Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

viernes, 1 de agosto de 2008

Los ultramundanos

El decurso del verano y de sus ritos tiene aspectos más y menos interesantes. Entre los primeros me quedo con la renovada imagen de la vida prestada por la realización de un viaje; de los segundos, por el contrario, destaca la lectura diaria del periódico, para mí tan fastidiosa como inevitable. Día a día se repite el mismo sopor y la misma nada, pero día a día vuelvo a acompañar el café de la mañana con el sonido idéntico del papel y el absurdo. Al fin y al cabo es sólo un euro, y al menos obtengo el provecho de hacer patente la imposibilidad de la transparencia racional y la eficiencia máxima en la vida humana, a la que esencialmente pertenece lo inexplicable y lo superfluo.

La prensa veraniega es, en líneas generales, un coñazo, y es quizás su inutilidad manifiesta la que la convierte en acompañante idóneo de la indolencia estival. Aun así, de entre tanta letra apelmazada que construye significados supuestos, hay días en los que es posible extraer alguna enseñanza valiosa. Ayer, por ejemplo, me enteré de que Madonna quiere viajar a la luna para solucionar su crisis (sic.). Parece una tontería, pero algo tan liviano como esto puede ser motivo de un rato de gozo intelectual. A mí me dio por pensar en la aparente paradoja de Madonna en la luna. Digo esto porque es quizás la estrella de rock el arquetipo que mejor parece representar la mundanidad y la inmanencia absoluta con que se quiere hoy trazar la imagen completa de la vida humana. Resulta que no se cansan de repetir, de enseñar, de publicitar y vender la vida como carne y simplicidad, como presente, como nudo disfrute sexual de un cuerpo, como fugacidad y juventud gloriosa, y todo ello se reúne en el símbolo heroico de la estrella de rock; no obstante, la estrella, la figura erigida en mito y en ideología, se quiere ir a la luna, y así nos descubre lo que esconde su pretendido vitalismo: el materialista tosco oculta, bajo las frases hechas que exaltan la inmanencia del mundo y la hegemonía absoluta del "espíritu de la tierra", un aborrecimiento igualmente absoluto por la realidad de lo mundano, un deseo insoportable de huir de la realidad y habitar una nueva dimensión supramundana.

sábado, 26 de julio de 2008

Vida y destino.
Óscar Sánchez Vega

A menudo, y no me refiero solo a la literatura, conviene no hacerse demasiadas ilusiones sobre un libro porque raramente se cumplen las expectativas despertadas. Algo de eso me pasaba por la cabeza cuando empecé la lectura de Vida y Destino después de que coincidieran en el tiempo tres circunstancias: me recomienda el libro un buen amigo, aparece mencionado como una de las cumbres de la literatura del siglo XX en un libro de Finkielkraut que estaba leyendo y escucho una reseña laudatoria en un programa radiofónico con motivo de la segunda edición en castellano del libro. Los dioses habían hablado; no me quedaba más remedio que obedecer. Las 1000 páginas del libro desde luego intimidan bastante, pero había escuchado que la obra se podía comparar con Guerra y Paz y como había pasado, gratamente, la prueba de Tolstoi me anime con Grossman, y pude comprobar que mis iniciales recelos eran del todo infundados y que la obra estaba a la altura de lo que de ella se decía. 

Creo más interesante en este foro, dada mi incapacidad para hacer una crítica literaria medianamente digna, comentar algunas circunstancias que rodean la obra y la vida del autor. Vasili Grossman fue un escritor y periodista ucraniano (y judío) que trabajó en primera línea en la batalla de Stalingrado y posteriormente avanzó con el ejercito rojo hasta lo campos de exterminio de los nazis, siendo el primer periodista en conocer de primera mano el horror de los langer. Este es el periodo histórico en el que está ambientada la obra, entre 1942 y 1944 aproximadamente. La verosimilitud que rezuma todo el relato no es casual, el autor sabe de lo que habla. Su conocimiento de la sociedad soviética y de los mecanismos que el estado utiliza para su afianzamiento es tal que parece increíble que Grossman albergara alguna esperanza de que su obra fuera publicada, a pesar de ser presentada durante la apertura de Kruschev. El manuscrito sobrevivió al KGB, que destruyó varias copias, sin imaginar que existían otras. Grossman creyó, sin embargo, que no se había salvado ninguna y cayó en una depresión. Murió poco después, en 1964, de un cáncer de estómago. Sajarov logra sacar de la URSS una copia microfilmada a partir de la cual se edita una primera edición, creo que en Francia. La primera edición en castellano es editada por Seix Barral en 1985 y pasa sin pena ni gloria (no había llegado el tiempo de romper con la ortodoxia marxista por parte de nuestros “intelectuales”). En Noviembre del pasado año la editorial Galaxia Guttemberg edita la segunda edición en castellano, después de que la obra haya sido difundida en el resto de Europa y conmocionado al público, y esta alcanzando en España el éxito que se merece (es una de las pocas cosas que invitan a uno a reconciliarse con el país: si Vida y destino es un éxito de ventas, no estamos tan mal como pudiera parecer).

