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miércoles, 5 de enero de 2022

Sí, «no mires arriba», pero por los motivos correctos.
Eduardo Abril

[contiene Spoiler]
En estos días todo el mundo habla de la última película de McKay, un director reconocido por el contenido político de algunos de sus trabajos (The big Short, Vice, The campaign). Su última película, No mires arriba, parece sin duda, una apuesta por la crítica total de la sociedad contemporánea americana, tanto en su dimensión política como económica y social. Sin embargo, esto es así únicamente en apariencia. 
 La interpretación estándar de la película se presenta como una crítica a la marcha enloquecida del capitalismo, frente a la que parece que no es posible actuar. No hay que hacer ningún ejercicio de comprensión para llegar a esto, pues la película no oculta nada, sino que todo lo que muestra, lo hace desde una simplificación tan exagerada como seguramente eficaz. La descripción de la capitalista sociedad americana es tan burda como fácil de reconocer en sus referencias reales (Trump, la Fox, Mark Zukerberg, Bill Gates etc.). La película transcurre a través de tres ámbitos perfectamente identificados del capitalismo contemporáneo: el poder, los medios de comunicación y las multinacionales. Meryl Streep representa el poder a través de una presidenta de los Estados Unidos con aire trumpista (con el añadido políticamente correcto de que sea mujer, tal vez un guiño al espantajo de Hilary), incapaz de atender los asuntos que requieren de su cargo, preocupada ridículamente por su popularidad y haciendo caso omiso al inminente fin del mundo. Los medios de comunicación aparecen como la frívola e impostada correa de transmisión de las fake news, personificados por Cate Blanchet maquillada de forma que parece un maniquí, lo que subraya su función «fake», y tan preocupados por dar un espectáculo correcto, que evitan una y otra vez el impacto con la realidad. Y por último, un poder económico, encarnado en un estúpido gurú de las finanzas con problemas de autismo (Mark Rylance), mezcla de Steve Jobs, Mark Zukerberg y Bill Gates, y que no esconde que detrás de su relato cándido, típico de la espiritualidad new age, únicamente pretende ganar dinero. Los tres ámbitos de la sociedad capitalista, rodados cámara al hombro, lo que le confiere ridículamente un aspecto de reality, no esconden su apariencia chirigotera, como si se tratase de una fantasía que no oculta su carácter onírico. 
 Frente a este mundo enloquecido y falsificado, como si se tratase de dos extraterrestres que son incapaces de entender a los terrícolas, y como si ellos mismos no hubieran vivido durante toda su vida en esa perfecta y chapucera arcadia capitalista, se sitúan los dos científicos, adalides del sentido común. Uno se pregunta por qué ellos se han librado de tanta estupidez, por qué, tras el descubrimiento de la amenaza del final, no han sucumbido al ritmo acelerado del capitalismo, como los demás. En lugar de eso, los personajes se comportan como histéricos obsesionados por demostrarle a todos que el emperador está desnudo (sabido es que la histeria consiste en realizarle al otro una demanda imposible de cumplir y así mostrar que el otro es impotente). Si no fueran extraterrestres, seguramente Dibiasky, el personaje que interpreta Jennifer Laurence, en lugar de entrar primero en pánico, después en enfado y por último en aceptación (las tres fases del duelo políticamente correcto), hubiera posteado en sus redes sociales el descubrimiento y hubiera explotado gozosamente los millones de «likes» que le proporcionaría el hecho de que el cometa llevase su nombre. Por su parte, el Doctor Mindy, habría utilizado su fama de hombre docto y atractivo para convertirse en una estrella académica y mediática, algo que durante breves momentos parece que va a ser así. Pero en lugar de eso, ambos personajes, se pasan la película luchando contra la «máquina sorda» del capitalismo, intentando echar el freno al enloquecido avance de su funcionamiento psicótico. En realidad esto no es nuevo, sino que es un esquema que repiten todas las películas de catástrofes basadas en una amenaza «externa», desde Tiburón a Titanic, pasando por Alien o Dante's Peak. El «tipo ideal» estaría representado por el Jefe Brody en Tiburón, el policía que avisa a los mandamases de la comunidad del peligro real que entraña la presencia del pez en las costas de la localidad. Éstos, por supuesto, preocupados por dejar de ganar dinero en el comienzo de la temporada estival, desoyen la advertencia y se produce el desastre. La diferencia estaría, no obstante, en que en No mires arriba, estos mandamases se presentan sin tapujos como ridículas muecas de lo que son los poderes fácticos en otras películas. Podría decirse que el contenido es el mismo, pero la forma lo cambia todo. 
