Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 31 de diciembre de 2010

Sobre la ideología en Marx (I)
Borja Lucena


La teoría de Marx sobre la ideología ha sido sucintamente expresada en una fórmula compacta, precisa y comprensible: la ideología es falsa conciencia. Sin embargo, encuentro algún problema a la hora de aceptarla sin más. La primera de ellas es que, en mis lecturas de las obras de Marx aún no he encontrado dicha expresión. Seguiré buscando. Además, como toda fórmula, bajo esa primera presentación tan plausible se esconde un no se qué que me hace complicado saber en qué consiste exactamente tener falsa conciencia. ¿Qué significa? ¿En qué sentido la conciencia puede ser falsa? ¿Por serlo ella misma? ¿Por representar la realidad de modo inadecuado? ¿Es falsa la conciencia o su representación? En lo que sigue intentaré, prescindiendo de fórmulas, aclararme alguno de los aspectos que me pueda hacer más comprensible qué es la ideología según el judío alemán.

No encuentro mejor comienzo a mi propósito que tratar de localizar qué piensa Marx cuando habla de "conciencia", de "ideas" o de "pensamiento". Según una célebre aseveración, Marx estableció que la conciencia está determinada por el ser. La conciencia surge, según esto, como modo de respuesta ante el ser material y social, lo que quiere decir que, después de haber sido contemplados en la tradición anterior como lo substantivo en el hombre, la conciencia y el pensamiento son desplazados al lugar de mero predicado -entre otros predicados- atribuible al ser vivo material que llamamos "hombre".
La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es un proceso de vida real.
Caracterizar al hombre por su pensamiento es, según Marx, un equívoco, porque el pensamiento se genera en - y subordina a- la vida concreta y física. La realidad del ser humano es su vida como tal, y lo que lo distingue del resto de los animales no es el ser capaz de pensamiento acerca de lo circundante, sino estar situado en una posición peculiar y excéntrica -desde la perspectiva del animal- con respecto a ello: el hombre es el animal que, a diferencia del resto, no se limita a hallar unas condiciones materiales de vida, sino que las produce; no encuentra un mundo, sino que lo construye; no se encuentra en el mundo, sino que se produce a sí mismo al construir un mundo en que acogerse.
Lo que son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que producen como con el modo cómo lo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción.
LA IDEOLOGÍA ALEMANA
Antes que por su pensamiento, el hombre se singulariza por la producción material de sus propias condiciones de vida, y, a través de ella, por la producción de su propia vida. El hombre es el ser que se hace a sí mismo, y, ante esto, el concebirlo como ser que piensa es para Marx de una indeterminación y abstracción considerables. El hombre es, antes que cualquier otra cosa, productor, demiurgo. La distancia abierta aquí con respecto a anteriores concepciones de lo humano fue notable, y sus resonancias en la posteridad serían abrumadoras: El hombre es por sí mismo trabajador, y su actividad específica es la toma del mundo como material de trabajo con el que construir la obra del hombre, la realidad perfectamente ajustada a las exigencias de lo humano.
Dificultad: El hombre produce su mundo a través del trabajo sobre la materia existente. No obstante, el hombre es hecho, es modelado y conformado, por la disposición de sus condiciones materiales de existencia y de producción. El mundo, en este sentido, hace al hombre, detalla su consistencia genérica e individual. ¿Cómo escapar a este círculo? ¿Dónde hallar principio? ¿Qué es lo productor y qué lo producido?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Verdad y Mentira.
Borja Lucena

Uno de los asuntos que más nos han ocupado últimamente, casi como una obsesión repetida, ha sido el de la posibilidad y consistencia de la verdad. Yo he defendido que lo verdadero es un horizonte que permite ofrecer dirección y sentido al pensamiento, un horizonte sin el cual se me antoja que la mente se escurre ingrávida como un fluido sin color ni forma; además, también he defendido que una dimensión permanente de la sensibilidad y el pensamiento es la de alcanzar las cosas, los hechos, las acciones y sucesos que jalonan el marco mundano en el que habitamos; no sé si fatalidad o liberación, pero creo que contamos con el poder, incierto y a menudo desdibujado, de desvelar lo que existe -lo que quiere decir: interpretarlo- y nos acompaña en nuestro deambular. Aun así, es tangible la fragilidad de ése nuestro poder, y nuestra torpeza para acertar en su uso. Tenemos el poder de lo verdadero, pero la mayor parte de las veces somos incapaces de distinguirlo del deseo o la vanidad de fijar una verdad. Esto último, además, suele estar presente tanto en los que afirman como los que niegan que haya algo así como verdad.

Defiendo que sin apertura a las cosas, sin reconocimiento de hechos de magnífica otredad con respecto al yo, el pensamiento ceja en un empeño fundamental: el de dar y darse cuenta del mundo. Es cierto que el asunto es de una complejidad endemoniada, y es cierto que nuestros intentos, al final, se convertirán en vanos, pero creo que mi idea de la verdad cuenta, al menos, con algunos apoyos sin los cuales se me haría difícil simplemente hablar:

En primer lugar, no me parece que la existencia de hechos sean en sí misma opinable; podemos reconocerlos o no, y podemos ofrecerles interpretaciones diversas, pero pasan cosas, hay sucesos y sucederes, acciones y palabras que, sin más, ocurren. Por otro lado, no creo que los hechos sean insignificantes o superfluos respecto al lenguaje, ya que lo que hablamos nace y adquiere consistencia porque algo ocurrió.

