Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

jueves, 18 de noviembre de 2021

De púlpitos y pupitres
Ariane Aviñó

 Una tiene la sensación, después de casi 20 años dando clase a adolescentes, de que, si la sociedad fuese un inmenso teatro romano, la enseñanza secundaria ocuparía el lugar del hiposcaenium, la cámara oculta para los mecanismos y decorados. Y esto ocurre incluso cuando la obra que se representa tiene que ver justamente con la enseñanza. El pulpitum siempre está ocupado por otros. Estas semanas se viene representando la muerte de la filosofía en la ESO, y desde aquí abajo, desde el interior de la cámara oculta desde la que algunas escuchamos la representación, muchas de las líneas del guión resultan sobreactuadas, cuando no profundamente cínicas. Se habla de crimen contra la humanidad, de convertirnos a todos en siervos, en incapaces de resistir al fanatismo y a la demagogia, o de afrontar con madurez los dilemas y decisiones vitales, de la desaparición del pensamiento crítico, de que volvemos a condenar a Sócrates, etc. Quienes llevamos más de media vida estudiando filosofía estamos bastante acostumbradas al sacerdocio que la impregna como disciplina, siempre dispuesta a hablar desde el púlpito. Afortunadamente, las que llevamos también casi media vida enseñándola a adolescentes somos testigos de otro mundo que se mueve y se enuncia por debajo del escenario. 

Curiosamente, es el mismo término pulpitum el que dio lugar tanto al cultismo púlpito como a la palabra francesa pupitre, así que nos parece justo reivindicar cierta elevación del lugar desde el que cada día, invisibles, los adolescentes de este país asisten aparentemente impasibles al asesinato de la filosofía, a su conversión en siervos, a la desaparición del pensamiento crítico, a la condena, de nuevo, de Sócrates. Lo primero que llama la atención al introducir en las cuestiones filosóficas al alumnado adolescente es comprobar que el pensamiento es previo a la filosofía, que los adolescentes piensan. Lo segundo, es que el alumnado, y no solo las grandes voces de la filosofía institucional y mediática,  también es víctima de la adicción a los titulares, a las frases huecas, a las sentencias que no aguantan un cara a cara con la propia filosofía, no ya como disciplina, sino como estilo. Y es que lo que “toca” verdaderamente de la filosofía es justamente su estilo, esa delineación de las ideas y las palabras con que intentamos recorrer la demente ruta enmarañada de la historia del pensamiento, haciendo malabarismos para conjugar lo actual y lo no inmediato. Es ese estilo la puerta de entrada a la filosofía, y para abrirla hay que moverse en el plano del desacato, dibujar un espacio no patrimonializado, donde los autores-institución pierdan su nombre y respiren de nuevo sin el peso de su propio peso. Y no estoy hablando de convertirse en una especie de gurú, de pasearse entre las mesas repartiendo condescendientemente frases-píldora, sino justamente de desembarazarnos del “honor” de ser los profesores que enseñamos a pensar, y empezar a ser los profesores que enseñamos qué y cómo se ha venido pensando hasta el momento. 

Enseñar filosofía no es más, ni es menos, que hacer visible, justo en un momento crítico de la vida en que se comienza a adivinar lo que será la soledad constituyente, un espacio de pertenencia, una  cierta comunidad. Quizá sea seductor para los que de una u otra forma “trabajamos” en la filosofía entender esta comunidad como un grupúsculo organizado en torno a rituales y prácticas iniciáticas, una de las cuales sería permitir al alumnado “escuchar los nombres de Platón, Kant, Nietzsche, o términos como ética o metafísica” en la etapa de enseñanza obligatoria. Pero, desafortunadamente para algunos, y citando a José Luis Pardo hablando de Michel Serres, “la filosofía siempre es joven”, aunque nosotros cada vez seamos más viejos, y estemos más cansados. Tan viejos y cansados que no somos capaces de defender la enseñanza de la filosofía más que subiéndonos al púlpito con nuestras máscaras, máscaras que ocultan, por otra parte, los legítimos y verdaderos motivos por los que la mayoría de los que vivimos de esto entendemos que la filosofía debería estar más presente en la enseñanza obligatoria y en Bachillerato, y que evitamos manifestar por considerarlos demasiado prosaicos. Seamos honestos, la eliminación de los valores éticos como asignatura espejo de religión en tres de los cuatro cursos de la ESO puede reducir un tercio la plantilla de profesorado de filosofía en los institutos. Y puede que, si esto ocurre, empiece a atisbarse ya desde las facultades de filosofía lo que hace más de una década estamos viviendo con angustia en los institutos de secundaria: la avería estructural del ascensor social. Porque, ¿quién puede permitirse dedicar décadas de su vida a hacerse un hueco en el competitivo mundo de la academia? Creo que nos haríamos un gran favor como colectivo si empezáramos a llamar a las cosas por su nombre, y empezáramos también a reconocer en qué se ha convertido la filosofía bajo los dictámenes del neoliberalismo. Si la filosofía es, en última instancia, la actividad de los filósofos, y la actividad de los filósofos en la actualidad es, en gran medida, la angustiosa, frenética y precarizada carrera hacia un puesto digno, no nos queda más que reconocer que hoy es también la propia filosofía la que está acabando con la filosofía. 

