espacio de e-pensamiento

miércoles, 13 de junio de 2007

El proceso de paz y otros procesos.
Borja Lucena

Cuenta Heródoto que Creso, después de ser derrotado por Ciro el persa y despojado de su imperio magnífico, preguntó a los dioses por qué le habían animado a entablar combate sin ayudarle a obtener una victoria que justamente merecía. Él había honrado a los dioses, les había ofrecido riquezas incontables y dones superiores a los de cualquier mortal. Se merecía un triunfo incontestable y, al contrario, había obtenido la ruina de su reino y la esclavitud. Creso envía un emisario al Oráculo de Delfos con el fin de interrogar a Apolo. Por boca de la Pitia, el dios se muestra intransigente ante la petición de cuentas exigida. En un discurso que prefigura con perfección la retórica del funcionario irresponsable – del kafkiano servidor del estado que da curso a todo mandato venido de arriba sin interrogarse sobre su naturaleza, del que sometido vilmente a un sistema de automatismos alardea de ser incapaz de tomar decisiones- Apolo se limita a decir que los dioses están tan sometidos al destino como los mortales. Los dioses que todo lo gobiernan no son más que altos cargos del Orden Universal, pero tan carentes de responsabilidad y capacidad de intervención libre como el último de los bedeles.


Estos días, tras el fracaso del “proceso de paz” y otros procesos, se vuelven a destilar dosis tremendas de fatalismo griego entre nuestros políticos y periodistas. Ciertas declaraciones, si fueran bien escritas o mejor recitadas, engrosarían dignamente tragedias de título “Edipo en Oyarzun” o “Arnaldo encadenado”. Los titulares y artículos sesudos que tratan de explicar lo acontecido repiten fórmulas que, por el uso continuado e irreflexivo, han adquirido en corto tiempo la categoría de clichés: Batasuna ha demostrado ser rehén de ETA, o Las pistolas han doblegado a la rama de olivo ofrecida por Otegi en Anoeta, o los arbetzales dispuestos al diálogo se han visto apartados por los halcones de la banda. Es evidente que tal discurso conduce a exculpar a la llamada izquierda arbetzale de los desmanes que sus díscolos compañeros de doctrina están a punto de cometer: ¡Pobres! ¡Sometidos al inexorable orden de las cosas son tan poco responsables como los dioses lo eran con respecto a las desgracias de Creso! Como si de un proceso determinista se tratara, ellos han sido sólo elementos de la necesidad, no agentes libres que pudieran decidir qué hacer. Si acompañan a ETA, una vez más, no es porque así lo quieran, sino porque el orden de las cosas les conduce a ello.

Nos encontramos aquí con una repetida cualidad de las construcciones ideológicas: la emancipación del pensamiento con respecto a los hechos. Aunque los actos y dichos de Batasuna & Cía. repiten de manera clara su agresividad frente a la democracia, su tesón por alcanzar, sea como sea, una Euskal Herría socialista e independiente, su decisión de acosar y expulsar a todo aquel que no se pliegue a los dictados de la doctrina, es indispensable para la ideología pacifista el mantener interlocutores válidos para un futuro proceso de negociación. Por ello se despoja de significado todo lo que hacen y dicen los arbetzales y se les presenta como víctimas- ellos también y más que nadie, porque está atrapados en el empeño de que sus compañeros abandonen las armas- de ETA. Transitoriamente se pueden oír solemnes discursos en los que se proclame la lucha implacable contra el terrorismo o la unidad frente a la amenaza de los violentos, pero el veneno habita el lenguaje y delata el convencimiento ideológico de que la paz sólo es posible a través de un acuerdo negociado en el que se reconozcan las razones de cada parte.
Podemos seguir aferrados a “la esperanza” o “la ilusión” de la paz, o a cualquier otra sandez, pero es cuestión de mero realismo aceptar que estamos en guerra. Una guerra que, aunque no queramos oírlo, nos han declarado un puñado de fanáticos y patriotas dispuestos a morir por su idea. Estamos en guerra y debemos tener claro qué defendemos y contra quién. La realidad es algo complejo e incierto, algo siempre inasible para nuestro conocimiento exhaustivo, algo para lo que nuestro lenguaje demuestra ser tosco y sumamente imperfecto. Pero a veces los hechos nos golpean, nos salpican la cara de realidad, nos zarandean, gritan y bapulean de modo tal que no podemos más que –si no nos escondemos en la seguridad de estar ya en la verdad absoluta proporcionada por la ideología- corregir lo que pensamos e intentar prestar oídos a lo circundante. En el caso que nos ocupa, ¿Por qué se trata por todos los medios de exonerar a aquellos que, de manera evidente, están dónde y con quién quieren? ¿Por qué la doctrina oficial se dirige a eliminar su responsabilidad obviando de manera escandalosa los hechos que propician? Toda la arquitectura ideológica aquí trabada está infecta de buenos salvajes que “no saben lo que hacen”, pero ellos mismos nos recuerdan en todo momento que saben lo que hacen y persiguen lo que persiguen: la eliminación de toda disidencia y el poder absoluto. Mientras sigamos piadosamente adheridos a la obsesión ideológica por exculparlos de sus actos en razón del convencimiento de necesitarlos algún día para firmar la paz, la política española persistirá en su carácter impostor y falsario, y el estado de derecho sólo será un barniz extendido sobre un cuerpo corrupto gobernado por mafias, bandas y oligarquías. Y sin la belleza épica del universo y los dioses griegos.