Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

sábado, 1 de junio de 2019

Trabajadores del mundo uníos.
Eduardo Abril


Sobradamente conocido es el relato que Freud describe en Totem y Tabú para dar cuenta del origen de la sociedad: en el comienzo, en las más primitivas agrupaciones humanas, la estructura social naciente era violenta y brutal. Un jefe único, padre de la Orda primitiva, acumulaba para sí todos los privilegios, especialmente el acceso al disfrute de las mujeres y dejaba para la comunidad de los hijos a penas unas migajas. Hartos de esta situación los hijos dominados se unen y asesinan al padre primordial, abriéndose a sí mismos el disfrute ilimitado de los bienes y las mujeres que, hasta entonces les estaba prohibido, pues constituía un espacio privado del brutal progenitor. El caso es que, sin embargo, esa fantasía de goce ilimitado por parte de los hijos se ve nuevamente impedida por otra fantasía aún más poderosa: el sentimiento de culpa por el crimen cometido les lleva a imaginar en todas partes la presencia espiritual del padre y su retorno con la amenaza de una brutal venganza. De este modo, el padre físico, una vez asesinado, se convierte en la ley interna dentro de cada uno de los hijos, que les conduce a la autolimitación. Así, en la comunidad, el acceso ilimitado al disfrute de las mujeres y de la violencia, los placeres del antiguo padre, quedan prohibidos. 
El reproche habitual al relato freudiano también es de sobra conocido: en nada se parece a los hechos que el registro histórico y antropológico ofrecen, no va más allá de ser “otra” fantasía freudiana sin demasiado fundamento. En lugar de discutir la fidelidad o lejanía del relato freudiano de los datos históricos, merece la pena que nos tomemos el reproche en serio y consideremos el “cuento” freudiano como una fantasía, pero no de Freud, sino de las sociedades modernas contemporáneas. Esto es precisamente lo que nos pide Žižek cuando se pregunta «¿qué pasaría si inter­pretamos la dualidad del padre «normal» y del padre primordial, con acceso ilimi­tado al disfrute incestuoso, no como un hecho sobre los albores de la humanidad, sino como un hecho libidinal, un hecho sobre la «realidad psíquica» que acompaña a la «normal» autoridad paternal como su obscena sombra, que prospera en las turbias profundidades de las fantasías inconscientes?»[1]. Dicho de otro modo, ¿y si pensamos que la fantasía del acceso ilimitado al goce es el reverso de la autoridad normal que nos pide cumplir con la ley? Žižek pone como ejemplo el «Caso Fritzl», el famoso «Monstruo de Amstetten», quien durante años mantuvo cautivos a sus hijos en el sótano de su casa abusando sexualmente de ellos. Lo llamativo del caso es que el tal Fritzl no se pensaba a sí mismo como un monstruo inhumano y cruel, sino que estaba convencido de estar cumpliendo con su responsabilidad de padre amoroso y protector: durante la mayoría del tiempo era dulce y cariñoso, veía la televisión con sus hijos, jugaba con ellos, comían todos juntos la comida que la abnegada madre cocinaba. Su cautiverio estaba justificado a través de su papel de protector: lo que quería era protegerlos del horror del mundo, de las drogas, del sexo sucio y carente de sentimientos de los adolescentes, de la violencia, etc. Este papel de padre abnegado se completaba con el derecho a disfrutar sexualmente de sus hijos en compensación por su estricto cumplimiento de su deber. De algún modo, Fritzl había conseguido realizar en la vieja casa familiar de Amstetten los dos respectos de la autoridad paterna: el respeto y cumplimiento con la ley superyoica que le impone la abnegación

Sin embargo, en este caso hay algo que no parece coincidir con el relato freudiano. Para Freud, la ley introyectada en el sujeto como resultado del crimen (imaginario) del padre primordial funciona como prohibición del acceso real al goce ilimitado de la violencia y las mujeres. La represión de ese deseo y su relegación al estatus puramente fantasmático permite la instauración de una «paternidad normal» o, si se quiere, de un sujeto capaz de formar parte de una comunidad, puesto que no antepone el goce ilimitado absoluto al vínculo social. De hecho, el vínculo social se sustenta sobre la prohibición comunitaria de determinados objetos (no matar, no violar, no al incesto). En cambio en Fritzl esa estructura parece funcionar al revés: es precisamente la aceptación de la ley superyoica del deber lo que le da permiso para el incesto, la violencia y la violación. El mismo Fritzl afirmaba orgulloso: «Si no hubiera sido por mí, Kerstin no estaría viva hoy. No soy un monstruo. Les podía haber matado a todos. Entonces no hubiera quedado nin­gún rastro, nadie me hubiera descubierto». De algún modo la ley paterna, en el caso de Fritlz no prohibía el acceso al goce ilimitado, más bien lo autorizaba.

