espacio de e-pensamiento

domingo, 3 de noviembre de 2013

El Valle de los Caídos en Arán.
Eduardo Abril Acero


Cada cierto tiempo un viejo debate vuelve a la escena política en este país: ¿qué hacer con el Valle de los Caídos? Generalmente el debate se abre desde la izquierda que, con cierto criterio, arroja un poco de atención sobre un asunto que no deja de ser, todavía, una herida abierta: en el Valle, un monumento franquista que el régimen dedicó a los caídos de la guerra civil, aún persiste la distinción entre los vencedores, que descansan en tumbas con nombres y apellidos, y vencidos, aquellas otras tumbas de quienes no tuvieron ni reconocimiento ni una sepultura digna. El argumento que esgrime la izquierda no carece de razón, más cuando encuentra enfrente un comentario tan poco sólido como el de “no remover”. Los partidarios de mantener la sepultura del máximo sepulturero no van más allá de decir eso: no removamos las heridas, no reescribamos la historia, no nos metamos a reabrir heridas ya cerradas.
No obstante, mi propósito en esta entrada no es el de escoger bando y argumentar sobre la conveniencia o inconveniencia de encontrar o no encontrar otra sepultura para el dictador, sino reflexionar en torno al sentido profundo de este debate, que tiene todos los indicios de hacerse recurrente, como un sueño que, de cuando en cuando se repite, ofreciéndonos el indicio de que algo no funciona, y sigue sin hacerlo una y otra vez. El Valle de los Caídos, como problema no resuelto, como debate abierto y reabierto una y otra vez, supone un horizonte en el que izquierda y derecha pueden encontrar su sitio simbólicamente, reafirmar una identidad. Es por eso que, en rigor, no hay una verdadera intención de “hacer algo con el Valle de los caídos”, puesto que eso impediría el reconocimiento propio, la adopción de una identidad grupal, tanto de la izquierda como de la derecha.
Lo importante, por tanto, está en identificar en qué consiste esta identidad. Que esto se produzca con respecto al Valle de los Caídos no es baladí; la identidad proviene siempre de la historia, ya hablemos de un solo hombre, que cifra su identidad en su nombre, en sus logros, en el que fue en aquella ocasión, en el triunfo o fracaso que tuvo, o hablemos de grupos y colectivos, que encuentran su identidad generalmente en modelos de identificación y en elementos comunes con el otro. Y el Valle es aquí una buena forma de encontrar esos modelos de identificación. En la derecha, empeñada en “pasar página” y considerar a Franco y el franquismo ya como parte de la historia, como lo es Isabel II, Fernando VII o el Cid, se entreve una disposición política que parece minimizar los efectos del relato de la Historia, y mira al futuro. No es difícil encontrar argumentos del tipo “eso es cosa ya del pasado, lo importante es trabajar por el presente y mirar al futuro”. Pero lo cierto es que ese ninguneo del pasado y en especial del franquismo es impostado y su pretensión es precisamente la contraria. El tratamiento de Franco y del franquismo como un hecho más del pasado, de nuestra historia, lo eleva a la categoría de Historia con mayúsculas, de Historia oficial, lista para ser ya fijada en los libros de texto como un paso más en la andadura de este país. Pero lo cierto es que, lo que queda ninguneado aquí no es el franquismo, sino sus víctimas. Y también esa mirada al futuro y la preocupación por el presente, tampoco carece de interés político; en el fondo, la escritura que algunos quieren hacer del franquismo es el de un “mal necesario”: Franco fue un dictador, sí, y en muchas cosas fue duro, nefasto y cruel, pero al fin y al cabo, sacó a España de un régimen descarriado y levantó España, desarrolló el turismo, la agricultura y alfabetizó el país. Lo que hay que ser es, como lo fue el dictador, audaces y valientes, no temer las decisiones difíciles y tirar para adelante. Tal es el modelo de identificación.
El modelo de identificación de la izquierda no es mucho más esperanzador. La izquierda se ve a sí misma como una pura negación, la tachadura de lo otro, de lo que no es ella misma. Por eso mismo necesita como el agua alguien y algo que tachar. Más allá de eso, no ha logrado evocar una identidad verdaderamente significativa. Recuerda, siguiendo un símil futbolístico, a ese hincha deportivo, que antes de que gane su equipo, lo que verdaderamente desea es que pierda el equipo rival. Por eso no ha conseguido generar una identificación positiva, un proyecto colectivo de país, puesto que todo el ser del colectivo se cifra en la oposición a aquello que se cifra como el enemigo, el otro.