La truculenta historia del autor y su obra se refuerza con una impresión muy personal que imagino que no tiene ninguna base objetiva, pero animo a los feacios a que la lleven a cabo. Observad la imagen del autor. Es la imagen de un hombre bueno, integro y justo. Quizá todo sea sugestión después de conocer su historia o quizá no. Me ocurre lo mismo con los retratos de Antonio Machado, por ejemplo, pero como no tengo ninguna teoría que lo explique, lo dejo caer a ver si alguien lo ratifica o me da una explicación.

Ya que no me atrevo con la crítica literaria, intentaré, al menos, hacer una lectura política de la novela. Grossman hace una lúcida crítica del totalitarismo soviético así como del latente antisemitismo de la sociedad rusa. Especialmente impactante es la manera en la que describe los perniciosos efectos del omnipresente miedo característico de toda dictadura; pero no solo es el miedo, el acoso al individualismo es más sutil, como cuando uno de los personajes, Victor Sthrum, primero es acusado de sostener una teoría científica contrarevolucionaria, y es invitado a rectificar y reconocer su “error” pero no se retracta por lo que es condenado a una suerte de ostracismo intelectual. Victor, a pesar de su miedo, ha resistido la intimidación del estado y en el fondo se siente orgulloso de su gesto, especialmente ante su hija adolescente. Posteriormente es “rehabilitado” y cuando se halla en la cumbre de su carrera profesional, siendo reconocido como uno de los científicos soviéticos más importantes, es hábilmente inducido a firmar un infame manifiesto de apoyo al régimen que incrimina a dos médicos judíos inocentes. Grossman tiene la habilidad de conseguir que te pongas en la piel de Sthrum: después de resistir contra viento y marea el acoso del régimen, Victor cede ante las expectativas de los aduladores y no le puedes reprochar nada por que, tal y como lo narra el autor, cualquiera hubiera hecho lo mismo. Esta es la esencial perversidad del totalitarismo: que corrompe todo cuanto toca. Las dictaduras que perduran no lo hacen a solo por medio de la represión, su estrategia es más sutil: acaban convirtiendo a toda la población en cómplices de la ignominia (los españoles sabemos algo de esto, Franco no necesito del apoyo de los tanques para mantenerse 40 años en el poder)

Por otro lado la crítica de Grossman al régimen soviético no es como la de Solzenitzin, que se sitúa completamente al margen del ideal comunista lo que le permite mantenerse entero; en el sentido de que se limita a describir las aberraciones de los bárbaros, los que no son los suyos - y ya se sabe que “los otros” son capaces de cualquier cosa, pues en el fondo, cuanto peor sean “ellos”… mejor… más reconfortado me siento en mi posición-. Grossman, sin embargo, parece ser un comunista crítico con el devenir del régimen porque aún concibe la posibilidad, o necesidad, de un comunismo humanista que efectivamente trabaje a favor de la emancipación de la humanidad. Uno de los personajes más entrañables de su novela es un viejo bolchevique prisionero en un campo de concentración alemán que próximo a la muerte, victima de la barbarie nazi, intuye, pero no llega a aceptar, que los suyos no son mejores que los “otros” y que los ideales por los que ha luchado toda su vida habían sido mancillados por los dirigentes del partido. Desde esta perspectiva émic, no solo social sino también ideológica, es desde la que escribe Grossman. Su crítica es interna, le desgarra a él por dentro y a todos los que creyeron alguna vez en el ideal, porque en el fondo muchos comunistas pensaban que afiliándose y trabajando por el partido no hacían más que trabajar a favor de la humanidad entera, por encima de las razas y las naciones. Son los que permanecen fieles a este ideal último, independientemente de su filiación ideológica, los personajes que salen mejor parados en la novela, como la vieja campesina ucraniana que protege a un prisionero de guerra ruso durante la ocupación alemana. Pero la fidelidad no es al ideal abstracto, sino a la encarnación del mismo en las personas concretas: no se puede amar a la humanidad en abstracto, ni siquiera a todas las personas de carne y hueso, lo que se puede hacer es vivir comprometido con las personas que te rodean, como la familia Shaposhnikov que a pesar de los avatares de la guerra se mantiene unida por lazos de afectividad y empatía que les permiten vivir de manera humana en un mundo hostil y deshumanizado. Incluso los comisarios políticos del ejército rojo aparecen redimidos cuando anteponen sus sentimientos (el amor por Zhenia en el caso de Krimov, y el amor por sus hijos en el caso de Guétmanov) a su labor política. Sólo algunos personajes secundarios, como el general Neudóbnov, permanecen ajenos a esta marejada humanizadora que apunta una alegoría moral: no hay nada por encima del ser humano, el individuo concreto, de carne y hueso, que trata de sobrevivir en las condiciones más difíciles posibles, porque, como decía Simone Weil, hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se haga el bien y no el mal. Es eso, ante todo, lo que es sagrado en cualquier ser humano.