Para comprender esta mutación merece la pena completar el relato freudiano con la comprensión que hace Lacan de la ley paterna superyoica. La idea de Lacan es que en la sociedad contemporánea el Superyó ha dejado de ser la instancia moral que introduce el límite a través de la prohibición. El Superyó es, por el contrario, la instancia que nos obliga a gozar: «El derecho, no es el deber. Nada fuerza a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó, es el imperativo del goce: ¡goza!»[2]. Inevitablemente aquí tenemos que comprender esta idea lacaniana con esta posmodernidad liquida a la que Marx apuntaba cuando avisaba del efecto disolvente de la lógica capitalista. En el posmoderno mundo de la globalización ninguna ley es suficientemente eficaz como límite de contención frente al brutal mundo primigenio del goce y la violencia oceánica, puesto que es la misma ley la que obliga a gozar. Esta inversión del padre–ley que prohíbe, al padre–ley que nos interpela en nuestro disfrute, une el Prefacio de la Constitución de los Estados Unidos, donde no es la justicia a lo que los hombres tienen derecho por naturaleza, sino a la felicidad, con el grito liberador de los estudiantes de Mayo del 68 que en un acto tan poco subversivo como desesperado gritaban «¡la imaginación al poder!». Entre el derecho a la felicidad y el derecho a realizar y empoderar la propia imaginación está Joseph Fritz que consecuentemente y obedientemente se procura, sin remordimiento, el espacio privado de su imaginación en ese “feliz” sótano de la casa de Amstetten.

Volviendo a la obra freudiana, también podemos preguntarnos ¿qué fue de los hijos?. Fritzl encarna a la perfección la fantasía paterna del Padre primigenio con su asfixiante mundo cerrado de goce privado, ¿pero qué hay de la comunidad? ¿qué decir de los hermanos? El relato freudiano nos decía que la comunidad se fundaba en el asesinato del padre físico y el establecimiento de la prohibición del goce absoluto. ¿Pero qué ocurre cuando esta prohibición ha sido sustituida por la obligatoriedad de ese goce? ¿no estamos asistiendo en este mundo globalizado también al empoderamiento de las fantasías colectivas? Los hermanos del relato freudiano, la comunidad de iguales, fantasea con tener para sí el acceso a la violencia y a las mujeres reservado para el brutal padre, y es por eso que se produce el parricidio imaginario. Tras el crimen la culpa y la fantasía del padre muerto instaura la ley–prohibición. Pero ¿y si no hubiera tal prohibición sino que la ley que se instaura es la de «ahora estás autorizado a tu goce brutal»?, ¿no es este goce colectivo, ritualizado, afincado en la camaradería de los iguales, lo que encontramos en fenómenos como «las manadas» o «la trabajadora de Iveco»? Tales fenómenos ponen de relieve que la prohibición del goce ya no está vigente, que lo que ahora impera es la ley del goce absoluto e ilimitado. Lo que se ha democratizado es el derecho absoluto a la violencia y a la violación, ya sea en un espacio privado como en un ritual colectivo. Tanto el padre como los hijos, ahora sí, tienen derecho al goce, pero a la vez, sin la exclusión de uno y los otros. Es decir, con la ley capitalista del goce en el que «cada uno» tiene derecho a ser feliz y cumplir sus fantasías, lo que ocurre es que se pone de manifiesto que el goce del padre y el goce de la Orda de los hijos queda completamente autorizado. Por eso, cuando el torero Fran Rivera asegura, refiriéndose al ritual “masculino” de compartir gozosamente contenidos sexuales que objetualizan a las mujeres, en este caso una propia compañera de trabajo, que «Los hombres no somos capaces de tener un vídeo así y no enseñarlo» ¿no está siendo absolutamente sincero apuntando al núcleo mismo de la ley de la camaradería masculina? ¿no hay una verdad a la vista de todos ahí? Para comprenderlo podemos imaginar que lo sucedido en Iveco hubiera sido sensiblemente distinto: imaginemos que el vídeo que los trabajadores de esta empresa compartían no fuera el de una trabajadora–compañera, sino de alguno de sus hijos. Un video de contenido sexual de un niño convierte a cualquiera que lo posea, lo disfrute o lo comparta, performativamente en un monstruo pederasta, un desalmado, un perturbado. Y pese a todo, ese vídeo hubiera terminado en la mayoría de los móviles de trabajadores de esa empresa (podemos imaginar que hubiera tenido la misma difusión que el vídeo de Verónica). Si fuera sí estaríamos ahora perplejos, preguntándonos: «¿pero qué les pasa a esa gente? ¿acaso son unos perturbados sin conciencia?». ¿Y si eso mismo ocurriera (como ocurre con miles de Verónicas) en institutos, colegios, empresas, grupos de amigos, etc.? ¿No pensaríamos que hay algo enfermo, una verdad terrible a la vista de todos, que atraviesa y vertebra esa camaradería masculina? Puede ser que se me diga que no es el mismo caso, que estiro el ejemplo, que no se puede comparar un niño indefenso con la compañera de trabajo con la que todos los días te tomas un café, con quien te diviertes en las cenas de empresa, con quien haces chistes, confiesas un problema o criticas al jefe. Puede ser sí. Pero también puede ser que la diferencia sea que en este caso dispones de una fantasía “humana” (tomar un café con ella, ser amable en el ascensor, confesarle una insatisfacción) que te permite conservar una identidad suficientemente aceptable como para no ver un monstruo en el espejo. Exactamente lo mismo que percibía Josef Fritzl cuando comía feliz con sus hijos en la mesa familiar, jugaba con ellos o veían cine todos juntos. En este caso, como en los otros, es pertinente que nos preguntemos qué es lo Real y qué lo fantasmático: la ley del Goce ilimitado que te empuja a cometer una violación junto a tus “amigos”, a compartir el vídeo de una compañera de trabajo o de una expareja, o la identidad que recubre por fuera todos esos actos y permite verte como un amigo, un padre amoroso o un buen compañero.