Lo anterior no quiere decir que lo verdadero sea simple, o unívoco; evidentemente, hablamos de la verdad de muchas formas, y sería absurdo suponer que toda verdad consiste meramente en adecuar el pensamiento a una cosa. Junto a la apertura a los hechos del mundo, existe una apertura a los hechos y acciones humanas que no consiste en señalar un objeto al que adherirse como guía de lo verdadero. El mundo de los asuntos humanos consiste en deseos, consiste en intereses y realidades de luz y sombra que no se reducen a la piedra de toque de la representación ajustada. Para ofrecer un concepto plausible de verdad, sería necesario contar con que existe una diversidad radical de hechos que no pueden ser encerrados en una clase homogénea. La existencia del mundo y lo que en él acaece, no obstante, sigue siendo el gran desencadenante.

En segundo lugar, sólo la asunción de que nos entienden nos conduce al habla. Todo diálogo, toda conversación banal se asienta en la presunción de compartir un mundo y unos hechos que en él se dan. Incluso cuando la conversación no trata hechos. Sin existencia compartida no hay lugar para el lenguaje. Hablar significa participar en verdades que se dan en el lenguaje y en él se reconocen de una u otra forma. Mostrar no quiere decir señalar, sino dar y pedir comprensión acerca de. La primera regla del diálogo es que haya algo acerca de lo que hablar, algo que, a la vez, se alcanza y se mantiene siempre inalcanzable, algo que en las palabras no sólo es palabra.

En tercer lugar, más allá que algo a ser adquirido, la verdad es seguramente una suerte de compromiso ético que exige no abandonarse a la ocurrencia, no dejarse mecer en el suave viento de las primeras opiniones que uno en su cabeza encuentra. En este sentido, la realidad es regla aristocrática, el esfuerzo de someterse a un poder extraño para escapar a la complacencia y la confortable dulzura del yo. La realidad representa en el pensamiento el poder corrosivo de lo negativo, de lo que no se deja reducir a explicación. Sin su presencia, moriríamos por consunción, tornaríamos pensamiento ahogado en pensamiento. Sin un horizonte de verdad ajeno al propio deseo, ajeno a la utilidad o a la eficiencia de la convicción, ajeno al hechizo de la propia representación y a la tentación de la autorreferencia, suprimimos la posibilidad de la crítica, la posibilidad del error o la mentira; y, en este sentido, antes que la verdad, lo que sostiene cualquier conversación es la posibilidad de mentir.

Al hablar de lo verdadero se hace más urgente reafirmar que nuestro destino no es otra cosa que el fragmento. También que la razón sin ironía es una potencia terrible y profundamente antipática. Por eso traigo conmigo un fragmento de Josep Pla que me ha empujado a escribir lo anterior. Pertenece al "Cuaderno gris", si no recuerdo mal a una anotación del 10 de agosto de 1918:
El drama literario es siempre el mismo: es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Ver películas y leer libros.
Eduardo Abril

Rorty es sin duda uno de los intentos contemporáneos más serios y sugerentes de deconstrucción del conocimiento en su totalidad. Frente a la visión clásica consistente en considerar el conocimiento como una representación de la realidad, Rorty nos dice que éste consiste en la manera de adquirir hábitos para vérnoslas con el mundo. Por tanto, la cuestión de que nuestras teorías acerca de la realidad deben resultar confirmadas a través de su contrastación resulta del todo irrelevante, pasando a primer plano como criterio de elección, si es que de alguna forma puede determinarse algo así como una elección, la cuestión de qué hábitos deberíamos tener, o lo qué es lo mismo, qué tipo de seres humanos queremos ser.

La filosofía, que ha hecho pender toda la teoría del conocimiento en torno a la relación entre sujeto y objeto, cargando unas veces el peso sobre el objeto y otras veces sobre el sujeto, descubrió finalmente gracias a Wittgenstein que tal relación tiene un alcance tan limitado que imposibilita del todo la discusión en torno a los problemas que realmente aquejan al ser humano. Cambiando la relación representacional entre las palabras y las cosas por la consideración causal en la que nuestros hábitos lingüísticos están causados por el mundo, por las exigencias vitales, desaparece de un plumazo el problema de la determinación descripcional del objeto. Que hablemos de objetos nada dice de su existencia, únicamente consiste en buen hábito para vérnoslas con nuestros estímulos. Resulta innecesaria la pregunta por la verdad de nuestras representaciones o de si tal representacionalidad tiene elementos a priori, como es el caso de los valores, o a posteriori, como es el caso de los hechos. Tal pregunta es sustituida por la reflexión acerca de nuestros hábitos; no se trata de saber si la forma en la que describo el mundo y a mi mismo en ese mundo es la acertada, se trata más bien de si tengo unos buenos hábitos de vida.

