad no podemos controlar y dominar la naturaleza, ni siquiera podemos conocernos a nosotros mismos como revela el psicoanálisis. Así pues, los presupuestos imaginarios o fines del mundo capitalista son arbitrarios, no podemos justificarlos de manera racional: ¿Por qué el fin de la vida humana va a ser aumentar indefinidamente la producción y el consumo o el dominio racional sobre el mundo? No es una buena respuesta decir que el objetivo es satisfacer las necesidades humanas porque esas necesidades son en gran medida producidas, creadas por la sociedad capitalista. Es preciso que el sistema siga girando, que no se pare nunca.

Pero el mundo moderno no es solo capitalismo. El capitalismo por sí solo no hubiera producido la “dimensión liberal”. Esta dimensión liberal no se infiere del capitalismo como podemos comprobar en el “capitalismo con valores asiáticos”. El espíritu capitalista es más bien el propio de una fábrica o una plantación de esclavos. Allí no hay libertad. La libertad en el mundo moderno, afirma Castoriadis, es el residuo de procesos históricos que tuvieron lugar mucho antes. En Grecia nace un “proyecto de autonomía” que resurge en los tiempos modernos: en el Renacimiento con las polis del norte de Italia, en el siglo XVII con la filosofía y ciencia modernas cuando luchan contra los criterios de autoridad, etc. En definitiva este proyecto de autonomía ejerce una resistencia al espíritu capitalista y es la razón por la que la sociedad contemporánea no es totalmente una fabrica, no está completamente alienada.

Para entender la propuesta política de Castoriadis (próximo apartado) conviene precisar esta idea. La noción de autonomía que maneja Castoriadis tiene nexos en común con la noción kantiana y también importantes diferencias. Al igual que Kant, Castoriadis concibe la autonomía como ejercicio de la libertad crítica y autorreflexiva: ser o devenir autónomo no es dar satisfacción a todos los deseos, ni comportarse de manera espontánea, sino más bien al contrario: darse a uno mismo la ley, es decir, ejercer la autolimitación, tomar en consideración los derechos del otro, en contra incluso de las propias inclinaciones. “Entendemos por autonomía la capacidad -de una sociedad o un individuo- de actuar deliberada y explícitamente para modificar su Ley, es decir su forma”6. Pero al contrario que el filósofo de Königsberg, Castoriadis inserta la autonomía en el proceso de socialización. El proyecto de autonomía es una tarea colectiva que nace en Grecia contra la monopolización del poder político, trata de transformar las instituciones de la sociedad y exige constantemente dar cuenta a los demás de los propios actos. “Tenemos aquí un ser -la sociedad de la polis griega y algunas sociedades europeas- que cuestiona en forma explícita y pone en tela de juicio las leyes de su propia existencia”7

Tal y como yo lo veo, lo que Castoriadis denomina “autonomía” es lo que los politólogos contemporáneos llaman “empoderamiento”. Somos autónomos en la medida en que no recibimos pasivamente la Ley del Otro, cuando participamos activamente en la vida política y promovemos procesos que permitan a las personas empoderarse, esto es, acceder a los recursos, materiales y simbólicos, necesarios para emanciparse y hacerse dueños de la propia vida.

En resumen, la autonomía individual y social, al contrario de lo que afirman los liberales, se exigen recíprocamente. Una sociedad autónoma es aquella que sabe que sus leyes son su propia creación (no vienen de los dioses ni son exigencias del mercado) y que pueden ser modificadas; una sociedad tal requiere individuos autónomos que piensen por sí mismos, con capacidad para reflexionar y deliberar.

IV La filosofía como política.

La filosofía no es un saber meramente especulativo, la filosofía es un hacer que actúa sobre la sociedad cambiando significados o representaciones colectivas. Esta labor creativa es posible porque la filosofía, como tantas veces se ha señalado, no da nada por sentado; porque la filosofía no acepta lo que está establecido por el mero hecho de ser lo que hay. La filosofía es la libertad de pensar, de crear nuevos sentidos y significados, por ello la verdadera filosofía no puede patrocinar una sociedad tiránica o totalitaria porque la libertad no ha de ser solo libertad de pensar. Desde la filosofía solo se puede apostar por aquellas las instituciones que generan autonomía, o sea, las instituciones democráticas. “El movimiento democrático y la búsqueda de interrogación filosóficas son cuestionamiento de las instituciones sociales existentes (se trate de leyes en sentido estricto o la constitución de representaciones humanas)”.8 Es por tanto la filosofía una parte del proyecto de autonomía. Una sociedad autónoma precisa, como hemos señalado, de individuos autónomos. Una democracia exige, como afirmaba Aristóteles, ciudadanos capaces de gobernar y ser gobernados. Una persona puede gobernar si es capaz de reflexionar y decidir con otros y puede ser gobernada si se autolimita y acepta los derechos del otro. Por ello...
"Política es aquello que crea instituciones que tras ser interiorizadas por los individuos, les facilitan el mejor acceso a la autonomía individual y la posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad. (...) La autonomía es, ipso facto, autolimitación... Esta autolimitación puede ser más y otra cosa que simple exhortación si se encarna en la creación de individuos libres y responsables."9

El hombre contemporáneo, naturalmente, no es el ciudadano demócrata del que habla Castoriadis y los regímenes actuales en realidad no son democracias sino “oligarquías liberales”. Las instituciones del capitalismo generan heteronomía porque no alientan la participación real de los ciudadanos en la vida pública; en buena medida porque apenas hay nada que decidir, las decisiones más importantes las toman los expertos o son impuestas por los mercados. Tampoco desde el Estado se promociona una educación pública de calidad para que la democracia sea posible, o sea, para que el demos pueda ejercer de manera responsable el cratos. Pues sin reflexión, responsabilidad y participación en la vida pública somos esclavos antes que ciudadanos.
“El capitalismo parece haber logrado fabricar al fin el tipo de individuo que le corresponde: uno perpetuamente distraído y haciendo zapping de un goce a otro, sin memoria ni proyecto, listo para responder a todos los requerimientos de una maquinaria económica que destruye cada vez más la biosfera planetaria para producir ilusiones denominadas mercancías.”10

La democracia es el objetivo político que propone la verdadera filosofía porque la democracia no es un régimen político más, es el régimen humano por excelencia, aquel que corresponde a un colectivo que aspira a desarrollar plenamente sus capacidades políticas. Lo cual, naturalmente, no quiere decir que la democracia solucione todos los problemas; más bien al contrario, la democracia es trágica porque trágica es nuestra condición. No hay una salvación asegurada, no hay reglas fijas y sí una constante incertidumbre en relación a las cuestiones más esenciales.
“La democracia exige que los seres humanos acepten en su comportamiento real algo que en realidad casi nunca quisieron aceptar (y que en el fondo de nosotros mismos nunca terminaremos de aceptar), esto es, que son mortales. A partir del insuperable -y casi imposible- convencimiento de nuestra propia mortalidad y la de todo lo que hacemos, podemos vivir como seres autónomos, ver a los demás como seres autónomos y hacer posible una sociedad autónoma”11

Pero, a pesar de todo, la democracia, o sea la sociedad autónoma, es la única que da respuesta al anhelo de libertad (no dominación, en el sentido republicano) presente en toda la humanidad. El fin de una sociedad autónoma es la liberación de las instancias creadoras del ser humano, pero ni los regímenes totalitarios del siglo XX ni las oligarquías liberales han alcanzado este objetivo porque, sencillamente, no son sociedades autónomas en el sentido que plantea Castoriadis: “una sociedad autónoma es aquella que se autoinstituye explícita y lúcidamente”12, es decir, una sociedad que imagina lo que es y lo que quiere ser siendo consciente de lo que está haciendo. Todo lo contrario a someterse dócilmente a los dictados de los mercados y los poderes económicos internacionales. Es necesario desarrollar un imaginario de la autonomía asentado en nuevas subjetividades reflexivas y deliberantes, frente a las subjetividades impuestas por el neoliberalismo.
“Llegamos así al nudo gordiano de la cuestión política hoy. Una sociedad autónoma solo puede instaurarse mediante la actividad autónoma de la colectividad. Una actividad semejante presupone hombres que invistan con fuerza algo más que la posibilidad de comprar un nuevo televisor en color. Y de manera más profunda todavía presupone que la pasión por la democracia, la libertad y los asuntos comunes a todos, ocupe el lugar de de la distracción, el cinismo, el conformismo y la loca carrera por el consumo. (...)  Es cierto que nada de esto parece corresponderse con las aspiraciones del hombre contemporáneo. Incluso hay que decir algo más: los pueblos son cómplices activos de la evolución en curso. ¿Quién puede decir que seguirán siéndolo indefinidamente?  Pero algo es seguro: no va a ser corriendo detrás de lo que que "se usa" y "se dice", ni emasculando lo que pensamos y queremos, como vamos a aumentar nuestras posibilidades de libertad. No es lo que existe sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros"13


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1 Hecho y por Hacer. Pensar la imaginación (2018), pag 189
2 Ibíd pag 322
3 Ibíd Pag 324
4 Ibíd, pag 125
5 Ibíd, pag 261
6 Ibíd, pag 254.
7 Ibíd, pag 253
8 Ibíd, pag 253
9 Ibíd, pag 89
10 Ibíd, pag 105
11 Ibíd, pag 255
12 Ibíd pag 98
13 Ibíd, pag 107

miércoles, 4 de julio de 2018

Lo que no sabía el señor Peel.
Óscar Sánchez Vega


Althusser dirige en 1965 el seminario “Lire Le Capital” donde propone una nueva forma de leer a Marx distinta y hasta opuesta a la que había sido habitual en la tradición marxista. Marx escribió mucho, pero lo hizo de forma un tanto caótica: muchos textos son inconclusos por lo que no son publicados, incluso alguno casi terminado, como los Grundisse tampoco es publicado; en cambio Marx dedica las dos últimas décadas de su vida a escribir su obra definitiva, El Capital, pero solo logra publicar el libro primero. En resumen: lo que publica no lo termina y lo que casi termina no lo publica. Ante este panorama... ¿qué hacer? ¿cómo abordar la obra de Marx? La tradición marxista había prestado especial atención a la obra de juventud de Marx, donde se abordan las cuestiones de carácter más filosófico y no había discriminado entre los textos publicados y no publicados. La propuesta de Althusser es la opuesta: interpretar a Marx partiendo de sus últimos textos, pero especialmente aquellos que él mismo consideró dignos de ser publicados, es decir, básicamente del libro primero de El Capital. ¿Qué encontramos en esta obra? Lo que llama la atención, a juicio de Althusser, es más bien lo que no encontramos: no encontramos una teoría general de la historia y el método dialéctico aparece relegado en favor de una metodología más bien analítica.

Fdez Liria, en la línea de Althusser, nos propone leer a Marx como un platónico antes que como un hegeliano. Recordemos que en los diálogos platónicos Sócrates propone a sus interlocutores la definición de una idea: ¿qué es la virtud? ¿qué es la justicia? ¿la belleza?, etc. El diálogo siempre se desarrolla de similar manera: el interlocutor pone ejemplos o se limita a enumerar las partes de lo que se busca y Sócrates le hace ver que no es eso lo que él ha preguntado. La pregunta socrático-platónica es siempre por un eidos, una forma o estructura que está oculta, pero es la esencia de aquello que estamos investigando y si no lo aprehendemos de algún modo no entenderemos nada. Pues bien el camino que sigue Marx es el mismo: ¿Qué es el capitalismo? ¿qué es el capital?

