espacio de e-pensamiento

jueves, 11 de octubre de 2012

Thymos y nacionalismo.
Óscar Sánchez Vega


En estos días que las tensiones nacionalistas arrecian de nuevo en España conviene calibrar el fenómeno en su justa medida. Creo equivocado, o al menos incompleto, el análisis que, por una parte y la otra, se suele hacer de esta cuestión. Algunos catalanes (no “Cataluña”, no caigamos en la trampa lingüística de los nacionalistas) reclaman la secesión de su país aduciendo básicamente razones económicas: “Cataluña da más de lo que recibe”. Por su parte, dirigentes del PP insisten en la imposibilidad legal y económica de la demanda pues, entre otras cosas, un estado catalán es, hoy por hoy, económicamente inviable. Pero nunca han sido los factores económicos determinantes para explicar el problema del nacionalismo.

Tanto el liberalismo como el marxismo han encontrado especiales dificultades para explicar la persistencia y contumacia de las demandas nacionalistas por el enfoque prioritariamente económico de ambas teorías. Desde el punto de vista económico el nacionalismo es un sinsentido: no cabe duda, por ejemplo, que una eventual secesión de Cataluña perjudicaría -todavía más si es posible- tanto al resto de los españoles como a los propios catalanes ¿Por qué se plantea entonces?

Podemos dar cuenta del asunto sobre otras bases, siguiendo una línea de pensamiento que va de Platón a Hegel y, más recientemente, Kojève y Fukuyama.

Platón formula una teoría sobre el alma humana que parece injustamente abandonada. Todos la conocemos: el alma tiene tres partes o predisposiciones: la racional, la irascible y la apetitiva. Digo que la teoría del alma platónica está injustamente olvidada porque tendemos a analizar la conducta humana en términos de razón y deseos (apetitos) olvidándonos del thymos, la parte irascible del alma, como si fuera un añadido superfluo que puede ser reducido a alguna de las otras dos partes del alma y esto no es así. Algunos comportamientos no obedecen a criterios racionales, pero tampoco a motivos egoístas orientados a dar cumplida satisfacción a los apetitos. La trama de las más importantes obras de la literatura universal, de Homero a Tolstoi pasando por Shakespeare y Cervantes, no puede ser comprendida sin apelar al thymos, el cual tiene motivaciones propias, ajenas a la razón y los deseos.

Hegel era muy consciente de la importancia del thymos al formular la dialéctica del amo y el esclavo. Lo que enfrenta a los primeros hombres no es la codicia por acumular bienes materiales sino el deseo de reconocimiento. El futuro amo es quien vence en la lucha por el reconocimiento porque su amor a la libertad es mayor que su apego a la vida y está misma razón, a la inversa, es la marca el futuro del esclavo. El amo encuentra reconocimiento en la sumisión del esclavo pero tal reconocimiento es, a la larga, insatisfactorio pues no es reconocimiento por parte de un igual sino de un ser inferior. La Historia de la humanidad acaba de empezar, aún quedan muchas etapas por recorrer en el camino, pero el sentido esta ya marcado desde el inicio: es la lucha por el reconocimiento y la conquista de la libertad el motor de la Historia, el motivo que empuja a los agentes históricos a actuar e introduce inteligibilidad en los acontecimientos históricos.

Kojève hace una lectura psicológica del conflicto entre el amo y el esclavo que influirá en gran medida en Lacan: la autoconciencia no es un fenómeno originario sino derivado, antes de ser conscientes de nuestra singularidad es preciso que esta sea reconocida desde afuera, es necesario que otro nos reconozca como humanos para ser conscientes de la humanidad y dignidad propias. El combate entre las conciencias es una fase necesaria para el nacimiento de la autoconciencia, y con ella, el reconocimiento del ser humano como sujeto moral, con los derechos y obligaciones que ello comporta.

Por su parte Fukuyama insiste en que la única vía racional para alcanzar un reconocimiento mutuo, de tal manera que todos reconozcamos la humanidad y con ello la dignidad propia y la del prójimo, es plantear en conflicto de las conciencias en términos de individuos racionales que están dispuestos a reconocerse mutuamente como iguales. El problema mayor es que no solamente aspiramos al reconocimiento de nuestra individualidad, sino que también ansiamos que se nos reconozca en cuanto parte integrante del grupo al que pertenecemos (familia, estirpe, tribu, nación, género, clase social...). Ahora bien, el deseo de reconocimiento basado en la nacionalidad o raza no es racional, sólo los seres humanos, en cuanto individuos libres y racionales, pueden escapar a la trampa que supone la dialéctica del amo y el esclavo planteada por Hegel. El estado liberal, según Fukuyama, es la institución política que hace posible un reconocimiento mutuo entre todos los ciudadanos, pero tal arreglo es incompatible con el reconocimiento de los grupos pues estos, por decirlo en términos hegelianos, viven prisioneros de una tensión dialéctica irreconciliable. Esto quiere decir que la relación entre los grupos es afín a la que se establecía entre los señores aristocráticos: cada uno aspiraba a ser reconocido por el otro, tal pretensión les llevaba al enfrentamiento, el resultado del mismo acaba cuando uno se convierte en amo (nación señora) y otro en esclavo (nación esclava) pero tal resultado no es satisfactorio para ninguna de las partes; para el esclavo, o la nación esclava, por razones obvias, pero tampoco es positivo para el amo, o la nación señora, pues el vencedor del combate aspira a ser reconocido por un igual, no por una entidad de rango inferior. Solo el estado liberal, plantea Fukuyama, garantiza una salida a esta antinomia sobre la única base posible: el reconocimiento de la igualdad humana atendiendo a la condición, que todos compartimos, ser individuos libres y racionales que disfrutamos de los mismos derechos cívicos que nos igualan en cuanto ciudadanos.

El análisis de Fukuyama es, a mi modo ver, básicamente acertado, pero peca de un optimismo infundado. La prueba es que -a la vista está- el estado liberal no acaba con el nacionalismo, es más, ni siquiera supone un parapeto razonablemente sólido que soporte las acometidas secesionistas. El sentimiento gregario del ser humano forma parte de su naturaleza del mismo modo que las exigencias de reconocimiento por parte del thymos, de tal modo que la superación de la sinrazón nacionalista por medio de sólidas y racionales instituciones democráticas parece un objetivo, hoy por hoy, inalcanzable. Como Finkielkraut muestra, analizando el caso de Alsacia, en La derrota del pensamiento, cuando el conflicto se plantea entre los partidarios del reconocimiento de grupos contra los partidarios del reconocimiento de los individuos, estos últimos tienen todas las de perder; el poder de los sentimientos “thymóticos” vinculados al orgullo de pertenecer a un grupo es más poderoso que la fría y racional necesidad de reconocimiento individual. Así pues, temo que no hay demasiado margen para la esperanza. Cuando el demagogo nacionalista azuza los sentimientos e invoca reales o fantasmagóricos agravios comparativos, la racionalidad declina, la fuerza de los argumentos se muestra impotente y la política, considerada en el sentido más noble del término, es derrotada.

En todo caso, en este y en otros asuntos similares, hago mío el verso de mi paisano Ángel González: sin esperanza, con convencimiento. Hay que resistir. No queda otra. Mantenerse firme en la defensa de las instituciones democráticas que nos permiten vivir como ciudadanos libres y no como miembros del rebaño.