Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo
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lunes, 26 de marzo de 2012

Un sí y un no
Borja Lucena

Por qué haré huelga
Haré huelga porque es preciso levantar una mano cuando te pisan un pie. La haré porque es conveniente que uno se niegue ir a filas cuando quieren reclutarlo para una guerra injusta. Y la economía es, cada vez más explícitamente, economía de guerra. Lo que los administradores y profetas de la economía nos alientan a proseguir es una batalla por la producción, por decirlo en términos soviéticos. Lo que nos salvará, advierten, es la movilización, la movilización total de todos los recursos, de todos los hombres, en favor de la producción. El lenguaje económico parece, cada vez con más intensidad, sacado de los boletines de las dos guerras mundiales. El modelo que proyecta la vida económica planificada es la batalla de Verdún.
La reforma laboral, por tímida que sea, no muestra otra cosa que ese desplazamiento del lenguaje de la necesidad desde la Historia Universal a las relaciones laborales; es decir, Marx hablando por la boca de cualquier catedrático de Economía de la Empresa: el único imperativo es producir, cueste lo que cueste, porque lo salvífico se ha trasladado de la esfera del espíritu a la del trabajo.
Lo que aquí abajo nos llega de la ley que “pone nuevas bases en el mundo del trabajo” es la planificación adusta, racional, equilibrada de la guerra. En los conflictos bélicos mundiales también fue necesaria la flexibilidad. Leo que las empresas decidirán dónde trasladar al trabajador –movilidad geográfica-; el modo en que en cada momento ha de configurarse el horario de trabajo según las necesidades cambiantes –flexibilidad temporal-; cuándo los sueldos han de menguar de acuerdo con la flexibilidad de los resultados. Es algo muy parecido a la capacidad organizativa, de flexibilidad casi omnímoda, con la que cuenta un ejército en tiempo de guerra con respecto a los soldados que le sirven de material bruto, material de lucha y de muerte.
La huelga, en este sentido, es el amotinamiento de los soldados que quieren escapar a una guerra sin sentido y pretenden volver a casa.

Por qué no haré huelga
La cuestión se puede plantear con sencillez:
  1. Sólo leer el eslogan que los sindicatos oficiales han elegido para animar a la huelga es capaz de provocar una repulsión que hace difícil olvidar que aquí se juega a la farsa: Quieren acabar con todo. Con estas proclamas histéricas, basadas en la generalización fantasiosa, carentes del mínimo sentido de fidelidad a lo real, sólo merecen animar a una masa de creyentes dispuestos a aceptar cualquier cosa por la causa. Se erradican de este modo los elementos vinculados al estado de cosas político, las cuestiones de sencilla justicia, el juicio sobre las disposiciones y materias concretas, para abrazarse a un histrionismo milenarista, a la mística de las acechanzas del maligno de la que me siento literalmente expulsado. Estoy convencido de que estas cuestiones afectan radicalmente a nuestra mundanidad –y de ahí su radical relevancia- y no a una batalla cósmica entre las fuerzas del Bien y del Mal.
  2. Como quizás fuera previsible, pero no deja de ser profundamente descorazonador, y tal y como está planteada, la huelga viene a ser la campaña electoral del PSOE “por otros medios”. Parece que la alternativa a las medidas gubernamentales no es otra que la vuelta a “los bellos tiempos del PSOE”. Tengo muchos amigos que se ven esperanzados por el inicio de estas escaramuzas, pero me es difícil dejar de pensar que –indiferentemente de sus intenciones- las paradas callejeras promovidas por los sindicatos servirá exclusivamente para engrosar la estrategia y cálculos electorales del partido social-burocrático que añora el poder como las piedras aristotélicas añoraban su lugar natural.
  3. Los sindicatos oficiales, como los animales sedientos de despacho oficial y chófer que han . demostrado ser, pretenden que lo que son justos motivos se conviertan en herramientas que sirvan a sus intereses orgánicos de persistencia en la subvención y la patraña. Por eso han monopolizado con inusitada rapidez el descontento, no sea que, confiado a la espontaneidad, pudiera volverse contra ellos y sus prebendas. Apropiarse de la protesta como hacen facilita el despiste sobre una cuestión crucial: los sindicatos realmente existentes no son parte de la solución, sino parte del problema.
  4. Si yo hago huelga, mi pagador me descuenta un día de sueldo, y no sé cuánto más de las vacaciones o la paga extraordinaria. Los sindicatos y sus liberados, por lo que acierto a suponer, no dejarán de ganar ni un duro, pero, además, extraerán beneficios de mi pérdida en caso de que - estando claro que la huelga es “suya”- puedan presentarla como una victoria, SU victoria. Por ejemplo: que se les devuelva el monopolio sobre los inútiles cursos de formación que –de manera en este caso sensata- la ley pretende quitarles. En caso de una huelga exitosa, siempre presentada como un éxito de los sindicatos, las negociaciones entre sindicatos y gobierno llegarán previsiblemente a algún acuerdo razonable. Aventuro que, por ejemplo, ese acuerdo será el de devolver a los sindicatos los millones de euros en cursos de formación, mientras que los contratos difícilmente sufrirán otra cosa que variaciones cosméticas.
Soy dos, y estoy en los dos por completo...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sindicalismo y parodia.
Borja Lucena

