Revista de e-pensamiento

lunes, 4 de enero de 2010

Pitágoras vs Heráclito.
Óscar Sánchez Vega

Whitehead tuvo la ocurrencia de señalar que toda la filosofía posterior a Platón no era más que notas a pie de página en sus célebres diálogos. Por el contrario tanto Nietzsche como Heidegger señalan a los mal llamados “presocráticos” como los maestros de esa peculiar forma de pensar que llamamos “filosofía”. En sintonía con estos últimos me atrevo a sugerir que las modernas y contemporáneas disputas en el ámbito de la teoría política pueden ser “iluminadas” desde el siglo VI a.c. si atendemos a la disputa entre Heráclito y los pitagóricos.

En el fondo todo tipo de problemas remiten a la ontología: los asuntos políticos remiten a una determinada concepción de la naturaleza humana y esta, en última instancia, a una “visión” (theoria) de la realidad: ontología. Pues bien tanto los pitagóricos como Heráclito pueden y deben ser considerados como dos referencias inexcusables en este tipo de elucubraciones.

Para ello, en primer lugar, debemos, a mi modo ver, desembarazarnos de las habituales categorías ontológicas propias de los manuales de historia de la filosofía: monismo, dualismo, pluralismo… Más esclarecedor es considerar a los filósofos de la Physis como técnicos que ofrecen las claves para articular las distintas piezas que forman un puzzle. Todos y Partes, he aquí el quid de la cuestión: ¿de qué manera se articulan las partes que componen una totalidad? No cabe pregunta más trascendental si tenemos en cuenta que cualquier cosa puede ser considerada como “todo” o como “parte” en función de la perspectiva que adoptemos.

Podemos considerar a los pitagóricos, por una parte, y a Heráclito, por otra, como los máximos representantes de dos posibles respuestas a la pregunta planteada. Los primeros defendían que el Cosmos, y de la misma forma cualquier otra realidad, estaba compuesto de partes que mantenían entre sí lo que llamaban harmonía matemática, de tal manera que no cabía contradicción alguna entre la totalidad y sus partes; por el contrario el oscuro sophos de Efeso consideraba que el equilibrio del Cosmos venía dado por la tensión producida por elementos contrarios que en modo alguno apuntan “en la misma dirección”, lo que no impide que cierto equilibrio, siempre precario, sea posible.

(Desde esta perspectiva filósofos en apariencia contrarios como Parménides o Anaxágoras son más bien dos variantes de lo que podríamos llamar un enfoque pitagórico: Parménides consideraba la armonía entre las partes tan absoluta que la distinción entre el todo y las partes carecía de sentido y, por otra parte, Anaxágoras acuña los conceptos de nous y homeomería con el fin de garantizar la necesaria armonía en un universo plural.)

La tesis de estas líneas es que esta perspectiva es “luminosa”, sirve para establecer algo de orden e inteligibilidad en un oscuro territorio. También en el terreno de la política se nos abre la disyuntiva: ¿con Pitágoras o con Heráclito?

Las teorías políticas de corte pitagórico inciden en la posible y necesaria compatibilidad entre los intereses privados y colectivos, así como la necesaria convivencia y colaboración entre colectivos diferentes: su vocabulario básico es: igualdad, diálogo, cooperación, consenso, solidaridad etc. En el lado de las teorías heraclíteas está, como no, el denostado neoliberalismo que hace hincapié en conceptos tales como la libertad, la competitividad, el mercado, la iniciativa privada etc.

¿Y el marxismo? Pues una de cal y otra de arena: el Marx más serio, es decir, el más hegeliano, defenderá una concepción dialéctica y por tanto heraclítea de la sociedad -como es bien sabido-, pero, por otro lado, el Marx, más mesiánico, el más socialista, el que escribe la Crítica Programa de Gotha muestra un utopismo del todo afín al enfoque pitagórico.

Soy consciente que esta distinción parece reproducir el viejo esquema del pesimismo hobbesiano vs el optimismo roussoniano, pero no es lo mismo. Por un lado el planteamiento moderno –contractualismo- del problema político parte de una reducción psicologista que, como nos hizo ver Marx, no es acertada: la fibra moral del Hombre (así con mayúsculas) no determina, ni siquiera condiciona, el planteamiento y la resolución de los problemas políticos (mas bien ocurre al contrario). Por otro lado, me parece obvio que el pitagorismo que subyace en el organicismo fascista o en el comunismo no invitan a optimismo alguno. Pero la diferencia crucial es, a mi modo de ver, que el criterio aquí propuesto es ontológico: el desencuentro entre pitagóricos y heraclíteos es más profundo, afecta a toda una concepción de lo real y no solamente a este o aquel asunto político o antropológico.

Una concepción heraclítea de la realidad, que es la que aquí se defiende, tenderá a considerar la contradicción y el conflicto como una característica constitutiva de la realidad y abogará, ahora ya en el ámbito político, por soluciones parciales que tiendan a mitigar el conflicto y el desacuerdo social, orientando las inevitables tensiones hacia el territorio menos letal posible. Los partidarios de Heráclito veremos siempre en las pretendidas soluciones pitagóricas peligrosas máscaras que falsean la realidad y acaban por generar un mal mayor que el que tratan de evitar porque, de manera freudiana, aquellos conflictos que no encuentran una vía “natural” de manifestación acaban emponzoñándose de tal manera que su ulterior e inevitable expresión termina convulsionando a la sociedad entera.

El arte de la política consistirá entonces en diseñar las más adecuadas instituciones que posibiliten una expresión lo menos traumática posible de las necesarias tensiones y contradicciones que acarrea la vida social.

(Es en este último sentido en el que entiendo que el modelo político “neoliberal” que, a primera vista, podría parecer un modelo político "heraclíteo”, tampoco cumple adecuadamente con su función: no es la mejor manera de mitigar y encauzar conflictos expulsar al árbitro del terreno de juego)