Veamos si podemos ilustrar este procedimiento mediante una pequeña historia, casi una anécdota pero, a mi juicio, muy reveladora. En el último capítulo del Libro I de El capital Marx hace referencia a una curiosa historia: un emprendedor capitalista, el señor Peel, había decido montar una empresa en tierras coloniales, en Nueva Holanda concretamente, la actual Australia, y, con este fin, había transportado en varios barcos todo lo necesario: el capital, los medios de producción y la fuerza de trabajo. Tenía el dinero necesario para empezar el proyecto (£ 50.000), transportaba las máquinas necesarias, hasta el último tornillo e incluso, como no se fiaba de la población indígena, llevaba consigo a 3000 personas, hombres, mujeres y niños en calidad de asalariados. Todos ellos habían firmado un contrato en la metrópoli en virtud del cual se comprometían a trabajar para el Sr Peel. En resumen, el Sr Peel trasladó a Nueva Holanda todas las partes de una sociedad capitalista que quería reproducir en la colonia. Sin embargo la expedición fue un fracaso. En palabras de Marx:
«Los obreros del señor Peel dejaron de serlo en cuanto desembarcaron en un continente con suficientes tierras vírgenes para transformarse en campesinos independientes. Colonizaron pedazos de tierra, se dedicaron a criar ganado y se hicieron artesanos, y algunos que tuvieron suerte en estos menesteres «se convirtieron incluso en competidores de sus ex patrones en el mercado mismo de trabajo asalariado». «¡Imagínese usted qué atrocidad! -comenta Marx-, el honesto capitalista ha importado él mismo de Europa, con su propio dinero contante y sonante, a sus propios competidores, ¡y en persona!» (MEGA. II. 6:688).
El Sr Peel había transportado a la colonia todas las partes de un sistema capitalista, pero como decía Levi-Strauss “un sistema o configuración es siempre algo más que la suma de sus partes”. Lo que no pudo exportar el Sr Peel es aquello que hace que las partes se comporten como un todo, lo que no pudo implantar en la colonia fueron las relaciones de producción capitalista. Los obreros del Sr Peel no se comportaban como obreros porque tenían a su alcance medios de producción (tierras, herramientas, semillas, ganado, etc) que les permitían vivir de una manera más digna, o dicho de otra manera: las condiciones que hacían de una persona un obrero no existían todavía en la colonia, por eso los obreros dejaron de serlo en cuanto desembarcaron; porque las personas, naturalmente, prefieren una vida libre aunque frugal a una vida de miseria y explotación.

Entonces, debemos preguntarnos, ¿por qué no ocurría lo mismo en la metrópoli? ¿por qué esos mismos obreros cuando estaban en Europa aceptaban trabajar en pésimas condiciones, interminables jornadas, por un sueldo miserable? La respuesta es obvia: porque en Europa no les quedaba más remedio, no tenían otra opción. Para instaurar relaciones de producción capitalistas, por tanto, previamente hay que aniquilar las condiciones generales de trabajo de una población, hay que expropiar violentamente a una población de sus medios de producción. Esto es justo lo que ocurrió en Gran Bretaña. El proletariado británico está compuesto, a mediados del siglo XIX, por hijos y nietos de campesinos ingleses, escoceses e irlandeses expropiados y expulsados de su tierra natal. Cientos de miles de campesinos fueron violentamente expropiados a punta de bayoneta a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Se crea así, de manera artificial, hambre en la población para que los proletarios, “de manera voluntaria” puedan elegir acudir al mercado de trabajo. Sin embargo este brutal acontecimiento ya se había olvidado en los países avanzados de Europa a mediados del siglo XIX, y este olvido, naturalmente, es aún más profundo en el siglo XXI. Pero esta es la verdad del capitalismo, el crimen original sin el cual no hubiera sido posible la instauración de las relaciones capitalistas de producción.

Esta es la principal lección que Althusser extrae de la obra de Marx: aquello que hace posible el capitalismo es invisible, una estructura que no aparece, permanece oculta, olvidada. Como el eidos platónico la estructura del sistema capitalista es invisible pero sus efectos son bien tangibles. La verdad del capitalismo, como el Sr Peel, tuvo ocasión de comprobar, no está en la revolución industrial, ni en el derecho de propiedad burgués, ni en la progresiva acumulación del capital. La verdad del capitalismo es, en palabras de Marx:
«El modo capitalista de producción y de acumulación y, por ende, también la propiedad privada capitalista, presuponen el aniquilamiento de la propiedad privada que se funda en el trabajo propio, esto es, la expropiación del trabajador» (MEGA, II, 6:692).
Esto es justo lo que no sabía el Sr Peel.

jueves, 22 de enero de 2015

La hegemonía, según Laclau y Mouffe.
Óscar Sánchez Vega

1. Lenin y Gramsci.

La noción de hegemonía surge como categoría política de la mano de Lenin. Para Lenin la hegemonía es “dirección política en el seno de una alianza de clases”. La dirección política es, naturalmente, para la clase obrera y la alianza es, básicamente, con el campesinado y la pequeña burguesía contra el enemigo común (la nobleza y la alta burguesía). Pero se trata de una alianza coyuntural porque los intereses de las clases permanecen separados (como quedará patente después de la Revolución de Octubre). El obrero es vanguardia en la lucha por unas libertades democráticas con las que no se identifica, ya que habrá que abolirlas en el Estado socialista. Antonio Gramsci, años más tarde, hará de esta noción el centro de la estrategia política del Partido Comunista Italiano. La hegemonía es para Gramsci, fundamentalmente, liderazgo intelectual y moral en el seno de un “bloque histórico”. Aparece así por primera vez la noción de hegemonía entendida como “articulación” de elementos disímiles que, por mediación de la ideología, que cumple la función de “cemento” social, pasan a ser un “bloque histórico”.

A pesar de la novedad que representa el nuevo planteamiento, Gramsci sigue fiel a la concepción marxista ortodoxa de la política que concibe el espacio social fracturado en dos bloques claramente delimitados: nosotros y ellos, los proletarios y los burgueses. La política es concebida como una “guerra de posiciones” siguiendo el modelo militar de Clausewitz. Es la clase obrera, mediante el partido que la representa, el Partido Comunista, quien está llamada a liderar un bloque opositor al capitalismo. Pero el “bloque histórico” de Gramsci está mucho más compacto y cohesionado que la “alianza de clases” que proponía Lenin. En el bloque histórico los intereses y objetivos son comunes; estamos ante una profunda simbiosis; no ante una mera alianza coyuntural.

2. Crítica al determinismo y a la noción de sujeto.

Ernesto Laclau publica junto con su compañera Chantal Mouffe (en lo sucesivo L&M) Hegemonía y estrategia socialista en 1985. L&M entienden que otorgar a la clase obrera el papel protagonista en la lucha anticapitalista, como hacen Lenin y Gramsci, solo se justifica desde el determinismo histórico y económico característico de la teoría marxista. Pero es justo este determinismo el que es puesto en cuestión y la crítica al determinismo implica el abandono del concepto, por ello “la búsqueda de la verdadera clase obrera es un falso problema” (Ibíd, pag 149). El problema de fondo de los problemas sociales y políticos no es que sean independientes de la infraestructura económica sino más bien al contrario, que están “sobredeterminados”. La sobredeterminación es un fenómeno por el cual un único efecto observado es determinado por múltiples causas a la vez, cualquiera de las cuales puede ser suficiente para dar cuenta del efecto, es decir, hay más causas de las necesarias para causar el efecto. Por ejemplo, un motín o una revolución no están determinados por factores estrictamente económicos -aunque estos también son importantes- intervienen múltiples factores y privilegiar unos en detrimento de otros es del todo injustificado. Sostener, como hacen L&M, que los problemas políticos están sobredeterminados equivale a negar la dicotomía clásica entre Apariencia y Realidad (esta última no es la infraestructura económica como sostienen los marxistas).

Lo que L&M quieren preservar del análisis de Gramsci es la concepción de hegemonía como articulación de elementos disímiles. El propósito de los autores es llevar al extremo la “lógica de la hegemonía” desligándola del determinismo económico marxista y prescindiendo de cualquier esencialismo que prime a un “sujeto privilegiado” (la clase obrera) como pivote en torno al cual deba girar la lucha anticapitalista. La cuestión de fondo no es -como había denunciado Marcuse- que la clase obrera no sea el sujeto político adecuado para liderar un cambio radical en la sociedad, sino, más bien, que la noción de “sujeto” es un lastre del que podemos prescindir. Todo sujeto político que pudiéramos considerar (el Hombre, la clase social, el pueblo, la vanguardia revolucionaria...) es una concreción del sujeto cartesiano, es decir, un ser racional, libre, autónomo..., pero este sujeto no es más que una construcción ideológica que nace de la mano del capitalismo. L&M asumen las críticas de Nietzsche, Freud, Heidegger y Foucault a esta noción. Los distintos léxicos o discursos no son instituidos por ciertos sujetos, sino que más bien sucede a la inversa: es el seno de ciertos discursos donde se constituyen los sujetos políticos. El sujeto es así reinterpretado por L&M como “posición de sujeto”, es decir, como “posición discursiva”. Por ejemplo, “Hombre” no es ninguna esencia que pueda ser definida de un modo objetivo. El “Hombre” se constituye en el seno de cierto discursos -el humanismo- y adquiere uno u otro significado en función de las relaciones que establezca con otros signos o “posiciones”. “Hombre” es lo que L&M denominarán un “punto nodal” clave para instituir determinadas prácticas sociales. Lo mismo cabe decir del “pueblo” o de la “clase social”, que es el sujeto privilegiado del marxismo.

3. Conceptos clave.

Antes de avanzar con la propuesta de L&M conviene fijar y definir de forma precisa las nociones que vamos a utilizar. Llamaremos “articulación” a “toda práctica que establece una relación tal entre elementos, que la identidad de estos resulta modificada como resultado de esa práctica” (Ibíd, pag 176). Los “elementos” son diferencias no articuladas y los “momentos” posiciones articuladas. Los “puntos nodales” son puntos discursivos privilegiados por su capacidad para generar sentido (por ejemplo las nociones de “democracia” o “libertad”). “La práctica de la articulación consiste, por tanto, en la construcción de puntos nodales que fijan parcialmente el sentido” (Ibíd, pag 193). En torno a ciertos puntos nodales los elementos dispersos pasan a ser momentos de un discurso que da sentido a las cosas, aunque -conforme a la lógica postestructuralista que parecen ejercitar L&M- el tránsito de elementos a momentos nunca es completo, de tal forma que el espacio social, la sociedad propiamente dicha, nunca llega a cerrarse, a constituirse como tal. “Lo social solo existe como esfuerzo parcial de instituir la sociedad” (Ibíd, pag 215). El estatus epistemológico de los elementos es el de “significantes flotantes”, hasta que logran ser insertados en una cadena discursiva.

Toda articulación hegemónica genera cadenas de equivalencia: “la equivalencia es siempre hegemónica en la medida en que no establece simplemente una “alianza” entre intereses dados, sino que modifica la propia identidad de las fuerzas intervinientes en dicha alianza” (Ibíd, pag 305). Por ejemplo, en un país colonizado se generan cadenas de equivalencia cuando la población indígena percibe los distintos elementos propios de los colonizadores (ropa, música, valores, religión, instituciones etc) como equivalentes, es decir, todos van juntos, todos representan y designan lo mismo, por tanto nos oponemos a todos. L&M subrayan la importancia de la distinción entre lo que ellos llaman la “lógica de la equivalencia” y la “lógica de la diferencia”. La lógica de la equivalencia, como hemos visto en el ejemplo anterior, es la propia de las “luchas populares”. La constitución del pueblo como sujeto político está ligado a una simplificación de los antagonismos sociales: nosotros, que somos el pueblo, luchamos contra ellos, los oligarcas, capitalistas etc. Este proceso discursivo ocurre con más facilidad en los países en vías de desarrollo, mientras que en los países desarrollados se dibujan múltiples líneas de antagonismo que impiden fijar una posición común y alumbrar así al pueblo como sujeto político. La “lógica de la diferencia” es característica de las “luchas democráticas” que se plantean en las sociedades capitalistas avanzadas porque los colectivos no forman bandos claramente delimitados, no se agrupan en dos formaciones enfrentadas. Una persona puede ser feminista y liberal, otra ecologista y conservador, un tercero, cristiano y anarquista etc. Los antagonismos en una sociedad capitalista avanzada no suelen integrarse en cadenas de equivalencia.

