Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo
Mostrando entradas con la etiqueta derecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta derecha. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de noviembre de 2013

El Valle de los Caídos en Arán.
Eduardo Abril Acero

Cada cierto tiempo un viejo debate vuelve a la escena política en este país: ¿qué hacer con el Valle de los Caídos? Generalmente el debate se abre desde la izquierda que, con cierto criterio, arroja un poco de atención sobre un asunto que no deja de ser, todavía, una herida abierta: en el Valle, un monumento franquista que el régimen dedicó a los caídos de la guerra civil, aún persiste la distinción entre los vencedores, que descansan en tumbas con nombres y apellidos, y vencidos, aquellas otras tumbas de quienes no tuvieron ni reconocimiento ni una sepultura digna. El argumento que esgrime la izquierda no carece de razón, más cuando encuentra enfrente un comentario tan poco sólido como el de “no remover”. Los partidarios de mantener la sepultura del máximo sepulturero no van más allá de decir eso: no removamos las heridas, no reescribamos la historia, no nos metamos a reabrir heridas ya cerradas.

No obstante, mi propósito en esta entrada no es el de escoger bando y argumentar sobre la conveniencia o inconveniencia de encontrar o no encontrar otra sepultura para el dictador, sino reflexionar en torno al sentido profundo de este debate, que tiene todos los indicios de hacerse recurrente, como un sueño que, de cuando en cuando se repite, ofreciéndonos el indicio de que algo no funciona, y sigue sin hacerlo una y otra vez. El Valle de los Caídos, como problema no resuelto, como debate abierto y reabierto una y otra vez, supone un horizonte en el que izquierda y derecha pueden encontrar su sitio simbólicamente, reafirmar una identidad. Es por eso que, en rigor, no hay una verdadera intención de “hacer algo con el Valle de los caídos”, puesto que eso impediría el reconocimiento propio, la adopción de una identidad grupal, tanto de la izquierda como de la derecha.

Lo importante, por tanto, está en identificar en qué consiste esta identidad. Que esto se produzca con respecto al Valle de los Caídos no es baladí; la identidad proviene siempre de la historia, ya hablemos de un solo hombre, que cifra su identidad en su nombre, en sus logros, en el que fue en aquella ocasión, en el triunfo o fracaso que tuvo, o hablemos de grupos y colectivos, que encuentran su identidad generalmente en modelos de identificación y en elementos comunes con el otro. Y el Valle es aquí una buena forma de encontrar esos modelos de identificación. En la derecha, empeñada en “pasar página” y considerar a Franco y el franquismo ya como parte de la historia, como lo es Isabel II, Fernando VII o el Cid, se entreve una disposición política que parece minimizar los efectos del relato de la Historia, y mira al futuro. No es difícil encontrar argumentos del tipo “eso es cosa ya del pasado, lo importante es trabajar por el presente y mirar al futuro”. Pero lo cierto es que ese ninguneo del pasado y en especial del franquismo es impostado y su pretensión es precisamente la contraria. El tratamiento de Franco y del franquismo como un hecho más del pasado, de nuestra historia, lo eleva a la categoría de Historia con mayúsculas, de Historia oficial, lista para ser ya fijada en los libros de texto como un paso más en la andadura de este país. Pero lo cierto es que, lo que queda ninguneado aquí no es el franquismo, sino sus víctimas. Y también esa mirada al futuro y la preocupación por el presente, tampoco carece de interés político; en el fondo, la escritura que algunos quieren hacer del franquismo es el de un “mal necesario”: Franco fue un dictador, sí, y en muchas cosas fue duro, nefasto y cruel, pero al fin y al cabo, sacó a España de un régimen descarriado y levantó España, desarrolló el turismo, la agricultura y alfabetizó el país. Lo que hay que ser es, como lo fue el dictador, audaces y valientes, no temer las decisiones difíciles y tirar para adelante. Tal es el modelo de identificación.

El modelo de identificación de la izquierda no es mucho más esperanzador. La izquierda se ve a sí misma como una pura negación, la tachadura de lo otro, de lo que no es ella misma. Por eso mismo necesita como el agua alguien y algo que tachar. Más allá de eso, no ha logrado evocar una identidad verdaderamente significativa. Recuerda, siguiendo un símil futbolístico, a ese hincha deportivo, que antes de que gane su equipo, lo que verdaderamente desea es que pierda el equipo rival. Por eso no ha conseguido generar una identificación positiva, un proyecto colectivo de país, puesto que todo el ser del colectivo se cifra en la oposición a aquello que se cifra como el enemigo, el otro.

Que la derecha se agarre a esta identificación y se vea a sí misma como ejemplo de eficacia y pragmatismo, ocultando una auténtica veneración de la historia, no es algo nuevo ni original  en la derecha española frente al resto del mundo. Pero que la izquierda sea incapaz de provocar una identidad positiva, que mire al futuro, que trabaje por sus ideales históricamente constituidos, especialmente por aquel que busca reducir al máximo las desigualdades, sí es un mal endémico de nuestro país. Y esto se puso de manifiesto hace ya unos años, cuando se desató en las plazas de todas las ciudades, una verdadera explosión de ilusión por forzar cambios verdaderamente significativos en el país, y la izquierda política fue incapaz de reaccionar, desprevenida e incompetente, sin saber cómo mirar ya al futuro.

Por eso, si algo me parece urgente y necesario para este país, es que la izquierda encuentre, o si de prefiere “recupere”, una identidad esperanzada y valiente, que mire al futuro con decisión, y que quiera verdaderamente producir cambios, más allá de seguir estancada en la búsqueda de enemigos.

