espacio de e-pensamiento

sábado, 1 de septiembre de 2007

¿Una despedida?

[Nota preventiva: lo que sigue es un homenaje a mi tía Menchu, muerta el jueves. Se lo debo. Quizás pueda parecer impúdico o injustificable hacerlo aquí, pero el imperativo de sinceridad con que emprendimos el proyecto de "feacios" me permite atreverme a escribir aquello que en cada momento me venga en gana, incluso a utilizarlo como improvisado diario. En lo venidero podremos entregarnos de nuevo al siglo.]

Viernes, 31-VIII-2007

Ayer murió Menchu. Cuando el sábado la visitamos, en el Hospital de La Princesa, su cara palidecía señalando el rictus inequívoco de la muerte; su voz débil aún tenía fortaleza para mostrar cierto ánimo y, sobre todo, transmitirlo, pero sabía que esta vez se moría. En el momento de despedirnos dio muestras evidentes de echarse a llorar, y yo escapé para no unirme a su llanto. Desde entonces su semana se ha acompasado a una lenta agonía, a un progresivo apagarse, a un irse sin remedio. A pesar de todo, yo seguía en la certidumbre de su inmortalidad, obcecado en no advertir que estas jornadas eran las del crepúsculo. Ayer la vi por última vez; adormecida por la morfina, y apenas capaz de mascullar alguna palabra inteligible, despertó de su morir para acoger a los que quería con el mismo afecto y benevolencia con los que solía obsequiarnos. Su frente estaba empapada de sudor frío y el cabello escaso se arremolinaba en el más auténtico desorden. Su mirada se perdía en lejanías de difícil cálculo. Aproveché un momento de relativa lucidez para preguntarle si me reconocía: "Mi Borja querido", dijo escapando del lenguaje caótico en que se hundía a cada poco. Esta vez no pude evitar llorar francamente, y el miedo a que me viera desconsolado me hizo volverme hacia una ventan que se asomaba, desde el piso noveno, a mi Madrid soleado de finales de agosto. El tiempo que pasé con ella, quien apenas advertía ya el mundo en derredor y dialogaba consigo entre la quimera y la nada, no cesé de aferrar su mano, como si así quizás pudiera evitar que marchara. Al despedirme besé su frente fría y le dije que hoy volvería a verla, que no se fuera de allí y esperara. Pero hoy ya está muerta. Mi Menchu querida.
El hecho rotundo de su muerte, el milagro de la desaparición, me lleva hoy a una pregunta desacostumbrada en esta vida empapada de lo efímero. Una pregunta que para Unamuno era la única crucial: ¿Tenemos un alma inmortal? Y si no es así: ¿Qué hacer? ¿Vale la pena esta duda?