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miércoles, 19 de febrero de 2020

El poder constituyente.
Óscar Sánchez Vega

Si acudimos a un manual de derecho en busca de una definición de “poder constituyente” podemos encontrar algo semejante a esto: “es la facultad del pueblo para constituir u organizar al estado, a través de sus legítimos representantes.” A continuación es probable que se proceda a clasificar el poder constituyente en diversos tipos. Ante este panorama podríamos pensar que la ciencia jurídica da buena cuenta de esta categoría y que la reflexión filosófica poco puede aportar. Nada más lejos de la verdad como espero demostrar.
La noción de poder constituyente solo se concibe en oposición a la del poder constituido y entre ambas nociones se da una dialéctica de naturaleza filosófica porque el poder constituyente no es una categoría jurídica sino una idea “matriz del pensamiento y de la práctica democrática”1 que pierde todo su vigor cuando se subordina a la mera función representativa o la noción de soberanía.

1. Sieyès y Rousseau: el sujeto del poder constituyente.
El abate Sieyès en su obra de 1789 “¿Qué es el Tercer Estado?” es quien de manera explícita introduce la noción de “poder constituyente” en las esferas del derecho y la filosofía política, si bien, como veremos, la noción venía operando implícitamente desde mucho antes. Para Sieyès el poder constituyente es anterior y más fundamental que los tres poderes en los que Montesquieu había estructurado el Estado moderno: el poder ejecutivo, legislativo y judicial. Estos tres poderes conforman el poder constituido, pero esta estructura surge de un poder anterior, un poder originario y único que emana directamente de la nación: el poder constituyente.
El poder constituido es el que, a través del derecho positivo, determina la legalidad de, por ejemplo, una acción; pero es el poder constituyente el que otorga legitimidad al poder constituido. La nación, es decir, el tercer estado, es el titular de la soberanía y tiene unos derechos naturales que deben ser respetados y son previos a la constitución. Por tanto, es la constitución la que debe someterse a la nación y no viceversa.
Pero la reflexión de Sieyès es en buena medida deudora de la de Rousseau y la idea del poder constituyente ya está prefigurada en la obra del ginebrino. Es cierto que Rousseau, en el libro III del Contrato, siguiendo a Locke y a Montesquieu, distingue entre el poder legislativo y ejecutivo, pero esta distinción queda subordinada a la la voluntad general, el auténtico poder soberano. Rousseau afirma el derecho del pueblo a cambiar su legislación e incluso su constitución, “porque no hay ninguna ley fundamental obligatoria para el cuerpo del pueblo, ni siquiera el contrato social”2.
Tenemos entonces en Rousseau una concepción radical del poder del pueblo, el poder constituyente. Sin embargo el pueblo de Rousseau, igual que la nación de Sieyès, es un ente metafísico, un ser colectivo indivisible y en cierta medida invisible, que ostenta la soberanía y nada tiene que ver con las multitudes tumultuosas que protagonizaran la Revolución. Los políticos revolucionarios, tanto girondinos como jacobinos, asumen esta noción; consecuentemente sostienen que el pueblo es el soberano, pero este pueblo no son los sans-culottes, ni los ciudadanos parisinos organizados en secciones sino una mera idea abstracta en base a la cual es lícito soslayar o reprimir ciertas demandas democráticas cuando no son del agrado de la nueva clase dominante. Una cosa, dicen, es la titularidad y otra el ejercicio: el titular de la soberanía es el pueblo o la nación, pero la soberanía la ejercen los representantes políticos en la Convención. De tal forma que ni los conceptos teóricos de los ilustrados ni las acciones de los políticos revolucionarios despejaron los obstáculos para la plena manifestación del principio constituyente.

2. Carl Schmitt: legitimidad vs legalidad
En el siglo XX es Carl Schmitt quien plantea de nuevo este problema. Para Schmitt el poder constituyente es lo que da legitimidad a una constitución que marca la legalidad en periodos de normalidad, pero que en situaciones excepcionales es del todo insuficiente, por lo que necesita ser o bien ratificada o bien revocada por una fuerza exterior y trascendente: el poder constituyente.
Encontramos un precedente y a la vez una justificación a este argumento en la teología medieval. Se trataba entonces de conciliar la idea de un dios omnipotente, trascendente, con la idea de un orden regular y causal en la Naturaleza: Guillermo de Occam argüía que la voluntad de Dios se caracteriza por dos poderes distintos: un poder absoluto (potentia absoluta) y un poder legal (potentia ordinata). Según su poder “ordinario”, Dios quiere su Creación como un orden legal, estable y perfecto. Pero según su poder “absoluto”, Dios puede siempre decidir intervenir en tal orden y ser causa de un estado de excepción que lleva el nombre de “milagro”. Tal dualismo fue rápidamente adoptado por la jurisprudencia medieval y lo encontramos de nuevo en Spinoza cuando plantea que la Naturaleza puede ser entendida desde dos perspectivas: como natura naturata y como natura naturans, como pasiva y como activa. Considerada pasivamente, la Naturaleza es la concatenación necesaria de efecto y causa, donde cada efecto es tanto condición de otro efecto (es decir, es su causa) y, a su vez, está condicionado por otro efecto. Pero Dios es también otra cosa, natura naturans, un principio activo, una fuente infinita, un generador de ser que no admite límite alguno y que no se deja encerrar en un esquema causal.
La teoría constitucional de Schmitt sigue este esquema según el cual la constitución es la norma básica a la cual todos deben someterse en periodos de normalidad, pero en situaciones de emergencia, la constitución se define como la “decisión” extra-legal de un soberano cuyo poder absoluto es “constituyente” del orden legal. Los cambios revolucionarios exigen salirse de la ley.
Decía Donoso Cortés en un famoso discurso en el Congreso de los Diputados en 1849 que los cambios que necesitaba España exigían una dictadura y que él puestos a elegir prefería la dictadura de los sables a la de las navajas. No en vano Donoso Cortés ejerce una importante influencia en Carl Schmitt. Según el jurista alemán hay dos maneras de romper la legalidad: la monárquica y la democrática: Príncipe y pueblo son los dos “sujetos de Poder constituyente que históricamente hay que considerar. Donde el punto de vista de autoridad es predominante, será reconocido el poder constituyente del Rey; donde el punto de vista de la maiestas populi domina, la validez de la Constitución descansará en la voluntad del pueblo”3