Podría para eso cambiar de Valle en sus reflexiones: en lugar de seguir pensando en el Valle de los caídos, repensar el Valle de Arán, que es otro Valle de otros Caídos. Hace un par de días, cuando volvió a surgir en los medios el debate eterno en torno a la sepultura de Franco, me acordé de un libro que leí este verano, “Inés y la alegría” de Almudena Grandes. La novela cuenta una historia ficticia que se sostiene sobre una historia real, algo que en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda. (Spoiler) Almudena Grandes cuenta la historia, a través de los ojos de Inés, una madrileña republicana que en origen era una niña bien de familia de derechas,  de cómo miles de milicianos españoles invadieron en 1944 el Valle de Arán, con la pretensión de echar a Franco del poder y restaurar la República. Los soldados que invadieron Arán eran los españoles que ganaron la Segunda Guerra Mundial, los primeros que entraron en París luchando contra los nazis, los que combatieron a los Africa Korps de Rommel en el Sahara. Eran soldados ganadores, que bien habrían podido disfrutar de su éxito, recibir honores y haber tenido una vida dulce como ciudadanos franceses o ingleses y que, sin embargo, después de diez años disparando un vejo Mauser aún tenían ganas de partirse el lomo por los habitantes de esta vieja piel de toro. Todos ellos, los que entraron en Arán, aproximadamente 13.000 hombres, eran voluntarios y lo mejor que sabían decir de sí mismos es que eran españoles. Allí murieron unos seiscientos y el resto se retiró algunos días después de comenzada la operación ante la imposibilidad de romper las líneas del ejército de Franco, y la falta de apoyo tanto de los aliados como de los “españoles del interior”. La intención de los combatientes y de su máximo lider, Jesús Monzón, era la de no abandonar Arán, y establecer allí, en un Valle fácil de defender, un gobierno alternativo al gobierno de Franco, en territorio español, y que el reconocimiento internacional hiciera el resto. Sin embargo el nuevo dirigente del Partido Comunista, Santiago Carrillo, más interesado en complacer las instrucciones de Moscú que en devolver la legitimidad al Estado español, ordenó la retirada de los combatientes y defenestró a Jesús Monzón. Esa fue sin duda la última batalla de la guerra civil, y una de las más valerosas. Sin embargo, los caídos en ese otro Valle no salen en ningún libro de texto, ni se les reconoce mérito alguno, pese a que su intención era la de darlo todo por los que consideraban sus “compatriotas”.

Es ese Valle, el de Arán, y esos combatientes, donde la izquierda española debería buscar sus modelos de identificación, en esos hombres quijotescos y valerosos que, o murieron en Arán, o descansan ya en cementerios franceses. Hombres que volvían a España porque añoraban el campanario de su pueblo, y sentirse entre los suyos, que no querían hacer la Revolución sino vivir en un País en paz, pero con justicia. Hombres que creían en el futuro, pero de verdad. En cambio, prefiere enredarse en seguir buscando enemigos.

PD. Para no decepcionar diré algo sobre el Valle de los Caídos, el del Escorial, mucho menos importante que el de los Pirineos. No creo que haya que sacar de allí al Dictador y entregar los restos a la familia; esa opción la perdió Franco desde que convirtió su cuerpo corrompido en patrimonio nacional. Si de mí dependiese desconsagraría la Basílica y la convertiría en un museo de los crímenes de la Guerra Civil. Entre ellos, tal vez el último, que Franco descanse bajo la cúpula de una iglesia. Nunca imaginaría el dictador que su mausoleo sería, finalmente, un museo del horror y su tumba parte del catálogo de la exposición.

sábado, 21 de enero de 2012

Un binomio perfecto
Borja Lucena


El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción.

F. Engels, Anti-dühring

Cuando, de cuando en cuando, paro a pensar sobre el mundo de la política oficial, me siento inclinado a aceptar el desaliento como norma. Lo grave no es que lo político haya sido tomado por la puesta en escena y la representación -y digo que no es grave porque la política es siempre una forma de actuación, de manifestación y apariencia, y debe serlo para satisfacer su misma naturaleza-, sino porque cada vez se hace más patente que en todo esto no hay nada representado, nada que, en rigor, pueda ponerse ante los ojos. Hoy, los políticos del día ofrecen el espectáculo de las diferencias, de la continua repetición de gesticulaciones y palabras que ponen en escena identidades que quieren aparecer en conflicto irremediable. El bipartidismo imperfecto que nos asola -e “imperfecto” quiere decir, en suma, que padecemos todos los males del bipartidismo sin disfrutar ventaja alguna- se manifiesta como una exhibición de oposiciones teatralizadas. La función, para llegar a ser exitosa, ha de realmente convencer al público de que la lucha que se manifiesta es real, de que los ejércitos están prestos a aniquilarse, de que pronto correrá la sangre. En el seno de la comedia, los partidos políticos tienen que darse a comprender como enemigos esenciales, como dardos apuntando al corazón del adversario, unos desde la izquierda, otros desde la derecha. Buena parte de la representación descansa en la fe o en el fetichismo de las palabras: es preciso, para que el espectáculo posea el poder real de convencer e implicar al gran número, contagiar la convicción de que las coordenadas espaciales -derecha/izquierda- nombran una disociación territorial real, como el caso de dos ejércitos que se lanzan el uno sobre el otro precisamente porque ocupan regiones distintas que los caracterizan topológicamente como antagonistas. La comedia se repite día tras día, pero, cuanto más enfatizan los contendientes las diferencias, más se pone en claro que las actualmente significativas son sólo diferencias coreográficas. La emulación en la agresividad, el acaloramiento mutuo, el señalamiento de la perversidad del contrario, simultaneados desde los polos antitéticos, manifiestan la identidad de la imagen en el espejo, que, frente a la inversión de los gestos y las palabras, revela lo mismo. O casi lo mismo. PP-PSOE.

