espacio de e-pensamiento

viernes, 1 de febrero de 2013

Una historia del trabajo.
Eduardo Abril Acero

Leo estos días en un libro de Jose Manuel Naredo (Raíces económicas del deterioro ecológico y social), una interesante descripción de la historia del concepto de trabajo, un relato que ayuda a hacer una sociología e incluso una psicología de la posmodernidad.  

Nos cuenta Naredo, cómo el concepto actual del trabajo, no es una categoría natural, ni antropológica, ni siquiera es una noción históricamente determinada por la acción del hombre sobre la tierra  a lo largo de los siglos. Al contrario, el concepto actual de trabajo, es una categoría que nació dentro del ámbito de una nueva ciencia que se gestó entre los siglos XVIII y XIX, la economía. Como tal, el trabajo, es una noción perteneciente a un mismo universo léxico junto a “producción”, “desarrollo”, “riqueza” o “sistema económico”, términos fundacionales de la ciencia económica y dentro de cuyos límites ésta se ve constreñida. No es, como así nos lo presentan los científicos sociales de la Economía, un invariante de la naturaleza humana.

Antes del desarrollo de la teoría económica, el concepto de trabajo no aparece como tal. En las llamadas sociedades primitivas ni siquiera existe un término para designar lo que las sociedades industriales llaman “trabajo”. Es verdad que poseen términos para referirse a actividades concretas que nosotros englobaríamos dentro de la categoría de “trabajo”, pero ninguna que coincida con ella. Conceptos más amplios que se refieren a conjuntos de actividades, y que encontramos en estas sociedades, dificilmente encajarían con nuestra noción.

En estas sociedades, las labores dedicadas al aprovisionamiento y la subsistencia ocupan mucho menos tiempo del que dedicamos hoy en día al ámbito laboral. Eso se debe principalmente a que estas sociedades, cazadoras y recolectoras, no tenían la necesidad de acumular excedentes ya que los stocks los proporcionaba la naturaleza y  no había motivo para acarrear con estos bienes y tareas.

Posiblemente la acumulación empezará a hacerse efectiva, inicialmente, en forma de trofeos, como captura de esclavos, lo que daría testimonio del éxito y el prestigio de los jefes en los enfrentamientos militares con otros grupos sociales. La existencia de esclavos podría explicar cómo aparece el desprecio por las actividades destinadas al mantenimiento, actividades que abandonarían los poseedores de esclavos, pues serían realizadas por ellos. No obstante, tampoco el trabajo tal y como lo entendemos actualmente es equiparable a las tareas de estos cautivos. Cómo mucho se podría distinguir entre tareas serviles y tareas exentas de pleitesías. La revolución neolítica no haría sino afianzar esta tendencia, segregando a la población entre los que se dedican a servir y los que son servidos.

En la Grecia clásica tampoco existiría una noción clara de trabajo. Existía una visión atomizada de las distintas actividades que estaban valoradas de muy distintas formas, pero carecían de un término genérico para englobarlas. Las distintas actividades se valoraban de forma general en base a su utilidad o falta de ella. Las tareas preferidas eran las que se hacían libremente, por el mero gusto de realizarlas (la filosofía, el arte, el deporte, la política), mientras que estaban mal consideradas las actividades deudoras de alguna servidumbre, aquellas que tenían alguna utilidad. Las actividades que se realizaban a cambio de un pago, por ejemplo, o las de los esclavos, destinadas al mantenimiento y la provisión, estaban mal consideradas al margen de considerarse realizada por esclavos o por hombres libres. No hay que dejarse engañar, además, por la existencia de la esclavitud entre los griegos, pues muchos de ellos eran hombres libres que se entregaban como esclavos al servicio de un gran señor y así obtener una mejor vida.  Se estimaban, en general,  indignas,  aquellas actividades que se hacían para obtener ganancias. (recordemos el rechazo de Platón a los sofistas por cobrar sus enseñanzas).

El trabajo, entendido como actividad destinada a la subsistencia, en la tradición judeocristiana es considerado como un castigo fruto del pecado y de ningún modo es visto como un objetivo ni personal, ni socialmente deseable. Pensemos por ejemplo en la descripción que hace Ortega del hidalgo español, un modelo de hombre gestado en la España medieval: un hombre que prefiere una vida ascética de escasez y austeridad, y considera las actividades que nosotros llamaríamos “productivas” como una degradación de su persona. Este modo de vida sí representaba para la España tardomedieval un objetivo personal y social deseable. Este planteamiento se plasmaba en el calendario laboral europeo, que destinaba en muchos casos más de la mitad de los días del año a festividades no laborales.