3. Toni Negri: la democracia radical.
Los teóricos de la democracia radical se acogen en parte al análisis de Schmitt pero tomando como único polo del poder constituyente al pueblo. Solo el pueblo dota de legitimidad a un régimen o constitución. La ley es una declaración de la voluntad soberana y entonces la pregunta es de quién es la voluntad y qué es el derecho, y llegando a ese punto, solo hay una respuesta posible: del pueblo. De la idea de que el derecho es artificial, entonces, se deduce (políticamente) el poder constituyente del pueblo. Este es grosso modo el hilo argumentativo que sigue el pensamiento democrático.
Es Antonio Negri, según mi parecer, quien transita de forma más brillante y audaz por esta senda. Para él, el poder constituyente no es “un signo de violencia fundadora” ni un “poder de excepción”, sino la “capacidad de instaurar un ordenamiento de libertad e igualdad”4. La cuestión es que, siguiendo a Schmitt, el fundamento no puede definirse o determinarse desde lo fundamentado, es decir, desde el poder constituido, la legalidad vigente, no puede definirse ni determinarse el poder constituyente sino al contrario: “El derecho, la constitución, siguen al poder constituyente; es el poder constituyente el que da racionalidad y configura el derecho.”5
El poder constituyente es, para Negri, básicamente tensión revolucionaria, la brecha que no se cierra en el ordenamiento jurídico y que conviene mantener abierta para que el horizonte emancipatorio no una sociedad no se cierre o colapse. En este sentido podemos establecer una importante diferencia entre el planteamiento de Negri y el del pensamiento democrático del siglo XVIII: Rousseau y Sieyès. Negri rechaza que el “pueblo” roussoniano y menos aún la “nación” sean el sujeto del poder constituyente. La nación es un invento burgués que poco o nada tiene que ver con el proyecto emancipador de las masas oprimidas y en cuanto a la noción de “pueblo”, Negri no tiene nada en contra siempre y cuando se la interprete de manera distinta a Rousseau. El pueblo no puede ser una unidad metafísica, el pueblo es multitud, es decir, una pluralidad irreductible: “la multitud es infinita multiplicidad de singularidades libres y creativas.”6
Pero la cuestión a destacar es que el poder constituyente tiene un carácter absoluto, no es una noción derivada que pueda descansar en otra más originaria o fundamental por eso la misma pregunta por el sujeto del poder constituyente es una pregunta trampa que conviene evitar. Es el poder constituyente lo que fundamenta y por tanto no puede ni debe ser determinado o fijado en el espacio o el tiempo. El poder constituyente es, proclama Negri, pluralidad irreductible en el tiempo y el espacio. Al contrario que la soberanía, siempre fijada por la ciencia jurídica en el espacio y el tiempo, “nosotros exigimos que el principio constituyente sea algo ontológicamente arraigado, dinámico, no espacio ordenado sino tiempo abierto, constitución temporal de lo existente, crisis.”7
El poder constituyente es un nuevo espacio porque pone en tela de juicio la teoría de la representación, la cual sostiene que la soberanía nacional se ejerce desde el Parlamento; pero el pueblo se manifiesta en una pluralidad de espacios públicos, entre los que se encuentra la sede parlamentaria, pero también, los ayuntamientos, sindicatos, sociedades, y en última instancia en cualquier espacio público susceptible de acoger una reunión o manifestación.
Por otro lado, el tiempo del poder constituyente no es un tiempo cerrado. El poder del pueblo no quiere ser el tiempo del acontecimiento revolucionario, un tiempo efímero destinado a dejar paso a la estabilidad del tiempo constitucional; al contrario el poder constituyente se resiste a ser transformado en poder constituido, quiere seguir existiendo como poder constituyente, como ejercicio de este poder. Además el tiempo del poder constituyente también se opone al tiempo cerrado de la burguesía, esto es, al tiempo de de la jornada laboral: “el poder constituyente de las masas encuentra el tiempo de la burguesía, esto es, la organización del tiempo de la jornada laboral, como su obstáculo. (...) estas aceleraciones del movimiento revolucionario de las masas revelan la voluntad de romper el tiempo social, el tiempo del trabajo.”8
Encontramos en Negri, al contrario que en Arendt, como veremos más adelante, una conexión interna entre las demandas políticas y sociales del pueblo que son el núcleo del poder constituyente: “La multitud reclama libertad e igualdad, igualdad social, no meramente jurídica y allí donde el poder constituyente se hace oír esta demanda va unida. El deseo de comunidad es el fantasma y el alma del poder constituyente.”9  También rechaza Negri una concepción del poder constituyente a lo Lacan, es decir, el poder constituyente no es una mera ausencia, un vacío irrepresentable en el terreno de lo simbólico, sino más bien una potencia generadora de instituciones y comunidad: “El poder constituyente se presenta como extensión revolucionaria de la capacidad humana de construir la historia, como acto fundamental de innovación y por ende como procedimiento absoluto.”10 Por ello no hay que confundir democracia con totalitarismo. El poder constituyente tiene un carácter absoluto, pero no totalitario porque el totalitarismo es fijación, limitación y el poder constituyente es deseo, productividad: “El trabajo vivo es poder constituyente que se opone al poder constituido y es, por lo tanto, apertura incesante de nuevas posibilidades de libertad.”11
En resumen, el poder constituyente es tanto un sujeto: la multitud; como una actividad: construir  el “común”. El poder constituyente somos nosotros: obreros, mujeres, indígenas, identidades abiertas a lo común que en la posmodernidad -y esta es una precisión que Negri añade en el 2014 en el prefacio de la reedición del libro El Poder constituyente, escrito en la década de los 80- se manifiesta como “lucha contra la propiedad privada en su forma actual: el poder financiero.”12
El libro de Negri es, naturalmente, el origen de todo este apartado. Su vigorosa prosa unida a la erudición y el conocimiento de las fuentes que maneja hacen que esta sea una obra muy recomendable. Destaco además una tesis que recorre todo el libro con la que estoy completamente de acuerdo: “poder constituyente” es una idea filosófica y la ciencia jurídica es del todo insuficiente para dar cuenta de esta noción. Comprender esta idea exige un acercamiento filosófico. Sin embargo no comparto la caracterización que hace Negri del poder constituyente. El problema es que al otorgar al poder constituyente un carácter absoluto e ilimitado, una función de fundamento, no es posible establecer mediación alguna, es decir, no se puede fijar un procedimiento para su expresión porque es él quien produce las normas; cualquier determinación o limitación es negada por el principio constituyente, de tal modo que la reflexión de Negri no crea pautas acción más allá de la mera exaltación del espíritu revolucionario. El poder constituyente queda absolutamente indeterminado porque permanece siempre opuesto, en confrontación perpetua con el poder constituido. En el momento que el poder constituido, esto es, el ordenamiento jurídico de un Estado, fija los cauces para la participación ciudadana, tal actividad queda inserta en la “maquinaria constitucional” y deja de ser una expresión del poder constituyente. La revolución permanente es la única opción política conforme al poder constituyente.
¿Cómo se convoca al poder constituyente? ¿por medio de los representantes?¿mediante plebiscito o insurrección? ¿de qué manera el pueblo puede y debe participar en la vida pública? ¿qué instituciones emanan del poder constituyente? ¿Qué constitución es afín al poder constituyente y cuál no? ¿Qué desea la multitud? No hay respuesta. El poder constituyente es la multitud y la multitud es movimiento, deseo, productividad y trabajo vivo. A mi modo de ver, Negri no es un filósofo político, como Leo Strauss, ni tampoco un teórico de la política, al estilo de Arendt, sino más bien un poeta político. No lo digo en tono despectivo, al contrario: necesitamos poetas... sobretodo en el ámbito de la política.
Pero que el poder constituyente tenga un valor absoluto es algo que no podemos dar por sentado. Es más: buena parte de la ciencia jurídica, siguiendo a Kelsen, lo niega.