La política, en todo esto, ha desaparecido. O mejor, ha quedado reducida a su esquema mínimo, a su esqueleto estrictamente necesario. Los partidos políticos representan las controversias de la política, pero la política ha desaparecido junto a toda controversia. Ha sido tomada por la necesidad, y en ésta no puede existir desavenencia alguna. Los desacuerdos escenificados, las discrepancias proyectadas en las pantallas o transmitidas por la radio, las disparidades personales actúan como si fueran políticas, pero no pertenecen en absoluto a este ámbito. Al fin y al cabo, todos repiten que se hará lo que sea necesario hacer, con temblor o sin temblor de manos. EL histrionismo de la puesta en escena se agudiza a medida que los partidos ponen en realización medidas políticas indistinguibles, es decir, que bien pudieran pertenecer al contrario irreconciliable si vinieran acompañadas de las palabras o las gesticulaciones apropiadas.

Al final de todo tenemos sólo la espuma de una real diversidad política, ya que cada uno de los partidos en liza se limita a llevar a cabo una parte del programa político necesario, aquella parte que puede llevar a cabo sin rebelar a su electorado sentimental, aquella parte que, por el hecho de pertenecer precisamente al bagaje declamatorio del adversario, se pone en escena adecuadamente como necesidad, y no como producto de la voluntad. La prueba de la necesidad, de que unos u otros se han visto obligados a hacer tal o cual cosa, es que no pretendían hacerlo, ya que verdaderamente repudia a la repetida declamación de sus auténticos proyectos. Veamos cómo funciona esto:

La derecha alcanza el poder, para lo cual ha tenido que declamar como derecha. Sin embargo, para sorpresa de nadie, su actividad gubernamental se despliega como podría desplegarse si hubiera adoptado la declamación de izquierda. La derecha en el poder se pone, digámoslo así, a ser de “izquierdas”, y usurpa el discurso que la izquierda oficial presentaba a los sufragios: sube los impuestos, aboga por tasas de transacción financiera, ataca a “los mercados”... Llega incluso a iniciar la abolición de las fiestas religiosas en nombre del trabajo, y todo bajo el peso de la necesidad. Nadie se revuelve incómodo en su butaca. Puede hacer lo que hace porque no quiere, porque ha sido empujada a ello por la necesidad. Si el partido antes en el gobierno hubiera tomado las mismas medidas, todo habría sido distinto: inaceptable subida de impuestos, trabas al “libre mercado”, descristianización de España y furor laicista.... Bien. Pero si ahora miramos a ese mismo partido – al representante oficial del territorio de la izquierda- comprobamos que, en su turno de gobierno, ya había realizado, a su vez, la parte del programa político necesario que su oponente de la derecha nunca podría llegar a acometer con tan exitosa franqueza: bajada de los sueldos a los funcionarios, recorte de las pensiones, indulto de banqueros condenados judicialmente por delitos significativos, desaparición del dinero público destinado a educación o sanidad y desvío de sumas ingentes a bancos y empresas privadas , cuando no a políticos del partido, a amigos y familiares... Cosas que el partido de la derecha, sin duda, no podría haber hecho con impunidad, sin subvertir a buena parte del país: en ese caso se habría hablado de un ataque sin precedentes contra la clase trabajadora, del intento de desmontar el “estado del bienestar”, de la agresión contra los mayores y desvalidos, de la connivencia con el poder financiero y de favores desvergonzados a los bancos...

Comprobar cómo cada uno de los partidos pone en práctica partes significativas del programa supuesto del adversario da a conocer, en suma, una identidad esencial, una identidad que, más allá de las diferencias representadas o declamadas, nos habla de una común causa: la de eliminar definitivamente la política -ese asunto engorroso y plagado de incertidumbres- en favor de la necesidad, es decir, de la administración y gestión de aquello en lo que no existen alternativas ni posibilidades novedosas. Cada partido se encarga de llevar a cabo una parte de lo necesario, aquella que será aceptada por un electorado paciente que confía, pero que sería inaceptable para ese mismo electorado si viniera del partido complementario. Al final no nos queda, ni siquiera, una competencia por el poder. Nos queda un binomio perfecto.

viernes, 23 de mayo de 2008

¿Es la izquierda moralmente superior a la derecha?
Óscar Sánchez Vega

Es este un estereotipo asumido no solo por la izquierda sino también por buena parte de la derecha. ¿Dónde están los españoles que votan al PP? ¿No trabajan? ¿No salen por los bares y restaurantes? Si tuviera que juzgar por mi experiencia no podría creer, ni sospechar que el PP obtiene 10 millones de votos en las elecciones generales. ¿Cuál es la explicación? ¿Acaso se muevo por ambientes muy “rojos”? No creo que sea el caso. Más bien pienso que buena parte de los votantes del PP callan o se avergüenzan de su opción política porque explícita o implícitamente asumen el prejuicio de que la izquierda es moralmente superior a la derecha.