sábado, 12 de julio de 2008

Órbitas

Los 70 años de gobierno del PRI en Mejico, es una muestra -extrema- de la tendencia que, en las democracias débiles, hay a crear “sistemas solares” político-culturales... formas políticas (de castas más o menos ilustradas) revestidas de ropajes democráticos (gobiernan “por el bien del pueblo”) que se organizan en torno a un Sol (un Partido con vocación de Estado), alrededor del cual orbitan una serie -casi infinita- de “adictos” (escritores, periodistas, profesores, artistas...), de planetas iluminados por las radiaciones ideológicas -además de políticas y financieras- de un Sol que, de esta manera, garantiza su continuidad mediante la creación de un sistema de cooptación...
... afuera, en las tinieblas exteriores, habitan planetas lejanos, poco iluminados y fríos en los cuales se reflejan poco o nada la radiación del Sol...

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Este modelo, en España, se encarnó -parto de esta idea- en el "felipismo". Mi intención es que empezemos, poco a poco, en este foro, a "diseccionar" esa época, no sólo por considerarla un precedente histórico, sino por entender que, desde un punto de vista biográfico, supone, para quien nos "paseamos" por aquí, un hecho político central... Para empezar, provisionalmente, me he fijado en tres aspectos que, en mi opinión, no se pueden disociar de la formación y exito, del "felipismo". Estos son:
  1. La evolución de parte de la Izquierda "sesentaiochista" hacia el PSOE.
  2. La evolución del “franquismo sociológico” después de la muerte de Franco hacia este mismo partido. (En dicha evolución, hay que situar al grupo empresarial que fue capaz de deslumbrar al “mundo de la cultura” , PRISA).
  3. La evolución de parte de la Iglesia católica hacia un ”espíritu conciliar”.
1. Para entender como una izquierda -"sesentaiochista", intelectual y universitaria- partiendo de la orgía ideológica-utópica que marcó los últimos 5 años de la dictadura de Franco (1970-1975), desembocó en proyectos reformistas -practicamente inexistentes durante el franquismo- como el PSOE o la UGT, hay que explicar, antes como tal generación -en gran parte- dejó de buscar el poder por medio de la organizaciones de ultraizquierda, para pasar a buscarlo (y encontrarlo en 1982) en organizaciones, en teoría, menos revolucionarias como el PSOE o la UGT.
Una de las explicaciones , en mi opinión, más plausibles, se encuentra en el baño de realismo que supuso la entrada de España en los cauces de “sensatez” democrática de los “países del nuestro entorno” -eso de decía- entre 1975 y 1982. En este proceso, la fecha clave, fue la aprobación -en contra la propaganda unánime de la oposición- de la ley de Reforma política en el referéndum de diciembre del 76... o dicho de otra manera, el apoyo de la inmensa mayoría de la sociedad española -en contra de la la ensoñación quijotesca de una revolución profunda (cultural, política, social y económica) después del franquismo- al proyecto democrático propuesto desde las filas reformistas del propio régimen.