La lógica de la equivalencia apunta a la igualdad y la lógica de la diferencia a la libertad. Ambas se limitan de forma mutua y necesaria. La lógica de la equivalencia llevada al extremo implicaría la negación de la autonomía de las luchas democráticas (contra el sexismo, el racismo etc). Pero la lógica de la diferencia llevada a su extremo implica la renuncia a la reforma del espacio social, concebido como totalidad. En la medida en que un discurso defienda una posición democrática, es decir, se rija por una lógica de la diferencia, se potenciarán las luchas democráticas (feminismo, antirracismo, movimiento gay...), que son luchas parciales, pues dejan de lado la toma del poder y la articulación de las demandas y los sujetos. En el otro extremo, un discurso centrado exclusivamente en una posición popular es inoperante porque un discurso tal está alejado de la realidad social. En la actualidad las diferencias entre ciudadanos son más acusadas que nunca y no es posible, ni tampoco deseable, generar un bloque opositor compacto y homogéneo porque la lucha política ya no es la “lucha de fronteras” característica del siglo XIX.

4. Noción de hegemonía.

La hegemonía supone el carácter abierto e incompleto de lo social: “el campo general de emergencia de la hegemonía es el de las prácticas articulatorias, es decir un campo en el que los “elementos” no han cristalizado en “momentos” (Ibíd, pag 229). Por un lado la hegemonía presupone la existencia de tensiones antagónicas en la sociedad, pero por otro lado el antagonismo no puede ser total porque si lo fuera no habría posibilidad de articular los “significantes flotantes”. “Las dos condiciones para una articulación hegemónica son, pues, la presencia de fuerzas antagónicas y la inestabilidad de las fronteras que las separan. Sólo la presencia de una vasta región de elementos flotantes y su posible articulación a campos opuestos es lo que constituye el terreno que nos permite definir a una práctica como hegemónica” (Ibíd, pag 231). Un discurso hegemónico se apodera de estos significantes flotantes ("democracia", "igualdad", "libertad", "justicia", "soberanía"...) y los instituye como puntos nodales de una nueva formación discursiva -o, en términos de Gramsci, una nueva ideología- que abre un nuevo sentido a la realidad social.

Ahora bien, ¿quién es el sujeto articulante? Para el marxismo la respuesta es clara: la clase obrera. Pero L&M niegan la centralidad de la clase obrera, es más: niegan que pueda hablarse de “centro” es ningún sentido. Las luchas democráticas, características de la sociedad capitalista avanzada, suponen la pluralidad de espacios políticos (a diferencia de las luchas populares que promueven la división de un único espacio político en dos campos opuestos). Esta pluralidad no es tanto un fenómeno a explicar cuanto el punto de partida de todo análisis político. No hay pues un centro hegemónico, desde distintas instituciones y movimientos (sindicatos, grupos feministas, antirracistas etc) se promueven distintas prácticas articulatorias hegemónicas. Por otro lado, en la medida en que hablamos de “articulación”, reconocemos que las distintas luchas democráticas no son mónadas aisladas, su éxito depende del tipo de relación que establezcan con otros movimientos: “la apertura de lo social es la precondición de toda práctica hegemónica” (Ibíd, pag 240). Una formación (una nación, una Iglesia, un partido político etc) se constituye cuando un conjunto de diferencias se “recorta como totalidad respecto a algo más allá de ellas, y es solamente a través de ese recortarse que la totalidad se constituye como formación”. Incluso en las sociedades capitalistas avanzadas, donde, según L&M, es imposible anular las diferencias y fijar sólidas cadenas de equivalencia, una formación, para ser tal, precisa, a modo de horizonte, instituir ciertas equivalencias. “Una formación solo logra significarse a si misma (…) como aquello que ella no es” (Ibíd, pag 244)

5. La democracia radical: alternativa para una nueva izquierda.

Según Arthur Rosenberg la lucha obrera pasa por dos fases en el siglo XIX. Hasta mediados de siglo (1848) el protagonista era “el pueblo”, desorganizado, amorfo, plural (tal y como es retratado, por ejemplo, en “Los miserables” de Victor Hugo). En la segunda mitad del siglo (de 1860 en adelante) la clase obrera se organiza en sindicatos, partidos socialdemócratas etc. Es, a juicio de Rosenberg, el encerramiento clasista el gran pecado histórico del movimiento obrero. Este es un juicio compartido por L&M: la lucha de clases, tal y como es formulada en el proyecto marxista, no explica la complejidad del cuerpo social: las personas no se agrupan necesariamente en dos frentes homogéneos y antagónicos. Además, el determinismo económico e histórico de la teoría marxista ha sido una rémora para la izquierda europea. Es preciso, en cierto modo, empezar de nuevo, dar marcha atrás y volver a la Revolución francesa como inspiración y orientación de las luchas democráticas. Lo más importante de la Revolución francesa es que genera un nuevo imaginario social, el poder del pueblo, y una nueva lógica de equivalencia que proporciona las condiciones discursivas que permiten plantear distintas formas de desigualdad como ilegítimas.

Necesitamos introducir nuevas nociones para seguir la argumentación de L&M. Llamaremos relaciones de subordinación a “aquellas en las que un agente está sometido a las decisiones de otro”. Por ejemplo, un empleado respecto a un empleador o, en ciertas formas de organización familiar, la mujer respecto al hombre. Relaciones de opresión son “aquellas relaciones de subordinación que se han trasformado en sedes de antagonismos” y, finalmente, relaciones de dominación “al conjunto de aquellas relaciones de subordinación que son consideras ilegítimas desde la perspectiva o el juicio de un agente social exterior a las mismas” (Ibíd, pag 254). Pues bien, la cuestión que nos interesa ahora puede resumirse en una pregunta: ¿en qué condiciones las relaciones de subordinación pasan a ser relaciones de dominación? Porque no hay nada en las relaciones sociales consideradas en sí mismas que nos permita determinar si son de un tipo u otro. Por ejemplo, las nociones de “siervo”/“señor” o “amo”/“esclavo” no designan por sí mismas relaciones antagónicas sino es dentro de una formación discursiva: el discurso de los derechos humanos. Esta distinción no es una mera formalidad teórica porque las relaciones de subordinación solamente pueden ser subvertidas cuando son percibidas como relaciones de dominación; antes no. “Esto significa que no hay relación de opresión sin la presencia de un “exterior” discursivo a partir del cual el discurso de la subordinación pueda ser interrumpido” (Ibíd, pag 255). Empieza así a gestarse una lógica de la equivalencia. Lo mismo pasa con el feminismo, que solo empieza como lucha gracias a la emergencia del discurso democrático. Mary Wollstonecraft con la Vindicación de los derechos de la mujer de 1792, es quien marca el nacimiento del feminismo. Esto fue posible porque el principio de libertad e igualdad había pasado a ser un punto nodal en la construcción del espacio político. Otro tanto ocurre con las luchas de las minorías raciales: a la luz del discurso democrático se perciben nuevos antagonismos que antes pasaban desapercibidos. Después de la Revolución francesa se producen una serie de desplazamientos: las relaciones de subordinación pasan a ser percibidas como relaciones de opresión y dominación, lo que ocasiona distintas luchas democráticas que obligan a reformarse al discurso liberal-democrático hegemónico

L&M proponen a las fuerzas progresistas articular una nueva formación hegemónica al servicio de una noción de democracia radical y plural. “Radical” por la imposibilidad de fijar una identidad, esencia o fundamento alguno, radical también por la crítica al determinismo histórico y económico. “Plural” por la negación del clasismo, es decir, la negación de que la clase obrera, o cualquier otro sujeto revolucionario, pudiera ser el centro de articulación hegemónica. No hay ninguna posición privilegiada, todas las luchas tienen un carácter parcial y pueden ser articuladas por discursos muy diferentes (también el antidemocrático como ocurre en Francia con el Frente Nacional o en Grecia con Amanecer Dorado).

El discurso de la izquierda debe renovarse porque debe hacer frente a un poderoso enemigo: el discurso neoliberal (con origen en Hayek) que pone en cuestión la articulación entre liberalismo y democracia. Hayek concibe la libertad como no interferencia por parte del Estado. No hay lugar en este discurso para la libertad política. En la misma línea, el filósofo norteamericano Robert Nozick critica la noción de justicia social y justicia distributiva y defiende un Estado mínimo. Además el discurso neoliberal aboga por despolitizar las decisiones fundamentales, vaciar la noción de democracia y dar el poder a los expertos. Otro enemigo a considerar es el discurso conservador que, por una parte defiende el libre comercio, pero, por otra parte, critica la homogeneización del mundo que ha traído consigo la globalización y ensalza las diferencias y la desigualdad. La reacción liberal-conservadora no es en absoluto marginal, tiene una carácter hegemónico, intenta trasformar los términos del discurso y crear una nueva definición de la realidad. Lo que está en juego es, en términos de Gramsci, la creación de un nuevo bloque histórico, un nuevo desplazamiento en la frontera de los social. La alternativa de la izquierda debe ser “construir un sistema de equivalencias distinto, que establezca la división social sobre una base diferente”(Ibíd, pag 293).

Ahora bien la nueva estrategia de la izquierda no pasa, a juicio de L&M, por una ruptura radical con el liberalismo: “no se trata de romper con la ideología liberal-democrática sino al contrario, de profundizar en el momento democrático de la misma”(Ibíd, pag 293). L&M proponen no abandonar al discurso de la derecha nociones como “libertad”, “justicia”, “patria” o “democracia”. Es preciso redefinir estas categorías y elaborar nuevas articulaciones: “la forma en que al nivel de la filosofía política son definidas la igualdad, la democracia, y la justicia, puede tener consecuencias importantes en una variedad de otros niveles discursivos, y contribuir decisivamente a moldear el sentido común de las masas” (Ibíd, Pag 290). La defensa de la libertad, por ejemplo, va unida necesariamente a la noción de “individuo”, pero debemos construir un concepto distinto al “individuo posesivo” propio del modelo burgués. Esta nueva idea de individuo pasa por negar la existencia de unos supuestos “derechos naturales” que pertenezcan al individuo antes de la constitución de la sociedad. Todos los derechos se ejercen en sociedad y presuponen los derechos de los otros (no sólo los míos). Debemos ampliar el campo de los “derechos democráticos”, construir cadenas de equivalencia democráticas frente a la ofensiva neoconservadora.

Un nuevo discurso hegemónico para la izquierda debe tomar en consideración una serie de tensiones dialécticas con las que es preciso lidiar, evitando caer en falsas simplificaciones. Por ejemplo, la izquierda no debería dejar la crítica al estatalismo al discurso conservador. La idea de que la expansión del Estado es la panacea para todos los problemas es un error manifiesto, pero tampoco es cierto que todas las relaciones de dominación procedan del Estado; la sociedad civil puede ser el origen de muchas de ellas (el machismo, por ejemplo). El Estado puede ser un poder burocrático que frene y reprima la libertad popular o un factor relevante en la lucha democrática contra el sexismo o contra el poder de los oligarcas en America Latina; depende. Otra contradicción sobre la que -como dicen algunos- debemos “cabalgar” es la que se establece entre una concepción utópica de la política y otra pragmática o positiva. Debemos renunciar a todo utopismo mesiánico porque los antagonismos sociales son la esencia de la vida política, no es posible cancelarlos, no es posible un Paraíso en la Tierra, pero, por otro lado, es preciso desenmascarar la ficción del sujeto soberano que subyace en el discurso liberal. Es necesario potenciar una lógica democrática subversiva que persiga la eliminación de las relaciones de subordinación y las desigualdades, pero todo proyecto hegemónico ha de contar con un momento positivo de institución de lo social. Un proyecto democrático radical debe buscar un punto de equilibrio siempre inestable entre la subversión democrática y la vocación institucional. Además, este proyecto ha de tener en cuenta que los partidos políticos pueden ser factores positivos o no; el partido puede ser una institución burocrática o un instrumento de articulación hegemónica; depende. Por último también debemos renunciar al proyecto jacobino que exige la institución de un punto fundacional de ruptura (la revolución), pero, al mismo tiempo, debemos defender con firmeza y convicción el ideal igualitario que nace con la Revolución francesa.

