espacio de e-pensamiento

martes, 6 de noviembre de 2007

Orden en el caos

Madrid, todas las mañanas, se sume en su caos y su ruido. A medida que el sol débil de noviembre ilumina dubitativo los resquicios del día naciente, el nuevo desorden irrumpe a través del grito de los motores, a través de la prisa que conmueve las calles o de los desperdicios repartidos por miles de vagones del metro. Todo empieza a funcionar como una máquina desajustada y torpe que rompe el sosiego de la noche. En el centro de la furia, rodeado de millares de coches, y de vendedores del cupón, y de funcionarios y mendigos, los muros del Jardín Botánico delimitan un espacio que -como única forma de supervivencia- se perpetra ante la ofensiva terrible de la realidad. Creyendo conservar el orden tras sus muros, el jardín no advierte que forma parte íntima del desconcierto que es la ciudad, donde todo convive en fantástica mezcolanza. Eso es la ciudad, el hábitat donde todo es posible; una infinita gradación que lleva de la miseria al esplendor, de la suciedad a la belleza, de la acción heroica a la desolación y el crimen; muchos tiempos y muchos lugares obligados a compartir un presente incierto.
A la hora del mediodía el sol ha adquirido fuerza y color y se filtra a través de las ramas despeinadas del Jardín; los paseos geométricos que lo cruzan, trazados con la fuerza y la constancia de un sueño, reflejan el claroscuro que los árboles vierten sobre el suelo. Las fuentes de piedra destellean por la caída comprensible de las hojas del otoño. Los plátanos, los castaños, los olmos se aparecen descoloridos por la cercanía del invierno y se rodean de los desperdicios de hojas y frutos que el verano dejó a su marcha. Los álamos muestran su imponente espalda flamígera. Todo se conjura para crear una realidad amable, bella y placentera, para inaugurar un reino alejado de lo urgente y lo deslabazado, pero también para advertir de su fragilidad.

Mientras, afuera, aumenta el murmullo hostigador del tráfico y se oyen voces y sonidos ininteligibles.