2. Como mentalidad, no creo que sea ninguna exageración catalogar al felipismo como un “franquismo sociológico post-franquista”, esto es, como una mentalidad formada, en gran parte, por los complejos, desarme cultural e ingenuidad política que dejó tras de sí la dictadura de Franco. El felipismo -puede decirse- fue el hijo póstumo del franquismo. Dentro de esta misma mentalidad, hay que situar a PRISA, planeta empresarial de crianza franquista que evolucionó hasta reflejar el nuevo Sol y deslumbrar, así, a todo el «mundo de la cultura".

3. Sectores de la Iglesia católica como las órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza, ciertos intelectuales católicos (véase Jose Luis Aranguren) o revistas eclesiales (revista Concilum...) adoptaron en España un marcado “espíritu conciliar” (esto es, una interpretación del Concilio Vaticano II basado no en lo que fue, sino en lo que, parece ser, era su "espíritu" o en lo que hubiera debido ser...) de marcado corte dualista y moralista, tanto en su aspecto social como político, en cuyo seno latía un historicismo de matriz gnóstico-revolucionario. Esta historia, en la que hay todavía mucho que estudiar, explicaría parte del apoyo que tuvo el “felipismo” en su época.
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Sería, también, interesante plantear si no estamos, ahora, ante un nueva “reedición” de tales “órbitas” o si -por lo menos en parte- se dan condiciones parecidas que puedan apuntar a tal proyecto... ¿Se puede hablar de zapaterismo?
Saludos

lunes, 7 de julio de 2008

Desaceleración

En los momentos en que lo más tozudo de la realidad se enerva, se crespa como una furia y exige urgente atención; esos momentos en los que, como un destino, el peso tangible del mundo se hace presente en la forma de guerras, de epidemias, de cuentas de resultados, de déficits, de carestía o necesidad; cuando más evidente es que los discursos fabricados de palabras volátiles y futiles se han de estrellar contra la solidez implacable de lo real; en estos momentos, sólo en éstos, se demuestra la autenticidad y entereza de los que adoptan como vocación la voluntad de ideología, frente a aquellos que, simplemente, se entretienen enhebrando discursos hasta que la realidad les falla y se esconden. Entre estos últimos cabe destacar a muchísimos gobiernos democráticos de ayer y hoy, cuya constancia en la mentira es medianamente frágil; de los primeros se destaca, ante todo, el comunismo soviético: 70 años de perseverancia en la imposición de La Idea. Fiat iustitia pereat mundus.

No conozco con exactitud las fuentes doctrinales de las que bebe la inteligentsia zapaterina, pero lo que ocurre con el gobierno de España, a este paso, lleva camino de convertirse en un escaparate privilegiado de la lucha entre ideología y realidad, entre palabras y cosas; cuanto más aprieta el mundo, más redobla sus esfuerzos el socialismo por hacer pasar por reales sus graciosas construcciones sintácticas; quizás algún día cercano -tal y como hizo Stalin en la patria socialista de los años treinta- proclamen la inexistencia del paro y ofrezcan como prueba la supresión del seguro de desempleo. Un gran abismo se abre entre los discursos y la realidad circundante, un gran espacio que disloca y enfrenta crecientemente el ser y la apariencia. Es una broma irónica -o una constatación- ver cómo el socialismo nominalmente materialista ejercita un liso desprecio por lo material y erige una especie ínfima de espiritualidad para ocultar sus embates: Alianza de Civilizaciones, muerte digna, laicidad, derechos...

De entre los proyectos políticos posibles, el gobierno ha elegido, en su modesta proporción, el modelado por el PCUS y partidos afines: la lucha contra la realidad. Forjar palabras para anegar todo aquello que no obedezca a la política. Aprendices devotos de los innombrables logros del socialismo real, los socialistas menos reales de hoy demuestran haber asimilado sin resto el axioma fundamental del movimiento: cuanto más gruesa es una mentira mayor es la probabilidad de que se imponga a lo verdadero. ¿Crisis? ¿Qué crisis?

sábado, 28 de junio de 2008

A vueltas con el manifiesto

Supongo ya a todo el mundo enterado del Manifiesto por una lengua común que patrocinan Savater, Carmen Iglesias, Félix de Azua, Vargas Llosa etc. El impacto político del manifiesto puede ser mayor de lo que en principio pudiera esperarse por dos razones: primera porque a estas alturas muchos castellano-hablantes han sufrido en su propia piel la discriminación que se denuncia en el manifiesto y segundo porque viene patrocinado por representantes de lo que en un sentido amplio podemos llamar la “izquierda cultural”. Es natural que los representantes de la derecha liberal que han defendido esta trinchera durante años se sientan dolidos con el éxito de la iniciativa de los “advenedizos”.