En estos foros varias veces se ha criticado el prejuicio como una falacia que surge a partir de la propaganda progresista. Se ha defendido igualmente que la moralidad de las personas nada tiene que ver con esta distinción política o que ni siquiera existe tal distinción y por tanto la frase carece de significado. Lo que voy a defender en las siguientes líneas es: primero, que la distinción entre izquierda y derecha tiene sentido, sirve para introducir orden y racionalidad en la teoría y praxis política; segundo, que es posible establecer vínculos y relaciones entre la ética y la política, en un sentido semejante al establecido por Aristóteles, y, tercero, que el estereotipo como tal es falso, es obvio que las personas de izquierda no son más “buenas” y honradas que las de derecha, pero como todos los estereotipos tiene un poso de verdad que es preciso reconocer , clarificar y sacar a la luz.

Para acometer esta empresa voy a proceder conforme al método cartesiano: analizo la proposición reduciéndola a sus ideas simples y la reconstruyo de nuevo. Por tanto en primer lugar lo que debo hacer es explicar qué entiendo por “izquierda”, “derecha” y “moral”, teniendo en cuenta que mi indagación no pretende ser exhaustiva, ni especialmente novedosa, ni nada de eso. Procedo bajo un principio pragmático: intentaré centrarme en aquellas connotaciones semánticas que sean relevantes para solventar el problema planteado y dejaré de lado otras muchas que no incumben al asunto expuesto.

¿QUÉ SIGNIFICA “IZQUIERDA”?

Así planteada la pregunta da como miedo. Insisto en lo limitado de mi indagación: no pretendo agotar el significado del término sino solo alguno de sus aspectos.

En primer lugar lo que llama la atención del término en cuestión es su carácter no unívoco, la pluralidad de significados que conviven de manera contradictoria bajo el mismo rótulo: de izquierda dicen ser Fidel y Zapatero, Lenin y Rosa Luxemburgo, Bakunin y Mao etc. De izquierda se dice el comunismo, el socialismo, el anarquismo o la socialdemocracia; y por último también hay filosofía de izquierda (izquierda hegeliana) o arte de vanguardia de izquierda etc. Un lío.

La noción de “izquierda” se nos muestra como un concepto confuso y oscuro que es preciso aclarar. Se impone ir acotando el término y lo voy a hacer, en primer lugar, limitando esta reflexión a la izquierda política, dejando pues al margen el uso del concepto en otros campos, como el arte o la filosofía. Aun así el material es tan vasto que preciso de una estrategia que bien pudiera inspirarse en el método genealógico: es posible que aquellos que utilizaron por primera vez el término en su connotación política se movieran en unos parámetros mucho menos complejos que los actuales y nos ayuden a comprender la noción.

Es sabido que el origen político del término procede de la Revolución francesa cuando a los representantes del tercer estado los situaron en la Asamblea de 1789 a la izquierda de la presidencia mientras que los defensores del Antiguo Régimen se situaron a la derecha. Pero esta no puede ser una situación originaria ¿por qué a los revolucionarios los situaron a la izquierda y a los conservadores a la derecha? ¿fue casualidad? Creo que no.

Es muy posible que el rebasamiento del significado topológico de los términos “izquierda” y “derecha” proceda del lenguaje religioso. Sabemos que al Hijo le está reservado un lugar a la derecha del Padre y antes ya se aplicaban los términos a Jehová, Zeus o Júpiter. El término “derecha” incorpora atributos morales: el bien y el orden; y por el contrario la “izquierda” el mal, el desorden, la rebelión de Lucifer. También adquirirán con frecuencia los términos derecha e izquierda connotaciones temporales y no solo espaciales: la derecha indica lo más originario, lo primario, por tanto, lo antiguo, lo viejo; la izquierda adquirirá en cambio la connotación de lo que es nuevo y moderno.

La composición de la asamblea francesa de 1789 recoge esta tradición al situar a los partidarios del Antiguo Régimen a la derecha y a los representantes del tercer estado a la izquierda. Esta izquierda revolucionaria tiene como objetivo la caída del Antiguo Régimen y la articulación de una nueva Nación política de ciudadanos libres e iguales organizados en torno a un estado centralista donde están llamados a desaparecer no solo los estamentos sociales sino también los departamentos territoriales.

La inspiración filosófica de los jacobinos es múltiple, pero es preciso reconocer que la noción roussoniana de voluntad general ocupa un lugar preferente en su doctrina política. La soberanía debe recaer en el pueblo y los gobernantes deben estar al servicio de la voluntad general que es la voluntad del pueblo. Desde esta atalaya, la de la voluntad general, todos somos iguales, es más, el establecimiento en cada caso concreto de lo que es la voluntad general presupone la igualdad de los ciudadanos pues desde una situación de desigualdad no es posible establecer la voluntad del pueblo porque los poderosos, como bien supo ver Marx, siempre harán pasar los intereses de su clase por encima del interés general.

Soy consciente de que simplifico mucho, pero de ahora en adelante voy a llamar izquierda a toda opción política que admita, implícita o explícitamente, estos presupuestos. ¿Qué es la izquierda? Una posición política que privilegia la idea de igualdad por encima de otras ideas o valores políticos: la libertad, la tolerancia, la paz, la independencia, el orden etc. Hay una idea sin embargo que no puede situarse por debajo de cualquier otra: la justicia. Tal y como yo lo veo toda opción política de uno u otro signo aspira a alcanzar la justicia, este es el único telos de toda praxis política por tanto no nos sirve como criterio clasificador. Es preciso preguntarse ¿qué es lo justo? La persona de izquierda responde: ante todo, la igualdad.

