espacio de e-pensamiento

martes, 18 de marzo de 2008

Arte de retaguardia

La última entrada publicada por Óscar me ha obligado a recordar que cualquier ética comporta una estética, o, dicho de otra manera: las manifestaciones estéticas en que una sociedad se recrea no son axiológicamente neutras, sino que incluyen valores implícitos. El fenómeno "chiquilicuatre" no es algo simple y sin significado, sino exponente de toda una comprensión del mundo que reúne categorías éticas y políticas claras y distintas: lo grotesco, lo bajo, lo feo, lo pintoresco y deforme; lo explícitamente dirigido a eliminar cualquier idea de excelencia, de dificultad, de diferencia; la nivelación del terreno a la medida del cinismo de quien descubre que el analfabetismo del pueblo es un buen negocio y ha de ser promocionado ofreciéndole únicamente morralla.

El paisaje es desolador. La fealdad se impone como norma pedagógica y por todos lados nos asalta la amenaza del desorden y el primitivismo. Frente al arte de dominación de las masas se erige el arte de vanguardia, que no es más que una sección estatal que controla, planifica y prescribe una estética sospechosamente semejente a la vulgar, pero adornada de prestigio social elitista. Así como el chikilicuatre y toda su bazofia, el arte de vanguardia también pretende hacer ley de la fealdad, la mugre, las heces y los restos orgánicos; también se dirige a mostrar la vacuidad de las distinciones, de los esfuerzos, de la pugna por la belleza, y para ello reduce el mundo a una ontología de la mierda y el deshecho. El estado, tanto en sus oficinas dedicadas al entretenimiento del pueblo como en los despachos donde se negocian los emolumentos de artistas subvencionados para satisfacer a las elites, se encarga de que una sola estética se imponga cuidadosamente en todo ámbito de la realidad. Así se asegura la existencia de una sola ética y una sola política.

El artista dedicado a la paciente persecución de lo bello, el que habitaba la sombra y acechaba, ha sido postergado a la invisibilidad; ni hablar, por supuesto, de los trascendentales y la ecuación inestable y fascinante de lo bello, lo bueno y lo verdadero. El juego de prestigios y subvenciones impone un tipo único de artista y excluye de forma taxativa la intromisión de quien no comulga con el imperativo Arte Oficial y la estética del lodazal.

Quedan algunos que, silenciosos, transitan el desierto y escrutan la lejanía intentando ver su final incierto. Son los pocos y los callados. Son los que Strauss llamó "artistas de retaguardia".