Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

miércoles, 25 de marzo de 2026

Terreno cedido, poder ganado.
Borja Lucena Góngora



En el marco de la tradición del psicoanálisis es posible encontrar algunos recursos que permiten escapar a apariencias poderosamente efectivas y trampantojos que opacan la comprensión de fenómenos de toda índole.  Examinemos el caso de la llamada “polarización” política, un fenómeno honda, sinceramente lamentado por la práctica totalidad de comentadores y opinadores. Parece que el debate político actual está desgarrado por diferencias irreconciliables y amenazadoras que hacen presagiar, como muchos señalan, la inevitabilidad de una contienda civil. ¡Ah, la tragedia rediviva de la ausencia de consenso! La cuestión es:¿podemos comprender el significado de estas dramáticas contraposiciones sin caer automáticamente en la opinión prefabricada y el lamento preventivo? 

Freud, el pensador al que, mayormente, me refería al comienzo de estas líneas, nos advierte de que no hay odio comparable al que desatan las diferencias mínimas; es decir, que es en el seno de lo más parecido donde se dispara la obsesión histérica por separarse y distinguirse. ¿No observamos hoy en día esta misma fijación, esta metódica escenificación de contraposiciones irresolubles, esta constante exhibición de un enfrentamiento que opera sobre diferencias que apenas lo son?  ¿Es posible que los contrarios estén diciendo básicamente lo mismo y, por esa razón pugnen con tan gran violencia por proyectar la imagen de una diferencia esencial? ¿No se ha convertido el terreno de la democracia liberal multipartidista en un dispositivo de generación y engorde del narcisismo de las pequeñas diferencias?

Si esto es así, conviene atender a la asombrosa unanimidad que, en lo sustantivo, reúne a la izquierda hegemónica con su pretendido archienemigo, el neoliberalismo. Y, lo que es quizás más importante, conviene también preguntarse a quién beneficia una situación en la que todas las diferencias políticas resultan ser el humo, más claro o más oscuro, más azul o más rojo, de lo mismo. Quizás sea la hora de dejar de lamentarnos por el auge de la ultraderecha y se trate, más bien, de intentar comprender cuál es el sentido de la rotunda  efectividad de sus proclamas. Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere, que dijera Espinoza. Si observamos la agitada trifulca política de las dos grandes opciones que se disputan la designación oficial de “lo posible” , apreciamos que no hay diferencia o alteridad reales  en lo tocante a las cuestiones de calado, sino, generalmente, variaciones en el énfasis o distintas modulaciones en el abordaje de cuestiones particulares (generalmente, demasiado particulares). La monotonía parece adornar un continuo que transcurre desde el neoliberalismo de derechas al neoliberalismo de izquierdas. Es esta continuidad la que, entre otras razones, explica el auge de las propuestas de extrema derecha: toda la potencia de la subversión y de la rebelión contra el sistema ha escapado a una izquierda oficial que, en general, repartiendo con profusión e insistencia las tinturas del capitalismo verde o las identidades de mercado, no puede ser vista más que como una parte del establishment. La izquierda oficial se desacredita de continuo al no ser capaz de sobrepasar el horizonte de un neoliberalismo de “rostro humano”, mientras que es la derecha, en sus distintas expresiones -tanto sistémicas como antisistémicas- la que recoge el beneficio. La alteridad real, en efecto, cae constantemente del lado de la derecha más auto-consciente y más lúcidamente sumergida en el centro de lo político. Si, tal y como mostró Castoriadis, la esencia de la política tiene que ver con la imaginación radical, no cabe duda de que la izquierda imperante ha renunciado, en general, a la acción y al pensamiento políticos como tales. La falla estructural, la dimisión decisiva se halla en la carencia de una imaginación que, al contrario, cierta derecha sí logra todavía ejercitar pro domo sua; mientras que la izquierda gubernamental es ya incapaz de imaginar cualquier orden social que no tenga como centro de organización al mercado, la derecha exhibe destellos deslumbrantes de imaginación que, nos guste o no, la incardinan en el campo de lo políticamente efectivo.; mientras la izquierda acepta la sociedad de mercado como el factum indiscutible de toda posibilidad y, a lo sumo, se plantea aliviar o mitigar algunos de sus efectos indeseados, la derecha parece capaz de inventar, de no conformarse con aquello que concibe como indeseable, de pedir lo imposible. Hoy en día, parece que sólo la derecha puede ser radical, y sólo ella atreverse a desafiar y re-definir lo posible, mientras la izquierda oficial se limita a lamentar lo necesario. Un gesto de contundencia, un gesto por el que lo inconcebible, lo que ayer parecía imposible, torna repentinamente a nutrir el campo de lo real; un gesto así, que mora en la esencia misma de lo político, está ausente del imaginario sin imaginación de la izquierda oficial, y abandona la iniciativa propiamente política a las nuevas derechas emergentes. 

Artículo publicado en la revista Aprender a pensar, número 34, 2026.

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