Es de justicia recordar que ya en 1981 y se lanzó el llamado Manifiesto por la igualdad de los derechos lingüísticos en Cataluña. Lo encabezaba el catedrático de sociología en la UAB, Amando de Miguel, y lo habían escrito principalmente socialistas del PSOE. Lo firmaron 2.300 personas y de ahí le viene el nombre por el que es conocido: El Manifiesto de los 2.300 y acabó con el secuestro y tiro en una rodilla a uno de sus firmantes más activos, el profesor de Lengua y Literatura española en un instituto de Santa Coloma, Federico Jiménez Losantos. Es por tanto comprensible que estos, y otros, no se sientan llamados a firmar un manifiesto en la condición de meros comparsas cuando en justicia debían ser punta de lanza de esta batalla. Además también entran en juego matices teóricos: la defensa de la lengua común, en lugar de “el español” y la insistencia en que los derechos corresponden al los ciudadanos y no a las lenguas, son posiciones teóricas que no son del agrado del nacionalismo español, aunque se diga “liberal”. Por todo ello, en la COPE y en Libertad Digital parecen manifestar síntomas esquizofrénicos cuando, por una parte alientan la firma del manifiesto y, por otra, sus mayores espadas se distancian del mismo.

A mi modo de ver es mejor así. Un idéntico manifiesto que estuviera patrocinado por Federico Jiménez Losantos y César Vidal, por ejemplo, sin duda tendría mucho menos recorrido. Calculo que culparían de ello a la perfidia de la propaganda progresista, pero eso sería, en todo caso, solo parte de la verdad... y ellos lo saben. La realidad es que al día de hoy ninguna iniciativa patrocinada por los principales ideólogos de la derecha liberal tiene posibilidades de ser aceptada por la mayoría de la sociedad española, lo cual es malo para ellos y malo para todos.

Deberían reflexionar sobre ello… Rajoy ya lo ha hecho.

miércoles, 25 de junio de 2008

Comentario de Texto


Y ahora, tras dos meses hablando del PP, hablemos del Gobierno: le esperan serias dificultades. La primera, la gestión de la economía. Hoy ha habido una verdadera catarata de datos negativos. En un momento hablaremos de ellos: comprobaremos que la palabra maldita, “crisis”, empieza a resultar blanda para reflejar lo que pasa. Pero, además de estos problemas de aritmética, va a tener que afrontar otros de geometría, de colocación espacial. Repasemos: en nombre del realismo, el Gobierno, que zarpó en 2004 con enérgico rumbo a babor (a la izquierda) fue escorándose en nombre del realismo hacia el centro. Como allí no había nadie, ya que el PP se había ido de excursión a la extrema derecha, Zapatero, su equipo y el PSOE todo pudieron disfrutar de un territorio extensísimo, desde la izquierda casi hasta la derecha, a conveniencia. Mientras tanto, en Europa, donde nuestro Gobierno es casi una excepción progresista, estamos en el siguiente lío: o apoya políticas comunes, y entonces apoya políticas de derechas, o nos reventamos cualquier posibilidad de políticas comunes y además nos quedamos solos. Y en estas llega el trigésimo séptimo congreso federal del PSOE, que empieza el día 4, y el partido –fiel a su pensamiento socialista –exige que se profundice en asuntos como el laicismo, el aborto… Es decir, en la tradición de izquierdas. Aquí está el embrollo: en el centro, hacia donde se dirige Rajoy, no vamos a caber todos; en la derecha, no somos nosotros, nos traicionamos; y en la izquierda, no nos comemos una rosca en Europa. Así que a decidir. Entre la directiva del retorno –la peste para una pituitaria socialista –o el laicismo –la bicha para convivir con la Iglesia- se juega la batalla. ¿Aritmética? ¿Geometría? No: política, política mayor. Eso le espera a Zapatero”

Iñaki Gabilondo. Noticias 4 Martes 24 Junio de 2008


1. Analice el alumno el significado de expresiones como “extrema derecha”, “excepción progresista” o “tradición de izquierdas”

2. Explique el alumno las razones de por qué el autor del texto afirma que “Como allí no había nadie, ya que el PP se había ido de excursión a la extrema derecha, Zapatero, su equipo y el PSOE todo pudieron disfrutar de un territorio extensísimo, desde la izquierda casi hasta la derecha, a conveniencia”.

