espacio de e-pensamiento

sábado, 23 de mayo de 2009

¿Es América segura para la democracia?
Racismo y democracia.
Eduardo Abril Acero

En 1921 el psicólogo americano William McDougal publicó un libro titulado “¿Es América segura para la democracia?” (Is America Safe for Democracy); McDougal, mezclando ideas de la antropología, la biología y la psicología de la época, y adoptando una explicación racista del origen y declive de las grandes civilizaciones del pasado, se preguntaba por las características psicológicas de los americanos a fín de determinar si estaban o no preparados para un modelo democrático de sociedad. El punto de partida de McDougal, y de muchos otros, consideraba que una sociedad democrática no podía admitir cualquier tipo psicológico y solamente si estaba constituida por individuos inteligentes y civilizados, que participasen de forma razonable en el estado, el modelo tenía viabilidad. McDougal no hacía más que añadir a a la vieja idea ilustrada de “república de intelectuales” dos posturas; la primera de carácter racista: no todas las razas están igualmente preparadas para la democracia; la segunda, una consideración determinista de la inteligencia humana a la que tomaba en cuenta como un activo netamente innato, no mejorable mediante la educación.
Aunque pueda parecer que el libro de McDougal no va más allá de lo anecdótico, lo cierto es que las ideas allí expuestas y el lenguaje utilizado carecía de originalidad, pues, en los mismos años, otros psicólogos americanos, además de científicos, políticos y filósofos, van a hablar en semejantes téminos, usando un léxico común. Léxico que, pese a que pueda parecer importado del viejo continente, donde también calaría el discurso racista y biologicista, era una evolución propia del pensamiento americano, especialmente de la psicología, y solo después calaría en los discursos de los partidos nacionalistas europeos. Es más, me atrevería a decir que el léxico empleado y las motivaciones de los científicos al usarlo, componen un producto típicamente democrático, aunque el juicio de la historia haya relegado su uso al nazismo hitleriano.
No es de extrañar que esto sea así dado que las democracias, tanto la americana como la inglesa, habían sido el producto político de unos pocos intelectuales privilegiados que, desde palabras grandilocuentes de libertad y dignidad universal del hombre, establecieron sistemas políticos administrados claramente por élites y con la pretensión de que esto no cambiase. Sin embargo, con el nuevo siglo, la creciente industrialización, la evolución demográfica y la necesidad e inexistencia de una burocracia cada vez más preparada, el panorama era inquietante: las clases bajas, e incluso las clases medias, de Inglaterra y Estados Unidos, estaban lejos de asemejarse al ideal ilustrado de ciudadano y constituían una seria amenaza al status quo. Y desde luego parecía imposible que con la simple educación, una institución mal administrada y poco eficaz, se pudiera “enderezar” a las crecientes masas de “chusma” indeseable que nada tenía que ver con los ideales políticos de la élite. Es en este contexto y no en otro en el que se ensayó un nuevo discurso: el “racismo científico”. Un modo de descripción de la situación que permitiría a las sociedades democráticas hacer distinciones y, sobre todo, limitar derechos y controlar de forma rápida grandes grupos de población.
La biología darwinista-mendeliana y la floreciente psicología aplicada, que en tan solo unos pocos años se convertiría en la “niña bonita” de las universidades norteamericanas, aportarían los conceptos necesarios y también los métodos (eugenesia e “higiene mental”), a la par que dotaban a los nuevos discursos de objetividad científica.
Las ideas de Galton, por ejemplo, calaron profundamente tanto en Estados unidos como en Inglaterra, dando lugar, especialmente en Norteamérica, a ordas de enfervorecidos galtonianos dispuestos a defender la democracia de su extinción a manos de las "razas inferiores". Estaban convencidos del origen genético tanto de la excelencia como de la bajeza moral e intelectual, y por tanto desconfiaban de su eliminación mediante la educación, proponiendo métodos más "radicales". Los test de inteligencia que unos años antes había diseñado otro psicólogo, Yerkes, para reclutar científicamente a la soldadesca y poder distinguir de forma rápida y barata, los sujetos hábiles para obedecer y los que no,  suministraron las herramientas necesarias para encontrar los hombres “adecuados”. Según los galtonianos, los resultados de los test del ejército demostraban la irremediable estupidez creciente del pueblo americano* y la necesidad de una urgente intervención . Concluían que, si no se quería cometer un “suicidio racial” de insospechadas consecuencias para los Estados Unidos, era necesario dictar leyes que favorecieran la reproducción de los individuos más capacitados y limitara el de los individuos deficientes, así como la entrada de razas inferiores en norteamérica.