Estas contradicciones imposibles de rehuir o anular nos muestran claramente que no es posible hacer una teoría general de la política. Las categorías no se fijan de un modo permanente a ciertos contenidos. No hay vínculos necesarios, por ejemplo, entre el antisexismo y el anticapitalismo, y su unidad solo puede ser el producto de una articulación hegemónica. Tampoco hay una receta de “política de izquierda” que pueda aplicarse en cualquier situación. “No hay una política de izquierda cuyos contenidos sean determinables al margen de toda referencia contextual” (Ibíd, pag 298). Lo más que podemos encontrar en las políticas de izquierda es lo que Wittgenstein llamaría ciertos “parecidos de familia”. Lo que quiere decir que no son válidas las viejas recetas, no se trata de aplicar un mismo modelo a todas las situaciones sino que cada caso requiere un trabajo filosófico específico. El trabajo filosófico es para L&M mucho más importante de lo que los marxistas ortodoxos habían supuesto, puesto que partimos del rechazo al determinismo económico y con ello a la distinción entre infraestructura y superestructura. Ciertos temas, ciertas nociones (como las de “soberanía” y “democracia”), pueden trasformarse en puntos nodales de una nueva formación discursiva si son articulados con rigor y audacia.

6. Objeciones.

En las líneas precedentes me he limitado a resumir, lo mejor y más honestamente que he podido, el libro de L&M. Acabo esta entrada, al modo cartesiano, presentando dos objeciones que me ha suscitado la lectura:

Toda sociedad compleja, presente o futura, se levanta sobre relaciones de subordinación: unos toman decisiones y otros las ejecutan. ¿Quién decide cuáles son opresivas y cuáles no? L&M nos responden que las relaciones no son de dominación per se, sino solo en la medida en que son denunciadas como tales por una formación discursiva: el discurso democrático. Solo después de la emergencia del discurso democrático las relaciones de subordinación de las mujeres en relación a los hombres y las de otras razas en relación a la raza blanca son denunciadas como relaciones de opresión y dominación. Lo cual parece indudablemente un logro moral y político. La pregunta que me planteo es: a la larga, para el discurso democrático ¿todas las relaciones de subordinación son opresivas y por tanto deberían ser canceladas? Me vienen a la mente algunos ejemplos menos edificantes que los expuestos por L&M. Durante la Revolución Cultural en China los jóvenes de la Guardia Roja denunciaron como opresiva la relación entre profesor y estudiante o entre padre e hijo. De forma similar los Jemeres Rojos en Camboya entendieron como relaciones de dominación las que se establecían entre los ciudadanos (los habitantes de la ciudad) y los campesinos o entre los educados y los analfabetos y, por consiguiente, procedieron a desalojar las ciudades y cerrar las universidades. Estas relaciones pasaron a ser consideradas como relaciones de dominación y, por tanto, denunciadas y combatidas por el discurso hegemónico que, aunque solo fuera a efectos propagandísticos, era, naturalmente, el discurso democrático. Pero un Estado que no reconoce la autoridad moral de un maestro sobre su alumno o de  una madre sobre su hija no es más justo y democrático, al contrario: se subvierten algunas formas de subordinación tradicionales para potenciar la relación de dominación principal, aquella sobre la cual gira toda la sociedad, la que se establece entre el Estado y el conjunto de los ciudadanos. Así pues, si no me equivoco, no todas las relaciones de subordinación son de dominación ¿Cuál es el límite? ¿Son “buenas” algunas relaciones de subordinación? Temo que desde la perspectiva teórica de L&M no encontramos una respuesta a estos interrogantes.

Y esto me lleva a una segunda y última objeción. No hay respuesta a la anterior pregunta porque toda respuesta se inserta en el seno de un discurso y, este es el problema no solo de L&M sino de todo el pensamiento posmoderno: carecemos de criterios extralingüísticos que nos permitan elegir entre un discurso u otro. L&M no engañan a nadie, escriben un texto sobre estrategia. El libro de L&M habla sobre medios no sobre fines, los autores no argumentan en favor del discurso democrático o la política de izquierda porque, en sentido estricto, no puede haber argumento alguno: todo argumento se articula en el seno de un discurso y es inconcebible algo así como un argumento “puro” que nos permita decantarnos por un discurso y no otro. Los autores se dirigen a un lector que ya está convencido de la necesidad de una política de izquierda y aconsejan estrategias políticas para llevarla a cabo, pero no tocan la cuestión de fondo de toda filosofía política: ¿cuál es la mejor forma de gobierno?

miércoles, 30 de abril de 2014

La gran mascarada, de J.F. Revel.
Óscar Sánchez Vega

Cabe pensar que en el siglo XXI, una vez que los países socialistas han colapsado o están en vías de extinción y las sociedades liberales viven inmersas en una profunda crisis económica, lo que urge es una reflexión crítica hacia el capitalismo y no insistir en la crítica al modelo socialista. Así lo pienso. Sin embargo el azar –en la forma de irresistible oferta en mi habitual tienda de libros de segunda mano- ha puesto en mis manos un libro de Jean Fraçois Revel, La gran mascarada, en el cual el francés arremete contra los críticos al sistema capitalista. El libro fue publicado en el año 2000 y, por un lado, desde entonces hasta hoy han pasado muchas cosas que, naturalmente, el autor no puede tomar en consideración; pero, por otro lado, los fundamentos teóricos desde los que Revel argumenta no han cambiado de manera sustancial. Lo que ha cambiado, del año 2000 al 2014, es la irrupción de la colosal crisis económica en la que todavía estamos inmersos que hace que relativicemos mucho la victoria del liberalismo sobre el comunismo; una victoria que en el año 2000 parecía definitiva y concluyente. De todos modos el motivo que impulsa a Revel a volver a escribir sobre un tema que ya había analizado con cierto detalle en el pasado - en Ni Marx ni Jesús (1970) o La tentación totalitaria (1976)- es la constatación que el triunfo final del liberalismo es replicado, desde mediados de los años 90, por buena parte de la intelectualidad occidental. De tal forma que el libro no ha perdido actualidad pues Revel ya se sitúa en un escenario que no ha hecho más que consolidarse en la segunda década del siglo XXI: el mundo de la cultura mayoritariamente sostiene una posición muy crítica hacia el liberalismo a pesar del evidente del fracaso del modelo comunista.

En estas líneas voy a limitarme a comentar cuatro fragmentos del libro que me han parecido significativos y especialmente sugerentes. Los dos primeros hacen referencia a cuestiones más teóricas o filosóficas y los dos últimos son afirmaciones más empíricas o históricas.
a. “Cuando digo que el liberalismo jamás ha sido una ideología quiero decir que no es un teoría basada en conceptos previos a toda experiencia, ni un dogma invariable e independiente del curso de de las cosas o el resultado de la acción. No es más que un conjunto de observaciones sobre unos hechos que ya se han producido. Las ideas generales que de ello se derivan no constituyen una doctrina global y definitiva que aspira a convertirse en el molde de la totalidad de lo real, sino una serie de hipótesis interpretativas relativas a acontecimientos que han tenido efectivamente lugar. Adam Smith al comenzar a escribir La riqueza de las naciones constata que algunos países son más ricos que otros. Se esfuerza por distinguir en su economía los rasgos y los métodos que pueden explicar ese enriquecimiento superior para intentar establecer indicaciones recomendables. (Revel 2000, pag 60)
Esta es, a mi modo de ver, la tesis de más calado filosófico, la más potente, que enarbola Revel. No la comparto. Sin embargo me ha hecho rumiar, como diría Nietzsche, pienso que debe ser tomada en consideración y percibo un fondo de verdad en ella.

Una valoración rigurosa de la tesis de Revel pasaría necesariamente por un análisis minucioso de la noción de “ideología”, que tiene significados muy diferentes en uno u otro autor. De igual forma convendría precisar lo que entendemos por “doctrina o política liberal” pues puede referirse a practicas y posiciones teóricas muy distintas. No niego que tal planteamiento sea necesario, pero al menos por esta vez prefiero proceder de forma más informal tomando estos términos en su significado más habitual y coloquial. En este sentido, no puedo estar de acuerdo con Revel cuando señala que el liberalismo no es una ideología. Veo claramente que, desde su inicio, el liberalismo es un entramado más o menos coherente de ideas: ideas sobre la naturaleza humana -mas bien egoísta e interesada- , sobre la propiedad privada y el libre mercado, sobre el valor de la libertad individual, sobre la tolerancia religiosa, sobre la importancia de la vida económica, sobre la razón humana -entendiéndola básicamente como razón instrumental-, sobre los valores morales -interpretándolos de forma universal, no histórica-, sobre la preponderancia del individuo por encima de la comunidad etc. Todos los liberales clásicos -Locke, Kant, Tocqueville, Smith, Mill... - hacen ideología en el sentido más habitual del término.

Sin embargo, si comparamos el liberalismo con el marxismo debemos dar en parte la razón a Revel porque la ideología socialista es más apriorística, atiende antes a la coherencia interna del discurso que a la corroboración empírica; mientras que el liberalismo es una ideología mas abierta al principio de falibilidad. Por ello el filósofo o teórico liberal suele ser más proclive que el socialista a modificar el modelo teórico desde el cual interpreta la realidad si esta, la realidad económica, no se ajusta a lo predicho en la teoría.

Además el liberalismo parece ser una tradición con más confianza en sí misma. La mayor parte de los teóricos liberales, con la notable excepción de Revel, no parecen obsesionados con mostrar las taras y contradicciones del modelo socialista sino que atienden preferentemente a los problemas y las injusticias que se manifiestan en el seno de las sociedades liberales (un claro ejemplo son las obras de Amartya Sen, Joseph Stigliz o Martha Nussbaum); mientras que las producciones de los teóricos socialistas siempre han estado a la defensiva. Incluso a mediados del siglo XX, cuando existía un amplio abanico de modelos socialistas en los que apoyarse, la mayor parte de la producción teórica de los intelectuales comunistas, especialmente a este lado del telón de acero, tenía como objetivo criticar al sistema capitalista, antes que analizar, ponderar y mejorar en lo posible el modelo socialista.
b. “El totalitarismo más eficaz, y por ello el único presentable, el más duradero no fue el que realizó el Mal en nombre del Mal, sino el que realizó el Mal en nombre del Bien. Es lo que le hace menos excusable, pues su duplicidad le permitió abusar de millones de personas que creyeron en sus promesas” (Revel 2000, pag 98)
Básicamente comparto esta afirmación de Revel. Esta es una diferencia fundamental entre un totalitarismo, el nazi, y el otro, el comunista. Esto mismo será destacado por Todorov en Memoria del mal, tentación del bien (2002). Hay, sin embargo una diferencia entre Revel y Todorov que tiene que ver con dónde ponemos el acento. Todorov pone el acento en el militante de base al que, en cierta forma, disculpa por su apoyo al régimen totalitario comunista; Revel, sin embargo, carga contra los dirigentes de los partidos comunistas a los que acusa de haber cometido los crímenes más atroces que la humanidad ha conocido.
c. “El arte de “pensar socialista” consiste en percibir en la realidad lo contrario de lo que se desprende de los hechos más masivos y más evidentes. De este modo, se nos machaca que, a pesar de todos sus defectos, el comunismo ha logrado al menos que progresen los derechos de la clase obrera. Lo que equivale a descartar, repito, el siguiente hecho monumentalmente evidente y masivo. A saber: primer punto, que los principales derechos de los trabajadores, de asociación, de coalición, de huelga, de sindicación..., se introdujeron entre 1850 y 1914 en y por las sociedades liberales. A saber: segundo punto, que esos mismos derechos fueron todos suprimidos en y por los países socialistas. Sin excepción. (Revel 2000, pag 216)
Puede ser este el fragmento más discutible y desafortunado, no tanto por lo que dice el autor sino por lo que calla. Revel no dice que fue precisamente la presión constante de los sindicatos de clase la razón por la que las sociedades liberales concedieron derechos políticos a los trabajadores. Tampoco dice que los derechos sociales tuvieron que esperar al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial para ser “otorgados”, o, mas bien, conquistados; época esta, la Guerra Fría, en la cual los países capitalistas avanzados consiguen desactivar el potencial revolucionario de la clase trabajadora aumentando los salarios y con ellos el nivel de vida de los trabajadores y transformándolos de esta forma en consumidores, como bien denuncia Marcuse. Sin embargo, poco podemos reprocharle a Revel en relación al segundo hecho señalado. En efecto, en los países socialistas los derechos de los trabajadores – el derecho a la huelga, a la manifestación, la libertad sindical, etc- fueron abolidos. En la práctica la dictadura del proletariado era una dictadura contra el proletariado.
d. “Los enemigos de la economía liberal quieren olvidar que su modelo ha sido experimentado” (Revel 2000, pag 152)
Acabo con este breve fragmento que es un buen ejemplo de lo señalado al principio de este artículo: el libro de Revel tiene interés en un contexto muy diferente al de finales del siglo XX. Hoy la economía liberal, al menos en los países del sur de Europa, también ha naufragado; puede y debe ser criticada. Sin embargo la izquierda política debería, entiendo, hacer propuestas más novedosas e imaginativas. La crisis del sistema liberal no hace bueno el modelo socialista. Revel tiene razón: allí donde tal modelo fue experimentado ha fracasado. Es preciso sacar las lecciones pertinentes de todo ello.

domingo, 14 de agosto de 2011

Entre la esperanza y el conocimiento.
Una reflexión en torno al pensamiento de Richard Rorty.
Eduardo Abril

Conferencia dictada en el Casino de Soria el 28 de Marzo de 2011.

