espacio de e-pensamiento

miércoles, 30 de abril de 2014

La gran mascarada, de J.F. Revel.
Óscar Sánchez Vega

Cabe pensar que en el siglo XXI, una vez que los países socialistas han colapsado o están en vías de extinción y las sociedades liberales viven inmersas en una profunda crisis económica, lo que urge es una reflexión crítica hacia el capitalismo y no insistir en la crítica al modelo socialista. Así lo pienso. Sin embargo el azar –en la forma de irresistible oferta en mi habitual tienda de libros de segunda mano- ha puesto en mis manos un libro de Jean Fraçois Revel, La gran mascarada, en el cual el francés arremete contra los críticos al sistema capitalista. El libro fue publicado en el año 2000 y, por un lado, desde entonces hasta hoy han pasado muchas cosas que, naturalmente, el autor no puede tomar en consideración; pero, por otro lado, los fundamentos teóricos desde los que Revel argumenta no han cambiado de manera sustancial. Lo que ha cambiado, del año 2000 al 2014, es la irrupción de la colosal crisis económica en la que todavía estamos inmersos que hace que relativicemos mucho la victoria del liberalismo sobre el comunismo; una victoria que en el año 2000 parecía definitiva y concluyente. De todos modos el motivo que impulsa a Revel a volver a escribir sobre un tema que ya había analizado con cierto detalle en el pasado - en Ni Marx ni Jesús (1970) o La tentación totalitaria (1976)- es la constatación que el triunfo final del liberalismo es replicado, desde mediados de los años 90, por buena parte de la intelectualidad occidental. De tal forma que el libro no ha perdido actualidad pues Revel ya se sitúa en un escenario que no ha hecho más que consolidarse en la segunda década del siglo XXI: el mundo de la cultura mayoritariamente sostiene una posición muy crítica hacia el liberalismo a pesar del evidente del fracaso del modelo comunista.

En estas líneas voy a limitarme a comentar cuatro fragmentos del libro que me han parecido significativos y especialmente sugerentes. Los dos primeros hacen referencia a cuestiones más teóricas o filosóficas y los dos últimos son afirmaciones más empíricas o históricas.
a. “Cuando digo que el liberalismo jamás ha sido una ideología quiero decir que no es un teoría basada en conceptos previos a toda experiencia, ni un dogma invariable e independiente del curso de de las cosas o el resultado de la acción. No es más que un conjunto de observaciones sobre unos hechos que ya se han producido. Las ideas generales que de ello se derivan no constituyen una doctrina global y definitiva que aspira a convertirse en el molde de la totalidad de lo real, sino una serie de hipótesis interpretativas relativas a acontecimientos que han tenido efectivamente lugar. Adam Smith al comenzar a escribir La riqueza de las naciones constata que algunos países son más ricos que otros. Se esfuerza por distinguir en su economía los rasgos y los métodos que pueden explicar ese enriquecimiento superior para intentar establecer indicaciones recomendables. (Revel 2000, pag 60)
Esta es, a mi modo de ver, la tesis de más calado filosófico, la más potente, que enarbola Revel. No la comparto. Sin embargo me ha hecho rumiar, como diría Nietzsche, pienso que debe ser tomada en consideración y percibo un fondo de verdad en ella.

Una valoración rigurosa de la tesis de Revel pasaría necesariamente por un análisis minucioso de la noción de “ideología”, que tiene significados muy diferentes en uno u otro autor. De igual forma convendría precisar lo que entendemos por “doctrina o política liberal” pues puede referirse a practicas y posiciones teóricas muy distintas. No niego que tal planteamiento sea necesario, pero al menos por esta vez prefiero proceder de forma más informal tomando estos términos en su significado más habitual y coloquial. En este sentido, no puedo estar de acuerdo con Revel cuando señala que el liberalismo no es una ideología. Veo claramente que, desde su inicio, el liberalismo es un entramado más o menos coherente de ideas: ideas sobre la naturaleza humana -mas bien egoísta e interesada- , sobre la propiedad privada y el libre mercado, sobre el valor de la libertad individual, sobre la tolerancia religiosa, sobre la importancia de la vida económica, sobre la razón humana -entendiéndola básicamente como razón instrumental-, sobre los valores morales -interpretándolos de forma universal, no histórica-, sobre la preponderancia del individuo por encima de la comunidad etc. Todos los liberales clásicos -Locke, Kant, Tocqueville, Smith, Mill... - hacen ideología en el sentido más habitual del término.