Otro psicólogo influyente, Henry Goddard, acuñaba el término «morón» para designar a los sujetos con una edad mental menor a 13 y, basándose en las pruebas del ejército, concluía que prácticamente la totalidad de afroamericanos, italianos y sudamericanos podían admitir esta designación; no tomaba en cuenta, eso sí, variables como el nivel de educación o el conocimiento de la lengua, el inglés, que podían alterar el resultado de las pruebas. Goddard concluía en su obra The Kallikak que «el idiota no es nuestro principal problema. Es repugnante, pero no es probable que se reproduzca por sí mismo, así que es el tipo morón el que nos plantea los mayores problemas».Otra palabra acuñada para estos nuevos parias, fue “cacogénico”, palabra que resaltaba el hecho de que estas clases eran portadores de genes malignos y peligrosos para el desarrollo social. También Yerkes, hablaba de la poca inteligencia de la raza negra y reclamaba al congreso leyes que garantizasen que la inmigración sólo fuera del tipo “nórdico”.
En poco tiempo, el congreso dictó leyes “selectivas” de inmigración, leyes que siguen vigentes hoy en día, y uno por uno, los diferentes Estados desarrollaron de manera activa distintos programas eugenésicos. En 1924, el Congreso aprobó un decreto, que no fue alterado hasta 1991, que limitaba el número de inmigrantes basándose en una fórmula establecida en función de la proporción de inmigrantes de cada país llegados a EE.UU. Fue el comienzo de lo que más tarde marcaría el camino tanto de la democracia americana como de las europeas. El país en el que un siglo y medio antes sus fundadores habían empeñado su palabra en la defensa axiomática de que todos los hombres son iguales, asistía ahora a la constatación de que unos lo eran más que otros; pero, como no podía ser de otra forma, el fundamento para este nuevo léxico no eran las ideas tradicionalistas y religiosas europeas, que tan poco predicamento tenían entre los filósofos y políticos americanos, sino un lenguaje científico incontestable.
El biólogo Charles Davenport, uno de los difusores de Mendel en estados Unidos, fundó en 1910 en Nueva York un laboratorio destinado principalmente al estudio de la herencia humana y la eugenesia. Este laboratorio sería decisivo en el desarrollo de los proyectos eugenéticos en Estados Unidos y su libro Heredity in Relation to Eugenics, fue texto universitario durante muchos años en toda Norteamérica. El proyecto principal de Davenport era “limpiar” Estados Unidos de los tipos humanos que degradarían la especie en unas pocas generaciones. Partía de la base de que la degradación cultural, moral e intelectual, tenía un fundamento biológico; así lo puso de manifiesto en un estudio en 1929 sobre el cruce de razas en Jamaica.
La cosa no acaba aquí, ya que, si antes de la Gran Guerra ya se hacían vasectomías a deficientes mentales y enfermos, fue después de la contienda cuando los programas eugenésicos llegaron a su mayor auge. Hacia 1932 ya se había esterilizado a lo largo de treinta Estados, especialmente en California, a más de docemil personas. La razón más común para justificar la esterilización era la debilidad mental, pero el rango abarcaba otros “problemas” como podían ser el alcoholismo, la prostitución, las condenas por violación o la “degradación moral”. Hasta tal punto se había asumido este estado de cosas que Oliver Wendell Holmes, un magistrado de los denominados “progresistas” por tomar en cuenta las aportaciones de expertos y científicos en los juicios, afirmaba que «En lugar de esperar a tener que ejecutar a los descendientes de los degenerados por sus crímenes o  dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, sería mejor para todo el mundo que la sociedad evitara que los incapaces perpetuaran su linaje... Tres generaciones de imbéciles son suficientes».
No se puede negar, por tanto, que entre 1910 y 1940 el discurso racista que luego se achacará en exclusiva a los movimientos ultranacionalistas y totalitarios europeos, era moneda de cambio en norteamérica, la tierra de la democracia. Fue allí donde se desarrolló el léxico y los argumentos necesarios para dotarlo de potencia dialéctica, convirtiéndolo en una poderosa visión científica del mundo y fue allí donde primeramente se trató de planificar socialmente la sociedad atendiendo a criterios científicos y biológicos. Sin embargo fue en Alemania donde tomó unas dimensiones más monstruosas: hacia 1936 las leyes eugenésicas que Hitler dictó inspiradas en las americanas, habían llevado a la completa esterilización a más de un cuarto de millón de personas. 