Decía Foucault que la “tarea de un practicante de la filosofía que viva en Occidente debe ser prestar oídos a las voces de una cantidad incalculable, a una experiencia innumerable, (...) puesto que nosotros estamos afuera, en tanto que ellos hacen efectivamente frente al aspecto sombrío y solitario de las luchas”. Podemos entrever en estas palabras de Foucault hasta qué punto el sufrimiento y el dolor se encuentran en el núcleo de la práctica filosófica, y hasta qué punto corremos el peligro de olvidar ese núcleo al dedicarnos, precisamente, a la filosofía. La filosofía, siguiendo a Foucault, parece dirigirnos irremediablemente hacia el exterior, por lo que, alejados del dolor constituyente del pensar, no podemos más que recurrir al ruido de la comunidad si queremos seguir en nuestra práctica filosófica. Advertimos, entonces, que no es la sociedad cansada, envejecida, mezquina, la que necesita de la filosofía y de los filósofos para curarse. Es en realidad la filosofía, los filósofos, los que deben renunciar a aborrecer el cansancio, la vejez, la supuesta mezquindad, prestar oídos a las voces “que hacen frente al aspecto sombrío y solitario de las luchas”. 

Lo que me gustaría este día mundial de la filosofía es reivindicar la existencia de una filosofía otra, que emerge de los púlpitos invisibles que son todas esas mesas verdosas, viejas, cojas, con sus sillas terriblemente incómodas, desde las que cada una de esas personas, ajena al afuera de la filosofía, libra su solitaria lucha, una lucha que tiene lugar también en el terreno del pensamiento. Ojalá las únicas pistas que se reciben en la adolescencia de que no se está solo en ese terreno entristecedor del pensamiento no se limitaran al ámbito de la enseñanza formal, porque ese es un fardo pesado que los profesores de valores éticos y filosofía no queremos llevar a nuestras espaldas y que, de momento, no hemos dejado de llevar. Hoy hemos intentado aligerar ese peso para celebrar así el día mundial de la filosofía en el IES Pere Maria Orts de Benidorm. Hoy el profesorado de filosofía de este instituto de Benidorm hemos guardado silencio, y hemos planteado un reto nada sencillo, sabiendo, como sabemos, que nuestro alumnado ha tenido un contacto limitado con la filosofía, a través de los valores éticos la mayoría, y de la asignatura de 1o de Bachillerato algunos. A una parte del alumnado de los grupos de 3o PMAR, 4º de la ESO y 1º y 2º de bachillerato les pedimos que reconocieran en su propio pensamiento y articularan en forma de pregunta algo que ellos creyeran que podía ser considerado una cuestión filosófica. Una vez recogidas las preguntas, que eran anónimas, se les dieron a otra parte del alumnado, y en esta ocasión se les pidió que respondieran con otra pregunta, con una reflexión, un comentario, etc. Me gustaría mencionar algunas de las cuestiones planteadas y respondidas con las que el alumnado de IES Pere Maria nos ha soprendido, y celebrar así el día de la Filosofía con la seguridad de que la filosofía saldrá de esta, en palabras de José Luis Pardo, como ha salido de tantas otras. Ayudemos a que esto ocurra prestando oídos y reconociendo otros púlpitos.


- ¿Merece la pena pensar?

- Si no pensáramos, ¿qué somos aparte de cuerpos vacíos?



- ¿Qué hay después de la muerte?

- Hay oscuridad


- ¿Existe la perfección?

- La perfección es cosa de percepción (no existe, solo en las mates)



- ¿Realmente somos libres de elegir?

- Solo lo somos dentro de las opciones que nos conceden


- ¿Somos todos iguales?

- ¿Realmente nos consideran a todos iguales?



- ¿Vivimos en una simulación?

- Mete tus manos es una olla con agua hirviendo y reflexiona cómo de real es el dolor


- ¿Si el universo se expande, sobre qué se expande?

- Se expande sobre otros universos infinitos. ¿Si no se expande, qué hay detrás de eso?



- ¿Estamos solos en el universo?

- ¿Realmente importa? Es decir, ¿cambiaría algo?


- ¿Estamos destinados a ser como nuestros padres, si eso es lo que evitamos?

- No, cada uno es libre de elegir su destino y aprender de sus propios errores



- ¿Cuándo se denomina que algo es arte?

- Cuando algo es bello.


- ¿Qué significa una derrota y qué una victoria?

- Una derrota es perder o fracasar en algo, pero toda derrota tiene un logro, aprender y mejorar. Una victoria es lograr o conseguir algo, pero toda victoria trae una derrota, no garantiza ganar siempre.

1 comentario:

  1. Un artículo muy interesante,Ariane, y cargado de razón. Parece que el inte´res de la filosofía tiene que ir unido a la grandilocuencia, cuando las cosas son, también a menudo, notablemente más humildes. A mí también me carga ese gusto por declaraciones que rayan la ridiculez y sobrepasan los límites de cierta decencia intelectual, y que parecen a punto de confesar: "nosotros los filósofos vamos a salvar el mundo". No hay que confundir la filosofía con los superpoderes... Lo cual no obsta para que defendamos también el papel de la filosofía en la enseñanza; pero, mejor, sin dramatismos y haciendo gala de aquello que, precisamente, es la primera y la gran virtud curativa que la filosofía puede aportar a una formación digna de recibir ese nombre: la apuesta por la comprensión y la inteligencia.

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