El pragmatismo americano es, sin duda alguna, una de las propuestas más sugerentes de la filosofía contemporánea, y Richard Rorty es su representante actual más significativo. La propuesta rortiana pasa por un replanteamiento global de la epistemología, trazando una descripción de la relación que el hombre tiene con el conocimiento contraria a la tradición filosófica, y que le lleva a una renuncia de la filosofía y de la epistemología como tal.

La postura tradicional de la filosofía defiende que, tanto en el ámbito práctico como en el ámbito teórico, el criterio que permite superar las dificultades es un criterio epistemológico. Si echamos un vistazo, por ejemplo, a los debates técnico-científicos, como es el caso del debate nuclear, rápidamente nos damos cuenta que la polaridad de posturas radican en una posición distinta respecto del conocimiento. Los llamados “pronucleares” consideran que la energía atómica es suficientemente segura habida cuenta del conocimiento que tenemos del funcionamiento de los reactores nucleares, y achacan los errores a faltas de previsión fácilmente subsanables. Los contrarios a la energía atómica, aducen un argumento similar pero en sentido inverso, y afirman que el uso de estos recursos nos conducirá de manera necesaria a una catástrofe atómica.

En el ámbito práctico, tanto en el ético como en el político, las dificultades se reconocen también como una cuestión epistemológica. Los distintos sistemas de creencias políticas, descritas generalmente desde metáforas espaciales -izquierda o derecha- se reprochan el uno al otro que el error radica en un problema de conocimiento: el contrario parte desde una consideración equivocada del ser humano y de su relación con el mundo, y por lo tanto proponen sistemas políticos que enmascaran e impiden una vida plena, acorde con la naturaleza humana.

Desde el punto de vista ético también ciframos nuestros aciertos como una cuestión epistemológica y reprochamos a nuestra inconsciencia, a nuestra falta de claridad, los distintos errores que cometemos a lo largo de nuestra vida. Cuando formamos parte de una familia enriquecedora, disfrutamos de salud y nos desarrollamos profesionalmente de forma gratificante, nos sentimos autocomplacidos con nuestras decisiones y con nuestro pleno control sobre nuestra vida. Pero cuando sucede a la inversa y nuestra familia entra en barrena, o consideramos como un castigo nuestra actividad profesional o social, o la falta de ellas, nos reprochamos a nosotros mismos haber estado engañados, haber tomado decisiones carentes de conocimiento, haber actuado sin una visión adecuada de cómo son las cosas.

En esta triple consideración de la acción humana, es fácil ver cómo el programa cultural occidental parte de una precomprensión de nuestra relación con el conocimiento. El occidental se considera a sí mismo como el individuo en el que la acción tiene dos momentos claramente diferenciables: primero debemos disponer del conocimiento adecuado, una visión clara de cómo son las cosas y un conjunto de reglas de acción, para después aplicar técnicamente estos criterios a nuestra acción mundana. Por tanto, la disposición de un conocimiento, la apropiación de las respuestas, es un momento previo a todas las acciones. Toda la filosofía y la ciencia occidental se levanta sobre la consideración de asegurar este esquema de comportamiento.

En cambio, el pragmatismo y otras filosofías contemporáneas, se han abogado el propósito de reconstruir esta relación con el conocimiento. El modo en que el pragmatismo afronta este reto consiste en la negación de la idea más persistente de Platón: la idea de que el conocimiento es algo valioso en sí mismo. El pragmatismo niega que el conocimiento sea el objetivo último de la especie humana y por tanto anula la ética platónica que describe al hombre como un ser que busca respuestas. En cambio, el pragmatismo es una filosofía sin respuestas últimas, un modo de pensamiento que no ofrece ningún conocimiento apriorístico que oriente nuestras prácticas y que, rechaza esta visión según la cual, después de la investigación, podremos disponer de reglas garantizadas para la acción correcta.

Un ejemplo del modo de proceder del pragmatismo lo encontré hace algunas semanas en una tertulia radiofónica dedicada a la economía política; un oyente le reprochaba al Doctor Rodriguez Braun, un profesor de economía de la universidad Complutense, conocido por su apasionada defensa del liberalismo, que mientras que el socialismo nos ofrece un modelo de estado, nos dice en qué debemos gastar el dinero para organizar la sociedad, el liberalismo no nos dice mucho acerca de esta cuestión y parece ser sólo una fórmula fácil de crítica; el oyente a continuación le pedía al profesor que diera cuál era su postura, en qué gastaría el dinero. La respuesta del Doctor fue típicamente pragmatista: dijo que no tenía ni idea. Respondió que lo que él defendía era precisamente que el estado debería ser como los ciudadanos vayan decidiendo a medida que se presenten los problemas, pero de antemano no tiene por qué haber un prediseño de cómo deberían ser las cosas antes de que comencemos el juego. La respuesta del profesor, más que una respuesta liberal, es a mi modo de ver, una respuesta típicamente pragmatista, dado que el problema no se presupone anclado a un criterio epistemológico.

En la línea de este ejemplo, el pragmatismo no pretende decirnos cómo debemos hacer, ni nos ofrece una fórmula infalible de cómo debe ser nuestra relación con el mundo, sea técnicamente, políticamente o éticamente. Los pragmatistas como Rorty defienden que lo que hará buenas a nuestras decisiones no es el hecho de que tengamos un conocimiento asegurado o verdadero, sino el hecho de que en el futuro las cosas vayan mejor, es decir, nuestras decisiones hayan mejorado nuestras vidas en algún respecto, asuntos que no son fáciles de averiguar a priori. Por eso Rorty señala que puede decirse del pragmatismo lo mismo que Novalis decía del romanticismo, que es la apoteosis del futuro.

Sin embargo es tan habitual considerar al ser humano como un ser que tiene una relación especial con el conocimiento, que lo concebimos como un hecho inapelable. Consideramos que el hombre es el ser cuya esencia consiste en la posibilidad de conocer la realidad, y por eso nos describimos a nosotros mismos resaltando nuestras cualidades cognoscitivas, Homo sapiens, el hombre sabio, el ser que conoce. Fieles a esta creencia asumimos como nuestra forma de ser, nuestra esencia o naturaleza, la idea de que los seres humanos primero conocemos el mundo, y después actuamos en base a este conocimiento.

La postura tanto del pragmatismo de Rorty como de autores como Heidegger, va a ser la consideración de que esta forma de entender al ser humano y al conocimiento, no corresponde con nuestra esencia, sino que esto no es más que una forma contingente de actuar en el mundo y por tanto históricamente determinada. Del mismo modo que los ingleses inventaron en el siglo XIX a los futbolistas, y sólo cabe ser futbolista desde que ocurrió este evento, los griegos inventaron en torno a los siglos sexto y cuarto, al hombre racional, el homo sapiens, y sólo cabe considerarse así desde esta aparición.

Para explicar cómo se produjo este invento, actuaré haciendo algo que Rorty hace alguna vez en su filosofía, voy a trazar un símil extraterrestre. Imaginemos que una civilización alienígena envía a un equipo de investigadores a nuestro planeta con el fin de recabar información sobre nosotros. El propósito de estos investigadores estelares consiste en elaborar un informe exhaustivo sobre los humanos, con vistas a escribir la entrada “hombre” en una hipotética enciclopedia intergaláctica en la que estarían recogidos todos los seres de la galaxia.

Para hacer su trabajo, seguramente el modo de proceder de estos extraños científicos sería baconiano: se trataría de elaborar una lista de todas las actividades que hacemos los seres humanos con la esperanza de que la información nos oriente a la hora de redactar la entrada. Puesto que los investigadores no disponen de ningún criterio para distinguir lo que sería información relevante de lo que no lo es, están obligados a registrar toda la información de modo que no se les escapase ninguna de las acciones humanas. Es de suponer que la lista de actividades sería prácticamente inabarcable y con toda seguridad sería cambiante.

Pero algo de lo que podrían darse cuenta estos investigadores estelares es que la mayoría de estas actividades son acciones regladas, actividades que se hacen de acuerdo a ciertas pautas, ciertas reglas, puesto que son acciones que implican el concurso de muchas personas que actúan coordinando sus acciones. Para comprender esto, podemos acudir al concepto de Juego, que ya usó Wittgenstein para describir al lenguaje. Los juegos consisten en un conjunto de actividades diversas que tienen propósitos diferentes y reglas diferentes para alcanzar estos propósitos; lo interesante de ver las distintas actividades humanas como juegos radica en que este concepto no reduce el tipo de prácticas humanas a un número limitado de ellas, dado que la lista de juegos, actividades regladas con distintos propósitos, puede ser prácticamente infinita. Desde esta perspectiva podemos considerar, por ejemplo, que es lo mismo jugar al futbol, buscar la amistad de un vecino, dedicarnos a la actividad científica o a la práctica de la conversación filosófica. Todas estas conductas cumplen con ciertos propósitos e implican la utilización de ciertas reglas.

Pues bien, una vez los alienígenas hubieran terminado de escribir la lista de los juegos humanos tendrían la misión de redactar una definición. Y teniendo en cuenta que estos extraterrestres no disponen de ningún criterio que les permita decidir cuáles de estos juegos son más importantes, cuales son verdaderamente esenciales o definitorios, tendrían que actuar tomando decisiones extrínsecas a la propia investigación, o lo que es lo mismo, deberían elegir en base a sus preferencias personales. Si no lo hicieran se verían obligados a establecer una entrada en la enciclopedia galáctica consistente en una lista enorme de actividades humanas junto a una nota que explicase que los seres humanos son los seres que realizan algunas de estas acciones, algo que que estaría lejos de considerarse como lo que habitualmente entendemos como una definición. Entendemos que una definición debe referirse a un conjunto limitado de rasgos esenciales, aquello sin lo cual ya no estaríamos hablando del objeto definido. Pero nos damos perfecta cuenta que, cuando tomamos al ser humano en base a las cosas que hace, y no a las cosas que de forma apriorística consideramos que “es”, una definición de esta clase parece imposible, a menos que elijamos en función de nuestras preferencias qué prácticas vamos a considerar como importantes, lo que en sí mismo consistiría una práctica más, la practica de la definición esencialista.

Pues bien, la filosofía equivale al sueño de creer que este tipo de definiciones son posibles, y no como meras prácticas entre prácticas. Este sueño se condensó de forma efectiva en el pensamiento platónico. Platón es el equivalente humano a este equipo de investigadores alienígenas dispuestos a hacer una definición lo más reducida posible del ser humano. Por decirlo de un modo claro, Platón es quien pone de moda, una moda que se mantiene ya 2500 años, la idea de que las cosas, aunque tengan innumerables características, pueden reducirse a un numero limitado de elementos esenciales.

Podemos reconstruir el proceso por el cual esto acaeció en la filosofía platónica y escribir el relato de cómo Platón llegó a la consideración de que las cosas disponen de esencias y por tanto son definibles de manera absoluta. Seguramente Platón y los primeros filósofos se dieron cuenta de que estas actividades humanas describibles y sometidas a reglas se orientan siempre a un propósito y, por tanto, están sometidas al acierto y al error. Acertamos cuando cumplimos con el propósito establecido y nos equivocamos cuando no lo cumplimos. Pero este “acertar” o “equivocarse” solamente tiene sentido cuando estamos jugando a un juego determinado, dentro de ciertas prácticas regladas en las que se ha establecido previamente qué vamos a entender como acierto y qué vamos a entender como error. Si esto es así, significaría que no existe un modo absoluto de acertar. Cuando un perro juega a desenterrar huesos y da con una mina antitanque ha fallado, pero cuando es un soldado buscando minas con un detector de metales, decimos que ha tenido éxito. En cada caso las reglas de los distintos juegos son relativas a cada juego y resulta del todo imposible realizar distintas actividades humanas si no tenemos en cuenta este hecho.