Cabe preguntarse la razón de que fuera en Alemania y no en Estados Unidos, donde este discurso tuviera su realización más procaz. El antisemitismo y muchos otros "anti", no eran una novedad en el viejo continente, sino que llevaba siglos arrastrando discursos de rechazo a buena parte de la población. Sin embargo, estos discursos se hacían desde un léxico y unos argumentos anclados en la tradición y la historia más remota. Los discursos de rechazo de los judíos, por ejemplo, tomaban cuerpo en la historia bíblica cristiana, en elementos de tipo cultural fundamentalmente. Y Europa llevaba ya años desvalorizando el discurso religioso en la actividad de numerosos intelectuales. Empezaba a ser un habla vacía de contenido apelar a la responsabilidad del pueblo judío en la crucifixión del redentor para justificar el rechazo. El discurso científico, por tanto, encontraba aquí una predisposición perfecta para germinar; algo similar ocurrió cuando los agricultores se vieron en la posibilidad de sustituir la hoz y el trillo por las cosechadoras. Estas nuevas palabras permitían hacer lo que ya se hacía, pero más eficazmente, de forma incontestable. 
No obstante, este rápido crecimiento del discurso científico-racista no explica sus brutales consecuencias. Éstas hay que ir a buscarlas en lo político. No es que los alemanes fueran "genéticamente" más racistas o más cientificistas que los americanos o los ingleses. Ocurrió, más bien, que fue en Alemania donde ese discurso no encontró resistencia alguna para expresarse de la peor manera, debido a la propia estructura política del Reig alemán. En Alemania, gracias al modelo de estado, la aplicación de tales leyes tuvo menos trabas y pudo hacerse de un modo más sistemático, más eficaz; las autoridades nazis encontraron pocas resistencias a homogeneizar unas leyes racistas brutales. Y no porque los alemanes aceptasen de mejor grado el racismo biológico, sino porque aceptaban de mejor grado, eso sí, que la ley la dicta el poder y la acata el pueblo. En Estados Unidos la existencia de una burocracia más heterogénea, de distintas administraciones competentes a la hora de dictar leyes,  de distintos tribunales de justicia que unas veces corroboraban las leyes y otras las rechazaban, y en general la atomización del poder entre estados, municipios y administraciones, frenó burocraticamente una aplicación sistemática de la eugenesia y de otras leyes racistas. Pero no ocurrió  lo mismo, por ejemplo, con las leyes de inmigración que, por ser competencia de una única administración, el Congreso, fueron muy efectivas impidiendo la entrada en América de razas plagadas de “morones” y “cacogénicos”.
La eugenesia fue abandonada en Estados Unidos sólo cuando se descubrieron los horrores de los programas nazis en los campos de concentración, tras la guerra, y se identificó este léxico racista y estas prácticas con el nacionalismo alemán y en general europeo, pues era el discurso de los perdedores. Pero cabe suponer que si Estados Unidos no hubiera entrado en guerra con Alemania, convirtiéndose en enemigos, tales prácticas no hubieran sido satanizadas y rechazadas. El juicio de la historia ha querido que el racismo científico y la eugenesia sea el patrimonio intelectual de los totalitarismos como en nazismo alemán y sin embargo no es del todo cierto: fue gestado y aplicado en una sociedad democrática, considerándose como un discurso y un método perfectamente racional y justificable.
Es más, por ser la democracia un sistema político altamente sensible al discurso científico-racional, es la más expuesta a que los avatares científicos influyan de manera más notable en sus políticas, lo que no ocurre con sistemas políticos más vertidos hacia lo tradicional, en los que “lo nuevo” tiene un alcance menor. Por eso, siguiendo las palabras de Rorty, no hay ninguna razón para que un nazi, por ejemplo, pudiera considerarse a sí mismo un demócrata convencido. La clave no está, por tanto, en las ideologías, sino en algo mucho más pragmático: el control o descontrol por parte del estado de las distintas estructuras de procesamiento de la información. El estado nazi tuvo capacidad para llevar a cabo de forma rápida y sencilla un gigantesco programa eugenésico consistente en la erradicación de una “raza” del suelo germano; los diferentes estados americanos tuvieron más dificultad y menos medios para llevar a cabo este tipo de programas.