4. Hans Kelsen: de la ley a la ley.
Para dar un paso hacia delante en esta argumentación voy a dar un paso atrás en el tiempo. Como he señalado, Negri sigue el camino que había marcado Schmitt: separar legalidad y legitimidad e identificar el poder constituyente con aquello que fundamenta una constitución. Ocurre que tal separación no es compartida por la mayor parte de la ciencia jurídica que, en relación a este asunto, sigue a Hans Kelsen.
Recordemos que para Schmitt lo que da legitimidad a una constitución es un sujeto trascendente: el Rey o el pueblo; pero según Kelsen una teoría del derecho no puede apelar a un Sujeto trascendente porque de ser así incurrimos en la paradoja del constitucionalismo: el comienzo de un orden legal no está en sí mismo obligado por la ley. El fundamento del derecho no puede ser una instancia extra-legal: el Rey, la nación, el pueblo o la multitud. Postular un Otro que existe con anterioridad al derecho y que lo justifica es un procedimiento metafísico que carece de justificación científica: sería algo así como postular a Zeus para justificar y comprender al rayo y, de la misma manera que los fenómenos atmosféricos deben ser explicados en sí mismos sin recurrir a la hipótesis de los dioses, los problemas jurídicos y constitucionales deben ser resueltos sin apelar a Sujetos Trascendentes. 
Lo que Kelsen niega es algo que hasta aquí hemos dado por supuesto: una cosa es la legalidad y otra la legitimidad; lo que niega Kelsen es la existencia de una fuente trascendente de legitimidad. Para él, una característica del derecho es que regula su propia producción: de una norma a otra norma, según los procedimientos establecidos por el derecho. Una norma, una disposición o una condena son legítimas si han sido establecidas conforme al derecho. Toda norma recibe su valor de otra norma superior hasta llegar a la constitución o norma básica... y no hay más, no hay un sujeto soberano detrás de la norma básica.

El peligro que atisba Kelsen en el planteamiento de Schmitt es que cuando la soberanía y el poder constituyente están en un Otro más allá del derecho siempre habrá la necesidad de interrogar: ¿Qué quiere el Otro? y siempre habrá médiums que pretendan saber lo que que el Otro quiere y imponer esa voluntad por encima del ordenamiento jurídico, el cual, desde esta perspectiva, es un mero artificio al servicio del Otro, el auténtico soberano dador de legitimidad. El poder constituyente, avisa Kelsen, es un peligroso residuo metafísico. No importa cual sea el sujeto del poder constituyente: fühler, pueblo, nación, etc. Lo crucial es que si admitimos esta idea rompemos el derecho y caemos en el reino de la arbitrariedad y a las puertas de la tiranía. En favor de Kelsen debemos tener presente que estas advertencias las expone en Alemania en los años treinta poco antes de que Hitler diera un golpe de estado desde la cancillería y finiquitara la constitución de Weimar.
Pero desde el republicanismo, que es la tradición política que defenderé en este texto, no podemos aceptar el positivismo jurídico que propone Kelsen, no podemos aceptar que la constitución solo sea un instrumento para separar los poderes del Estado y salvaguardar los derechos de los ciudadanos de la interferencia arbitraria del gobierno. El enfoque de Kelsen fomenta una resignación acomodaticia a lo que hay, una justificación del statu quo. Creo que acierta Negri cuando identifica la esencia de lo político con el poder constituyente, de tal manera que negar el poder constituyente es negar la política. El cuerpo social al que nos aboca el positivismo de Kelsen es el de un agregado de consumidores, no una auténtica comunidad política. Todo ello nos lleva de nuevo al principio constituyente, porque, como bien dice Negri: “Del mismo modo que el corazón produce circulación y equilibrio en el cuerpo humano, el poder constituyente produce circulación y equilibrio en el cuerpo político”13.
Estamos entonces en una encrucijada. Si otorgamos al poder constituyente un valor de fundamento absoluto, como hace Negri, desesperamos de toda reforma institucional y hasta de toda acción política, en la medida que toda propuesta o acción aspira a materializarse de algún modo en la “maquinaria constitucional” perdiendo así la pureza de su origen, pasándose, por así decir, al otro bando, al enemigo: el poder constituido. Por otro lado, si asumimos la norma básica como única fuente de legitimidad, como propone Kelsen, abandonamos toda esperanza de promover cambios profundos en la sociedad, de instaurar una genuina república; pues somos conscientes que las constituciones reales, las que están en vigor en la mayor parte de los estados, quizá porque en rigor no han sido erigidas por el poder constituyente sino que más bien son concesiones de las clases dirigentes a cambio de cierta paz social, se han convertido, en demasiadas ocasiones, en barrera y obstáculo contra las demandas democráticas.

5. El republicanismo.
Creo que es posible pensar el vínculo entre poder constituyente y constituido de manera más fructífera. Ha de ser posible hablar de poder constituyente en otros términos y articular estos dos poderes en el seno de una república. Desde la tradición republicana es inaceptable que, por definición, de manera necesaria, el poder constituyente sea contrario al poder constituido. Precisamente una república es un orden social, o sea, un poder constituido, a través del cual el pueblo, o sea, el poder constituyente, se manifiesta. Entiendo que es este, precisamente, es el principal objetivo de una constitución republicana: incorporar la inmanencia y espontaneidad del poder constituyente en el entramado institucional.
No podemos aceptar la primacía ontológica del poder constituyente porque tal orden de cosas socava los pilares de las instituciones republicanas y un republicano está convencido que fuera de la ley no hay comunidad, solo barbarie y derecho del más fuerte. Pero por otro lado tampoco podemos aceptar el positivismo jurídico porque tal doctrina amenaza por secar las fuentes del constitucionalismo porque los republicanos pensamos que una constitución no es un mero documento jurídico cuya validez dependa de cuestiones formales o argucias jurídicas.
Me planteo buscar en los textos republicanos (Nicolás Maquiavelo, Baruch Spinoza, James Harrington y Hannah Arendt) algunas claves para pensar este necesario vínculo entre constitución y poder constituyente.

5.1 Maquiavelo: la república temporal.
Aparentemente, pero esta es una visión engañosa, podríamos establecer un nexo entre la obra de Maquiavelo y el planteamiento de Schmitt: El Príncipe justificaría la legitimidad monárquica, es decir el poder constituyente del Rey y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio justificarían la legitimidad republicana. Por mi parte pienso que el pensamiento político de Maquiavelo se encuentra básicamente en los Discursos y que El Príncipe, como él mismo reconoce, no es más que el despliegue de la teoría política expuesta en los Discursos aplicada a un espacio, la península italiana, y a un tiempo, principios del siglo XVI, muy concretos.
En el primer libro de los Discursos, Maquiavelo, igual que Polibio, defiende un gobierno mixto, es decir, una república que aúne las tres formas de gobierno canónicas: monarquía, aristocracia y democracia. La república romana, al articular las instituciones del consulado, el senado y los comicios populares, cumple con este requisito y pasa a ser, a los ojos de los republicanos renacentistas, el modelo a imitar.
Pero esta estructura debe ser vigorizada, hay que insuflarle vida, es decir, poder constituyente. Y aquí es donde se rompe el equilibrio; es el demos quien ostenta el poder constituyente, quien da vigor a la república; de ahí la insistencia de Maquiavelo de armar al pueblo, pues solo un pueblo en armas es soberano y dueño de su libertad. La multitud se hace unidad a través de la milicia y la democracia nace, de este modo, armada.
Una importante diferencia entre el republicanismo de Maquiavelo y el de la Antigüedad es que la república no es en los Discursos un modelo ideal inmutable que fija el mejor de los ordenamientos políticos posibles; si así fuera no habría lugar en la república para el poder constituyente, que es, como dice Negri, precisamente lo que no puede ser fijado, una potencia creativa que no se deja anular.
La intemporalidad del modelo republicano es negada por Maquiavelo en dos sentidos. En primer lugar la república si quiere perdurar no debe permanecer estática, como si el presente fuera eterno, sino que debe volver al pasado y recordar su momento fundacional: “Si se quiere que una secta o una república viva por muchos años, a menudo es necesario devolverla a su principio”14  Maquiavelo habla de sectas en sentido amplio lo que incluye a “nuestra religión”, que para renovarse, con San Francisco o Santo Domingo vuelve a los orígenes: la vida de Jesús. La necesidad del acontecimiento fundacional para convocar al poder constituyente es común a religiones y república. Esto es muy evidente, como veremos más adelante, en el caso de la república estadounidense.
Pero la rememoración del acontecimiento fundacional no garantiza la eternidad de la república… y está bien que así sea. En las repúblicas siempre hay desunión; sobre la banalidad y sobre la regularidad natural de la desunión se desarrollan las pasiones; las pasiones generan desórdenes y “para desórdenes semejantes que nacen en las repúblicas no puede haber un remedio seguro, de donde se desprende que es imposible organizar una república perpetua, porque por mil vías inopinadas se provoca su ruina.”15 
Maquiavelo es tajante: “es imposible organizar una república perpetua”, pero es posible la perpetuidad de su renovación, de su reforma. El principio de la fundación se torna en el de la refundación y la dinámica. Así, después de plantear otros problemas no secundarios como la arquitectura constitucional, del arte de la guerra y la teoría de la virtud, los Discursos llegan al capítulo final: “Una república, para mantenerse libre, precisa todos los días de nuevas medidas: méritos por los cuales Quinto Fabio fue llamado Máximo”.

