Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 6 de abril de 2012

Revolución y psicoanálisis.
Eduardo Abril Acero

Una de las ideas que más efectos ha producido en el pensamiento y en las prácticas de los hombres contemporáneos es, sin duda, la que Hegel describió en las páginas de la fenomenología y que la historiografía ha denominado la “dialéctica del amo y el esclavo”. Hegel contesta de manera tajante dos preguntas que habían quedado abiertas en el proceso revolucionario ilustrado: ¿por qué hay amos? Y ¿quién debe ocupar el lugar del amo y quién el lugar del esclavo?. Y Hegel responde: amo es aquel quien, en el combate, expone su vida; esclavo será, en cambio, el que protegiéndose no se jugará su propia existencia, quedando confiscada a cambio su libertad.
En esta dialéctica, y en términos lacanianos, el trabajo queda del lado del esclavo, mientras que el goce queda del lado del amo. “Lacan dice que que el propio marxismo creyó en esta pequeña fábula, considerando que a través del trabajo y del movimiento histórico el esclavo llegaría a recuperar alguna vez ese goce que había quedado del lado del amo1.
Pero esto no deja de ser un fraude, un engaño destinado principalmente a sustituir un amo por otro, no a eliminar la existencia de amos y esclavos. La visión marxista de una sociedad sin clases, actúa en el revolucionario marxista como una una construcción fantasmática, un anhelo de totalidad, el sueño de un goce sin límite o, en términos psicoanalíticos, un modo de superación de la castración.
Marx indentifica a la clase dominante, la burguesía, con el mercado. En este sentido nos dice que esta clase es una clase “en sí”. La burguesía no necesita preguntarse por el funcionamiento del mercado porque ella misma es el mercado y coincide constantemente con él. Pero en cambio, el proletariado, que es parte del mercado, no se identifica con él y por tanto necesita generar una “conciencia de clase”, debe percibirse como un “algo” integrado en una estructura de dominación. Esta conciencia se hace generando una descripción de toda la estructura de funcionamiento del mercado, descripción que conduce a una toma de conciencia de cuál es el papel que juega la clase proletaria dentro de este sistema. Para Marx esto es suficiente como para que la clase trabajadora adquiera una conciencia de sí misma e inicie un proceso revolucionario. En el revolucionario, se reúnen la verdad y el saber: el revolucionario “sabe” la verdad sobre sí mismo, y por tanto, puede actuar con conciencia del futuro; en el revolucionario se da (ilusoriamente) un estado en el que se ha superado la castración, o lo que es lo mismo, la situación en la que el sujeto se ve a sí mismo carente de límites; se produce, por decirlo en términos hegelianos, la realización del espíritu absoluto, por cuanto el revolucionario representa la clase que toma conciencia del Todo, iniciando un proceso de cambio autoconsciente. El revolucionario es aquel que vive despierto, que se sabe a sí mismo representante de la realidad toda.
Pero Marx se dio cuenta de que este proceso de toma de conciencia, a veces fracasa por razones que escapan a la dialéctica, de una forma que la estructura, o el mercado, no eran capaces de explicar. Parece que a veces, no es suficiente hacer aflorar ese saber, la verdad sobre el mercado, para que esa toma de conciencia se traduzca en un proceso racional-revolucionario. ¿Por qué hay individuos que se muestran perezosos y en cambio hay otros que presentan una inexplicable compulsión al trabajo incluso después de que se les ha hecho saber cuál es su puesto dentro de la estructura real-económica?
Marx no es capaz de explicarlo, algo que sí hace el psicoanálisis lacaniano. En la dialéctica del amo y el esclavo, tanto Marx como Hegel, no podían dar cuenta de que el goce no queda exclusivamente del lado del amo, también hay un goce en el lado del trabajo. El trabajador ha renunciado a un goce absoluto, goce que cae del lado del amo, pero en su trabajo recupera un goce al que Lacan llama plus-goce, estableciendo una analogía con lo que será el goce de la burguesía, la plus-valía. Este goce del trabajo, es un goce limitado, un goce castrado que diría Lacan, pero es también, por ser la limitación el modo más humano de ser, un goce real. El goce del amo es un goce fantasmático, como el del neurótico que habita un mundo perfectamente racional y se entrega de forma esclavizante a una rutina generada por él mismo: quiere ocupar el papel del amo y verse a sí mismo carente de límites, aunque su poder resida en lavarse las manos cien veces al día. Este hecho pone al descubierto que tal vez, no se trata de una sustitución de un modo de ser “alienado” por un modo de ser “consciente”, sino que el revolucionario tiene su modo propio de “gozar”. Lacan no pone paños calientes al respecto: el goce del revolucionario es un “goce total”, como el goce del amo. Se alimenta de la construcción fantasmática en la que no existe límite alguno, de que se ha superado la castración o, en términos freudianos, el goce revolucionario sueña con matar al padre para ocupar su lugar y gozar ilimitadamente de la madre.
Donde mejor aflora esta “verdad inconsciente” es, como cualquier psicoanalista sabe, en las palabras; por ejemplo el discurso que los revolucionarios dirigen a los “dormidos”. Pese a todas las posibilidades de que un trabajador hoy en día tome conciencia de la dominación e ingrese en el proceso revolucionario, existen individuos que se resisten a hacerse cargo de su situación, se niegan a superar su estado de esclavitud y prefieren seguir viéndose a sí mismos a través de construcciones ideológicas burguesas. Los revolucionarios suelen considerar a estos trabajadores de un modo muy negativo y son constantemente agredidos e insultados desde los piquetes huelguistas. Y por más que hagan conciencia de la estructura de dominación y reconozcan el lugar que ocupan en ella, se niegan a abandonar el lugar que ocupan significando un verdadero trabajo de zapa para el proceso revolucionario. A lo que se resisten, en realidad, es a abandonar cierta forma de gozar y a sustituirlo con el goce totalitario revolucionario, un goce del amo. Aún recuerdo uno de los grandes lemas que permanecieron colgados en uno de los edificios andamiados de la Puerta del Sol, cuando algunos pensaban que empezaba por fin, la Revolución: “Ya era hora de despertar”. Un lema claramente paternalista, en el que un amo o un padre, le reprocha al inconsciente hijo, su tardanza en el ingreso en el mundo real de los hombres conscientes y responsables. Lema que no esconde, para un lector psicoanalista, su verdadera vocación de amo. El padre, en realidad, le reza al hijo perezoso e indisciplinado: “¡obedece de una vez!”