Por esta razón, para Rorty es tan importante la literatura y el cine; leyendo libros y viendo películas aprendemos diferentes hábitos. Estos días volví a ver una de mis películas favoritas, Blade Runner; las palabras finales de Batty, el cruel y malvado replicante, cambian en poco más de dos minutos todo el signo de la película; con él descubrimos la sutil relación que puede haber entre el miedo a morir y ser hombre.

lunes, 15 de noviembre de 2010

De hombres, dioses y demiurgos.
Eduardo Abril Acero

Pensando en los dioses es fácil darse cuenta en qué se diferencia el de los judíos-cristianos del de los filósofos platónicos. El dios de los cristianos es todopoderoso mientras que el de los platónicos es un demiurgo incómodo y ocioso. Yaveh creó el mundo de la nada, inventó todas las cosas y todas las ideas y lo puso a funcionar. El resultado no podría ser otro que “la maravilla de la creación”, un universo perfecto y abrumador que nos hablaría del poder de Dios en cada uno de sus rincones. En cambio el Demiurgo en su sucio taller copió imperfectamente el diseño original, saliéndole como resultado un mundo imperfecto susceptible de mejora.

Considerar que el universo es una vulgar vasija de alfarero o pensar que es un lugar frente al que maravillarse, determina en buena medida nuestra disposición a estar en él. Esta es la distinción que hay entre un filósofo platónico y un teólogo cristiano:  el primero es consciente de que este mundo imperfecto debe ser transformado para acercarlo al ideal, introducir, como señala Platón en La República “armonía”, mediante “la persuasión o la fuerza”; el segundo se ve abrumado frente a la inmensidad de lo real y carece de voluntad para alterar ni una sola de las piedras que Dios colocó, con cuidado, en la creación, al principio de los tiempos. El primero se acerca al mundo con la pretensión de cambiarlo; en el segundo, la acción se limita a la contemplación de la obra de Dios y a su defensa contra cualquier adulteración. 

El filósofo es el técnico que opera y cambia; el religioso es el que espera y calla. Heidegger ya vio con toda claridad que la esencia toda del platonismo era la técnica, la transformación calculadora del mundo que no deja que las cosas sean simplemente, sino que las emplaza a ser de un modo más preciso y deseado. Occidente, desde Grecia hasta hoy,  desde Platón a Nietzsche, deviene en una desaforada pasión por el progreso, por el diseño, por la exigencia de que el futuro responda a nuestros deseos, se adecue al ideal, sea ese ideal, llegando incluso al paroxismo neurótico de creer que nuestras proyecciones son más reales que la realidad misma.

Pero este afan transformador de los hijos de Platón presenta muchas caras. Por ejemplo, la política revolucionaria marxista, en su afán transformador trata de refundar la caverna desde cero; destruir el orden de lo existente para crear, sin trabas, un nuevo comienzo, una nueva sociedad. El marxista se concibe a sí mismo como un demiurgo al comienzo de los tiempos, dispuesto a moldear la realidad conforme  a un ideal, de justicia e igualdad sí, pero también de eficacia matemática. La dialéctica marxista imagina que, puesto que el hombre es el fiel reflejo de los modos de producción, de las relaciones sociales, para construir una sociedad nueva, sin contradicciones, se trataría de diseñar esos modos de producción y esas relaciones sociales, de forma completamente nueva, de forma que las nuevas relaciones alumbraran también un nuevo hombre, una nueva sociedad, incluso una nueva naturaleza y una nueva realidad. El marxista es implacable en su deseo: la realidad toda debe responder, por la persuasión o por la fuerza, a un ideal dialéctico soñado, imaginado, pensado, como si el plan mismo del universo debiera obedecer a esta ensoñación.

Pero también está el universo visto por los ojos de un cristiano, ese universo intocable respecto del cual sólo cabe la contemplación, la comprensión, la espera, la serenidad. El  universo entero, y todas las cosas que contiene, son la creación ex nihilo, de un dios perfecto y omnipotente. Alterar ese universo, que nos ha sido entregado entre oropeles, es enfrentarse a la voluntad de Dios. Por eso el problema del cristiano es siempre el problema del mal y su respuesta la teodicea, la justificación de Dios. La teodicea es una disciplina consistente en la justificación de lo que hay, puesto que eso que hay procede de Dios. Aunque la filosofía cristiana pudo inspirarse en ciertos momentos en el espíritu técnico de la filosofía griega, su raíz judía no podía ser silenciada: Dios lo es todo, y el hombre no es nada. El objetivo del hombre no es la transformación del mundo, sino la contemplación de la obra de Dios tal y como ha sido concebida. Olvidaron, claro, que a la ciudad nada le interesan ese tipo de hombres entregados a la comprensión que no bajan a la caverna y se las ven con los problemas vitales, como si el filósofo, el teólogo o el místico estuvieran por encima del mundo. El cristiano se ve en la necesidad de justificación de la obra de Dios que, igual que Cristo llevó su cruz, se doblegó ante la injusticia, sufrió calladamente la condena, murió para ejemplificar la mansedumbre, siente la necesidad de separarse de las cosas, y de contemplar y comprender el sufrimiento de vivir. Es cuando creemos en el dios cristiano cuando, por necesidad, debemos volvernos ajenos al dolor de los hombres, pues comprendemos su necesidad. Si no qué sentido tiene que el mismísimo Dios, encarnado en Cristo, sufra todas las penalidades y miserias humanas, sino es el de dejarle claro a los hombres que lo que se les pide es que sufran calladamente sus vidas y contemplen con pasividad el sufrimiento ajeno.