Que la derecha se agarre a esta identificación y se vea a sí misma como ejemplo de eficacia y pragmatismo, ocultando una auténtica veneración de la historia, no es algo nuevo ni original  en la derecha española frente al resto del mundo. Pero que la izquierda sea incapaz de provocar una identidad positiva, que mire al futuro, que trabaje por sus ideales históricamente constituidos, especialmente por aquel que busca reducir al máximo las desigualdades, sí es un mal endémico de nuestro país. Y esto se puso de manifiesto hace ya unos años, cuando se desató en las plazas de todas las ciudades, una verdadera explosión de ilusión por forzar cambios verdaderamente significativos en el país, y la izquierda política fue incapaz de reaccionar, desprevenida e incompetente, sin saber cómo mirar ya al futuro.
Por eso, si algo me parece urgente y necesario para este país, es que la izquierda encuentre, o si de prefiere “recupere”, una identidad esperanzada y valiente, que mire al futuro con decisión, y que quiera verdaderamente producir cambios, más allá de seguir estancada en la búsqueda de enemigos.
Podría para eso cambiar de Valle en sus reflexiones: en lugar de seguir pensando en el Valle de los caídos, repensar el Valle de Arán, que es otro Valle de otros Caídos. Hace un par de días, cuando volvió a surgir en los medios el debate eterno en torno a la sepultura de Franco, me acordé de un libro que leí este verano, “Inés y la alegría” de Almudena Grandes. La novela cuenta una historia ficticia que se sostiene sobre una historia real, algo que en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda. (Spoiler) Almudena Grandes cuenta la historia, a través de los ojos de Inés, una madrileña republicana que en origen era una niña bien de familia de derechas,  de cómo miles de milicianos españoles invadieron en 1944 el Valle de Arán, con la pretensión de echar a Franco del poder y restaurar la República. Los soldados que invadieron Arán eran los españoles que ganaron la Segunda Guerra Mundial, los primeros que entraron en París luchando contra los nazis, los que combatieron a los Africa Korps de Rommel en el Sahara. Eran soldados ganadores, que bien habrían podido disfrutar de su éxito, recibir honores y haber tenido una vida dulce como ciudadanos franceses o ingleses y que, sin embargo, después de diez años disparando un vejo Mauser aún tenían ganas de partirse el lomo por los habitantes de esta vieja piel de toro. Todos ellos, los que entraron en Arán, aproximadamente 13.000 hombres, eran voluntarios y lo mejor que sabían decir de sí mismos es que eran españoles. Allí murieron unos seiscientos y el resto se retiró algunos días después de comenzada la operación ante la imposibilidad de romper las líneas del ejército de Franco, y la falta de apoyo tanto de los aliados como de los “españoles del interior”. La intención de los combatientes y de su máximo lider, Jesús Monzón, era la de no abandonar Arán, y establecer allí, en un Valle fácil de defender, un gobierno alternativo al gobierno de Franco, en territorio español, y que el reconocimiento internacional hiciera el resto. Sin embargo el nuevo dirigente del Partido Comunista, Santiago Carrillo, más interesado en complacer las instrucciones de Moscú que en devolver la legitimidad al Estado español, ordenó la retirada de los combatientes y defenestró a Jesús Monzón. Esa fue sin duda la última batalla de la guerra civil, y una de las más valerosas. Sin embargo, los caídos en ese otro Valle no salen en ningún libro de texto, ni se les reconoce mérito alguno, pese a que su intención era la de darlo todo por los que consideraban sus “compatriotas”.
Es ese Valle, el de Arán, y esos combatientes, donde la izquierda española debería buscar sus modelos de identificación, en esos hombres quijotescos y valerosos que, o murieron en Arán, o descansan ya en cementerios franceses. Hombres que volvían a España porque añoraban el campanario de su pueblo, y sentirse entre los suyos, que no querían hacer la Revolución sino vivir en un País en paz, pero con justicia. Hombres que creían en el futuro, pero de verdad. En cambio, prefiere enredarse en seguir buscando enemigos.

PD. Para no decepcionar diré algo sobre el Valle de los Caídos, el del Escorial, mucho menos importante que el de los Pirineos. No creo que haya que sacar de allí al Dictador y entregar los restos a la familia; esa opción la perdió Franco desde que convirtió su cuerpo corrompido en patrimonio nacional. Si de mí dependiese desconsagraría la Basílica y la convertiría en un museo de los crímenes de la Guerra Civil. Entre ellos, tal vez el último, que Franco descanse bajo la cúpula de una iglesia. Nunca imaginaría el dictador que su mausoleo sería, finalmente, un museo del horror y su tumba parte del catálogo de la exposición.