espacio de e-pensamiento

miércoles, 12 de enero de 2011

Tabaco, razón y sinrazón.
Borja Lucena

Podría aducir razones por las que no tengo intención de dejar de fumar. Podría decir, por ejemplo, que la otra noche estuve horas paseando por Madrid, recorriendo calles de adoquines empapados, calles solitarias que guardaban en su oscuridad miles de sentidos, y también calles aplanadas por el pisoteo de la multitud y la anónima deriva del tiempo. Podría entonces recordar que mis paseos por la ciudad siempre tuvieron pequeños bares o cafeterías, cambiantes a lo largo de tantos años, en los que paraba, casi ceremonialmente, a leer, a descansar, a pensar, a tomar una cerveza como sólo se tiran en Madrid, o un café caliente, y me liaba un cigarrillo que me sabía a gloria bendita. Esas caminatas por Madrid siempre ha sido uno de mis rituales ineludibles. Podría seguir pensando que, como ocurre en cualquier ritual, la falta de cualquiera de sus elementos hace perder el sentido a todos los demás, como si quedaran desvinculados de un centro invisible, y que cuando, la otra noche, inicié mi paseo en la calle de Alcalá, sabía que algo que no podría sustituir de ningún modo me iba a estar faltando desde el primer paso. Me han quitado ése cigarrillo, y con ello han acabado con el embrujo estético que refulgía en aquéllos cafés del atardecer. Si este pueblo estuviera despierto no tardarían en empezar a aparecer fumaderos clandestinos, pero todavía no sé de ninguno, así que tuve que fumar en el hueco de los portales, como un yonqui o un violador.

Pero no quiero ofrecer ninguna razón. Estamos saciados de razones, que se presentan sólo como un modo de justificar que no podamos gozar de la libertad del mayor de edad. Me repugna verdaderamente el mito de la transparencia racional, el mito fundamental subvencionado y promocionado por el Estado Salvador que quiere protegernos de los riesgos de lo libre y espontáneo. Como si la vida humana fuera un catálogo de reglas de obligatoria observancia, como si la vida hubiera de constituirse en el modo de lo transparente y sin pliegues, de lo claramente legible e identificable, de lo ligado siempre a una explicación, a una fórmula o una argumentación de impecable desarrollo lógico. ¿Ése es vuestro sujeto racional? En los ministerios, las oficinas y ventanillas miles de covachuelistas trabajan para que cualquier biografía tenga cabida en un informe estadístico y un protocolo burocrático. Para que cualquier historia se llene de razones y de plenitud oficinesca. Y para extirpar todo lo irracional, todo lo no justificable por normas, lo no construido ateniéndose a un modelo estrictamente homologado por la Razón de Estado. Quizás sea el momento de reivindicar lo que no se atiene a la Razón, pero cuya naturaleza no excluye lo razonable, de apreciar que no somos un constructo racional sino "esta alma, esta carne, estos huesos" opacos al cálculo y abiertos, sin embargo, al sentido de tantas cosas irreductibles y no manipulables; tantas cosas que, incomprensibles y contingentes, escapan a la necesidad de la deducción. A fuerza de ajustar todo al deber ser de la Razón, nos despojan de lo que auténticamente somos -porque también somos tradición, también novedad, también juego- con el fin de conducirnos al estado beatífico de una masa compacta, indiferenciada y enormemente aburrida.

Queríamos Progreso, y seguimos observando que la Historia, si es una progresión infinita -siempre más, siempre más- exige que el poder del Estado también ha de extenderse cada vez más; que el Estado tiene que controlar cualquier esfera vital para que se avenga a concordancia con la Razón, y que, como ya estableció Hegel, en último término, la Razón es el Estado. El más y más exige más producción, exige más técnica y más planificación, exige más salud y más vigilancia ante lo insano, y exige también más producción de leyes, una producción casi frenética de normas que ocupan todos los intersticios de la vida cotidiana, que se anexionan los actos más privados así como el espacio de lo público, que reglamentan cualquier paso o cualquier tarea, cualquier soledad o cualquier compañía.
Desconfiad de quien, por vuestro bien, os quita vuestros pequeños bienes cotidianos.