Marx sabía que si queremos conocer cuáles son las verdaderas relaciones sociales entre los hombres no debemos fijarnos en los vínculos que parecen representar abiertamente en sus trabajos, las llamadas relaciones sociales de producción pues allí no veremos nada: lo que encontraremos es un mundo de hombres libres con sus intereses particulares y necesidades sociales entregados a unas prácticas que aparentemente generan el mundo social en el que viven. Si queremos ver realmente en qué consisten estas relaciones, entonces tenemos que fijarnos en sus fetiches (la mercancía), sus fantasías, y cómo estas regulan los verdaderos vínculos sociales. De este modo, los hombres se relacionen libremente entre sí en base a la identidad social que poseen (el trabajador vende su fuerza de trabajo y el empresario la compra) y, sin embargo, al mismo tiempo en el nivel de sus fantasías–fetiches se comportan como autómatas ciegos que responden el mandato simbólico de la ley constituyendo las verdaderas relaciones sociales, en este caso: ¡goza por encima de todas los límites! Ahí es donde podemos comprender, a la vista de todos, la lógica inexorable del capitalismo y cómo el «Caso Iveco» nos permite poner a la vista las verdaderas relaciones existentes entre los trabajadores de una fábrica. Las fantasía que les constituye ahora como colectivo está lejos ya de la proclama marxista «¡proletarios del mundo uníos!» para derribar los muros de la opresión y construir un régimen de justicia. La llamada marxista en el Manifiesto comunista, es verdad, no pasa de ser una fantasía igualitaria imposible y como tal es denunciada constantemente por el ideario liberal: el comunismo no es más que una fantasía que cuando se hace Real muestra su verdadero secreto: pobreza y dominación. No lo voy a discutir eso, pero convendría también fijarse en esta otra fantasía, mucho más efectiva, y verdaderamente performativa que funciona en la constitución de colectivos (manadas). El imperativo de goce que impone el capitalismo, también es una fantasía que cuando se hace Real revela su secreto: violencia contra la mujer y dominación de los trabajadores a través de una ley que enuncia con sincera claridad el torero: «es que no pueden no hacerlo».

[1] Slavoj Žižek, Viviendo el final de los tiempos, trad. Jose María Amoroto (Madrid: Akal, 2012), p. 327.
[2] Jacques Lacan, El Seminario. Libro 20. Aún (Buenos Aires: Paidós, 1981). P. 11