espacio de e-pensamiento

domingo, 22 de diciembre de 2013

La filosofía como forma de vida.
Óscar Sánchez Vega

Los profesores e historiadores de la Filosofía tienden a valorar las aportaciones de los filósofos clásicos desde una perspectiva fundamentalmente teórica. Así lo fundamental para entender a Aristóteles, por ejemplo, es conocer sus escritos, integrar sus teorías del modo más coherente posible, destacar las semejanzas y diferencias con su maestro Platón etc. Todo esto nos es muy habitual. Saber de Filosofía, especialmente de Filosofía Antigua, es pues conocer las distintas teorías de unos y otros, distinguir a Heráclito de Parménides, a Sócrates de los sofistas, a Platón de Aristóteles o a los epicúreos de los estoicos. No hay nada de malo en este planteamiento salvo que nos puede llevar a olvidar una diferencia más fundamental: la que se establece entre el modo de vida filosófico y el que no lo es. Pierre Hadot, profesor emérito del Collège de France, insiste en que esta es la perspectiva más luminosa, la más adecuada para una mejor compresión del papel de la Filosofía y la mejor manera de aprovechar las enseñanzas de los clásicos.

La perspectiva teórica tiene además el claro inconveniente que, cuando se sigue de forma rigurosa, nos conduce al reconocimiento de claras contradicciones en los grandes maestros del pensamiento: la valoración del cuerpo y el placer en Platón, por ejemplo, tiene un sentido claramente contradictorio en el Fedón o en el Banquete, del mismo modo podemos encontrar caracterizaciones contradictorias del alma humana -¿mortal o inmortal?- en las obras de Aristóteles. ¿Eran conscientes los más grandes filósofos de tales incoherencias o es que acaso no les hemos comprendido adecuadamente? Estas preguntas - y las insatisfactorias respuestas a las que nos vemos abocados - cobran sentido si entendemos el estudio de la filosofía como el saber acerca de los sistemas filosóficos e identificamos filosofía y discurso. Pero es justo esta perspectiva la que denuncia Hadot. La filosofía nunca fue solamente discurso, sino, sobretodo, una forma de vida, una peculiar forma de instalarse en el Mundo. Insistir en las diferencias entre los discursos de unos y otros nos puede llevar a subestimar las semejanzas del modo de vida que proponen los filósofos, en abierta oposición a los usos y costumbres sociales firmemente establecidos, desde los cuales la vida filosófica escandaliza, disgusta y, en el mejor de los casos, es risible.

Pitágoras, Sócrates, Aristóteles, Epicuro, Marco Aurelio, Lucrecio... proponen formas de vida más similares de lo que en un principio pudiéramos pensar. Todos ellos abogan por una vida racional y libre, al margen del miedo y la servidumbre, apuestan por el control y dominio de las pasiones, por la frugalidad y el desprendimiento de los bienes materiales, manifiestan indiferencia ante la fama y el reconocimiento social, combaten contra la rutina, la vida cotidiana, los estereotipos etc. En este sentido la vida del filósofo siempre es atípica, en el sentido literal del término: atopos, no podemos ponerlo en ningún lugar, es inclasificable, no encaja en los roles propios de la vida cotidiana. Entendían la filosofía al modo platónico, como una preparación para la muerte, es decir, como un ejercicio de concentración en el presente y de atención a la vida, pues esta alcanza su más alta consideración desde el pensamiento de la muerte propia. Es muy probable que para él no-filósofo todos ellos formaran un grupo bastante compacto que convenía vigilar y evitar. Lo más peculiar - y peligroso - del filósofo no era su doctrina sino su vida, en la medida en que esta pudiera ser mostrada como un modelo susceptible de ser imitado por otros ciudadanos.

En cualquier caso no es fácil llevar una vida filosófica, es preciso ejercitarse. Puede ser esta la principal diferencia entre Sócrates y los filósofos helenísticos: ambos comparten una similar forma de entender la vida filosófica, sin embargo Sócrates parece más optimista o ingenuo; pensaba que bastaba con mostrar la superioridad moral de la vida filosófica para aceptarla como modelo a seguir. Pero Alcibiades, por ejemplo, conocía bien el modelo y, sin embargo, actuó de forma indecorosa. Tanto epicúreos como estoicos fueron conscientes de la necesidad de ejercitarse. Hadot reivindica para la filosofía la noción de “ejercicios espirituales”. La Filosofía Antigua no puede concebirse al margen estos ejercicios y encontramos en las Meditaciones de Marco Aurelio, en mi opinión, la más brillante exposición de los mismos.

