espacio de e-pensamiento

martes, 4 de marzo de 2008

Sin tetas no hay paraíso.

Muchas veces me he preguntado cuál será la verdadera relación que mantienen nuestros políticos. A veces pienso que, tras las sesiones en el parlamento, se encuentran por casualidad en la cafetería del congreso y se pavonean unos frente a otros en tono jocoso como si estuvieran exhibiendo entre sí rivalidades deportivas. Otras, les imagino en oscuros despachos, rodeados de sus asesores, maldiciendo a sus oponentes pero, cuando se encuentran por los pasillos de la cámara, adoptando una actitud hipócrita y de sonrisa fingida, digna de señoras de pelo azul en los pórticos de las iglesias del barrio Salamanca.

Ayer tras, tras el “show”, constaté que la política en España es un acto teatral y los políticos se limitan a representar con serias dificultades un texto escrito por peores guionistas. Y el asunto que más me escama es el hecho de que, como cualquier serie televisiva que busca un público determinado, los partidos políticos, o al menos estos dos partidos políticos, creen dirigirse a un público evidentemente incompetente, adolescente, carente de criterio y, en el pleno sentido de la palabra, completamente idiota.

Y no puedo aceptar que las dos cabezas de los principales partidos políticos sean eso, adolescentes idiotas, así que, por fuerza, tengo que imaginarles, tras el debate, vueltos a su normalidad intelectual, y con la máscara en el sillón del parlamento, satisfechos o no de haber hecho mejor o peor, el indio. Les imagino con la misma cara que se nos queda cuando, atrapados en una situación de difícil escape, léase un ascensor o la cola del supermercado, nos vemos obligados a descender varios millones de kilómetros desde nuestras divagaciones cotidianas, sentimentales o filosóficas hasta el mundo del “gugu tata”, al ver que un bebé, que no sabemos si es “mono” o no, nos tira adorablemente de la chaqueta ante la mirada anhelante de su madre, que espera una respuesta evidentemente cálida por nuestra parte. Después de pagar y alejarnos unos metros, nos desprendemos de la cara de idiota, y volvemos a nuestras disquisiciones sin problema.

Y yo, en estos pensamientos, imagino a los dos candidatos, con sinceridad y sin cámaras, comentando sus “gugu tatas” y felicitándose el uno al otro, por haber escenificado, de una forma más convincente la idiotez… “lo de la niña no te quedó mal Mariano, ahí te has ganado alguna abuela”… “¿y tu, Jose Luís?... esa sonrisa de Mister Bean que me pones antes de despedirte como si fueras El Teniente Furilo mandando a sus chicos a patrullar… no me extraña que le caigas bien a los jóvenes”. Porque de lo que estoy absolutamente seguro es de que, si estos dos se juntasen a discutir sin cámaras, lo harían de verdad, como discutimos cualquiera de nosotros, no pensando que eso que dicen tiene que ser comprendido por idiotas adolescentes.

Y también pienso que no somos idiotas adolescentes, pero que a fuerza de tratarnos así, terminaremos siéndolo.