Va a ser entre los siglos XVII y XVIII que va a cambiar la concepción social del trabajo. A ello sí van a contribuir algunas órdenes monásticas que buscaban la salvación a través del trabajo, algo que se hace patente en la revolución que supondrá el protestantismo de Calvino y Lutero. El naciente nuevo sistema económico, propugnado por los ilustrados-liberales, se inspirará en las organizaciones militares y monásticas para racionalizar la actividad laboral, generalizando prácticas de estos ámbitos (monasterios y cuarteles) para la organización del trabajo (los toques de campanas y cornetas, la distribución de las tareas, la parcelación del día temporalmente… etc). Pero es en el siglo XVIII, cuando los liberales-ilustrados, fieles al impulso civilizador de racionalización van a tratar de llevar los objetivos de orden y sistematicidad a todos los ámbitos de la vida. La economía, va a pasar de ser una mera técnica administrativa doméstica, a convertirse en una ciencia ordenadora de la cotidianidad humana; para asistir tal reordenamiento de la vida van a acuñar el actual concepto de trabajo, junto a otros como el de “productividad” o “sistema económico”. El trabajo se va a convertir en una categoría científica, medible en términos temporales, y sobre todo cuantificable racionalmente en forma de remuneración o salario. Los economistas clásicos extenderán la idea, actualmente vigente, de que hay una relación racional entre la actividad remunerada, el trabajo, y el salario, relación que puede ser expresada en términos monetarios. El trabajo, consecuentemente con esto,  será solamente aquella actividad que puede ser medida temporal y monetariamente. Es por eso que no se considera trabajo la actividad de una ama de casa, o el deporte aficionado, o la tarea educativa dentro de la familia,  pero sí el servicio doméstico, el deporte profesional y la educación reglada.

Pero el elemento seguramente decisivo va a ser la ligazón que harán los economistas ilustrados entre trabajo y riqueza. No en vano, Adam Smith va a iniciar su obra fundamental Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) con la frase “El trabajo anual de cada nación es el fondo que la surte originalmente de todas las cosas necesarias y útiles para la vida que se consumen anualmente en ella”. Y es llamativo cómo, al mismo tiempo que el trabajo que iba reconvirtiendo en una actividad socialmente deseable y resultaba racionalizado a través de su organización temporal, se irá también limitando cada vez más el calendario festivo con el fin de dedicar más tiempo a esta actividad productiva, alejándose cada vez más de los calendarios festivos medievales.

Al ligar la producción de riquezas al trabajo por parte de los economistas, cambió de forma sustantiva la consideración social e institucional del trabajo. Antes de que establecieran este sutil nexo, se consideraba que la riqueza era generada por la tierra mediante la intervención divina y cómo mucho ayudada por la acción humana. Pero la secularización acabará con esta intervención, y Dios irá desapareciendo al tiempo que es sustituido por la acción organizada y sistemática del hombre: el trabajo, o lo que es lo mismo, la producción. Es el hombre el que, mediante su trabajo, genera la riqueza.

Y en un giro de tuerca más, los llamados economistas neoclásicos, ya en el siglo XIX, eliminarán de esta misma ecuación el elemento material: la tierra. Quedará únicamente el trabajo como fuente de la riqueza, sin ninguna ligazón con su sustento natural y social en el que se produce.

Este sistema, surgido entre los economistas liberales, bajo una pretendida excusa de cientificidad, proponía una meta social, que ya no era tan “científica”, sino que la podemos considerar más bien ideológica: el crecimiento incesante, asociado a la idea de que la riqueza puede ser indefinidamente creada a través de esta actividad abstracta que es el trabajo. La visión del trabajo-valor (riqueza-capital), como una categoría abstracta, medible temporalmente y cuantificable monetariamente, se va a extender por Europa como la pólvora, convirtiéndose casi en un dogma de fe, tanto en las visiones capitalistas como en la teoría socialista-marxista. Así, Naredo nos dice que los llamados países socialistas únicamente van a organizar la producción de un modo distinto al de los países capitalistas, pero en esencia, el modelo abstracto que liga la riqueza a la producción, y esto convertido en un objetivo social, va a ser el mismo. El fracaso de los países comunistas vendría del hecho de que, a la larga, van a hacer de forma más deficiente, lo que el capitalismo occidental gestionaba mejor, algo que les terminó por llevar al colapso.

Y de modo similar a la noción de trabajo, la consideración de la riqueza, igual que la de labor como abstracción cuantificable,  va a ir desplazándose paulatinamente hacia la acumulación monetaria por parte de los economistas llamados “neoclásicos” de finales del XIX, generando otra de las categorías genéticas de la ciencia económica: el capital. El capital, que inicialmente se considerará como un mero intermediario, una herramienta para equiparar valores, va a sustituir completamente a la producción de bienes, esto es, a la riqueza, y se va a erigir como categoría abstracta que permita considerar a la economía, como un sistema cerrado y autosuficiente, un puro modelo matemático, independiente de los hombres que trabajan, las fábricas que producen o los campos que alumbran cultivos. Puesto que los bienes producidos pueden ser intercambiados en capital, y eso mismo ocurre con el trabajo, que también puede ser medido en capital, el sistema queda completamente monetarizado, y desligado del medio social en el que se da, convirtiéndose la lógica de la producción y el trabajo en una mera ganancia de capital.

El “sistema económico” deviene, por tanto, en un dispositivo perverso, cuyo objetivo ya no es el sostenimiento de la vida social, la organización razonable de las actividades humanas o la búsqueda de una vida digna y suficiente, sino el matemático e incesante aumento de capital. Por eso, la mejora de los medios técnicos de producción, por ejemplo el hecho de contar con una máquina que haga el trabajo de diez hombres, a lo largo del desarrollo del sistema económico capitalista, no se ha traducido en un aumento del tiempo libre y el ocio, en una liberación del hombre de las tareas de subsistencia, sino precisamente todo lo contrario, una esclavitud aún mayor. Y esto es así, porque los avances  técnicos no están enfocados a la mejora de las condiciones de vida de los hombres, sino al aumento de la riqueza cuantificable. La lógica del dispositivo capitalista no está en la liberación del hombre de las tareas de subsistencia, sino en la producción creciente de bienes y servicios, es decir, de capital.