5.2 Harrington: la ley agraria.
James Harrington, igual que Maquiavelo defiende, en La República de Oceana (1656) un gobierno mixto compuesto por tres órdenes: magistratura, senado y pueblo e, igual que el florentino, defiende que el poder constituyente reside en el pueblo que es el bastión de la república.
En Harrington el poder constituyente se manifiesta por mediación del poder constituido pues la condición para que el pueblo se dé es la ley agraria. Para erigir una república, dice Harrington, es preciso romper el régimen de propiedad feudal y volver a una sociedad de pequeños propietarios, ellos son la base de la república, y el sustrato material para la libertad política: “Una ley agraria igual es una ley perpetua que establece y preserva la estructura del poder mediante una distribución tal que ningún nombre o grupo de hombres perteneciente a los pocos o aristocracia puede superar a todo el pueblo gracias a su posesión de las tierras.”16
Harrington establece para Oceana que más de la mitad del territorio nacional debe estar en manos de un pueblo armado. Podríamos pensar que estas ideas no son más que meras ensoñaciones utópicas, pero van a tener una influencia decisiva en las colonias americanas. La ley agraria es la norma constitucional en la que se basa la República de Oceana. A partir de ahí hay otras secundarias en las que no voy a entrar: división de poderes, elecciones, rotación de cargos públicos, etc.

5.3 Spinoza: la constitución republicana.
La teoría política de Spinoza guarda una profunda coherencia con sus planteamientos ontológicos. Recordemos que Dios se puede manifestar de dos maneras: como natura naturata o como natura naturans. No se trata de dos poderes opuestos sino una doble cualidad de una única sustancia: activa y pasiva. Esta misma distinción puede y debe ser extrapolada al terreno del poder político.
La cuestión es encontrar un punto de equilibrio. Por un lado una constitución debe ofrecer un marco de estabilidad, debe ser el sustrato que no cambia para que otras cosas puedan cambiar, que diría Aristóteles. Pero también una constitución republicana ha de tener un lado activo, constituyente, en la medida en que está al servicio del pueblo y no al revés. Una constitución republicana está encaminada a aumentar la potentia de los que se someten a la ley, porque no nos sometemos a la ley para perder la libertad sino al contrario, para ganar potencia, por ello “la mancomunidad cuyas leyes se basan sobre buenas razones es la más libre, ya que ahí cada uno puede ser libre en tanto lo desee, es decir, que puede vivir con entusiasmo bajo la guía de la razón”17

5.4 Jefferson: el espíritu de resistencia.
Thomas Jefferson es el principal autor de la Declaración de Independencia, máxima expresión del poder constituyente del pueblo norteamericano, que es es al vez una declaración política que proclama la independencia de las colonias americanas y una declaración de derechos democráticos, los cuales vienen expuestos en el Preámbulo: el derecho a la vida, la libertad y a la búsqueda de la felicidad; pero además se proclama el derecho del pueblo a tener un gobierno democrático y el derecho de resistencia y revolución si el gobierno vulnera los anteriores principios.
Dos impulsos contradictorios están presentes en la obra de Jefferson: preservar el espíritu revolucionario y el deseo de permanencia de la constitución. Por un lado Jefferson era plenamente consciente que la empresa que estaban acometiendo tenía voluntad de permanencia, que las instituciones republicanas nacían para perdurar; pero, por otro lado, reconoce que la libertad política que su generación estaba viviendo plenamente no podía ser hurtada a otras generaciones y que lo único inmutable eran los derechos naturales del hombre entre los que se encontraba el derecho a la rebelión y a la revolución. Por eso dice:
“Alimentad, pues, el espíritu de nuestro pueblo, y mantened viva su atención. No seáis demasiado severos con sus errores, pero exigidle mediante la ilustración. Tan pronto como dejen de prestar atención a los asuntos públicos, vos y yo, el Congreso y las Asambleas, los jueces y los gobernadores, nos convertiremos todos en lobos. ¿Qué país podrá preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos de cuando en cuando de que el pueblo conserva su espíritu de resistencia? Dejad que cojan las armas. ¿Qué significan unas pocas vidas perdidas en un siglo o dos? El árbol de la libertad debe ser refrescado de cuando en cuando con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural”.18
Conviene precisar que este texto es anterior a la experiencia de la Revolución francesa. Después del Terror ya no encontramos estos encendidos llamamientos a la insurrección; pero a cambio Jefferson propone que la Constitución contemple “su propia revisión a plazos regulares”, cada generación aproximadamente.