1. Jorge Alemán y Sergio Larriera. "Lacan : Heidegger". Miguel Gómez Ediciones 2009. Pag 176

6 comentarios:

  1. Muy interesante Edu. Ya te lo había dicho una vez y te lo repito: para mi Lacan es totalmente ininteligible, te agradezco pues estas entradas “lacanianas” para ponerme al día y llenar agujeros.

    Te hago una pregunta conscientemente ingenua: así pues, y visto lo visto, ¿qué debemos hacer, según Lacan? ¿es preferible el goce “fantásmático” o el “castrado”? ¿O es mejor no gozar en absoluto? ¿cómo encaja esta crítica de la ideología revolucionaria que aquí expones con la pose de agitador cultural que Lacan cultivaba?

    Saludos

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  2. Eduardo Abril6/4/12 13:48

    Óscar siempre sabes dónde disparar; al terminar el artículo justo pensé eso mismo, que el artículo se quedaba cojo y he pensado en escribir una segunda parte, pero dada mis últimas aportaciones no creo que eso ocurra en breve.
    No sé muy bien qué dice Lacan al respecto; si a tí Lacan te parece complicado, a mí me resulta un jeroglífico. Pero sí tengo una opinión al respecto en cuanto al psicoanálisis se refiere. El propio Lacan nos hace volver constantemente a Freud y eso es básicamente lo he estoy haciendo todo este último año.
    Por contestar algo: para Lacan el goce es siempre goce castrado. La castración es casi un existenciario de la condición humana. Castración significa básicamente límite. imposibilidad, "no todo". Esto Freud lo significaba a través del Edipo: Edipo significa que al menos una vez en nuestra vida descubrimos que no alcanzaremos la plenitud soñada, el descubrimiento de que somos y seremos siempre seres fragmentados. Esto también lo podemos decir a la manera heideggeriana: ninguna de las posibilidades que se nos ofrecen en la vida representan efectivamente nuestro "ser".
    Pero en este descubrimiento resulta importante enfrentarse al discurso del amo o de lo contrario uno puede quedar ligado al fantasma. El discurso del amo es lo que Freud, en alguna ocasión llamó "superyo". El discurso del amo es, simbólicamente, el padre que nos dice QUÉ ES LO QUE TENEMOS QUE SER. Este "QUÉ" es una construcción fantasmática en el sentido de que siempre hay una promesa de plenitud: si te conviertes en ese QUÉ, "gozarás como el amo". Pero en la lógica del amo, pronto descubre quién sigue ese camino que la satisfacción de una exigencia siempre abre una nueva exigencia, y el estado en el que vivimos es el de la culpabilidad constante: no somos quien debemos ser. Esto se ve claramente en el discurso del amo en el capitalismo: el amo nos dice que gozaremos solamente cuando seamos nosotros quienes decidamos "libremente" todo lo que atañe a nuestro ser, produzcamos como una mercancía, un producto novedoso y vendible, todo nuestro ser. En este sentido elegimos nuestra belleza, nuestra personalidad, incluso elegimos nuestro sexo y cuanto más autónomos parecemos en nuestras elecciones más esclavos y más neuróticos; también hay en la edad contemporánea una obligación de ser felices y una culpa de no serlo.
    El psicoanálisis enseña a dignificar el goce castrado, el goce que experimentamos en nuestra limitación, pero no como una sumisión al amo, sino mediante un reencuentro con uno mismo. En el análisis, lo que el paciente descubre, es que su síntoma es SU SÍNTOMA, y que también cabe cierta dignidad. Esto es una ética de la contingencia.
    Si me preguntas ¿y qué hacer en política? diré que tengo la sospecha psicoanalítica, y también nietzscheana, de que en las luchas políticas "globales" de lo que se trata es de dilucidar el amo; no se trata de liberarnos, sino más bien de cambiar un amo por otro; no se trata de liberarnos de la opresión. Lo que sí es verdad es que no todos los amos son iguales, si bien creo, que el amo surgido de la revolución suele ser más despiadado del que derriba.