Sin embargo, si comparamos el liberalismo con el marxismo debemos dar en parte la razón a Revel porque la ideología socialista es más apriorística, atiende antes a la coherencia interna del discurso que a la corroboración empírica; mientras que el liberalismo es una ideología mas abierta al principio de falibilidad. Por ello el filósofo o teórico liberal suele ser más proclive que el socialista a modificar el modelo teórico desde el cual interpreta la realidad si esta, la realidad económica, no se ajusta a lo predicho en la teoría.

Además el liberalismo parece ser una tradición con más confianza en sí misma. La mayor parte de los teóricos liberales, con la notable excepción de Revel, no parecen obsesionados con mostrar las taras y contradicciones del modelo socialista sino que atienden preferentemente a los problemas y las injusticias que se manifiestan en el seno de las sociedades liberales (un claro ejemplo son las obras de Amartya Sen, Joseph Stigliz o Martha Nussbaum); mientras que las producciones de los teóricos socialistas siempre han estado a la defensiva. Incluso a mediados del siglo XX, cuando existía un amplio abanico de modelos socialistas en los que apoyarse, la mayor parte de la producción teórica de los intelectuales comunistas, especialmente a este lado del telón de acero, tenía como objetivo criticar al sistema capitalista, antes que analizar, ponderar y mejorar en lo posible el modelo socialista.
b. “El totalitarismo más eficaz, y por ello el único presentable, el más duradero no fue el que realizó el Mal en nombre del Mal, sino el que realizó el Mal en nombre del Bien. Es lo que le hace menos excusable, pues su duplicidad le permitió abusar de millones de personas que creyeron en sus promesas” (Revel 2000, pag 98)
Básicamente comparto esta afirmación de Revel. Esta es una diferencia fundamental entre un totalitarismo, el nazi, y el otro, el comunista. Esto mismo será destacado por Todorov en Memoria del mal, tentación del bien (2002). Hay, sin embargo una diferencia entre Revel y Todorov que tiene que ver con dónde ponemos el acento. Todorov pone el acento en el militante de base al que, en cierta forma, disculpa por su apoyo al régimen totalitario comunista; Revel, sin embargo, carga contra los dirigentes de los partidos comunistas a los que acusa de haber cometido los crímenes más atroces que la humanidad ha conocido.
c. “El arte de “pensar socialista” consiste en percibir en la realidad lo contrario de lo que se desprende de los hechos más masivos y más evidentes. De este modo, se nos machaca que, a pesar de todos sus defectos, el comunismo ha logrado al menos que progresen los derechos de la clase obrera. Lo que equivale a descartar, repito, el siguiente hecho monumentalmente evidente y masivo. A saber: primer punto, que los principales derechos de los trabajadores, de asociación, de coalición, de huelga, de sindicación..., se introdujeron entre 1850 y 1914 en y por las sociedades liberales. A saber: segundo punto, que esos mismos derechos fueron todos suprimidos en y por los países socialistas. Sin excepción. (Revel 2000, pag 216)
Puede ser este el fragmento más discutible y desafortunado, no tanto por lo que dice el autor sino por lo que calla. Revel no dice que fue precisamente la presión constante de los sindicatos de clase la razón por la que las sociedades liberales concedieron derechos políticos a los trabajadores. Tampoco dice que los derechos sociales tuvieron que esperar al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial para ser “otorgados”, o, mas bien, conquistados; época esta, la Guerra Fría, en la cual los países capitalistas avanzados consiguen desactivar el potencial revolucionario de la clase trabajadora aumentando los salarios y con ellos el nivel de vida de los trabajadores y transformándolos de esta forma en consumidores, como bien denuncia Marcuse. Sin embargo, poco podemos reprocharle a Revel en relación al segundo hecho señalado. En efecto, en los países socialistas los derechos de los trabajadores – el derecho a la huelga, a la manifestación, la libertad sindical, etc- fueron abolidos. En la práctica la dictadura del proletariado era una dictadura contra el proletariado.
d. “Los enemigos de la economía liberal quieren olvidar que su modelo ha sido experimentado” (Revel 2000, pag 152)
Acabo con este breve fragmento que es un buen ejemplo de lo señalado al principio de este artículo: el libro de Revel tiene interés en un contexto muy diferente al de finales del siglo XX. Hoy la economía liberal, al menos en los países del sur de Europa, también ha naufragado; puede y debe ser criticada. Sin embargo la izquierda política debería, entiendo, hacer propuestas más novedosas e imaginativas. La crisis del sistema liberal no hace bueno el modelo socialista. Revel tiene razón: allí donde tal modelo fue experimentado ha fracasado. Es preciso sacar las lecciones pertinentes de todo ello.