espacio de e-pensamiento

domingo, 3 de junio de 2012

El sujeto cartesiano en el psicoanálisis freudiano.
Eduardo Abril Acero

El “yo” que descubre Freud no es otra cosa que el sujeto cartesiano llevado al paroxismo, y a éste, no hace sino proponerle un contrapeso, el del “extranjero interior”, un sujeto –ello- que supone una ampliación de la subjetividad que resquebraja la conciencia cartesiana, sin romperla. Podemos seguir siendo cartesianos, cree Freud, pero porque el sujeto racional, autoconsciente, el sujeto que planea y lleva a cabo sus proyectos, el que introduce modificaciones en la realidad para hacerla más benigna, resquebrajado por todas partes, es capaz de apuntalarse usando telas de araña.
En la primera tópica freudiana, el primer modelo de psiquismo que propone en el capítulo séptimo de La interpretación de los sueños, Freud nos habla de un sujeto que funciona de acuerdo a sistemas diferentes, los denominados sistema Prec-cons, y sistema Ics; no son otros que los sistemas consciente e inconsciente. El sistema inconsciente funciona de acuerdo con el proceso primario, lo que significa que la energía psíquica, a la que más tarde llamará libido se mueve de forma libre de una representación a otra. El resultado de este modo de funcionamiento es que, puesto que las representaciones -ideas, recuerdos, imágenes- pueden ser cargadas de una manera absolutamente libre, a modo de la fantasía o, más propiamente de la poesía, el resultado es que este sistema genera todo tipo de representaciones alucinatorias que le sirven al sujeto para descargar esta energía. Hablamos, evidentemente del principio del placer y de los sueños. De acuerdo con el principio del placer, que es el principio según el cual funciona el sistema primario, lo que se persigue es una descarga rápida del sistema, disminuyendo la tensión del sistema y generando placer. La manera más rápida de todas es la de generar representaciones alucinatorias a través de las cuales descargar estas tensiones. Esto se pone de manifiesto en las representaciones oníricas que suponen básicamente una realización de los deseos a través de alucinaciones.
El sistema prec-cc, en cambio, funciona de acuerdo con el llamado “proceso secundario” que consiste en una distribución de la energía psíquica siempre controlada y cuantificada. El proceso ya no es libre de generar todo tipo de representaciones y variar las cargas sobre unas y otras, sino que de lo que se trata de de controlar qué representaciones se cargan y cuales no. Esto equivale al pensamiento y especialmente al razonamiento. Razonar consiste en un proceso en el que se trata, no de hacer surgir representaciones de forma libre, sino controlarlas y dominarlas de tal forma que podamos disponer de ellas de forma voluntaria. En este caso se trata, precisamente, con el tipo de procesos que Descartes incluía dentro del sujeto, y que la posterior psicología ha tratado de explicar y articular. La subjetividad se identifica con aquellos aspectos del pensamiento de los que soy consciente y, fundamentalmente, puedo dominar. En este sentido, el sistema prec-cc está dirigido por el llamado “principio de realidad”, puesto de lo que se trata es de controlar las representaciones con el fin de hacerlas compatibles con representaciones procedentes del “mundo real”.
Freud nos dice, además, que el sistema inconsciente es anterior al sistema consciente, que sólo se genera al constatar las dificultades de descargar la energía libremente mediante las fantasías y alucinaciones. Este será la base del concepto, que desarrollará más adelante, de castración. Es la renuncia a la satisfacción plena de los deseos, es decir, a la descarga fácil y completa de las cargas energéticas, lo que lleva a generar un sistema, el consciente, que trata de controlar esas cargas para descargarlas de forma limitada pero más segura.
En el fondo, en esta primera tópica freudiana, ya se prefigura lo esencial del posterior desarrollo del Edipo. El niño, de manera primaria, en su primer encuentro con lo real, construye una fantasía de totalidad destinada a la satisfacción plena, la fantasía edípica. Sin tener aún una subjetividad yoica, su percepción de la realidad es limitada y se confunde con la fantasía; esta fantasía consiste en ocupar el trono edípico, un lugar imaginario en el cual la satisfacción y el goce ilimitado está garantizado. Pronto constata que esta fantasía se aleja irremediablemente –Freud nos dice que muchas veces por el nacimiento de un hermano que le aparta del lugar central de la familia, o por la acción del padre que le relega a un segundo plano– y se ve en la obligación de buscar una segunda opción, surgiendo así la subjetividad yoica, el sujeto cartesiano, que trata de armonizar a través del razonamiento la satisfacción de sus deseos y las oposiciones de la realidad. Es por esto que podemos considerar al principio de realidad como una modificación del primitivo principio del placer. Ahora, el psiquismo continua buscando la satisfacción, pero para ello aprende a dar rodeos, a sopesar situaciones, a calcular resultados, a aplazar satisfacciones e incluso a admitir insatisfacciones presentes en función de futuros goces. No obstante el principio de realidad no suprime el principio del placer, únicamente lo modifica en función de las imposiciones de lo real; éste continua operando a nivel inconsciente.  Ahora bien, es este  un modo ya castrado de funcionamiento, puesto que hay una renuncia a la fantasía edípica de totalidad, y en su lugar se opone una satisfacción parcial siempre inacabada.
         Pero dando una vuelta de tuerca más, y leyendo en los márgenes de la tópica freudiana, podemos suponer que también el sistema consciente puede tener sus propias fantasías de totalidad, o lo que es lo mismo, sus propias fantasías edípicas. Esta fantasía sería consciente y, de acuerdo con el proceso secundario, no sería el resultado de la energía libre, o lo que es lo mismo, no se generaría de forma poética, sino que resultaría de un proceso controlado, es decir, racional. Seguiría siendo una fantasía edípica, eso sí, por cuanto no hace sino proponer un estado de satisfacción total, un retorno al trono del rey fantaseado en la infancia, en el que uno no termina jamás de gozar. Y por ser el resultado de un “proceso ligado”, esto es, controlado y racional, bien podría ser una fantasía colectiva, por cuanto los elementos del “ensueño” son fácilmente compartibles por todos, por tratarse de la conclusión de procedimientos mecánicos y reglas públicas (conceptualizables), cosa que no ocurre con las fantasías oníricas.
          Pues bien, esta fantasía racional, este sueño del cálculo, no es otro que el ideal tecnificado de la sociedad capitalista, en el que, ya no se trata de modificar las representaciones cargadas para adecuarlas a las exigencias de lo real, sino en disponer de lo real de tal modo que éste se adecue a las exigencias de la fantasía edípica-racional. Lo real se convierte así en algo que está a disposición y puede exigírsele cualquier transformación que garantice un goce totalitario. En este sentido, el sujeto yoico, el sujeto que calcula para evitar ser arrasado por las contingencias de lo real, deviene sujeto cartesiano, por cuanto la realidad no es más que el producto dúctil de su actividad racional. Freud no hace sino mostrar que este sujeto totalitario de la hipermodernidad se sostiene sobre andamios enfangados, siempre a punto de derrumbe. La función del psicoanálisis, en cierto modo, es avisar que el “aviso de derrumbe” no es una contingencia salvable de la existencia humana, sino un hecho estructural.