A riesgo de que me llaméis facha, he de confesar que me ha agradado el anuncio de la presidenta de la Comunidad de Madrid sobre los liberados sindicales. Jubilemos por un momento las etiquetas y prejuicios al uso y no oscurezcamos la inteligencia con los gritos de "que vienen los neocon". Se mire desde donde se mire, la existencia de los liberados es un fraude y una impostura. La experiencia que he atesorado del fenómeno me da cuenta de que se ha convertido en un instrumento, grato a las burocracias sindicales y estatal, a través del cual los profesores que han sido destinados en una plaza lejana o incómoda de la Comunidad Autónoma se libran de ocuparla, hasta que les es concedido otro destino más a mano; por otro lado, su contribución a la lucha sindical, como también constato por mi experiencia, es nula, y sólo sirve para hacer del sindicato una oficina más del estado donde informarse de permisos o asuntos personales. Un sindicato asimilado por la burocracia no hace más que engordar la burocracia, y recuerda, antes que a la honrosa defensa de los trabajadores, a la posición de Trotski durante el decisivo momento en que se decidió la suerte de los movimientos obreros en la Unión Soviética: dado que el estado socialista es la encarnación de los intereses del proletariado, los sindicatos ya no tienen que defender esos intereses, sino transformarse en "organizadores de la fuerza de trabajo" supeditándose a la planificación estatal y las exigencias revolucionarias de producción.

El problemático lugar de los sindicatos, su situación incómoda y desnaturalizada, su rara reunión de retórica obrerista y privilegios "de clase" ofrecen un espectáculo a veces ridículo, otras simplemente nauseabundo. Puede ser que, como en tantas otras ocasiones, el ocaso del marxismo haya succionado la energía del movimiento obrero de tal manera que, aun constatándose el hundimiento y el fracaso del evangelio según Marx -sobre todo a raiz de la experiencia soviética- los osificados movimientos sindicales se aferran cada vez con más fuerza, como para buscar salvación, a dogmas y eslóganes en los que ni ellos mismos creen. Ante nuestros ojos se repite la misma parodia que mezcla el humanitarismo más sensiblero con la apelación a la fuerza y superioridad morales de la clase trabajadora. Quizás, lo primero que habría de hacerse para insuflar autenticidad en la concha vacía de los movimientos sindicales sería reconocer por fin lo que Aleksander Watt esbozó diciendo que el proletariado es una ilusión óptica. Sólo un esfuerzo de realismo y apego a lo mundanamente constituido puede reconciliar a los sindicatos con una realidad que no es ya -por mucho que lo repitamos en consignas y mantras propagandísticos- la de la industria textil inglesa de mediados del siglo XIX.

Es el momento de volver a imaginar cómo puede constituirse un sindicato que, en vez de defender únicamente su posición de poder en el organigrama estatal, defienda los intereses de los trabajadores realmente existentes. A lo mejor vale la pena reencontrarse con la polémica a que hacía referencia más arriba, cuando de la revolución rusa surgió el problema de qué hacer con los sindicatos. Los bolcheviques, como antes expuse para el caso de Trotski, defendían la plena asimilación de los sindicatos a la maquinaria estatal, su integración en la burocracia como engranaje necesario en la construcción del estado socialista; los mencheviques, al contrario, defendieron -por poco tiempo- que los sindicatos habían de estar separados del estado porque ése sería el único modo de salvaguardar su independencia y su efectiva función de defensa de los trabajadores. El resultado de esta controversia fue decidido de manera inapelable por la fuerza del Ejército Rojo, y los sindicatos fueron engullidos por las oficinas y los papeles de la burocracia, cuando no por las fauces del GULAG. De manera similar, aunque por vago y pacífico consenso democrático, los sindicatos españoles fueron concebidos a partir de la Transición como prolongaciones del poder del estado antes que como limitaciones al ejercicio de ese poder; de tal manera, desapareció de su labor una genuina defensa de los trabajadores y se convirtieron en una secretaría del estado pseudo-bolchevique firmemente comprometida con el bienestar de la casta de burócratas que los dirigen y adormecen.

