espacio de e-pensamiento

martes, 1 de enero de 2008

Desde la Patagonia

Permitidme, amigos feacios, que irrumpa desde el reverso del mundo. O quizás el anverso. Aquí -en el hemisferio austral- todo se manifiesta de modo anómalo para mi acostumbrada mentalidad boreal. En la Patagonia el nuevo año irrumpe sin todavía haber caído la noche, y poco después ya comienza el amanecer a alumbrar el horizonte y los montes lejanos; el cielo nocturno se enciende de estrellas desconocidas y enigmáticas; el verano lo recorre todo mientras en la añorada Europa el frío sigue siendo una venerable tradición navideña. Parece que me encontrara ahora al otro lado del espejo.
La Patagonia es una estepa infinita y uno se siente por primera vez ante la magnitud temible del mundo. Sólo la empalizada de las pequeñas poblaciones -separadas entre sí por millares de kilómetros- ofrece el espejismo de esa genial ficción que es la vida ciudadana. Lo demás es espacio vacío habitado por pumas, calafates y tierra seca.
Los argentinos son europeos transplantados a un medio extraño y -a veces- hostil. Por eso, en medio de desiertos o selvas inabarcables, se encierran en ciudades calcadas a las de la vieja europa, como si así consiguieran conjurar las potencias descontroladas de la naturaleza austral. Bariloche, por ejemplo, es una ciudad construida de acuerdo con el modelo de las ciudades alpinas, aunque esté en los Andes y no los Alpes. Tan exacto es el calco que uno de los productos peculiares de la urbe es el chocolate. Una Suiza soñada. Toda actividad humana se aferra al vínculo europeo, y es probable que así sea para evitar el regreso a la naturaleza nada rousseauniana que amenaza por todos lados. En Europa la civilización es ya una segunda naturaleza que ha domesticado a la primigenia - que es sólo recuerdo y nostalgia-; aquí se siente todavía el aliento de la fiera y la lucha por la supervivancia en cuanto uno se aleja de las casas. Visto esto parece que la repetida tradición europea de despreciar a Europa y repudiar su civilización no proviene más que del lujo y la facilidad con que los hombres son allí criados. El resto del mundo se muere por ser Europeo, por reproducir en cualquier habitat el modelo europeo de la ciudad y el artificio. Por arrancarse a la tiranía de lo natural. Incluso el indigenismo no responde más que al modelo europeo de añoranza de unas raíces fabuladas. En el imaginario de todos los que habitan estas tierras desoladas del cono sur Europa parece ser -una vez más- sinónimo de civilización. ¿Es la única acepción?