La justificación que hace Leibniz en su Teodicea anticipa el Hegel de después de la fenomenología: el dolor es un mal necesario, un momento necesario del discurrir del mundo y este, es el mejor de los universos posibles creados por Dios, así que también podemos maravillarnos frente al dolor, la miseria y la crueldad, siempre que alcancemos la comprensión necesaria que nos permita tener una visión sub specie aeternitatis. Este es el conservador de salón, capaz de convivir con la infamia y la injusticia sin mover un dedo, con la excusa de que el mundo es el que es y no podemos hacer otra cosa que dejarlo ser. Y está aquí también el germen del fascismo y el nacionalismo, entendiendo por esto la obsesión compulsiva por la preservación de las esencias, por la recuperación de un mundo mitológico que tal vez sólo existió en sus proyecciones neuróticas, la preservación del ser del pueblo, un fantasma que permanece inalterable desde el orígen de los tiempo. El nacionalismo etnicista y sobretodo   el fascismo,  justifica la violencia extrema contra todo aquello que suponga una amenaza del mejor de los universos y disfruta de esa violencia mediante una “comprensión superior”. El nacionalista sueña con una sociedad en la que el sufrimiento es admisible siempre que sea el modo propio de expresión de un pueblo, igual que el cristiano no tiene inconveniente en convivir con la injusticia siempre que la obra de Dios quede a salvo. Por eso, por ejemplo, el cristiano no tolera al homosexual, que contamina la creación inmutable tal y como fue concebida en la mente divina, y el nacionalista no tolera la mezcla -de la lengua, de la tradición, de la raza- pues contamina ese nuevo dios, el pueblo étnico (una metáfora del pueblo elegido de los judíos). Cualquier alteración de la esencia, de la raza, de la lengua, de la cultura es un atentado contra la sacrosanta creación de Dios.

Ambos modos de tener dioses, el dios de los filósofos que cree que puede transformar el mundo, inventando una nueva realidad perfecta, a imagen del sueño de las ideas, o el dios de los cristianos y esencialistas, que piensa que hay que preservar la creación de la contaminación y el pecado, crea monstruos. Monstruos como Stalin y Hitler. La diferencia entre la brutalidad estalinista y la brutalidad nazi radica en que los primeros se justificaban en el desarrollo futuro de la sociedad, en el avance inexorable de la historia, en la actividad modeladora incesante del demiurgo humano, mientras que los segundos miran al pasado, un pasado ficticio e ideal, una situación cero en la creación, un paraíso perdido. Ambos creen que todo está permitido con tal de crear la sociedad del futuro, o volver al paraíso perdido. Para Stalin todo estaba permitido para la revolución, incluído el asesinato de millones de  personas que obstaculizaban el avance de la Revolución y el advenimiento de la sociedad perfecta. Para los nazis, el paraíso perdido existía ya, de facto, en el pueblo alemán y su raza de dioses nórdicos; se trataba entonces de limpiar, depurar, descontaminar, desbrozar, eliminar todos los elementos contaminantes que impiden que la raza y el pueblo pueda expresarse en su verdadera esencia. En ese orden, está permitido el asesinato de los impuros y la eliminación de la cultura contaminante. 
         
Pero entre el dios de los cristianos y el dios de los filósofos, hay un resquicio para otro dios, un imperfecto demiurgo platónico. Platón nos habla en el Timeo de este extraño dios que, teniendo como modelo las ideas, como un artesano, modela un mundo de cosas imperfectas. Esta es la idea que me parece importante, y de la que Platón era consciente: sólo las ideas son perfectas, las cosas son imperfectas. Por eso este dios platónico, es un dios chapucero, un dios que moldea y se afana, pero cuyas obras son siempre deficitarias, un Kluge que diría Gary Marcus. El demiurgo, en su tarea de moldeamiento de la realidad, se encuentra con la eternidad y absoluta quietud de las ideas, pero con el cambo incesante y la temporalidad encarnada de los materiales. Así que, en ningún momento moldea un mundo perfecto; el demihurgo platónico es un dios capazde hacer “apaños” siempre susceptibles de mejora. A diferencia del dios cristiano, no crea, de la nada, un mundo perfecto, y a diferencia del dios de los filósofos, es incapaz de llevar a cabo un moldeamiento definitivo, que no esté sometido al cambio y a la corrupción.
          
Podemos vernos a nosotros como un demiurgo así, con una firme vocación transformadora de lo real en dirección a la construcción de un mundo lo más justo y vivible posible, pero como un demiurgo chapucero que se las tiene que ver con una materia prima que no obedece a nuestros deseos. Sólo así comprenderemos que lo que hagamos, sea lo que sea, siempre será susceptible de mejora.

Si observamos con detenimiento la naturaleza, lo más probable es que nos demos cuenta que Dios ha sido ese chapucero que improvisa a medida que construye, en lugar de un elevadísimo arquitecto o un artesano meticuloso. Marcus nos propone una metáfora que ejemplifica perfectamente este hecho; si quisiéramos construir una industria, por ejemplo una central nuclear, nos tomaríamos tiempo y seríamos cuidadosos con el hecho de hacer un buen diseño, algo que soportase cualquiera de los problemas que pudieran presentársenos. Que fuera un diseño definitivo, es decir, perfecto, dependería de que tuviéramos la previsión necesaria para anticipar cualquiera de las posibles dificultades que nuestra central podría encontrarse. Esto, evidentemente, es imposible, salvo que seamos un dios tan poderoso que pudiéramos preveer el futuro. Así que tendríamos dos opciones; o bien cada vez que nos encontrásemos con un posible fallo de nuestro diseño, echar la central abajo y volver a reconstruirla mejorada; o bien no hacer eso, sino que conservando la estructura original fuéramos capaces de modificar alguno de sus elementos para que aguantase, es decir, una chapuza aceptable.

