Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 13 de marzo de 2020

La mano que da.
Óscar Sánchez Vega

En este extraño día recuerdo una idea que lanzaba Peter Sloterdijk en 2010 en el libro La mano que toma y el lado que da, que está compilado y publicado en español con el título: Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana (Siruela, 2014). Allí defiende Sloterdijk una propuesta que no comparto: la necesidad de avanzar hacia una fiscalidad voluntaria como medio para revivificar la condición de ciudadano. Sin embargo la reflexión antropológica que subyace a tal propuesta creo que merece ser pensada de nuevo en estos aciagos días.

Sloterdijk critica las éticas que descansan en una concepción de ser humano que parte de Hobbes. Según el filósofo inglés básicamente somos seres codiciosos a los que solo el temor convierte en buenos ciudadanos. Debemos de reconocer que Hobbes no está del todo desencaminado pero, afortunadamente, no somos solo eso, somos algo más. Platón había destacado que la caracterización del alma humana como un campo de batalla entre la razón por un lado y los apetitos o deseos por el otro es del todo insuficiente. No se comprende al Hombre al margen del thymos, parte irascible del alma, allí donde anidan las pasiones nobles: el honor, el valor, el orgullo, etc. El ser humano, dice Sloterdijk se mueve en base a deseos, a instintos eróticos que le empujan a la apropiación, pero también posee una fuerza timótica que le capacita para la donación. Es naturalmente esta parte que la debe ser estimulada si aspiramos a un mundo mejor. Frente al intercambio liberal cabe oponer la virtud de la generosidad que consiste en dar sin estar obligado a ello; dar, no con la esperanza de recibir, sino con la alegría de vivir.

Esta ética del dar que propone Sloterdijk precisa de algo que no debería ser difícil de conseguir pues es una tendencia natural y espontánea en el ser humano: la vida en comunidad. Solo en el seno de una comunidad puede el hombre ejercer su lado timótico y realizarse plenamente. Y si hoy el ciudadano está acongojado, lleno de complejos y aplastado por todo tipo de trastornos psicológicos es, en buena medida porque no vive inserto en una verdadera comunidad política. El Estado liberal nos ha convertido en consumidores satisfechos empeñados en la imposible tarea de dar satisfacción a todos los deseos, volcados hacia la vida privada e inhabilitados para la generosidad.

Pero la llama del thymos no está extinguida del todo... no puede estarlo. Solo es preciso soplar para recuperar el orgullo y la valentía de los dadores libres. En esta sociedad en la que el ciudadano es cada vez más invisible para el Estado es necesario reivindicar el thymos. Dar y sentirse orgulloso de ello nos hace felices. En el fondo se trata, como en Nietzsche, de sustituir una moral de plebeyos por otra aristocrática, se trata de mantener con vida “el potencial utópico de la forma de vida llamada democracia” frente al aletargamiento la resignación que domina la vida en las sociedades capitalistas.

Sirva lo anterior como marco teórico para lo siguiente: a día de hoy (13 de Marzo de 2020) se han suspendido las clases en Asturias como consecuencia de la expansión del coronavirus. La Consejera de Educación ha tenido a bien decidir que es necesario obligar a los profesores a que acudan a su centro de trabajo, a pesar de que no hay alumnos, para que sigan cumpliendo con su obligación. El amo naturalmente desconfía de la buena voluntad de los esclavos. El mismo día escucho a los compañeros funcionarios de la sanidad pública que están desbordados de trabajo y necesitan refuerzos, no solo para tareas estrictamente sanitarias sino también para otro tipo trabajos. La solución no es naturalmente que el amo mande a los esclavos docentes a las minas de sal de los hospitales. Sería el primero en negarme a tal abuso. La cuestión es otra. Me gustaría servir a una Administración que, ante una situación como la que estamos viviendo, en primer lugar confíe en sus funcionarios para sacar adelante su trabajo: no preciso ser amenazado para estar en contacto con mis alumnos y ayudarlos en todo lo que pueda; y, en segundo lugar, confíe en los ciudadanos, en la fuerza timótica de la gente. Las próximas semanas no necesito trabajar ocho horas diarias para llevar al día el trabajo docente; me gustaría ayudar más, me gustaría colaborar como voluntario y ayudar en lo posible a los compañeros de la sanidad pública. Estoy convencido que si abrieran esa posibilidad se sorprenderían con la respuesta. Pero es algo que no cabe en sus cabezas. Si acaso el amo cavila como someter más al esclavo. Y así no.

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