espacio de e-pensamiento

martes, 5 de junio de 2007

Reivindicación de Madrid.
Borja Lucena

Estos días se celebra en Madrid la festividad de San Isidro. En la urbe proliferan festejos, conciertos y alguna verbena, aunque parte importante de la población ni siquiera se da por enterada. En la pradera de San Isidro, el sábado por la tarde, se agolpan miles de madrileños que recorren sin prisa los puestos donde se venden churros y rosquillas del santo, donde se exhiben almendras y manzanas bañadas en caramelo rojo. En estas fechas, toda la amabilidad de mayo se esparce por la ciudad, y la pradera se ve adornada de la plenitud de los plátanos de sombra y los castaños en flor. Por la tarde, en la Plaza de Las Vistillas, la gente se tira en el césped a beber y hablar mientras el ocaso ensombrece el Palacio Real. Lo lúdico se entremezcla sin conflicto con la seriedad de las ancianas vestidas de modistilla y con los trajes de los chulapos. Hay tradiciones, pero, a diferencia de las liturgias nacionalistas, no son obligatorias.

No quiero sugerir que Madrid sea modelo para todo porque, evidentemente, no es así; no obstante, frente a la realidad política que se impone por doquier, defiendo que representa una saludable repugnancia por todo lo que amenaza con devolver al individuo a la grey feudal. Paseando por esos lugares me dio por pensar en la gran diferencia existente entre lo que he vivido en mi ciudad y la apoteosis nacionalista reinante en otras regiones. A la luz de sus fiestas, se hace patente que no existe en Madrid esa compulsiva búsqueda de los orígenes, de la tradición esencial, del espíritu del pueblo que existe en las conmemoraciones solemnes de la identidad cultural catalana y vasca. ¿No es precisamente eso lo que distingue nítidamente a la polis moderna de la aldea? Por mucho que uno quiera buscar esencias, no existen en Madrid, y las fiestas están, sencillamente, para divertirse.

En San Isidro advertí algo que nunca había considerado, precisamente porque en el Madrid de mi niñez- como en tantos otros sitios- era irrelevante. Advertí que soy hijo de inmigrantes. De repente, sorprendido por un hallazgo tan poco extraordinario, contemplé el abismo que separa dos modelos de política hoy en pugna en España. Un hecho tan simple, tan banal para mí, acoge uno de los elementos centrales que separan a la política de la barbarie pre-política. En algo tan fortuito se repite, una y mil veces, la lucha de griegos y persas, de cristianos contra musulmanes, del liberalismo contra el nacionalsocialismo- es decir, de la polis contra todo aquello que amenaza su frágil existencia. Pertenezco a la primera generación madrileña de mi familia y, sin embargo, nunca sentí diferencia esencial alguna con respecto a mis compañeros de colegio y de juegos. De hecho, no sé cuántos de ellos eran madrileños puros o también hijos de foráneos. Este detalle tan poco sorprendente hace visible, sin embargo, una aguda diferencia entre la polis madrileña y la aldea nacionalista: la apariencia de política existente en los feudos del nacionalismo busca insistentemente sus fundamentos en la diversidad de orígenes; se habla de hijos de inmigrantes, de inmigrantes, de xarnegos, de andaluces, de castellanos; en el País vasco existe la denominación de patateros para los alaveses, manchados por la mezcla con Castilla, y, hace años, me sorprendí cuando unas chicas de Hernani establecieron un clara separación entre los bares de castellanos y los de euskaldunes. El cuerpo político se concibe como un agregado de grupos sociales definidos por su adscripción genética- o lingüística, o cultural, que para el caso es lo mismo- y no como una suma de individuos liberados de la pertenencia a un rebaño. Alguien me dirá que éstas son meras categorías lingüísticas, pero es preciso recordar que toda distinción lingüística señala ineludiblemente la contemplación de diferencias en la realidad. Los nacionalistas se descubren en su lenguaje como defensores de un orden extra-político en el que la argumentación racional es suplantada por la retórica de los sentimientos y la pertenencia a la cultura y la lengua. Quiebran así el principio que funda la política tal y como fue creada en la antigua Grecia: la isonomía, la igualdad de los individuos ante la ley. De esta manera, en tanto meros átomos o individuos racionales capaces de acción, es como la polis liberal moderna concibe a sus integrantes, mientras que en la aldea lo sustantivo no es lo que el individuo hace, sino lo que es. De ahí la obsesión por la genealogía que atraviesa, como en las organizaciones tribales, los discursos nacionalistas. Aunque todo se adorne de la retórica de la integración y las buenas intenciones, el nacionalista señala con insistencia maniática la cuestión genealógica, aunque sea para ofrecer como ejemplo la magnanimidad de elegir a un presidente inmigrante, como sucedió el año pasado en Cataluña. El logos es expulsado de la constitución del orden social por el gènos, por la procedencia, por la tradición, los sentimientos y la lengua.

Mientras paseaba el sábado por Madrid, y al abrigo de estas y otras consideraciones, me sentí profundamente aliviado por estar precisamente allí. De los dos modelos de política que se enfrentan hoy en España, yo me quedo con Madrid.