La filosofía platónica fue el propósito de unificar todas las reglas de todas las acciones humanas en un único conjunto de superreglas. Platón supuso que puede existir un mismo modo de jugar cada uno de estos juegos que garantice el acierto y nos evite el error en todos los casos. Y para esto Platón se va a fijar en una de las prácticas a las que los seres humanos solemos jugar, las matemáticas. ¿Qué es lo que tienen las matemáticas que le impresionó tanto?. En principio, las matemáticas pueden considerarse como una más entre las cosas que hacen los hombres, un juego entre otros juegos, consistente en hacer algo con ciertas marcas, ciertos símbolos, de acuerdo con unas reglas establecidas. Históricamente hablando este juego con marcas estuvo asociado a la agrimensura, a la contabilidad y a la música, pero van a ser los griegos los que lo conviertan, además de todo esto, en un juego formal. En manos del espíritu griego este jugar con marcas pasó de servir a propósitos externos para pasar a convertirse en un juego autoreferencial, es decir, una actividad teórica.

Y será esta característica formal o teórica lo que convierte esta actividad en distinta de las demás prácticas, llamando la atención de Platón; en la mayoría de cosas que hacemos los seres humanos, las acciones que tenemos que hacer para lograr lo que previamente hemos considerado como un acierto, son bastante imprecisas. Pensemos por ejemplo en las prácticas sociales destinadas a ganarnos el favor de las personas que nos rodean. Imaginemos que queremos conseguir el afecto de un vecino; seguramente desarrollaremos toda una serie de conductas que en nuestra cultura están destinadas a lograr este tipo de aciertos: seremos cordiales, abusaremos de la sonrisa, buscaremos temas de conversación afines, incluso puede que nos presentemos en la puerta de su casa con un pastel. Pero es posible que, aún cuando despleguemos todas nuestras artes de seducción, no logremos la cordialidad buscada. En la mayoría de los juegos humanos, por tanto, el conocimiento y aplicación de las reglas, no garantiza el acierto, aunque disponen la situación en la que el acierto puede ser considerado como tal. Si jugamos al fútbol, no basta con conocer las reglas de juego para ganar, igual que no basta con cumplir con las normas sociales de cordialidad para lograr el afecto de los demás; seguramente hay que tener en cuenta muchas circunstancias que podemos controlar y muchas que son imprevisibles.

Pero en el caso de las matemáticas esto no ocurre. En este tipo de juego que podemos llamar “teorico” o “contemplativo”, el acierto ya viene dado por la aplicación de las reglas, puesto que el acierto coincide con este uso normativo. Puede decirse que la aplicación de las reglas garantiza el acierto o son en sí mismo el acierto. Esto es así porque en las matemáticas el juego no consiste en realizar un tipo de acciones y esperar un resultado, sino que el resultado consiste precisamente en la aplicación correcta de las reglas. Por decirlo también gráficamente: si sumamos dos y dos, no albergamos la esperanza de que el resultado sea cuatro, dado que cuatro se define entre otras cosas como la suma de dos y dos. En las matemáticas es la acción la que produce el resultado, puesto que el resultado no es más que el correcto uso de las reglas. Trasladando este esquema de actuación a otras prácticas, equivaldría a defender cosas como que el acto de escarbar en el suelo por parte de un perro, crease el hueso que está buscando.

El resto de las conductas no suelen ser así. En las prácticas sociales, por ejemplo, el mero hecho de ser cordial y amable con los demás no significa que contaremos con su afecto, y tampoco el hecho de cumplir con las reglas establecidas en un partido de fútbol es equivalente a ganarlo. En el caso de las matemáticas, y esta es la clave, el acierto viene dado por el uso correcto de las reglas. O lo que es lo mismo: el conocimiento es lo que determina el acierto y elimina la incertidumbre, mientras que la ignorancia y el desconocimiento es lo que explica el error y la duda.

Platón, impresionado con este poder del matemático para evitar a priori la incertidumbre y el error, imaginó que todas las prácticas humanas pudieran realizarse según este esquema. Esto equivaldría a simplificarle en extremo el trabajo a aquellos imaginados investigadores galácticos, dado que ya no seríamos unos seres que realizan una multiplicidad inabarcable de acciones, puesto que todas ellas podrían ser reducidas a una sola superactividad, ser ejemplo de un único modo de acción: las matemáticas. De esta forma define al hombre como “matemático”, o lo que es lo mismo, atendiendo a la etimología de la palabra, como “el que sabe”. El ser humano es aquel ser, que si dispone del conocimiento necesario, conoce las reglas adecuadas y su aplicación, entonces es capaz de diseñar una vida carente de incertidumbre y error. Platón inaugura, por tanto, esta forma de comprender al ser humano y de ser hombre, según la cual primero disponemos del conocimiento y después aplicamos este conocimiento a nuestra relación con la realidad.

Lo importante de este esquema es que describe nuestra naturaleza en relación con el conocimiento. Hay dos tipos de hombres, los que conocen y experimentan una relación verdaderamente esencial con la realidad, y los que desconocen, los ignorantes, cuya relación con la realidad está viciada, es aparente, está falseada, no es originaria. Nos está diciendo que, por ejemplo, cuando los hombres nos dedicamos a actividades como las matemáticas o hablamos tal y como lo hacen los filósofos, según el esquema de conversación que describe en sus diálogos, o lo que es lo mismo, cuando practicamos ciertos juegos, estamos siendo hombres con todo el sentido de la palabra, dado que tenemos una relación verdadera con la realidad. Pero cuando nos entregamos a otras actividades, como puede ser el trabajo material, la artesanía, la agricultura o la política de acuerdo con otras reglas, entonces nuestra relación con la realidad se ve impedida.

Al establecer como esencia fundamental humana el conocimiento, Platón da comienzo a la filosofía y a la racionalidad europea, o lo que es lo mismo, quedan configuradas las creencias básicas de lo que hemos llamado el “homo sapiens” el hombre racional. Ser racional consistiría en pensar de acuerdo ciertas distinciones categoriales, que Derridá llamó “distinciones binarias del pensamiento occidental”. Tales distinciones disponen la comprensión del mundo respecto de categorías polares, tales como la diferenciación entre conocimiento e ignorancia, la que establecemos entre apariencia y realidad, y la separación de verdad y mentira.

Si adoptamos la perspectiva de las prácticas, el conocimiento como una serie de prácticas o de reglas para la acción, no podemos distinguir tajantemente entre sabios e ignorantes, ya que no existen sabios e ignorantes, sino usuarios de unas prácticas y usuarios de otras. Sin embargo la filosofía pensó que se puede estar en una situación de conocimiento y ser un sabio, o de desconocimiento y ser un ignorante.

Esta primera distinción nos lleva a la segunda. Si hemos distinguido entre los sabios y los ignorantes, surge un problema fundamental: ¿el conocimiento -las prácticas- de los ignorantes qué son? Platón nos contesta diciéndonos que no son estrictamente conocimiento, es mera apariencia. Así Platón inventa también la distinción absoluta entre apariencia y realidad; la idea de que podemos vivir engañados, o podemos ser conscientes de las cosas del mundo tal y como son. Y no es que no ocurra que tomemos por reales asuntos que descubrimos que son sólo aparentes. Pero estas consideraciones, como ya dije al principio, sólo tienen significado cuando las usamos dentro de un juego concreto en el que la distinción haya sido precisada de antemano. Por ejemplo, podemos entender que a nuestro perro le pareció que en esa zona del jardín había un hueso pero no era real. Pero esto es completamente distinto a cuando decimos que tal amigo nos pareció honesto cuando en realidad es un pájaro de cuidado. En el primer caso hay unas reglas que nos permiten distinguir la apariencia de la realidad y en el segundo hay otras. Platón supone que podemos hablar de la apariencia en sentido absoluto y la realidad en sentido absoluto.

Y por último, estas dos primeras afirmaciones nos permiten entender la tercera distinción, la de verdad y mentira; Platón también es el responsable de que los occidentales hablemos en los términos que lo hacemos de “verdad y mentira”. Y podemos comprender perfectamente qué es lo que llama Platón “Mentira”, es el conocimiento aparente del ignorante. En cambio el conocimiento del sabio es el conocimiento verdadero, del que procede según las reglas de la racionalidad que ya Platón se ha encargado de establecer.

Ustedes me dirán que Platón no ha inventado la verdad y que hay cosas que son verdad y cosas que son mentira. Yo les diré que por supuesto, pero no en los términos que los plantea la filosofía. Lo que sea verdad o mentira es algo que sólo tiene significado dentro de un juego o práctica determinada. Por ejemplo, el enunciado “el coche es rojo” es verdad porque previamente hemos establecido que consideraremos verdad oraciones de este tipo cuando se correspondan con nuestra experiencia. Esto se ha establecido en una tradición lingüística y se mantiene seguramente porque juegos de este tipo nos resultan útiles a todos. Nos viene muy bien que todos conozcamos el acuerdo cuando hacemos comunicaciones del tipo “te pasaré a buscar en mi coche rojo”. Sin embargo en otros juegos los acuerdos acerca de qué consideraremos verdad y mentira son más imprecisos o simplemente no están. Por ejemplo cuando decimos “el debate de investidura lo ha ganado el presidente del gobierno”. En este tipo de enunciados, puesto que no llegamos fácilmente a un acuerdo, tendemos a ser Platónicos. Pensamos que nosotros identificamos claramente la realidad mientras que otros ven exclusivamente las apariencias, viven engañados por la ideología. Rorty nos diría que en esos casos lo que ocurre es que jugamos a juegos distintos. Sucede lo mismo que ocurriría cuando ponemos a buscar drogas en un aeropuerto a un perro que no ha sido entrenado, que no sabe jugar al juego de buscar droga. Cuando el perro encuentra un hueso se alegra, pero el policía se decepciona.

EL CONOCIMIENTO DESDE UNA PERSPECTIVA NATURALIZADA.

Frente a la perspectiva griega que vamos a heredar los occidentales consistente en pensar que el conocimiento es una relación más penetrante con la realidad, una visión clara del mundo, y que engendra la distinción entre sabios e ignorantes, los pragmatistas americanos, tomándose en serio a Darwin, conciben el saber como un producto natural.

Desde la descripción que hace Darwin de la evolución humana, el conocimiento se comprende como un conjunto de pautas para la acción que han desarrollado las diferentes especies para hacer frente a las necesidades de la vida; esto equivale a la descripción que hemos hecho al comienzo de la charla de las prácticas humanas como actividades regladas. Si entendemos que tanto los animales como los hombres actúan en el mundo de acuerdo con una serie de pautas de acción, resulta difícilmente explicable defender que algunas de estas pautas sean valiosas en sí mismas y no por los beneficios que conllevan, como tampoco podemos distinguir de qué modo unas pautas puedan ser más verdaderas que otras.

Escuchamos a Darwin cuando nos explica cómo se generó en nosotros la postura erguida, cómo la liberación de las manos nos permitió fabricar instrumentos, o cómo los pájaros desarrollaron alas a partir de las extremidades de los dinosaurios. Pero tomarse en serio a Darwin consiste en considerar que no hay diferencia entre hablar de un producto como unas alas o un sistema digestivo, y hablar del conocimiento. No hay forma de entender cómo a lo largo de nuestro desarrollo evolutivo los seres humanos desarrollamos algo así como la filosofía o las matemáticas, entendidas teóricamente.