3. Componga el alumno la siguiente redacción: ¿por qué el autor de este texto comienza hablando de economía y termina hablando de laicismo”

domingo, 22 de junio de 2008

España C. F.


Un acontecimiento. Una respuesta unánime a la pregunta en que se vaciaron gran parte de los esfuerzos intelectuales españoles. ¿Qué es España? España no es Nación, no es realidad histórica, no ha sido nunca imperio. Una idea, "España", discutida y discutible. Hasta hoy, que se ha precipitado una definición que a todos -incluso a la cadena de PRISA ahora ahogada en rojos y amarillos- tranquiliza: España es un gran Club de Fútbol.

miércoles, 18 de junio de 2008

Divertimento

Un oscuro discípulo de Heráclito el oscuro caviló largamente sobre las aporías esgrimidas por Zenón. Sabemos que los argumentos del eléata -tan afamados y convincentes- exponen de modo preciso y sistemático el absurdo de aceptar que haya movimiento; y es que, siguiendo las enseñanzas de Parménides, el ser no puede ser más que Uno, Inmutable, Imperecedero.... No obstante, para el heraclíteo, el logos no podía prescribir a lo real una inmovilidad tan exacta como, para él, fabulosa e inexistente. Decidió por ello encontrar el movimiento en la misma lógica a que atendía el de Elea, y así procedió:
La más célebre formulación de las pruebas de Zenón -y aquí no puedo más que intentar esquematizar- refiere que para alcanzar un punto B desde una posición A es necesario antes alcanzar la mitad del recorrido: el punto C; a su vez, para alcanzar este último punto será preciso alcanzar la mitad de la distancia por recorrer, es decir, el punto D. El núcleo de la argumentación, entonces, es que siempre hay un punto medio que alcanzar antes de llegar a cualquier lugar, incluso el más cercano, por lo que la multiplicación de los puntos hasta el infinito hace imposible alcanzar cualquiera de ellos. La demostración es impecable, pensó el discípulo de Heráclito: como toda demostración bien construida, consiste en el paso necesario de unas premisas a una conclusión. Por ello, concluyó, el argumento se niega a sí mismo: si existe una demostración de la imposibilidad del movimiento, está demostrado que el movimiento existe. El logos se mueve.

viernes, 13 de junio de 2008

Una concepción pragmática de la verdad.
Óscar sánchez Vega

Hace ya más de cien años William James impartió una serie de conferencias por toda Norteamérica donde explicaba qué es el pragmatismo y cuál era su concepción de la verdad. A pesar del tiempo transcurrido la reflexión de James me sigue pareciendo pertinente – desde luego ha envejecido mucho más el contrincante contra el cual James lanzaba sus dardos en esta conferencia: el idealismo de corte hegeliano.-

El interés de James radica, a mi juicio, en su capacidad para hacer un profundo análisis de la noción de verdad, en una dirección muy adecuada, pero alejada del tecnicismo logicista que será característico de la filosofía analítica posterior, especialmente después de Tarski, en relación al asunto de la verdad. A mi modo de ver la minuciosidad del análisis lógico que realizan los filósofos analíticos oscurece, más que aclara, la noción de verdad. En realidad el efecto de estas investigaciones lógicas ha sido el contrario al deseado: buena parte de la filosofía ajena a esta tradición analítica ha abandonado por completo la noción de verdad dejando a los lógicos aislados en su torre de marfil y promoviendo, consciente o inconscientemente, una filosofía mundana de corte relativista.

Las razones para regresar a James son para mi bastante elementales: si queremos evitar el relativismo es preciso manejar alguna idea de “verdad”; si además queremos evitar los excesos positivistas y el realismo ingenuo al que nos aboca la teoría referencialista de la verdad, necesitamos acercarnos a otras concepciones de la verdad. A mi modo de ver, Pearce, Dewey y especialmente William James, proponen una muy interesante noción de verdad que en modo alguno está agotada: una concepción pragmática de la verdad.