Esto es básicamente lo que ocurre en nuestras centrales nucleares; muchas de ellas fueron diseñadas en los años sesenta y hoy en día siguen en funcionamiento. Pero funcionan con un sinfín de modificaciones; en esta década, por ejemplo, la informática no se había desarrollado y actualmente casi todas las centrales, las viejas y las modernas, se controlan desde poderosas máquinas computadoras. Por tanto, hubo que hacer modificaciones para poder incorporar sistemas informáticos a estructuras que ni soñaban con ellos cuando se diseñaron. Se hace así porque el coste económico de echar abajo una central para levantar una nueva cada vez que hubiera que hacer modificaciones es algo sencillamente inasumible.
          
Pero en la naturaleza ocurre algo similar; las modificaciones que incorporan los diferentes seres se hacen siempre sobre estructuras preexistentes. El resultado es generalmente una chapuza, un Kluge. Ocurre por ejemplo con la posición bípeda humana; es verdad que esta supuso una ventaja cuando nuestros antepasados comenzaron a vivir en la sabana, bajándose de los árboles, pero también ha hecho que seamos el único animal que presenta problemas espalda y dolores de parto. Un buen diseñador habría tenido en cuenta estas cuestiones a menos que claro, sea algo buscado; “parirás con dolor…” que dice la Biblia. En su libro “Kluge, la azarosa construcción de la mente humana” Marcus da cuenta de este hecho mostrándonos cómo el lenguaje, la memoria o el conocimiento son de esta clase de apaños, chapuzas que van soportando de manera más o menos aceptable los problemas con que se van encontrando, que se diseñan a partir de estructuras preexistentes y que tienen ciertos efectos secundarios imprevisibles.

Con nuestras construcciones, ya sean diseños físicos o sociales, ocurre algo similar: pese a lo que pudiéramos pretender no se construyen desde cero, sino que siempre se crean a partir de estructuras preexistentes en las que introducimos modificaciones. La lógica revolucionaria marxista parte de la idea de que se puede echar abajo la sociedad entera y reconstruirla, desde cero, sin contradicciones, una sociedad perfecta. Por eso, el revolucionario no puede, por más que quiera, abandonar la revolución: siempre hay que echar abajo lo existente porque siempre surgen problemas. El dios del marxismo, por más que quiera, no puede preveer una construcción social que salve todos los inconvenientes. El esencialista, en cambio, ya sea un nacionalista o un fascista, no puede abandonar nunca su tarea desbrozadora y descontaminadora, puesto que la tarea de recuperación de ese mundo de esencias perfectas e inmutables, nunca termina de acaecer; siempre necesita un enemigo contra el que descontaminarse. El demiurgo chapucero del que hablo, no necesita derrumbar nada porque considera que nunca se empieza nada desde cero, sino que todas las cosas están sometidas al cambio y la corrupción. Y tampoco necesita descontaminarse de nada, ni encuentra necesidad en la búsqueda belicosa de enemigos, puesto que considera que la realidad misma es una mezcla incesante e interminable. Para él, todos somos una raza mestiza, una cultura mestiza, un hombre y una sociedad hecha de retales. El resultado que espera es siempre un apaño más o menos aceptable, pero del que se derivan consecuencias que no esperábamos y con las que estaremos obligados a convivir aceptablemente o introducir nuevas modificaciones. Por tanto, si volvemos a las consideraciones políticas, un posicionamiento coherente con la descripción chapucera de lo real, es aceptar que todo lo más a lo que podemos llegar es a hacer un nuevo apaño más o menos efectivo, es decir, que mitigue en parte el sufrimiento, que disminuya la crueldad, que aumente el bienestar, teniendo claro que todo eso tendrá un coste inicialmente incalculable y que sólo podremos vérnoslas con él en el futuro.

Pero este ethos está muy lejos del mesianismo dado que no hay una exigencia al futuro ni se trata de que la empiria corrobore nuestras tesis como verdaderas; se trata más bien de partir ya del hecho de que el universo entero es una chapuza y nosotros no iremos mucho más allá de chapucear un poco más. Puesto que no existe un conocimiento fiable del desarrollo de los acontecimientos, puesto que no podemos preveer el futuro, lo mejor es tratar de hacer reformas desde la esperanza de que estas puedan resultar suficientemente efectivas y siempre considerando que puede no haber sido buena idea.

