espacio de e-pensamiento

lunes, 9 de marzo de 2009

Proyecto para una vida ética I. El Ironista.
Eduardo Abril Acero

El ironista reúne tres condiciones. En primer lugar tiene serias dudas acerca del léxico que utiliza para describirse a sí mismo y a la realidad, dado que ha conocido diversos léxicos en los que se pueden describir los acontecimientos y con los que puede identificarse alternativamente. En segundo lugar, se da cuenta de que cualquier argumento a favor o en contra del léxico que utiliza no puede ni afianzar ni eliminar esas dudas. Y en tercer lugar, si filosofa en torno a su propio léxico, no piensa que sus palabras estén más cerca o más lejos de la realidad que las palabras de otros.

Lo contrario del ironista es el metafísico; el metafísico es aquel que se pregunta por el significado de palabras como “justicia”, “moralidad” o “filosofía” en sentido literal. La mejor caracterización del metafísico sigue siendo la que hizo Heidegger al definirle como aquel que pretende reducir el ser a la presencia; el metafísico piensa que puede remitir sus palabras a algo presente, claro, determinado, real. El ironista, por la contra, no puede preguntar sobre estas cuestiones en sentido literal porque no tiene una respuesta clarificadora para tales cuestiones; el ironista trata de referenciar tales palabras no al presente, sino al futuro. El problema es que el futuro, contrariamente al presente, es algo completamente indeterminado, algo difuso e inespecífico. Por eso una de las virtudes morales más importantes del ironista es la esperanza; espera que las cosas que hace y que dice, arrojen significados futuros sobre la justicia o la moralidad que mejoren la vida de las personas, aún cuando no sabe determinar bien en qué pueda consistir todo eso. Adopta la actitud del poeta Heideggeriano: permanece pendiente de que las herramientas que hemos usado para llegar hasta aquí hayan sido las adecuadas (esto el alemán lo llamaba “permanecer a la escucha”).

Este modo de pensamiento que resulta altamente inespecífico lo comparten, entre otros, Nietzsche y los pragmatistas americanos, a los que se les ha acusado de puerilidad en base, precisamente, de que no les parece interesante la delimitación presente de los significados. Eso mismo hace Nietzsche cuando habla poéticamente del hombre futuro.

&nbspLos ironistas están de acuerdo con Davidson y con Wittgenstein en que no podemos traspasar los límites del lenguaje en el que nos expresamos y compararlo con algo que ya no sea lingüístico. Pero también defienden con Heidegger, la contingencia e historicidad de ese mismo lenguaje. Los metafísicos, frente a esto, reaccionan acusando a los ironistas de relativistas y reivindican la posibilidad de remitir de forma primaria nuestro lenguaje a la realidad, es decir, a los hechos. Los ironistas, se defienden de la acusación de relativismo afirmando que la “representación” no es la única forma de relacionarse con la realidad y que los léxicos, más que representar a los hechos, son causados por ellos, lo que no puede indicar que uno de estos léxicos, sea un mejor o peor efecto, y por tanto, podamos decir que es más verdadero que otro, más representativo.

Para los ironistas los distintos léxicos deberían considerarse, como ha apuntado Davidson, como herramientas para hacer cosas, acciones que pretenden producir un efecto en el mundo (que a su vez están motivados por exigencias que nos presenta el mismo mundo). Vistos así, los distintos lenguajes se dejan fiscalizar en el tribunal de la verdad; a lo sumo nos podemos preguntar si las cosas que decimos son o no adecuadas para las cosas que pretendemos conseguir, aún cuando la mayoría de las veces no tenemos la posibilidad de anticipar con claridad cuál es el uso real de un léxico. Por esta razón, mientras que los metafísicos se preguntan por la distancia existente entre sus palabras y los hechos, considerando que algunas de sus palabras ya pueden ser tomadas como representaciones reales, los ironistas se preguntan acerca de si estarán en la tribu adecuada y usan el lenguaje apropiado para conseguir sus fines. Esto nos lleva, de nuevo, a la virtud de la esperanza; los ironistas tienen la esperanza de que el léxico que utilizan tenga en el futuro unos efectos deseables. No obstante, lo que sí podemos hacer, es denunciar un léxico que tiene unas consecuencias reales sobradamente contrastadas: es el caso del nacionalismo o del comunismo que, aún cuando pudieran surgir desde unas situaciones contingentes muy diferentes y ciertas “esperanzas deseables”, han devenido con el tiempo, en dos buenos instrumentos de dominación en los que resulta difícil excluir la crueldad.

Para el Ironista los lenguajes no tienen como propósito la búsqueda de verdades mientras que para los metafísicos sí. A las verdades que los metafísicos se toman en serio, el ironista las denomina “trivialidades”, puesto que sólo son un conjunto de recetas simples y fáciles para inculcar y extender ciertos léxicos. Cosas como “todos los hombres desean por naturaleza el conocimiento”, “la verdad es independiente de la mente del hombre”, “el hombre es un animal racional” o “los seres humanos difieren de los animales por poseer una parte divina”. Un metafísico, cuando renunciamos a una vieja trivialidad y adoptamos una nueva, afirma que ha descubierto un hecho, está más cerca de la verdad; un ironista entiende que hemos hecho un cambio motivado por nuevas exigencias propuestas por la realidad. Por esta razón, los metafísicos consideran a los europeos como una clase especial de hombres dotados de habilidades extraordinarios para hacer nuevos descubrimientos, mientras que los ironistas entienden únicamente que es una cultura ávida de cambios que se le da bien sustituir unas palabras por otras.

Los metafísicos con vocación liberal, como es el caso de Habermas, que reivindican la absoluta necesidad de ciertas libertades políticas, consideran que tal necesidad se puede remitir, en última instancia, a la existencia de un núcleo común, por ejemplo, la racionalidad, la cual exige un consenso “razonable”. Para un ironista, la existencia de tales libertades no necesita justificación alguna más allá de su propia deseabilidad. Para éstos, lo único que importa para una sociedad democrática es la idea compartida de que lo importante es la libertad, y no la verdad o el bien. Libertad aquí significaría, a mi entender, (algo que no formula Rorty en estos términos), un creciente aumento de la información y, por lo tanto, del cambio de unos léxicos por otros mediante nuevas redescripciones.

Tal y como lo describe Rorty, el aglutinante social en una democracia, consistiría en un amplio consenso que consistiese en dar a todos la posibilidad de crearse a sí mismos según sus capacidades. Tal como lo veo yo lo que aglutina a una sociedad democrática es la existencia de tal flujo de información que resulta secillo la sustitución de unos léxicos por otros, así como la creación de otros tantos nuevos. De esta forma tendríamos que una sociedad liberal puede ser comprendida también como una sociedad ultramoderna, en la que el ser coincide con la novedad y el hombre experimenta su propia situación como temporalidad y contingencia, tal y como lo entendía Heidegger.