espacio de e-pensamiento

martes, 15 de octubre de 2013

Vivir y morir como experiencia imposible en la época de la ciencia.
Eduardo Abril Acero

Para Lacan, la ciencia es la ideología de la supresión del sujeto. Es aquel modo de relacionarse con el mundo, de hacer surgir un mundo, en el que todo se presenta bajo el signo de la objetividad. Dicho de otro modo, para el pensamiento científico-técnico, no hay sujetos, sino que todo se da como un objeto o no se da, es la pura nada.
Uno de los pilares básicos de la ideología científica es la concepción del sujeto cartesiano, que está en la base de todo el pensamiento moderno. El sujeto concebido en la filosofía de Descartes es un yo vacío, un yo que no se da en nada, que no se hace en ninguna tarea. Por tanto, el sujeto cartesiano es una cosificación, la cosificación de un vacío. Es verdad que este yo, a posteriori, puede dirigirse al mundo, un mundo que está ahí esperando ser aprehendido por la mirada escrutadora del sujeto, pero en su momento fundacional, no es más que un conjunto vacío, una nada cosificada, en la forma de un pensar que se piensa a sí mismo. Este gesto cartesiano no es baladí, puesto que hace del sujeto una cosa más entre las demás cosas y abre la posibilidad de una completa objetivización del ser. Abre, en suma, la posibilidad del pensamiento científico en tanto que ideología. En el pensamieno moderno, que finalmente deviene en el pensar de la ciencia, todo lo que se aparece no puede ser concebido más que como una cosa más entre las otras cosas. Aquí reside la condición ideológica de la ciencia: lo que es sólo es posible como objeto.
Frente a este je cartesiano Lacan propone el moi, respaldado por la lengua francesa, el “moi”, que sería el “ mi” en castellano (No el pronombre posesivo), es insustantivizable. La lengua impide hacer de “mi” una cosa, “un mi”, como sí lo permite con el yo, “un yo”. El moi no puede ser un conjunto vacío, registro imaginario, que es el yo cartesiano ya que siempre está en la oración haciendo algo, inserto en una ocupación, un quehacer. Y sigue, sin embargo, abriendo la posibilidad de la subjetividad, en tanto que unidad y síntesis. Este moi lacaniano es fácil imaginarlo como el dasein heideggeriano, como un sujeto que no puede darse al margen de aquello en lo que está siendo, una permanente tentativa de actualización, una ocupación, un poder-ser, un ser-en-el-mundo.
El sujeto cartesiano, el sujeto de la ciencia, no es en absoluto sujeto, puesto que es algo que está ahí, cosificado, dado de una vez para siempre. No es potencia de nada, puesto que es un acto permanente. No se realiza en el mundo, que se abre ante sí en su acto de de hacerse en él, sino que está dispuesto ya ahí, en un mundo previamente abierto, de cosas dispuestas unas junto a las otras como las piezas de un reloj. Por eso el sujeto cartesiano, el sujeto de la ciencia, carece de interés, esto es, no se interesa, no se implica, no pelea, no defiende, no vive y no muere. Solamente deja que el mundo y él mismo, siga su curso. Pero ese curso, no nos confundamos, no es el curso misterioso e incierto del mundo, por ejemplo, la naturaleza profunda de los griegos (physis), o los inescrutables caminos de dios de los medievales. Ese curso es el de la máquina descrita por la ciencia, una máquina que, en la filosofía hegeliana termina por identificarse con la ciencia misma, como sujeto absoluto. Visto así, hay que añadir, que sería más correcto decir en la filosofía de Hegel “objeto absoluto”, puesto que, como comienzo diciendo con Lacan, la ciencia suprime todo sujeto mediante su transformación en objeto. Con ese sujeto-objeto absoluto, el mundo es planificación y desarrollo, control y seguridad, y desaparece para siempre el misterio, la incertidumbre, la posibilidad y el sujeto.
El progreso controlado, planificado, diseñado, administrado; el estado que todo lo regula, todo lo fiscaliza, todo lo somete a su ley, hasta la libre relación de las personas que en su espontaneidad y su necesidad, abren el mundo que les rodea, se relacionan e intercambian libremente; el mundo reducido a lo localizable bajo el microscopio, el scaner, el telescopio, reducido al laboratorio, susceptible de peso y medida, cuantificación y experimentación. El desarrollo del mundo contemporáneo, la llegada parece que irremediable de la época de la total tecnificación del mundo, amenaza con impedir la experiencia más humana de todas, aquello que hace de nosotros hombres: la posibilidad de ser sujetos, con todo lo que eso conlleva: vivir junto a los otros, ocupados en una tarea común, atravesada por la espontaneidad y la incertidumbre, pero morir solos, rodeados de aquellos que esperan y aguantan su llanto. Todo cuanto se aparece, bajo el dominio de la ideología técnico-científica, que Lacan llama “el discurso del amo” e identifica también con la ideología capitalista, vuelve todo en lo que estamos, una cosa intercambiable, sin valor, incluso nosotros mismos no seremos más que una máquina gastable entregada en la hora final al desguace sin lágrimas. La ideología impide de una u otra forma la aparición del sujeto, o lo que es lo mismo, la posibilidad, la espontaneidad y la incertidumbre. En suma: la vida y la muerte.