Si algo funciona entonces está bien.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Acción y pensamiento en Peirce.
Eduardo Abril Acero

El hombre tiene creencias en base a las cuales está dispuesto a actuar y posee pensamiento sólo en la medida en que necesita de estas creencias para determinar su acción. Esta es una de las ideas básicas del filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce. Peirce considera el pensamiento como una herramienta que trata de fijar nuestras creencias y por extensión nuestras acciones. Los seres humanos actuamos en base a las creencias que poseemos acerca del mundo que nos rodea. Cuando no poseemos creencias suficientemente convincentes, entonces nos encontramos en un estado de duda e incertidumbre y por tanto de inacción. La función de nuestro pensamiento es la de acabar con este estado de incertidumbre y fijar las creencias adecuadas que nos permitan establecer estas pautas de acción.
Peirce habla de cuatro métodos fundamentales para establecer una creencia:

  1. El método de la tenacidad, que consiste en aferrarse a lás creencias que uno ya posee y que en otras ocasiones han resultado válidas y negarse a su modificación. Los hombres, y especialmente las comunidades de esta clase, se obstinan en el mantenimiento de sus creencias negándose a cambiarlas bajo cualquier supuesto.
  2. El método de la autoridad consiste en que sea la voluntad del gobernante quien se ocupe de fijar una creencia y hacerla obligatoria. Para eso los gobernantes tienen infinidad de herramientas: la propaganda es uno de ellos aunque sin duda es la fuerza y el terror el que más veces se ha utilizado por parte de los estados en virtud de su rendimiento: el asesinato, la tortura y el castigo desproporcionado bien pueden fijar en unos pocos años una línea de pensamiento determinado, ciertas creencias.
  3. El método apriorístico, en cambio, ha sido el método preferido por la filosofía y el arte. Se trata de aceptar ciertas creencias porque son “gratas a nuestra razón” independientemente de las consecuencias a las que nos conducen o de los datos empíricos. Pensar de esta forma equivale a suponer que hay una estética del pensamiento, un modo de pensar que es particularmente bello o placentero, y pasar de ahí a la afirmación de que todo lo enjendrado dentro de los límites de esta estética es creible, racional o verdadero. Se trata, en el fondo, de suponer que es pertinente poseer cierta creencia porque de modo natural es lo que estamos inclinados a creer, mientras que pensar lo contrario sería proceder contranatura o irracionalmente.
  4. Por último, el método científico, que consiste en hacer depender nuestras creencias de elementos que son completamente independientes de nuestras opiniones acerca de ellos. Peirce está hablando más propiamente de los hechos: la ciencia aspira que nuestras opiniones y creencias se basen finalmente en los hechos. Estaba convencido que la investigación científica, mantenida idealmente de forma permanente, conduciría a que hombres distintos pudieran mantener las mismas creencias pues llegarían a las mismas conclusiones. Esto, no obstante, se daría exclusivamente en una comunidad ideal de investigadores que pudieran ampliar su actividad indagadora de forma indefinida.
A través de esta exposición Peirce describe en esencia cuál es la naturaleza del pensamiento, adoptando una postura anticartesiana. La unica finalidad del pensamiento, ya sea que sea usado de forma apriorística, tenazmente o científicamente, es la de la determinación de reglas de acción. Es, por tanto una acción, dado que el objetivo final del pensamiento es materializarse mediante actuaciones concretas. En conclusión, si queremos averiguar el significado profundo de un pensamiento, de las creencias que fija, debemos atender a las acciones en las que se materializa.

viernes, 15 de octubre de 2010

Thomas Mann y el aprendizaje significativo.
Borja Lucena

"Un aprendizaje es significativo cuando los contenidos son relacionados de modo no arbitrario y sustancial (no al pie de la letra) con lo que el alumno ya sabe. Por relación sustancial y no arbitraria se debe entender que las ideas se relacionan con algún aspecto existente específicamente relevante de la estructura cognoscitiva del alumno, como una imagen, un símbolo ya significativo, un concepto o una proposición (AUSUBEL; 1983 :18).
Esto quiere decir que en el proceso educativo, es importante considerar lo que el individuo ya sabe de tal manera que establezca una relación con aquello que debe aprender. Este proceso tiene lugar si el educando tiene en su estructura cognitiva conceptos, estos son: ideas, proposiciones, estables y definidos, con los cuales la nueva información puede interactuar". (tomado literalmente de "avizora.com")

El texto anterior no es de Thomas Mann. Al principio estuve tentado de titular esta entrada como "Thomas Mann contra el aprendizaje significativo", pero me di cuenta de que era un poco idiota. El escritor no estaba ni a favor ni en contra de eso, y lo único de lo que habla en el texto que al final transcribo es del fenómeno del aprendizaje, y no de teorías que dictan cómo debe llevarse a cabo. Esto último es algo que siempre me ha llamado la atención sobre las teorías pedagógicas en boga: uno no sabe si intentan describir y comprender el hecho del aprendizaje y la adquisición de conocimiento o, más bien, si pretenden legislar sobre las maneras tolerables en que es dado aprender, condenando a toda otra forma de aprendizaje al silencio o al repudio. La provisional conclusión a la que he arribado es que ciertos pedagogos muchas veces se olvidan de contemplar la realidad empírica de los aprendizajes, y más bien se resuelven en sustituirla por el aprendizaje tal y como, entienden, debería siempre ser.