5.5 Arendt: las repúblicas elementales.
Hannah Arendt aborda el problema del poder constituyente principalmente en su libro Sobre la revolución. Para ella el poder constituyente es libertad y la libertad es relación comunicativa en el espacio público. Veamos cómo llega a esta conclusión.
Arendt encuentra en la comparación entre la revolución francesa y la americana un inmejorable marco para desarrollar su reflexión sobre el poder constituyente. La tesis fundamental que atraviesa su obra es que la Revolución Americana es una verdadera revolución política, en cambio en la Revolución Francesa la cuestión social enturbia y anula lo político. Sin embargo, a pesar de un inicio alentador, la Revolución Americana también fracasa en su aspiración de dar voz al poder constituyente al no incorporar a los municipios y las asambleas municipales (que tenían su origen en la época colonial) en el entramado institucional de la república. No se puede desconectar la república de la felicidad pública:
"El postulado básico del sistema de distritos, lo supiese o no Jefferson, era que nadie podía ser feliz si no participa de la felicidad pública, nadie podía ser libre si no experimentaba la felicidad pública, que nadie, finalmente, podía ser feliz o libre si no participaba y tenía parte en el poder público."19
Este fracaso de la Revolución Americana fue, durante un breve periodo de tiempo, el éxito de la Revolución Francesa: la fuerza de los club y sociedades. Arendt señala que los franceses acertaron al preservar el espíritu revolucionario pero erraron en el mecanismo de gobierno y a la inversa. Aparentemente los clubs y las sociedades revolucionarias no servían para nada, no tenían una función social definida, su función principal sino única, era discutir todos los asuntos concernientes a la república. Robespierre vio claramente que su inutilidad social era proporcional a su relevancia política y defendió a las sociedades en la Asamblea Nacional como manifestaciones de la libertad y el espíritu público; pero las sociedades tuvieron una corta vida porque cuando Robespierre se hace con el poder, en 1793, la cosa cambia; el gobierno jacobino transformó las secciones en órganos del gobierno e instrumentos del terror, o sea que acabó con ellas. El ideal jacobino de centralización y no separación de poderes no podía tolerar el movimiento comunal. Lo mismo acontece en la revolución rusa con la la rebelión de Kronstadt que supone el fin de los soviets.
Lo que dicen Jefferson y Arendt es que la revolución y la democracia para pervivir necesitan del “sistema de distritos” porque solo en el ámbito municipal se puede crear un espacio público para todos los ciudadanos, no solo para los representantes. Lo revolucionario, la verdadera expresión del poder constituyente, es el sistema de consejos que no perdura ni en la revolución francesa, ni en la americana, ni en la soviética. El objetivo de los consejos era superar el marco del Estado-Nación y concebir el poder de otra forma distinta al monopolio de los instrumentos de la violencia. Lo que ponen en cuestión los consejos es el sistema de partidos:
“El objetivo común era la fundación de un nuevo cuerpo político, un nuevo tipo de gobierno republicano que reposase sobre las “repúblicas elementales” de tal modo que su poder central no despojase a los cuerpos constituyentes de su originario poder constituyente.”20
En relación a este tema encontramos una valoración igualmente positiva del movimiento comunal en Negri y Arendt:
“El tiempo de los sans-culottes da un vuelco a la concepción del espacio político, toda vez que lo define no como espacio de representación, sino como lugar del ejercicio de masas del poder; no como espacio constituido y fijo, sino como espacio continuo del poder constituyente.”21
Pero en términos generales la valoración de la revolución francesa es notablemente diferente en Arendt y Negri. Por ejemplo, Negri ve con recelo lo que es una condición necesaria para la libertad política en el pensamiento republicano: “la separación de poderes es la desigualdad social, la sociedad del antiguo régimen que se opone a la unidad social y política del poder constituyente revolucionario.”22  Pero para el republicanismo la separación de poderes es una irrenunciable arma contra la tiranía. Es verdad, reconoce Arendt, que la tiranía no es el único peligro que acecha a la república. También el liberalismo puede corromper la república. El tirano, y especialmente el estado totalitario, acaban con la república porque la interferencia arbitraria del estado lo invade todo; pero el peligro del liberalismo es más sutil y no siempre es apreciado: consiste en que el espacio privado crezca desmesuradamente y no quede espacio público para la deliberación democrática. La corrupción puede ir tanto de lo público a lo privado como de lo privado a lo público. La separación de poderes contiene la corrupción pública y los consejos municipales luchan contra la corrupción privada.
Pero la principal crítica que recibe Arendt, no solo desde la teoría democrática (Negri) sino también desde otros planteamientos republicanos (Habermas), es su insistencia en la separación entre las cuestiones políticas y sociales.... pero este es un tema en el que no voy a entrar.

6. Conclusiones.
¿Qué podemos aprender de la tradición republicana? En primer lugar y lo más importante es que el poder constituyente puede realizarse en el seno de la república, es decir de manera inmanente al poder constituido. A diferencia de Schmitt que separa revolución (“legitimidad”) y constitución (“legalidad”), la constitución republicana conlleva la posibilidad de legalizar la revolución, es decir, de entender el poder constituyente como inmanente a la constitución.
Pero podemos concretar más y valorar algunas de las propuestas que aquí se han expuesto de manera muy resumida. Por ejemplo:
a. El derecho a las armas de Maquiavelo y Harrington. Esta es una tradicional reivindicación republicana que hoy en día no se sostiene. Actualmente el poder militar de los Estados es tal que la multitud (este armada o no) no puede llegar a ser un contendiente bélico significativo y, por tanto, su innegable capacidad de ejercer influencia política nada tiene que ver con la posesión de armas. El derecho a la resistencia solo puede concebirse y ejercitarse, al menos en las sociedades desarrolladas del siglo XXI, de manera no violenta. Por el contrario la disponibilidad de las armas acarrea un gran peligro en términos de seguridad pública y derechos humanos, como creo que es bastante obvio.
b. La exigencia de renovación de las instituciones republicanas, que proponen Maquiavelo y Jefferson, creo que tiene plena vigencia. El poder constituyente queda ahogado en un entramado institucional excesivamente rígido. La república ha de dejar abierta la posibilidad “nuevos inicios” porque, como decía Jefferson, la experiencia de la libertad política no puede hurtársele a ninguna generación. 
c. La Ley agraria que demandaba Harrington es una demanda que puede ser actualizada y conserva todo su sentido. Lo importante es que una república no puede levantarse sobre la desigualdad social y económica. Las repúblicas del siglo XXI deben contar con políticas sociales y fiscales que favorezcan la igualdad. En este sentido la igualdad social no es tanto un objetivo como una condición material para que el poder constituyente acontezca. También lo decía Maquiavelo: la república es la forma de gobierno óptima allí donde prime la igualdad, en cambio las sociedades con grandes desigualdades sociales y económicas son más adecuadas para un principado.
d. La idea de Spinoza según la cual el objetivo de la república es incrementar la potencia, es decir, la capacidad de hacer y de pensar de los ciudadanos es plenamente vigente. Quizá es el vocabulario de Spinoza lo que nos queda más lejos; hoy hablaríamos más bien de profundizar en la autonomía y el autogobierno o de empoderamiento popular, pero la idea es la misma. Una ley o una demanda republicana es aquella que empodera a la gente; lo cual no quiere decir simplemente dejar libertad de elección. No hay empoderamiento cuando el esclavo elige “libremente” un trabajo infrahumano con un sueldo de miseria. Como dice Marx hablando de la lucha de los trabajadores en Inglaterra por una ley que limitara el número de horas al día en los cuales se podía trabajar, Marx los incita a “confederar sus cabezas e imponer como clase una ley estatal, una barrera social infranqueable que les impida a ellos mismos venderse junto a su descendencia, por medio de un contrato libre con el capital, para la muerte y la esclavitud”23
e. El sistema de distritos. La idea de Jefferson y Arendt de una revolución permanente y legal sería algo así como una constitución que otorgue amplios poderes a los consejos municipales de tal modo que no se fije el futuro, que sean posibles nuevos comienzos, nuevas políticas, etc. Lo único que debe preservar una constitución republicana es un amplio espacio para el poder municipal que sería la sede real del poder constituyente. De este modo evitamos el dualismo de Schmitt entre poder constituido y poder constituyente y aunamos república y revolución. Como dicen Jefferson y Arendt, lo contrario a los consejos municipales es el sistema de partidos, lo que traducido a nuestro lenguaje es que lo contrario al poder constituyente no es el poder constituido, o sea, la república, sino la partitocracia.
Algo de esto pudo verse en España en el 15 M y en el inicio de Podemos con los Círculos, pero estas propuestas asamblearias, igual hoy que ayer, fueron reconducidas e integradas en “el sistema de partidos” y los mecanismos propios de la “representación”. Pero el problema de la representación ya lo vio Rousseau en el siglo XVIII: "El pueblo inglés cree que es libre; se equivoca tremendamente; solo lo es durante las elecciones de los miembros del Parlamento; en cuanto estos son elegidos, inmediatamente cae en la esclavitud, no es nada. El uso que hace el pueblo de la libertad en los breves momentos en que la posee le hace merecedor de perderla"24
Es necesario buscar un equilibrio entre ingeniería constitucional y principio constituyente. El poder constituyente debe estar presente siempre en una democracia, ha de ser la savia de la república y esta, por su parte, solo se realiza plenamente en el espacio público, desbordando los estrictos cauces de la representación y abriéndose a un poder constituyente que no es ni puede ser absoluto e ilimitado sino que ha de estar mediado por la constitución republicana. Por ello una constitución es cosa demasiado importante para dejarla en manos de juristas (o de políticos), y por las razones que aduce Kant: cuando se trata de entender lo que puede ser una constitución, los juristas siempre van a tomar el partido del Estado en vez que del pueblo, porque ellos “siguen el procedimiento usual (de un mecanismo en conformidad con leyes coactivas dadas despóticamente) incluso cuando los conceptos de la razón sólo admiten coacción por medio de leyes conformes a principios de la libertad.”25