Las diferentes corrientes de izquierda, - comunismo, anarquismo, socialdemocracia…- se diferencian en que conjugan la igualdad con el resto de ideas políticas de diferentes maneras. Así los anarquistas conjugan la igualdad con la libertad, pero no con el poder o la racionalidad; los socialdemócratas conjugan igualdad con legalidad y democracia; los comunistas con orden y razón, pero no con libertad… etc. Un corolario de la tesis que sostengo es que la izquierda es internacionalista o no lo es. La aplicación política de la idea de igualdad, especialmente cuando se articula con la idea de racionalidad, es incompatible con un burdo nacionalismo que establece fronteras naturales entre los hombres.

A estas alturas pienso que ya se me ve el plumero platónico; entiendo la teoría política como una suerte de simploké que establece relaciones diferentes entre las ideas y la izquierda como una familia de teorías que tienen en común otorgarle a la idea de igualdad un lugar preferente en la red eidética y todo ello sin necesidad de otorgar trascendencia alguna a las ideas: estas no son más que construcciones teóricas con un origen histórico determinado y una función pragmática que consiste, en el caso en que nos ocupa, en orientar la praxis política. Entiendo las ideas al modo de Foucault como algo intermedio entre las palabras y las cosas: no tienen la evanescencia de las primeras, ni la consistencia de las segundas.

Quiero por último insistir en el alcance de esta reflexión: no pretendo dar cuenta de todas las opciones políticas que se dicen de izquierdas, ni otorgar patentes de izquierdista cabal, ni siquiera dictaminar lo que debe ser la izquierda. Propongo una definición simple que solo pretende tener un valor pragmático, y si me apuran personal: puede servir para cribar y racionalizar las propuestas políticas. "Izquierda" y "derecha" no son más que construcciones sociales arbitrarias que utilizamos para introducir algo de orden e inteligibilidad en un material que de lo contrario se nos manifiesta confuso e ininteligible. Podemos pensar, como Borja, que no son los conceptos más adecuados, pero entonces ¿cuáles lo son? Pienso que la labor de la filosofía no es cambiar los conceptos que de hecho son operativos y funcionan en la sociedad sino todo lo más como la academia de la lengua: limpiar, fijar y dar esplendor – y acaso ya sea excesivo-

¿QUÉ SIGNIFICA “DERECHA”?

Obviamente lo términos izquierda y derecha son complementarios y no pueden existir uno sin el otro, por lo tanto la derecha tiene el mismo origen que la izquierda: la Revolución francesa. Como hemos comentado los parlamentarios franceses defensores del Antiguo Régimen y partidarios de una reforma moderada se situaron a la derecha en la Asamblea Nacional de 1789. Los partidarios de esta derecha, que en adelante denominaré tradicionalista, no se definían tanto por una idea cuanto por todo un campo semántico, el compuesto por las ideas de: tradición, religión, Dios, patria, familia, leyes viejas, monarquía etc.

Si cambiamos la mirada desde los orígenes hasta la actualidad pienso que los herederos de esta derecha tradicionalista son solo parte de lo hoy denominamos derecha pero no la totalidad, ni siquiera la parte fundamental. La mayor parte de lo que hoy consideramos derecha proviene de una escisión de lo que antaño se entendía como izquierda. A lo largo del siglo XlX y principios del XX el moviendo obrero radicalizará la izquierda y, progresivamente, la burguesía liberal, que había sido la vanguardia de la Revolución del 89, es caracterizada como parte de la derecha y en la medida en que el moviendo obrero cobra fuerza, efectivamente se establece una alianza coyuntural entre la burguesía liberal y los tradicionalistas, de tal modo que los enemigos acérrimos en el XVIII acaban estableciendo una alianza ante el acoso de la izquierda radical.

Así pues entiendo que lo que hoy llamamos derecha forma parte de dos familias políticas bien diferenciadas, de tal modo que la hetereogeneidad de la derecha es aun más profunda que la de la izquierda pues la primera se articula en torno a una idea clave y la segunda solo tiene en común un pacto coyuntural de resistencia frente a las pretensiones revolucionarias de la izquierda radical.

En cualquier caso es preciso analizar la naturaleza de este pacto para comprender lo que hoy llamamos derecha. Mi tesis es la siguiente: el tradicionalismo solo abraza el liberalismo cuando está en condiciones de inferioridad, cuando considera imposible hacer comulgar a la mayoría de la población con los valores que defiende, entonces se torna liberal para, al menos poder seguir viviendo conforme a sus ideales. Estamos pues ante un pacto anti-natura forzado por las circunstancias porque en principio son dos familias antagónicas: los liberales son de raigambre ilustrada y al igual que la izquierda intentan racionalizar el material político tomando como idea clave la libertad – en lugar de la igualdad- . Del mismo modo que con la izquierda hay distintas formas de ver el liberalismo – desde el liberalismo español de las Cortes de Cádiz hasta los neocons americanos – que se caracterizan por articular de diferente forma la idea de libertad con el resto de ideas políticas, pero siempre otorgando la primacía a la libertad individual. ¿Qué es un estado justo? El liberal responde: aquel que salvaguarda mejor la libertad individual.