El enlace: El significado del pragmatismo.William James

martes, 10 de junio de 2008

Guerra de léxicos

Lo que está de forma ya cotidiana en el discurso de la gente de a pie parece que sigue sin llegar al diccionario de la Moncloa. Todos los indicadores económicos llevan más de dos meses avisando de lo que parece que el gobierno no puede o no quiere darse cuenta: estamos ante una de las peores crisis económicas que haya podido atravesar la democracia española. Los precios del petróleo, la crisis financiera y, fundamentalmente, el pinchazo del ladrillo, amenazan, según algunos a meter de lleno a este país en una recesión económica que, en el mejor de los casos empezará a superarse en el 2010 y en estimaciones más pesimistas abarcará los próximos cinco o seis años. Y las recesiones económicas no son cosas para tomárselas a broma; consisten básicamente en estar cada vez peor... y si estamos mal, echen ustedes las cuentas.

Pero en esta situación el gobierno sigue empeñado en no llamar a las cosas por su nombre; o mejor dicho, en no llamar a las cosas como todos ya las llaman: "crisis económica". Se fuerzan los ministros, empecinados, en seguir manoseando esa palabreja, “desaceleración”, un término traído del lenguaje técnico de la ciencia, que se usa para describir las situaciones en las que la aceleración de un móvil decrece, pero no impide la marcha ni lo detiene, al menos mientras hay desaceleración.

Esta actitud lleva tiempo siendo criticada, en primer lugar, de forma tímida, por la oposición, y en segundo lugar por el cuarto poder, que no deja de señalar que la única forma de empezar a ponerle remedio a los problemas es hacer un buen diagnóstico; columnas de opinión que argumentan en este sentido se pueden encontrar en prácticamente todos los periódicos nacionales en las dos últimas semanas.

Y el gobierno insiste. Hoy mismo el presidente ha defendido en la comisión ejecutiva de su partido que se evite usar el término “crisis” ya que, según nuestro primera cabeza, perjudicaría el prestigio de España impidiendo la llegada de inversión extranjera, absolutamente necesaria en estos momentos. No entraré a considerar que la ejecutiva socialista más parece una comisión de filólogos esencialistas a la búsqueda de las designaciones más acertadas, y tampoco el hecho de que las recomendaciones del presidente llegan tarde, dado que la inversión extranjera lleva tiempo haciendo las maletas. Pero sí quiero detenerme en una impresión mucho más subjetiva: la sinceridad de Rodriguez y con él, de todo el Partido Socialista.

Voy a suponer que cuando Zapatero asegura que el uso del término “crisis” perjudica los intereses de España, está cometiendo un inusual lapsus linguae, inusual porque, aunque muestra la verdad de la intención, el error no se produce de forma inconsciente. Y que, en realidad, en virtud a una asociación muy poco saludable, cuando dice “España” quiere decir “gobierno”. Es decir que, cuando los mandatarios socialistas evitan describir la realidad como ya lo hacemos todos, usando términos como “crisis” o “recesión”, no están pensando en salvaguardar los intereses del estado, sino únicamente los intereses propios, salvaguardar el gobierno.

Pues bien, esto que señalo me sirve para volver a plantear uno de los ya clásicos temas en Feacia, en torno al cual no dejamos de dar vueltas. Algunos de vosotros frente a este hecho, señalaríais de forma inmediata al concepto de “ideología” y seguramente no estaríais desencaminados. El Gobierno Socialista, y con él, todo el partido y los medios de comunicación afines, estarían empeñados en hacer pasar por realidad algo que no es más que ficción, un conjunto de ideas falseadoras y, por tanto, destructoras de la realidad. Frente a este atentado sólo cabría llamar de nuevo a las esencias y hacer presente, a través de la crítica, la realidad pura y verdadera.

A mí me gusta adoptar una descripción de los acontecimientos sensiblemente distinta, aunque no tan alejada este otro pensamiento feacio; prefiero considerar que uno puede moverse dentro de léxicos diferentes a la hora de describir la realidad y, sobre todo, a la hora de hacer algo con ella. Me muevo, como sabéis dentro de una concepción no referencialista del lenguaje, sino más bien “instrumental”. Las palabras, los léxicos, más que formas de referirnos a lo real son herramientas para manipular las cosas.

En uno de los ensayos de Eduardo Sabrovsky, "El desánimo", éste utiliza un término sacado del lenguaje informático para referirse a lo que yo también quiero señalar: la "interface". Es verdad que él allí lo usa para describir el papel de la tecnología y que yo aquí lo quiero emplear para referirme al lenguaje. No estamos, sin embargo, tan alejados puesto que, desde mi punto de vista, el lenguaje no es más que eso, una innovadora tecnología humana para manipular la realidad, “hacer cosas con palabras”.