Bibliografía.
1Antonio Negri, El poder constituyente, Madrid 2015, pag 44
2 J.-J. Rousseau, El Contrato social, Libro I, cap. 7. 
3 Carl Schmitt, Teoría de la constitución, trad. Francisco Ayala (Madrid: Alianza Editorial, 1996), 104.
4Antonio Negri, El poder constituyente, Madrid 2015, pags 11-12
5 Ibíd, pag 47
6 Ibíd, pag 415.
7 Ibíd, pag 50.
8 Ibíd, pag 263.
9  Ibíd, pag 54..
10 Ibíd, pag 56..
11 Ibíd, pag 340.
12 Ibíd, pag 18.
13 Ibíd , pag 179.
14 Discurso sobre la primera década de Tito Livio, Libro, III, p. 1.
15 Ibid., III, p. 17.
16James Harrington, La República de Oceana, pag 181.
17 Baruch Spinoza, Tratatus Theologico-Politicus, Cap. 16.
18 Thomas Jefferson, Shay Rebellion, 1787.
19 Hannah Arendt, Sobre la revolución, pag 263
20 Ibíd, pag 277
21 Negri, El poder constituyente, pag 264
22 Ibíd, pag 268
23Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro Primero: El proceso de producción del capital, ed. P. Scaron, 364. 
24 J.J. Rousseau, El contrato social, tercer libro, capt XV.
25 Immanuel Kant, El conflicto de las facultades, (Madrid, 2004), par. 8, 374.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Alfabeto filosófico II.
Borja Lucena

Se trata de superponer dos niveles heterogéneos, el de la norma y el del caos, como si se tratara sólo del juego caprichoso de introducir un orden en lo que por sí no lo tiene. La rutina de los diccionarios. Transcribiré en el inflexible orden alfabético una serie de pensamientos, citas -sobre todo citas- u otras cosas inverosímiles que he ido apuntando al ritmo de lecturas, de conversaciones, de encuentros y desencuentros más o menos azarosos. 

Pero, en realidad, un diccionario constituye una de las formas más poderosas de apresar y sintetizar el universo de lo real, de jugar el juego del ser. Alinear un conjunto de palabras de acuerdo con la necesidad de un orden, pero abandonando cada una de ellas al albur del acaso y la contingencia, de modo que, en su sucesión, la previsibilidad de lo por venir en el orden alfabético se acompañe del absurdo en el sucederse de los significados. 

En el orden y la arbitrariedad de los diccionarios se da de manera inmediata e irrevocable la marca ontológica de todo lo que acontece, como si esa mezcla  de necesidad y contingencia, de orden y desorden, fuera el juego mismo que la vida, el mundo, la realidad juegan.


A
ACCIÓN: “El lenguaje y el trabajo son externalizaciones y manifestaciones en las que el individuo ya no se retiene ni se posee él mismo, sino que deja que lo interior venga a salir totalmente fuera de sí, y lo abandona al otro”. Hegel expresa de esta manera la carencia de soberanía del individuo sobre sus obras y acciones. La obra, la acción, la palabra poseen irremediablemente una indeterminación ontológica tal que niega que en ellos pueda hallarse de manera inmediata, transparente, a la interioridad que en ellos se expresa. Estas notas inciertas conducen a menudo a desatender a la acción como realidad efectiva del individuo, y a procurar buscarla en algo que se adhiera más íntimamente a su constitución interior, como es el caso de los rasgos fisionómicos. No obstante, una vez desechada la “palabrería” de la fisionomía o la quiromancia, la autoconciencia habrá de volver a encontrarse en sus actos y obras como lugar propio de revelación de una interioridad real, y no sólo supuesta: “El verdadero ser  del hombre es más bien su acto, aquello que hace, aquello que ha hecho; en ese acto, en eso que ha hecho, es real la individualidad, y es la individualidad la que supera lo supuesto”. El sujeto es negatividad que sólo es en tanto supera su ser inmediato, su expresión y todo lo que pueda adherirse a ella: “La individualidad se presenta más bien en la acción [Handlung] como aquella entidad [Wesen] negativa que sólo lo es en cuanto suprime y supera ese su ser (inmediato)”. El acto, con su brutal interrupción de toda suposición, da fin al constante oscilar entre la interioridad y la exterioridad, y acredita efectivamente quién es el que se hace presente, aparte de intenciones, disimulos, etc. La acción, con su carácter irreversible, rompe la mala infinitud del suponer: “en el acto [That], en el acto ejecutado, queda aniquilada la mala infinitud (…) de ese acto puede decirse lo que ese acto es. Ese acto es eso, y su ser no es solamente un signo, sino la cosa misma. Ese acto es eso, y el hombre individual es lo que ese acto es; y en la simplicidad de ese ser [Seyn], es como el hombre está ahí para los otros, es ser universal, y cesa de ser algo solamente supuesto”. Hegel, PhG. V. A. La razón observadora. c. Fisiognómica y frenología.

B
BELLEZA: "La juventud es promesa que cada generación incumple". Gómez Dávila, N., Escolios, I.


C
CAPITALISMO: La utopía de un sujeto movido en exclusiva por la búsqueda del interés propio no deja de ser un horizonte que, incluso en las condiciones imperantes en la sociedad capitalista, no se ha realizado. La realización plena de ese curso del mundo  significaría su disolución, la aniquilación del sustrato de sociabilidad e interacción que hace posible una sociedad, incluyendo a la capitalista. El mito del capitalismo, el individuo aislado y atomístico, al recortar el interés particular como único referente, opaca el tapiz de referencias mutuas, de relaciones no egoístas que articulan la posibilidad de todo curso posterior de la acción humana. Michéa cita un estudio según el cual el valor económico de lo no económico, de todas esas acciones gratuitas que atraviesan la vida social y no se resuelven en el interés económico, supone una tres cuartas partes del PIB de la actual sociedad capitalista. Michéa, J.C., La escuela de la ignorancia.