La perspectiva pragmatista de Rorty va a naturalizar el conocimiento y lo va a considerar como un producto más de nuestra evolución. Las diferentes creencias, así como cualquier otro conocimiento de cualquier índole, no son más que un conjunto de pautas de acción que se han ido seleccionando en virtud a las cosas que nos permiten hacer. Esto es válido tanto para la medicina hipocrática, para la filosofía platónica, para la física cuántica o para la construcción de centrales nucleares. Igual que los pájaros tienen alas para volar, los hombres desarrollamos el conocimiento para hacer algo con él. Y del mismo modo que no podemos hablar de que un martillo sea más verdadero que un destornillador, tampoco podemos preguntarnos si un conjunto de creencias representa mejor la realidad que otro conjunto de creencias. A lo sumo podemos decir que ciertas pautas de acción, ciertos juegos, se mantienen en la medida en que nos proporcionan un beneficio determinado. Pero no tendría sentido preguntarse, de acuerdo con la postura pragmatista de Rorty, si la física de Newton es más verdadera que los dogmas de la religión cristiana, o menos verdadera que la teoría cuántica. Sencillamente son pautas diferentes de acción, con propósitos diferentes y reglas diferentes. Por eso, si queremos construir un puente es tan inútil tener en cuenta los dogmas cristianos como los cálculos cuánticos; si queremos diseñar un ordenador es inútil que consideremos la gravedad newtoniana o las verdades de la fe; y si queremos promover la compasión entre los hombres, no nos servirá para nada ni la cuántica ni la gravitación universal, pero seguramente sí la religión cristiana. Por decirlo en los términos de Rorty: verdadero es el nombre que usamos para designar a cualquier creencia que resulte ser buena como modo de interactuar con el mundo. Algo que decimos que no es verdadero es aquello ante lo que más vale ser precavidos pues no es una creencia de la que podamos estar seguros, o que habitualmente nos permita una buena forma de relacionarnos con el mundo.


METAFÍSICA Y PRAGMATISMO.
La verdad se encuentra – la verdad se construye.

La actitud metafísica, o la actitud platónica podemos decir, sería la actitud de pensar que la verdad es algo que está ahí fuera que hay que hallar, que hay que encontrar. La filosofía nos dice que si somos racionales, si respetamos un método, si no nos dejamos llevar por nuestros deseos, o cualquier otra consideración, entonces daremos con la verdad. Decir que el conocimiento o la verdad se descubre, en lugar que se construye, es decir que el mundo, la realidad, puede guiar de algún modo lo que los seres humanos podemos hacer en esa realidad. Cuando tenemos una actitud Platónica afirmamos cosas como que Galileo y Copérnico descubrieron una verdad, que la tierra gira alrededor del sol. O que Newton descubrió una de las fuerzas de la naturaleza, la gravedad, o que Plank descubrió que las partículas son cantidades discretas de energía.

La postura pragmatista nos dice que la verdad no se halla, sino que se construye. Desde de Rorty, lo que hicieron estos científicos no fue más que redescribir la realidad usando palabras distintas, sistemas de creencias distintos, inventaron nuevas pautas de acción que nos permitieron hacer a los seres humanos cosas diferentes que nos permitían otras descripciones. No ocurre, según Rorty, algo que pone de manifiesto en libro de Kuhn “la estructura de las revoluciones científicas”, que hay un progreso en dirección a estar cada vez más cerca de la verdad y cada vez más lejos de la superstición, de la ilusión, de la mentira.

Si los europeos en un momento dado comenzamos a creer en el dios cristiano y en los distintos dogmas de fe del cristianismo, no fue porque el cristianismo, como conjunto de creencias, nos revelase una verdad más profunda que otros conjuntos de creencias. Fue fundamentalmente porque nos sirvió a los europeos para hacer algo que en un momento dado consideramos importante. Y si en otro momento comenzamos a considerar las creencias cristianas como supersticiones frente a las verdades de la mecánica de Newton, no fue porque la ciencia nos proporcione un conjunto de verdades más profundas que el cristianismo, sino que seguramente comenzamos a querer hacer otras cosas a parte de las que podíamos hacer hablando sólo como cristianos.

Decir que un producto como la ciencia es más racional o más verdadero que la religión, desde la perspectiva naturalizada de Rorty, sería semejante a que dijéramos que es más racional o más verdadera la postura erguida de los hombres frente al serpenteo de los reptiles. Pero lo cierto es que una cosa y otra sólo responde a propósitos y necesidades diferentes. La evolución biológica siempre produce nuevas especies y la evolución cultural siempre produce nuevas creencias. Pero no hay una cosa tal como "las especies que la evolución tiene en mira", ni una cosa tal como "la meta de la investigación" entendida como verdad.

Les voy a explicar esto utilizando un ejemplo práctico, lo que ta bien me permitirá sacar esta charla del debate epistémico e ir acercándome a temas prácticos. Los dos grandes sistemas léxicos de la política serían por un lado las creencias socialistas y por el otro las creencias liberales. Podemos intentar pensar estos dos léxicos no como distintas posiciones acerca de cómo deberíamos organizar la sociedad, lo que nos haría caer en la tentación de pensar que uno es más verdadero que el otro ya que se ajusta más a la realidad o a la esencia humana. O podemos comprenderlos como herramientas distintas que pretenden cosas distintas, algo que seguramente nos permita rebajar nuestra beligerancia con respecto a cada uno de ellos.

El léxico liberal, como ustedes saben, se desarrolló en el siglo XVIII como resultado de un trabajo colectivo, el de los ilustrados, que poco a poco fueron adoptando nuevos hábitos lingüísticos, nuevas formas de hablar. Los ilustrados hablaban del hombre en términos de libertad individual, mérito personal, individualismo, Racionalidad. Este léxico se enfrentaba al que se había generado en el ámbito de la religión cristiana y que describía al hombre en términos de pertenencia a una gran familia patriarcal. Para el cristianismo todos los hombres son vistos como miembros de una familia en la que Dios representa la figura de autoridad y de amor, y los hombres se consideran como hermanos. Este léxico, a ojos de Rorty, tenía la virtud de promover conductas como la compasión, pero a la vez también describía en términos positivos la sumisión, la obediencia, la mansedumbre. A los hombres que vivieron la edad moderna que culmina con los ilustrados, seguramente el léxico cristiano, bueno para generar actitudes de compasión y hermanamiento, resultaba inútil dado que el tipo de cosas que ellos querían hacer no era de esa índole. Los ilustrados querían generalizar las pautas de acción que empezaron a ponerse de moda durante el renacimiento, donde los hombres se sintieron más interesados en explorar sus capacidades individuales, que en formar parte de la gran familia humana. De esta forma, los ilustrados fueron generando poco a poco un sistema de creencias en el que el hombre era visto como un ser libre, dotado de razón con una capacidad enorme de acción y donde el antiguo Dios cristiano se redescribía como arquitectum dei.

Es Kant quien mejor va a saber tejer el nuevo léxico liberal que queda condensado en el famoso lema “sapere aude”, atrévete a pensar. Kant nos presenta al hombre como un ser dotado de una voluntad libre que se da a sí mismo la ley, es decir, que desde sí mismo elige las propias reglas de su acción. Podríamos pensar que este “darse a sí mismo la ley” es una defensa de la creatividad, de la imaginación, de la espontaneidad, pero lo cierto es que no es el caso. Lo será cuando los poetas románticos generen el léxico del romanticismo. Kant propone dos ámbitos en los que el hombre puede determinar por sí mismo las reglas de su acción; por tanto lo que está proponiendo es dos modos paradigmáticos de hombre. Estos dos ámbitos son el teórico y el práctico. Para ser más explícitos, el hombre cuando se ocupa de conocer y cuando se ocupa de su vida diaria, relacionándose con otros hombres. Cuando se trata de alcanzar la verdad el modo paradigmático de ser que Kant trata de generalizar, es el científico Newtoniano, el investigador que realiza su acción conforme al método científico generado por Galileo y Newton. Por eso, en la sociedad liberal surge la figura del “experto”, que es quien soluciona los problemas epistémicos.

Y cuando se trata de la vida práctica, Kant propone como modelo de hombre lo que podríamos llamar el “gentleman inglés”. Es decir, un hombre desapasionado, que no se deja llevar por sus inclinaciones y se comporta cumpliendo con sus obligaciones de forma voluntaria, libre. Estas obligaciones no van mucho más allá de respetar las leyes y pagar los impuestos. Es un hombre que puede dedicarse a sus asuntos privados con total libertad siempre y cuando cumpla con sus obligaciones cívicas. El resultado es el tipo de hombre que demandarían las futuras democracias liberales: hombres poco beligerantes y cumplidores de la ley que encuentran su felicidad en tal cumplimiento y en la reserva de un ámbito privado, dejando la solución de los demás asuntos a los expertos cualificados.

El léxico socialista, en cambio, nace con otros propósitos y se genera también por el concurso de muchas personas, muchas veces ilustrados, pero produce un modo distinto de hablar, pautas de acción diferentes a las generadas entre los liberales. Seguramente el léxico liberal fuera muy útil y beneficioso a las clases más favorecidas del siglo XIX, pero también resultasen completamente inútiles para las clases más pobres. De nada le sirve a una persona creer en la individualidad, la libertad personal y la racionalidad universal, cuando estas creencias no generan ninguna diferencia significativa en sus vidas. El obrero empleado en las fábricas textiles inglesas no tenía ningún poder real en la mejora de sus condiciones miserables de vida que tuviera que ver con el léxico liberal. La capacidad de acción de este tipo de trabajadores nada tenía que ver con la individualidad, y sí con la colectividad. Nos cuenta Marx que la organización como colectivos entrenados en fábricas les otorga cierto poder; los obreros de forma individual carecen completamente de acción, pero como pertenecientes a miembros de una cadena de montaje, en tanto que colectividad, poseen un poder importante. En el pensamiento marxista esta realidad se describe como proletariado. Hablar de los hombres en términos de proletariado es seguramente una de las claves fundamentales del léxico marxista y por tanto del léxico socialista. Permite describir la acción humana en lugar de en términos individuales, hacerlo en términos colectivos. Pero Marx fiel a la lógica platónica, no se limita a señalar que el hombre puede describirse, además de muchas otras formas, según su pertenencia a un colectivo. Marx se empeña en ser esencialista y señalar que el modo propio de ser hombre es la acción colectiva. La acción individual propuesta por el lexico Kantiano se convierte en apariencia, o en términos marxistas, en alienación.

Si en el léxico liberal el hombre paradigmático es el burgués ocioso, al que se le puede tolerar cualquier acción mientras sea respetuoso con la ley y pague sus impuestos, en el léxico socialista el modo paradigmático de ser hombre, es el trabajador miembro de una cadena de producción que toma conciencia de su poder colectivo y se convierte en revolucionario. Ninguna de estas definiciones, el trabajo colectivo o el ocio individual, son aproximaciones más verdaderas o más falsas que la otra. Únicamente son dos modos de actuar en la tierra no excluyentes el uno del otro y que el léxico liberal y socialista elevan a modo paradigmático de acción. Tanto uno como otro podemos comprenderlo como un conjunto de pautas de acción que nos permiten a los hombres hacer cosas diferentes. Podemos actuar de acuerdo a fantasías e intenciones privadas, pero también podemos actuar como integrantes de una acción colectiva al modo de una cadena de producción.

Los problemas entre estas dos formas de acción surgen cuando se procede metafísicamente desde la consideración de que cada una de estas acciones se puede considerar el modo paradigmático de acción humana, como la esencia humana. Puesto que debe haber una esencia humana y desde cada uno de estos léxicos esa esencia es enunciada en sus propios términos, las desviaciones del modelo son tachados de irrealidad, ideología, engaño o alienación. Para los liberales, la esencia humana pasa por la individualidad y para los socialistas la esencia humana tiene que ver con el trabajo colectivo. Dicho de otro modo, desde la lógica liberal, todo lo que no sea ser un gentleman o un científico nos convierte en brutos y esclavos. Y para los socialistas todo lo que no sea ser un trabajador colectivo y un revolucionario, nos convierte en alienados opresores u oprimidos.

Es por eso que para los liberales un sistema socialista en el que el individuo parece disolverse en la colectividad, y se censuran los propósitos individuales, no es más que un modo de esclavitud, una ideología destinada a esclavizar a un número creciente de personas. Y para los socialistas, un sistema de convivencia liberal aliena al hombre, lo aleja de su esencia colectiva, le hace vivir disgregado y aislado del resto de la sociedad y por tanto alienado.