 Por esto mismo, lo más sorprendente de la película es lo poco sorprendente que resulta el final. No se vence la amenaza y retorna el sentido común, se produce la catástrofe y, aún así, no nos sorprende: los dos científicos fracasan en hacerse oír, no porque no tengan la verdad de su lado o porque les haya faltado empeño, sino porque el mundo que les rodea es completamente impermeable al cambio. ¿Tal vez Hollywood ha dejado de producir «ideología» y ahora hace cine realista? En absoluto: la prueba está, de nuevo, en la forma ridícula en que se presenta el poder. La crítica es tan evidente y la solución tan edificante, que es precisamente su naturalidad lo que hace trampas. La ideología no está del lado de los ridículos «representantes» del capitalismo, sino del lado de la posición que parece ser la correcta: la posición histérica que anticipa el apocalipsis y demanda actuar ya y actuar deprisa. La repetición de ese mantra al que asistimos cada vez que hay una cumbre del clima: «es hora de actuar, tal vez esta sea la última oportunidad», sabiendo que dos años después tendremos de nuevo una «última oportunidad». El llamamiento funciona como mecanismo de disparo de una economía de guerra, porque el capitalismo es principalmente eso, una economía de guerra: está obligado a realizar nuevas conquistas, abrir nuevos espacios que permitan mercantilizar lo que aún no se compra y se vende. Por eso necesita de la urgencia de un tiempo acelerado y de la amenaza de un enemigo para movilizar a unos individuos que, de otro modo, igual se tiraban al sol a ver pasar las horas. De ahí que la posición de esa urgencia sea precisamente la de Dibiasky y Mindy. Al fin y al cabo, la película no esconde el goce de esa posición y, además, añade un poderosísimo fetiche: después de un duro día de lucha anticapitalista, autocomplacidos por la sensación de haber cumplido con el deber y estar en el lado correcto de la historia, siempre podemos volver a casa y disfrutar del calor humano mientras se retrasa el apocalipsis (la película elige ese fetiche, pero hay muchos otros: uno puede retirarse a la naturaleza en una casa de campo, o hacer girar su vida alrededor de productos orgánicos y terapias espirituales, o hacer meditación y yoga, o recuperar la religión de los abuelos o hacerse evangélico, o beber cervezas artesanales con amigos que se visten como leñadores, etc.). Por eso la película nos regala ese momento edificante destinado a hacer surgir la reconciliación con nosotros mismos: Dibiasky y Mindy, tras su experiencia pseudorevolucionaria, se marchan a casa, a disfrutar del tiempo que les queda mediante las «profundas» relaciones humanas: la desengañada Dibiasky descubre el amor sincero y honesto de un joven skater; y el profesor Mindy, regresa con su familia recuperando el vínculo indeleble con su mujer y sus hijos. 
 Pero frente a este falso apocalipticismo hay otra posibilidad, como ha señalado Slavoj Žižek. Con él, podemos decir que «sí, por supuesto, se producirá una catástrofe, pero vigilemos con paciencia, no creamos en ello, no nos dejemos atrapar por extrapolaciones precipitadas, no nos entreguemos al placer realmente perverso de pensar «¡Ha llegado el momento!» en todas sus diversas formas (el calentamiento global nos hará perecer ahogados dentro de diez años, la biogenética acabará con el ser humano, etcétera). En lugar de llevarnos a un éxtasis autodestructivo, adoptar la postura apocalíptica apropiada es, hoy más que nunca, el único modo de mantener la calma». Y esa actitud apocalíptica adecuada la encontramos en otra película que es extrañamente paralela a No mires arriba, la del director de cine Dogma Lars Von Trier, Melancolía. También cuenta la historia de un apocalipsis, la del choque de un planeta contra la tierra que acabará con la vida humana (y no humana). Pero aquí el personaje principal, Claire, no encarna esta posición histérica de demanda al otro que evite el temible final, como Dibiasky y Mindy, sino más bien la del melancólico que sabe desde el comienzo que todo está perdido. Se trata de una posición que no demanda al otro porque el Otro ya ha sido completamente destituido o, dicho de otro modo: no le pide al capitalismo que nos salve del capitalismo. El cambio de acento es importante: la película de McKay insiste una y otra vez que la amenaza es el cometa y no podemos hacerle frente porque el sistema nos hace sordos (a casi todos, a los elegidos Dibiasky y Mindy, no). La película de Von Trier pone el peso en el hecho de que la catástrofe es algo que ya ha ocurrido al principio (mediante la escenificación del derrumbe de Claire frente a su propia vida). En otras palabras, si leemos la película de McKay con los ojos de Claire, el apocalipsis no es la llegada del cometa, sino el mismo capitalismo. Por eso, tal como nos pide Žižek, no se trata de elaborar respuestas que eviten un apocalipsis (una revelación) que ya ha sucedido, sino mas bien, tal como hace Claire, inventar nuevos modos de habitar en medio de esta catástrofe, pero esto igual ya no es tan «capitalista», camaradas (esta última frase leerla con acento ruso). 
 Así que sí, no mires arriba, pero sin distancia irónica y por los motivos correctos.

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