    Tal vez se trataría, Óscar, y esta es una opinión personal, de no derribar al padre o querer cambiar a tu padre por otro padre mejor; se trata más bien, como en las mejores familias, de ganarle algún terreno al padre, de vez en cuando, de forma que nuestra vida mejore significativamente. Un adolescente a veces sabe que, ganarle un par de horas de libertad a su padre, y poder volver a casa a las tres en lugar de a la una representa un cambio cualitativo verdaderamente sustancial en su vida. El adolescente rencoroso que desea matar al padre porque no se pliega a sus deseos, porque no es quién él querría que fuera no gana nada mejor.

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  3. Edu, muy interesante todo. La segunda parte del artículo ya la has escrito. Es una pena dejar estas líneas como meros comentarios. Deberías presentarlas como una segunda entrada.
    Saludos

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  4. Tremendamente interesante Edu. El discurso político está actualmente atrapado en esa dialéctica del amo y el esclavo que tan bien evocas. Y de ahí es imposible salir, a no ser que creamos en una "resolución dialéctica", es decir, en un automatismo que dirija la transición de lo peor a lo mejor, al modo de Marx. El problema es que tal automatismo no existe, que las cosas están siempre en juego y dependen del acontecer azaroso de acciones incontrolables.
    La cuestión a la que apuntas me parece crucial en el devenir de la política actual. Seguimos bajo el hechizo del fantasma del todo. La política contestataria está tomada por el deseo de la omnipotencia, de cambiar todo de una vez en un gesto definitivo, pero de lo que se trata es de introducir cosas nuevas en un mundo que está en marcha y no permite ser reescrito desde un nuevo comienzo. Frente a la tecnocracia dominante tenemos la nada del todo.
    La lucha política consiste en atender a las pequeñas cosas, si no es así, se limita al resentimiento de no poder hacer que la realidad se amolde a la amplitud del deseo.
    Intuyo que tu conferencia en Soria no va a defraudar, a mí por lo menos.

    Unabrazo

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  5. Excepcional artículo, Edu, y me sumo al inciso de Oscar, sube el comentario como si fuera el post segundod el artículo.Sin la parafernalia revolucionaria y progre me recuerda a Marcuse llamando a la gente a follar para liberarse.
    También si examinamos la vida cotidiana de los primeros obreros vemos que hasta la invención de la cadena de montaje, la jornada era mucho menos reglamentada de lo que los amos quisieran, que celebraban San Lunes con insultante persistencia.El esclavo no expone, pero "se pone".Y el dominio es muy esclavo, no hay fantasía liberadora que pueda romper esa mano de hierro.
    Y en el 15 M HAY MUCHO PATERNALISMO, sí, pero también humor y peticiones concretas nada revolucionarias.Casi sólo aspira a que el Poder nos deje un pequeño espacio que no sea infierno, basado sobre todo en la fantasía de la opinión pública.que al fin y al cabo le quedan dos telediarios

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  6. Anónimo3/1/13 21:33

    muy bueno!...para mi Lacan es chino cantones, pero soy un sobreviviente de los 70 y en mis 63 años creo en la revolución como deseo, aun como mito es mi madre amada. Al final creo que el gose del esclavo es más interesante que el del amo...Hasta la victoria siempre!

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