La forma en que nuestras sociedades consideran que se superarán estas supersticiones e ideologías, ya sea que desde la lógica socialista se quiera escapar de la alienación, o desde la lógica liberal se trate de no caer en la esclavitud, es la llamada actitud crítica. Esto es lo que se les explica a todos los estudiantes de bachillerato en este país y es una de las piedras básicas del sistema educativo. Se les dice que no deben creerse todo lo que se les dice, que deben mantener una actitud vigilante, que deben poder argumentar sus posturas. Esta capacidad argumentativa es lo que les protege de ser engañados por la superstición y la ideología. Pero lo cierto es que, dicho en los mismos términos, esta actitud crítica sigue siendo tan ideológica como cualquier otra creencia pues nos exime de tratar de comprender las motivaciones y los propósitos de personas que no hablan en nuestros términos: Nos lleva a la consideración del otro como irracional, y por tanto a su rechazo. Al no comprender las motivaciones y los propósitos de otras creencias, nos evita considerar que la solidaridad pueda ser una obligación moral.

El problema es adoptar la postura platónica que habla de un hombre paradigmático y nos obliga a considerar que hay unas creencias verdaderas y otras falsas. Pero si adoptamos la perspectiva que Rorty nos propone, ya no cabe que hablemos de algo así como una esencia humana.

Desde esta perspectiva ya no se trata de desarrollar un conocimiento verdadero que nos indique por dónde deberíamos desarrollar nuestras sociedades, que nos marque el camino a seguir. Se trata más bien de generar sociedades en las que sea posible la máxima variedad, que quepan todas las formas de ser que seamos capaces de engarzar. Se trataría, por tanto, de no limitarnos a considerar que los seres humanos tenemos que responder a una naturaleza concreta, tenemos que ser un hombre paradigmático concreto. Se trata de que lo que los seres humanos somos es lo que somos capaces de generar mediante nuestra acción en la tierra.

Esta sociedad de la variedad para Rorty es la democracia. Pero no es la democracia planteada por el liberalismo esencialista, una democracia en la que todos debemos ser científicos en nuestro trabajo y caballeros ingleses en nuestras relaciones sociales. Se trata de una democracia en la que realmente la libertad y la variedad en el uso de los léxicos, en las distintas formas en las que nos podemos ver los seres humanos carece de límites.

Lo que está planteando Rorty es que, en lugar de ver como paradigma del conocimiento a la ciencia y a las matemáticas, tomemos como paradigma a la poesía. Entre dos científicos que se ocupan del mismo campo cabe la contradicción. Esto es así porque los dos juegan al mismo juego y con las mismas reglas. Ocurre lo mismo que en el fútbol, que no pueden ganar dos equipos distintos el mismo partido. Pero cuando se trata de poesía no pensamos nunca que un poema tenga que ser contrario o incompatible con otro. Pues bien, se trata, por tanto, de considerar que dos hombres pueden representar un poema distinto sin que por ello ninguno de los dos tenga que estar en una escala distinta de ser hombre.

Una forma en la que me gusta entender este modo de comprender la política, consiste en imaginar el espacio público como si se tratase de un manicomio. En un manicomio están las distintas fantasías privadas por un lado y la cordura del médico por la otra. El médico tiene el proyecto de eliminar tales fantasías privadas y construir un único modo de ser, la suya, la del cuerdo. La propuesta de Rorty sería no considerar que unos están locos y otros sanos, sino en considerar que tanto los locos, como el doctor, son víctimas de una fantasía privada. Uno se cree Napoleón, otro se cree un emperador romano y otro se cree un médico que los puede curar a todos, pero todos están al mismo nivel.

El espacio político consistiría en tratar de disponer de una situación en la que ninguno de ellos tiene por qué renunciar a su fantasía sino que debe de encontrar los modos de compatibilizarla con la de los demás generando nuevas fantasías que den cabida al otro. Por tanto el problema no consiste en hacer entrar en razón a los fanáticos o establecer un lenguaje mínimo y racional en el que limar nuestras asperezas (Habermas). Sino en hacer que puedan generar estas fantasías que den cabida al otro, a las fantasías privadas de los otros.

¿Cómo hacer esto? Rorty nos dirá que no es la filosofía, sino la literatura. La literatura es lo que permite la sociedad poetizada. Sin embargo en las sociedades del conocimiento la literatura ha sido considerada como una actividad de segundo orden, algo más bien destinado a un entretenimiento infructuoso. Lo realmente importante en estas sociedades, como ya he dicho, es el conocimiento. Pero Rorty nos dice que el conocimiento, la argumentación, no sirven de nada cuando de lo que se trata es de crear una sociedad de la variedad. La razón ya sea en su versión ilustrada o en su versión socialista, únicamente promueven el hombre paradigmático, el gentleman o el proletario, pero no hacen nada por la variedad. Esta es la razón por la cual tanto el estado socialista como la democracia liberal tienen una deriva fácil al totalitarismo.

La literatura, entendida en un amplio sentido como poesía, relato, cine, teatro, nos permite comprender otros léxicos, otras pautas, otras formas de ser hombre. Y eso nos pone en disposición de hablar como ellos. La literatura es quien redescribe la realidad de tal modo que se pueden generar nuevos modos de hablar en los que se de cabida cierto sufrimiento para el que antes de hablar de este modo eramos ciegos. Rorty pone el ejemplo del respeto de las comunidades de color en Estados Unidos. No fue el discurso ilustrado que defiende que todos los hombres son iguales en virtud a su racionalidad común, lo que hizo que distintas comunidades de americanos se tomasen en cuenta. Fue sin embargo la literatura en obras como “La cabaña del tío Tom”, las que comenzaron el proceso de comprensión. Del mismo modo que no fue la jerga marxista la que hacía tomar conciencia del sufrimiento de los trabajadores asalariados, sino las novelas de Zola, por ejemplo.

Según Rorty ya no se puede recurrir al criterio de la verdad como tribunal que deslegitime las construcciones sociales despóticas e injustas que imponen los derechos del más fuerte sobre los débiles, como hacían los ilustrados. La misión de la filosofía como aquella forma de conocer destinada a denunciar la presencia de ideología, de prejuicios, de “distorsión de la comunicación” como dice Habermas, queda completamete rechazada. Lo único que puede hacerse son descripciones detalladas de tales sufrimientos y humillaciones que hiciera surgir la necesidad de reformar la sociedad para que eso no siga pasando. Pero estas redescripciones ya no las suministra la filosofía como si se tratara de un tipo especial de hombre privilegiado (caverna de Platón), sino que es tarea de intelectuales en un sentido muy amplio: periodistas, antropólogos, psicólogos, sociólogos, novelistas, directores de cine… etc. Frente al filósofo que busca la verdad, Rorty propone al poeta creador de metáforas, inventor de nuevos lenguajes que sean capaces de sacar a la luz cosas que antes no eran vistas o carecían de importancia.

Por tanto, no es la actividad crítica de la filosofía, la búsqueda de la verdad, la actitud científica la que nos previene contra el totalitarismo, es la lectura de libros y el visionado de películas. En lugar de educación para la ciudadanía, lo importante es la literatura.

Pero no piensen que Rorty al proponer esta sociedad poetizada nos está diciendo que cuando comprendamos el sufrimiento de los demás se terminarán nuestros problemas y el sufrimiento cesará. Rorty no propone una utopía política y social como sí lo pueda hacer el socialismo o el progresismo tecnológico. El hecho de poder comprender el sufrimiento de otras comunidades para lo único que servirá es para adoptar una actitud en la que la limitación de tal sufrimiento sea posible.

La generación de nuevas fantasías en las que podamos comprender a los otros , de nuevos léxicos que nos permitan relacionarnos con la realidad de distintos modos, no nos garantizan un futuro mejor; este era el propósito de las sociedades del conocimiento y Rorty nos dice que a lo sumo podemos tener la esperanza de que las creencias que tenemos ahora y tratamos de generalizar mejoren nuestra vida, aunque no sabemos muy bien de qué forma puede suceder esto. La razón es que las distintas creencias o léxicos no son herramientas manipulables al antojo; El problema que tienen las creencias, y en eso se distinguen del resto de los instrumentos, es que a priori no podemos saber para qué van a servir, para qué se utilizarán en el futuro.

Cuando en el siglo XIX los trabajadores asalariados fueron adquiriendo el léxico marxista, podían ver cómo este léxico servía para promocionar en ellos actitudes y conductas de las que antes no eran capaces. Se convierten en revolucionarios y revalorizan la acción colectiva. Pero ellos no podían prever que años después ese mismo léxico iba a servir en la Rusia estalinista como herramienta perfecta de un sistema de dominación. Del mismo modo, cuando los ilustrados fueron generalizando el léxico liberal, muchos de ellos experimentaron de qué forma el nuevo léxico les permitía tener una actitud más abierta y activa, pero no podían prever que estas creencias, años después, también iban a ser utilizado para generar las actitudes de inactividad y pasividad propias del hombre aislado y masificado que describió Marcuse. En ninguno de los dos casos se podía prever de antemano cuál iba a ser el uso futuro de esos léxicos, del mismo modo que los dinosaurios no podían prever que millones de años después, sus escamas iban a ser plumas y sus cortas extremidades alas de pájaro.

Ambas comunidades políticas creen que argumentar sus posturas consiste en apelar a los libros que dan cuerpo a estos léxicos para defender sus creencias, pero apelan a los resultados del contrario para denostarlo. Los liberales creen que para comprender el liberalismo hay que leer a Montesquieu, a Locke y a Kant, y para comprender el comunismo hay que mirar los Gulags de Stalin. Y los comunistas suelen considerar que para entender el socialismo hay que leer a Marx pero para entender el liberalismo hay que ver cómo se comportan las corporaciones multinacionales y los estados que las amparan.

Al hacer esto una y otra comunidad suele pensar que hay una conexión interna, una conexión lógica entre las creencias y los resultados. Como ya he afirmado, se suele pensar por parte de la izquierda que desde su inicio las creencias liberales tenían el propósito de hacer que grandes corporaciones económicas en el siglo XXI se enriquecieran a costa de los ciudadanos-masa. Y los liberales suelen pensar que también el pensamiento socialista y marxista ocultaba desde sus comienzos una teoría de la dominación.

Pero lo cierto, piensa Rorty, es que no existe tal desarrollo dialéctico. Este es un ejemplo más del modo de proceder del platonismo que, como habíamos dicho, pensaba que el modo propio de ser era el del matemático. Igual que hay un cálculo que lleva de unas ecuaciones a un resultado, el filósofo de esta clase cree que hay un cálculo, una dialéctica que lleva desde ciertas creencias a ciertos resultados. Pero adoptar la perspectiva pragmatista nos evita pensar de esta manera: del mismo modo que no hay una conexión dialéctica entre las manos de los dinosaurios y las alas de los pájaros, no la hay entre ciertas creencias y tales resultados. Las ideas liberales no se idearon como un sistema de alienación, ni las ideas marxistas nacieron como un sistema de dominación. Ambos léxicos nacieron como herramientas para servir a distintos propósitos y con el tiempo han servido para otros diferentes.

La propuesta del pragmatismo considera que el conocimiento sólo tiene sentido si consideramos en tipo de cosas que se puede hacer con él cuando estamos haciendo algo con él. Pero no podemos prever dónde nos conducirá en el futuro esta manera de pensar. Por eso el pragmatismo nos inquieta, dado que no nos dice qué debemos hacer o cómo nos tenemos que comportar. La actitud de Rorty respecto del conocimiento no es epistémico, sino que es una actitud ética. Rorty propone que las sociedades sustituyan la fe en el conocimiento por la esperanza de que las cosas que hagamos hoy contengan bastante de lo que nos parece importante en el futuro. Restaura, de este modo, uno de los elementos que más persistente resulta en el vivir humano: la incertidumbre. Y confía que esta renuncia del conocimiento y este restablecimiento de la incertidumbre también se traducirá en un aumento de la sensibilidad para con los demás, dado que el tratado científico se sustituirá por el poema y la novela, lo que mantiene a los hombres en una actitud de escucha de las otras voces humanas, lejos de una confianza ciega en las propias creencias.