Como bien sabéis una interface es el modo en cómo podemos manipular de forma “humana” el magma incomprensible e inexplicable de "unos y ceros" que componen un programa informático. Cuando utilizamos software no lo hacemos directamente alterando y cambiando cadenas de unos y ceros, no introducimos nuevos bucles o saltamos de un lado a otro de la cadena de forma directa; y no lo hacemos básicamente porque nos resulta completamente imposible hacerlo. Un ordenador puede procesar millones de números en un segundo pero nosotros somos incapaces de encontrar, en ese mismo tiempo, por ejemplo, la repetición de un bucle de cienmil números. Precisamente por esto utilizamos lenguajes informáticos que se nos presentan como interfaces: eso nos permite hacer todas esas operaciones en forma de pulsar un botón, abrir una ventana, combinar una serie de comandos... etc. Ahora bien, las interfaces que podemos usar para manipular de la misma forma la máquina(o de forma distinta) son seguramente infinitas, tantas como la imaginación de un informático sea capaz de concebir (imaginemos, pues, si hablamos de cien millones de informáticos). Alguien podría objetara mi palabras que no acierto cuando digo que no podemos manipular de forma directa las cadenas de unos y ceros, el magma del software y, seguramente tiene razón; sin embargo yo añadiría que el tipo de cosas que podemos hacer enfrentando la tarea de este modo es tan mínima que resulta irrelevante: es lo que hacían las facultades de informática en los años sesenta y setenta con las antiguas tarjetas perforadas (un exceso intelectual usando esta técnica era, por ejemplo, lograr que una pelotita recorriera la pantalla de izquierda a derecha).

Con el lenguaje ocurre lo mismo; existen léxicos que nos permiten hacer diferentes cosas con la realidad. En unos casos logramos la paz social y en otros desatamos una guerra, en unos casos nos convertimos en un ávido broker y en otros conseguimos que nuestros alumnos aprendan matemáticas. Hay léxicos que hacen mejor unas cosas que otros y la experiencia nos lo ha demostrado, pero no existe ningún léxico que se refiera de forma más auténtica ni más esencial al mundo. Y es verdad que tenemos la posibilidad de referirnos a las cosas de forma tan directa y tan innegable que resulta difícil no creer que efectivamente se puede estar más o menos en lo cierto; si yo digo “hay un árbol frente a la ventana por la que estoy mirando”, resulta ridículo que nadie venga a decirme que realmente ahí no hay nada y que es mi lenguaje quién crea esta situación. Pero igual que con la manipulación directa de los transistores del ordenador, el tipo de cosas que podemos hacer con este juego referencialista es tan mínimo que ni siquiera merece la pena que nos lo tomemos en serio. Wittgenstein advirtió esto con brillantez en el Tractatus: el reino de lo que se puede decir queda tan limitado que la filosofía, la historia, la política o cualquier asunto de los que consideramos verdaderamente importante, incluido el mismo Tractatus, se relegan al silencio o al ámbito el llamaba “lo místico”.

Entonces, volviendo a tomar tierra, ¿en qué consiste el léxico socialista? No creo, como he dicho que sea cuestión de ideología ni de falseamiento, sino que creo que es una potente herramienta para manipular la realidad, una buena interface. La cuestión es ¿para hacer qué? La respuesta se deduce de todo lo que ya he dicho: el discurso gubernamental es evidente no nos va a sacar de la crisis, ni va a producir más paz social, ni va a superar de forma verdaderamente patente las desigualdades y las discriminaciones; y no lo va a hacer precisamente porque no es una herramienta para estos logros. Si quieres cambiar la rueda de un coche no utilizas una pulidora por lo mismo que si quieres pulir un suelo de mármol no sacas el gato del camión. El discurso socialista esta destinado fundamentalmente a producir agrado, confianza y simpatía entre la gente y, ahí, funciona como un tiro, como hemos comprobado en las pasadas elecciones. Zapatero para esto es el mejor y ha sabido usar como nadie esta puerta que deja abierta la democracia.

Intuyo que el que mejor ha sabido ver este asunto es el señor Rajoy; y lo digo porque últimamente se mueve en dos frentes. El primero, lograr que el PP sea competitivo en este mercado de las sonrisas, adoptando un léxico más amable y simpático. El segundo, acusar al gobierno de no hacer justamente lo que deberían hacer: gobernar. Pero claro, resulta un poco incongruente el hecho de que por un lado quiera adoptar el "buen rollito" y por el otro lo censure.