D
DUALISMO: La sociedad moderna se honra de haber superado los dualismos que encerraban las imágenes anteriores del hombre. No obstante, bien mirado, la representación mecanicista del ser humano, la obsesiva manía de no salirse de los límites de lo que puede captarse como cosa y funciona sólo como cosa, identificando al cuerpo con ello, revela un giro algo más enrevesado. Aquí no se presenta una reconquista de la unidad del sujeto, sino, al contrario, un dualismo en el que se ha eliminado uno de los términos: “La moderna psicología mecanicista está íntimamente afiliada (…) al empirismo. Es un dualismo con uno de los términos suprimidos”. Taylor, Ch., Hegel y la sociedad moderna. 


E
ESPÍRITU: Tendríamos que extraer y eliminar del concepto de espíritu todo aquello que evoque la posibilidad de un saber exhaustivo y total de la realidad, del tiempo y sus aconteceres pasados, presentes, futuros. Si comprendemos el espíritu como esa transparencia en el instante nos veremos empujados a lo irrisorio antes que a la sabiduría. Con todo su materialismo a cuestas, fue Marx, antes que Hegel, el a menudo seducido por la tentación de futurizar. Hegel, al contrario, se cuidó mucho de las conjugaciones que saltan más allá del presente, pareciendo saber que un espíritu de dones proféticos está cerca de resbalar hacia lo ridículo o lo siniestro. Cuenta el psiquiatra Castilla del Pino que en 1962, durante una sesión de espiritismo a la que fue invitado, se presentó el que se anunció como espíritu de Ramsés, el faraón egipcio. La expectación y el asombro fueron generales. Y las preguntas, previsibles durante la dictadura,  no se hicieron esperar: ¿Cuándo morirá Franco? ¿Dónde? El espíritu no tardó en contestar: "1964, Ontario". (Castilla del Pino, C., Casa del olivo).  


F
FILÓSOFO: “Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad”. Machado, A., Juan de Mairena, II.

Después de la verdad -decía mi maestro- nada hay tan bello como la ficción. Los grandes poetas son metafísicos fracasados. Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas”. Juan de Mairena, XXII. 


G
GOBIERNO: "Y el que al gobernar una ciudad entera no obra de acuerdo con las mejores decisiones, sino que mantiene la boca cerrada por el miedo, ése me parece -y desde siempre me ha parecido- que es el peor". Sófocles, Antígona


H
HISTORICISMO: “La única pregunta que un historicista considera inútil dirigirle a un texto es la de su verdad”. Luri, G., ¿Matar a Sócrates?


I
INTERPRETACIÓN: Aun en el caso del ente que simplemente está-ahí, interpretar es retornar a considerar el orden del mundo en el que revela un sentido. Interpretar es restablecer las remisiones que integran al ente en un mundo. Cf. Heidegger, M., SZ, §16.

 La interpretación [Auslegung] es “la apropiación de lo comprendido”. Heidegger, M., SZ, §34.  


J
JUSTICIA: “Es justo exagerar lo que es justo”. Chesterton, citado en Leys, S.,Orwell: el horror a la política.


L
LENGUAJE: De acuerdo con Hegel, el lenguaje y aquello que en él es referido no suponen campos separados. Se da una íntima unión entre palabra y cosa que avisa de que, quien no encuentra la palabra adecuada, pierde la cosa: “(…) aunque suele decirse que, para los hombres sensatos, de lo que se trata no es de palabras sino de la cosa [die Sache] (…), ello no debe convertirse en una especie de licencia para designar la cosa con un término que no le cuadre (…) con eso se está ocultando que de lo que efectivamente carece es de la cosa, es decir, del concepto de la cosa”. Hegel, PhG, V. A. “Frenología”. 


M
METAFÍSICA: “Se nos dirá que nuestra posición de poetas debe ser la del hombre ingenuo, que no se plantea ningún problema metafísico. Lo que estaría muy bien dicho sino fuera nuestra ingenuidad de hombres la que nos plantea constantemente estos problemas”. Machado, A., Juan de Mairena, XXX. 


N
NATURALEZA: “Misteriosa en pleno día, la Naturaleza no se deja despojar de su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu, no se lo arrancarás a fuerza de palancas y tornillos”. Goethe, Fausto, parte I.


O
OBSERVACIÓN CIENTÍFICA: Para la observación, todo se convierte en cosa. Cf. Hegel, G.W.F., PhG, V. La razón observadora.

P
PROGRESO: “La sociedad industrial está condenada al progreso forzoso a perpetuidad”. Gómez Dávila, N., Escolios, I.

Esa izquierda que ha convertido en hegemónica la idea de un progreso de la humanidad parece no tener en cuenta que éste no es una opción en el seno de la sociedad industrial, sino una necesidad. El progreso no se alza contra la inhumanidad de la máquina moderna, sino que pertenece a su dinámica intrínseca. La izquierda industrialista, que se cree en lucha contra el capitalismo, es en realidad un componente imprescindible para su perfeccionamiento, ya que le proporciona, además de lo que por sí ya tiene, el prestigio de la libertad.


R
REVOLUCIÓN: Es ingenuo, es casi infantil que Marx fiara el triunfo del comunismo a su capacidad para sobrepasar al capitalismo en aquello que él mismo detectó como la esencia de éste: su carácter revolucionario. Para revolucionario, debió pensar la realidad, ya existe el capitalismo.


S
SOCIALISMO
: “El socialismo es el poder soviético más la electrificación”. Lenin.


T
TRADICIÓN
: “Lo que tú heredaste de tus padres, adquiérelo para poseerlo. Lo que no se utiliza es una carga pesada”. Goethe, Fausto, I.


U
UNO (EL
): “En la cotidianidad del Dasein la mayor parte de las cosas son hechas por alguien de quien tenemos que decir que no fue nadie (niemand)”. Heidegger, M., SZ, § 27.


V
VISIÓN
: “Cuando se habla de conocer, los otros sentidos hacen suya, por una cierta analogía, la operación del ver, en la que los ojos tienen la primacía (…) No decimos sólo ‘mira cómo luce’, sino también ‘mira cómo suena, mira cómo huele, mira cómo sabe’...”. Heidegger, M., SZ, §36.


Y
YO
: "Los que carecemos de talento traducimos meramente textos anónimos y públicos en el idioma de nuestras preocupaciones personales". Gómez Dávila, N., Escolios, I.

domingo, 20 de mayo de 2012

Psicoanálisis y Rebelión política.
Eduardo Abril Acero


Es un hecho que la rebelión, aunque se reivindique como una necesidad ciudadana, incluso como una virtud ciudadana, rara vez se da como una reivindicación de derechos, o como una toma de lo político en manos de los que sienten que han quedado excluidos a fin de subsanar esta falta. Se cuentan con los dedos de muy pocas manos a los revolucionarios que tienen un plan. La mayoría de las veces la rebelión está más animada por un deseo de destrucción de lo existente que por su reforma y su ajuste.

Que los individuos queramos mejorar nuestras condiciones de vida y eso pase por la reformulación del estado político parece ser algo que no es necesarios explicar. Pero que esta pretensión sea, muchas veces sustituida por una actitud violenta y vengativa, es algo para lo que no tiene respuesta ni la teoría política liberal ni la socialista.

