espacio de e-pensamiento

martes, 12 de febrero de 2008

Tragicomedia electoral en dos actos

I

Churchill afirmó que cada pueblo tiene el gobernante que se merece. Es triste, pero a menudo es imposible pensar otra cosa, lo que no digo sólo por los "queremos un caudillo" de la "Plataforma de Aduladores de Zapatero". El motivo de mi desánimo es otro y se ha hecho patente al ver esta tarde, en el telediario, las imágenes de una alocución dirigida por el presidente del gobierno a sus fieles de Toledo. El ritual de la mercadería electoral tenía como templo una iglesia. Una iglesia sin culto, como la presentadora se encargó de asegurar. El presidente del gobierno intentaba explicar las ayudas a las familias que su Gracia pretende conceder en caso de ganar las elecciones. Lo de siempre: un caudillo que promete repartir las migajas del festín presidencial entre el pueblo que ambiciona una servidumbre bien retribuida. Sin embargo, algo de ese aparato magnífico se resquebrajó, y fue como si el decorado hubiese sido iluminado por una luz sencilla y diáfana. El pobre hombre, al intentar algo así como improvisar una oración subordinada, se vio metido en un galimatías notable. No se entendía nada. Y todo parecía a punto del derrumbamiento.



II

El presidente prosiguió su retórica ininteligible hasta que -cuando más explícito se hacía que las palabras le asaltaban en un total desorden y el sinsentido inundaba su situación insostenible- el público comenzó a aplaudir y sepultó la debacle de su líder bajo un ensordecedor y revelador entusiasmo.