K. era un hombre sencillo, pero culpable. Su detención aquella mañana supuso un viraje en la normalidad de un empleado de banca, sobre todo porque no sabía el porqué de su detención. Esta aparente incógnita definirá el transcurso del resto de días de K. y le envolverá en un eterno proceso del que no podrá salir, puesto que supone el elemento articulador de un sujeto y modo de existencia que, en este caso, Kafka postula: solo un final fatal puede acabar con el proceso.
La vida de K. se ve transformada en una búsqueda del sentido de su detención. El tentador deseo de arrojar una crítica al gran leviatán de la burocracia o hacia un sistema de poder opresor que transforma a los individuos en meros engranajes de un sistema viene legitimado por la excitación prometida en las diferentes situaciones en las que se ve envuelto K. Y es que, en el texto, se dan de forma extraordinaria los elementos para tal fin, aunque nuestro autor, a nuestro juicio, va más allá de esto, pues expone la condición del hombre moderno y el proceso que convierte a este en un sujeto. Pero para comprender por qué Kafka está cometiendo tal tarea, primero se deben transitar las diferentes calas que constituyen un de facto no exento de polémica.
Pensar en K. es pensar en un sujeto que ha perdido por completo su autonomía. Una autonomía constitutiva del sujeto moderno y heredera de la Ilustración. En este sentido, el sujeto es uno de los fundamentos conceptuales básicos del proyecto emancipatorio moderno: un sujeto autónomo, unitario y consciente. A este sujeto, además, se le encomienda una misión clara, que no es otra que conquistar la naturaleza y modificar el mundo a su imagen. La Modernidad en la que se inscribe supone, de este modo, un periodo de liberalización, pues el sujeto se desprende del yugo teológico y geocéntrico virando hacia una posición antropocentrista, pero esta misma posición es la que le encarcelará en sí mismo y en sus estructuras.
La posición que describe Kafka en este punto cumple las exigencias para esta pérdida de autonomía, pues describe a un sujeto disuelto en unas estructuras —de poder— que lo diluyen y lo convierten en una pieza más de un sistema que funciona a modo partes extra partes, por decirlo «á la cartésienne». Este pierde toda su capacidad de agencia y, por tanto, su capacidad de transformar el mundo. La posición del sujeto kafkiano es la de un sujeto que está completamente preso en una jaula de hierro —como sentencia Weber— porque no solo su vida se reduce de manera formal a un sistema burocrático deshumanizador, sino que sus propias relaciones sociales se orientan hacia la consecución de un fin específico. Dicho de otro modo, la naturaleza —el ser natural— se transforma en un sistema burocrático y racionalizado independiente de la capacidad transformadora de los sujetos, y el ser social, que emerge del natural, se configura a modo de consecución de fines. Impera, por tanto, la razón subjetiva sobre la objetiva.
Precisamente, a nuestro juicio, aquí es de donde parte Kafka en su diagnóstico del hombre moderno. Es justamente en la mutación del ser natural hacia un ser burocrático que aniquila «lo natural» por «lo racionalizado» donde ubica el fundamento ontológico del sujeto moderno. No existe en el hombre kafkiano ningún resquicio de una naturaleza independiente de la intervención del hombre, ya que, lo que ahora se considera como naturaleza es un muro infranqueable e inmune a su intervención. Esto no significa que haya una aspiración a volver a una suerte de estado de naturaleza, sino que la imposibilidad de transformación arroja al hombre al fracaso de satisfacer su impulso prometeico y fáustico. El sujeto que aquí plantea Kafka fracasa en alcanzarse a sí mismo1 y ve imposible cumplir con el cometido de constituirse como una identidad, pues cumplir con las exigencias de un sujeto moderno es una empresa que le está vedada. Así este se encuentra arrojado a un proceso eterno que cada vez le pide más.
Aparece, entonces, la cuestión legitima que se pregunta ¿ante qué estamos? Si el sujeto kafkiano no es capaz de afirmarse a sí mismo, puesto que queda aniquilado por un proceso que lo diluye, ¿hay algún proceso de subjetivación? A nuestro juicio, Kafka sale del paso aludiendo a algo así como una «astucia del proceso». Estar inmerso en el proceso es lo que hace a K. realmente un hombre moderno o un sujeto, en un sentido más amplio, puesto que no existe algo así como un sujeto previo a la culpa, sino que es la propia culpabilidad de K. —el proceso, en definitiva— lo que determina al sujeto kafkiano. A pesar de que K. no sabe cuál es su culpa, empieza a existir bajo la forma de un acusado o de alguien que debe responder por la culpa.