En cambio los tradicionalistas no sienten apego a la libertad individual. El tradicionalismo supone un puente entre la legitimación tradicional del poder propia del Antiguo Régimen y el Romanticismo del XIX, puente que permite transitar sin mojarse o contaminarse por el turbulento caudal ilustrado del XVIII. El objetivo de los tradicionalistas no es ya urdir una simploké conceptual que les permita actuar políticamente (que es el caso de los liberales y los socialistas) sino recuperar un modo de vida más genuino que no requiera de una justificación racional, un modo de vida anclado en la religión y la tradición que tiene como fin conectar al individuo con la Tierra, la lengua, y la cultura de los antepasados para mitigar su soledad y dar sentido a su existencia.

¿QUÉ SIGNIFICA “MORALMENTE SUPERIOR”?

Antes de responder a la cuestión planteada quiero incidir en algo ya apuntado: la conveniencia de articular ética y política en un sentido próximo al que propone Aristóteles. Ética y política no son conjuntos disjuntos, es más, solo entiendo la política en vinculación directa con la ética: la política se pregunta por la mejor forma de organización social porque solo dentro de la polis es posible llevar una “vida buena” que es a lo que todos aspiramos. Las distintas formas de organización social favorecen o dificultan la obtención de la vida buena y viceversa, en función de cómo entendamos lo que es una buena vida optamos por un modelo de organización política u otro. Por tanto la pregunta de si una opción política es “moralmente superior” a otra, me parece en principio inteligible y con sentido.

Evidentemente lo”moralmente superior” es lo óptimo desde la perspectiva moral. Ahora en bien, ¿en que consiste la perspectiva moral?

Para contestar a esta pregunta voy a hacer uso de los términos “moral” y “ética” en un sentido semejante a como los entiende el materialismo filosófico de Gustavo Bueno. La justificación de estos significados solo voy a esbozarla porque se aleja del objetivo de este artículo, pero en cualquier caso no me preocupa demasiado porque repito que considero los conceptos desde el punto de vista pragmático por lo que no veo una necesaria una fundamentación última de los significados propuestos, ni una refutación de otros significados alternativos. Yo mismo utilizo con mis alumnos de 4º de ESO la consabida acepción de moral como el conjunto de normas y valores aceptado por un colectivo social y ética como filosofía moral. Sin embargo aquí voy a emplear los términos de manera diferente. No creo que sea contradictorio porque no se trata de determinar la esencia de “la moral” o “la izquierda” sino de pulir estas palabras de tal modo que nos resulten útiles para estructurar y ordenar la experiencia política en un sentido semejante a como las categorías kantianas hacían posible el conocimiento humano. En cualquier caso el desplazamiento semántico de un término filosófico siempre ha de ser respetuoso con la etimología y con la tradición pues de lo contrario estaríamos creando un lenguaje privado sin relevancia crítica alguna. Sabemos que ética procede del término griego ethos que viene a significar carácter; y moral del latino mores que significa costumbres. Utilizamos, sin saber muy bien por qué, expresiones como “moral estoica” y “ética epicúrea” (pero no al revés: no decimos “ética estoica” y “moral epicúrea”) que no pueden justificarse desde la definición convencional-didáctica de los términos.

Bueno propone utilizar el término ética para referirse a las relaciones que se establecen entre las personas desde la perspectiva del individuo y moral para referirse a esas mismas relaciones pero desde la perspectiva del grupo. El fin de las relaciones éticas es el bien de las personas mientras que el fin de las relaciones sociales es la justicia social. Buena parte de los dilemas éticos pueden entenderse como la confrontación, en relación a un mismo tema, de una perspectiva ética contra un punto de vista moral. Por ejemplo, desde la perspectiva ética no hay nada más sagrado que la vida de un individuo, pues el fin de las normas éticas es conseguir que los individuos perseveren en la vida, por lo que la pena muerte debe ser vista como una aberración. Sin embargo desde la perspectiva del bienestar del grupo puede ser necesaria la eliminación de algún individuo especialmente dañino para la comunidad; no es inmoral la pena muerte, es contraria a la ética. Por eso los debates en relación a este tema muchas veces se parecen a un diálogo de besugos: unos hablan de una cosa, otros de otra; unos desde una perspectiva ética, otros desde un punto de vista moral. Lo mismo cabe decir en relación a problemas tales como el aborto, la eutanasia, la insumisión etc.

Así pues llamo “moralmente superior” a lo que fortalece a la sociedad, a lo que supera el interés individual en aras del bien común, mientras que llamo”éticamente superior” a lo que fortalece al individuo en el mismo sentido que apunta Spinoza: la virtud ética por excelencia es la fortaleza que se manifiesta como firmeza ante uno mismo y generosidad ante el resto de la humanidad.

CONCLUSIONES

¿Es la izquierda moralmente superior a la derecha? Sí. Porque el discurso de izquierda, si lo es, debe estar orientado a materializar la igualdad en una sociedad dada y esto es óptimo desde la perspectiva moral porque una sociedad más igualitaria es más fuerte, justa y cohesionada lo que debe admitirse como un logro moral.

Ahora bien ¿Es la izquierda éticamente superior a la derecha? Pues depende. A mi modo de ver la derecha liberal es éticamente superior a la izquierda porque un estado liberal favorece mejor que ningún otro el objetivo que planteaba Nietzsche en el segundo tratado de la genealogía de la moral: criar un animal al que le sea lícito hacer promesas, esto es, un individuo fuerte, autónomo y responsable que tenga en sus manos el futuro, capaz de adecuar el mundo a su voluntad y no plegarse ante lo establecido.

