espacio de e-pensamiento

jueves, 5 de junio de 2008

El País contra la familia


Buena parte de la ideología contemporánea del progreso tiene como fin la definitiva deglución de la naturaleza, su aniquilamiento como realidad autónoma e irreductible a los deseos incondicionados del yo. Todo lo que tenga que ver con lo natural ha de ser procesado y planificado, ordenado en torno a los parámetros de la razón pura y abstracta. La realidad, como suponía Fichte, es un límite a la acción que ha de ser suprimido: el no-yo ha de ser eliminado por el yo. El principio del que mana esta voluntad de someter todo lo que, en principio, se muestra en alguna forma indócil es el de la libertad absoluta. Y ya sabemos la dialéctica terrible del absoluto: la forma real de una libertad absoluta pensada no puede ser más que la de una tiranía efectivamente absoluta. El primer Schelling lo expresaba en la forma de una alternativa terrible: o destruimos el yo sometiéndolo al universo, o destruimos el universo en el yo. Tras la especulación idealista vino el terrible poder del estado, encargado de realizar la labor de asimilación de lo espontáneo y fugaz, de ordenar, de planificar y burocratizar lo real. Y así encontramos hoy - solamente limitado por débiles y cada vez más confusos poderes y principios-a un estado burocrático que tiene como objeto apresar todo lo que pertenece al orden natural de la vida, es decir, aquello que se enfrenta a la regulación y la organización puramente racionales.



La enumeración de todo lo que el estado ha de normativizar para alcanzar esa ansiada edad del espíritu es demasiado extensa como para ser emprendida en un breve comentario como este. En el ámbito de la organización social y la vida concreta, la función limitadora de naturaleza la desempeñan ciertas tradiciones tozudas que, pese a todo intento de supresión "racional", se mantienen erigidas como escudo ante el poder impetuoso. No por ello, sin embargo, dejan de ser vehementemente perseguidas por el estado, que alienta íntimamente la esperanza de algún día abolirlas. Una de ellas, sino la fundamental, es la familia. Este carácter fundamental de la familia la convierte en objeto principal del encono de la ideología estatalista, ya que -como suelo nutricio de afectos y relaciones que se desenvuelven al margen de la lógica de la ley- ofrece el carácter de una poderosa resistencia. Pero la ofensiva sigue vigente. Los medios de formación de masas no cejan de preparar el terreno para justificar una futura intervención del estado, y para ello anatemizan las formas tradicionales de vida familiar: demostrando la malignidad intrínseca de la familia muestran también la exigencia de que el estado haga justicia. El estado y sus ideales -esos espectros de palidez extrema que describió Lucrecio- anuncian su justicia sagrada, y la realidad vuelve a conmoverse: el objetivo es ahora fiscalizar los afectos, las pasiones, los pensamientos y emociones privadas, y para ello es preciso eliminar los obstáculos que lo impiden, como es el caso de la intimidad familiar.

En realidad, al empezar a escribir sólo pretendía ofreceros un texto que -como tantas maravillas ideológicas- publicaba ayer El País. Valga lo anterior como introducción al sentido que -creo- tiene la ofensiva periodística contra realidades positivas como la familia. En el artículo que aquí os traigo se establece una vinculación casi determinista entre la familia "tradicional" y la violencia contra las mujeres, lo que sugiere que la intervención penal del estado debe dirigirse -si quiere evitar esta violencia- contra aquella forma "bárbara" de convivencia "machista". No sé qué clase de trauma procedente de su vida familiar afecta al autor, pero, como muestra, un párrafo glorioso:

En España también podemos tener claro que el origen del machismo asesino, y de la no menos grave dominación masculina consentida y silenciosa, está en ese modelo patriarcal de familia nucleado en torno a un matrimonio sacramental y procreativo que une a ambos cónyuges, como predica la Iglesia y aplican los maltratadores, "hasta que la muerte los separe".
El artículo completo: