Introducción.
Estamos en la era
del fetichismo de la mercancía, en la que resulta más fácil imaginar el fin
del mundo que el fin del capitalismo. La humanidad entera se encuentra
sumida en un mar de desesperación del que no se atisba vía alguna de escape, y
atravesada en lo más profundo por una experiencia de traición, tras haberse
demostrado falsa toda promesa de futuro. El reformismo socialdemócrata o los
aceleracionismos que surgieron en respuesta a la cada vez más evidente
insuficiencia de este son ejemplos de intentos inevitablemente fracasados de
pensar un mundo que pueda escapar de las terribles garras de la mercancía, que
no dejan ni un solo rincón de la vida por conquistar. En medio de este mar de
tinieblas, una idea se alza con fuerza: no hay futuro. El futuro se ha vuelto
imposible de imaginar; toda expresión de esperanza que no quede cubierta por
una capa de ironía o de recelo es ahora merecedora de sospecha. En este
panorama, parece presentársenos una única vía de actuación posible: bien sea
para rendirnos a un hedonismo acrítico con el capital, o para centramos en un
presunto verdadero análisis materialista del presente, hemos de abandonar toda
esperanza.
En este trabajo, se busca explorar en qué sentido hablamos de la esperanza cuando se entiende como algo de lo cual uno ha de desprenderse si quiere mirar claramente al presente, así como si puede haber otra manera de pensar la esperanza y, sobre todo, qué peligro puede haber en tratar de abandonarla. Para esto, se busca hacer una aproximación a la relación entre la esperanza y la ideología desde la imagen adorniana del arte como cifra de la desesperación.
2. El arte en la realidad no racional
Partimos de una
realidad que ya no es racional, en la que el sujeto autoconsciente de la
modernidad ha sido completamente sustituido por el capital, por el sujeto
automático, como centro de la vida; sujeto al cual las relaciones del mercado
se le aparecen como una segunda naturaleza que no vale la pena o no tiene
sentido cuestionar, e imaginar un futuro fuera de sus marcos resulta del todo
imposible. En este panorama, toda posibilidad de construir la imagen de un
mundo que salga del fetichismo, de un mundo que sea más que solo sufrimiento,
delirio y desesperanza, tendrá, necesariamente, un carácter ideológico, y, como
ideología (esto es, como falsa consciencia) será rápidamente rechazada por
aquellos que aleguen estar buscando hacer un análisis materialista de la
realidad mercantil. Siendo así, ¿estamos entonces condenados a que toda
posibilidad de pensar un futuro más allá del fetichismo de la mercancía quede
totalmente asfixiada antes siquiera de poder ser formulada?
Considero interesante, para continuar explorando esta cuestión, hacerlo desde la tesis, que Krakauer formula y Adorno desarrolla acerca del carácter ideológico de la obra de arte y de la relación que tiene con su contenido de verdad. El arte, como el resto de cosas, también ha devenido mercancía. Ya no es, como para Hegel, aparición sensible de la idea; sino que es un producto que, como cualquier otro, solo adquiere valor social una vez entra en el juego del intercambio mercantil, con la particularidad, quizás, de que su función social inmediata (asumiendo lo problemática que es esta formulación) es la de construir la ilusión de un mundo distinto al que está de facto dado. La obra de arte, en el capitalismo, tiene siempre un momento ideológico, de complicidad con lo existente, en tanto representa la realidad, que ahora es mercantil, como una que se deja narrar, de la que se puede decir algo con sentido: “En la cultura resucitada tras la catástrofe, el arte adopta algo ideológico mediante su existencia pura, antes de todo contenido. Su desproporción con el horror sucedido y amenazante lo condena al cinismo incluso ahí; se aparta del horror en cuanto lo ve. Su objetivación implica frialdad frente a la realidad. El arte queda degradado así a compinche de la barbarie a cuya merced él mismo queda cuando renuncia a la objetivación y de repente colabora, aunque sea mediante el compromiso polémico.”[1]