Puede que sea el momento de reconocer, una vez más, que la razón estuvo del lado de los mencheviques.


lunes, 18 de mayo de 2009

Recording Ban, o más sobre la SGAE.
Borja Lucena

Lo asombroso de la Sociedad General de Autores es que su proceder y naturaleza mafiosas parece reconocer un fracaso fundamental; la mayor parte de sus miembros, autoproclamados "creadores", son incapaces de crear nada que no sea la sempiterna repetición de una canción hastiante y rudimentaria, o la película salpicada de los tópicos exigidos en el BOE para estar en condiciones de recibir la preceptiva subvención. La incapacidad de estos aburridos creadores para estar a la altura de su supuesta condición les conduce a reinventar el estado como modo de financiar y mantener artificialmente con vida su dedicación a la nada. Nada hay nuevo bajo el sol en el paisaje burocrático del arte subvencionado, y, más que dedicarse verdaderamente a crear, los "artistas" cuidan celosamente del derecho pregonado a ser conservados y cuidados como una especie natural rara y exótica cuya sola existencia fuera en sí valiosa.

El hecho de justificar las subvenciones en considerarse exquisitamente necesarios para la supervivencia de "la cultura" (sic.), aparte de una apreciación soberbia y ampulosa, consiste en un grave error de apreciación: la respiración artificial proporcionada por el erario público parece demostrar más bien lo contrario. El "creador", falto de creatividad, falto de conocimiento y de cualquier destreza que pudiéramos considerar vinculada a la obra de arte, apela al estado ante la constatación de su propia superfluidad; sabe que cualquier reivindicación de naturaleza profesional planteada a las compañías o empresas que le contratan caerá necesariamente en saco roto, ya que debe su notoriedad como "artista" al hecho inexplicable y caprichoso de que la compañía misma lo ha convertido en tal. De la misma manera, en caso de no interesarle, la compañía puede retirarle la condición que le dio. Por esta razón, para evitar enfrentarse con la compañía que le contrata, el "creador" crea un andamiaje burocrático que soporte su desmedida desvergüenza y su inutilidad suprema. El "artista", tal y como es representado por la SGAE, es el perfecto nadie, el intercambiable por cualquier otro porque su notoriedad se levanta sobre una ficción comercial más que sobre méritos determinables. Si el "creador" poseyera alguna virtud artística, piensa, podría ser percibido por la compañía como valioso, como único incluso, y entonces podría iniciar una negociación para elevar la cuantía de los contratos, por ejemplo, o para acrecentar la participación en los beneficios; no obstante, una negociación con nadie es un absurdo, y la compañía sólo tiene que presentar sus condiciones: "lo tomas o lo dejas, hay cientos como tú que están locos por firmarlo". La imposibilidad de una auténtica negociación con la empresa, la cancelación de cualquier forma de lucha sindical que exija a la empresa una participación adecuada en los beneficios generados, convence al sindicato de artistas de que sólo a través del erario público y la coacción legal de los impuestos podrá obtener algo sin tener que enfrentarse a la posibilidad de perderlo todo; por eso, en vez de desarrollar sus actividades como una asociación profesional o sindical, prefiere actuar bajo la esquiva y blindada figura de una prolongación del estado.

Quizás me esté equivocando en algo, pero creo que si estos "artistas" representados por la SGAE tuvieran conciencia de alguna valía en sus obras, se atreverían a reclamar a las compañías lo que pretenden obtener del saqueo de los bolsillos particulares. ¿Nunca veremos a estos esforzados proletarios de la cultura hacer una huelga para reclamar sus pretendidos derechos? No. Eso es cosa de obreros, no de la elite progresista que prefiere manifestarse únicamente cuando la causa es universal y, por lo tanto, está a la altura de su desmedido ego. ¿Para qué exigir nada a los jefes de la empresa si se puede obtener, sin conflicto, del estado protector?

En los años cuarenta, los músicos norteamericanos se propusieron conseguir un aumento de los royalties -bastante miserables- que las compañías les pagaban por las grabaciones de estudio que comercializaban. Evidentemente, las asociaciones profesionales de músicos no se plantearon que el estado pagara lo que las compañías privadas no estaban dispuestas a pagar, sino que exigieron que éstas se hicieran cargo de la procedencia de los beneficios que las grabaciones generaban. Al no obtener respuesta satisfactoria de las compañías ante sus demandas, los músicos se pusieron en huelga. Fue la célebre recording ban de los años 1942 y 1943, durante los cuales se negaron a grabar en estudio, para desesperación de las compañías, que al final tuvieron que acceder a negociar en términos sensatos un aumento de la parte que el propio artista obtenía de su obra. Claro, aquí la diferencia es que estamos hablando de Benny Goodman, de Miles Davis, de Duke Ellingon... que, decididamente, sabían hacer música y eran conscientes de que las compañías no podían sustituirles por otros iguales; pero, ¿y hoy? ¿alguien echaría de menos a los grupúsculos y cantorcillos varios que jalean las ansias recaudatorias de la SGAE? ¿Cuánto tiempo tardaría una compañía discográfica en buscar un sustituto idéntico para cualquiera de los adefesios musicales que venden como músicos?