espacio de e-pensamiento

jueves, 12 de septiembre de 2013

Contra los sistemas educativos.
Borja Lucena

Entre todas las turbulencias propiciadas por el nuevo y enésimo proyecto de reformar el sistema educativo español, existe algo que me hace sospechar casi de cualquiera de las posturas homologadas al efecto. Los términos mismos del debate me parecen aceptar mucho más de lo que yo estaría dispuesto a conceder, y, en general, no encuentro en los argumentos de unos u otros serias razones para confiar en cualquiera de las partes. Si lo que expreso en primer término es un rechazo rotundo de los intentos de reforma es, precisamente, por mi casi instintiva repulsión a la compulsiva obligación actual de reformarlo todo. Sentir náuseas ante la sola mención del progreso o de la eficiencia, me parece, hoy en día, un deseable objetivo de higiene intelectual.

Para ser breve, y atender sólo a razones, diré que plantear el problema -o diría más: la esencia- de la educación en términos de "sistemas" me parece el punto de partida falaz en el que todo el progresismo actual, sea de derechas o de izquierdas, viene, de la mano, a naufragar. El problema es que unos y otros se aferran a un modelo teórico, a un sistema, a una estructura, nacida de la cabeza de cualquier Zeus y cuya organización garantizaría -tan automática y suavemente como las manecillas de un reloj se deslizan sin tropezar- que los "fines educativos" advinieran como llega la lluvia en otoño. Unos defienden un nuevo "modelo", que llaman LOMCE; otros jurarían que el sistema al que conducía toda la historia del mundo ya fue implantado hace veinte años, pero no ha tenido tiempo de exhibir su ilimitada reserva de bondades: la LOGSE. Todos despliegan y enarbolan un sistema, como si la educación fuera cuestión de sistemas; es más, como si pudiera existir un modo predecible y exitoso de hacer las cosas en el espacio de un aula, de tal manera que podamos por fin excluir la caprichosa personalidad de los profesores y los alumnos, que se empeñan en no copiar ningún modelo razonable y previo. Es la era de las metodologías, de los protocolos y la reglamentación de las prácticas. Y ante la avalancha de sistemas y métodos, sólo se me ocurre recordar lo que me parece salta a la vista ya en el primer paso que damos en el mundo: nadie sabe lo que hace; nadie puede saber con exactitud a dónde le llevarán sus acciones, cuál será el resultado de sus apuestas y movimientos. Pretender que el mundo se pliegue a modelos predecibles conduce, la mayor parte de las veces, a desconecerlo, y, no pocas, a chocarse con él. Los adoradores de los sistemas llegan, a menudo, a una confianza tan apasionada en ellos que incluso creen que no hace falta siquiera que el profesor tenga conocimiento de la materia que imparte, porque todo es cuestión de aplicar la metodología correcta; o postulan que hay que esperar que los alumnos encuentren dentro de sí un impulso innato y certero que les conduzca, a través de las reglas y prácticas correctas, a descubrir y desarrollar ellos mismos los conocimientos que antaño buscábamos en los maestros.  El entusiasmo ante los sistemas es, en general, una peligrosa manera de evitar reconocerse limitado por la realidad, y, en el particular caso educativo, una mortífera forma de hacer sufrir a las generaciones venideras las consecuencias de esa incapacidad. Volveremos a unos términos comprensibles en el debate educativo cuando, dejando de lado la adoración mística de los sistemas y las normativas, hablemos de cosas mucho más simples, más llanas, más cercanas a una experiencia de lo que ocurre: qué conocimientos tiene el profesor, que exigencia implica para el alumno, cómo suscitar en éste el deseo de elevarse a la altura de lo impartido... Mientras la forma metódica difumine y oscurezca los contenidos culturales y de conocimiento que la escuela es encargada de transmitir, el profesor seguirá inerme ante una tarea que, así planteada, le convierte en insignificante y prescindible: hoy en día estamos esperando que se invente por fin la computadora que sea capaz de sustituir del todo al profesor, cuyas actuales prótesis informáticas llegan a veces a asemejarlo a una máquina todavía imperfecta y pendiente de evolución.

Esta reflexión algo caótica, y de ninguna manera didáctica, me ha sido sugerida por la lectura de las "Memorias de ultratumba", de Chautebriand, del que no quisiera comentar sólo uno, sino doscientos cincuenta pasajes. Aquí os lo dejo:


"la verdad es que ningún sistema educativo es preferible en sí a otro: ¿quieren más los hijos a sus padres hoy que los tutean y no los temen? Gesril era mimado en la misma casa donde a mí se me reprendía: fuimos los dos personas honestas y unos hijos cariñosos y respetuosos. Tal cosa, que creéis mala, contribuye a desarrollar el talento de vuestro hijo; tal otra, que os parece buena, ahogaría este mismo talento". 

Chautebriand, Memorias de ultratumba, I, 5.