¿Y qué pasa con la derecha tradicionalista? Para mí resulta obvio que esta derecha, al igual que la izquierda, apunta a un objetivo moral, no ético, pero una cosa es lo que pretende ser y otra lo que efectivamente es. Como el universo de discurso del tradicionalismo es completamente arbitrario (la raza, el pueblo, la nación…) su praxis política no pude ser moral porque no puede universalizarse, en el sentido de la moral kantiana. Por ejemplo ¿en que sentido puede ser moral imponer a los inmigrantes la firma de un documento en el que se comprometen a respetar las costumbres y cultura del país de acogida? Tal vez ese objetivo favorezca la cohesión y fortaleza de una de la cultura receptora pero no puede ser un objetivo moral por la sencilla razón de que las costumbres y las culturas son diversas y hasta incompatibles. Este es un ejemplo de lo que pudiera proponer y propone una derecha tradicionalista ante lo cual solo cabe recordar que lo único que el estado debe exigir al inmigrante, desde una perspectiva ilustrada de la política, es lo mismo que al resto de ciudadanos: que cumpla la ley.

Pdt : De todo lo anterior se deduce que una izquierda liberal es la mejor opción política desde una perspectiva ética y moral lo que me recuerda una metáfora de Nietzsche: “Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. “

martes, 18 de diciembre de 2007

La confusión como sistema

Últimamente, quizás por la insistencia con la que hemos discutido sobre ello en estas páginas, intento pensar el sentido de la común distinción "izquierda" y "derecha". Procuro alcanzar un contenido que, una vez tras otra, se me escapa; su utilidad, por otro lado, también me parece definitivamente confusa y me lleva a pensar que su meta no es aclarar, sino emborronar la realidad y permitir que todos los gatos sean pardos. ¿Qué sentido tiene mantener algo que obstaculiza obsesivamente la comprensión de una realidad -la política- siempre más compleja y plástica de lo que una dicotomía maniquea es capaz de aprehender? A vueltas con estos viejos pensamientos, el domingo pasado tropecé con un artículo franco y rebelador, un texto en el que se muestra con claridad y sencillez la utilidad de esa distinción que tanto tiempo nos ocupa. A cuenta del dogma del cambio climático, Manuel Vicent desarrollaba en la última página de El País una basta ofensiva contra la humanidad; raza maldita, exterminadora, amante de la destrucción y del CO2; raza herética que reúne en torno a sí el mal absoluto; bestia feroz que dedica todos sus esfuerzos a aniquilar al planeta que -sin saber qué hacía- lo acogió amorosamente, como una madre despreciada. Rousseau sonreía otra vez desde las entrañas de la tierra y ésta, me temo, permaneció indiferente ante los consabidos discursos que fluyen de la culpabilidad y la mala conciencia....... En realidad, el tono del artículo no sobrepasa el nivel de los llantos impostados por alumnos de 4º de la ESO que quieren hacer ver a su profesor que han comprendido que tienen que ser solidarios, justos y ecologistas. No, no es eso lo interesante. Lo interesante y revelador es la conclusión apabullante con que el articulista cierra su breve algarada:

La naturaleza y la humanidad ocupan dos frentes ideológicos irreconciliables. La naturaleza es de izquierdas. La humanidad es de extrema derecha. Ser progresista consiste hoy en ponerse de parte del planeta en esta guerra a muerte.

En esta conclusión se cifra el valor y la utilidad de las consabidas etiquetas "izquierda" y "derecha": si algo se quiere hacer pasar por malo se le asigna al campo terrorífico de "la derecha"; lo santo, al contrario, lo bueno e inmaculado, pertenece siempre a "la izquierda". Da igual de lo que se hable, porque siempre se encuentra a mano la dicotomía para dejar claro cuál es el bando de los buenos.

Visto lo visto, una terminología tan beata como embaucadora domina hoy los discursos. Un instrumental obsoleto mantiene en la penumbra una dimensión primordial de la vida humana. Pretenden convencer de que su lenguaje se refiere a la realidad política, pero no utilizan más que apreciaciones morales tan simples como los lobos y cocos que asustan a los niños a la hora de dormir. Como cuando el franquismo reacuñó la noción de rojo para referirse al Mal, hoy sus inconfesados epígonos cruzan los dedos ante "la derecha". Unos y otros, aparentemente tan separados, se hermanan en el lenguaje, en la tosquedad intelectual, en los modos garrulos. Y en la suprema y bendita intolerancia hacia lo que no comprenden.


http://www.elpais.com/articulo/ultima/Gran/guerra/elpepiult/20071216elpepiult_1/Tes

martes, 10 de julio de 2007

IZQUIERDA IZQUIERDA, DERECHA DERECHA....
Borja Lucena


Las tardes del estío - mientras el sol desciende lento hasta ocultarse tras los montes azules, mientras el tiempo se arrastra aturdido por el calor y la desidia – parecen pensadas para no pensar. Llega el momento de la inactividad y la sombra. Aún así, antes de abandonarme al bendito ocio, me gustaría referirme a lo que también en verano es constante, a esa condenada obsesión por pensar la política desde la oposición Izquierda-Derecha. Y es que, oyendo a algunos - más que enterarme de lo que pasa en política - recuerdo con nostalgia el baile de la “Yenka” que en mi niñez oía.