De entre todos los ejercicios recomendados por Marco Aurelio quiero comentar uno. Como es sabido los estoicos sostienen que el curso de la Naturaleza es necesario y ajeno a nuestra voluntad por lo que es absurdo rebelarse contra los acontecimientos, debemos aceptarlos tal y como son. Esta resignación con la que los estoicos aceptan la desgracia y el dolor es confundida a menudo con la insensibilidad y no es esta una correcta lectura de la enseñanza estoica, especialmente en el caso de Marco Aurelio. A lo largo de nuestra vida el mundo nos puede ocasionar y nos ocasiona dolor, qué duda cabe. Lo que deberíamos evitar es añadir dolor al dolor, lo que hacemos no pocas veces. Lo que pudiéramos llamar “dolor mental” no es producto del mundo exterior sino que nos lo autoinfligimos de forma, digamos, masoquista. Este es el dolor que podemos evitar. Marco Aurelio lo explica con un ejemplo: si en el gimnasio recibo un golpe en un ejercicio pugilístico siento, como es natural, un dolor físico, pero, como no me siento ofendido, el dolor es soportable y pronto lo olvido. Pero si un enemigo me golpea en público interpreto ese golpe como una ofensa lo que genera una actitud colérica por mi parte y un profundo malestar. Lo importante es que el dolor físico puede ser igual en los casos, lo que hace más insoportable la ofensa es lo que yo añado al dolor, la forma en que lo interpreto. Esto es lo que puede ser modificado mediante el ejercicio.

Marco Aurelio afirma que “las cosas en cuanto a tales no tocan en absoluto nuestra alma -psyché-: no tienen acceso a ella, no la pueden modificar ni mover. Nuestra alma por sí misma se modifica y se pone en movimiento”. No sufrimos por los acontecimientos sino por la interpretación que hacemos de ellos. “No tener hypolepsis y evitar la turbación del alma, puesto que las cosas no tienen una naturaleza capaz de crear nuestros juicios”. El término hypolepsis suele traducirse por “opinión” o “juicio de valor”. Maite Larrauri propone “discurso” como una traducción apropiada pues las opiniones o juicios de valor no existen de forma aislada, están insertos en un lenguaje que compartimos con los demás. Marco Aurelio propone ejercitarse en sustituir las hypolepis, los espontáneos discursos interiores, por dogmatas, esto es, por principios racionales que establecen la más adecuada forma de comportarse en cada circunstancia vital.

Albert Ellis al crear la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC) en 1935 tiene muy presentes estas enseñanzas. Según el psicólogo norteamericano los problemas emocionales que tenemos las personas provienen de una serie de creencias irracionales o esquemas con los que orientamos nuestra vida y que determinan nuestra conducta. Estos esquemas son una especie de reglas de vida o principios que tenemos totalmente interiorizados y que desconocemos, aunque de hecho determinan nuestra forma de ser. Estas ideas irracionales son las responsables de las perturbaciones emocionales y de nuestros conflictos psíquicos. Este análisis de Ellis va acompañado de una terapia que pretende descubrir los pensamientos irracionales y sustituirlos por otros racionales que nos ayuden a llevar una vida mejor.

Nelson Mandela es un buen ejemplo de la puesta en práctica de este ejercicio estoico. Tras 27 años en la cárcel solamente podemos salir libres de resentimiento y de ansia de venganza después de reiterados ejercicios espirituales semejantes a los recomendados por Marco Aurelio. Desde esta perspectiva podemos entender la importancia que Mandela atribuye al poema Invictus de Ernest Henley cuyos famosos últimos versos dicen:

“No importa cuán estrecho sea el portal, 

cuán cargada de castigos la sentencia,
 
soy el dueño de mi destino: 
soy el capitán de mi alma.”