Para explorar el concepto de culpa y el mecanismo por el cual esta determina al sujeto de El proceso, debemos emplazar, aun de manera rapsódica, a Hegel. El viejo Hegel establece en el capítulo “El propósito y la culpa” de sus Principios de la filosofía del derecho, que la culpa no se articula meramente desde un hecho externo ni desde un hecho puramente psicológico, es decir, interno. La culpa para Hegel no es, por tanto, ni un formalismo jurídico ni un acto puramente psicológico, sino que necesita un mediador que, en este caso, es el propósito. El sentido práctico no se puede comprender únicamente desde su dimensión exterior, esto es, desde el hecho, sino que es necesario explorar la voluntad del sujeto. Los conceptos mediadores que se esbozan en el acontecer de ambas dimensiones —entre sujeto y hecho— son el propósito y la intención, ambos fundamentales para atribuir voluntad consciente a un acto. Por un lado, el propósito permite atribuir el acto a un sujeto y, por otra, la intención permite la comprensión del significado del acto. En este punto emerge la culpa, dado que esta puede ser atribuida a una voluntad consciente. Para Hegel es necesaria la existencia de un sujeto previo al que atribuir la culpa. Sin embargo, Kafka propone una suerte de inversión de la culpa, pues una vez que la culpa se introduce en K. es cuando se le puede considerar un sujeto. Mientras que para Hegel la culpa es una cuestión derivada en la que un sujeto se reconoce en aquello que hace, para Kafka adquiere entidad fundacional y el sujeto no se puede reconocer en la acción debido a que no ha cometido ningún acto que le determine culpable. Por tanto, el reconocimiento que K. puede hacer consigo mismo es el de un vacío coherente con el sujeto abstracto y formal que viene aquilatado en la modernidad y que Kafka identifica de manera certera. La culpa en la vida de K. se emancipa de la acción y se convierte en una condición —necesaria— del propio sujeto.
Es importante reparar en una cuestión, y es que, la emergencia de la culpa supone la internalización de una culpa cuyo contenido es indeterminado; es, simplemente, vacío. De modo que lo que se internaliza es una estructura de poder o de Ley que se resuelve en la auto vigilancia y en una disposición vital a satisfacer unos requerimientos oscuros, pero que hacen que el sujeto esté cada vez más embriagado por el deseo de alcanzarlos y, con ellos, a él mismo.
En este punto se hace evidente una cosa: Kafka no se instala en la posición de un critico de la condición del hombre moderno —a pesar de que la producción de sujetos se vea sometida a procesos jurídico-burocráticos y abstractos— sino que se compromete con la situación y pone sobre la mesa las estructuras que configuran la aterradora situación de un sujeto y, por tanto, de la sociedad burguesa entendida como correlato de aquel, regidos ambos por la mentalidad Ilustrada, como querría Adorno. Aunque no es este el lugar para determinar si Kafka pertenece a la Ilustración, en un sentido amplio podemos identificar elementos en su texto que nos acercan a ello, como podría ser la separación del sujeto de la naturaleza, la racionalización, la apelación a la astucia como elemento aproximador a los problemas, etc. En cualquier caso, no se puede afirmar que estos elementos sean criticados por el autor. Una cuestión interesante que aparece en el desarrollo del texto es la cuestión de la libertad, pues siguiendo los planteamientos estrictamente Modernos, Kafka debería ser crítico con la situación de K., pues su libertad, a simple vista, se vería cercenada por el proceso. A nuestro juicio, asistimos a otra inversión —al parecer ya típica en el autor—, pues lo que está proponiendo es una suerte de libertad en sentido positivo, ya que el propio proceso permite cumplir los deseos del protagonista de forma inmanente. Dejamos la puerta abierta a este desarrollo que no podemos abordar en este momento.
En cualquier caso, Kafka lanza un aviso a navegantes. La única manera que existe de salir del laberinto es mediante el trágico final y, ni siquiera, uno mismo puede acabar con él. Es el propio proceso el que termina: «¡Como un perro!».
Bibliografía
Abril Acero, E., Olvidar a Dios. Introducción a la teología materialista de Slavoj Žižek., Dado Ediciones, 2026
Bartoli, F.. «Adorno sobre Kafka. ¿Una lectura ilustrada?». Tópicos. Revista De Filosofía, 65, (2022): 245-268.
Hegel, G.W.F., Principios de la filosofía del derecho o derecho natural y ciencia política, Barcelona: Edhasa, 1999
Kafka, F., El proceso, Madrid: Alianza editorial, 2022
1 Abril Acero, E., Olvidar a Dios. Introducción a la teología materialista de Slavoj Žižek., Dado Ediciones, 2026

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