Hay distinciones propias de realidades ya caducas, como quien sueña pertenecer a una época en la que existían dragones que matar y princesas que rescatar del mal para siempre. Tiempos pasados que, por interés o por nostalgia, se pretende mantener en la vida artificial de las quimeras. Los periodistas, los opinadores profesionales, los mejoradores de la humanidad, los ascetas del ideal… todos miran el mundo y ven a la humanidad dividida en dos bandos irreconciliables; la mayoría habla de “izquierdas” y “derechas”, o de “progresistas” y “reaccionarios”. El mundo, la naturaleza indefensa bajo el sol inclemente de julio, el espíritu que tantas cosas habita, permanecen mientras tanto indiferentes ante esas polaridades absurdas. Nada dicen sobre lo real. Aparte de a una relativa disposición espacial, el opinador no apela con sus palabras prefabricadas a la consistencia de las cosas. Señala, más bien, su incapacidad para advertir la acrisolada complejidad de la realidad; su discurso es pura autorreferencialidad y cuenta, sobre todo, la historia de la torpeza del pensamiento para contemplar la equivocidad fantástica del mundo y las obras humanas.

¿Qué dice actualmente de algo o de alguien tildarlo de “derechas” o de “izquierdas”? ¿Qué dice de una novela? ¿Qué añade a la intelección de un acto criminal o una acción generosa? ¿Qué dice de un estado o un gobierno? La cuestión que hace valedera una distinción es: ¿sirve realmente para aprehender algo existente? En caso contrario, y a lo sumo, nos hallamos ante una mera distinción de razón. En el caso aquí considerado, incluso habríamos de hablar de una mera distinción de deseo, a saber, un axioma introducido con el fin de crear una ficción más adecuada que la nuda realidad al anhelo de simplificación propio del pensamiento más chato. La actualidad de estas dicotomías de anticuario satisface perfectamente el ansia de claridad de la masa moderna, pero en nada a la realidad siempre inquieta. Es preciso abandonar los ajados esquemas del siglo XX y atreverse a pensar sobre la cosa misma. Es necesario inventar de nuevo el modo de pensar en política y mandar a retiro el repertorio conceptual ya inservible. ¿O pretendemos seguir viviendo - una, mil veces más - el infierno político que fue el siglo XX?

Hitler exterminó a más de seis millones de judíos; Stalin, según los cálculos más benévolos, a veinte millones de rusos, ucranianos, polacos…. Ambos construyeron sobre la tierra lo que en el imaginario de épocas pasadas pertenecía únicamente al más allá: el infierno. Persiguieron, tiranizaron, torturaron, asesinaron con escarnio a todo aquel que reservara para sí cualquier hálito de pensamiento o acción libres. ¿Qué distinción real existe entre ellos para caracterizarlos esencialmente como “de izquierdas“ o “de derechas”? ¿Qué diferencia sus actos, su pretensión de dominio, su poder inabarcable? La información así proporcionada es mínima y, con respecto a lo sustancial, accesoria. ¿Qué capacidad tiene la dicotomía para interpelar a la realidad y acercarnos el conocimiento de lo que realmente es? Pretendemos comprender, pero nos sirven clichés y distinciones de razón incapaces de dar cuenta de lo que en verdad pasa. Las diferencias reales pesan sobre los hombres que respiran, que salen a comprar el pan, que trabajan y aman, que hablan entre sí. Pero sobre lo real y concreto de la vida nada nos dice aquel que contempla el mundo circundante desde la dicotomía. Si no, ¿qué distinción real nos puede empujar a elegir vivir en una sociedad o bajo un gobierno definidos como como “de izquierdas” o “de derechas”? ¿Acaso tiene algo que ver el laborismo inglés con el comunismo estalinista? ¿Tiene parecido alguno el Partido Conservador de Churchill con el nacionalsocialismo? Nada refiere aquella catalogación, y, de hecho, existe gran semejanza recíproca, precisamente, entre los primeros y segundos términos de ambas series, aunque sean generalmente cifrados como antagónicos en el seno de la separación entre “izquierda” y “derecha”. Ante semejantes refutaciones fácticas, el buen observador se ve empujado a admitir que la separación entre “izquierda” y “derecha” sencillamente no funciona al volcarse sobre el mundo, y que, más bien, parece provenir del imperativo narcisista y pueril de demostrar que uno pertenece a la sección de “los buenos”.

Los notables parecidos de familia que encontramos entre el nacionalsocialismo y el estalinismo nos hablan de una unidad artificiosamente rota por el empleo de conceptos inadecuados. Sabemos de la grandísima confianza que Hitler inspiraba a Stalin al firmar el pacto germano-soviético de 1939. Sabemos también de halagadores comentarios del alemán hacia el movimiento comunista. En verdad, ambos eran incompatibles – mas no por pretender fines contradictorios - sino porque querían lo mismo: el dominio absoluto. También aborrecían solidariamente a los sistemas políticos occidentales. He ahí la distinción real, la existente entre sociedades organizadas en torno a la idea occidental de libertad y garantía jurídica frente a las reunidas en torno a una ideología omnímoda, sea ésta la de las leyes raciales o la de las leyes económicas y la lucha de clases. Frente a esta realidad apabullante nada dice la distinción izquierda/derecha. Yo, decididamente, soy en principio indiferente a que gobierne lo que llaman “la izquierda” o “la derecha”, pero, eso no, no ante la introducción del absoluto en política, no ante las fuerzas políticas que asumen la libertad individual o aquellas que pretenden superarla, no ante la posibilidad de vivir en un estado liberal occidental o hacerlo en la Alemania nazi, o la Rusia comunista, o la comunidad árabe de los creyentes.