El arte en la era capitalista, tiene siempre necesariamente algo de cínico, lo cual no quiere decir que todas las obras de arte tengan la intención de inculcar una ideología determinada al espectador, ni que tengan necesariamente una función moral concreta. En tanto que mercancías, lo que hacen es simplemente regirse por la lógica del intercambio mercantil, del beneficio económico, y la manera de sobrevivir en el mercado es, de forma más o menos explícita, servir a los intereses de las clases dominantes. Y la complicidad con dichos intereses está en la capacidad de la obra para representar el desorden del mundo como si formara parte de una totalidad abstracta. Es, sin embargo, justo en este cinismo que el arte se ve obligado a adoptar donde está su contenido de verdad, donde es posible hacer una interpretación inmanente de la verdad del momento histórico. Kracauer, al principio de El ornamento de la masa, escribe: “El lugar que ocupa una época en el proceso de la historia se puede determinar de modo más concluyente a partir del análisis de sus discretas expresiones superficiales, que a partir de los juicios que la época hace sobre sí misma”.[2] Es este contenido de falsedad lo que deja entrever el sufrimiento del momento histórico que queda objetivado en la obra y, así, permite la oportunidad de dirigirle la mirada y dar cuenta de él. Que el sujeto, que en el capitalismo pierde toda interioridad concreta, necesite construir una ficción que represente su mundo carente de sentido como uno coherente, que necesite producir melancólicamente un eco de un mundo en el que no se ha producido todavía la absoluta pérdida del sentido, dice algo del momento en que se encuentra. No podemos entender la obra de arte como reflejo de un mundo que ya está dado, sino siempre como una mentira; es la construcción mentirosa producida por un sujeto que se encuentra asfixiado por las manos de la mercancía, incapaz de producir nada fuera de esta pero que, en su estar asfixiado, tampoco puede evitar anhelar. Podríamos decir, por tanto, que el carácter ideológico de la obra de arte está en el hecho de que, en un mundo penetrado por el más puro horror, crea la ilusión de que podría haber algo más. Pero, precisamente, crea la ilusión de que podría haber algo más.
3. Ver más allá de la mercancía
Que pensar el
futuro solo sea posible si es en clave ideológica, o bien, que todo imaginar la
posibilidad de escapar del imperio del valor vaya a ser necesariamente
ideológico, puede ser de gran interés porque es quizás justo aquí donde
encontramos la ventana de posibilidad de ver más allá de la mercancía. Hay aquí
dos momentos de la misma oportunidad de apertura o de crítica. Como primer
momento, valiéndonos de la tesis adorniana (o krakaueriana), partimos de que es
en el carácter ideológico, engañoso, del arte, en la necesidad de construir una
falsa consciencia, donde se vuelve posible hacer una crítica inmanente del
momento histórico. En el hecho de que el sujeto no pueda imaginar un mundo
diferente o, siquiera, uno que esté dotado de sentido, si no es a través de una
mentira, es donde se hace evidente la verdad del momento capitalista: la
agonía.
Así, el segundo
momento está en esta agonía, este dolor, que aparece como negación determinada,
como enigma, en la obra de arte, en que se expresa cifrado el deseo melancólico
porque el mundo fuera de otra manera, porque la vida fuera algo más que solo
desgarro. Dicho de otra manera: el momento ideológico y mentiroso del arte, en
que se expresa un anhelo, es donde está la posibilidad de la esperanza. La vida
puede ser, y, de hecho, es algo más que solo desgarro, justamente porque hay
anhelo, porque hay un deseo de algo distinto.