Actualmente asistimos a un cambio en lo político que nos inquieta; vemos cómo el estado se adelgaza a pasos agigantados y deja de prestarnos la asistencia a la que nos tenía acostumbrados; la educación, la sanidad y el resto de los servicios se retiran y los ciudadanos experimentamos una ciudadanía desamparada. Hasta ahora el ciudadano era aquel sujeto que era reconocido por el estado en el ejercicio de esas asistencias: somos ciudadanos porque el sistema sanitario nos reconoce como dignos de cuidado, porque el sistema educativo nos supone mejorables o porque creemos que las fuerzas de seguridad nos protegerán de la violencia ejercida contra nosotros.

La ciudadanía es, por decirlo de algún modo, una identidad alienada. Es identidad porque nos permite reconocernos como un "algo", una cosa que tiene un lugar en el mundo y que posee capacidad de acción en ese mundo; pero es alienada porque ese reconocimiento es siempre el reconocimiento del otro; nos reconocemos en, como dirían los lacanianos, el deseo del otro. En la medida en que hay un otro que nos desea en algún respecto, que desea algo de nosotros en algún sentido, entonces nos reconocemos como un yo, un sujeto de deseo. El ciudadano no es otro que aquel que se puede reconocer porque el estado le reconoce, porque le requiere en tanto que cuidado, protección y mejoramiento.

El mecanismo de este reconocimiento no es distinto a cómo Lacan explica que se produce el nacimiento del sujeto a través de la mirada materna: el niño prelingüístico, recién nacido, no es más que un ser disgregado, un puro haz descoordinado de sensaciones, movimientos y percepciones. No se experimenta a sí mismo porque no hay ningún "sí mismo" que experimentar; su cuerpo disgregado tiene unificarse en un algo, debe convertirse en una cosa. Sus sensaciones y movimientos descoordinados deben ser referidos a una realidad única. Este proceso no lo realiza el lactante sobre sí mismo, sino que lo hace a través del otro; primero mediante la imagen del espejo que la madre le atribuye, pero seguidamente porque se convierte en un objeto manipulado por la madre, una cosa movida de aquí para allá, alimentada, atendida, acariciada. En este momento el niño, ya sujeto (en el doble sentido de "sujeto" como voluntad y "sujetado" como atado a un deseo), se capta como un objeto propio del deseo de la madre. Pero falta un elemento más, un elemento decisivo al que Freud llamará “Edipo”: todos los pequeños sujetos descubren tarde o temprano que no son ese objeto de deseo de la madre que habían imaginado, que no van a ocupar el trono del rey eternamente, que realmente nunca lo han ocupado. Hay algo siempre que se opone a ese reinado. Freud lo identifica con el padre, seguramente fruto de la sociedad en la que vivió; Lacan, más fino, nos habla de “la función paterna” o “el nombre del padre”, algo que no necesariamente debe identificarse con el padre real. Este “nombre del padre” representa a aquello que se opone a ese reconocimiento inicial como objeto de deseo, a ocupar el trono del rey. Freud ya era consciente de que este momento es decisivo en el individuo ¿qué hacer cuando el padre nos aleja del trono?

Pues bien, el mismo esquema, como digo, nos permite comprender esto que llamamos “revolución” o “rebeldía”, dado que es una situación análoga; el ciudadano se ve desamparado al constatar que el reconocimiento que le otorgaba su ser (otro), se retira y queda desamparado; ya no es ese objeto de deseo en el que resultaba una cosa con un lugar: el del cuidado, el mejoramiento y la protección. Al perder todo esto se pierde su ser-cosa, se diluye el sujeto que es. Y en este caso puede aparecer el mismo sentimiento de desamparo que aparece cuando nos vemos abandonados por un objeto de amor que nos dice “ya no te quiero”: ¿entonces yo que he sido para ti? ¿entonces yo qué soy?

Y, en este contexto, semejante es el amante despechado que dice que podemos comprender y explicar la violencia revolucionaria. El ciudadano ante su abismo de desesperación, identifica aquello que como “nombre del padre” se opone a ser el objeto del deseo, a ocupar el lugar del rey, y descarga contra él toda su violencia y su resentimiento. Esta identificación es siempre imaginaria: el ciudadano imagina un otro, un padre, que es sujeto máximo de goce y que preserva ese goce para sí manteniéndonos a nosotros fuera. Imagina que si desaparece ese sujeto gozante (ya sean los políticos, los banqueros, los reyes, los capitalistas, los gobiernos... etc), el goce se repartirá por igual entre todos y se abrirá la puerta de la corte para la entronización de todos los desamparados. Y esa fantasía condensa todos los odios: comienza la revolución.

Sino, pensemos una cosa, qué sentido tiene esta contradicción: si el estado se adelgaza y los servicios disminuyen, es necesaria la destrucción del estado. Semejante es el amante despechado que dice: “si no me quieres te mato” ante su abismo de desesperación, identifica aquello que como “nombre del padre” se opone a ser el objeto del deseo, a ocupar el lugar del rey, y descarga contra él toda su violencia y su resentimiento. Esta identificación es siempre imaginaria: el ciudadano imagina un otro, un padre, que es sujeto máximo de goce y que preserva ese goce para sí manteniéndonos a nosotros fuera. Imagina que si desaparece ese sujeto gozante (ya sean los políticos, los banqueros, los reyes, los capitalistas, los gobiernos... etc), el goce se repartirá por igual entre todos y se abrirá la puerta de la corte para la entronización de todos los desamparados. Y esa fantasía condensa todos los odios: comienza la revolución.

Se puede enunciar simplificando: si el estado se adelgaza y los servicios disminuyen, es necesaria la destrucción del estado. Analogía del amante despechado: “si no me quieres te mato”.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Jefferson y la rebelión política
Borja Lucena

Jefferson, fundador de los Estados Unidos, habla sobre las virtudes de la rebelión como vivificadora de toda realidad política. Sin participación efectiva del pueblo, parece decir, incluso las instituciones de la libertad se ven amenazadas por la esclerosis que conduce al despotismo. Lo que Jefferson señala es que sin fundación y renovación revolucionaria no hay política, sino sólo tiranía, sea más o menos llevadera. Esta es, quizás, una de las más valiosas enseñanzas de la revolución americana, a la que el mundo contemporáneo, el mundo de la "democracia administrada", ha querido cerrar los ojos.

En una carta a James Madison, Jefferson dice así:  “I hold it that a little rebellion now and then is a good thing, and is as necessary in the political world as storms in the physical”, lo que traducido resulta, más o menos, en que "defiendo que una pequeña rebelión es algo bueno ahora y entonces, y es tan necesaria en el mundo político como las tormentas en la naturaleza"

En otra ocasión, ese mismo año de 1787, escribió a un amigo acerca de la llamada "rebelión de Shay": “God forbid that we should ever be 20 years without such a rebellion”, lo que quiere decir "Dios prohíba  que estemos nunca veinte años sin una rebelión como esta"; una falta de rebeldía en el pueblo significaría “a lethargy, the forerunner of death to the public liberty. . . And what country can preserve its liberties if its rulers are not warned from time to time, that this people preserve the spirit of resistance?”, es decir, "un letargo, el anuncio de muerte para la libertad pública.... Y, ¿qué país es capaz de preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos periódicamente de que el pueblo preserva el espíritu de resistencia?"

Fuente: http://www.imaginativeconservative.org/2012/05/little-rebellion.html