espacio de e-pensamiento

domingo, 4 de mayo de 2008

Dios lo ve

En medio de la discusión sobre el arte que platicabais (¡bonita palabra!) el otro día en Madrid; no sé si antes de tragar un poco de revuelto de morcilla, o mientras mojaba una papa en mojo picón, tuve una “rememoración” digna de Proust... recordé que tenía en casa un libro ( Dios lo ve) que podía aportar algo de interés a tan platónica conversación. Y bueno, como soy un chico aplicado y piadoso, me he visto obligado -lo prometí- a transcribir el texto que tenéis a continuación.

¡Qué no corra la sangre!
....

Entre una preciosa tanagra griega y una porcelana de Lladró hay un mundo.
Entre una preciosa tanagra griega y una porcelana de Lladró, objetivamente, hay muy poca diferencia.
¿Por qué nos parecen tan distintas?
La diferencia es obvia, me diréis, la porcelana de Lladró no es obra de un artista, ni siquiera producto de un artesano, es una pieza seriada, se hace con un molde: exactamente igual que se hacían las tanagras.
La porcelana de Lladró está hecha con una intención descaradamente comercial, está hecha para venderse: exactamente con la misma intención se h~cían las tanagras.
La porcelana de Lladró no atiende a peculiaridades culturales del lugar, corresponde al colonialismo de la cultura occidental y a la terrible globalización del mundo actual. La misma figurita puede encontrarse en las Ramblas de Barcelona y en un remotísima puertecito de una isla caribeña: de la misma I forma que, hace veinticuatro siglos, una tanagra ática podía encontrarse en cualquier puertecito mediterráneo.
Si atendemos a su rareza, una tanagra original es barata, pero si la reproducimos con cuidado, como hacen algunos buenos museos, su precio es absolutamente comparable al de la figurita de Lladró. Sin embargo se vende mucho peor: gusta mucho menos.
No se puede poner en duda: el estilo kitsch de Lladró gusta más que el austero ático.
¿Se trata sólo de una cuestión de mal gusto?
¿Una cuestión de moda? ¿Es efectivamente el mal gusto el gusto de la generación anterior, como dijo Flaubert? Desde luego, si hubiese tenido medios, la generación de nuestros padres habría derruido toda la arquitectura modernista catalana de principios de siglo XX -incluyendo el Palau de la Música- al igual i que París desintegró los accesos al metro de Guimard, y Bruselas la Maison du Peuple de Horta.
Sin embargo, no nos resignamos; queremos creer que sí existe una diferencia, una diferencia fundamental, trascendente, imperecedera, entre la sublime tanagra y la porcelana kitsch. Queremos creer; se trata de una cuestión de fe; aceptar lo contrario, nos repugna; como nos repugna la idea de que un día hemos de desaparecer.
La impopularidad, o la incomprensión del público, no es una garantía de calidad -una infinidad de artistas malditos y muy malos lo atestiguan-, pero ¿es suficiente garantía su comercialidad?
Por mucho que respetemos los intereses del público, ¿debemos obedecerlos siempre? Y, sobre todo, ¿debemos obedecer a los que dicen conocerlos y se arrogan el derecho a representarlos?
Cuando uno de estos intermediarios, un analista del mercado, rechaza la sutileza de una propuesta, haciéndonos ver que no está al alcance de «la señora María», ¿no está expresando su particular vulgaridad e incomprensión? .
¿Cómo valorarnos, hoy, desencantados de tanta basura comercialista, una obra de arte?, ¿por su novedad?
La sorpresa puede contribuir al impacto de una obra artística, pero ¿puede ser su único valor?
En los textos de artistas del Renacimiento se valora la gracia, la proporción, el equilibrio, la emoción ... , pero nunca la novedad. Intentando hacerlo igual que los clásicos grecorromanos, ¿no provocaron la mayor revolución del Arte Occidental?
Que el fin supremo de una obra de arte sea represen a su época. ¿no es una pretensión exclusivamente moderna?
Pretender una obra atemporal, no anclada voluntariamente en la anécdota histórica, ¿no es igualmente sugerente?
Hace casi un siglo, Dadá, en su pretensión de asesinar el arte académico, alcanzó un momento de rara emoción estética. ¿Podemos seguir experimentando esa emoción mientras seguimos acuchillando al ya helado cadáver?
Si el arte como educación nos parece catequesis; el arte de denuncia, un ajuste de cuentas; el arte de propaganda, vana publicidad; el arte transformador, el arte de la sociedad, una ingenuidad; el arte como satisfacción del público, pura comercialidad, y el arte como novedad, lo mas déja vú, ¿qué nos queda?
¿Nos queda una dimensión espiritual?
¿Puede existir un Arte trascendente totalmente agnóstico?
En vista de lo que este agnosticismo es capaz de producir, y aunque la existencia de Dios no nos acabe de convencer, ¿no sería mejor hacer «como si» Dios existiese y pudiese juzgar nuestras obras?
P.S. Mientras acabo de conseguir las pruebas de este libro, estoy leyendo los
Cuadernos donde Cioran, tras advertirme que si el español sale de lo sublime resulta ridículo, recomienda comportarnos como si tuviéramos cuentas que rendir a un dios inteligente; llevar el prurito de probidad intelectual hasta la manía del escrúpulo. ¡Dios! ¡Tanto esforzarme para explicar lo que ya ha sido dicho!


Oscar Tusquets Blanca. Dios lo ve.