Quizás, que la
esperanza sea siempre en cierto sentido ideológica no necesariamente ha de
llevamos a rechazar cualquier forma de esperanza, a tacharla de idealista o de
políticamente paralizante. En primer lugar, porque el rechazo a priori de todo
intento de ver más allá de la alienación con la pretensión de escapar del
pensamiento ideológico (en tanto que actúa como obstáculo en el camino hacia
alcanzar una presunta consciencia verdadera de la realidad) es, a modo de
paradoja, profundamente ideológico en sí mismo. Ciertamente, puede parecer
casual el hecho de que lo que es más rápidamente desestimado como producto del
idealismo o de la ceguera sea cualquier expresión de esperanza sobre el futuro,
pero, según creo, no hay actitud que resulte más complaciente con el capital
que esta misma.
En todo caso, en
lugar de rechazar la esperanza, quizás sea más interesante aceptar la
ideología, o, mejor dicho, aceptar que es solamente en el momento ideológico en
el que se abre la posibilidad de mirar más allá de la mercancía; ver la
ideología no como lo que nos impide ver la realidad material tan brutal como
realmente es, sino como una brecha que se abre en el interior de esta. Esto no
ha de significar que debamos quedarnos estancados en el momento ideológico
aceptando, o creyendo aceptar, que estamos condenados a no ser nunca capaces de
salir de él; sino, más bien, aprovechar el que, tal vez, la posibilidad de
pensar algo nuevo, de construir algo distinto, está ya inmanente en el hecho de
que incluso dentro del mercado es posible anhelar.
La idea de que “no hay futuro” resulta acertada si entendemos el futuro como algo parecido al destino final de una línea progresiva al cual tendemos y estamos abocados a alcanzar, sea inevitablemente o siguiendo los “pasos correctos”: no hay futuro porque lo único que hay al final de todo camino dentro del imperio de la forma-valor es más mercancía. Pero creo que es posible pensar el futuro de otra manera; que la defensa del abandono de toda esperanza como posición epistemológica privilegiada nace de un mal entendimiento de lo que realmente es, o puede ser, la esperanza. Las tesis adornianas sobre el doble carácter del arte como fait social e ideología pueden ser de gran ayuda para construir una esperanza radicalmente materialista. Pero esta ardua tarea solo podrá comenzar a realizarse si, en lugar mantenernos obstinados en tratar de desprendernos de todo aquello que nos nuble la visión de la realidad, partimos de la interpretación inmanente del dolor del sujeto asfixiado, del anhelo que aparece cifrado en su llanto, para tratar de ver más allá de la mercancía.
Abandonar la
esperanza bajo la premisa de alcanzar una visión impoluta y desmitificada del
presente constituye una posición epistemológica en sí misma ilusoria, que en
última instancia se revela como profundamente complaciente con la lógica del
capital. Cuando el imperio de la mercancía atraviesa la totalidad de la
experiencia hasta clausurar la posibilidad de imaginar un mañana, renunciar al
anhelo es aceptar la condena. A lo largo de estas páginas se ha intentado
defender que el carácter ideológico que rodea a toda proyección de futuro no
tiene por qué abocarnos a la parálisis. Para esto, tomar la estética de Adorno
como prisma del que partir es especialmente interesante, pues entender el
carácter ideológico del arte como el eco cifrado de una agonía real permite que
el diagnóstico que se haga de la sociedad parta de la interpretación inmanente
del dolor objetivado y no de la búsqueda ingenua de una verdad categórica sobre
este.
La mentira del
arte saca a la luz el dolor del sujeto asfixiado y, con él, la paradoja de que
incluso en la más absoluta cosificación persiste su deseo de que la vida sea
algo más que mero tormento. Así, entender la esperanza como la promesa ilusoria
de un destino progresivo hacia el que caminamos con certeza es mucho más
paralizante que buscar la manera de construirla sin negar el horror. Aceptar el
momento ideológico no tiene por qué significar resignarse a él; también es
posible y, probablemente, mucho más provechoso reconocer que en el acto mismo
de anhelar habita la negación determinada del presente y, dentro de este, la
posibilidad del futuro. Prestando atención al sufrimiento objetivado en la
grieta que abre el carácter ideológico del arte podemos articular una esperanza
verdaderamente materialista, que mire al horror a los ojos sin rendirse a él.
