espacio de e-pensamiento

miércoles, 6 de mayo de 2009

SGAE.
Borja Lucena

El devenir temporal de los mitos les depara al nacer una posteridad impredecible, como si comprobáramos una vez más que todo lo que se mezcla con el tiempo está destinado a no obedecer a ningún plan o proyecto inteligible, y menos a alguno concebido deliberadamente por los hombres. El significado original de un mito, e incluso su contenido, a menudo es trastocado de tal modo por el correr del tiempo que, finalmente, se hace irreconocible o adquiere la dimensión de una parodia grotesca. Uno de los casos más llamativos es el del mito del artista, que ha sido modelado caprichosamente por la mano invisible del acaso y devaluado a la condición de ridículo patético. Es evidente que el mito del artista envuelve al arte, desde sus inicios románticos, en un cúmulo innumerable de malentendidos y falsedades; también lo es, no obstante, que lo que en Mozart o Schubert posee quizás el fondo necesario de verdad sobre el que descansa incluso la ficción mitológica, en los ejecutivos y representantes de la Sociedad Anónima del arte, la Sociedad de Autores, se ha convertido en franca mascarada y burla. Esta historia de decadencia del mito puede relatarse de modo aun más claro y sencillo: de Beethoven a Ramoncín.