En este sentido, el concepto de "aprendizaje significativo" me parece merecedor de atención por mostrar en qué se convierten cosas cotidianas y comunes, casi prosaicas, al cristalizar en dogmas ideológicos. El "aprendizaje significativo", como si fuera una cosa, ha traspasado el umbral de la mundanidad parta adquirir la consistencia de algo perteneciente a una cosmovisión. Para ello, ha tenido que simplificarse, alisar sus contornos hasta hacerse redondo y categórico, borrar la complejidad con que los psicólogos en un tiempo lejano lo trataron, para desembocar en la babosa superficialidad con que es recogido y pregonado desde la legislación educativa y los gabinetes funcionariales. Cuando digo que ha adquirido la consistencia de lo ideológico me refiero a los rasgos que acercan este tipo de conceptos a los de las ideologías; lo crucial en este caso no es la verdad o la falsedad - al igual que ocurre en el caso de las ideologías- sino el modo de convertirse ciertas proposiciones, sean verdaderas o falsas, en axiomas desde los que deducir la realidad, y que, por ello, relegan la experiencia empírica o la niegan como algo insustancial o meramente aparente. En el caso del "aprendizaje significativo", la cuestión no descansa tampoco en que sea verdadero o falso, ya que, de hecho, me parece una obviedad señalar que buena parte de lo que aprendemos se inscribe en una línea evolutiva, de tal manera que, para aprender, a menudo necesitamos disponer antes de una serie de conocimientos adquiridos que permitan la transición; lo importante aquí no es, entonces, que el "aprendizaje significativo" de hecho se dé, sino que se convierta en un axioma del que, necesariamente, toda realidad debe deducirse, de tal manera que, si la experiencia y los hechos muestran algo que no es deducible de la teoría -como puede ser un aprendizaje "no significativo", abrupto y discontinuo, mimético o más parecido a una conmoción que al blando paso evolutivo de una cosa a otra- son los hechos los que han de desaparecer, o, en lenguaje hegeliano, ser conducidos a su idea.

A mi modo de ver, eso ha ocurrido en las escuelas al imponerse teorías pedagógicas que desdeñan la modesta pero insustituible experiencia: todo aprendizaje tiene que ser "significativo" y, si no, no es aprendizaje, por lo que ha de ser desterrado de las aulas. Esto tiene mucho que ver, creo, con el hecho de que buena parte de la educación haya adquirido ese signo de monotonía y aburrimiento que señala a las cosas muertas, que se haya sustraído la pasión que dispara lo absolutamente nuevo e incomprensible, que se haya convertido en el transcurso mediocre de programas, de prácticas tecnológica previsibles y fastidiosamente familiares.

El siguiente texto de Thomas Mann me pareció idóneo para revelar ése carácter, a veces olvidado, del aprendizaje: cuando nos enfrentamos a lo que no podemos comprender y el encuentro mismo hace brillar una claridad ininteligible y llena de ímpetu. Está tomado de la soberbia "Doktor Faustus", una novela sobre el aprendizaje y la muerte, el demonio, la soledad. Y la música.     
"(...) el conferenciante hablaba de cosas, asuntos y valores estéticos que hasta entonces no habían entrado en el ámbito de nuestros conocimientos y que ahora veíamos surgir de modo impreciso en el horizonte, al conjuro de su siempre vacilante palabra. No estábamos en situación de comprobar lo que decía, como no fuera a la luz de sus propias interpretaciones pianísticas, y escuchábamos todas aquellas explicaciones con la oscura y agitada fantasía del niño que presta oído a legendarias historias incomprensibles mientras su espíritu, blandamente impresionable, se siente, como en sueño y por intuición, enriquecido y estimulado. "Fuga", "contrapunto", "Heroica", "confusión por colorido excesivo de las modulaciones", "estilo clásico", todo ello tenía para nosotros algo de fabuloso, pero lo escuchábamos con gusto y boquiabiertos, como los niños gustan de prestar oídos a lo incomprensible y a lo inaccesible. Con mayor gusto en verdad que si se tratara de cosas próximas, correctas y normales. Muchos se resistirán a creerlo, pero ésta es la forma más intensa, la forma superior, y quizás la más fructífera, de la ensañanza. La enseñanza anticipativa, pasando por encima de vastas zonas de ignorancia. Mi experiencia pedagógica me dice que éste es el método que la juventud prefiere y, por otra parte, el espacio que deja uno vacío tras de sí, se llena por sí mismo con el tiempo."

domingo, 3 de octubre de 2010

Un nuevo feacio

Os presento a un nuevo feacio. Por ahora, a falta de las habilidades de la escritura, se limitará a prestar alegría a su padre a la hora de seguir en esta isla loca y maravillosa.
Tan feacio nos ha salido que estuvimos a punto de llamarle "Odiseo", pero, finalmente, encontramos como nacido para él el nombre de "Hernán".
"En la propia naturaleza del comienzo radica que se inicie algo nuevo que no puede esperarse de cualquier cosa que haya ocurrido antes. Este carácter de lo pasmoso inesperado es inherente a todos los comienzos y a todos los orígenes. (...) Lo nuevo siempre se da en oposición a las abrumadoras desigualdades de las leyes estadísticas y de su probabilidad, que para todos los fines prácticos y cotidianos son certeza; por lo tanto, lo nuevo siempre aparece en forma de milagro. El hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperar de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable. Y una vez más esto es posible debido sólo a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo."

La condición humana


"(Initium) ergo ut esset, creatus est homo, ante quem nullus fuit" ("para que hubiera un comienzo fue creado el hombre, antes del cual no había nadie")
San Agustín

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sindicalismo y parodia.
Borja Lucena

A riesgo de que me llaméis facha, he de confesar que me ha agradado el anuncio de la presidenta de la Comunidad de Madrid sobre los liberados sindicales. Jubilemos por un momento las etiquetas y prejuicios al uso y no oscurezcamos la inteligencia con los gritos de "que vienen los neocon". Se mire desde donde se mire, la existencia de los liberados es un fraude y una impostura. La experiencia que he atesorado del fenómeno me da cuenta de que se ha convertido en un instrumento, grato a las burocracias sindicales y estatal, a través del cual los profesores que han sido destinados en una plaza lejana o incómoda de la Comunidad Autónoma se libran de ocuparla, hasta que les es concedido otro destino más a mano; por otro lado, su contribución a la lucha sindical, como también constato por mi experiencia, es nula, y sólo sirve para hacer del sindicato una oficina más del estado donde informarse de permisos o asuntos personales. Un sindicato asimilado por la burocracia no hace más que engordar la burocracia, y recuerda, antes que a la honrosa defensa de los trabajadores, a la posición de Trotski durante el decisivo momento en que se decidió la suerte de los movimientos obreros en la Unión Soviética: dado que el estado socialista es la encarnación de los intereses del proletariado, los sindicatos ya no tienen que defender esos intereses, sino transformarse en "organizadores de la fuerza de trabajo" supeditándose a la planificación estatal y las exigencias revolucionarias de producción.

El problemático lugar de los sindicatos, su situación incómoda y desnaturalizada, su rara reunión de retórica obrerista y privilegios "de clase" ofrecen un espectáculo a veces ridículo, otras simplemente nauseabundo. Puede ser que, como en tantas otras ocasiones, el ocaso del marxismo haya succionado la energía del movimiento obrero de tal manera que, aun constatándose el hundimiento y el fracaso del evangelio según Marx -sobre todo a raiz de la experiencia soviética- los osificados movimientos sindicales se aferran cada vez con más fuerza, como para buscar salvación, a dogmas y eslóganes en los que ni ellos mismos creen. Ante nuestros ojos se repite la misma parodia que mezcla el humanitarismo más sensiblero con la apelación a la fuerza y superioridad morales de la clase trabajadora. Quizás, lo primero que habría de hacerse para insuflar autenticidad en la concha vacía de los movimientos sindicales sería reconocer por fin lo que Aleksander Watt esbozó diciendo que el proletariado es una ilusión óptica. Sólo un esfuerzo de realismo y apego a lo mundanamente constituido puede reconciliar a los sindicatos con una realidad que no es ya -por mucho que lo repitamos en consignas y mantras propagandísticos- la de la industria textil inglesa de mediados del siglo XIX.

Es el momento de volver a imaginar cómo puede constituirse un sindicato que, en vez de defender únicamente su posición de poder en el organigrama estatal, defienda los intereses de los trabajadores realmente existentes. A lo mejor vale la pena reencontrarse con la polémica a que hacía referencia más arriba, cuando de la revolución rusa surgió el problema de qué hacer con los sindicatos. Los bolcheviques, como antes expuse para el caso de Trotski, defendían la plena asimilación de los sindicatos a la maquinaria estatal, su integración en la burocracia como engranaje necesario en la construcción del estado socialista; los mencheviques, al contrario, defendieron -por poco tiempo- que los sindicatos habían de estar separados del estado porque ése sería el único modo de salvaguardar su independencia y su efectiva función de defensa de los trabajadores. El resultado de esta controversia fue decidido de manera inapelable por la fuerza del Ejército Rojo, y los sindicatos fueron engullidos por las oficinas y los papeles de la burocracia, cuando no por las fauces del GULAG. De manera similar, aunque por vago y pacífico consenso democrático, los sindicatos españoles fueron concebidos a partir de la Transición como prolongaciones del poder del estado antes que como limitaciones al ejercicio de ese poder; de tal manera, desapareció de su labor una genuina defensa de los trabajadores y se convirtieron en una secretaría del estado pseudo-bolchevique firmemente comprometida con el bienestar de la casta de burócratas que los dirigen y adormecen.

Puede que sea el momento de reconocer, una vez más, que la razón estuvo del lado de los mencheviques.


martes, 3 de agosto de 2010

La división del trabajo.
Borja Lucena

Entre toda la epopeya de la lucha de clases y la lógica inexorable de la historia, Marx tiene a menudo la delicadeza de, como si fuera un pequeño pliegue al que la sombra de la teoría mantiene oculto, señalar un hecho. Me quedo con esa apreciación casi ocasional de lo que el mundo realmente muestra, antes que con la soteriología del comunismo y la revolución proletaria:
De este modo se desarrolla la división del trabajo, que originariamente no pasaba de la división del trabajo en el acto sexual
Marx.La ideología alemana

viernes, 16 de julio de 2010

Idealista.
Borja Lucena

Hannah Arendt, sobre la terrorífica virtud política del idealista:

"El idealista era el hombre que vivía para su idea -en consecuencia, un hombre de negocios no podía ser un idealista- y que estaba pronto a sacrificar cualquier cosa en aras de su idea, es decir, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, y a sacrificar a todos, por su idea."   
Eichmann en Jerusalén